Homilías

 

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Lecturas bíblicas: 1 Juan. 5,4-10; Gradual: Mt 28,7/Jn 20,19; Jn 20,19-31

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, llamado en latín «in Albis», porque los catecúmenos que fueron bautizados en la vigilia pascual vestían sus albas blancas, durante toda la octava de la Pascua, en la celebración de la santa Misa. Hoy, concluyendo la octava de Pascua, integrados ya en la comunidad cristiana como neófitos, comenzaban el camino ordinario de vida cristiana. Con su incorporación plena a la Iglesia, por los sacramentos de la iniciación cristiana, como dice san Agustín, estos «niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada…» (San Agustín, Sermón 8, en la Octava de Pascua 1,4: PL 46, 838) dilataban y fortalecían el crecimiento de la Iglesia.

Este domingo recibía además el nombre de «Quasimodo», porque así reza en latín el introito o antífona de entrada que ha cantado el coro: «Quasimodo geniti infantes, rationabiles sine dolo lac concupíscite» («Como infantes recién nacidos, apeteced la leche del espíritu pura y no adulterada»). Esta leche espiritual es, pues, transitoria por ser alimento espiritual de infantes en la fe, que han de caminar hacia la plena adultez, para que puedan alimentarse con alimento sólido; como sucede de hecho con el cambio de la alimentación de un niño a un adulto.

Sucede, sin embargo, con frecuencia que nuestra condición de cristianos adultos, a pesar de haber renovado las promesas bautismales como cada año en Pascua, carece de un conocimiento suficiente en materia de fe, y nos falta una real experiencia de vida sobrenatural, por lo cual se nos ha de aplicar tantas veces lo que dice el autor de la carta a los Hebreos a propósito de la flojera de la fe de la comunidad a la que escribe: «Pues debiendo ser ya maestros en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y estáis necesitados de leche en lugar de manjar sólido» (Hb 5,12).

Por eso cuantos reciben estos días pascuales el bautismo han de ser alimentados progresivamente para alcanzar la adultez cristiana mediante una verdadera educación de la fe, en el caso de los niños; y una formación religiosa adecuada, en el caso de los adultos. La formación en la fe ha de continuar toda la vida, como dice el Apóstol: «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo» (Ef 4,13).

Este domingo, además, es conocido desde hace algunos años como «domingo de la misericordia», como quiso llamarle san Juan Pablo II, siguiendo a santa Faustina Kowalska. A esta santa el Señor le otorgó revelaciones místicas sobre la misericordia divina, cuya devoción propagó alcanzando gran eco en el pueblo cristiano. Hemos de suplicar, por esto, con plena confianza al Dios de misericordia infinita, como reza la oración colecta reformada de la misa de hoy, ligeramente reformada en el rito ordinario, que seamos consecuentes «el bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido» (Misal Romano: Oración colecta, Misa de la Octava de Pascua); y, al celebrar estas fiestas pascuales cada año se acrecienten en nosotros los dones de la gracia divina. Hemos de suplicarlo así a Dios, acercándonos al «trono de la gracia» (Hb 4,16), porque hemos conocido que, en la pasión y muerte en cruz de nuestro Señor Jesucristo, Dios Padre nos ha agraciado en abundancia con la misericordia y el perdón que a todos alcanza y nos viene por el agua del bautismo, el Espíritu Santo y la sangre de la nueva Alianza.

Es lo que el Resucitado revela a los Apóstoles, a los cuales se aparece el mismo día de la resurrección, cuando los apóstoles se hallan reunidos en una casa con «con las puertas cerradas, por miedo a los judíos» (Jn 20,19). El Resucitado les mostró las llagas de las manos y el costado y les saludó con el saludo de la paz, y soplando sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados le quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua que Jesús entrega a sus discípulos. Se cumple ahora la condición que hace posible el derramamiento del Espíritu sobre la comunidad pascual: que Jesús ha resucitado ya de los muertos, como él mismo lo había anunciado y había dicho: «Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37); y el evangelista aclara que Jesús: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn 7,38).

Si Jesús no hubiera muerto y resucitado no hubiéramos recibido el perdón de los pecados ni se nos habría dado el Espíritu Santo que crea en nosotros el hombre nuevo, la nueva criatura a imagen del mismo Cristo Jesús. Por eso el Resucitado afianza en sus discípulos la fe en su resurrección, mostrándoles las manos y el costado, dando así testimonio de su verdadera identidad: El Crucificado es el Resucitado, y la humanidad de Jesús entregado, por nosotros a la pasión y a la cruz, ha sido glorificada, pero lleva las marcas de la pasión, porque es el Hijo de Dios hecho hombre el que ha sufrido por nuestra redención. La misericordia de Dios revelada en la pasión y cruz de Jesús marcará la humanidad glorificada del Señor para siempre; por eso, se aparece a sus discípulos con los signos de su humanidad sacrificada, dándole pruebas de que, en verdad, ha vencido a la muerte, y está vivo para siempre. Cuando vuelva a aparecerse a los Apóstoles, estando ya Tomás con ellos, porque la primera vez estaba ausente, Jesús volverá a mostrarle las llagas de sus manos y su costado; y declarará bienaventurados a los que sin ver creerán en él por la predicación del evangelio.

Finalmente, al celebrar hoy la santa Misa en nuestra iglesia Catedral de la Encarnación, hemos querido ofrecer a los fieles que han tenido voluntad de participar en esta celebración eucarística la ejecución del modo extraordinario de la Misa, atendiendo al deseo de un grupo de fieles que así lo solicitaron. Hemos celebrado la Misa en la forma establecida por la última reforma del antiguo Misal Romano, tal como fue aprobado y promulgado por san Juan XXIII en 1962.

Damos gracias a Dios porque nos ha permitido celebrar este solemne pontifical como culminación de la Octava de Pascua, con la que concluimos estos días solemnes y gozosos de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, Redentor del hombre y Salvador del mundo, en el cual hemos puesto nuestra esperanza. Su humanidad glorificada por el Padre nos precede y guía hacia la patria del cielo mientras peregrinamos en este mundo. Hemos de trabajar por la evangelización de este nuestro mundo, anticipando en su constante acomodación al Evangelio de Cristo la gloria que esperamos; transformando las realidades temporales de forma tal que veamos en ellas un anticipo de las realidades eternas que esperamos.

A Cristo Jesús resucitado y glorioso sea dada toda alabanza y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

  1. S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 8 de abril de 2018

                          + Adolfo Gonzáles Montes

                                   Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: 10,34a.37-43; Sal117,1-2.16ab-17.22-23; Col 3,1-4; Jn, 20,1-9

Queridos hermanos y hermanas:

«Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117,24). La resurrección de Jesús es la noticia que llena el corazón del hombre de esperanza. Dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vacía es nuestra fe, estáis todavía en vuestros pecados (…) ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron!» (1 Cor 15,14). El Señor vive para siempre y está presente en su Iglesia: es el anuncio evangélico que la Iglesia lleva al mundo, un anuncio que prolonga la predicación del kerigma, del anuncio de los Apóstoles. Es el anuncio de Pedro a la multitud de peregrinos, judíos y prosélitos, llegados a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés: Dios ha resucitado a Jesús a quien ha acreditado ante vosotros -les dice- «con milagros, prodigios y signos», Dios lo resucitó porque Jesús es el ungido de Dios por el Espíritu Santo y «no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio» (Hch 2,22.25). Por eso, Pedro concluye su discurso: «Sepa, pues, con certeza todo Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (cf. Hch 2,36).

Este anuncio dirigido en principio a los israelitas se convertirá en anuncio que tiene una proyección misionera y, por eso mismo, un destino universal, porque Dios da a conocer a los Apóstoles que Jesús es Salvador de todos, no sólo de los judíos, sino también de los paganos. Por eso Pedro, poco después, pone de manifiesto en casa del centurión romano Cornelio, que le ha mandado llamar por inspiración del Espíritu Santo, que Jesús es el Salvador de todos, también de los paganos. Ante Cornelio y su casa, Pedro manifiesta cómo el mismo Espíritu le ha hecho ver el carácter universal de la salvación que Dios ha realizado en la muerte y resurrección de Jesucristo. Mientras Pedro está hablando, el Espíritu Santo descenderá sobre todos los presentes, discípulos circuncisos de origen judío y paganos como la familia de Cornelio. Dios ha resucitado a Jesús para salvación de todos y no hace distinciones. Dios es imparcial y «no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato» (Hch 10,35).

El discurso de Pedro presenta a Jesús como verdadero bienhechor de la humanidad conforme al designio de Dios, les recuerda a todos «cómo Dios le ungió [a Jesús]con la fuerza del Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). Pedro les dice cómo, para dar a conocer lo acontecido con Jesús, Dios ha elegido de antemano a los testigos que así lo acreditan y son sus apóstoles y discípulos. No ha querido Dios mostrar a Jesús resucitado a todo el pueblo, sino a los testigos a quienes Jesús llamó para estar con él desde el principio y lo siguieron y comieron y bebieron con él (Hch 10,41; cf. Mc 3,13) . Son ellos los que han de anunciar que Dios resucitó a Jesús al tercer día de su ejecución ignominiosa en la cruz, que aconteció conforme al plan de salvación previsto por Dios, y a estos testigos a encomendado el mismo Jesús resucitado «predicar al pueblo dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10,42). Así estaba predicho por los profetas y quienes acogen este anuncio de salvación y «creen en él (en Jesús), reciben por su nombre, el perdón de los pecados» (v.10,43).

Es lo que el evangelio de san Juan nos transmite con la noticia del sepulcro vacío, que sin duda procede de Jerusalén y da testimonio de que Jesús no ha sido retenido por el poder de la muerte, como dice la Escritura y Pedro así argumenta con el salmista: «Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción» (Sal 15,10). Ciertamente el sepulcro vacío no es un testimonio aislado, sino que está unido a las apariciones del Resucitado a sus discípulos. El evangelista da cuenta de que María Magdalena ha encontrado vacío el sepulcro, y Pedro y el discípulo a quien Jesús tanto quería, corren a comprobar lo que ella dice. El discípulo amado llega primero, es Pedro el que entra en primer lugar, sólo después entra el otro discípulo y se le abren los ojos ante la visión del sepulcro vacío. El discípulo amado comprende el alcance de lo verdaderamente sucedido: «vio y creyó, pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20,8-9).

El testimonio de la resurrección encuentra así su mejor comprensión y alcance a la luz de lo prometido en las profecías, en la experiencia de las apariciones y ante el signo visible y externo del sepulcro vacío. La fe pone en relación todos estos hechos y alcanza la realidad del acontecimiento: ¡Jesús ha resucitado! Ha llegado la hora de anunciar que Jesús está vivo y está sentado a la derecha del Padre y vendrá a juzgar a vivos y muertos, porque Dios lo hay constituido Señor y Ungido (Mesías). Él es el Salvador del mundo, porque es el Redentor del hombre. Predicar a Jesús resucitado fue misión de los Apóstoles y es hoy misión e sus sucesores y tarea de toda la Iglesia.

¿Cómo podremos llevar este anuncio de salvación, que comunica la esperanza de la vida eterna a la humanidad de hoy y siempre? La evangelización es nuestra tarea. Es la tarea de la Iglesia, pero lo es de cada cristiano, de cada bautizado, llamado vivir la vocación a la santidad en este mundo nuestro hasta que Jesús vuelva. Es a lo que nos exhorta san Pablo, que dice a los Colosenses: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1).

Todos estamos hoy tentados a acomodarnos al mundo, a aspirar a los bienes de la tierra dejando preteridos y entre paréntesis los del cielo; pero es “de arriba” de donde procede el don supremo de la Pascua, el don de la redención que hace eficaz en nosotros el Espíritu santificador.  Sin el Espíritu nada podemos hacer, porque el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo; y es el Espíritu el que hace presente a Cristo en la Iglesia y en nuestros corazones. Sin él no podemos ni recibir los dones de la salvación, porque es el Espíritu del Resucitado el que nos hace partícipes de la unción espiritual de Cristo, y es por el Espíritu Santo recibido en el bautismo y en la Confirmación como hemos sido hechos hijos de Dios y partícipes de la vida divina.

Anoche, en la vigilia pascual, catorce catecúmenos adultos recibían los sacramentos de la iniciación cristiana, para comenzar la vida nueva en Cristo. Quienes como ellos han hallado la amistad de Cristo y en el encuentro con él por la fe le saben vivo y presente en la Iglesia, necesitan nuestro testimonio, al tiempo que ellos nos ayudan a nosotros a renovar nuestra profesión de fe y vivir con coherencia nuestra condición de bautizados. Por eso, conviene que, renovadas en la Pascua las promesas de nuestro bautismo, busquemos las cosas de arriba, es decir, nos dejemos atraer por la vida divina, a la que hemos de aspirar movidos por la fe y, con la fuerza que recibimos de Cristo resucitado, con el Espíritu Santo que se nos ha dado, procuremos ahondar en la conversión al evangelio. Una conversión que alcance la vida familiar y profesional, y haga crecer en cada uno la preocupación por extender el evangelio en los ambientes en los que cada uno se encuentra. No será posible sin una coherencia de vida que acredite el testimonio que como bautizado en Cristo cada uno ha de dar al mundo de hoy.

Si así lo hacemos, como dice el Apóstol, sucederá lo que él anuncia: «Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él, en la gloria» (Col 3,4). Que nos ayude a alcanzarlo la Virgen Madre del Señor, que estuvo junto a la cruz de su Hijo y allí nos la dio Jesús para que la recibimos por madre nuestra.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Domingo de Resurrección

1 de abril de 2018

                  + Adolfo González Montes

                           Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Éx 12,1-8.11-14; Sal 115,12-13.15-18; 1 Cor 11,23-26; Jn 13,1-15

Queridos hermanos y hermanas:

La misa «en la Cena del Señor» que estamos celebrando nos ha introducido en la vivencia intensa del testamento del Señor. El evangelista san Lucas recoge las palabras de Jesús que crean el clima de expectación en sus discípulos palabras que alcanzan nuestro corazón, cuando a Jesús decir a sus discípulos: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer…» (Lc 22,15).  Palabras con las que Jesús sitúa a los discípulos en el contexto real del momento: Jesús, aclamado como Mesías e hijo de David el domingo de Ramos, va ahora a la pasión y a la cruz, como se lo había anunciado y ellos se resistían a admitir.

Estas palabras nos permiten asimismo entender mejor el significado de los gestos que va a realizar con ellos y llegar a su significado y contenido. En la última Cena, Jesús nos entregó el don admirable de la Eucaristía y en ella, al entregar el pan y el vino convertidos en su Cuerpo y Sangre, anticipaba su propio sacrificio por nosotros bajo la figura del signo en el que nos dejaba el sacramento del Altar, memorial de su pasión y muerte.

Al entregarlo a sus Apóstoles, la Eucaristía se convertía en contenido central e irrenunciable de la Iglesia como contenido de la tradición apostólica, como el santo papa Juan Pablo II refería en su magisterio, afirmando que la apostolicidad de la Iglesia es inseparable de la apostolicidad de la Eucaristía. Hemos recibido de los Apóstoles el sacramento de la Eucaristía, de la cual afirmamos en la fe que «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que, mediante su carne vivificada y vivificante, por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres» (Vaticano II: Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, n. 5; Catecismo de la Iglesia Católica, n.1324).

San Pablo nos informa de la institución de la Eucaristía por Jesús en la primera carta a los Corintios, el texto más antiguo que narra el hecho juntamente con el evangelio de san Marcos. Hemos escuchado el pasaje de la carta que narra la institución en la segunda lectura de esta misa. Hemos de tener presente, para mejor entender la institución del sacramento del Altar, que la Eucaristía tiene su anticipación figurada en la institución por Dios de la Pascua de los hebreos, narrada en el libro del Éxodo y recogida en la primera lectura.

El libro del Éxodo nos informa del origen de la celebración pascual del pueblo judío, narrando los hechos acontecidos en la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, acaudillados por Moisés, preparados para salir hacia la tierra prometida emprendiendo la marcha hacia el Mar Rojo. Aquella primera pascua hebrea acontecía la noche de la salida de Egipto, cuando los primogénitos de los hebreos fueron salvados del exterminio a que fueron sometidos los primogénitos egipcios. La señal de sangre con la que Dios ordenó a Moisés marcar las casas de los hebreos era la sangre de la res menor inmolada por cada familia, el cordero o cabrito que habían de comer en la cena pascual. Este hecho de liberación es el origen del rito de la cena pascual judía mediante la cual se evocaría cada año la liberación de la esclavitud de Egipto y el paso del Mar Rojo hacia la tierra de promisión.

Así lo determinó el Señor, que les urgía a comer de prisa aquella primera noche pascual preparados para comenzar la marcha hacia la libertad: «la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; lo comeréis, porque es la Pascua, el Paso del Señor» (Éx 12,11). Cada pascua las familias judías durante siglos han evocado este acontecimiento liberador que han entendido como «Pascua, Paso del Señor». A este acontecimiento se referirá Jesús en la última Cena, pasando de la sangre de la antigua Alianza a su propia sangre, diciendo a sus discípulos: «Este es el cáliz de la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22,20). De aquella primera inmolación en la noche de la salida de Egipto, el libro del Éxodo nos lleva al pacto de la alianza de Dios con su pueblo en el monte Sinaí, sellada en la sangre de las reses inmoladas.

Jesús se inmola por nosotros, y en su cuerpo entregado a la muerte y en su sangre derramada para el perdón de los pecados, la humanidad ha recibido el mayor signo del amor de Dios, signo en el cual tiene acceso a la gracia de la redención. Con el perdón Dios otorga también nuestra transformación en Cristo como criaturas nuevas a cuantos acceden a la fe y al bautismo; y en la Eucaristía, Dios por medio de su Espíritu Santo nos incorpora al sacrificio de su Hijo por nosotros. Por la Eucaristía somos asimilados a Cristo mismo, pues «al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de Cristo» (San Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 13).

Queridos hermanos, pongamos en la patena nuestras propias vidas, con sus gozos y sufrimientos, pongámonos nosotros mismos, para que Cristo nos una a su sacrificio redentor y por su Espíritu Santo seamos transformados (cf. PO, n.5c). Este ofrecimiento es la sustancia del sacerdocio común de los fieles, ofrecimiento al cual se ha de unir el testimonio de Cristo que han de dar los bautizados en todas partes; y su disposición permanente a «dar razón de nuestra esperanza en Cristo» (1 Pe 3,15).

En este ofrecimiento tiene una función propia el ministerio sacerdotal, que Jesús instituyó en la última Cena al mismo tiempo que instituía la Eucaristía. Si Jesús entregó la Eucaristía a sus Apóstoles fue para que ellos la reiteraran y por eso les dijo: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11,24; y sinop.). Aunque la Eucaristía es celebrada por toda la comunidad eclesial y los fieles participan en ella en razón de su sacerdocio real, «es el sacerdote quien “realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo” [LG, n. 10]» (EE, n. 28b). Razón por la cual la Iglesia reitera, contra cualesquiera desviaciones, que es «únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucarística, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio» (EE, n. 28b).

La Iglesia ve al sacerdote obrando «en la persona de Cristo» (in persona Christi); es decir, en representación de la persona de Cristo que actúa por medio del sacerdote. Ved, queridos hermanos y hermanas, qué ministerio entregó Cristo a los sacerdotes, y suplicad para que no nos falten sacerdotes que lo ejerzan en favor nuestro: predicadores de la palabra de la salvación y ministros de la Eucaristía. Ayer en la Misa crismal recordaba a los sacerdotes nuestra llamada a la santidad, para que mediante el ejemplo de los ministros del Señor sean edificados los fieles y alcancen a cumplir en sí mismos la vocación universal de la santidad.

El evangelio de san Juan nos presenta a Jesús actuando como «aquel que sirve», siendo el «Maestro» y el «Señor», y por eso les dice: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,15). El evangelio de san Juan no narra la institución de la Eucaristía, y en su lugar nos transmite en el sermón del adiós, en el que Jesús se despide de sus discípulos, el contenido que de la institución de la Eucaristía se deduce: quien se entrega al sacrificio por nuestro amor quiere asociarnos a él invitándonos a asumir su misma actitud. San Lucas nos ha transmitido un pasaje equivalente a esta invitación de Jesús al servicio recíproco de unos para con los otros. Jesús corrige la actitud de los apóstoles de querer ocupar primeros puestos y les dice: «Pues, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).

El servicio y la caridad cristiana se fundamentan en el amor y la caridad de Dios manifestados en la entrega de Jesús por nosotros, por eso es la obediencia de Jesús al Padre razón de su divina voluntad de estar en plena comunión con su Padre. La Eucaristía hace la unidad de la Iglesia, porque en la Eucaristía esta comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo activa nuestra voluntad de comunión plena con Dios y con los hermanos, haciendo que visiblemente la Iglesia aparezca ante el mundo como sacramento de la unidad del género humano; es decir, haciendo visible por nuestra sincera voluntad de comunión, que es caridad verdadera, que el sacramento llegue a expresar aquello mismo que significa (cf. EE, n. 35).

El mandamiento del amor se inscribe en esta dinámica divina de amor y plena comunión entre las personas de la Trinidad, fundamento de nuestra comunión en la Iglesia y del amor recíproco que nos debemos. La caridad cristiana se abre de este modo a todos los hombres, pero de manera especial ha de llegar a los más pobres y necesitados de nuestra ayuda, siempre será el signo de nuestra sincera confesión de fe.

Demos gracias a Dios por el don inmenso de la entrega de su Hijo por nosotros, démosle gracias porque ha querido que por el Espíritu Santo esta entrega se perpetúe en la Iglesia median te la Eucaristía. Con María alabemos a Dios por dones tan altos y admirables, porque ha hecho cosas grandes y su nombre es santo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

29 de marzo de 2018

                              + Adolfo González Montes

                                     Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Is 52,13-53,12; Sal 30,2.6.12-13.15-17.25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1-19,42

Queridos hermanos y hermanas:

Conmemoramos la muerte redentora del Señor en este oficio litúrgico, en el cual acabamos de escuchar la narración de la pasión del Señor según san Juan, que tradicionalmente se lee en esta liturgia del Viernes Santo. La primera lectura, tomada del cuarto “Cántico del Siervo del Señor” de Isaías, anticipa proféticamente los sufrimientos de la pasión de Cristo que acabamos de escuchar en la lectura del evangelio de san Juan. El profeta describe con gran exactitud la pasión de Cristo, anticipadamente vivida por este misterioso Siervo de Dios, en el cual la fe cristiana ha reconocido los sufrimientos y dolores sufridos por Jesús.

En el cántico del Siervo, escrito probablemente en el siglo VI antes de Cristo, el profeta habla del escándalo que la pasión del Siervo provoca: «los reyes de la tierra cerrarán la boca, pues lo que nunca se les contó verán y lo que nunca oyeron reconocerán» (Is 52, 15); enmudecerán los espectadores de tanto dolor, y cuantos contemplan los sufrimientos del Siervo. Habla también del valor expiatorio de estos dolores soportados por él como injusticia de los hombres contra el justo inocente, que la padece con una paciencia que sólo puede tener el que espera de Dios la verdadera justicia, y al final del sufrimiento, la glorificación: «He aquí que mi Siervo será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera…Murió con los malvados, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca… El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia…» (Is 52,13 y 53,9-10).

La tradición cristiana siempre ha visto en la figura sufriente de este Siervo del Señor al mismo Cristo Jesús, porque, en verdad, «¡eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba!… Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas… el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros» (Is 53,4-5a.6b). El sufrimiento del Siervo anticipa el sentido vicario de expiación que tienen los sufrimientos de Cristo, que soportó en nuestro lugar el castigo merecido pro nuestros pecados.

Los sufrimientos de la pasión padecida por Jesús son como fueron anunciados por el profeta en este cántico, beneficiosos para nuestra salud eterna: «A causa de los trabajos de su alma… por su conocimiento mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos» (Is 53,11). Estas palabras proféticas encuentran el cumplimiento de lo que anuncian en aquellas palabras de Jesús que anuncian el derramamiento de su sangre por el perdón de nuestras culpas: las mismas palabras que el sacerdote reitera en cada celebración de la Eucaristía: «Este es el cáliz de nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados» (cf. Mc 14,24; Lc 22,20). Dios establece la nueva Alianza en la sangre Jesús, derramada para el perdón de los pecados.

Por su parte, el autor de la carta a los Hebreros afirmará, que también acabamos de escuchar en un fragmento de esta carta, dice que, en la entrega de Jesús, el Hijo de Dios, a la muerte, Dios nos ha dado «un sumo Sacerdote que penetró los cielos… siendo probado en todo igual que nosotros excepto en el pecado» (Hb 4,14.15); y que, por ello tenemos plena confianza para acercarnos «al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno» (Hb 4,16).

Dios nos ha dado un gran pontífice, que enlaza el cielo con la tierra y ha ido a la pasión y a la cruz con aquella soberanía que sólo puede predicarse del Hijo de Dios. No rehusó la pasión y la cruz porque asumiéndola como designio del Padre la pasión y la cruz son el cáliz que había de beber para salvar al mundo. Pedro, que había sacado la espada para defender a Jesús, escucha de él esta respuesta: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11).  Jesús no se sustrae a la obediencia que le une al Padre en una unión de voluntades que tiene por resultado el perdón de los pecados la redención del mundo.

Esta actitud soberana con la que Jesús afronta su pasión se manifiesta en la respuesta que Jesús da sobre su propia identidad a la patrulla que acude a prenderle en Getsemaní, diciéndoles: «Yo soy» (Jn 18,5). A esta contestación de Jesús, los que acuden a prenderle «retrocedieron y cayeron en tierra» (v. 18,6), dice el evangelista, que de este modo pone de manifiesto la majestad de Jesús, marcada con particular fuerza por el evangelista en la contestación que Jesús da a Pilato en el interrogatorio, cuando el prefecto de Roma dice a Jesús: «¿No sabes que yo tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?». Jesús responde: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,10-11). Respuesta con la que Jesús manifiesta que sólo Dios es el verdadero sujeto de la autoridad sobre los hombres. Pilato no podía afrontar la respuesta de Jesús. Le inquietaba el misterio de aquel preso y «trataba de dejarlo en libertad» (v. 19,12). Le había preguntado si era rey, y Jesús le había respondido que, en efecto, era rey, pero que su reino no es de este mundo; a lo cual había añadido: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 19,37); pero Pilato parecía no creer en que existiera la verdad.

Hoy una cultura agnóstica se extiende por la sociedad, sembrando un relativismo que ignora cuál es el origen de la autoridad y cómo no todo le está permitido ni a los seres humanos ni tampoco a la autoridad, porque sólo Dios es creador del mundo. Jesús ha venido para dar testimonio de la verdad. Él es el camino, la Vedad y la Vida y en él se llega tenemos acceso a la Verdad plena, de la cual con Jesús, el Hijo de Dios, da testimonio en Espíritu Santo del Padre y del Hijo. que pide de nosotros la fe en Dios y en Cristo como Hijo y Enviado del Padre. Su cruz es la revelación del misterio de Dios y de su amor al mundo, adoremos la cruz en la cual hemos sido redimidos; adoremos la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo, porque en ella se revela la Verdad del amor de Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Viernes Santo

30 de marzo de 2018

 

   + Adolfo González Montes

        Obispo de Almería

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

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Lecturas bíblicas: Is 61,1-3a.6a.8b-9; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos; religiosas y fieles laicos;

Hermanos y hermanas en el Señor:

Con la Misa crismal, tradicionalmente celebrada en la mañana del Jueves santo, culmina la Cuaresma, este tiempo particularmente sacramental que nos ha preparado espiritualmente para la celebración del Triduo pascual, que comienza con la Misa «in Cena Domini», que se ha de celebrar en la tarde del Jueves santo, misa que de ningún modo se debe adelantar a la mañana.

La Misa crismal es la expresión litúrgica de la misma naturaleza sacramental de la Iglesia, de la cual dimanan las acciones sacramentales mediante las cuales se nos hace partícipes de la salvación. En esta misa vamos a bendecir el óleo de los enfermos y el óleo de los catecúmenos; y vamos a consagrar el santo Crisma, con el cual sellaremos el bautismo de los infantes hasta que reciban el sello definitivo de la Confirmación. Este sacramento lo reciben los adultos que vienen a la fe seguidamente después del Bautismo en la misma celebración. Con el santo Crisma ungiremos las manos de los presbíteros y la cabeza del Obispo en su ordenación. A la consagración de los renacidos del agua y del Espíritu Santo y a los ungidos con el óleo sagrado de la salvación asociaremos las cosas santas: la nueva iglesia, donde se reúne la asamblea cristiana para la proclamación de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos de la fe; y el altar, donde se celebra el sacrificio eucarístico, mesa del banquete donde se reparte la vida de Cristo como manjar de vida eterna.

El evangelio que hemos escuchado de san Lucas nos dice que Jesús se aplicó a sí mismo el anuncio profético de Isaías que presentaba la misión del profeta como portador de un mensaje de salvación y buena nueva. Justo para esta misión descrita por el profeta Isaías, Jesús es ungido interiormente por el Espíritu. Esta misión es destinada a un pueblo en reconstrucción, que se lleva a cabo por la acción misericordiosa de Dios, misión «para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados… para consolar a los afligidos» (Is 61,1-2); misión que anuncia que Dios cancela los delitos mediante el indulto divino al tiempo que restaña las heridas, y trae la libertad a los cautivos y oprimidos. Esta acción que el profeta hace suya, habilitado por la unción del Espíritu es contemplada como anuncio de aquella misión divina para la que el Espíritu Santo habilitó a Jesús en el bautismo en el Jordán por manos de Juan Bautista; y de ella dio cuenta Jesús mismo en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).

A esta unción de Jesús son asociados los catecúmenos: cuantos niños o adultos reciben el bautismo y la confirmación, sacramentos de la iniciación cristiana, que habilitan para el sacramento plenitud de esta iniciación la recepción de la Eucaristía, integrando a los neófitos en la comunión eucarística. Mediante la unción sacramental son asociados a la unción de Cristo y habilitados para el ejercicio del sacerdocio común de los fieles, los cuales por medio de esta unción «quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo» (LG, n. 10). En virtud de este sacerdocio, los fieles se ofrecen a sí mismos asociando su ofrecimiento al de Cristo, único sacerdote. Ejercitan de este modo existencialmente su sacerdocio, dando testimonio de Cristo y «razón de nuestra esperanza», y asociándose a la ofrenda eucarística que se realiza por manos de los ministros ordenados en el sacramento del Altar.

En la Misa crismal se manifiesta de modo especial la unidad de la Iglesia particular en torno al Obispo, principal ministro de la comunión en la Iglesia, al que se unen los presbíteros y los diáconos; pues, como enseña el Vaticano II: el Obispo ha recibido el ministerio de la comunidad, y con él sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos (cf. LG, n.20c). La particular comunión que ha de darse entre el Obispo y los presbíteros se funda en que por medio del Obispo se transmite el sacerdocio de Cristo, que los presbíteros reciben en orden a la santificación de los fieles.

El Obispo es «el administrador de la gracia del sumo sacerdocio» (Oración de consagración del Obispo en el rito bizantino del Euchologion to mega), sobre todo mediante la celebración de la Eucaristía, que él celebra o manda celebrar a los presbíteros (cf. LG, n. 26). Sería contraria a la misión confiada por el Obispo a los presbíteros que alguno pretendiera regir una comunidad y ejercer el ministerio de la santificación al margen del ministerio y de la autoridad apostólica del Obispo.

El que hoy, queridos sacerdotes, estamos reunidos en torno al altar concelebrando esta misa crismal, porque en ella tenemos la expresión de la común participación del ministerio de santificación de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. En esta misa en la que consagramos el santo Crisma, con el que fuimos ungidos en nuestra consagración sacerdotal, la gracia de nuestra ordenación vivifica y activa en nosotros la renovación del ejercicio del ministerio sacerdotal que desempeñamos para edificación del pueblo de Dios; y que los presbíteros reciben por medio del ministerio del sumo sacerdocio del Obispo. Esta renovación del ministerio sagrado se ha convertido para vosotros como para mí, queridos sacerdotes, en tarea permanente, ciertamente es así, pero hoy tiene para todo el presbiterio de nuestra Iglesia una particular experiencia de gracia en esta misa que incluye la renovación de vuestras promesas sacerdotales.

Recordad el fervor con que recibisteis la ordenación sacerdotal y el gozo que inundó vuestra vida puesta al servicio de los hombres «en las cosas que se refieren a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5,1). La exhortación de la ordenación sacerdotal de los presbíteros recuerda las cosas que se refieren a Dios diciendo: los presbíteros son configurados con Cristo por la ordenación uniéndose al sacerdocio de los obispos, «para predicar el Evangelio, apacentar al pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente el sacrificio del Señor» (Pontifical Romano: Exhortación en la Ordenación de los presbíteros). No podréis llevar a cabo vuestro ministerio sin una respuesta de amor a Cristo, en fidelidad a la vocación a la que fuisteis llamados por él. Tened presente que la salud espiritual del clero edifica al pueblo de Dios, que espera ver en vosotros el ejemplo de santidad sacerdotal, que estimula la llamada de Cristo a la santidad:  y en aquella forma que les haga sentir y ver en vosotros ministros de Cristo.

Como ministros de la unidad de la Iglesia estáis llamados a promover la comunión de la Iglesia diocesana en torno al Obispo, siguiendo la exhortación de san Ignacio de Antioquía, que dice cómo la armonización del colegio presbiteral con el Obispo ha de ser igual que la armonización de las cuerdas de una lira. El santo obispo mártir pone particular énfasis en afirmar que el acuerdo y concordia en el amor que deben existir en el colegio presbiteral es como un himno a Jesucristo (cf. San Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios, 2,2-5-2).

El aislamiento en el ejercicio del ministerio pastoral conduce a situaciones reales de cisma, y quien así procede deja de estar referido al centro de la comunión eclesial para comportarse, en palabras reiteradas del Papa Francisco, de forma autorreferencial. La concordia en el amor se manifiesta en la obediencia, que acrecienta la comunión, rechazando rumores infundados que hoy se difunden con tanta facilidad y crean un clima de discordia, dando lugar a injusticias cometidas contra las personas y las instituciones que tienen difícil reparación.

Nuestro ministerio es servicio colegial a la obra de redención y santificación de Cristo, «que nos amó y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre y nos ha convertido en un reino de sacerdotes de Dios, su Padre» (Ap 1,5b-6). Auxiliados por los diáconos, ministros de la palabra y de la caridad del Padre, los sacerdotes hemos de llevar el Evangelio de la vida a nuestros contemporáneos que han dejado de creer en Jesucristo, apartándose de la Iglesia, para atraerlos a la comunión eclesial. Dice la primera carta de san Juan que el anuncio de Jesucristo está dirigido a las personas que no lo conocen y no lo han recibido, para que también ellos estén «en comunión con nosotros; y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,3).

Estamos llamados a una tarea de la evangelización, en la que el testimonio de los laicos, sostenidos por la predicación y la caridad de la Iglesia, necesita ser fortalecido con el ejemplo de los pastores y la plegaria recíproca de unos por otros. Como ministros de la santificación de los fieles hemos sido puestos para interceder constantemente por aquellos que Dios puso a nuestro cuidado pastoral, y de nosotros esperan un ejemplo de santidad.

Que así nos lo conceda la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia; y que a ella se asocie la intercesión de nuestros mártires, beatificados hace un año para rogar a Dios por nuestra Iglesia y manifestar con su inmolación que el centro de todos los carismas está en el amor, en la caridad de Dios manifestada en la entrega de Cristo por nosotros.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Miércoles Santo

28 de marzo de 2018

                                   + Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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