Homilías

 

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Lecturas bíblicas: Ex 24,3-8; Sal 115,12-13.15-17; Hb 9,11-15; Aleluya Jn 6,51; Mc 14,12-16.22-26

Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo nos coloca en adoración del más grande sacramento, el signo que contiene la realidad en él significada: el Cuerpo y la Sangre del Señor. En este signo Dios nos ofrece la presencia entregada de su Hijo por nosotros: su pasión y cruz, y su gloriosa resurrección; en definitiva, el contenido del misterio pascual de Cristo, contenido del kerygma o anuncio cristiano de la salvación, tal como Dios quiso en su designio amoroso llevarla a cabo en la entrega de Jesús a la muerte por nuestros pecados, al cual resucitó para nuestra justificación (Rm 4,25). San Pablo nos ofrece probablemente el más antiguo testimonio de este gran misterio de amor de amor, no sólo en fórmulas del anuncio cristiano que dan razón del carácter salvífico de la muerte y resurrección de Jesús, sino en fórmulas también que dan cuenta de la presencia del misterio pascual en la Eucaristía. Así, dice en la carta a los Corintios: «Porque yo recibí del Señor lo que os transmití: que el Señor Jesús la noche en que era entregado, tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía” Asimismo tomó el cáliz después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebiereis, hacedlo en memoria mía” (1 Cor 11,23-25).

Esta narración de la institución de la Eucaristía por Jesús que ofrece san Pablo es anterior a la carta primera carta a los Corintios, carta que data de la Pascua del año 54, cuando el Apóstol se hallaba en Éfeso y allí fue informado de las desviaciones que se habían producido en su querida comunidad de Corinto. Sustancialmente es coincidente con la narración evangélica de la institución eucarística que hemos escuchado en el evangelio de san Marcos, escrito en torno al año 70, después de la muerte de san Pedro. El estudio de los textos sagrados permite concluir que la narración de la cena es anterior a la historia de la pasión, tal como la conocemos. La celebración eucarística es muy tempranamente descrita en la primera mitad del siglo II por san Justino mártir (†165), quien da cuenta de cómo ha sido recibida ritualmente en su época desde el tiempo de los Apóstoles la que en el libro de los Hechos de los Apóstoles se llama fracción del pan.

La Eucaristía es instituida por Jesús en la última Cena y como tal entregada a los Apóstoles y éstos la entregaron desde el principio a la Iglesia. La Eucaristía es por eso el gran bien de la salvación no sólo anunciada sino ofrecida sacramentalmente a cuantos vinieran a la fe. El II Concilio Vaticano enseña que la sagrada Eucaristía «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo» (II Concilio Vaticano, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, n. 5).

El bien de la Iglesia es la salvación ofrecido por Dios al mundo en la entrega de su Hijo por nuestros pecados. La Eucaristía tiene, por esto mismo, el carácter salvífico que dimana de su misma naturaleza como presencia en el sacramento del Altar del sacrificio de Cristo. En la Eucaristía se hace presencia actual para nosotros de su entrega a la cruz, que Jesús quiso anticipar en la última Cena, ofreciendo a los apóstoles el pan de su Cuerpo y el vino de su Sangre. Jesús en el evangelio de san Marcos identifica su cuerpo con el pan y, del mismo modo, el vino de bendición con «mi sangre de la alianza que será derramada por muchos» (Mc 14,24). De esta manera, en el evangelio escuchamos el eco de la alianza del Sinaí que Dios hizo con los israelitas nuestros padres por medio de Moisés diciéndole, tal como hemos escuchado en el libro del Éxodo: «Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros…» (Ex 24,8).

En contraposición a esta alianza antigua, Jesús ofrece el cáliz de su sangre de la alianza a los suyos, porque su sangre sustituye la sangre de los machos cabríos y las becerras, que no pueden alcanzar el perdón de los pecados, ya que sólo son ritos de purificación. Por eso, el autor de la carta a los Hebreos, recordando estos ritos de purificación con la sangre de los animales inmolados en la antigua ley, dice refiriéndose al derramamiento de la sangre de Jesús: «¡cuánto más [podrá purificar] la sangre de Cristo, que en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo!» (Hb 9,14).

         El carácter de salvación de la Eucaristía dimana del hecho de que la sangre de Jesús «será derramada por muchos» (Mc 14,24), según el evangelio de san Marcos; lo que significa que no es derramada sólo «por vosotros» (por los apóstoles y por los que son del pueblo elegido, sino que el derramamiento de la sangre de Jesús alcanzará a los que viven fuera de la alianza de Moisés, a cuantos llegue el anuncio y vengan a la fe, «porque hay un solo , y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tim 2,5-6). Es lo que dice también la carta a los Hebreos: Jesús es «mediador de una alianza nueva»; y explica el autor de la carta que hemos escuchado hoy: en esta alianza nueva ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la vieja alianza que ahora ha sido superada por la alianza en la sangre de Jesús (cf. Hb 9,15).

Son las mismas palabras que escuchamos en la consagración de la Misa referidas al cáliz. Es la fórmula que explica el carácter de la entrega de Jesús, como la encontramos en el evangelio de san Mateo: «porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados» (cf. Mt 26,28). Entrega de Jesús por los pecados del mundo, porque Jesús es el verdadero cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como le señaló Juan Bautista; y como le anunciaba ya el profeta Isaías al hablar del siervo del Señor que carga con los pecados del pueblo: «Mi Siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos (…) él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores» (Is 53, 11.12).

La salvación tiene un alcance universal y el mediador y redentor es uno sólo: Jesús que se hace presente con su sacrificio redentor en el altar, para transformarlo en mesa de la fraternidad, en la que se anticipa el banquete celestial de la vida eterna, donde participaremos de la vida divina para siempre. Por eso la Eucaristía alimenta nuestra esperanza y en ella tenemos el gran sacramento de nuestra fe. La fe que obra mediante la caridad que une el amor a Dios y el amor al prójimo en un solo amor, el amor que Dios infunde en nuestros corazones, la caridad que viene de lo alto y es infundida por el Espíritu Santo.

Como decía san Juan Pablo II, si con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés «nace la Iglesia y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo», porque en el don eucarístico Jesús anticipa el Triduo pascual de nuestra redención y hace misteriosamente contemporáneos de aquellos acontecimientos de gracia y salvación a los hombres de todas las generaciones que venimos después de él.

Si hacia Jesús miraban las promesas de los que aguardaban la salvación antes de su nacimiento en carne, nosotros que hemos conocido en Jesús la revelación del amor de Dios, ¿cómo no dar gracias a Dios y alabarle con gozo por haber sido agraciados naciendo después de Cristo? No podemos vivir sin agradecer este don admirable de la Eucaristía, sin adorar la presencia divina del Hijo de Dios en el sacramento más admirable, sin proyectar la experiencia de su presencia que nos llega por el ministerio de los sacerdotes.

Como dice el santo papa Juan Pablo II: «El sacerdote pronuncia estas palabras de la consagración o, más bien, pone en su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio» (San Juan Pablo II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 5b).

Nadie puede suplir al sacerdote en el ejercicio de este ministerio y, por eso, hemos de suplicar al Señor las vocaciones sacerdotales y agradecer que por ellas nos siga llegando la presencia del sacrificio redentor de la Eucaristía como verdadero sacrificio de la Iglesia. La crisis de fe en el valor de salvación de la Eucaristía es crisis de fe en la divinidad de Cristo y del carácter único y universal de la salvación que Dios nos ofrece por medio de Jesucristo, único Mediador entre Dios y los hombres.

Que la Virgen María de la cual recibió el Hijo de Dios nuestra carne y humanidad, nos ayude a mantener la fe en este augusto sacramento del amor y la misericordia, de la caridad de Dios con nosotros. Un amor que estamos llamados a extender a cuantos sufren carencias fundamentales necesitan de nuestra comunión fraterna de la que nunca pueden ser excluidos.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 3 de junio de 2018

Corpus Christi

                                   + Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Dt 4,32-34.39-40; Sal 32,4-6.9.18-20.22; Rm 8,14-17; Mt 28,16-20

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber celebrado la cincuentena pascual, que llegaba a su término con la solemnidad de Pentecostés, celebramos hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad. Los cristianos tenemos una idea de Dios que no alcanza el hombre por la razón natural, sino que, por pura gracia, Dios mismo ha revelado a los hombres su vida íntima y su designio de salvación.

Por medio de la razón natural podemos alcanzar un cierto conocimiento de Dios: su existencia y sus principales atributos, como su trascendencia, bondad. Podemos llegar a razonar como por ser Dios la realidad más consistente es la verdad plena; y podemos concluir con buena argumentación que Dios es fundamento de la moralidad del obrar humano, conforme a la ley moral inscrita en nuestro corazón y, por eso mismo, en Dios tiene su razón de ser la conciencia moral con la que distinguimos el bien del mal, y que gobierna nuestras acciones.

El apóstol san Pablo recrimina la mala conducta de los hombres que, pudiendo haber conocido a Dios por la luz natural de la razón, no lo han conocido, no le han dado gloria y hacen el mal. El apóstol condena esta conducta dando razón del juicio gravemente negativo que pronuncia: «Pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables» (Rm 1,19-20).

Sin embargo, Dios no ha querido abandonar al hombre a su mala conducta, que le ha alejado de él. Dios, en su bondad y misericordia, ha querido salir a su encuentro, revelándole su amor por la humanidad, origen de la creación y motivo de la redención. El amor de Dios nos ha creado y su misericordia infinita nos ha redimido por medio de Cristo. Para comunicar al hombre este amor y misericordia, Dios se eligió un pueblo para que fuera interlocutor de la humanidad ante él; y lo que dice la primera lectura de hoy es que este Dios, bueno y misericordioso, se dio a conocer al pueblo de su elección, a los israelitas nuestros padres. Haciéndolo así, el hombre llegó a conocer a Dios por experiencia viva de Él. Por eso Moisés pudo preguntarles: «¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido? (…) Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro» (Dt 4,33.39).

Es en la historia de nuestra salvación donde Dios se da a conocer y lo hace mostrando quién es a través de lo que hace por ellos: eligió una nación por pura gracia y cuando los hebreos venidos a Egipto, los descendientes del patriarca Jacob, fueron esclavizados por los egipcios, por medio de Moisés, Dios los condujo a la libertad; y dice el libro sagrado que Dios lo hizo «porque amó a tus padres y eligió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso…» (Dt 4,37). Los atributos de Dios que destacan en la narración bíblica son su amor gratuito y su omnipotencia al servicio de la libertad y del bien del pueblo elegido. De esta forma muestra Dios su santidad, no tratándoles como merecen sus pecados y deserciones, pues dice de ellos que son «un pueblo de dura cerviz» (Sal 94,10), prestos para desobedecer y tentar a Dios.

Todo el Antiguo Testamento da testimonio de este Dios todopoderoso y lleno de misericordia, al que mueve el corazón de padre que tiene, que es creador de todo lo que existe y ama cuanto ha hecho y nada odia (cf. Sb 1,14; 2,23). La Escritura afirma así, junto con la bondad de Dios su unicidad: Dios es único «y no hay otro» (Dt 4,39). La Escritura afirma con contundencia la unicidad de Dios y, por tanto, el monoteísmo divino, pero en Cristo Dios se ha revelado, al tiempo que Dios único, como comunión de tres divinas personas que son de la misma naturaleza divina y no rompen la unidad del único Dios.

En ello consiste el gran misterio de Ser divino que confesamos en la fe: Dios es uno y trino. La liturgia de este domingo celebra el misterio del Dios que es amor interpersonal, en cuyo seno de Padre es engendrado el Hijo antes del tiempo y de la creación del mundo, que es su Palabra y su fuerza, eterno como el Padre. Hemos conocido esta generación del Hijo en el seno del Padre, porque el Hijo eterno de Dios se hizo hombre por nosotros en Jesús; y por Cristo hemos conocido que el amor que el Padre le tiene y el amor que Hijo tiene al Padre es el origen del Espíritu Santo desde toda la eternidad. Como recitamos en el Credo, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que «procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». El apóstol san Pablo afirma del Espíritu Santo que es él quien da origen a la vida de los hijos de Dios y la sostiene y lleva a término. Es el Espíritu santificador que, viniendo a nosotros, da testimonio de que somos hijos por adopción; y nos ayuda a invocar a Dios como ¡Abba, Padre! (Rm 8,15).

El Espíritu Santo, que recibimos inicialmente en el bautismo completa en nosotros sus dones mediante la Confirmación, y viendo a nosotros transforma nuestro interior: venimos así a ser edificados «templo santo en el Señor» (Ef 2,21) por la fe, gracias a la predicación del Evangelio; y así nos convertimos en «morada de Dios por el Espíritu» (Ef 2, 22). Dice Jesús: «Si alguno me ama, mi Padre lo amará y cendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). El Espíritu Santo por la Confirmación nos inserta con mayor perfección en Cristo y transforma nuestra realidad interior a semejanza del Hijo de Dios, porque enseña san Pablo que «somos hechura suya: creados en Cristo Jesús» (Ef 2,10). El Espíritu Santo es el artífice de nuestra asimilación a Cristo, en quien hemos sido creados, bendecidos, elegidos y hechos hijos adoptivos de Dios (cf. Ef 1,3.4.5).

El Espíritu Santo nos une a Dios por medio de Cristo, dándonos a conocer quién es Jesús de verdad como Hijo de Dios, redentor y salvador nuestro. Es así como hemos de anunciar al mundo que somos salvados en Jesucristo, y hemos de cumplir su mandato misionero, prolongando el anuncio que confío a los apóstoles, como hemos escuchado en el Evangelio: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,20).

Hemos sido enviados a dar a conocer al Dios y Padre que se nos ha revelado en Cristo, Creador de todo cuanto existe y redentor nuestro: «el Padre todopoderoso que envió al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres su admirable misterio» (Misal romano: Oración colecta de la solemnidad de la Santísima Trinidad). Misterio que se nos ha revelado como Amor eterno e inacabable, que se da en la comunión de las tres divinas Personas, comunión a la que Dios nos llama, ofreciendo a la humanidad la felicidad inacabable de su amor, participando de la vida divina.

La vida eterna comienza ya en la vida terrena si por la fe nos adherimos al Evangelio de Cristo y, movidos por el Espíritu Santo, recibimos la gracia de los sacramentos en la comunión de la Iglesia. Dios nos congrega en Cristo para vivir como miembros de su cuerpo en la Iglesia, que es su cuerpo del cual Cristo es la Cabeza.

Tenemos el modelo en la Virgen María, en quien «el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 723) al dar virginalmente a luz al Hijo de Dios. El Espíritu Santo preparó a María y la hizo “llena de gracia” para que por la fe acogiera la Palabra hecha carne en su seno y la ofreciera al mundo (CCE, n. 722). Que la Virgen María acompañe a los catecúmenos que hoy reciben los sacramentos de la iniciación cristiana, interceda por los confirmandos y venga en nuestra ayuda, para que vivamos cumpliendo los mandamientos de Dios; y para que, mediante nuestro testimonio y nuestras obras, permanezcamos todos en la Iglesia en la comunión del Dios Trino y Uno, y esta comunión se extienda a todos los hombres nuestros hermanos.

Iglesia de la Sagrada Familia

Almerimar-El Ejido, 27 de mayo de 2018

         + Adolfo González Montes

                Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Hch 13,46-49; Sal 22,1b-6; Mt 5,13-19

Queridos hermanos:

La fiesta de san Juan de Ávila nos invita a dar gracias a Dios y alabar su providencia sobre nosotros, al darnos en la persona del gran evangelizador que fue el Maestro Ávila un intercesor y un patrón que, unido y configurado con Cristo, único mediador, estimula nuestro proceso constante y sostenido de configuración con Cristo, único sacerdote y servidor de los hombres. Esta configuración con Cristo fue en san Juan de Ávila fruto de la contemplación de quien dio su vida por nuestro amor, conforme al designio del Padre, siguiendo aquellas palabras de Jesús: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).

Lo que san Juan de Ávila contempla en el Crucificado es la expresión suprema de un servicio que es diaconía del amor inmolado, mediante la entrega de la propia vida por los hombres a causa de Dios y de la justicia de su Reino, para que su voluntad sea hecha y el hombre sea rescatado de la perdición. Aquello para lo cual es tomado el sacerdote de entre los hombres es la causa de Dios, pues está puesto en favor de los demás «en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (…) por sus propios pecados igual que por los del pueblo» (Hb 5,1.3).

El ministerio de Cristo es ministerio de la palabra proclamada por aquel que dice las palabras que ha oído al Padre, y por eso mismo no habla por cuenta propia, sino que dice lo que ha oído al Padre (cf. Jn 5,30; 7,16-18; 8,40; 12,49). Cristo Jesús es el evangelizador del Padre, al servicio de aquella verdad que puede salvar al mundo: la verdad de Dios revelada en la carne del Hijo. Por eso, evangelizar es dar a conocer a Cristo. El componente paulino del magisterio de santidad que tenemos en san Juan de Ávila es atraer y ayudar a penetrar en el conocimiento de Cristo; y hacerlo llevando a Cristo a donde no ha llegado el anuncio de su misterio redentor, allí donde es ocultado y combatido; y hacerlo renunciando incluso, como san Pablo, a permanecer en el recinto cálido de los suyos. Por Cristo Pablo abandonó la frontera del judaísmo, de los que eran sus propios hermanos en la fe, pero se negaban a recibir el anuncio del Apóstol y a reconocer que Dios había cumplido en Cristo las promesa que hiciera a los padres del pueblo elegido.

El carácter universal de la salvación acompaña la predicación del sacerdote, porque está entregado a ella, para que la salvación llegue a todos, y esa apertura del predicador del Evangelio le ha de disponer, igual que sucedió con Pablo y Bernabé, a la misión apostólica. La misión que extendió la predicación de Cristo de Chipre al Asia Menor y, más tarde, hasta Roma: anunciando a cuantos encuentran en su camino de misión cotidiana el kerigma de lo sucedido en Jesús: que Dios lo ha resucitado de entre los muertos y lo ha convertido en Señor y Cristo por los méritos de su pasión y de su cruz, del camino que como evangelizador del padre le llevó a la muerte en cruz. Lo que significa para nosotros, colocados en la sucesión de la cadena apostólica dar a conocer el misterio pascual mediante el anuncio, la predicación y la catequesis, sin lo cual no es posible crear comunidades ni las ya creadas permanecen en la fe recibida y confesada; consolidar mediante la instrucción la fe de los fieles, y mediante el testimonio de Cristo que se nutre de la oración y la contemplación del Crucificado, aquella norma de vida que es participación de la vida divina ya aquí en la tierra donde peregrinamos.

El ministerio de la palabra, tal como leemos estos días pascuales en el oficio, se prolonga en la instrucción en la fe, porque, glorificado el Señor por su resurrección gloriosa y su ascensión a los cielos, la vida divina se alimenta en nosotros gracias a la instrucción en la fe y los ritos sacramentales, pues como dice san León Magno, «para que nuestra fe fuese más firme y valiosa, la visión ha sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esta instrucción» (San León Magno, Sermón 2 sobre la Ascensión del Señor, 1-4: PL 54,397-399).

Si el sacerdote está llamado a ser luz, representando y prolongando aquella luz que es Cristo, por eso debe mirarse en la luz de Cristo. Dice el santo Maestro: «Cristo se llama luz porque con sus admirables palabras y obras alegraba y sacaba al mundo de las tinieblas» (Audi, filia [I], VI 26). A lo cual añade: «Pues ya habéis oído que la luz que vuestros ojos han de mirar es Dios humanado y crucificado, resta deciros de qué modo le habéis de mirar, pues que esto ha de ser con ejercicio de devotas consideraciones y habla interior, que en la oración hay» (Audi, filia [II], 70 1).

Es así, porque el conocimiento de Cristo resulta de la fe que alimenta la oración y en ella se torna trato de amistad e intimidad con Cristo, sin la cual es imposible al evangelizador dar a conocer a Cristo. En este trato íntimo con el Señor, se desvanecen nuestras miserias y desconfianzas, nuestras tristezas y depresiones, nuestras insatisfacciones y desesperanzas de ser no sólo mejores personas sino buenos pastores y maestros de las almas. Que sea así, lo confirma el santo doctor, al decir: «Porque los misterios que Cristo obró en su bautismo y pasión son bastantes para sosegar cualquier tempestad de desconfianza que el corazón se levante, y así por eso, como porque ningún libro hay tan eficaz como  para enseñar al hombre de todo género de virtud, y cuánto debe ser el  pecado huido y la virtud amada, como la pasión del Hijo de Dios, y también porque es extremo desagradecimiento poner en olvidado un tan inmenso beneficio de amor como fue padecer Cristo por nos, conviene, después del ejercicio de nuestro conocimiento, ocuparnos en el conocimiento de Jesucristo nuestro Señor» (Audi, filia [I], 46).

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos: el santo Maestro nos exhorta a hacernos esclavos de la pasión del Señor, porque contemplando en la oración el amor de Dios misericordioso que en la pasión de su Hijo se revela, se hacen los evangelizadores imagen vivísima del Señor. En el trato de intimidad de la oración, contemplando el amor humanado del Señor crucificado, hemos de alcanzar aquella configuración con él que nos con vierte en sacramento de su presencia para los demás. En la medida en que la luz de Cristo se refleje en nosotros seremos testigos eficaces del ministerio de salvación que anunciamos como ministros del Evangelio. La oración nos ayudará a conseguirlo, recibiéndolo como un don que Cristo hace a quienes le aman y le siguen y le representan ante los hombres.

Esta configuración con Cristo sacerdote y servidor del Padre segrega a los ministros del Evangelio, apartándolos del mundo, como realización de la voluntad de Cristo, suplicada al Padre la noche de la última Cena: «No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo como yo no soy del mundo» (Jn 17,15). Plegaria de Jesús que inspira el comentario homilético del beato Pablo VI en la misa de canonización del maestro Ávila, al referirse a la falta de identificación de algunos sacerdotes y muchos seminaristas, los cuales rechazan el título de siervo de Jesucristo y apóstol: «segregado para anunciar el Evangelio de Dios» (Rm 1,1), algo indispensable ­comentaba el santo Papa Pablo VI, pues aunque haya motivos en algunos casos incluso admisibles, no es posible sin oscurecer y desnaturalizar la identidad sacerdotal, porque los motivos que se aducen para «cancelar esta “segregación”, a asimilar el estado eclesiástico al laico y profano y justificar en el elegido la experiencia de la vida mundana con el pretexto de que no debe ser menos que cualquier otro hombre, fácilmente llevan al elegido fuera de su camino y hacen fácilmente del sacerdote un hombre cualquiera, una sal sin sabor, un inhábil para el sacrificio interior y un carente de poder de juicio, de palabra y de ejemplo propios de quien es un fuerte, puro y libre seguidor de Cristo» (Pablo VI, Homilía en la misa de canonización de san Juan de Ávila [31 de mayo de 1970]).

Valga esta larga cita del santo pontífice romano que será canonizado muy pronto, porque son palabras proféticas las de este comentario al pasaje del Sermón del Monte: «Si la sal se vuelve sosa con qué se la salará? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente» (Mt 5,13). La sal es para sazonar y la luz del cristiano y la propia de aquel que es portador de la luz de salvación de Cristo ha de brillar ante los hombres, «para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Sal y luz que fue san Juan de Ávila como ciudad levantada sobre el monte en tierras de la Mancha y de Andalucía, lleno del saber humano del Renacimiento que puso con prodigiosa inteligencia y cúmulo de virtudes humanas y sobrenaturales al servicio de la evangelización de aquella España nueva formada por una aglomeración de gentes diversas y cuyo estado espiritual reclamaba la palabra del Evangelio, para atraer al conocimiento de Cristo a quienes Dios exhortaba por medio del «apóstol de Andalucía» a la conversión y a la nueva vida en Cristo.

Seminario-Casa de Espiritualidad «Reina y Señora»

Aguadulce, 10 de mayo de 2018

                          + Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Sb 5,1-4.14-16; Sal 88,2.6.12-13; 1 Cor 1,18-25; Jn 15,9-17

Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades;

Excelentísimo Cabildo Catedral;

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Indalecio, fundador y patrono de nuestra diócesis y patrono principal de la ciudad de Almería nos invita a la alabanza a Dios providente, que nos ha llamado al seguimiento de Cristo y en él a abrazar el evangelio de la salvación.

Es importante considerar que san Indalecio, al que la tradición hace discípulo de Santiago, es fundador de esta Iglesia diocesana y, siendo su primer obispo, es por eso mismo su protector e intercesor en el cielo; y unido a Cristo, Mediador único entre Dios y los hombres, eleva constantemente a Dios Padre súplicas por esta Iglesia y su ciudad.

Los documentos más antiguos de la tradición legendaria le hacen español, convertido por la predicación de Santiago en Zaragoza, pues habría nacido en tierras aragonesas; y no han faltado especulaciones sobre su origen judío y su pertenencia los muchos discípulos del Señor, entre los cuales habría acompañado a Santiago en su viaje apostólico a España. Esto, naturalmente, antes de que el apóstol patrono de nuestra nación, vuelto a Jerusalén, sucumbiera a la espada de Herodes Agripa.

Esta leyenda hagiográfica, de la que forma parte la tradición de los Varones Apostólicos, es en parte matizada por el Martirologio Romano, fija la predicación de los Varones Apostólicos en el tránsito del siglo II al III, a los cuales identifica como obispos que se establecieron en las ciudades de la Hispania meridional. Así, el Martirologio se refiere a san Indalecio como primer obispo de la Iglesia de Urci, actual Iglesia de Almería.

La reliquia de nuestro Patrón que hoy acompañaremos al término de la santa Misa en procesión claustral nos vincula a una historia de fe que se remonta a la predicación evangélica entre nosotros. La predicación del Evangelio dio origen a la plantación y primer desarrollo de nuestra Iglesia en la Urci hispanorromana, precedente histórico de la diócesis almeriense. Al venerar esta santa reliquia del obispo fundador y patrono de la ciudad y diócesis de Almería, se reaviva en nosotros y alcanza un eco especial en nuestra cultura del bienestar el mensaje de la cruz, que por sí mismo «es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación –para nosotros– es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18).

Esta reliquia que hoy veneramos fue solicitada al monasterio de san Juan de la Peña por el gran obispo franciscano Fray Juan de Portocarrero, y una vez que el Papa Paulo V otorgó la autorización de su traslado, fue recibida en Almería el 21 de enero de 1620. Desde entonces hasta hoy las generaciones de fieles cristianos de estas tierras han venerado esta reliquia de san Indalecio, obispo fundador y mártir de Cristo, y al venerar tan preciada reliquia han reafirmado la fe que recibieron del ministerio apostólico y pastoral de su primer obispo. Con el ejercicio del ministerio de la palabra y la cura pastoral de la naciente Iglesia urcitana, san Indalecio coronó en el martirio la generosa entrega con la que engendró a los hijos de esta Iglesia para la fe en Cristo; y su memoria e intercesión por nosotros sigue hoy alentando nuestra fe y nuestra esperanza, e inspirando la caridad por la que reconocerán cuantos sean testigos de nuestra vida que somos discípulos del Señor. La caridad que es el contenido del mandamiento nuevo, imperativo del Maestro que nos recuerda cómo podemos distinguirnos como amigos del Señor, al mandarnos cumplir con la caridad como crédito de vida, al decirnos: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,17).

Jesús nos dice que su alegría, experiencia interior del amor que el Padre le profesa y que él profesa al Padre, amor que le lleva a la obediencia de la cruz, estará en sus discípulos, si se aman guardando sus mandamientos. Dice Jesús: «como yo guardo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10). Esta guarda de los mandamientos del Padre mantiene en Jesús aquella alegría suya que durará también en ellos; y en ellos la alegría de Jesús producirá aquel gozo que comparten con Jesús y en sus discípulos «alcanzará su plenitud» (Jn 15,11). Esta alegría no es propia de esclavos, sino de hijos; por eso, entre Jesús y sus discípulos no hay señor y siervos, porque los discípulos son sus amigos, si se aman: «si hacéis lo que yo os digo» (Jn, 15,14).

En una situación tan tensionada como la que estamos viviendo, cuando se agudizan las oposiciones entre las naciones y resulta tan difícil restablecer el equilibrio de la paz en zonas tan castigadas como el Oriente Próximo; y cuando entre nosotros, en nuestro suelo patrio, esta tensión y estas oposiciones arrastran a algunos a la ruptura de la historia común de quienes somos herederos de la misma tradición cristiana y hemos formado una gran comunidad de siglos, hemos de sentir la llamada al entendimiento y la unidad. La historia todavía reciente de España debe recordarnos que alentar la desafección y la hostilidad entre quienes somos herederos de esta historia común, no es una apuesta por la paz y la concordia de todos; y no lo es tampoco negar el bien moral de la unidad fundada en la convivencia histórica.

Hoy, como siempre, hemos de invocar la intercesión de aquellos varones apostólicos que nos predicaron el Evangelio de la vida y de la fraternidad, que inspiró siglos de vida en común y consolidó una identidad compartida. Hemos de suplicar a Dios la sabiduría del justo, que soportó el desprecio y las injusticias con la paciencia y el temple que acreditan que su vida se corresponde con la vida de los hijos de Dios.

San Indalecio, como los Apóstoles y los varones apostólicos que fundaron las primeras Iglesias nacidas de la Iglesia madre de Jerusalén, se condujeron con la humildad que es fruto de la sabiduría de lo alto, la sabiduría que viene del Espíritu Santo y da a conocer la verdad de las cosas, que se ajusta siempre a la mente del Creador. Como san Pablo dice a los corintios, la predicación de la cruz de Cristo aparece como locura o necedad, pero «para los que se salvan –para nosotros- es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18). Los malvados creen tener fundada su visión de las cosas, porque apelan a la experiencia del fuerte y de la lógica de este mundo, pero «la esperanza del impío es brizna que arrebata el viento…» (Sb 5,14). Carece de consistencia, porque no tiene su fundamento en Dios y en sus obras, mientras la esperanza del justo, de aquel que fía en la palabra de Dios es esperanza que se verá colmada, porque Dios premia la fe de quienes esperan en él; como esperaron en Dios los mártires y pusieron en él su confianza frente a la arrogancia de los perseguidores.

Pidamos a san Indalecio que interceda por nuestra Iglesia y por nuestra ciudad, para que no seamos víctimas de espejismos ilusorios; para que sepamos llamar a las cosas por su nombre, conocedores de su verdad, aunque a veces nos cueste la descalificación y el desprestigio que arrojan los que dominan la opinión e incluso desde el poder que se les otorga para salvaguardar el bien común, someten a los demás mediante la mentira y el ocultamiento de la verdad.

Que la santísima Virgen, que fortaleció a Santiago en la dificultad de la predicación y acompañó la obra de evangelización apostólica siga intercediendo por nosotros que la invocamos con el título de Estrella del Mar.

  1. S. A. I. Catedral de la Encarnación

15 de mayo de 2018

                  + Adolfo González Montes

                           Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: 1 Juan. 5,4-10; Gradual: Mt 28,7/Jn 20,19; Jn 20,19-31

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, llamado en latín «in Albis», porque los catecúmenos que fueron bautizados en la vigilia pascual vestían sus albas blancas, durante toda la octava de la Pascua, en la celebración de la santa Misa. Hoy, concluyendo la octava de Pascua, integrados ya en la comunidad cristiana como neófitos, comenzaban el camino ordinario de vida cristiana. Con su incorporación plena a la Iglesia, por los sacramentos de la iniciación cristiana, como dice san Agustín, estos «niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada…» (San Agustín, Sermón 8, en la Octava de Pascua 1,4: PL 46, 838) dilataban y fortalecían el crecimiento de la Iglesia.

Este domingo recibía además el nombre de «Quasimodo», porque así reza en latín el introito o antífona de entrada que ha cantado el coro: «Quasimodo geniti infantes, rationabiles sine dolo lac concupíscite» («Como infantes recién nacidos, apeteced la leche del espíritu pura y no adulterada»). Esta leche espiritual es, pues, transitoria por ser alimento espiritual de infantes en la fe, que han de caminar hacia la plena adultez, para que puedan alimentarse con alimento sólido; como sucede de hecho con el cambio de la alimentación de un niño a un adulto.

Sucede, sin embargo, con frecuencia que nuestra condición de cristianos adultos, a pesar de haber renovado las promesas bautismales como cada año en Pascua, carece de un conocimiento suficiente en materia de fe, y nos falta una real experiencia de vida sobrenatural, por lo cual se nos ha de aplicar tantas veces lo que dice el autor de la carta a los Hebreos a propósito de la flojera de la fe de la comunidad a la que escribe: «Pues debiendo ser ya maestros en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y estáis necesitados de leche en lugar de manjar sólido» (Hb 5,12).

Por eso cuantos reciben estos días pascuales el bautismo han de ser alimentados progresivamente para alcanzar la adultez cristiana mediante una verdadera educación de la fe, en el caso de los niños; y una formación religiosa adecuada, en el caso de los adultos. La formación en la fe ha de continuar toda la vida, como dice el Apóstol: «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo» (Ef 4,13).

Este domingo, además, es conocido desde hace algunos años como «domingo de la misericordia», como quiso llamarle san Juan Pablo II, siguiendo a santa Faustina Kowalska. A esta santa el Señor le otorgó revelaciones místicas sobre la misericordia divina, cuya devoción propagó alcanzando gran eco en el pueblo cristiano. Hemos de suplicar, por esto, con plena confianza al Dios de misericordia infinita, como reza la oración colecta reformada de la misa de hoy, ligeramente reformada en el rito ordinario, que seamos consecuentes «el bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido» (Misal Romano: Oración colecta, Misa de la Octava de Pascua); y, al celebrar estas fiestas pascuales cada año se acrecienten en nosotros los dones de la gracia divina. Hemos de suplicarlo así a Dios, acercándonos al «trono de la gracia» (Hb 4,16), porque hemos conocido que, en la pasión y muerte en cruz de nuestro Señor Jesucristo, Dios Padre nos ha agraciado en abundancia con la misericordia y el perdón que a todos alcanza y nos viene por el agua del bautismo, el Espíritu Santo y la sangre de la nueva Alianza.

Es lo que el Resucitado revela a los Apóstoles, a los cuales se aparece el mismo día de la resurrección, cuando los apóstoles se hallan reunidos en una casa con «con las puertas cerradas, por miedo a los judíos» (Jn 20,19). El Resucitado les mostró las llagas de las manos y el costado y les saludó con el saludo de la paz, y soplando sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados le quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua que Jesús entrega a sus discípulos. Se cumple ahora la condición que hace posible el derramamiento del Espíritu sobre la comunidad pascual: que Jesús ha resucitado ya de los muertos, como él mismo lo había anunciado y había dicho: «Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37); y el evangelista aclara que Jesús: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn 7,38).

Si Jesús no hubiera muerto y resucitado no hubiéramos recibido el perdón de los pecados ni se nos habría dado el Espíritu Santo que crea en nosotros el hombre nuevo, la nueva criatura a imagen del mismo Cristo Jesús. Por eso el Resucitado afianza en sus discípulos la fe en su resurrección, mostrándoles las manos y el costado, dando así testimonio de su verdadera identidad: El Crucificado es el Resucitado, y la humanidad de Jesús entregado, por nosotros a la pasión y a la cruz, ha sido glorificada, pero lleva las marcas de la pasión, porque es el Hijo de Dios hecho hombre el que ha sufrido por nuestra redención. La misericordia de Dios revelada en la pasión y cruz de Jesús marcará la humanidad glorificada del Señor para siempre; por eso, se aparece a sus discípulos con los signos de su humanidad sacrificada, dándole pruebas de que, en verdad, ha vencido a la muerte, y está vivo para siempre. Cuando vuelva a aparecerse a los Apóstoles, estando ya Tomás con ellos, porque la primera vez estaba ausente, Jesús volverá a mostrarle las llagas de sus manos y su costado; y declarará bienaventurados a los que sin ver creerán en él por la predicación del evangelio.

Finalmente, al celebrar hoy la santa Misa en nuestra iglesia Catedral de la Encarnación, hemos querido ofrecer a los fieles que han tenido voluntad de participar en esta celebración eucarística la ejecución del modo extraordinario de la Misa, atendiendo al deseo de un grupo de fieles que así lo solicitaron. Hemos celebrado la Misa en la forma establecida por la última reforma del antiguo Misal Romano, tal como fue aprobado y promulgado por san Juan XXIII en 1962.

Damos gracias a Dios porque nos ha permitido celebrar este solemne pontifical como culminación de la Octava de Pascua, con la que concluimos estos días solemnes y gozosos de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, Redentor del hombre y Salvador del mundo, en el cual hemos puesto nuestra esperanza. Su humanidad glorificada por el Padre nos precede y guía hacia la patria del cielo mientras peregrinamos en este mundo. Hemos de trabajar por la evangelización de este nuestro mundo, anticipando en su constante acomodación al Evangelio de Cristo la gloria que esperamos; transformando las realidades temporales de forma tal que veamos en ellas un anticipo de las realidades eternas que esperamos.

A Cristo Jesús resucitado y glorioso sea dada toda alabanza y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

  1. S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 8 de abril de 2018

                          + Adolfo Gonzáles Montes

                                   Obispo de Almería

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