Homilías

 

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Lecturas bíblicas: Jer 1,4-9; Sal 109,1-4;2 Cor 5,14-20; Jn 1,35-42

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos; religiosas y seminaristas;

Queridos fieles laicos;

Hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor nos bendice de nuevo con una ordenación sacerdotal, esperada por las comunidades a las que el nuevo presbítero será enviado, pero en realidad esperada por toda la Iglesia diocesana. Las vocaciones al ministerio sacerdotal nos son tan necesarias como la misma Iglesia, ya que sin el ministerio ordenado no está consumada la plantación de la Iglesia. La presencia de la Iglesia comienza con el anuncio del evangelio y el testimonio de una vida santa, confiado a todos los bautizados, pero requiere la guía pastoral y la autoridad de los sucesores de los Apóstoles. La Iglesia recibe de Cristo el ministerio sacerdotal para llevar a los hombres los dones de la salvación, que nos llegan con la participación de la vida divina gracias mediante la recepción de los sacramentos.

El ministerio ordenado del Obispo y de los presbíteros da articulación a la comunidad eclesial y sirve a su constitución e identidad como pueblo de Dios. El ministerio pastoral corresponde en primer lugar al Obispo, pastor y guía de la comunidad eclesial que le ha sido confiada; y en grado subordinado a los presbíteros, a los que habitualmente denominamos sacerdotes, como estrechos colaboradores del Obispo, como nos ha recordado la enseñanza del último concilio.

Como colaborador del Obispo, el presbítero es enviado a una comunidad parroquial para que sea en ella su pastor inmediato, que la guíe por el camino de la santidad y contribuya de forma decisiva, mediante el fiel ejercicio de su ministerio pastoral, a convertirla en la porción parroquial del pueblo de Dios en marcha hacia la plenitud escatológica; es decir, final, consumada en Dios, cuando los redimidos alcancen la plena participación en la vida divina.

El presbítero acompaña la vida de cada miembro de la comunidad que le ha sido confiada, y lo hace como guía de las almas y maestro de la fe que da sentido a la existencia del cristiano. Por eso, requiere una vocación específica, de especial consagración. El ministro del Evangelio ha sido llamado por Dios como lo fueron los profetas y los apóstoles, como Jeremías y los discípulos de Jesús. La llamada de Dios al que siente la vocación a anunciar el Evangelio no deja de incluir, unas veces con hondo dramatismo y otras con suave persuasión, una cierta resistencia al seguimiento de la llamada. La duda atormenta en ocasiones y el sentimiento de falta de cualidades y de idoneidad, para el ejercicio de la misión que Dios confía al que llama, echan para atrás a quien ha escuchado en su interior que Dios le llama; y a veces esta duda suscita sentimientos de temor a la infidelidad, e incluso, como en el caso de Jonás, abierta resistencia a obedecer la palabra divina por desconfianza en el éxito de la misión.

Sin embargo, Dios al que llama le impera el cumplimiento de la misión, como arrastró a Jonás hasta Nínive, ciudad de pecadores, para que predicara a sus habitantes la conversión. Así, en la lectura de Jeremías que hemos escuchado, vemos que la vocación del joven profeta no estuvo tampoco exenta de resistencia, pero Dios, que es el alfarero del hombre y hace a cada ser humano, conoce bien a cada uno de los seres humanos que ha llamado a la vida; sin dejar de crear en libertad a quien llama, cuando así lo dispone, lo envía para que los demás encuentren salvación y no se pierdan. Dios es el que le ha creado y el que ha dotado al profeta de carne de profeta. Las palabras de Dios a Jeremías no dejan lugar a dudarlo: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles» (Jer 1,4).

Por eso imperativamente le confía una misión, a veces desde muy temprano, como a Jeremías, disipando de su ánimo toda duda y temor, toda desconfianza de sí mismo. Dice Jeremías respondiendo a la llamada del Señor: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jer 1,6); a lo que Dios replica: «No digas: “Soy un muchacho”, que a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (Jer 1,7-8).

No es posible soslayar la llamada de Dios y esconderse, ni alegar temor y miedo alguno. Dios está con aquel que llama, le sostiene y le auxilia en la dificultad y el peligro. Siempre ha habido resistencia a la llamada, defecciones y abandonos a veces en circunstancias que resultan del espíritu de una época, cuando se oscurece la visión cristiana de la vida, en unos tiempos más que en otros, pero en todas las épocas. Hoy hay dos circunstancias que hacen especialmente difícil el seguimiento de los jóvenes por el camino del discipulado de Cristo: una es el espíritu del tiempo, que ha traído consigo un oscurecimiento de la vida cristiana, que afecta en modo significativo a las familias, ámbito primordial donde se despierta a la fe; y otra, la fragilidad de las jóvenes generaciones, que ante las dificultades sienten la tentación del abandono con facilidad: un abandono que se da entre los jóvenes tratando de evitar las consecuencias del seguimiento fiel de la vocación, emprendida y abrazada como camino de realización de la propia existencia. No se quieren compromisos costosos, es decir, de fidelidad cotidiana, sin vuelta atrás y de por vida.

En esta situación, con todo, no deja el Señor de llamar a la mies y a la labor de la viña. Dios sigue suscitando en la comunidad cristiana, por medio de su Espíritu, vocaciones al ministerio pastoral; y la inquietud de la vocación llena de sugestiva atracción por Jesucristo el corazón de los jóvenes, como les sucedió a Juan y Andrés. Los dos primeros discípulos en seguir a Jesús eran discípulos del Bautista, pero habían oído al Precursor señalar a Jesús, a quien él había bautizado, como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29.36).

Juan Bautista predicaba un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, pero no podía Juan borrar los pecados del pueblo, sino aquel a quien él «no era digno de desatarle la correa de su sandalia» (Jn 1,27). El mismo que ahora señalaba como el Cordero de Dios que había de quitar el pecado; a la situación de oscurecimiento de la conciencia que impide distinguir entre el bien y el mal, como consecuencia del dominio de Satanás sobre el mundo. Cristo es aquel que trae la liberación del pecado, que devuelve la libertad al hombre, para que realmente sea libre, porque ahora, siendo esclavo del pecado, se cree libre y en esto consiste su ceguera y su permanencia en el pecado. Jesús en debate con sus adversarios les dice: «Si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres» (Jn 8,36).

Los dos discípulos comprendieron bien la confesión de fe que había hecho el Bautista al señalar a Jesús como aquel que quita el pecado del mundo, el siervo de Dios del que habló Isaías, y que atado de pies y manos, como el cordero inmolado sobre el altar de los sacrificios, anticipa el misterio redentor del «cordero pascual»: el sacrificio redentor de Cristo(cf. Biblia de Jerusalén: Nota a Jn 1,29).

El ministerio sacerdotal que hoy confiamos a este diácono diocesano para que ejerza el sacerdocio de Cristo le convierte en ministro del evangelio de la reconciliación y del perdón, que Dios ha otorgado al mundo por el sacrificio de Cristo. Se le exhorta a actuar como lo han de hacer los ministros de la reconciliación, llamados por Cristo a prolongar el ministerio apostólico del perdón, pues dice san Pablo que él ha sido enviado a anunciar la reconciliación con Dios (2 Cor 5,18), «porque Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados» (2 Cor 5, 19).

El sacerdote es ministro del sacramento de la penitencia y la reconciliación, que abre las puertas a la celebración de la Eucaristía, el sacrificio eucarístico que es meta y culmen de la evangelización y, por esto mismo, culmen del ministerio sacerdotal. El sacerdote ha sido puesto al frente de los fieles para otorgar la dispensación de estos sacramentos que contienen el perdón y la gracia de la redención y la santificación, mediante los cuales somos transformados espiritualmente y asimilados a Cristo. El sacerdote sirve al Evangelio mediante la predicación y la instrucción en la fe, y guía al pueblo de Dios por el camino de la salvación, llevándolo a la participación de la gracia sacramental que transforma en cuerpo místico de Cristo la comunidad de los fieles bautizados y configurados con la muerte y resurrección del Señor.

Querido hijo y hermano en Cristo sacerdote, hoy, víspera del Domingo mundial de las Misiones, te recibimos en el colegio presbiteral de la Iglesia diocesana para que, unido al cuerpo de los presbíteros presidido por el Obispo, lleves la buena noticia de la reconciliación y la gracia de la santificación a los fieles que te confiamos. Te pongo bajo la protección de la Santísima Virgen María, mujer eucarística y madre espiritual de los discípulos de Cristo, y te encomiendo a san José, custodio de Jesús y de María, y con cuyo nombre fuiste bautizado, para que nos ayudes a pastorear al pueblo de Dios y a llevar a Dios al corazón de cuantos viven alejados de él, y de cuantos carecen de esperanza en las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Ten este día, en vísperas del domingo mundial de las Misiones, te recordamos que has de empeñarte en reavivar en ellos la fe que recibieron y en proponerles a Cristo, a los que no le han conocido, para que unos vuelvan a la fe que abandonaron y los otros entren por vez primera y para siempre en la congregación de los santos.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

21 de octubre de 2017

                               X Adolfo González Montes

                                         Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Ef 1,3-14; Salm: 1 Cro 29,10-12; Aleluya: Ef 1,3; Lc 17,11-19

Queridas Hermanas Misioneras de Acción Parroquial, que celebráis hoy con esta misa de acción de gracias setenta y cinco años de vuestra fundación; Religiosas que nos acompañáis y fieles laicos; Hermanos y hermanas en el Señor:

Es motivo de alegría celebrar esta misa de acción de gracias por los setenta y cinco años transcurridos desde la fundación de las Hermanas Misioneras de Acción Parroquial. La fundación fue obra en 1942 de Mons. Luciano Pérez Platero, Obispo de Segovia, obra que pudo poner en marcha aquel benemérito y santo Obispo Platero, como era conocido, gracias a la estimable colaboración de una mujer excepcional, que sería cofundadora de la nueva congregación religiosa. La Madre Genoveva Cuadrado, que adoptó en religión el nombre de Madre Inmaculada.

Las hermanas Misioneras de Acción Parroquial pusieron en marcha su carisma en Carbonero el Mayor, con la ayuda de su apostólico párroco don Bernardino Arribas, de santa memoria. La monumental iglesia parroquial y otros edificios patrimoniales han dado personalidad histórica a una población que vivía del campo y la ganadería al ritmo de las celebraciones de la fe, en un momento de gran vitalidad de la Acción Católica, animada por el párroco. El apostolado parroquial fue el ambiente fundacional para unas jóvenes a las que el Obispo de Segovia ofrecía el marco estatutario diocesano, necesario para convertirse en instituto religioso, cuando llegase el momento.

Las monjas “carboneras” no dejarían su pueblo de origen fundacional hasta hace todavía poco tiempo, pero fueron adquiriendo un protagonismo nuevo, en el despegue histórico de la nueva congregación religiosa, con el traslado a Burgos en 1944 del obispo de Segovia Mons. Pérez Platero. El nuevo arzobispo de la ciudad cabecera de Castilla ofrecía un nuevo campo de acción a la nueva fundación religiosa.

El lema de la empresa acometida fue desde su origen el de «hacer de la parroquia, de cada parroquia, la gran familia de Dios». Con este lema comenzó a extenderse una obra de apoyo y colaboración con la acción pastoral de los ministros ordenados de gran estima de los prelados y sacerdotes que le dieron hospitalidad beneficiándose de su servicio generoso a la acción parroquial. Pasado este tiempo, el instituto religioso se ha extendido por todo el mundo, estando presentes allende nuestras fronteras, también en Brasil, Venezuela, Chile, México, Mozambique y Angola, su última fundación. 

Hoy, las Misioneras de Acción Parroquial quieren hacer partícipes de su alegría a toda la diócesis, porque ―como ellas dicen― sienten que su carisma y su vocación son un regalo inmenso que tienen la obligación de dar a conocer y ofrecer a las personas que se relacionan con ellas, y especialmente a las jóvenes. En nuestras comunidades es hoy muy difícil suscitar vocaciones femeninas a la vida consagrada, y es preciso presentar a las adolescentes y jóvenes vinculadas a los grupos parroquiales y movimientos apostólicos el carisma de la consagración de vida, que en la vida apostólica activa siempre va de la mano de una dedicación especial al servicio a los demás. En el caso de estas religiosas, a la colaboración con la acción pastoral de las parroquias y algunos de los servicios más característicos de la comunidad cristiana como la catequesis y la formación en la fe de niños, jóvenes y adultos; la atención a los enfermos y los ancianos, el cuidado de los pobres. Un servicio que quiere hacer parroquia, atraer a la comunidad parroquial y en ella servir a los que en la parroquia se congregan para vivir la fe y celebrarla, para comunicarla a los demás mediante el apostolado y el testimonio de vida. Un carisma, en fin, que se resume en revitalizar y fortalecer la vida en las parroquias donde están presentes, dando en ellas testimonio de vida evangélica y resaltando el sentido profundo de Iglesia, de comunión y participación.

         Las religiosas ya han celebrado su 75º aniversario en diversas comunidades, entre ellas las de Jaén y Mancha Real, aquí en nuestra región de Andalucía. Era preciso que también pudieran celebrar su pública acción de gracias las misioneras parroquiales de Almería, porque en nuestra diócesis hemos tenido más de una comunidad durante décadas. Las monjas que permanecen en Huércal de Almería prolongan hoy una presencia que no sólo tiene historia en las parroquias de esta próspera población del alfoz capitalino, sino también la presencia durante décadas de la comunidad de la parroquia de San Pío X, en la capital de la provincia, donde su apostolado y compromiso de colaboración con la acción pastoral merece nuestro reconocimiento. Se lo agradecemos de corazón, como agradecemos que destinaran durante años a una de sus religiosas para colaborar en la Notaría de nuestro Tribunal Eclesiástico estrechamente con la Curia Episcopal de Almería.

         Como hemos escuchado en el primer libro de la Crónicas, en nuestra celebración eucarística, al igual que David en la época en que preparaba y hacía acopio de los materiales que habían de ser utilizados en la construcción del templo de Jerusalén por su hijo Salomón, queremos dar gracias a Dios por el servicio que esta Congregación de Misioneras ha prestado a la obra del Evangelio en nuestra diócesis, en España y en el mundo.

El apóstol da gracias a Dios, como hemos escuchado en el himno cristológico de Efesios, por el designio de salvación de Dios realizado por medio de Jesucristo. La acción apostólica y misionera de la Iglesia tiene por finalidad dar a conocer la Verdad y, por eso, conocedores de la «la extraordinaria noticia» de que hemos sido salvados, y hemos creído, nos asociamos a la acción de gracias por «haber sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido» (Ef 1,13).

Si es verdad que las vocaciones religiosas han retrocedido entre nosotros, crecen en las nuevas poblaciones cristianas gracias a la acción apostólica y misionera, y por este crecimiento del conocimiento de Cristo y del seguimiento del Evangelio hemos de dar gracias a Dios. San Pablo exhortaba al agradecimiento a los colosenses al tiempo que les invitaba a observar los preceptos generales de la vida cristiana, a apreciar el cultivo de las virtudes y a vivir en la paz fundada sobre la aceptación recíproca y el perdón, para concluir: «Y sed agradecidos» (Col 3,15).

Hemos de ser agradecidos por haber sido agraciados por Dios con el conocimiento de la Verdad y ser hechos partícipes de la vida divina, por haber sido llamados l seguimiento de los consejos evangélicos y al apostolado comprometido con la urgencia de dar a conocer los dones de la redención. Sin este agradecimiento por la fe recibida, ¿cómo podríamos disponer de un corazón nuevo para agradecer todo el bien que nos hacen los demás? No podemos ser como los leprosos desagradecidos de los que nos habla el evangelio de san Lucas, de cuya conducta se lamentaba Jesús, que los había curado. Dice el evangelio que fueron curados en número de diez, pero sólo uno de ellos, y además un extranjero, volvió para dar gracias a Jesús por haber sido curado. Jesús se lamenta: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» (Lc 17,17-18).

Hoy, una mentalidad reivindicativa de derechos nos impide ver en cuánto y cómo hemos sido inmerecidamente agraciados; y por eso mismo tampoco somos a veces capaces de percibir lo que debemos a los demás. Somos deudores de una sociedad fundada sobre derechos, algunos ciertamente inalienables por ser derechos fundamentales de las personas, otros son derechos civiles y hay derechos concertados y recíprocamente reconocidos, pero que son sólo resultado de relaciones contractuales. En todas estas clases de derechos, siempre hay también obligaciones que son abandonadas y preteridas.

Al agradecer al Señor el don de sus carismas, démosle gracias por el amor con que somos servidos y enriquecidos por los carismas de la vida religiosa y la generosa entrega de tantas personas consagradas al servicio de los demás, en la Iglesia y en la sociedad en general. Hoy damos gracias al Señor, porque ha enriquecido a su Iglesia con el testimonio de fe y el servicio de estas hermanas nuestras misioneras parroquiales, que agradecidos encomendamos a Cristo Jesús y su santísima Madre, suplicándole para ellas nuevas vocaciones, que le sean concedidas para proseguir su obra evangélica.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 14 de octubre de 2017

                         

                                   Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Miq 5,2-5ª; Sal12,6a-d; Rom 8,28-30; Mt 1,1-16

Queridos hermanos sacerdotes;

Ilustrísimo Sr. Alcalde de Albox y Autoridades presentes;

Queridos hermanos y hermanas:

Clausuramos hoy el Año Jubilar del Saliente, después de haber vivido un año singular de gracia, que por la misericordia de Dios esperamos no sólo que haya dado frutos de conversión y de vida cristiana, sino que los siga dando como prolongación de sus efectos de perdón y de regeneración espiritual. Hemos celebrado estos trescientos años transcurridos desde la llegada de la sagrada imagen de la santísima Virgen del Saliente, Nuestra Señora de los Desamparados y del Buen Retiro, dando gracias a Dios por el don de la Madre de Jesús. La Virgen María, por ser madre del Hijo de Dios hecho carne en su vientre, es invocada por la Iglesia con toda verdad como «Madre de Dios». En la inmaculada Virgen María hemos sido agraciados, porque con ella nos vino el Autor de la vida en nuestra carne, y a ella podemos acudir con confiada esperanza de alcanzar por su intercesión los bienes que ayuden a nuestra salvación, aquellos bienes que nos convengan para nuestra salvación eterna.

A este santuario del Saliente, que es casa de la Virgen, han llegado peregrinos de toda la diócesis y de fuera de sus límites geográficos. Hijos de estas tierras albojenses y de las parroquias de las distintas comarcas diocesanas. Han venido al reclamo del Año Jubilar con la esperanza puesta en la Virgen, personas individuales y familias enteras, muchos de sus miembros dispersos durante el año, reunidos para peregrinar al santuario de la Madre espiritual de todo el pueblo santo de Dios. A esta iglesia de la Virgen de los Desamparados han llegado comunidades de religiosos y religiosas, hermandades y cofradías y, sobre todo, parroquias de nuestra diócesis y de las diócesis vecinas. Han venido aprovechando los fines de semana, las fiestas patronales y las fechas de vacaciones, que han dado ocasión a buen número de peregrinos para emprender el camino y el viaje hasta este monte Roel, atraídos por la Virgen a esta su casa, levantada para honrarla; y para así honrar a Dios agradeciendo el don de la salvación que nos vino por ella. En su Hijo hemos sido agraciados, pues dice el apóstol san Pablo que Dios «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1,3).

Hay momentos en que, para llegar a Jesús, acudimos a María pidiendo sus buenos oficios de madre, y en ella recobramos la esperanza de ser atendidos por su divino Hijo. Ella nos devuelve a Jesús, para fortalecer en nosotros la fe que nos falta. María nos dice, como les dijo a los sirvientes de las bodas de Caná: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Estas palabras de María nos recuerdan que Jesús ocupa el lugar propio de quien es el administrador de todos los bienes de la salvación y actúa con la autoridad de Dios Padre. Cualquier judío que escuchara las palabras de María pidiendo a los sirvientes de las bodas de Caná que fueran a Jesús, al comienzo de su ministerio público, sabía que eran las mismas palabras que el Faraón había pronunciado cuando hubo hambre en Egipto y el pueblo acudía a él, y hasta Egipto bajaron los hijos de Jacob para calmar el hambre y la escasez. El texto sagrado observa que el Faraón decía a cuantos acudían a él: «Id a José y haced lo que él os diga» (Gn 41,55).

José, el hijo del patriarca Jacob que había sido vendido por sus hermanos a unos mercaderes ismaelitas que iban a Egipto, había ganado el favor del Faraón y actuaba como administrador de los bienes de Egipto. Con la autoridad del Faraón, José era verdadero plenipotenciario del rey. María dice a los sirvientes de las bodas de Caná lo mismo que dijo el rey de Egipto a cuantos acudían a él, pero María da a entender al mismo tiempo que Jesús es más que el hijo de Jacob, porque Jesús no es ministro de un rey terreno, sino el Hijo de Dios nacido virginalmente de María, sin que ella haya conocido varón, porque aún no había sido introducida en casa de su esposo, que lleva el mismo nombre que el hijo de Jacob. El justo José y María estaban desposados, pero según la costumbre judía aún no habían convivido como esposos. María, que sabe que su Hijo viene de lo alto, intuye el misterio de Jesús y dice a los sirvientes que Jesús puede resolver la dificultad y el apuro en el que se encuentran los jóvenes esposos de Caná que se han quedado sin vino.

María nos dice hoy a nosotros lo mismo que dijo a los sirvientes de las bodas de Caná: que vayamos a Jesús, que nos acerquemos a él, porque sólo él tiene la solución que buscamos; que dejemos a Dios revelarnos el misterio y la misión de su Hijo. María nos dice: «Id a Jesús», porque sólo él puede ayudaros. Jesús puede ayudarnos y san Pablo nos da la razón de por qué puede hacerlo: porque Dios nos ha amado en él; nos ha amado, «eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1,5).

Nos eligió, como hemos escuchado a san Pablo en la carta a los Romanos, porque a sus hijos Dios «los predestinó a ser imagen de su Hijo para que él fuera el primogénito de muchos hermanos» (Rom 8,29). Dios quiere que seamos configurados con Jesús, para que así pueda ser conocido y amado por cuantos están alejados de él. Jesús nos ha enviado al mundo para dar testimonio del amor que Dios nos tiene, pero alejados de Jesús no podremos dar testimonio alguno del amor de Dios, porque es en Jesús donde Dios ha revelado al mundo su amor y separados de él, nada podemos hacer (cf. Jn 15,5). Con Jesús Dios nos lo ha dado todo, porque por medio de Jesús, en su cruz, muerte y resurrección, han sido perdonados nuestros pecados, para que andemos de ahora en adelante en una vida nueva. Por eso, María nos envía a Jesús e intercede por nosotros, para que seamos configurados con aquel en quien Dios nos ha revelado que amar es dar la vida hasta la muerte por aquellos a quienes amamos, por los hombres nuestros hermanos.

Los profetas así lo habían anunciado, diciendo de él que nacería en Belén de Efrata, para que por medio del que había de venir fuera cancelada la deuda del pecado de infidelidad de los hijos de Israel el pueblo elegido. Sin embargo, la cancelación de la deuda de Israel era el anuncio de una cancelación de deuda mucho mayor: la deuda de nuestros pecados, los de toda la humanidad, que había de ser redimida en la sangre de Jesús, «una vez que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornarán a los hijos de Israel» (Miq 5,2).

La Virgen María nace para dar a luz al que esperan los pueblos, al Redentor del mundo. María ha alumbrado aquel que había de venir al mundo «para pastorear con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios» (Miq 53). El profeta alude con estas palabras al que ha de venir como buen Pastor, tal como Jesús había de referirse a sí mismo y tal como Jacob-Israel había profetizado a sus hijos, a los que llamó para bendecirlos antes de morir. Al bendecir a Judá, que daría nombre al pueblo judío, Jacob le dice: «No faltará de Judá el báculo, el bastón de mando de entre sus piernas, hasta tanto que venga aquel a quien le está reservado, y a quien rindan homenaje las naciones» (Gn 49,10).

Hoy celebramos la natividad de la Virgen María, porque de ella nació el Pastor de Israel, el Salvador de los hombres, y a él han de rendir homenaje las naciones. Por María nos ha llegado la vida divina, porque de ella «salió el sol de justicia, Cristo nuestro Dios» (Misal Romano: Antífona de entrada de la Misa de la Natividad de la Virgen). Por María hemos recibido al mismo autor de la vida creada y de la vida inmortal. Con el nacimiento de María se cumple la profecía de Isaías, recogida en la antífona de comunión: la Virgen dará a luz un hijo que «salvará a su pueblo de los pecados» (Mt 1,21). María es, por eso, el orgullo de nuestra raza y todas las generaciones la llaman bienaventurada.

Su poder de intercesión es grande, el mayor concedido a un ser humano después de Cristo, en quien Dios mismo se ha puesto de nuestra parte. Por eso, acudamos a María confiadamente, con voluntad de acoger a su Hijo y hacer realidad en nuestra vida el evangelio de la vida y de la gracia. Sigamos por la senda de la conversión y cambio de conducta, renunciando al pecado y suplicando de Dios la regeneración plena de nuestra existencia, sabiendo que estamos en manos de Dios, que es el Padre las misericordias, que nos ha amado hasta entregarnos a su propio Hijo para que en él tengamos perdón y salvación. El Jubileo tiene esta honda intencionalidad: regenerar la vida cristiana, dar nuevo impulso a los bautizados como testigos de Cristo, reforzando su fe, que el mundo y los intereses mundanos debilitan a diario.

Si una madre todo lo sabe perdonar, y su regazo acoge siempre a sus hijos a pesar de sus maldades, el regazo de la Virgen María nos acoge siempre, porque en él se nos descubre la misericordia de Dios, más acogedor que las entrañas de una madre terrena, que, como dice el profeta y desgraciadamente la experiencia nos demuestra, puede olvidarse del hijo de sus entrañas. Dios es padre de misericordia entrañable y no se olvida de nosotros. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que en la maternidad de la Virgen María Dios ha querido ofrecernos la imagen viva de esas entrañas divinas que acogen al pecador, a todo el que acude a la misericordia de Dios, porque de las entrañas de la Virgen ha nacido aquel en quien Dios nos ha revelado su misericordia perdonando nuestros pecados.

Pidamos a la Virgen santísima del Saliente, Madre de los Desamparados, en este su Buen Retiro del Monte Roel, nos acoja siempre. Traigamos hasta esta su casa nuestra penas y alegrías, alabando a Dios que nos dio una madre espiritual tan llena de amor y de inagotable ternura. Ella que supo estar junto a la cruz de Jesús no dejará de estar junto a nosotros cuando nos asalten las tentaciones y los sufrimientos. Es la madre del amor hermoso y de la santa de la esperanza, la madre de la consolación y de la alegría.

Bendigamos a María y que ella acoja la felicitación de sus hijos, nos presente como ofrenda al Señor y nos ayude a merecer por la gracia divina del nombre de hijos de Dios.

Santuario del Saliente

Monte Roel (Albox)

8 de septiembre de 2017

                           Adolfo González Montes

                                 Obispo de Almería

                    

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Lecturas bíblicas: 1 Cro 15,3-4.15-16; 16,1-2; Sal 26, 1-5; Hech 1,12-14; Lc 11,27-28

Queridos hermanos sacerdotes;

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;

Cuerpo de la Guardia Civil, que hoy celebra a su Patrona;

Hermanos y hermanas:

La antífona de entrada de esta entrañable fiesta mariana hemos recitado dos versículos: uno, del libro de la Sabiduría: «Les diste una columna de fuego, como guía para un viaje desconocido» (Sb 18,3); y «El Señor caminaba delante de los israelitas: de día en una columna de nubes, para guiarlos por el camino; y, de noche, en una columna de fuego para alumbrarlos; para que pudieran caminar día y noche» (Éx 13,21).

En las sagradas Escrituras del Antiguo Testamento encontramos diversas manifestaciones de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Es el caso de esta columna de nube luminosa o columna de fuego de la cual habla el libro del Éxodo: una columna que servía de guía a los israelitas durante la travesía del desierto hacia la tierra prometida. La imagen expresa la convicción de fe del pueblo elegido de haber sido guiado por la providencia divina de la esclavitud de Egipto a la libertad y la conquista de la tierra. Dios no abandonó al pueblo de su elección, a pesar del pecado del pueblo y de su infidelidad a la Alianza. La experiencia religiosa de Israel se concreta en su historia: si el destierro fue el castigo de la infidelidad a la ley y a la alianza del Sinaí, el retorno a la patria se convertiría en manifestación de la fidelidad del Dios misericordioso.

La liturgia eucarística ha incorporado estos textos sagrados al oracional de esta fiesta, aplicándosela a la Virgen María, que se levanta sobre la columna de prodigiosa de luz que es la resurrección de Cristo. Él es la «luz verdadera que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo» (Jn 1,9). María dio a luz al Hijo eterno del «Padre de las luces» (Sant 1,17), el que «habita una luz inaccesible» (1 Tim 6,16); y como Hijo de Dios es el autor de la vida que, por serlo, pudo decir de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que sigue no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12b).

La primera lectura, tomada del libro primero de las Crónicas nos habla del arca de la Alianza antigua, que los levitas portaban sobre sus hombros para trasladarla al lugar sagrado, al templo provisional que había preparado David para darle cobijo hasta que, conforme a la voluntad de Dios, su hijo Salomón construyera el templo. El arca que trasladó David había acompañado a los israelitas a lo largo de su travesía por el desierto, reposando en una tienda de campaña como el pueblo mismo en su caminar de etapa en etapa por la tierra árida. Este arcasagrada que según la tradición contenía las tablas de la Ley y la vara de mando de Moisés, guía del pueblo elegido, no llegó a ser sino tan sólo figura del arca que es María, en cuyo seno hizo morada el Hijo de Dios, para ser Mesías de Israel y Salvador del mundo. La Virgen Madre es vista como verdadera Arca de la nueva Alianza, prefigurada en el arca de la Alianza antigua. Es portadora de la Luz increada que es el Verbo de Dios que se hizo carne en las entrañas de la Virgen María, y glorificado, por su resurrección de entre los muertos, ha glorificado también a su Madre, que es amparo y cobijo de los que ella acuden. María es la «Estrella de la evangelización» que acompañó desde los comienzos de la Iglesia naciente a los discípulos, alentando la predicación del Evangelio y acompañando espiritualmente a los discípulos del Resucitado.

Dice la lectura que hemos escuchado del libro de los Hechos de los Apóstoles que, tras la ascensión del Señor al cielo, los Apóstoles volvieron a Jerusalén y, reunidos en el cenáculo con las santas mujeres, contaban con la presencia de la Madre de Jesús, permaneciendo con ella en oración. Desde los orígenes de la Iglesia María está con los discípulos de su Hijo, pues los ha recibido como hijos suyos de boca del Crucificado, cuando exclamó dirigiéndose a Juan desde la cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», para decir luego al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26.27).

La tradición que se pierde en el tiempo dice que la Virgen vino en carne mortal a socorrer al Apóstol Santiago. Más allá de la cuestión histórica, la tradición expresa una verdad de fe que es asimismo parte de nuestra historia religiosa: María ha acompañado la obra de evangelización de nuestra nación. Amada por todos los pueblos y en todas las tierras de España, la Virgen María es bienaventurada por haber escuchado la Palabra de Dios llevándola a cumplimiento, como dice Jesús en el evangelio que hemos proclamado (cf. Lc 11,27-28). María, modelo de la Iglesia y de cada uno de los bautizados, ha alentado nuestra fe y nos ha ayudado a vivir el Evangelio orientándonos a la luz que es Cristo, para que no camináramos a oscuras.

María acompañó la obra evangelizadora de América y la respuesta a su presencia alentadora fue el fervor mariano con el que los pueblos de del Nuevo Mundo se han acercado a Cristo. Una confianza puesta en la Virgen que ha quedado para siempre plasmada en la súplica por la curación de su tío del indio san Juan Diego. Una súplica que encontró acogida y respuesta en las palabras que le dirigió la Virgen de Guadalupe:

«¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo?»[1].

Si es cierto que la obra del descubrimiento y colonización de América tiene elementos negativos que no podemos ignorar, tampoco podemos juzgar con la mentalidad de nuestro tiempo los hechos de finales del siglo XV y del siglo XVI. A pesar de los elementos negativos publicitados y agrandados por la Leyenda Negra, son muchos más los elementos positivos, algunos de verdadera excelencia en la historia de la humanidad. Son realidades que no pueden ser ignoradas o combatidas por odio a la fe cristiana y por motivos ideológicos contrarios a la gran obra civilizadora de España. Los evangelizadores se enfrentaron con gran valor a lo que consideraron contrario al Evangelio en el comportamiento de los colonizadores, y contribuyeron con la predicación del Evangelio y mediante la expansión de la obra humanitaria misionera de la Iglesia a que se produjera el gran mestizaje humano y cultural del mundo hispanoamericano.

Hoy, al celebrar la Fiesta Nacional de España en el día de la Virgen del Pilar, día en que se produjo el descubrimiento del Nuevo Mundo, queremos pedir por intercesión de Santa María del Pilar, Madre de España (Liturgia de las Horas: Himno de Laudes), que los creyentes en Cristo mantengamos la fortaleza en la fe contra su debilitamiento, seguridad en la esperanza contra la resignación desesperanzada, y constancia en el amor contra el desamor y el odio (cf. Misal Romano: Oración colecta de la fiesta de la B. V. María del Pilar); y que podamos así, con la ayuda de la Virgen, superar la tentación de abandonar la inspiración cristiana de nuestra historia.

En los difíciles y delicados momentos que estamos viviendo, esta inspiración cristiana contribuirá de forma decisiva a una verdadera y profunda reconciliación, que es fruto de la voluntad de entendimiento de quienes hemos vivido siglos unidos y alentados por la fe en Cristo y la confianza en la maternal intercesión de la Virgen. El amor a Nuestra Señora ha hecho de los pueblos de España una verdadera “tierra de María”, como la llamó el santo Papa Juan Pablo II al despedirse para siempre de España en su último viaje a nuestro país.

España es una de las grandes naciones del mundo, cuya obra de civilización es testimonio de la fe que la ha inspirado. Saber apreciar esta fe, respetar sus instituciones, es tener en consideración la religión no sólo como derecho fundamental de las personas y los pueblos, sino como contribución decisiva a su desarrollo espiritual, sin el cual el desarrollo material corre el riesgo de todo materialismo relativista y egoísta. La fe cristiana inspira no sólo relaciones solidarias entre las personas y las colectividades, sino verdadera fraternidad entre quienes se reconocen hijos de Dios, Padre común de todos los humanos; y entre hermanos verdaderos que se aman sólo hay generoso compartir en el aprecio recíproco y el afecto, que hace que arraiguen sentimientos de benevolencia y lazos que nos defienden del odio y la animadversión.

Desgraciadamente, en nuestro país el desprecio y el odio a la religión ha sido en nuestra historia un signo dramático de discordia y enfrentamiento que llevó al sacrificio de tantos mártires, entre ellos los mártires de Almería recientemente beatificados. Quiera el Señor y la santísima Virgen que este riesgo se aleje de las nuevas generaciones, a las cuales hay que dar a conocer la verdadera historia de España para que no repitan errores del pasado.

Hoy, cuando oramos por la concordia y la unidad de los hijos de la gran Nación española, oramos también de modo especial por vosotros, queridos miembros del cuerpo del Benemérito Instituto de la Guardia Civil. Habéis querido celebrar en esta nuestra iglesia Catedral de la Encarnación esta fiesta de vuestra excelsa Patrona, implorando de su intercesión protección para vosotros y vuestras familias, mientras realizáis vuestro generoso servicio a la Patria, tantas veces arriesgado, contribuyendo con él a la paz y al bienestar de los ciudadanos.

Pedimos a la Virgen del Pilar, vuestra Patrona, que os proteja y ayude en la realización del servicio que lleváis a cabo en favor de la paz social. Que la Virgen nos ayude a todos los cristianos de nuestro país a mantener la fe cristiana y a llevarla a los demás, convencidos de que sólo Cristo es la luz del mundo porque es el Salvador de los hombres.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 12 de octubre de 2017

                                 Adolfo González Montes

                                 Obispo de Almería

 

[1] Contenido publicado en es.gaudiumpress.org (acceso: 11.10.2017).

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Lecturas bíblicas: Eclo 24,1.3-4.8-12.19-21

Sal Jdt 13,18-19
Gál 4,4-7
Lc 11,27

Venerado hermano en el Episcopado;
Ilustrísimo Sr. Alcalde;
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades;
Rvdo. P. Prior y comunidad conventual de la Orden de Predicadores;
Miembros del Excmo. Cabildo Catedral;
Hermanos sacerdotes, religiosas y cofrades de la Virgen;
Hermanos y hermanas:

La Iglesia aplica a la Santísima Virgen, en quien encuentra realización de excelencia, la revelación de la sabiduría que hemos escuchado. La sabiduría es presentada en los libros sapienciales del Antiguo Testamento como creación divina, expresión de la sabiduría eterna que Dios mismo es. Dios que es creador y supremo hacedor del mundo creado, visible e invisible, ha impreso en este mundo creado el orden primordial que lo gobierna y divinamente lo sostiene. Dios, porque creo el mundo por amor, también por amor lo conserva y mantiene su permanente evolución y crecimiento. Él es el autor del mundo y de la vida, el creador del hombre, que no lo ha abandonado a pesar del pecado que el hombre ha introducido en la creación de Dios; antes bien, le ha entregado a su propio Hijo.
Dios con su infinita sabiduría todo lo gobierna y conduce a la humanidad a la salvación, siempre que el hombre quiera salvarse, y ame a Dios, ame la sabiduría que Dios mismo es, inseparable de su amor por por el ser humano, al que hizo «a su imagen» (Gn 1,26-27), y por esto mismo inseparable de su misericordia eterna. Cuando el salmista invita a dar gracias a Dios motiva la invitación con el estribillo: «porque es eterna su misericordia». Y si preguntamos por qué, su argumentación es la narración de la creación y de la historia de la salvación: «Sólo él hizo grandes maravillas (…) Él hizo sabiamente los cielos (…) Él hirió a Egipto en sus primogénitos (…) y sacó a Israel de aquel país (…) con mano poderosa, con brazo extendido (…) Él da alimento a todo viviente, porque es eterna su misericordia» (Sal 135,4.5.10.11.25.26).
El autor sagrado presenta la sabiduría divina como realidad creada que hizo morar en su pueblo, convirtiendo a Israel en su morada entre los hombres, y de esta manera prefigurando en sombras lo que había de venir: que Dios moraría en medio de su pueblo, que pondría su tienda entre las nuestras y así aquel que es la encarnación de la Sabiduría divina, su propio Hijo eterno vendría ser hombre como nosotros para revelar el misterio de la Sabiduría manifestando en la misericordia infinita de Dios. Este canto de la sabiduría se convierte en profecía de la encarnación del Hijo, en quien se personifica la Sabiduría del Padre; porque «cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley (…) para que recibiéramos el ser hijos por adopción» (Gál 4,4-5).
María es la morada de Dios hecho carne por nosotros, y porque en ella se encerró el infinito saber de Dios, que es su Hijo eterno y su Verbo, la invocamos con el título con el que las letanías la aclaman “sedes Sapientiae”, “trono de la Sabiduría”, convertida de así, por su divina maternidad en “causa de nuestra alegría”. Lo es, porque María es la madre del amor hermoso y de la santa esperanza, como la invocan los hijos de Eva en este valle de lágrimas, conocedores, como dice san Pablo, de que «los sufrimientos de ahora no son comparables con la gloria que se ha de manifestar. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios» (Rom 8,18-19).
María es morada de la Sabiduría porque ella misma es obra de la sabiduría de Dios, hija excelsa del Dios Altísimo, predestinada por el amor divino a ser la madre de la Sabiduría encarnada. La liturgia de la Iglesia y la devoción del pueblo la invocan con los títulos con los que la acredita su predestinación eterna: hija del Padre, madre del Hijo, esposa del Espíritu creador. No debemos pasar por alto que la Iglesia ha visto en el texto sagrado del Eclesiástico que hoy hemos escuchado no sólo la personificación de la Sabiduría divina en el Verbo de Dios, sino el origen del Hijo, Sabiduría de Dios, en el Padre, de quien procede el Hijo; y la acción regeneradora del Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y habita «en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, en la congregación de los santos» (Eclo 24,12).
María encarna la sabiduría en el conducirse ante Dios y entre los hombres, porque «el temor del Señor es el principio de la sabiduría» (Pr 1,7a). Su respuesta al ángel de la anunciación es la respuesta de la acogida de la palabra que le llega de Dios y se hace en su vientre Palabra encarnada, carne de nuestra carne, para nuestra salvación. Con razón Isabel, y con ella la Iglesia, a lo largo de los siglos la han llamado dichosa, bienaventurada. Dichosa por haber dado morada a la Sabiduría encarnada: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45). Por esto mismo, porque acogió la palabra de Dios y creyó a Dios dando crédito a su palabra, la razón última de la bienaventuranza de María es haber escuchado la palabra de Dios y haberle dado cumplimiento. María se ha conduciéndo así en la presencia de Dios y entre los hombres movida por el temor del Señor, principio de toda sabiduría. Es la clave religiosa de por qué son dichosos «los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28).
Hoy como siempre, es necesario vivir conducidos por el temor del Señor, recobrar el sentido religioso de la fe, vivir en la presencia de Dios y de Cristo, dejándonos mover por el Espíritu creador, que regenera en nosotros la vida divina que se nos dio en el bautismo y perdemos por el pecado. En nuestros días, la sociedad ha perdido en gran medida el sentido religioso de la existencia, y no vivimos sabiéndonos en presencia de Dios. El hombre sucumbe siempre con facilidad a la tentación de sustituir la palabra de Dios con la suya propia, pero sólo Dios es el origen y el hontanar de la sabiduría. Perder el sentido de lo santo y cerrarse a la influencia de Dios, defendiéndose contra él, es arruinar la propia vida. Una sociedad sin Dios, clausurada en su propio agnosticismo, propuesto como doctrina oficial de una sociedad en progreso, no es garantía de supervivencia ni de paz, porque cuando se expulsa a Dios de la propia casa, los demonios se cuelan por las ventanas.
Pidamos a nuestra Patrona la Virgen del Mar, Estrella del Mar y Reina de la Paz, que oriente nuestras vidas a Cristo, porque en él Dios ha salido al encuentro del hombre y nos ha revelado su amor. Cristo es la Sabiduría de Dios que ilumina nuestra existencia, sin él no nos es posible logro alguno para la vida eterna. Al darnos a Jesús, María nos ha dado al Autor de la vida, para que el mundo no perezca. En esta sociedad en la que la intolerancia de las ideologías, origen de los conflictos y una grave amenaza para la paz social, contribuyen a crear crispación y falta de entendimiento, hemos de acudir a la intercesión de María con fe. Pedir a la Reina de la Paz que nos ayude a proceder conducidos por la sabiduría de lo alto y el temor de Dios, para que la violencia de los terroristas que se sirven de manera blasfema del santo nombre de Dios no termine por cercenar el fundamental derecho de los humanos a adorar a Dios, reconociendo en él la fuente de la sabiduría sin la que el hombre no puede vivir.
Pidámosle a la Virgen, morada y sede de la Sabiduría, que por el Hijo nacido de su vientre sane nuestras heridas sociales, se curen los enfermos y los heridos en los crueles atentados de estos días, encuentren consuelo las víctimas, y acreciente nuestro amor por los necesitados de solidaria fraternidad humana. Que, por su intercesión, podamos llevar una vida sosegada y en paz, para bendecir al Señor.

Almería, Santuario de la Virgen del Mar
26 de agosto de 2017

 Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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