Homilías

 

Lectura bíblica breve: 1 Jn 1,1-2

Queridos hermanos y hermanas:

El Señor ha querido, en su providencia, que la Beatificación de los mártires de Almería, después del largo proceso de años de estudio y preparación llegara a su término en esta solemnidad del Señor, titular de nuestra Santa Apostólica Iglesia Catedral. El sacrificio de los 95 sacerdotes de la causa que encabeza el Deán del Capítulo de la Catedral aúna en una común confesión de fe, sellada con la sangre, a los presbíteros que fueron inmolados, algunos de ellos eran miembros del Capítulo de esta Catedral de la Encarnación.

         Suben a los altares, partícipes de la gloria de Cristo, los ministros del Evangelio que configuraron su vida con la vida de Cristo y su muerte con la suya. Procedían estos sacerdotes mártires de los presbiterios de las diócesis que ocupaban la geografía de la provincia de Almería, cuyos límites geográficos hoy son también límites geográficos de la actual diócesis almeriense. Por razón de la geografía diocesana de la provincia fueron llevados al sacrificio presbíteros de las diócesis de Granada y Guadix; los de esta última diócesis, junto con su Obispo, el Beato Manuel Medina Olmos, unieron su suerte a la de los sacerdotes de Almería y su Obispo, el también Beato Diego Ventaja Milán.

A la glorificación de los dos obispos se suman hoy los presbíteros de esta causa, acompañados por los mártires del laicado católico, procedentes en su mayoría de los movimientos devocionales y apostólicos más pujantes en aquellos años del pasado siglo. Entre ellos, se encontraron dos valerosas mujeres. Una de ellas, Carmen de Adra, que no quiso dejar de ser cooperadora estrecha de la parroquia y de sus obras sociales y apostólicas, defensora de su patrimonio cultural y religioso; y Emilia, de etnia gitana, que aprendió a rezar el rosario en la escuela de María mientras esperaba dar a luz a su hija.

         A la multitud de mártires que jalonan la historia de la Iglesia les precede con su sacrificio redentor el Protomártir, Jesucristo nuestro Señor. Recordemos la respuesta de Jesús a Pilato: «Yo para esto nací y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37-38). El Verbo eterno de Dios, cuya encarnación celebramos, asumió nuestra humanidad para ser nuestro Salvador y Redentor. Hijo del Padre engendrado antes de los siglos, no creado, tomo para sí un cuerpo de nuestra human condición, para poder entregar su cuerpo y verter su sangre por nosotros, pues confiesa la fe de la Iglesia que el Hijo «bajó el cielo y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre» (Credo Niceno-Constantinopolitano).

Si dejáramos de creer por un instante que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios tendríamos que dejar de creer que la salvación haya podido venir con él. Dotado de excelentes cualidades humanas, benefactor de la humanidad como maestro de moral y fundador de un camino religioso, no habría podido librarnos del pecado y de la muerte eterna. Creemos, por el contrario, que Jesús es el Hijo de Dios encarnado y este hecho extraordinario y sobrenatural es el que da fundada motivación para creer que en él hemos sido salvados, porque creemos ser verdad revelada que Jesús vino para librarnos del pecado y de la muerte eterna. Sin esta fe fundada en la verdadera identidad de Jesucristo no habría motivo alguno para evangelizar.

Celebramos en esta solemnidad cuyas primeras vísperas cantamos glorificando a la santa Trinidad, una e indivisa, confesando que el Hijo de Dios tomó por nosotros y por nuestra salvación nuestra carne herida y se hizo hombre por nuestro amor. En el amor de Jesús por nosotros se revela el amor infinito de Dios por la humanidad, que el Padre creó en Jesucristo, que es su palabra y su fuerza; y este amor de Dios revelado en el amor de Jesucristo por nosotros crucificado, nos urge sin que podamos sustraernos a él. Lo decían recientemente los Obispos españoles, recogiendo palabras del Papa Francisco: «La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, pues “¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer?” (EN, n. 264). Porque Dios nos ha ofrecido el perdón y la salvación en Jesús, estamos llamados a comunicar el amor misericordioso de Dios a todos; y como Felipe a Natanael, no podemos menos de decirles: “Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret” (Jn 1,45)» (CVII As. Pl. CEE, Jesucristo, salvador del hombre y esperanza del mundo, n. 7d).

Fue esta fe en Jesús la que confesaron los repobladores cristianos dando a esta Catedral el título de Catedral de Nuestra Señora de la Encarnación, título que dieron a un buen número de iglesias parroquiales de la diócesis almeriense, igual que sucediera en las diócesis vecinas, empezando por la Catedral Metropolitana de la Encarnación de Granada. De la fe en la divinidad de Jesucristo recibimos la luz que ilumina nuestro origen y nuestro destino trascendente. Por su condición divina, el Hijo de Dios pudo hacer suya la humanidad, uniéndose en cierto modo, con todo hombre, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado (cf. Hb 4,15) (cf. Jesucristo, salvador del hombre, n. 8).

San Bernardo ha escrito con gran belleza sobre la impaciencia de una humanidad que espera la redención que había de irrumpir en nuestra historia con el sí de María al saludo del ángel. San Bernardo presenta a la humanidad, que desea verse liberada de su esclavitud, urgiendo el sí de María Virgen, que ha de concebir al Hijo del Altísimo: «[Oh piadosa Virgen] se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados, si consientes (…) Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje» (San Bernardo, Homilía 4, 8-9: Opera omnia, ed. cisterciense, vol. 4 [1966], 53-54).

Quiso el Creador depender de la aceptación de María y su sí nos trajo la salvación. María es apremiada por la impaciencia de una humanidad que espera de ella el fiat: «Da pronto tu respuesta. … Responde presto al ángel (…) responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna» (ibid.).  No se puede expresar mejor el anhelo de redención de la humanidad pecadora, la ansiedad que genera el deseo de verse libre de la esclavitud a que la sometió el primer Adán. Esta impaciencia temerosa no podría estar mejor reflejada que en esta homilía de san Bernardo, conociendo como, por la gracia de Dios y su misericordia, hemos conocido la respuesta de María a la salutación del ángel: «Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel, dejándola, se fue» (Lc 1,38).

Aprendamos nosotros, como quería el santo papa Juan Pablo II, la imitación de Cristo que sólo se aprende en la escuela de María. Ella, aceptando el designio de Dios, que la quiso Madre del Redentor, no dudó en ofrecer nuestra humanidad al Verbo de Dios, que la asoció a su obra de redención.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

24 de marzo de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas:  Ex 17,3-7; Sal 94,1-2.6-9; Rom5,1-2.5-8; Jn 4,5-42

Queridos hermanos y hermanas:

En este tercer domingo de la Cuaresma, la palabra de Dios está simbolizada en el agua que, por mandato de Dios, Moisés hizo brotar de la roca, para que pudiera beber el pueblo extenuado en el desierto, y con él los ganados que los israelitas llevaban consigo. Fue aquel acontecimiento de salvación símbolo y figura del agua del bautismo y del Espíritu Santo que recibe el que se bautiza, bebida espiritual, pues dice el Apóstol: «[los israelitas nuestros padres] todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron del mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Cor 10,2-4).

         El pueblo estaba ya tan exhausto que muchos piensan morir en el desierto, pero su sed será saciada con el agua que Moisés hizo brotar de la roca. Aquella agua, era figura de la bebida espiritual que es el Espíritu Santo. De esta agua de vida eterna le habla Jesús a la samaritana, sin que ella acierte a comprender que Jesús no le habla del agua física del pozo que Jacob hizo excavar para que pudieran beber su casa y sus ganados. La samaritana iba al pozo de Jacob a aprovisionarse de agua potable y no entendía otra cosa, no estaba en actitud de comprender a Jesús, que sabe quién es ella y le habla de la bebida espiritual que puede calmar la sed de la humanidad pecadora. Jesús, por eso, le dice: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva» (Jn 4,10).

         El agua del mar que cruzaron los israelitas y el agua de la roca del desierto son figura de la bebida espiritual que Jesús ofrece como don de vida eterna; y a este don de Jesús se llega sólo mediante la fe de quien se convierte y se adhiere al Cristo de Dios: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba (…) De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38). Comenta el evangelista que Jesús decía esto «refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7,39). Con estas palabras Jesús evocaba la promesa del agua viva de la que Isaías pone en boca del Dios de Israel: «Derramaré sobre el suelo sediento, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu linaje…» (Is 44,3).

         El tema del agua viva se reitera en la Escritura y Jesús lo incorpora a su predicación, para revelar mediante el simbolismo del agua la salvación que llega con su persona y ministerio. El evangelista contrapone el lenguaje de la samaritana y la palabra de Jesús, que la samaritana entiende de forma materialista: «Señor, dame de esa agua; así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla» (Jn 4,15). El Espíritu es el don de la resurrección de Cristo y, por eso mismo, se derramará sobre toda carne, como había prometido el profeta Joel como dádiva y gracia divina que acompaña el perdón de los pecados y trae la regeneración del hombre (cf. Jl 3,1-5; cf. Hch 2,17ss). El Espíritu Santo va unido al agua del bautismo significada en el agua del Mar Rojo igual que en el agua del desierto que Moisés hizo brotar de la roca.

La Cuaresma es tiempo de preparación al bautismo y a los sacramentos de la iniciación cristiana para cuantos recibirán el bautismo en la próxima vigilia pascual, y en las semanas de Pascua que siguen al domingo de resurrección. Los catecúmenos se preparan para el don del Espíritu, y también los que, habiendo sido ya bautizados, han de recibir el sacramento del Espíritu Santo, la Confirmación.

         El don del Espíritu no sólo es protagonista en los sacramentos de la iniciación cristiana, también lo es en el sacramento del Orden, mediante el cual Dios derrama, por Cristo el Espíritu Santo sobre los elegidos, para que desempeñen los oficios eclesiásticos que alimentan la vida de los fieles congregados en la Iglesia y unidos con los ministros por el bautismo.

         Cristo marca de forma indeleble con su sello, que es el Espíritu Santo, a quien es ordenado, para que de esta manera se convierta en medio de santificación en la Iglesia. El don común del Espíritu que se da en el bautismo a todos los fieles, se da en forma específica a algunos de ellos, para que por ejercicio del ministerio ordenado Cristo siga derramando su Espíritu sobre los que vienen a la fe en él. Hoy imponemos las manos a un candidato al Orden sacerdotal, para que reciba el sacramento del Diaconado y, después de ejercerlo, en la forma transeúnte en que lo ejercen los seminaristas que reciben la ordenación diaconal, accedan a la recepción del ministerio sacerdotal de los presbíteros.

Hoy este hermano nuestro da un paso decisivo en su camino hacia el presbiterado, al acceder a la ordenación de diácono. Poder ordenar a este hermano nuestro es una gracia que Dios otorga al Obispo, pero que requiere la colaboración previa del presbiterio, ya que son los sacerdotes los que han de estar más interesados en la pastoral vocacional. El camino que han de recorrer los candidatos al ministerio sacerdotal requiere la colaboración de las familias, porque es en la familia, verdadera iglesia doméstica donde se realiza la primera transmisión de la fe y se acompañan los primeros pasos de acercamiento a la parroquia de los niños y adolescentes. Requiere, sobre todo, la colaboración propia del Seminario y del equipo de formadores. Su responsabilidad es la propia de quienes han sido puestos para orientar al sacerdocio a los jóvenes que se van decantando por el seguimiento discipular de Cristo, hasta lograr la plena configuración con él, para ser representación viva del Buen Pastor al servicio espiritual de la comunidad eclesial.

La responsabilidad primera es del Obispo, pero todos los agentes que intervienen en la selección y formación de los sacerdotes deben tener presente el criterio que la Iglesia establece: «Por el bien de toda la Iglesia conviene tener presente que la caridad pastoral, en todos los niveles de responsabilidad, no se ejercita admitiendo a cualquier persona al Seminario, sino ofreciendo una orientación vocacional ponderada y un proceso formativo válido» (Ratio formationis sacerdotalis [2016], n. 128b).

Quiera el Señor ayudarnos a suscitar en los niños, adolescentes y jóvenes las vocaciones al sacerdocio que la Iglesia necesita para el ejercicio del ministerio pastoral. Al dar gracias a Dios por esta nueva ordenación, suplicamos del Padre de las misericordias que no falten en nuestra comunidad diocesana los ministros de Cristo que nos guíen por las sendas de la santidad. Sendas que son obra del Espíritu Santo, que alienta y conduce con suave brisa espiritual el seguimiento y la configuración con Cristo de los candidatos a las sagradas Ordenes. Así se lo pedimos a la santísima Virgen y a su esposo san José, cuya fiesta nos acerca a su patrocinio sobre la Iglesia y las vocaciones sacerdotales. Fiel custodio de la sagrada Familia, san José fue custodio del primer seminario de la historia, y sigue siendo en el cielo el gran protector de las vocaciones. Si la carencia de vocaciones es en cierta medida un fracaso de las familias y de las comunidades parroquiales, pidamos por intercesión de María y de José las vocaciones necesarias y recibamos cada una de estas vocaciones como un don que fortalece la vida cristiana de las familias y el compromiso misionero de las parroquias.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

19 de marzo de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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Textos bíblicos:      Eclo 17,20-28; Sal 31,1-2.4-7; Mc 10,17-27

 

Queridos sacerdotes, religiosas y seminaristas, y queridos fieles laicos;

hermanos y hermanas:

Clausuramos hoy, con la celebración solemne de la santa Misa el bicentenario del nacimiento del sacerdote santo que el Señor quiso regalar a las comunidades parroquiales a las que sirvió en la Iglesia diocesana de Cartagena, y entre ellas a la parroquia de esta su villa natal. Cuando nació el Cura Valera el 27 de febrero de 1816, Huércal-Overa, en efecto, pertenecía históricamente a la diócesis de Cartagena. Esta comarca del Norte levantino se abre geográficamente a las tierras murcianas y la villa de Huércal-Overa, de la que don Salvador saliera para recorrer en Murcia el camino que le llevaría al sacerdocio, sería el escenario final de su vida, pues moriría en ella el 15 de marzo de 1889. Don Salvador retornó para convertirse en el Cura Valera amado por sus convecinos los últimos años de su vida.

En Huércal-Overa había estrenado su sacerdocio y a la villa donde nació y fue bautizado volvía, después de pasar por otras comunidades parroquiales de la vasta diócesis de Cartagena. Quiso la providencia de Dios que llegara aquí a servir a los paisanos de su patria chica cargado ya de méritos sacerdotales, inspirados por la caridad pastoral que dio aliento sobrenatural a su vida de ministro de Cristo, para dejar en ella el quehacer sacerdotal como ejemplo y testamento. Un legado, queridos huercalenses, que vosotros habéis sabido guardar en la memoria como homenaje a su vida virtuosa y santa, como presencia vivísima del Buen Pastor, de aquel que es el pastor de nuestras almas, Jesucristo, único sacerdote y Mediador universal entre Dios y los hombres.

En las lecturas que hoy ofrece la liturgia de la palabra de esta misa, el autor del libro del Eclesiástico invita al arrepentimiento, mientras es tiempo, porque, llegada la muerte, el tiempo de la salvación habrá concluido. Podemos decir con acierto que en estos días que preceden a la inauguración de la Cuaresma el próximo miércoles de Ceniza, se nos adelanta en el fragmento del Eclesiástico la llamada a la penitencia y a la conversión del corazón como camino y condición para llegar a la gozosa celebración de la Pascua. Escuchamos al autor sagrado que reclama la conversión: «A los que se arrepienten Dios los deja volver y reanima a los que pierden la paciencia. Vuelve al Señor, abandona el pecado…» (Eclo 17,20s).

El pecado es desconfiar de Dios, de su existencia y de su misericordia, dejar de creer que Dios se ocupa de nuestra vida, de la vida de cada uno de nosotros y de cada una de sus criaturas. El mensaje que el sacerdote ha de llevar a hombres es un mensaje de confianza en la providencia de Dios. El sacerdote tiene por misión llevar a Dios a los fieles, acercarlos a la esperanza de alcanzar el perdón de Dios, saliendo a buscar –como dice reiteradamente el Papa Francisco­- a los alejados, colocando a los indiferentes ante los hechos consumados de la caridad pastoral de quien busca la oveja perdida, que puede extrañarse, como dice san Agustín, del interés del pastor; más aún, declarar sin ambages que no tiene necesidad del pastor, para que este replique: yo tengo interés por ti, aunque no te guste, porque no quiero que te pierdas y llegues ante Dios sin otra cosa que tu injusticia y como un idólatra. La réplica que san Agustín, comentando la diatriba del profeta Ezequiel 34,1-16 contra los malos pastores, pone en la boca del pastor bueno y solícito suena congruente con la misión del que es pastor y se enfrenta a la indiferencia de la oveja perdida, que pregunta al pastor: «¿Por qué me buscas?». Replica: «Porque estás en el error, quiero llamarte una vez más; porque te has perdido, y quiero hallarte» (San Agustín, Sermón 46,7).

El ministerio sacerdotal requiere arrojo y voluntad de enfrentarse al mal, para que el pecador pueda vencer su situación perdida; y gozoso anuncio de la salvación. Por ello dice el profeta Malaquías que «la boca del sacerdote atesora conocimiento, y a él se va en busca de instrucción, pues es mensajero del Señor del universo» (Mal 2,7). No es posible ejercer el ministerio sacerdotal sin denunciar el pecado y anunciar la misericordia de Dios, porque el amor de Dios revelado en Jesucristo, en su cruz y en su muerte por nosotros, es la gran noticia del Evangelio; y no hay posibilidad de anunciar la misericordia, si el ministro y portador de la Palabra obvia y no considera importante la denuncia del pecado. Se requieren ambas cosas: evidenciar el pecado y proponer como salida posible y única la súplica del perdón y la acogida humilde de la misericordia de Dios. Al mensaje del sacerdote pertenece exclamar: «Vuélvete al Señor, abandona el pecado, suplica en su presencia y disminuye tus faltas; retorna al Altísimo, aléjate de la injusticia y detesta de corazón la idolatría» (Eclo 17,21-23).

A esta lectura hemos respondido con la recitación del salmo 31 como salmo interleccional, que canta la misericordia del Señor y declara: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, / a quien le han sepultado su pecado» (Sal 31,1). Dios perdona a quien confiesa su pecado, a quien reconoce su culpa, a quien tiene al Señor por amparo y refugio del pecador, y en él se siente seguro y rodeado de cantos de liberación. La caridad pastoral del sacerdote recobra para Dios al pecador en la medida en que evidenciando el pecado anuncia el amor de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino su arrepentimiento: «que se convierta de su conducta y viva» (Ez 18,23). Jesús dirá, por eso: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante» (Jn 10,10).

Dios ha querido hacer del sacerdote portador y ministro de su misericordia. ¡Cómo necesitamos sacerdotes santos como el Siervo de Dios don Salvador Valera! Sacerdotes cuya vida sea en sí misma sacramento, es decir, señal eficaz de aquello mismo de lo que anuncian y administran como ministros: de la salvación que anuncian y que Dios ofrece en Cristo Jesús. Estamos cerca ya de la jornada anual del Seminario, que llegará con la fiesta de San José, Patrono de las vocaciones sacerdotales.

No dejemos de pedirle a Dios por intercesión de la Virgen María y de san José, su esposo y custodio de la sagrada Familia, las vocaciones que necesitamos para nuestro tiempo: muchachos que han nacido en esta sociedad y son hijos de su tiempo, pero han escuchado la llamada de Jesús al seguimiento, y la siguen sin poner los reparos del joven rico del evangelio que hemos escuchado hoy. El evangelio de san Marcos nos deja ese sabor agridulce de la escena que narra: Jesús siente simpatía y cariño por un joven que dice haber cumplido los mandamientos de Dios desde su infancia, que ha sido educado en la fe y en la piedad del pueblo elegido, que ha recibido en la familia el aliento de una vida en presencia de Dios; y que además ha gozado de los medios materiales para vivir sin traumas sociales, en una situación privilegiada para sociedad de la época de Jesús. Ha tenido acceso a la mejor educación religiosa de su época, asistiendo asiduamente a la sinagoga los sábados, y allí ha escuchado la lectura de la ley de Moisés y de los profetas, pero no está dispuesto a renunciar a los bienes materiales y «abatido por estas palabras (de Jesús), se marchó entristecido porque era muy rico» (Mc 10,22).

Para seguir a Jesús, queridos seminaristas, es necesario dejarlo todo, sin condiciones. Ved lo que dice el evangelio: a quien tiene apego a los bienes materiales y Jesús lo llama, tiene que escuchar estas palabras: «vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme» (Mc 10,21).  Si ya era cumplidor de la ley, ¿qué le faltaba? Jesús se lo dice claramente, te falta poner a Dios por encima incluso del modo como cumples tú los mandamientos, porque no son meramente preceptos a cumplir de forma externa, sino confesión de fe en el Dios que los ha promulgado como garantía de vida y cuyo valor es superior al de las criaturas y los bienes que te ofrece. Te falta amar a Dios sin condiciones ni trabas, y para eso necesitas desprenderte de lo que tienes y ponerte en manos de Dios. Luego, ven y sígueme.

Es lo que Jesús dijo a los hermanos de una pareja de hermanos de dos familias de pescadores del lago de Galilea: a los hermanos Pedro y Andrés, y a los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo; «y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron» (Mt 4,22). Su ejemplo ha sido seguido por miles de jóvenes a lo largo de la historia de la Iglesia. Hoy este seguimiento se ha tornado difícil, minoritario, y aun así de solidez precaria. Los jóvenes de hoy, en nuestras sociedades desarrolladas y bienestar alto, a pesar de las crisis y deficiencias, viven poseyendo muchas cosas, bienes materiales y servicios, y se hallan acosados por el un espíritu de una época que no aprecia las realidades espirituales y no tiene demasiada conciencia del pecado y, en consecuencia, tampoco necesidad de salvación más allá de lo inmediato. Es verdad que no faltan, gracias a Dios, jóvenes generosos y llenos de fe que, a pesar de los temores que pueden sentir por la decisión que toman, quieren seguir el camino que desde su infancia; pero son muchos menos que en tiempos del Cura Valera.

Aquellos eran otros tiempos, los de hace doscientos años, impregnados de una religiosidad histórica, aunque no el cristianismo hubo de afrontar las crisis sociales y los cambios culturales traídos por el siglo XVIII y la Revolución Francesa, cuando emprendió el niño Salvador Valera Parra, el camino hacia el ministerio pastoral siguiendo la vocación al sacerdocio en una sociedad empobrecida.

Hoy honramos la memoria de este sacerdote santo, que suplicamos a Dios nos permita verlo en la gloria de los altares, esperando de la misericordia divina recibir como don un día que deseamos próximo la declaración de su santidad por el ministerio del Sucesor de Pedro. Quiera Dios concedérnoslo por intercesión de la Virgen y de san José.

Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora

Huércal-Overa, 27 de febrero de 2017

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Gn 12,1-4ª; Sal 32,4-5.18-20.22; 2 Tim 1,8b-10; Mt 17,1-9

Querido Sr. Cura párroco;

Estimadas Autoridades; y

Hermanos y hermanas todos en el Señor:

El Señor nos permite hoy dedicar el nuevo altar, inaugurando en esta misa la importante reforma del presbiterio que se ha llevado a cabo en esta histórica iglesia parroquial de la Santa Cruz. Era un anhelo de párrocos y feligreses que ahora se ve cumplido; y que es de agradecer a la iniciativa del nuevo párroco y de su equipo de colaboradores estrechos, cuya cooperación en esta obra ha sido muy apreciable. Todos nos felicitamos por esta remodelación de la capilla mayor de la iglesia parroquial, ahora mejor dispuesta para la celebración de la santa Misa y la proclamación de la palabra de Dios.

Son momentos sin duda emotivos para la vida de la comunidad parroquial, estando ya tan próxima además la beatificación del Siervo de Dios don Lisardo Carretero, natural de Ohanes, como el santo Obispo Diego Ventaja Milán. Don Lisardo fue llevado al martirio siendo párroco de esta villa de Canjáyar, y corriendo la misma suerte que otros 94 sacerdotes que ejercían su ministerio pastoral en la provincia de Almería y que, como era su caso, muchos de ellos pertenecían al presbiterio de la archidiócesis de Granada. Damos gracias a Dios por estos testigos de la fe, cuyo heroico testimonio es fuente de paz y de reconciliación. Nos encomendamos a su intercesión, que unida a la de Cristo, único Mediador entre Dios y los hombres, nos ayuda a vivir como cristianos, testigos de la fe que profesamos.

Consagramos el nuevo altar en este II Domingo de Cuaresma, en el que el evangelio nos presenta a Cristo transfigurado, mostrando la gloria de su divinidad a los apóstoles más íntimos, llenos de temor y desconcierto por el anuncio que Jesús hace de su pasión, muerte y resurrección.

Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, en respuesta a la pregunta de Jesús: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt16,13); Pedro confesará: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Jesús le ha prometido las llaves del reino de los cielos, pero Pedro y los apóstoles no comprenden el anuncio de la pasión, está fuera de su mentalidad mesiánica una cosa así. Por eso, como reacción al anuncio de su pasión, Pedro trata de disuadir a Jesús ante pensamientos que no encajan en sus expectativas: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo sucederá eso!» (Mt 16,22). La reacción de Jesús es firme y recrimina a Pedro, diciéndole que sus pensamientos «no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23).

Es necesario evocar esta escena, narrada en el evangelio de san Mateo inmediatamente antes de la experiencia de la transfiguración. Jesús ha comenzado a hablarles de las exigencias del seguimiento. Seguir a Jesús implica «negarse a sí mismo y cargar con la cruz y seguirle» (Mt 16,24). Conoce bien la debilidad de sus apóstoles y toma consigo a Pedro, Santiago y Juan para introducirlos en una experiencia que levante sus corazones acobardados, una experiencia de la gloria de Jesús, que es la de Dios su Padre. Esta experiencia tendrá lugar en el monte, porque el evangelista presenta a Jesús como un nuevo Moisés, que fue llamado por Dios a la montaña del Sinaí para encontrarse con Dios en la nube, que cubre la montaña santa, a donde Moisés sube para recibir las tablas de la ley. Así, en la narración del Éxodo se presenta a Moisés que regresa al campamento de Israel después del encuentro con Dios, con el rostro trasfigurado, luminoso, irradiando la gloria que es propia de Dios y le ha iluminado y transformado el rostro (cf. Ex 34,29-35).  La misión de Moisés era llevar al pueblo de Dios a la tierra prometida, y Dios quiere que su Hijo amado, el predilecto, sea el nuevo guía de la salvación, resultando ser suprior a Moisés por su condición de «hijo al frente de su propia casa» (Hb 3,6).

El pueblo de Dios tiene su origen en Abrahán, al que Dios llamó de su tierra para enviarlo a la tierra de la promesa, un pueblo del que nacerá el Salvador de Israel, y la llamada de Abrahán lleva consigo el despojo de sus orígenes y el abandono de la propia tierra. Un desprendimiento que es condición de la multiplicación del pueblo, de su crecimiento como la arena de las playas marinas y las estrellas del cielo. El camino de Jesús pasa por el despojo completo de sí, que los apóstoles no entienden. Sin la salida de su tierra de Abrahán, no hubiera sido posible el caudillaje de Moisés ni la entrada en la tierra de la promesa con Josué. Las lecturas que hemos escuchado pondrán el acento en el significado de la vocación de Abrahán como condición de la creación de la nación santa, de la elección divina de un pueblo que Dios quiere entregar a la guía de Moisés. 

La misión de Jesús es la de llevar la ley y las promesas proféticas a su cumplimiento, por eso, en la transfiguración aparecerá flanqueado por Moisés y Elías. Jesús lleva la ley a su cumplimiento, dándole, con sus enseñanzas, un nuevo sentido. Jesús lleva la ley al interior del hombre, donde reside la intencionalidad que guía los actos humanos, cumpliéndose así la interiorización prometida de la ley prometida por Dios: «Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,31). Jesús pone de manifiesto que no viola la ley sólo el que mata, sino el que odia a su prójimo y tiene intenciones desleales con él. No sólo comete adulterio el que adúltera, sino quien desea ilícitamente una mujer, peca contra la justicia de Dios que ha colocado en el interior del corazón la conciencia moral del ser humano. Jesús recapitula en sí la ley y da cumplimiento a cuanto anunciaron los profetas, representados por Elías.

Jesús, sin embargo, es más que Moisés o un profeta. Jesús se queja de la incapacidad de los judíos para reconocer quién es, y dirá a quienes le piden un signo para obrar como él lo hace: «aquí hay uno que es más que Jonás… aquí hay uno que es más que Salomón» (Mt 12,41.42); porque Moisés y los profetas han hablado en nombre de Dios y Jesús tiene aquella autoridad que le equipara al mismo Dios. La transfiguración deja ver ante los ojos de los apóstoles elegidos el misterio de la persona divina de Jesús. La voz del Padre resuena como en el bautismo de Jesús. Es el predilecto, el amado Hijo del Padre: es el Siervo de Dios anunciado por Isaías (cf. Is 42,1), pero la relación der Jesús con el Padre es de carácter filial, con la relación con el Padre que es propia del Hijo (Biblia de Jerusalén: comentario a Mt 3,17). La transfiguración de Moisés y la de Jesús son por eso diferentes: la de Moisés es resultado de su encuentro con Dios, ocurre después de estar con Dios en la nueve de la montaña santa, mientras que la transfiguración de Jesús ocurrió antes de que Jesús hablara y fue algo pasajero, algo que sólo se puede entrever, porque para conocer a Jesús es precisa la fe: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre» (Mt 11,27); sólo el Padre puede dar a conocer el misterio del Hijo, como sólo el Hijo puede dar a conocer al Padre.

El Padre revela al Hijo en su gloriosa resurrección y la transfiguración adelanta la gloria del Hijo revelada a los testigos de la resurrección, verdadera entronización de Jesús como Hijo amado del Padre. Lo que el Salmo 2 dice de los reyes de Israel entronizados en Jerusalén: «Tú eres mi hijo, yo te engendrado hoy» (Sal 2,7) es lo que dice la voz del Padre: que Jesús es el hijo de Dios, misterio que revelará el Padre resucitando a Jesús de entre los muertos, y ahora es anticipado para sus apóstoles más íntimos en la transfiguración (cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo, vol. II. Mt 8-17 [Salamanca 2001] 662-675).

Jesús estimula así la fortaleza de sus discípulos y los dispone al seguimiento hasta la cruz, aunque en su debilidad y temor ante lo que le ocurrirá en el Calvario a Jesús huirán desconcertados. Sólo reaccionarán cuando resucite de entre los muertos. La transfiguración de Jesús descubre nuestro destino final, más allá de la peregrinación por este mundo, marcada en tantas ocasiones por el fracaso y el dolor, por la muerte, a veces cruel de quienes son como Jesús llevados al martirio. San Pablo exhorta, por esto mismo, a Timoteo a tomar parte en «los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios te dé» (2 Tim 1,8b).

La Cuaresma es un tiempo propicio para fortalecer la fe mediante la audición detenida de la Palabra y la conversión del corazón a Dios. Nunca estamos convertidos del todo, siempre necesitamos fortalecer la fe para tomar parte de los trabajos del Evangelio. A ello nos ayudan los sacramentos, particularmente la recepción humilde del perdón en el sacramento de la Penitencia y la comunión eucarística.

Hoy consagramos este nuevo altar para celebrar sobre él como ara el sacrificio eucarístico, que hace presente el sacrificio de la cruz, acontecido de una vez para siempre en el calvario. De ahí la santidad del altar, segregado de entre las piezas que configuran el conjunto de signos y símbolos de la iglesia parroquial, para ser la piedra que signifique y represente al mismo Cristo, «piedra angular desechada por los constructores» (Hch 11,4; cf. Mt 21,42 y Sal 118,22) de la edificación de Dios, en la que entramos a formar parte por el bautismo como «piedras vivas de un edificio espiritual» (1 Pe 2,5).

Ungiremos al nuevo altar como ungidos hemos sido nosotros en el bautismo y la confirmación, para ser consagrados a Dios y entrar a formar parte de un pueblo de reyes, profetas y sacerdotes, ungidos en la alianza antigua para llevar a cabo su misión. Jesús, de cuya unción participamos nosotros, fue ungido por el Espíritu Santo, simbólicamente significado por el aceite perfumado consagrado el Jueves Santo por el Obispo. Esta unción de Jesús alcanza también las cosas santas como el templo y el altar. Por eso veneramos el altar y vemos en él tanto el ara del sacrificio como la mesa del banquete del reino anticipado en la Eucaristía.

Hemos bendecido el nuevo ambón, para que desde él resuene la Palabra de Dios que nos salva. No dejemos de cumplirla como forma de ponerla por obra. De la predicación viene la conversión del corazón a Cristo, y sin la proclamación de la Palabra no se suscita la fe que nos salva. Que estas realidades de salvación, significadas en modo propio en la acción liturgica, nos ayuden a vivir como discípulos de Jesús, afrontando los duros trabajos del Evangelio que genera el testimonio de una vida santa y nuestro sincero empeño y compromiso con la evangelización de nuestra sociedad.

Iglesia parroquial de la Santa Cruz

Canjáyar, 11 de marzo de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Mal 3,1-4; Sal 23,7-10; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas;

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Presentación del Señor tiene lugar a los cuarenta días de la Natividad del Señor, siguiendo el cumplimiento cronológico establecido por la prescripción mosaica del Éxodo (cf. Ex 13,11-16; cf. 34,19-20) y recogida también en el libro de los Números: «Todo primogénito de cualquier especie, hombre o animal, que se presente ante el Señor, será para ti; pero harás rescatar al primogénito del hombre y al primogénito de animal impuro» (Núm 18,15). Esta prescripción de consagrar al Señor todo primogénito varón tenía una clara intención teológica y, por tanto, se hallaba moderada por la consiguiente ley del rescate, que se extendía incluso a los animales impuros.

La intención teológica de esta prescripción respondía a la necesidad de mantener viva la memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto, que había acarreado el sacrificio de los primogénitos de los egipcios. La consagración de los primogénitos recordaría para siempre a los hebreos la gesta de liberación realizada por el Señor: «Será para ti como señal en tu brazo y como recordatorio en tu frente; porque con mano fuerte te sacó el Señor de Egipto» (Ex 13,16).

         Haber respetado en el año litúrgico el transcurso en tiempo real de estos cuarenta días a partir de la Natividad del Señor, ayuda a evocar el paso del desierto a la tierra prometida ocurrido cronológicamente durante cuarenta años: un recorrido de la esclavitud a la libertad que se hacía presente en la fiesta judía de Pascua para cada uno de los hijos de los hebreos. Este mismo número aparece de nuevo para enmarcar el escenario de las tentaciones de Jesús en el desierto, resueltas con la victoria final de Jesús sobre el asedio de Satanás, triunfo que anuncia la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado en su resurrección.

El simbolismo del número cuarenta justifica el tiempo que la ley prescribe para la purificación de la mujer después del parto, que se dividía en dos períodos temporales: los ocho días que transcurrían hasta la circuncisión, si se trataba de un varón, y los treinta y tres que completaban el número de cuarenta hasta su presentación con su hijo en el templo llevando la ofrenda de un cordero o un pichón, que el sacerdote ofrecía al Señor en el holocausto, y una tórtola para el sacrificio de expiación por el pecado. En el caso del nacimiento de una niña el período de purificación se alargaba a sesenta y tres días. Realizado el ritual, el sacerdote declaraba purificada a la madre oferente. Quienes no podían sacrificar una res menor para el holocausto, la ley prescribía al menos dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y el otro para el rito de expiación por el pecado (Lv 12,6-8).

         Se unían de este modo dos realidades simbólicas que adquirían un cierto significado sacramental: la memoria de la pascua y el ritual de purificación por el nacimiento de un hijo. En ambos aparece con claridad que sólo Dios es el Señor de la vida y que a él le pertenece. Haber salvado la vida del pueblo elegido se recordaría para siempre consagrando a los primogénitos, que Dios se los devolvía a los padres mediante el rescate. Es importante tener presente, al celebrar hoy la Jornada de la Vida consagrada, que prolongando el simbolismo pascual al servicio del culto judío, «los levitas son consagrados a Dios en sustitución de los primogénitos de Israel, entonces salvados de la muerte» (Biblia de Jerusalén: Nota a 13,11).

En la liturgia cristiana, la fiesta de la Presentación del Señor ha estado vinculada de este modo a los misterios del Señor y de María, contemplando con la presentación de Jesús en el templo, que así cumple la ley mosaica en su carne, la tradicional fiesta de la Purificación de María por el nacimiento de Jesús, convertida en una fiesta devocional de honda tradición popular. Por una parte, la fiesta representaba la prolongación de la vivencia feliz de la Navidad; y, por otra, la purificación de la Virgen Madre disponía a la apertura ya próxima de la Cuaresma, tiempo de expiación y purificación, camino de la Pascua. El sometimiento a la ley de Jesús y de María son expresión de la solidaridad del Hijo de Dios con los pecadores, «nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos» (Gál 4,4b-5)

Parte de los elementos salvíficos de esta fiesta se habían vivenciado en la tradición litúrgica occidental en la fiesta de la circuncisión del Señor en la octava de la Navidad; y, al hacer de ellos memoria en esta fiesta, la profecía de Simeón alcanzaba una significación propia de llamada de los fieles a reconocer en Jesús, que vertía en la circuncisión su primera sangre, aquel que es signo de contradicción y que será, por su sufrimiento, causa de salvación de los hombres. El evangelio asocia al sufrimiento y dolor del Redentor a su Madre, cuyo corazón es traspasado por la espada del primer dolor. Se explica la emoción que esta fiesta ha suscitado en el pueblo fiel, porque sus aspectos devocionales alcanzan a vivenciar proféticamente el camino que irá del nacimiento de Jesús en Belén a su crucifixión en el Calvario.

Al mismo tiempo, esta fiesta es fiesta de la luz que ha brillado en Belén, en el nacimiento del Señor, y anticipa la luz pascual de la resurrección. La Virgen de la Purificación es la Candelaria, que acude con las dos tórtolas a presentar en el templo con su esposo san José al hijo, «sol que nace de lo alto» (Lc 1,78) y es la luz del mundo. Aquel en cuyo abajamiento y humillación encontrará salvación el mundo. Jesús es «la luz verdadera que alumbra a todo hombre, viniendo a este mundo» (Jn 1,9). Hemos sido iluminados por la luz de Cristo y el cirio encendido que hemos llevado en nuestras manos en la procesión de luminarias es un signo visible de la luz de Cristo mientras alabamos al Padre de las luces y de las misericordias y le suplicamos que, «cuantos son iluminados en tu templo por la luz de estos cirios, puedan llegar felizmente al esplendor de tu gloria» (Misal Romano: Bendición de los cirios en la fiesta de la Presentación del Señor).

La profecía de Malaquías alude al que es «un fuego de fundidor» (Mal 3,3) para purificar a quienes han de presentar la ofrenda, para que puedan hacerlo como es debido, con aquella pureza interior que requiere la purificación externa. Los portones de la ciudad santa se abren al Rey que llega y el santuario se llena de la gloria del Señor. Cristo luz de las gentes entra en el templo, que su presencia ilumina y el templo donde brilla la luz de Cristo deja de ser necesario, porque el santuario es el mismo Cordero de Dios que purifica la humanidad pecadora: «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36). Jesús es el Cordero que con su muerte da la vida y cambia al hombre viejo haciendo de él un hombre nuevo. Cristo resucitado es el santuario que brilla en la ciudad nueva de Jerusalén, donde tampoco hay lámpara que lo ilumine, «porque su lámpara es el Cordero» (Ap 21,23). Es el corazón de la ciudad nueva que impulsa la vida divina que corre por el cuerpo místico de Cristo, la humanidad redimida. 

La Jornada de la Vida consagrada tiene un lema propio este año, como cada una de estas jornadas. Es un lema que ve a las personas de consagración religiosa o laical, contemplativa y apostólica, como «testigos de la esperanza y de la alegría». Lo son porque sus vidas han sido iluminadas por la luz que es Cristo. La esperanza que alienta en cada persona de vida consagrada se funda en la luz que la ilumina, que brilla en la llamada que ha experimentado a vivir en religión como forma de seguimiento pleno y camino de purificación y configuración con aquel que llama. Una esperanza que se alimenta en la oración como escuela de esperanza, que a todos los bautizados en Cristo nos hace «capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás» (Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, n. 33).

Las personas de vida consagrada, tanto en la contemplación como en la acción, han de alimentar su propia consagración de vida en esta escuela de esperanza que es la oración, y su dedicación a la oración se ha distinguir tanto por el tiempo que a ella dedican y por su intensidad. De la experiencia de Dios que el consagrado hace en la oración dimana la alegría que acompaña su existencia y misión. Como ha dicho el Papa Francisco, ninguno de los cristianos hemos de dejarnos robar la alegría de nuestra fe. La vida religiosa estaría en peligro, si como dice el Papa dejara de gozar la persona de vida consagrada de la dulce alegría del amor de Dios vivido y experimentado como entusiasmo por hacer el bien, por llevar a los demás a Dios, fuente del gozo interior que impulsa a amar al prójimo y darse a los más necesitados.

La vida religiosa es incompatible con el individualismo en que a veces se encierra la persona consagrada, abandonando la vida de comunidad, ahogada por las múltiples ocupaciones que la llevan a encontrarse vertida en los proyectos que  emprende y promueve, pero que pueden alejar del gozo del amor de Dios; siendo así que «del amor de Dios  se deriva la participación en la justicia y la bondad de Dios hacia los otros», dice Benedicto XVI; y añade cómo, de esta suerte, «el amor de Dios se manifieste en la responsabilidad por el otro» (Spe salvi, n. 28).

Esto, ciertamente, es válido para todos los bautizados, pero adquiere una radicalidad propia en la vida de las personas consagradas. Esta necesaria relación con Dios se establece por medio de la comunión con Jesús. Dice el Papa Benedicto XVI: «Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su “ser para todos”, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás» (Spe salvi, n. 28). Por eso, nada es más contrario a la vida consagrada que un modo de vivir para los demás, pero sin verdadera comunión con Jesucristo, porque, como el mismo Jesús le dijo a Marta: «María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10,42).

Pidamos a la Virgen Madre, que nos dio la luz del sol que nace de lo alto, Jesucristo nuestro Señor, que interceda por nosotros y con su maternal cuidado nos ayude conservar y hacer brillar nuestra consagración de bautizados y la vida de consagración, para que la vida religiosa adquiera así en nuestro mundo una proyección que acerque a los hombres a la luz Cristo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

2 de febrero de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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