Homilías

 

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Lecturas bíblicas: Hech 34a.37-43; Sal 117; Cor 5,6b-8; Jn 20, 1-9

 

Queridos hermanos y hermanas:

Jesús resucitó de entre los muertos y ha sido glorificado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Esta es la gran noticia de la Pascua, contenido de la liturgia de la palabra de Dios proclamada en esta primera parte de la Misa del domingo de Pascua que estamos celebrando. En la resurrección de Jesús, Dios ha revelado que la muerte no tiene la última palabra, porque «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,27). Así lo dijo Jesús mismo, apuntando el error de quienes concebían la vida de los resucitados al final de los tiempos al modo de la vida terrena. La respuesta apela a la lectura en su conjunto de las Escrituras, que hablan del mismo Jesús. De hecho, Jesús se quejará de quienes no entendían que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria, por lo misma razón: la resurrección no es la prolongación de la vida feliz terrena, sino vida plenamente nueva y definitiva.

Los apóstoles no podían tampoco entender qué relación podía guardar el sufrimiento y pasión de Jesús con el reino de Dios. La experiencia pascual les llevaría a reconocer en las apariciones del Resucitado la plenitud de una vida nueva que no podían retener en el marco estrecho de la vida cotidiana. Fueron por esto conducidos a la convicción de fe en que Jesús resucitado era el mismo que ellos habían conocido y había vivido con ellos. A esta conclusión fueron llegando progresivamente, pero en un tiempo muy corto, mientras el Resucitado se dio a conocer mostrándoles las llagas de pies, manos y costado, comiendo con ellos, para disipar la idea de que estuvieran viendo algún espíritu o fantasma, y retrospectivamente llevándolos al marco cotidiano de los días de la predicación en torno al lago de Galilea, a las escenas de la pesca milagrosa con la que Jesús les daba a conocer que era el mismo que los había llamado junto al lago, para hacer de ellos pescadores de hombres.

El pasaje del libro de los Hechos recoge la predicación de Pedro en casa del centurión romano Cornelio, discurso en el que Pedro reconstruye la trayectoria de la vida pública de Jesús «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). Para Pedro la resurrección de Jesús confirmaba que las acciones sanadoras de Jesús y su predicación eran obra de Dios, porque Dios había ungido a Jesús en su bautismo en el Jordán derramando sobre él el Espíritu Santo. De esto él y los apóstoles daban testimonio, como testigos escogidos de antemano, para dar cuenta de cuanto dijo y de cuanto hizo como enviado de Dios; y para acreditar ahora su resurrección de entre los muertos. La unción bautismal de Jesús anticipó de hecho la revelación que se manifiesta en la resurrección de Jesús, dejando al descubierto que, en verdad “Dios estaba con él”.

La resurrección es el gran acontecimiento de intervención divina en la historia de la humanidad, no porque la resurrección sea un acontecimiento como los demás acontecimientos históricos, pues la resurrección es entrada en una vida trascendente, que no es de este mundo; no es, por tanto, una vuelta a la vida terrena, sino una entrada en la vida de Dios, a la que Jesús ha llegado atravesando la oscuridad de la muerte.

La resurrección deja, sin embargo, huellas y signos en la historia terrena por medio de los cuales Dios conduce a la comprensión y conocimiento de la resurrección de Jesús. Estos signos son el sepulcro vacío y las apariciones del Resucitado. En el evangelio de este día toma un protagonismo espacial el sepulcro vacío de Jesús. María Magdalena cree que se han llevado el cadáver de Jesús y corre asustada y llena de preocupación a dar cuenta de lo sucedido a Pedro y los apóstoles. Pedro y el discípulo a quien Jesús tanto quería corren presurosos y desconcertados a ver qué es lo sucedido. Pedro y el otro discípulo no parece concluir que lo que están viendo sea aquello de lo que hablan las Escrituras, sino que llegan a éstas conducidos por la fuerza de los hechos. Tiene su importancia constatar que los lienzos y el sudario con los que fuera envuelto el cadáver de Jesús no han sido abandonados al desorden de un robo precipitado del cadáver; pues, aunque los lienzos están en el suelo, el sudario ha sido doblado y colocado en un sitio aparte. Sin duda el detalle forma parte del signo que representa el sepulcro vacío, y el discípulo amado comenzó, en efecto, a creer que Jesús había vencido la muerte.

A la luz de esta experiencia llegarían los apóstoles a la interpretación de las Escrituras. Una lectura nueva de las mismas explicaba la muerte de Jesús.El mismo Resucitado así se lo decía a los desolados discípulos de Emaús: «¿No era acaso necesario que el Mesías padeciera eso para entrar a sí en su gloria?» (Lc 24,26); y si tenía que padecer, el sufrimiento y la pasión de Jesús tenían un sentido que sólo ahora podían comprender. Fueron pasando progresivamente de la sorpresa a la convicción de que Jesús vivía en Dios y al tiempo estaba en medio de ellos de una forma nueva. Poco a poco fueron conducidos por el Espíritu Santo a la conclusión que se decían unos a los otros con gozo incontenible: «¡Es verdad!¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34).

Jesús mismo lo corroboraba para ellos, testigos elegidos por designio de Dios para testimoniar la resurrección de Jesús. Las apariciones pascuales de Jesús fueron la prueba definitiva en la misma medida en que, pasando de unas apariciones a otras, todos los testigos agraciados iban concluyendo la verdad de lo sucedido.

Esta es nuestra fe y esta es la fe de la Iglesia, y podemos decir al unísono con los apóstoles que Dios estaba con Jesús, que Jesús es el Hijo de Dios y que, resucitado de entre los muertos, ha sido glorificado a la derecha de Dios. Podemos continuar recitando el Credo y afirmando que Jesús vive ahora y para siempre en el reino de Dios Padre, desde donde volverá en la consumación del mundo como juez de vivos y muertos. Podemos decir con la certeza de la fe que él está de forma nueva con su Iglesia, que él fundo sobre la piedra apostólica que es Simón Pedro y sobre los apóstoles; y que él estará con nosotros hasta el final de los tiempos.

Hemos vivido el Triduo Pascual con la emoción y la intensidad de una fe fervorosa que se siente fortalecida por la presencia eucarística del Señor en el sacramento del Altar. En la vigilia pascual algunos de nuestros catecúmenos han recibido el bautismo, la confirmación y la Eucaristía, los tres sacramentos que nos hacen cristianos, y se han incorporado a la comunión de la Iglesia. Otros muchos catecúmenos en todo el mundo han vivido esta misma experiencia en la noche pascual; y muchos más se irán incorporando a lo largo de este tiempo pascual. Debemos retomar los que ya fuimos bautizados, la mayoría de infantes, nuestra fe bautismal, la que nos transmitieron quienes respondieron por nosotros al presentarnos al bautismo; y renovar aquellos los propósitos bautismales que hicimos progresivamente nuestros. Recordemos lo que el Catecismo nos enseña: que «unidos a Cristo por el bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios”» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1003).

Por el sacramento de la confirmación los bautizados son hechos partícipes de la unción de Cristo y reciben el sello sacramental del Espíritu que le hace miembros del pueblo sacerdotal, de la Iglesia, y se unen más estrechamente a Cristo como hijos adoptivos del Padre. Además de acrecentar los dones del Espíritu que fortalecen la vida cristiana, la confirmación une a quienes la reciben de manera más perfecta a la Iglesia, para ser testigos de Jesús y de su resurrección ante el mundo (cf. Catecismo, nn. 1302-1305).

Finalmente, porque la Eucaristía «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» (Vaticano II: Const. Sacrosanctum Concilium, n. 47; cf. Catecismo, n. 1324), en la Eucaristía, meta y culmen de la iniciación cristiana, participamos del alimento de la vida eterna; y «cuando resucitemos en el último día, también “nos manifestaremos con él llenos de gloria” (Col 3,4 (cf. Catecismo, n. 1003).

Damos gracias a Dios por los nuevos hijos adoptivos de Dios Padre que se incorporan a la Iglesia, cuerpo de Cristo, en esta Pascua; y rogamos por ellos para que siempre se sean fortalecidos por el Espíritu y hechos capaces de dar testimonio de Cristo, que los ha atraído a la comunión eclesial. Nos confiamos con ellos a María, la Madre del Redentor y constante intercesora nuestra, para que ella, que acompañó a Jesús hasta la cruz y tuvo el gozo inmenso de reencontrarlo resucitado, los ayude a ellos y a nosotros a mantenernos unidos a él como discípulos suyos y testigos de su resurrección.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

16 de abril de 2017

                                    Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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Textos bíblicos: Is 52,13-53,12; Sal 30,2.6.12-13.15-17.25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1-19,42

         Queridos hermanos y hermanas:

         Conmemoramos en esta liturgia del Viernes Santo la muerte del Señor, sin que celebremos la Eucaristía. Cada domingo, y a lo largo de la semana, la celebración de la Misa es conmemoración de la muerte y resurrección del Señor. Ni hoy ni mañana celebra la Iglesia la Eucaristía, expresando de esta manera cómo los sacramentos de la Iglesia, y de modo singular la Eucaristía son un don de la Pascua de Cristo, un don que el Resucitado entrega a la Iglesia de forma inseparable con el derramamiento del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. Cada vez que celebramos la Eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que él vuelva, y ambos acontecimientos son inseparables: muerte y resurrección de Jesús.

         San Pablo dice en la carta a los Romanos que Jesús nuestro Señor, que «fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (Rom 4,25). Todo lo que aconteció con Jesús fue voluntad de Dios que aconteciera, por eso Jesús se nos muestra en la historia de su Pasión siempre dueño de sí mismo. En el evangelio de san Juan leemos que cuando Jesús se acudió al Jordán para ser bautizado por Juan Bautista, éste le señaló como «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). El Bautista habla así de Jesús viendo cumplida en él la profecía de Isaías, que habla de los sufrimientos del Siervo de Dios. En los cánticos del Siervo de Dios que encontramos en el libro de la Consolación de Isaías, se encuentra el fragmento que hemos leído esta tarde como primera lectura de la palabra de Dios. Se trata de un fragmento que forma parte del cuarto cántico del Siervo de Dios, a cuya luz comprendemos lo que quiso decir el Bautista cuando identificó a Jesús con el Siervo de Dios que sufre como cordero inocente que va a ser sacrificado.

Sin embargo, Jesús no es arrastrado a una muerte no querida; en la historia de la Pasión que acabamos de escuchar, estamos ante la narración de una muerte profetizada y aceptada. Jesús asume voluntariamente su muerte como designio de Dios para él; y es así como se cumple en Jesús la profecía de Isaías: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca» (Is 53,7).

         En el evangelio de san Juan, en el pasaje donde Jesús se refiere a sí mismo y su misión pastoral como enviado del Padre, Jesús habla alegóricamente de sí mismo como el buen pastor, enviado del Padre para rescatar la grey y arrancarla de la opresión y venalidad de los malos pastores, que ante el peligro del lobo abandonan el rebaño. En el contexto de su discurso, dice Jesús: «Yo soy en buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas (…) Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre» (Jn 10,11.17-18).

         Estas palabras de Jesús son de hecho una alegoría de a su misión y con ellas Jesús se refiere a su muerte, asumida con soberana libertad por ser designio de Dios. Así lo podemos ver a propósito de la amonestación que Pilato le hace por su negarse a responder a sus preguntas: «A mí no me hablas? ¿No sabes que yo tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte? Jesús, ya cercano el desenlace de la sentencia, y dueño de sí, responde al prefecto romano:  No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti, tiene un pecado mayor» (Jn 19,10-11).

A pesar de que Jesús suplicó al Padre que, si era posible, pasara el cáliz de su pasión sin beberlo (Mc 14,36; Mt 26,39; cf. Hb 5,7), Jesús ha aceptado plenamente el designio de Dios Padre sobre él, la voluntad del Padre es la voluntad del Hijo, porque como ha declarado a los judíos: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30); y en la Cena dirá a Felipe: «el que me ha visto a mí ha visto al Padre (…) ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14,9.10).

En la historia de la pasión según san Juan, aparece Jesús en su majestad, soberano de cuanto acontece, manifestando que la pasión es voluntad del Padre y él, el Hijo eterno hecho carne, la hace suya con obediencia plena. Jesús recorre libremente el camino que le lleva a la cruz y cumple así cuanto estaba ya anunciado sobre él en las Escrituras. Los autores del Nuevo Testamento han acudido al Antiguo Testamento para dar razón de los dolores de aquel que, por su resurrección de entre los muertos, se ha revelado «constituido Hijo de Dios con poder» (Rom 1,4).

Como podemos ver, queridos hermanos, la liturgia de la palabra de este Viernes Santo contempla en la pasión de Jesús al Siervo de Dios, al cual misteriosamente Dios «quiso triturarlo con el sufrimiento», y cargándolo sobre sí, el Hijo de Dios «entregó su vida como expiación» de nuestros pecados (cf. Is 53,10).

El autor de la carta a los Hebreos habla de los «ruegos y súplicas» que Jesús elevó con «poderoso clamor y lágrimas ante aquel que podía librarlo de la muerte» (Hb 5,7), para decir que Jesús, en plena comunión con Dios y con nuestra humanidad, «siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (Hb 5,8) y Dios llevándolo así a la perfección, hizo de su obediencia «causa de salvación para todos los que le obedecen» (Hb 5,9).

A nosotros nos cuesta muchas veces comprender la voluntad de Dios, por eso hemos de tener presente que tenemos un sumo sacerdote que como cabeza del cuerpo místico de la Iglesia va delante; y con su ejemplo, nos invita a seguirle por el camino de la obediencia a la voluntad de Dios. Dice san Pedro, tomando como referencia un pasaje del cántico del Siervo de Dios, que Jesús era inocente y cargó sobre sí nuestros pecados, para que nosotros, «muertos a nuestros pecados viviéramos para la justicia» (1 Pe 2, 24). El apóstol san Pablo contempla la encarnación del Hijo de Dios y su dolorosa pasión como abajamiento y humillación hasta la muerte en cruz, que Jesús acepta por amor al Padre y para manifestar con su obediencia el amor de Dios. Una lógica que a nosotros nos es difícil comprender, inclinados al mal por el pecado.

A veces pensamos que Dios no nos escucha, pero Dios nos escucha siempre, aunque no nos libre del sufrimiento que padecemos en determinadas situaciones. Dios somete nuestra fe a la dura prueba de ocultarse tras el silencio, como si no existiera. En la historia de la pasión de Jesús, Dios nos enseña a poner en él nuestra confianza y creer firmemente que siempre y en todo momento es nuestro padre. El relato de la pasión nos propone a Jesús como verdadero y definitivo modelo de humanidad: después de ser azotado y coronado de espinas Pilato presentó a Jesús ante la multitud que, enardecida, le vituperaba y pedía su muerte. Pilato les dijo: «Aquí tenéis al hombre» («Ecce homo») (Jn 19,5), pero no sabía que decía algo que sobrepasaba su propio lenguaje, porque estaba mostrando al mundo al hombre conforme a la mente de Dios, «el hombre nuevo creado según el ideal de Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4,24). Mostraba Pilato sin saberlo aquella obediencia de Cristo que nos trajo la salvación.

Pidamos la intercesión de la Virgen Dolorosa, e imitemos su fortaleza para saber aceptar las cruces de la vida, y mantener la fe que a ella la mantuvo junto la cruz de Jesús, hasta que éste expiró diciendo: «Está cumplido» (Jn 19,30). Porque creyó y esperó, Dios la glorificó asociándola a la resurrección de Jesús, como la asoció a su pasión. María estaba junto a la cruz acompañada por el discípulo al que Jesús tanto quería y a quien Jesús la dio como madre para que su maternidad nos alcanzara a todos. Que ella nos asista para mantenernos junto a la cruz de Jesús con fe en la resurrección, la fe que alimenta la esperanza, e inspira la caridad.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

14 de abril de 2017

                                   Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Is 61,1-3a.6a.8b-9;Sal 88,21-22.25 y 27; Ap 1,5-8;Lc 4,16-21

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;

Queridas religiosas y fieles laicos;

Hermanos y hermanas en Cristo Jesús, Sumo y Eterno sacerdote:

En el bautismo, el ministro, al tiempo que unge al bautizando con el santo Crisma, recita en voz alta: «Dios todopoderoso… te consagre con el crisma de la salvación, para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey» (Pontifical Romano: Ritual del bautismo). El neófito es introducido en la comunidad eclesial mediante la unción, y hecho así partícipe de los bienes de un pueblo sacerdotal. Por su incorporación a la Iglesia los bautizados son incorporados al ejercicio del culto espiritual, y «lo ejercen al recibir los sacramentos, en la oración y la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras» (Constitución Lumen Gentium, n,10).

El pueblo sacerdotal crece y se desarrolla por el ministerio pastoral que está a su servicio, y que lo ejercen los ministros sagrados que han recibido la unción del crisma mediante el sacramento del Orden. Así por medio de la proclamación de la palabra y el servicio de santificación mediante la administración de los sacramentos crece el pueblo sacerdotal convirtiéndose en señal y signo sacramental colocado entre las naciones. Es así como se cumplen las palabras proféticas de Isaías: «Vosotros os llamaréis “sacerdotes del Señor”, dirán de vosotros: “Ministros de nuestro Dios” (…) Los que los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor» (Is 61,6a).

La Iglesia en cuanto comunidad de bautizados y pueblo sacerdotal se convierte en medio del mundo «como en un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG, n.1). No podría suceder así sin el ministerio de la unidad que ha sido confiado al ministerio del sacerdocio jerárquico, que ejerce las funciones de la cabeza y por medio del cual se mantiene la eficacia en el tiempo del sacrificio de Cristo, que «nos ha librado de nuestros pecados por su sangre nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre» (Ap 1,5-6).

Jesús fue ungido por el Padre derramando el Espíritu Santo sobre él, para llevar a cabo la misión profética mediante la cual daría fundamento y constitución al nuevo pueblo sacerdotal, una misión de humanidad y de liberación que se manifiesta en las acciones de sanación de los enfermos y el anuncio de la libertad de los oprimidos y los pobres, a quienes el Ungido de Dios anuncia el jubileo de gracia y salvación. Jesús se aplica a sí mismo cuantos los cánticos de Isaías dicen de la misión y los sufrimientos del Siervo de Dios, y ante sus propios paisanos de Nazaret declara que en él, en su persona y misión, se han cumplido las palabras proféticas de la Escritura.

Las lecturas de esta misa iluminan el misterio de la Iglesia como heraldo de la salvación, al iluminar el ministerio sacerdotal del Nuevo Testamento en cuanto que, por medio del ministerio sacerdotal la Iglesia prolonga el ministerio sacerdotal de Cristo. Así, por el ejercicio sacerdotal de los ministros, es el mismo Jesús, Ungido del Padre, el que sigue haciendo sacerdotal a todo el pueblo de Dios, y de este modo es Jesús mismo el que convierte a la Iglesia en señal y sacramento de salvación para el mundo.

Todos hemos de preguntarnos hasta qué punto somos el instrumento que Dios ha querido para que el mundo crea al contemplar la pasión de Cristo crucificado por nuestros pecados y glorificado por su resurrección, para que todo el mundo pueda verlo y se cumplan también las palabras proféticas del Apocalipsis como palabras del mismo Cristo resucitado: «Todo ojo lo verá, también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén» (Ap 1,7).

Si Jesús como Testigo fiel del Padre ha querido prolongar en el tiempo los efectos de la redención, haciéndose presente en la Iglesia por medio de la acción del Espíritu Santo, que actúa en los sacramentos, cómo debe ser la vida de sus miembros y, en modo propio, la vida de sus ministros. Si la Iglesia pierde intensidad profética y los pecados de sus miembros ensombrecen su significación sacramental, la comunidad eclesial necesita aquella purificación que le devuelva su imagen, su condición visible de sacramento de Cristo. Por esto, la llamada a la santidad adquiere un alcance especial en este tiempo de confusión y de tibieza, cuando la fuerza de la ideología laicista tiene más que nunca la pretensión de nublar ante los ojos del mundo la visión teológica de la Iglesia, su rostro sacramental como trasparencia de la libertad de los hijos de Dios, que han renacido de la fuente bautismal.

La Iglesia está llamada en nuestra sociedad a ser permanente referente de santidad, lugar donde acontece y puede ser percibida la sanación de las heridas del mundo, porque en ella se vive de la vocación a la santidad y en ella se puede vivir y contemplar lo que de verdad cambia la vida del hombre: el perdón de los pecados. Sólo puede ser verdadero “hospital de campaña”, si en ella se curan las heridas de una humanidad lacerada, las heridas que sólo Dios puede curar, por medio del ministerio de la Iglesia, con el bálsamo de su amor por nosotros y de su misericordia.

Todos los fieles cristianos estamos llamados a cumplir en nosotros el recorrido de la vocación a la santidad, pero de un modo especial deben aparecer ante el mundo como llamados a la santidad los ministros del Evangelio y las personas de vida consagrada. Contra una tendencia a diluir la vida de consagración en la secularidad del mundo y verla reducida a los parámetros de un agnosticismo práctico, la apuesta por la identidad cristiana sin equívocos es el único remedio.

La caridad alcanza su verdadera significación cristiana cuando es el reflejo de la vida de quienes viven de la caridad de Dios y de ella nutren la misión profética que realizan en el mundo: misión de sanación que inevitablemente pasa por la preocupación por los necesitados y los que sufren, los migrantes y los pobres de la tierra, los perseguidos por causa de la justicia y los enfermos, los abandonados y los están solos. Esta misión de caridad divina, que no sólo de sensibilidad social, requiere de los ministros del Evangelio el ejercicio de aquella caridad pastoral, solícita y entregada, que los convierte en espejo de la caridad de Dios y de la misión de Cristo como médico de las almas.

Cuando los ministros de Cristo viven entregados a su ministerio pastoral, consumiendo su tiempo en ahondar en la palabra de Dios para que su proclamación alcance a los fieles y a los que todavía no lo son, habrán superado la tentación de reivindicar tiempos propios que llenen las carencias y el cansancio de ser ministros de Jesús. Hemos de persistir con fidelidad en dar a conocer las Escrituras y su cumplimiento en Cristo, en mostrar a los niños y a los jóvenes, mediante acción catequística y de formación de la fe, el camino de regeneración que trae consigo el conocimiento de la doctrina de la fe y la moral propuesta por la Iglesia, sin rigorismos, ciertamente, pero con meridiana claridad: el ejercicio, en definitiva, de un magisterio que permita distinguir el bien del mal, y ayudar a los fieles cristianos a conocer qué es vivir de la gracia y ser liberados por la misericordia de Dios del pecado.

Hemos sido enviados a liberar las conciencias apesadumbradas por el pecado, y por eso esta misa crismal alcanza a expresar el misterio de salvación que acontece en los sacramentos que administramos. Esta misa ilumina la función sacramental de los óleos sagrados: el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, inseparables de la gracia del perdón, que llega de forma privilegiada con el Bautismo y el sacramento de la santa Unción; y la consagración de los renacidos a la gracia por el sacramento de la Confirmación, y de aquellos que son llamados al ministerio de la santificación mediante la recepción del Orden sacramental.

La vocación a la santidad ha sido colmada por los mártires y Cristo nos ofrece en este tiempo su ejemplo para estimular nuestras reticencias y perezas, nuestra cobardías y complejos. El acontecimiento de gracia que ha supuesto la Beatificación de los mártires de la persecución religiosa del siglo XX representa un fuerte aldabonazo en la conciencia de cada uno de nosotros y el amparo de su intercesión para que llevemos a cabo la renovación de la vida eclesial de nuestra diócesis. La multitudinaria vivencia con la que el Señor ha querido fortalecer nuestra fe y nuestra caridad, alienta la esperanza de quienes todo lo fían en la acción del Espíritu Santo y están prestos a secundar sus mociones.

Quiero agradecer, queridos sacerdotes, vuestra colaboración, que, cumpliendo con vuestra condición de guías del pueblo de Dios, os pusierais al frente de vuestras comunidades alentando la ilusión de participar en un acontecimiento aleccionador y regalo de la misericordia de Dios para nuestro tiempo. Sobre todo, agradezco el trabajo que echaron sobre sí los colaboradores que han secundado en todo momento mis orientaciones y han trabajado estrechamente conmigo organizando una logística difícil y al tiempo ilusionante, bien concebida por la comisión que ha coordinado los trabajos preparatorios y el desarrollo de la Beatificación, con la eficaz intervención de nuestro Vicario general. Como agradezco vivamente a los fieles laicos que han colaborado con la comisión organizadora el apoyo y su imprescindible ayuda, sin los cuales no hubiéramos podido realizar las tareas que han sido precisas para llevar a cabo la Beatificación de los mártires.

Confío a la intercesión de los mártires el fruto de este gran acontecimiento y que su oración acompañe la intercesión de la Virgen María, Reina de los mártires, para que Cristo Jesús siga suscitando por su Espíritu en nosotros el seguimiento discipular y la configuración de nuestra vida sacerdotal con su corazón. Que la intercesión de los mártires y de Nuestra Señora siga fortaleciendo la vocación de los religiosos y religiosas, y el apostolado y testimonio de los fieles laicos para gloria de Dios y salvación del mundo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Miércoles Santo

12 de abril de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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Textos bíblicos: Ex 12,1-8.11-14; Sal 115,12-13.15-18; 1 Cor 11,23-26;Jn 13,1-15

Queridos hermanos y hermanas:

Con la celebración de la santa Misa crismal concluía el tiempo santo de la Cuaresma, para entrar esta tarde en el Triduo Pascual, que concentra en sí mismo la celebración de la muerte y resurrección del Señor. El Triduo, en efecto, comienza con esta misa que estamos celebrando, tradicionalmente conocida como «Misa en la Cena del Señor». Al final de la celebración eucarística, realizaremos la solemne reserva del Santísimo Sacramento en el tabernáculo para su adoración y para la sagrada Comunión que mañana distribuiremos dentro de los oficios del Viernes Santo.

Es tradición acudir a la adoración del santísimo Sacramento del Altar, que se muestra al pueblo de Dios en el monumento bellamente ornamentado y alumbrado por múltiples cirios, para exaltar así este sacramento de unidad de la Iglesia, fuente y culmen de la vida cristiana. En casi todas las comunidades que celebran los misterios de la fe en este día, se organiza habitualmente una hora santa, para mejor dejarnos envolver por el misterio de la fe que estamos celebrando, centrados nuestros pensamientos en la Cena del Señor. Mañana no se celebra la santa Misa, sino los oficios que conmemoran la muerte del Señor, pero recibiremos, como acabamos de observar, la sagrada Comunión que hoy reservamos en el tabernáculo.

Esta tarde centramos nuestra meditación sobre la palabra de Dios en los textos que hemos escuchado y que nos hablan de los tres grandes acontecimientos de la liturgia celebra como memorial de nuestra fe. Los textos bíblicos, en efecto, nos hablan de la nueva alianza en la sangre de Jesús, que da por concluida la alianza antigua, sellada con la sangre de toros con cuya sangre se rociaba el altar y al pueblo. Alianza que es pacto de mutuo reconocimiento entre el Dios de Israel y el pueblo elegido, y que Dios llevó a cabo mediante Moisés. El memorial de esta alianza antigua constituye el precedente de la nueva alianza en la sangre de Jesús, contenido litúrgico de la Eucaristía, que se hace realidad sacramental por medio el sacerdocio de los ministros y que Jesús instituye de forma inseparable de la institución de la Eucaristía. Finalmente, este memorial litúrgico que nos congrega en esta tarde es la entrega del mandamiento del amor como testamento de Jesús a sus discípulos.

La lectura del libro del Éxodo nos informa de la institución de la Pascua hebrea, que había de rememorar, generación tras generación, la liberación del pueblo elegido de la cautividad egipcia. A lo largo de un complejo proceso histórico, la pascua judía fue fijando el ritual litúrgico y estableciendo la relación entre los elementos del culto judío y los acontecimientos sucedidos en la historia de la salvación. En el centro de la comida pascual se halla el cordero sacrificado, con cuya sangre los israelitas marcaron los dinteles de las puertas de sus casas la noche en que murieron los primogénitos de Egipto e Israel salió camino la tierra prometida.

Con la muerte del Señor, los cristianos comenzaron a comprender la pascua judía como una figura de la Pascua cristiana, en cuyo centro se encuentra el sacrificio de Cristo, su muerte redentora. Se alcanza de esta suerte la realidad prefigurada en la alianza antigua: Jesús es el verdadero cordero inocente y sin mancha, sacrificado para que con su sangre fuéramos purificados. La prolongación en el tiempo de este sacrificio redentor es la Eucaristía que celebramos. La misa es memorial de la muerte y resurrección de Jesús, y este memorial constituye el centro del culto cristiano, en el cual se hace presente con sus efectos de salvación para quien comulga el sacrificio pascual de Cristo. Lo que la misa del Jueves Santo pone de relieve es que Jesús, en la noche de la última Cena con sus discípulos, adelantó el sacrifico de su entrega a la muerte en cruz del Viernes Santo. Así, porque Jesús anticipó en la Cena su entrega a la muerte en libertad, la Eucaristía se instituyó en la Cena y desde mismo momento se convirtió por voluntad de Cristo en el memorial de su sacrificio redentor; al mismo tiempo, Jesús instituyó el sacramento del Orden sacerdotal, al entregar a sus apóstoles el mandato de perpetuar la Eucaristía: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11,24; cf. Lc 22,19) (Catecismo de la Iglesia Católica [CCE], 610-611).

No les manda sólo que le recuerden, que se acuerden de él y de lo que hizo aquella noche última. Jesús les entrega la Eucaristía mandándoles celebrar el contenido de la acción litúrgica que es la santa Misa, memorial litúrgico de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús, en el que se hace presente Jesús glorificado con su sacrificio pascual. La Eucaristía pertenece, por esto mismo, a la tradición apostólica más genuina de la Iglesia, que ha sido fiel al mandato de Jesús desde los mismos comienzos de la Iglesia.

La Eucaristía tiene además de su carácter memorial, un carácter de ultimidad, una dimensión escatológica, es decir, de futuro final. La Eucaristía se abre siempre a la venida definitiva del Señor. Es el apóstol san Pablo quien se refiere de modo especialmente intenso a esta proyección de la Eucaristía hacia el final de los tiempos cuando, una vez consumando el mundo presente, el Señor lleve consigo a los comensales de la Eucaristía, a la humanidad redimida, al banquete del Reino de Dios. La comprensión de la Eucaristía como anticipo de la gloria futura se expresa así mediante la imagen del banquete celestial, que es la participación de la vida divina junto a Cristo resucitado. San Pablo nos ha dejado junto con la más antigua narración de la institución de la Eucaristía por Jesús su apertura al futuro de gloria, al recordarle a los Corintios: «Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1 Cor 11,26).

La Eucaristía es el mayor bien de la Iglesia y no puede ser banalizada por los cristianos. La comunión del Cuerpo y Sangre del Señor requiere limpieza de alma y aquella disposición interior necesaria para recibir el sacramento del Altar. La enseñanza de la Iglesia, según la cual no es posible recibir la Comunión, si nuestra conciencia nos acusa de pecado grave o mortal, se fundamenta en las enseñanzas de san Pablo, que se vio obligado a regular de forma disciplinar la celebración de los ágapes o comidas de los cristianos, a los cuales se había unido la santa Comunión. Después de exponer la grandeza de la Eucaristía, san Pablo establece una norma ineludible: «Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba el cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo [de Cristo], come y bebe su propia condena» (1 Cor 11,28-29).

La Eucaristía es alimento de vida eterna y viático para alcanzar la gloria futura. No debemos dejar de prepararnos siempre para recibir la sagrada Comunión, que trae tantos bienes al comulgante: «acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de los pecados graves», y al reforzar estos lazos de unión entre Cristo y el que lo recibe, «fortaleza la unidad de la Iglesia, Cuerpo de Cristo (CCE, n. 1416). Por esto, cualquiera puede comprender que la Eucaristía no suple al sacramento de la Penitencia, ya que este último, la penitencia, que perdona los pecados mortales, es el medio de preparación para poder recibir la sagrada Comunión.

La Eucaristía es memorial del sacrificio de Jesús en el Calvario y, al mismo tiempo, el sacrificio eucarístico es ofrecido por la Iglesia por los vivos y por los difuntos como verdadero “sacrificio de la Iglesia”, que sólo el ministro ordenado puede presidir, consagrando el pan y el vino para que por la acción del Espíritu Santo vengan a convertirse en el Cuerpo y la Sangre de Cristo (CCE, n. 1411). Es el mismo Señor quien así lo ha querido vinculando la Eucaristía al ministerio de los sacerdotes.

Esta tarde rendimos solemne culto de adoración al sacramento del Altar, y lo hacemos porque en la Eucaristía es el mismo Cristo quien se hace presente con su cuerpo y sangre, con su alma y divinidad. Por eso, cuando traslademos procesionalmente el Santísimo nos arrodillaremos a su paso o nos inclinaremos profundamente al paso del Señor sacramentado, conscientes de que el debilitamiento de la fe en la Eucaristía refleja el debilitamiento de fe que, en general, padecemos los cristianos y tanto acusan los que nos contemplan. Cuando falta el clima de adoración y silencio que invita a la oración, algo no marcha bien en la vida cristiana, se ha perdido aquella dimensión vertical que sostiene la horizontal de la vida cotidiana desde la fe.

Finalmente, con la santísima Eucaristía y la institución del sacerdocio de los ministros, el Jueves Santo hace memoria de la entrega que Jesús hizo a sus discípulos del nuevo mandamiento del amor. Ningún momento tan apropiado como este del Jueves Santo para contemplar cómo quiso Jesús vincular ambas realidades: Eucaristía y amor al prójimo. De la mesa del banquete eucarístico mana la caridad de la Iglesia. Porque la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, es sacramento de integración, no de exclusión, agrega a la comunión en el corazón de Cristo, atrae a él mediante la expansión de la caridad divina que alimenta nuestro amor por todos nuestros hermanos, y en especial por los más necesitados. Ahora, cuando se persigue a los cristianos en tantas partes del mundo y cuando los más desheredados buscan asilo y protección, el mandamiento del amor reclama la mayor urgencia para ponerlo por obra.

Quiera el Señor que vivamos el amor fraterno como expansión del amor divino por medio nuestro, practicando la comunión de bienes y la solicitud por los pobres, para que en obras de amor los demás vean en nosotros el testimonio que corrobora nuestro amor a Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

13 de abril de 2017

                                   Adolfo González Montes

                                          Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Procesión de Ramos: Mt 21,1-11; Santa Misa: Is 50,4-7; Sal 21; Fil 2,6-11; Mt 26,14-27,66

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos rememorado la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, con cantos de alabanza y aclamado como “hijo de David”, aquel de quien el profeta Zacarías había llamado “Rey de paz”, que entra triunfante en Jerusalén, la “Ciudad de la paz”. Entra Jesús en la ciudad santa como lo había anunciado el profeta: «manso y montado sobre un asno, en un pollino, hijo de acémila» (Za 9,9). Jesús es el contemplado por el evangelista como verdadero Mesías y Rey de Israel: aquel que «viene en el nombre del Señor» (Mt 21,9). El evangelista le ve como verdadero heredero de la dinastía davídica, con cuya entrada triunfal la ciudad santa se conmueve.

         Sin embargo, Jesús ha predicho su muerte en la ciudad santa, «porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). La historia de la pasión según san Mateo se abre con la conspiración contra Jesús y la predicción que Jesús hace de su propia muerte: «Sabéis que dentro de dos días es la Pascua; y el Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado» (Mt 26,2). El evangelista contrapone la unción de Jesús por una mujer en Betania, episodio sucedido en casa de Simón el leproso, con el cual da comienzo el evangelista a la historia de la pasión.

Jesús fue ungido por la mujer que, según el evangelio de san Juan, habría sido María, hermana de Lázaro y de Marta. El evangelista sitúa a Jesús en casa de los hermanos después de la resurrección de Lázaro y seis antes de la Pascua. Es importante caer en la cuenta de la contraposición que san Mateo hace entre esta unción y la que ya no será necesaria, cuando las santa mujeres acudan al sepulcro la mañana de Pascua para ungir el cuerpo el cadáver de Jesús. Es el propio Jesús quien, contra la observación interesada de Judas, que lo traicionará, alaba a la mujer anticipando la unción de la sepultura.

         El evangelista contrapone de este modo la acción de Judas y los sentimientos que alberga su corazón, sentimientos de decepción con Jesús, y los sentimientos de amor y gratitud de la mujer que unge a Jesús. Los sentimientos de Judas son los de quien no ha comprendido la verdadera intención de Jesús y su anuncio del reinado de Dios. Su seguimiento de Jesús es adhesión a un proyecto terreno, de dominación sobre los enemigos y desquite de la opresión. Jesús, sin embargo, habla de un «reino que no es de este mundo» (Jn 18,36). El suyo es el reino mesiánico que instaura la soberanía de Dios como alianza en su propia sangre redentora, «derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,28).

Tampoco entienden a Jesús sus discípulos, que huyen asustados, como Jesús mismo lo había anunciado: «Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”» (Mt 26,31). El signo de la defección son las negaciones de Pedro, expresión de toda la debilidad del alma humana inclinada por el pecado. Frente a Judas, que desespera del perdón de Jesús, Pedro da rienda suelta al llanto sin poder aguantar la mirada de Jesús, que sin embargo le mira con aquel amor con el que Dios recupera a cuantos se arrepienten del pecado cometido.

En esta narración del evangelista san mateo la historia de la pasión es conducida por Jesús mismo, pues se trata de su historia personal, en la cual Dios ha querido salvar al mundo, porque es la historia del Hijo de Dios hecho carne para redención del mundo. Todo sucede conforme al designio de Dios: en la pasión de Jesús se recapitula la historia de la defección de Israel, del pueblo elegido. Tentados en el desierto, protestaron contra Dios y contra Moisés y no dudaron en preferir las ollas de Egipto con esclavitud que la libertad que Dios les otorgaba pero que exige sacrificio y voluntad de redención.

Una historia que se concentra en la venta que Judas hace de Jesús por treinta monedas de plata, aunque fueran los valiosos siclos de la moneda del templo. En tiempos de los patriarcas, Esaú había vendido la primogenitura por un plato de lentejas y en el desierto el pueblo elegido lo hubiera dado todo por la comida de Egipto. Judas se deshizo del Redentor del mundo por treinta monedas del templo, que los sumos sacerdotes no quisieron después echar en el tesoro sagrado del templo, porque aquellas monedas habían sido “precio de sangre”.

En la misa «en la Cena del Señor» podremos detenernos en la Eucaristía, la historia de la pasión narra su institución y lo que hoy conviene que destaquemos es justamente el precio de nuestra redención y la instauración de la alianza en la sangre de Jesús. El signo que realiza Jesús anticipa sacramentalmente su pasión y muerte en la cruz por la redención del mundo. Pasión del Señor que con el interrogatorio por los sumos sacerdotes da paso a la terrible tortura de la soldadesca a las órdenes del sanedrín. Escarnio y mofa infligidos a Jesús que llevan a cumplimiento la profecía de Isaías sobre el Siervo de Dios que sufre y, en cuyo dolor, acontece la sanación de las enfermedades del mundo. El interrogatorio y el escarnio de Jesús profetizado por Isaías es el tránsito que ha de pasar el Mesías para llegar al reino de Dios, llevándose consigo al buen ladrón, que confiesa sus pecados y reconoce la inocencia de Jesús, injustamente crucificado.

Muere Jesús como «rey de los judíos», el título de la condena a muerte que Pilato hizo colocar sobre la cruz, pero la burla de quienes le agravian mientras pende de la cruz no encontrará en el Crucificado otra respuesta que su muerte como aquel en quien Dios, mediante un designio de amor y misericordia incomprensible para los verdugos de este mundo, ha derramado gracia y misericordia para el mundo. No bajó de la cruz para que muerto con una muerte ignominiosa fuera exaltado por Dios mediante su resurrección de entre los muertos, recibiendo de Dios, como dice, san pablo, «el “Nombre-sobre-todo-nombre”, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo, y toda lengua proclame: “¡Jesucristo es Señor!” para gloria de Dios Padre» (Fil 2,9-11).

Es lo que reconoció el centurión que custodiaba la ejecución del Calvario, confesando de qué modo aquel hombre había muerto como sólo Dios hecho hombre puede morir: «Realmente éste era Hijo de Dios» (Mt 27,54). Con él y con cuantos contemplan hoy en el Crucificado al Hijo de Dios limpiando los pecados del mundo con su sangre contemplemos nosotros en Jesús crucificado al Redentor del hombre. En su obediencia hasta la muerte se ha cumplido la voluntad misericordiosa de Dios, para que a nosotros «las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y un día participemos de su gloriosa resurrección» (Misal Romano: Oración colecta del Domingo de Ramos).

S.A.I. Catedral de la Encarnación

9 de abril de 2017

                                      Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería

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