Homilías

 

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Lecturas bíblicas:    

Dt 8,2-3.14-16

Sal 147,12-15.19-20

1 Cor 10,16-17

Jn 6,51-59

 

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y cofrades;

Queridos fieles laicos;

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia celebra hoy la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, concluido ya el tiempo litúrgico de la pascua y después del domingo de la Santísima Trinidad. El Corpus Christi es una de las más grandes fiesta de la fe católica. Es la fiesta de la presencia de Cristo glorificado con su sacrificio redentor en el sacramento del altar, alimento de vida eterna. Signo y vínculo de caridad, la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia.

La Eucaristía es alimento de vida eterna, para que el hombre no muera y aprenda a apreciar la Palabra de Dios es el alimento espiritual que da la vida duradera. Cristo Jesús, Verbo de Dios encarnado para darse en alimento, dice a los que le siguen: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51-52). Jesús es el pan celestial, porque ha venido del Padre para comunicarnos la vida divina, y dándonos su cuerpo y sangre como alimento sacramental siembra en nuestra carne la semilla de la inmortalidad.

Nos aferramos al alimento material, para mantenernos vivos, pero a pesar de ello morimos irremediablemente. Somos mortales y comemos porque no queremos perecer de inanición; unas veces lo hacemos llevados por el instinto de supervivencia, y otras degustando los manjares que halagan el paladar. Es así por nuestra condición de creaturas amenazadas por la propia fragilidad, pero Jesús nos recuerda que este pan materia, el que cada día nos ayuda a vivir como creaturas marcadas por el tiempo, no es alimento definitivo, como no es definitiva nuestra vida terrena. Jesús les recordaba a sus adversarios que el hombre no vive sólo de pan; y que si les dio el maná bajado del cielo y que ellos ni sus padres conocían para que comprendieran que el hombre no vive sólo del pan cotidiano conocido, sino de la palabra de Dios. Con todo, el maná que los mantuvo con vida durante la travesía del desierto camino de la tierra prometida, tampoco era el pan definitivo, sino figura del pan de vida eterna que Jesús les quiere dar.

Jesús les dice que el pan material es un don de Dios como lo es toda la creación, pero el pan que él les da viene del Padre y contiene la vida de Dios; y por, porque es el pan que Dios les da, puede dar la vida eterna. Dice Jesús refiriéndose a quien coma del pan que él ofrece: «el pan que yo le voy a dar es mi carne para vida del mundo» (Jn 6,51). La vida que comunica Jesús a quien come su cuerpo es misma vida de Dios, para que el hombre no venga a morir para siempre. Se entienden bien las palabras de Jesús, cuando dice que lo que da la vida al hombre no es el alimento material, sino el alimento espiritual que es la Palabra de Dios.

En realidad, Jesús en su discurso les está hablando de él mismo como Palabra de Dios hecha carne. Dios dio el maná a los israelitas como figura del pan que es el mismo Jesús, para que los israelitas nuestros padres recordaran siempre que «no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). Son las palabras del Deuteronomio que hemos escuchado hoy, con las que Jesús venció la tentación que el demonio durante el ayuno de cuarenta días que Jesús hizo en el desierto. Fue durante ese tiempo de prueba para Jesús cuando el demonio le pide que, si es el Hijo de Dios, convierta las piedras del desierto en panes. Jesús le respondió: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Responde así al demonio citando estas palabras de la sagrada Escritura, que invitan a considerar «que no es la variedad de frutos lo que alimenta al hombre, sino que es tu palabra la que mantiene a los que creen en ti» (Sb 16,26).

«Llamados a ser comunidad» es el lema de la Jornada de Caridad de esta solemnidad del Corpus Christi en las Iglesias de España. Hemos dicho también que la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, porque al proporcionarnos el alimento espiritual que es la misma vida divina que Jesús nos da convierte el corazón del hombre en morada de Dios. Jesús decía a sus oyentes: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23). El cumplimiento de la palabra de Jesús, es decir, la guarda de sus mandamientos es condición de la permanencia en Jesús de quien quiere seguirle; pues Jesús, hablando alegóricamente, dice de sí mismo y de sus discípulos, de cada uno de nosotros hoy: «Yo soy la vid; y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 14,5).

El amor al prójimo está incluido en el amor a Dios, y la comunión con nuestros hermanos tiene su fuerza motriz en la comunión con Jesús. La Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, como dice san Pablo, cuando preguntaba a los corintios: «El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan» (1 Cor 10,16-17). Es la Eucaristía la que hace nuestra unidad en la Iglesia por encima de todas nuestras diferencias. Si profesamos la misma fe, a pesar de estas diferencias, al comulgar en el cuerpo y sangre del Señor, y ser asimilados él, a su vida, alcanzamos aquella unidad que anticipa la comunión final en Dios, a la que estamos llamados.

Así es, en verdad, y podemos por esto afirmar que «la Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las cuales la Iglesia es ella misma. En la Eucaristía se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica el mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por medio de él al Padre» (S. C. Culto divino, Instrucción Eucharisticum mysterium, n. 6: Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1325).

Los límites de la comunión no los podemos poner nosotros, estrechando o extendiendo la comunión según nos parece mejor. Los límites de la comunión en el cuerpo eucarístico de Cristo están dados en la profesión de fe que juntos hacemos. Nos engañamos si no tenemos la fe de la Iglesia en la presencia del sacrificio de Cristo en la Eucaristía. Nos engañamos si no creemos que el Resucitado está presente en el sacramento del altar, ofreciéndonos su cuerpo glorioso y su sangre redentora en el sacrificio eucarístico. Quiera el Señor llegue pronto el día en el que, recuperada la unidad en la fe, podamos todos los cristianos participar de la misma mesa eucarística. No podemos obviar las dificultades del ecumenismo apelando a los sentimientos, porque nos engañaríamos.

Del mismo modo los límites de la comunión están en el pecado grave. No podemos apelar a la conciencia mientras tengamos clara conciencia de vivir al margen de los mandamientos de Dios. Cristo les dice a sus apóstoles en la noche de la Cena: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10). Quienes tienen conciencia de vivir en pecado no deben apartarse de la Iglesia, sino vivir en su amplia comunión de amor y perdón, y madurar su mejor arrepentimiento y conversión. Son miembros de la Iglesia y en ella han de permanecer, acrecentando en la comunión espiritual su vivo deseo de recibir al Señor y suplicándole que llegue para ellos el momento en que, gracias al perdón sacramental de la Penitencia, podrán acercarse a la mesa eucarística y comulgar el cuerpo y sangre del Señor.

Hoy no podemos dejar en el olvido que «en la liturgia de la Iglesia antigua, la distribución de la santa comunión se introducía con las palabras: Sancta sanctis, el don santo está destinado a quienes han sido santificados. De este modo se respondía a la exhortación de san Pablo a los Corintios: “Examínese, pues, cada cual, y coma así este pan y beba de este cáliz”» (Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 26 de mayo de 2005).

En la comunión de la Eucaristía nos encontramos con nuestros hermanos, por los cuales Jesús ha entregado su vida como la ha entregado por mí; y si Jesús los amado como me ama a mí, dando por ellos y por mí la vida; si en la comunión de la Eucaristía somos transformados por Cristo que nos hace partícipes de su vida, entonces la Eucaristía, cuerpo sacramental de Cristo, el amor viviente que da vida eterna, nos lleva al amor de nuestros hermanos, a la superación de cuanto nos separa de ellos, para dar paso a la comunión en Cristo con ellos, con los que nos son lejanos igual que con los están cerca de nosotros, y sobre todo con los que más necesitan de nosotros, los más pobres y faltos de amor. Comunión real con nuestro prójimo, aunque sea una comunión imperfecta o gradual.

Cuando nos separan grandes diferencias de fe, hemos de orar para que Dios nos conceda superarlas, pero cuando son nuestros pecados o los de ellos los que nos alejan de la comunión eucarística, la invitación de Cristo a su mesa tiene que ser un acicate para que, mediante el amor, que «cubre la muchedumbre de los pecados» (1 Pe 4,8), la oración y la penitencia sacramental, podamos saldar nuestras deudas y alcanzar la plena comunión en Cristo con nuestros hermanos.

Finalmente, cuando aquellos a los que debemos el amor al prójimo como mandato de Cristo están fuera de la Iglesia o alejados de ella, la celebración de la Eucaristía tiene que suscitar en nosotros el vivo deseo de orientarnos hacia ellos, sintiendo como nuestras sus carencias, necesidades y anhelos, y doliéndonos por su alejamiento de Dios. La celebración de la Eucaristía nos tiene que disponer para ponernos en camino hacia el mundo que ha de ser santificado, porque de la Eucaristía dimana el amor que nos une incluso a quienes están lejos de nosotros.

Que la Virgen María, de quien Jesús recibió nuestra carne, ahora glorificada junto a Cristo, nos ayude a ir a Cristo Eucaristía y nos acompañe en la misión de llevar a Cristo a nuestro a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

18 de junio de 2017

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Ex 34,4b-6.8-9; Sal Dn3,52-56; 2 Cor 13,11-13; Jn 3,16-18

Querido Sr. Administrador parroquial;

Ilustrísimo Sr. Alcalde y miembros de la Corporación;

Queridos hermanos y hermanas:

Me es muy grato saludar a la comunidad parroquial, en este domingo de la Santísima Trinidad en el cual la Iglesia, después de cumplida la cincuentena pascual, contempla el misterio de Dios revelado en Jesucristo, e invoca y alaba a Dios misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En Cristo Dios ha revelado cómo su amor está en el origen del mundo, y así revelándose Dios en Jesucristo, su Hijo eterno, quiso darse a conocer en aquel que es «imagen del Dios invisible» (Col 1,15).

El misterio de la santísima Trinidad fue anunciado en el Antiguo Testamento mediante figuras que anticipaban lo que Dios nos daría a conocer de su propio ser y de su vida: que Dios no es un Dios en soledad, sino en comunión de personas, y que nos ha llamado a entrar en esa comunión de amor que es la vida divina; y participando de ella seremos eternamente felices.

Algunos padres de la Iglesia antigua vieron prefiguradas las tres divinas de personas de Dios uno y trino en los tres huéspedes que visitaron a Abrahán, «en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día» (Gn 18,1-15). En aquella manifestación de Dios a Abrahán, Dios viene acompañado de dos figuras humanas, dos “hombres” que según dice poco después el libro del Génesis serían dos ángeles, dos mensajeros (Gn 19,1). Con frecuencia Dios se presenta en la Biblia como “el ángel del Señor”, una forma de hablar de Dios para no darle nombre alguno, porque Dios es siempre un ser trascendente; es decir, Dios está más allá del mundo, no es una realidad interior del mundo como son las cosas creadas y somos nosotros mismos con todos los seres vivos.

La historia de la salvación humana es historia de la revelación del misterio de Dios, que revela su nombre y finalmente se dará a conocer en su propio Hijo. Revela su nombre a Moisés, dejando no obstante su significado en el misterio; y sólo cuando llegue la plenitud de los tiempos Dios se revelará como el Padre de Jesucristo, Hijo eterno en quien Dios encuentra su complacencia. Es lo que acontece en el bautismo de Jesús en el Jordán (cf. Mc 1,11 y par.); y también en la transfiguración en el monte, cuando revela su gloria a sus discípulos más íntimos (cf. Mc 9,7 y par.).

La primera lectura que hemos escuchado hoy está tomada del libro del Éxodo, y nos dice que Dios se revela a Moisés como un Dios trascendente, es verdad, pero al mismo tiempo como un Dios compasivo. Dios es ambas cosas; es lejano e invisible, que no puede ser contemplado como realidad del mundo. Porque es invisible y trascendente, Moisés había suplicado a Dios ver su gloria, y Dios accedió a pasar delante de él en la montaña a donde había acudido para recibir las tablas de la ley. Dios dijo a Moisés: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé (=del Señor); pues concedo mi favor a quien quiero y tengo misericordia con quien quiero (…) Pero mi rostro no podrás verlo, pues nadie puede verme y seguir con vida» (Ex 33,19-20).

Dios hace misericordia a Moisés, manifestando su acción personal y libre, que nadie puede condicionar. Dios es ser personal, que elige y llama a su compañía, como eligió a Abrahán, para hacer de él el gran pueblo de su elección, al que se vincula llamándose “Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”, los patriarcas que están en el origen del pueblo elegido. El mismo Jesús se referirá a Dios ante sus seguidores como a su Padre, porque el Dios de Israel es el Dios de los padres, el que ha elegido a Israel y lo ha convertido en su pueblo, vinculándose a él mediante la alianza. Dios, aunque no es un ser de este mundo, es compasivo y misericordioso, y como ser movido por un amor ilimitado entra en la historia humana.

Es, ciertamente, trascendente, está por encima de las realidades del mundo, pero Dios es ser personal y ama a aquellos a quienes elige, y al mismo tiempo conserva su plena libertad frente aquellos a quienes elige y sólo se vincula a ellos por “puro amor”. Por eso, cuando el Señor desciende hasta Moisés, como éste se lo había pedido en el monte Sinaí o monte Horeb, sucederá como Dios le había dicho: «Al pasar mi gloria, te meteré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas, pero mi rostro no lo verás» (Éx 33,22-23). Dios baja en la nube que le oculta y Moisés se echa rostro a tierra en actitud de adoración, suplicándole que se digne proteger a su pueblo y venir con él y acompañarlo a la tierra prometida, invocándole: «Yahvé, Yahvé (Señor, Señor), Dios misericordioso y clemente y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes…» (Ex 34,6-7).

Cuando Dios le recuerde a Israel la alianza que ha hecho con su pueblo, exigirá de su pueblo la guarda y el cumplimiento de los mandamientos, condición para que Dios permanezca como Dios de su pueblo, al que eligió sin mérito ninguno de su parte, diciéndoles a los israelitas que él, su  Dios, los eligió no porque sean numerosos, sino «por puro amor vuestro y por el juramento hecho a vuestros padres, por eso os he sacado con mano fuerte y os ha liberado de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto» (Dt 7,8).

Toda la historia de la salvación es una historia de amor de Dios por la humanidad, y se ha revelado en Cristo, al que Dios declara ser su propio Hijo; y Jesús se referirá a Dios como el “Dios de los padres”, ciertamente, el Dios del pueblo de Israel, pero lo invoca y habla de él como un hijo de su propio Padre. Hablando así de Dios, Jesús revela el misterio del amor del Padre y del Hijo como origen de nuestra salvación.

Dios es amor y por amor, en verdad, creó el mundo por medio de su Hijo, que es su palabra, entregada al mundo para dar a conocer el misterio de amor y misericordia divina. Dice san Pablo que Cristo resucitado «es el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles (…) todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16-17).

Es cuanto afirmamos de Cristo, Palabra y Verbo de Dios, «que existía en el principio, estaba junto a Dios y era Dios» (Jn 1,1); y que por nosotros bajó del cielo y «se hizo carne» (Jn 1,14), naciendo de María siempre Virgen. En la encarnación de Dios y en el misterio pascual de su muerte y resurrección Dios se nos ha dado a conocer, poniendo de manifiesto ante nuestros ojos el misterio de amor divino: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna (…) y el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17b).

Conocer a Jesucristo es conocer el misterio de Dios, porque sólo Jesús es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Por eso dice Jesús: «Nadie va al Padre si no es por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre» (Jn 14,6b-7). Porque nadie va al Padre si no es por medio de Jesús, conocer a Jesús es siempre obra del Espíritu Santo, el gran donde la Pascua, que Dios nos envía por medio de Jesús resucitado y glorificado junto al Padre. Para poder ir al Padre por medio de Jesús necesitamos creer en él, tener fe en su misterio divino, en que hemos sido redimidos en su sangre, que es la sangre de la alianza nueva y eterna, que ha sido «derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,28).

Es necesario creer que Jesús es el Hijo de Dios; y creerlo así, esta fe, es obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. Es así, porque en palabra de Jesús: «nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).

Queridos confirmandos, hoy recibís el Espíritu Santo, que acrecentará en vosotros el conocimiento de Jesús y os unirá estrechamente a él, insertándoos con mayor fuerza y cohesión en su cuerpo místico, que es la Iglesia. El Espíritu Santo fortalecerá y robustecerá vuestra fe en Cristo, por medio del cual se os abre el misterio de Dios que es amor y misericordia, vida que nos colma de alegría, al ofrecernos el verdadero sentido de la vida, porque venimos de Dios y a él estamos destinados, pues como dijo san Pablo en el sermón de Atenas citando un poema de los griegos: «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

Vosotros venís preparándoos para este momento durante tiempo, para recibir el sacramento de la confirmación y ser sellados con el don del Espíritu Santo; para recibir la unción con el santo Crisma, el aceite perfumado que exhala el aroma que significa y concede el aroma espiritual de Dios que es el Espíritu Santo. Esta señal que hoy recibís marcará para siempre vuestras vidas como cristianos, discípulos de Cristo en un mundo y bajo la fuerza de una cultura que se alejan de Dios y de nuestra tradición cristiana. No os será fácil mantener vuestra identidad de cristianos y necesitaréis la fortaleza que os da el Espíritu para permanecer fieles a la fe que profesáis; y, más aún, para comunicarla a los demás sin plegaros a las exigencias de los hombres que os puedan apartar de Dios.

Para que sea así, y seáis permanente morada del Espíritu Santo os encomiendo hoy a la santísima Virgen, madre de Cristo y, por eso Madre de Dios Hijo, y también como don que de ella nos hizo Jesús desde la cruz, madre espiritual de la Iglesia. Ella fue siempre fiel al designio de Dios sobre ella, y fue la mujer en la que el Espíritu obró la encarnación del Hijo de Dios: por medio de ella Dios viniera a habitar entre nosotros. Que la Virgen María os proteja con su amor maternal, para que Cristo Jesús os guarde como discípulos suyos en la anchura de su sagrado Corazón.

Iglesia parroquial de san Juan Evangelista

Alhabia, 11 de junio de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Sab 5,1-4.14-16; Sal 88,2.6.12-13.16-19; 1 Cor 1,18-25; Jn 15, 9-17

Queridos hermanos sacerdotes miembros del Excmo. Cabildo;

Ilustrísimo Sr. Alcalde;

Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades;

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la solemnidad del Santo Patrón de la diócesis y del Seminario Conciliar, y Patrón de la capital de Almería. Una fiesta que retorna cada año para que demos gracias a Dios por medio de san Indalecio, porque por medio de él, Obispo fundador de nuestra Iglesia diocesana, dispuso  Dios en su designio de salvación que el pueblo que habita estas tierras llegara a conocer a Cristo, que es el camino que lleva a Dios Padre, y es al mismo tiempo la meta a la que conduce el camino.

Los teólogos han tratado de explicar cómo en la persona de Jesucristo Dios no sólo nos ha dado el camino por el cual podemos transitar hasta él, sino que nos hado también la meta del camino, que es Dios, en la persona divina de su Hijo Jesucristo. Así los teólogos han podido hablar con toda verdad de que en Jesucristo se identifica el portador del mensaje y el mensaje mismo, porque Jesús es el revelador, es decir aquel que trae y proclama la salvación que Dios ofrece al mundo, para que no se pierda; y Jesús es asimismo la salvación que el mensajero da a conocer.

Justamente en estos días de Pascua en los que en la liturgia de la palabra de la Misa se leen diversos fragmentos del evangelio de san Juan, el evangelista nos adentra en el llamado “discurso de los adioses” de este cuarto evangelio. En este lago discurso del cuarto evangelio, Jesús desvela el misterio de su propia persona. Después de afirmar que él mismo es el camino y la verdad y la vida, Jesús dice a los apóstoles: «Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conocéis también a mi Padre» (Jn 14,7). Por eso, porque Jesús es la manifestación en nuestra carne del Padre, Dios invisible al que nadie ha visto nunca (cf. Jn 1,18), Jesús es Dios-con-nosotros (En-manuel) y en él hemos de permanecer para permanecer en Dios. Jesús nos ha revelado el amor de Dios y pide a los apóstoles permanecer en el amor para permanecer en él, en el amor de Dios.

¿Cómo podrán los discípulos de Jesús permanecer en el amor? Sólo guardando los mandamientos de Jesús, en los cuales Cristo Jesús ha recapitulado toda la ley y el mensaje de los profetas. Prueba suprema del amor es la que llevó a los mártires de nuestra Iglesia a dar su vida en la persecución religiosa del siglo XX en España, en la confrontación que dividió a los españoles y que fue acompañada de una cruel persecución, que forma parte sustancial de nuestra memoria histórica, que no puede manipularse al servicio de una visión sectaria de nuestro pasado.

Los mártires permanecieron en el amor de Dios porque guardaron los mandamientos y prefirieron morir a no aceptar la voluntad de Dios sobre ellos. El amor con el que los mártires entregaron su vida es un amor que reconcilia y salva, porque murieron perdonando y ofreciendo su sangre para la paz y la reconciliación. El futuro de nuestra sociedad sólo se puede esperar como futuro de paz y de prosperidad, si se levanta sobre el sólido fundamento del perdón y la voluntad sincera de fraternidad. Cuantos se sirven de la memoria histórica con intereses ideológicos y la utilizan sin voluntad alguna de verdad, mienten a las nuevas generaciones y se mienten a sí mismos ocultando la realidad del pasado histórico. Actuando así ponen, de hecho, en peligro un futuro de auténtica paz social.

         Hoy vivimos contradicciones que sólo pueden ser superadas con el reconocimiento objetivo de la verdad histórica, reconocimiento de los errores y sincera voluntad de futuro. Somos herederos de una secular tradición cristiana y, al mismo tiempo, vivimos en una nueva sociedad que se ha distanciado mucho de ese pasado cristiano del cual venimos, dando legítima cabida a una sociedad abierta. Sin embargo, esta sociedad actual puede estar en peligro, si se trata de ignorar o descalificar nuestra historia cristiana, y limitar y constreñir mediante control la libertad religiosa. El mensaje evangélico incluye una visión del hombre y del mundo que es contenido irrenunciable de la predicación cristiana.

Ciertamente, como hemos escuchado en la primera carta de san Pablo a los Corintios, la predicación del Evangelio es necedad a los ojos del mundo, porque en el núcleo de la predicación es que Dios nos ha salvado mediante la cruz de Jesús. Que Dios lo haya querido así es consecuencia de que los hombres han rechazado hacer uso razonable de la luz natural de la razón. San Pablo dice que Dios le ha dado al ser humano, como ser libre y de responsabilidades morales, una luz natural y un saber moral de la conciencia mediante los cuales puede descubrir que Dios, en efecto, es la respuesta a la pregunta por el misterio del mundo. Más aún, que Dios mismo es el contenido del misterio del mundo y sentido último de la vida humana. Lo propio es que los hombres fueran conducidos por la realidad de lo creado y reconocieran al Creador. Sin embargo, no ha sido así desde el comienzo de la humanidad, por eso dice san Pablo, argumentando en la carta a los Romanos con el rigor de la lógica, como la humanidad pecadora se ha venido negando desde el comienzo a reconocer a Dios en la creación (cf. Rom 1,19-21), «quiso Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación» (1 Cor 1,21). La locura de la predicación es hacer de la necedad de la cruz la expresión suprema del amor de Dios ofrecido a la fe. Según san pablo ni los poderosos ni los sabios se sienten inclinados a reconocer el amor de Dios en la cruz de Jesús. Por eso, el Apóstol sigue diciendo que Cristo crucificado revela la verdadera sabiduría de Dios, y que ha elegido lo necio del mundo para confundir la arrogancia de los se tienen por sabios y usan arrogantemente de la razón declarando razonable lo que Dios rechaza.

El intento de oscurecer el conjunto de los signos cristianos y desplazar la cultura inspirada por el cristianismo raya a veces en lo inverosímil; porque, según se comentada días atrás entre nosotros, ¿cómo se puede proponer, por ejemplo, una visión de la cruz como «indalo florecido»? Una propuesta así no puede ocultar la absurda intención de expulsar de la sociedad la cultura cristiana; porque absurdo es contemplar el árbol de la cruz florecido en las fiestas de la cruz de mayo sin la fe en la resurrección de Cristo, sin fe en el poder de Dios para devolver la vida a los muertos, porque sólo Dios es creador de cuanto existe y sacó el mundo creado de la nada, por eso Dios puede resucitar a los muertos y hacer que florezca el árbol de la cruz, convirtiendo el instrumento de suplicio que es la cruz en trono de gloria.

Se pretende transformar la herencia religiosa y cultural del cristianismo para hacerlo irreconocible, en un mundo “correctamente agnóstico”, ocultando con ello que la predicación de la cruz, necedad para la razón humana, es anuncio de la infinita sabiduría de Dios; y es salvación para quien la acepta, la acoge y la hace vida. La cruz, en verdad, es la revelación del amor de Dios por el hombre pecador, cuyos crímenes cargó Cristo sobre sí para que fueran aniquilados en la cruz y en su cuerpo glorioso dieran paso a la esperanza en la resurrección futura.

Ciertamente, conforme a la palabra de Cristo, «los hijos de este mundo son más sagaces con los de su clase que los hijos de la luz» (Lc 16,8). Por eso, los seglares no deberían olvidar que los laicos cristianos tienen el deber de hacer valer su propia fe como propuesta de bien para la sociedad, y no anteponer a la verdad el interés de la imagen y el interés político, pues ni la justicia ni la caridad pueden darse si no es en la verdad. La verdad no sólo libera la justicia de convertirse en mera aplicación de la ley sin atención a la condición y situación de las personas, también libera a la caridad «de la estrechez de una emotividad que priva de contenidos relacionales y sociales» dejó dicho el papa Benedicto, que añadía: «La verdad abre y une el entendimiento de los seres humanos en la lógica (lógos) del amor: éste este es el anuncio cristiano de la caridad. En el contexto social y cultural, en el que está difundida la tendencia a relativizar lo verdadero, vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral. Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para convivencia social, pero marginales» (Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, nn. 3 y 4).

Es propio de los seglares cristianos tratar con las realidades temporales, que tienen su propia autonomía y su lógica; pero han de hacerlo con sincera voluntad de justicia, inspirados por una caridad que sólo resulta eficaz cuando los asuntos de este mundo se afrontan en la verdad de las cosas. La fe ayuda a hacerlo así y proyecta su luz iluminando la vida humana, es decir, la verdad del ser humano y su dignidad, su origen y su destino trascendentes. No hacerlo así es de hecho cambiar la sabiduría que viene de arriba por la sabiduría del mundo, que Dios confunde al enfrentarla a la necedad de la cruz, como dice el Apóstol: «Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25).

La integridad moral es siempre resultado de una vida acorde con la verdad, conscientes de que el aparente triunfo de los malvados es efímero frente a la vida bienaventurada de los mártires. Es cierto que en apariencia y a los ojos de los perseguidores, los mártires que sucumbieron a la persecución encontrando en ella la muerte. Sin embargo, no es así a los ojos de Dios, que les dio el triunfo sobre la persecución y la muerte que le dieron los impíos. Hemos vivido la beatificación de los mártires de Almería del siglo XX, que se ha llevado a cabo con el respeto de todos admirando la entereza con la que entregaron la vida y su glorificación por Dios. Ellos creyeron la palabra de la Escritura: «Si la esperanza del impío es brizna que arrebata el viento, espuma ligera que arrastra el vendaval, humo que el tiempo disipa (…) Los justos, en cambio, viven eternamente, encuentran su recompensa en el Señor y el Altísimo cuida de ellos» (Sab 5,16).

Quiera el Señor que el ejemplo de los mártires ayude a nuestra Iglesia diocesana a superar las dificultades que acarrea hoy un testimonio de la fe comprometido y valeroso, porque de nuestra fidelidad a Cristo hoy depende la fe cristiana de mañana. El testimonio de cada día es misión permanente de todos los cristianos, ministros, religiosos y pueblo fiel en su conjunto. Todos hemos recibido del Resucitado la encomienda de la misión de la Iglesia.

Pidamos por intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, que sepamos ser fieles a Cristo y poner nuestra vida al servicio del evangelio. Contamos también con esa “nube de testigos” que son los mártires. Nos encomendamos también a ellos, para que, con su victoria sobre el mundo y su glorificación junto a Cristo, unidos a María, Reina de los mártires, nos sostengan con su intercesión y estimulen nuestro testimonio con su ejemplo.

  1. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, 15 de mayo de 2017

                                   Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Hech 10,1.33-34a.37-44; Sal 95,1-3.9-12; Jn 15,18-21.26-27

Queridos hermanos sacerdotes; Queridas religiosas de la Congregación de las Siervas de los Pobres; Queridos religiosos y religiosas; Hermanos y hermanas:

El Señor nos concede como un don más de su gracia la apertura en nuestra diócesis de una nueva causa de canonización, de particular significación para las Religiosas «Siervas de los Pobres, Hijas del Sagrado Corazón de Jesús», que hoy viven un día acción de gracias a Dios porque la causa que hoy inauguramos es la del Siervo de Dios P. Joaquín Castrillón Reina, de la Compañía de Jesús. Fue este jesuita humilde, hondamente espiritual y lleno de celo apostólico, quien, movido por el Espíritu Santo aconsejó a las piadosas mujeres comprometidas con el Señor, a las que él dirigía espiritualmente, llevar una vida de mayor perfección espiritual, iniciando la andadura de un camino de seguimiento estrecho de Cristo, y dar así los primeros pasos hacia un modo de vida de especial consagración. Un modo de vida que había de terminar por voluntad de Dios en la aprobación por la autoridad de la Iglesia, primero como instituto de derecho diocesano y después de derecho pontificio, de una nueva Congregación religiosa femenina de vida consagrada: las Siervas de los los Pobres, Hijas del Sagrado Corazón de Jesús.

         El libro de los Hechos de los apóstoles que hemos escuchado, al transmitirnos el discurso de Pedro en casa de Cornelio, evoca cómo Jesús llevó a cabo su misión evangelizadora «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo» (Hch 10,38). La misión de Jesús fue una misión de sanación y curación de las dolencias de los enfermos y del pueblo, como había profetizado Isaías del Siervo de Dios, cuando afirma el profeta: «Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53,4).

         Dios unge a Jesús con el Espíritu Santo para que pueda pasar «haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo», acción que sólo Dios puede llevar a cabo, y que Jesús realiza «porque Dios estaba con él» (Hch 10,38); es decir, porque era el mismo Hijo de Dios enviado por el Padre. El Espíritu Santo que reposa sobre Jesús es el que sostiene la acción evangelizadora del enviado, porque -como dice san Pedro de forma explícita- poseía el Espíritu Santo en aquella plenitud que sólo es propia de Dios. Así refiriéndose a la muerte y resurrección de Jesús, san Pedro dice que «Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, muerto en la carne» porque era hombre, «y vivificado en el espíritu» (1 Pe 3,18), porque era hijo de Dios y tenía la plenitud del Espíritu Santo que sólo es propia del Hijo.

         Pero Jesús, con su muerte y resurrección, nos ha hecho partícipes del Espíritu Santo, que alienta en el corazón de los que aman a Dios y proclaman el anuncio de la salvación, llevan el evangelio de la vida a los hombres y, como el Siervo de Dios P. Joaquín Reina, se esfuerzan por atraer al seguimiento de Cristo a hombres y mujeres que, movidos por el Espíritu Santo, lleven el mensaje de salvación universal a todos, pero muy en especial a los pobres. Son ellos, los verdaderamente pobres según el espíritu de las bienaventuranzas, quienes han de ser evangelizados conforme a la voluntad de Cristo; es decir, quienes son destinatarios del evangelio de la vida.

         Dios no hace distinciones, porque «Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato» (Hch 10,34-35), privilegio a los que más necesitan de él. Por eso Pedro justifica de este modo la apertura de la predicación a los gentiles y, viendo cumplida en Jesús como salvador único y universal la palabra de los profetas, a Pedro sólo le importa afirmar que la fe es el único acceso a la salvación, porque «los que creen en él [en Jesucristo] reciben, por su nombre, el perdón de los pecados» (Hch 10,43).

         La fe en Cristo es la que movió al P. Joaquín Reina a poner en marcha una obra que no quería suya, sino de aquel grupo de mujeres dirigidas espiritualmente por él, para que prolongaran en el tiempo la acción redentora y misericordiosa de Dios imitando la caridad de Dios, revelada en la generosa acción evangelizadora de Cristo y, particularmente, en su muerte y resurrección. A esta misión de la Iglesia quiso el P. Reina llevar con radicalidad a sus hijas, por él dirigidas con la impronta de un apóstol de Cristo y de un padre que, en el ejercicio de su ministerio, es movido por la caridad pastoral, que él desea prolongar en los fines de la congregación que hubo de ayudar a configurarse en su primera andadura.

         Por ello, como director espiritual de aquellas mujeres, el P. Rina debió infundir en aquellas primeras horas de la congregación de la Siervas de los Pobres, juntamente con el amor siempre mayor a Jesucristo, la conciencia clara de que el odio del mundo acompaña siempre la obra del evangelizador, del discípulo de Cristo que se consagra al anuncio del reino de Dios, donde los pecadores son justificados por la fe.

         Como el propio Jesús, el discípulo que le sigue de cerca no es del mundo, y el mundo odia a los que no son suyos, como ha odiado a Jesús antes que a ellos (cf. Jn 15,18). Quienes se consagran a Cristo han de tener presente que su vida se convierte en piedra de tropiezo y signo de contradicción, como lo fue Jesús (cf. Lc 2,34). Nada es más contrario al carisma religioso que las personas de vida consagrada se conviertan en personas mundanas. Cuando el espíritu de asimilación al mundo atraviesa las filas de una congregación, de un instituto religioso, es que ha comenzado su descomposición, a la que cuanto antes se debe poner remedio.

         El seguimiento de los consejos evangélicos exige, de las personas de vida religiosa, aquella disciplina sin la cual el espíritu del mundo se apropia de la vida de una comunidad de discípulos consagrados al Señor de por vida. Cuando aceptan el espíritu del mundo, pensando en su puesta al día, para no causar en los demás la extrañeza que de hecho acompaña la práctica de los consejos evangélicos, entonces la vida de los religiosos pierde significación trascendente.

         Sucede con los discípulos que están en el mundo, con los seglares cristianos que están llamados a ser fermento en la masa, sal y luz para los demás; y sucede en los bautizados que se aventuran por la “senda estrecha”, y si bajan la guardia el diablo se apodera de mente y corazón de los que han emprendido el camino del seguimiento estrecho de Cristo. Las tentaciones que arrastran a la asimilación de la vida religiosa al espíritu del mundo se presentan atractivas y con la apariencia del bien que de hecho oculta el mal y la estrategia del diablo.

         No debemos engañarnos, la entera existencia de la persona de vida consagrada resulta significante en la misma medida en que desvela la extrañeza del mundo. A algunos puede parecerles poco aconsejable no asimilarse al mundo, pero Jesús dice: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogida sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia» (Jn 15,19).

       Lo sabía bien el P. Joaquín Reina y, al enviar a sus hijas al mundo para evangelizar a los pobres, les encomendó hacer lo contrario de lo que hace el mundo: amar lo que mundo desprecia, amar a los pobres y a los ignorantes, a los marginados y excluidos, entregar la vida por aquello que aparentemente no están habilitados para ser útiles a un sociedad segura y poseída de su propio valer y fuerza.

         No debéis olvidar nunca, queridas religiosas, que en vuestra misión de personas consagradas el Espíritu Santo os guía y os conduce a dar el testimonio de la verdad que habéis conocido: que Jesucristo es el salvador universal de los hombres, y que el signo de su presencia es la evangelización de los pobres.

         Quiera el Señor glorificar a su Siervo, por cuya vida damos hoy gracias a Dios y le suplicamos que se digne manifestar la santidad de vida de aquel que, por movido por el Espíritu Santo, que alimenta la caridad de Dios en nosotros sus hijos, hizo posible los comienzos de la congregación religiosa que le tiene por fundador.

         Que la santísima Virgen interceda en nuestro favor para que podamos ver un día la glorificación del Siervo de Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Sábado, 10 de junio de 2017

                                             Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Hech 6,1-7; Sal 32,1-2.4-5.18-19; 1 Pe 2,4-9; Jn14,1-12

Queridos hermanos sacerdotes;

Ilustrísimo Sr. Alcalde;

Respetadas Autoridades locales;

Queridos hermanos y hermanas:

Mi presencia hoy entre vosotros como pastor diocesano es para unirme mediante la celebración de esta misa dominical a las comunidades cristianas de El Ejido, para juntos, «con un solo corazón y una sola alma», dar gracias a Dios, que en su gran misericordia nos ha agraciado con el patrocinio de san Isidro Labrador, tan hondamente y desde hace tanto tiempo deseado por todas las poblaciones de este extenso municipio.

Hemos podido comprobar la antigüedad de la devoción al santo y el anhelado deseo del reconocimiento canónico de su patrocinio. A esto se añade el hecho socioeconómico de que el moderno desarrollo agrícola de este próspero municipio resulta de la aplicación al cultivo bajo invernadero de modernas técnicas agrícolas, lo que ha contribuido a afianzar la agricultura como medio fundamental de bienestar que alcanza no sólo a estas tierras del Poniente sino asimismo a otras comarcas de nuestra provincia. Ambos hechos son realidades a tener en cuenta para considerar fundada la súplica que se nos dirigía para que aprobáramos mediante decreto el patrocinio sobre todo el municipio de El Ejido del santo a quien el Papa san Juan XXIII declaró en 1960 patrono del campo español y que como tal es honrado y recibe culto de veneración en tantos lugares de nuestra geografía.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha confirmado nuestro decreto episcopal, que, como queda de manifiesto en el texto del decreto, no habíamos querido dar a la luz hasta que llegara de la Congregación la confirmación que el Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la misma, otorgaba al Decreto episcopal de patrocinio el pasado día 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor. Una fecha que quedará en la mente de todos los diocesanos, porque, además de serlo por el misterio de salvación que en este día se celebra: la Encarnación del Hijo de Dios, título de nuestra Catedral y de un buen número de iglesias parroquiales de la diócesis, es fecha que ha quedado unida para siempre a la Beatificación de los Mártires de Almería del siglo XX, acontecida ese día.

Entre los mártires, hay un hijo de El Ejido, el sacerdote Gregorio Ricardo Martos Muñoz, nacido el 3 de abril de 1908 en Chilecito, un pueblo de la Argentina, de la provincia de la Rioja de este país hermano, al cual emigraron sus padres, naturales de Válor, a donde regresaron con él cuando tenía 10 años. Ingresó en el Seminario y recibió la ordenación sacerdotal, y era coadjutor regente de la parroquia del Ejido cuando fue martirizado el 19 de agosto de 1936. Espero poder entregar a esta iglesia parroquial unas reliquias del Beato, mezcladas con las de otros compañeros sacerdotes mártires de Válor, para que estas reliquias unidas a la reliquia de san Isidro, reciban la veneración de los fieles.

Este patrocinio de san Isidro y la sangre de los mártires tienen que ayudar a los cristianos de estas tierras, que son la mayoría de la población, a mantener firme el compromiso del testimonio claro y valeroso de la fe que han recibido desde los tiempos apostólicos. Que el patrocinio de san Isidro pueda unirse al de la Inmaculada Niña es una gracia que se os otorga en razón de la antigüedad del patrocinio real que san Isidro ha venido ostentando de hecho desde el siglo XVII sobre El Ejido. La reforma litúrgica realizada por el II Concilio del Vaticano ha establecido la norma de que, aunque en el pasado, se ha contado con un patrono principal y otro secundario, en adelante se tenga tan sólo un solo patrón. Sólo “peculiares razones” pueden aducirse para que se dé la excepción que ha de ser aprobada por la Sede Apostólica (SCCD, Instrucción De Patronis consuetudinis, 19 marzo 1973, n. 5). Estas razones propias son la raigambre histórica centenaria y la extensión a todas las poblaciones del municipio de la devoción a san Isidro, invocado como patrono por el pueblo fiel.

Hemos de agradecer esta gracia singular que se concede al municipio y, al mismo tiempo que damos gracias a Dios por ello, os pido que como fieles cristianos procuréis mantener el carácter religioso de este patrocinio centrando en la fiesta de san Isidro cuanto ha de rodear su memoria y su exaltación devocional. El decreto de la Congregación, respondiendo a nuestra súplica, ha accedido asimismo a trasladar como norma litúrgica para todas las comunidades parroquiales del municipio la celebración de la fiesta de san Isidro del día 16 a su fecha del 15 de mayo, ya que en toda la diócesis de Almería debe observarse la primacía de la solemnidad de San Indalecio como Patrono de la diócesis, habiéndose desplazado por ello al día 16 la memoria de san Isidro Labrador.

No sería, por tanto, aceptable que en razón de las fiestas de verano que se vienen celebrando en honor de san Isidro, se oscureciera la fiesta litúrgica del 15 de mayo. Por esto el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia dice que deben observarse en su día las fiestas en honor de los santos, porque actuar de otro modo «no sólo atenta contra la Liturgia y la piedad popular, sino que da lugar a una duplicidad que produce confusión y desorientación» (n. 230). Por todo ello, debe darse todo el esplendor litúrgico que la fiesta de san Isidro requiere como Patrono del municipio en su día litúrgico, siendo norma de la Iglesia que la novena del santo Patrón debería preceder a la de su fiesta litúrgica, como preparación a la misma el día 15 de mayo.

El Directorio observa que se ha de cuidar litúrgica y pastoralmente esta fiesta de los santos, porque desde el punto de vista religioso, «donde se ha vaciado del contenido específicamente cristiano que tenía en su origen —el honor dado a Cristo en uno de sus miembros— se convierte en una manifestación meramente social o folclórica y, en el mejor de los casos, en una ocasión propicia de encuentro y diálogo entre los miembros de una misma comunidad» (n. 233).

No debemos dejar de considerar que es el valor religioso de la fe el que inspira la vida de la Iglesia y que ya los Apóstoles en los primeros momentos se vieron desbordados por la organización asistencial de los necesitados, que, siendo la tarea de caridad más importante, no podía sin embargo desplazar la atención de los Apóstoles a la predicación y a la oración, porque de lo contrario la Iglesia dejaría de ser Iglesia. Esta es la razón por la cual los Apóstoles instituyeron a los diáconos como un ministerio auxiliar. La palabra de Dios es la que ha de inspirar la vida de la comunidad eclesial, y es la recepción de la palabra de Dios lo que de vedad consagra la vida de los fieles, que han venido por el bautismo a formar parte, como dice san Pedro, en «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa» (1 Pe 2,9).

La vida cristiana lleva consigo ser, en ocasiones, piedra de contradicción y de tropiezo, como lo fue Cristo, «piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios» (1 Pe 2,4). Esta contradicción es la que lleva a los mártires al sacrificio de la propia vida en aras de la vida eterna. Es este sacrificio el que convierte la piedra angular en piedra de tropezar, ya que no siempre estamos dispuestos a entregar la vida para que en nosotros se cumpla la voluntad de Dios y el mundo se salve. En nuestros días todo lo queremos hacer funcional y útil, pero la salvación es gratuidad y su precio es de valor infinito, ya que hemos sido redimidos por la sangre de Cristo.

Conocer a Cristo es amarlo, y amar a Cristo es guardar sus mandamientos siguiéndole por el camino que conduce al Padre y que es el mismo Jesús, «el camino, y la verdad, y la vida» (Jn 14,6), porque sólo se va al Padre por medio de Cristo, y en el rostro de Jesús podemos contemplar a Dios, al que nadie ha visto jamás y sólo el Hijo nos lo ha revelado (cf. Jn 1,8). Ver a Cristo es ver al Padre y por eso sólo el conocimiento de Cristo nos hace cristianos. Conocimiento que es bautismo en su nombre y configuración con su muerte y resurrección, muriendo en nosotros al pecado y renaciendo a la vida nueva que Dios nos ha ofrecido en Jesús. Se hace por eso necesario para el cristiano permanecer en Jesús, para poder hacer sus obras, del mismo modo que Jesús permanece en el Padre (cf. Jn 14,10).

Estos días de Pascua rememoramos nuestro bautismo y reafirmamos las promesas bautismales, por las cuales abandonábamos la vida mundana y nos convertíamos a Dios. Son promesa que otros hicieron por nosotros y que nosotros, que hemos crecido como cristianos, hemos hecho nuestras. Pidamos por intercesión de la Virgen Inmaculada y de san Isidro que las comunidades parroquiales que hemos puesto bajo su patrocinio acrecienten la fe que se debilita en nuestros días y permanezcan en Cristo, única garantía de permanecer en el camino que lleva a Dios. Los fieles cristianos estamos unidos en la comunión de los santos, en la que permanece la Iglesia glorificada del cielo, siempre presente a la Iglesia peregrina de la tierra. El Vaticano II puso de relieve esta enseñanza de la Iglesia: «Pues, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión de los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios» (Vaticano II: Constitución Lumen gentium, n. 50).

Iglesia parroquial de San Isidro

El Ejido, 14 de mayo de 2017

                                   Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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