Homilías

 

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Lecturas bíblicas: 1 Sam 3,3b-10.19; Sal 39,2.4.7-10; 1 Cor 6,13c-15ª.17-20; Jn 1,35-42

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber celebrado el bautismo de Cristo el pasado domingo, hemos comenzado el tiempo ordinario del año. Estamos ya en la segunda semana de este tiempo, que interrumpiremos dentro de pocos domingos por la llegada de la Cuaresma, para volver a retomarlo, una vez celebradas las solemnidades de Pascua y Pentecostés.

En este tiempo ordinario del año recorremos con Jesús el itinerario de su vida pública, dispuestos a escuchar su palabra y contemplar sus hechos. El evangelio de hoy nos presenta una escena que, en esta romería de nuestra Patrona, puede ayudarnos mucho a fortalecer nuestra vida cristiana, conscientes de que no queda sin dar su fruto el testimonio del Evangelio que seamos capaces de dar a los demás, incluso sin que nosotros llevemos cuenta de ello.

         El evangelio de san Juan da cuenta del interés en seguir a Jesús de Juan y Andrés, sus primeros discípulos, impulsados por el testimonio que el Bautista había dado de Jesús y ellos dos habían escuchado. Juan Bautista había hablado de Jesús, después de su bautismo en el Jordán, refiriéndose a él como el “Cordero de Dios”. Era una confesión de fe en Jesús, en la identidad real de su persona divina de Hijo de Dios, oculta bajo su figura humana y a la vez visible en ella, a la que sólo se podía llegar por la fe.

         Para entender por qué el Bautista habla de Jesús como Cordero de Dios, es necesario tener presente que el cordero pascual era sacrificado como alimento de la cena de Pascua la gran celebración hebrea, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto. El cordero pascual anunciaba la liberación plena del pecado, no ya la liberación de poderes humanos como el de Egipto que sometió a los israelitas, sino la plena liberación del poder y dominio del demonio y del pecado en el mundo.

El pecado es desconocer a Dios, no reconocerle como Creador y Señor, no guardar sus mandamientos ni cumplir su voluntad, que siempre es de amistad y amor hacia sus criaturas. Dios es el Dios del que tuvo experiencia Moisés en el monte Sinaí, al recibir las tablas de la ley, cuando Dios se dignó pasar delante de él exclamando: «un Dios de misericordia y clemente, tardo a la cólera y rico en piedad y fidelidad» (Éx 34,6). Por eso, habiéndose hecho Dios visible mediante la encarnación de su Hijo, rechazar al elegido de Dios es el mayor pecado. Jesús reprochará a sus adversarios en diversos pasajes del evangelio de san Juan que no crean en él. En una ocasión Jesús les ha dicho que él es la luz del mundo, pero no aceptan sus palabras, y Jesús les dice: «Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado» (Jn 8,21). Por eso añade: «No me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre» (Jn 8,19). La noche de la cena les dice a sus discípulos, lamentando que haya sido rechazado: «Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. El que me odia, odia también a mi Padre» (Jn 15,22-23).

El pecado consiste en desconocer a Dios, porque Dios se manifiesta por sus obras en la creación del mundo universo, y ha dejado una huella indeleble en la conciencia del hombre que le capacita para distinguir entre el bien y el mal. La influencia de la atmósfera de pecado en la que se desenvuelve la vida del hombre puede disminuir la culpa de quien se aleja de Dios, pero si ha conocido a Jesús ya no tiene excusas, porque Jesús es la revelación de Dios, que se da a conocer en su persona; y esta revelación de Dios en Jesús llega a su punto culminante en la entrega de Jesús a la muerte por el mundo. Jesús, como dijo de él Juan Bautista es, en verdad, «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Jesús nos da a conocer en su sacrificio por nosotros la misericordia y el amor que Dios nos tiene; porque como dice el evangelio: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Este fue el testimonio de Juan el Bautista: que Jesús era el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que ha venido a darnos a conocer el amor de Dios, a revelarnos el misterio de Dios para que el mundo se salve. Este es el testimonio que el Bautista dio sobre Jesús, viéndole pasar delante de él. Lo oyeron dos de sus propios discípulos, pues Juan y Andrés era discípulos del Bautista, se sintieron a traídos por Jesús y lo siguieron. Jesús, viendo que le seguían, se volvió a ellos y les dijo: «¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa maestro); ¿dónde vives? Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día» (Jn 1,38-39).

A partir de aquel momento los dos discípulos del Bautista se quedaron con Jesús y se hicieron discípulos suyos. Fue el comienzo de un seguimiento y de una amistad, resultado de su respuesta a la llamada del maestro, que les llevó a ser elegidos del grupo de sus apóstoles por Jesús. Desde aquel mismo momento en que conocieron a Jesús, se convirtieron en mensajeros suyos, llevando la noticia a sus hermanos y amigos. Andrés era hermano de Pedro, y corre a decirle: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41), que es tanto como decir: hemos encontrado al Ungido por Dios con el Espíritu Santo. Andrés llevó a su hermano Simón hasta Jesús, que le cambió el nombre y le llamó Pedro, que quiere decir “Piedra”, porque sobre él había de edificar la Iglesia.

Después el evangelista cuenta que Jesús encontró a Felipe, que era de la misma ciudad que Andrés y Pedro, de Betsaida, y le dijo: «Sígueme» (Jn 1,43). Jesús reúne en torno así a los primeros discípulos, para comenzar su misión de enviado del Padre y redentor del mundo; misión que el Bautista había profetizado, al decir de él que era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el cordero inmolado para la vida del mundo.

Ser discípulo de Jesús requiere seguirle, pero no es posible seguirle sin haber oído su voz, porque a Pilato, que le juzga, Jesús le dice que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad; y añade: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Escuchar la voz de la verdad, escuchar a aquel que es la palabra encarnada de Dios, el Verbo de Dios hecho carne, es el comienzo del seguimiento y del camino del discípulo. Por eso, el sacerdote Elí aconseja a Samuel que, cuando oiga la llamada de Dios, diga: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha» (1 Sam 3,10). Del mismo modo que Samuel, por elección del Señor, se convirtió en profeta mensajero de Dios, así Jesús, que es más que un profeta, es el Hijo enviado por el Padre a quien hay que escuchar, como quedó acreditado por Dios en el bautismo de Jesús en el Jordán, cuando se oyó la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11).

El pecado del mundo es no escuchar la voz de Dios, que ha enviado su Hijo al mundo, pero para que sea oído el evangelio de Jesús es preciso acoger su palabra y dar testimonio de Jesús como la Palabra de Dios hecha carne. El testimonio de Juan orientó a sus discípulos hacia Jesús, y nuestro testimonio tiene que orientar a los demás hacia Jesús; sólo así seremos discípulos suyos y conseguiremos que otros también lo sean.

No estamos solos en esta misión que se nos confía, nos acompaña María, que es la madre de Jesús y al mismo tiempo la discípula predilecta del Señor, que acogió la palabra de Dios, que en ella se hizo carne y palabra humana. Dice el Vaticano II que «María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra de Dios, se convirtió en Madre de Jesús. Abrazando la voluntad salvadora de Dios con todo el corazón y sin ningún obstáculo de pecado alguno, se entregó totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con Él y en dependencia de Él, se puso por la gracia de Dios todopoderoso, al servicio del misterio de la redención» (Constitución dogmática Lumen gentium, n. 56).

Al tiempo que Madre del Hijo de Dios, María es su discípula, y como tal figura de la Iglesia, maestra de los discípulos de Jesús. El Papa Juan Pablo II nos invitaba a acudir a la escuela de María. Ella está con nosotros en medio de la Iglesia, y la anima y alienta sosteniendo su esperanza con su constante intercesión ante su Hijo Jesús. María es así el modelo que hemos de proponer a los jóvenes, al tiempo que la madre espiritual que les acoge y que pueden invocar en su ayuda. En este tiempo en que vivimos de una cultura hedonista, que gira en torno al tener y al placer, la limpieza de todo pecado de la Virgen María ha de ayudar a los jóvenes y a todos a mantener un criterio ejemplar de vida, tanto para vivir el amor del matrimonio como para mantener un ideal de vida liberada de la esclavitud de la promiscuidad y de la prostitución a que se ven sometidos tantos seres humanos, pero particularmente mujeres y jóvenes.

En este día en que la Iglesia celebra la Jornada Mundial del emigrante y del refugiado, hemos de tener presente la esclavitud a que son sometidas tantas mujeres y jóvenes en la red de la prostitución, un negocio inhumano en el que se ven atrapadas las personas víctimas de agentes inhumanos de la explotación del cuerpo.

El Papa Francisco nos hace una llamada a «acoger, promover e integrar a emigrantes y refugiados», siguiendo el modelo de conducta que Dios propone a su pueblo elegido: «El emigrante que reside entre vosotros será para vosotros como nativo (indígena): lo amarás como a ti mismos, porque emigrantes fuisteis vosotros en Egipto. Yo soy el Señor vuestro Dios» (Lv 19,34). Después de escuchar como Jesús ha venido a erradicar el pecado, que ha vencido con su victoria en la cruz y por su resurrección, tengamos presente que cuidar de los emigrantes implica combatir las mafias que trafican con personas. Hemos de acoger y promover a los que necesitan de nosotros, integrarlos en nuestra sociedad y erradicar el comercio con los débiles, porque, como dice san Pablo, todos hemos sido «comprados a un alto precio» (cf. 1 Cor 6,20); y hemos de combatir y denunciar la explotación; y hemos de combatir y denunciar la explotación de los migrantes, a los cuales afecta esta lacra que generan cuantos trafican con personas.

Sin dejar de ser realistas y conscientes de que también la emigración ha de ser regulada por las autoridades con legítimo derecho, conforme a las posibilidades de cada país, en este empeño por la dignidad de la vida y el amor a los más necesitados no estamos solos. Viene con nosotros la inmaculada Virgen María, que con su esposo san José, para salvar a Jesús, no dudaron en emigrar y buscar refugio en Egipto. Pidamos la ayuda de la Virgen en la difícil empresa de ayudar a los que lo necesitan, combatir a los malvados y proteger en particular a mujeres y jóvenes emigrantes en riesgo. Que nuestra Patrona, la Santísima Virgen del Mar nos ayude y sostenga.

Ermita de la Virgen en la Playa de Torregarcía

14 de enero de 2018

                          +  Adolfo González Montes

                                  Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Is 60,1-6; Sal 71,2.7-8.10-13;Ef 3,2-3a.5-6; Mt 2,1-12

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Epifanía del Señor nos coloca de nuevo ante el misterio de la encarnación del Verbo, del Hijo de Dios manifestado en nuestra condición humana. Jesús, el Hijo de Dios, engendrado en el seno del Padre antes de los siglos, ha aparecido como luz del mundo que disipa las tinieblas del pecado y abre la obscuridad de la noche al día gozoso de la salvación. Es el misterio de la Navidad, prometido por los profetas y simbólicamente adelantado en la restauración de Israel, del pueblo elegido; en la liberación y reconstrucción de la ciudad santa de Jerusalén, cautiva por sus pecados y ahora contemplada por el profeta en ciudad libre y santa.

Pocos textos tan bellos como el fragmento del profeta Isaías que acabamos de escuchar: «¡Levántate y brilla, Jerusalén que llega tu luz; / la gloria del Señor amanece sobre ti! / Mira: las tinieblas cubren la tierra, / la oscuridad los pueblos, /pero sobre ti amanecerá el Señor, / su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; / los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60,1-3).

La Epifanía es la fiesta de la manifestación luminosa del Señor, que se remonta al siglo IV y es un poco anterior a la fiesta de la Natividad del Señor el 25 de diciembre. Sabemos por los santos Padres que la Epifanía se celebraba en Egipto en este día 6 de enero como fiesta del Nacimiento del Señor (San Epifanio de Salamina). Es en el mismo siglo IV cuando se extiende la celebración de la fiesta de Epifanía de Oriente a Occidente, y en esa misma época se asienta la fiesta de la Natividad del Señor del 25 de diciembre. Por esto mismo, la fiesta de la Epifanía adquiere en Occidente un significado propio: Jesús, nacido en Belén, se manifiesta a los pueblos paganos como Salvador, siendo adorado por los Magos, los sabios que llegan de Oriente a adorar al recién nacido, que es contemplado como Rey mesiánico, el gran Rey que era esperado en el Oriente antiguo y había de instaurar el reinado divino en el mundo universo conocido.

El evangelio habla de unos «Magos de Oriente», que sin duda se transforman en «reyes» al ampliarse y adornarse la tradición evangélica de la infancia de Jesús con la lectura de Isaías que hoy hemos escuchado. Es una lectura en la que observamos el alcance universal de la salvación de los tiempos mesiánicos, cuando llegue el gran rey salvador y “los pueblos caminen a la luz de Jerusalén y los reyes al resplandor de su aurora”.

Es cierto que, cuando la samaritana le pregunta dónde se debe tributar culto a Dios, aunque Jesús responde que Dios es espíritu, y en consecuencia el Padre debe ser adorado «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23), le recuerda al mismo tiempo que «la salvación viene de los judíos» (Jn 4,22). El carácter universal de la salvación se afirma como resultado del don que Dios ha hecho a Jerusalén como madre de los pueblos, por eso ante el rey Mesías que viene «se postrarán los reyes, le servirán todas las naciones» (Sal 72,11). Con toda razón declama el salmista: «¡Qué pregón tan glorioso para ti, / ciudad de Dios! (…) / Se dirá de Sión: “Uno por uno / todos han nacido en ella”; / el Altísimo en persona la ha fundado (…) / y los príncipes, lo mismo que los hijos, / todos ponen su mirada en ti» (Sal 86,1.5-7).

Dios eligió a su pueblo Israel y de él ha nacido en Mesías y Salvador. En la carta a los Romanos san Pablo dirá, defendiendo a su pueblo: «Son israelitas; de ellos es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de ellos también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén» (Rom 9,4-5). De los judíos, pues, procede Jesús, que vino a traer un mensaje de salvación anunciado a los judíos con destino universal, cumpliendo así las promesas hechas por los profetas.

Este mensaje que vino Jesús a traer es el anuncio de la manifestación de Dios en él para que todos lleguen a la salvación. Dice Pablo escribiendo a Timoteo que es grande el misterio de la piedad de Dios ahora revelado, cuyo contenido es la revelación universal de Cristo: «Él ha sido manifestado en la carne, / justificado en el Espíritu, / aparecido a los ángeles, proclamado a los gentiles, / creído en el mundo, / levantado a la gloria» (1 Tim 3,16).

Jesús es adorado por los Magos de Oriente, que eran expertos en el mundo antiguo en la observación de los astros, que conforme a las creencias de la época vinculaban el destino de las personas al curso de las estrellas, a su nacimiento y brillo. Estos sabios han visto la estrella del gran rey y acuden a rendirle homenaje y hacerle regalo de sus tesoros y dones, el que evangelista concreta en oro, incienso y mirra.

No sabemos si esta estrella fue un fenómeno natural como pudo ser la conjunción astral de los planetas Júpiter y Saturno que ocurrió en tiempos del nacimiento de Jesús; o si, más bien, se trató de una luz milagrosa, porque no podemos concretar los datos históricos. Sabemos que este relato está redactado para poner de manifiesto que Jesús es el rey Mesías a lo divino, no al modo humano como era concebido y esperado por los judíos. Sabemos y así lo creemos que el Mesías Jesús se cumplen las promesas hechas al pueblo elegido, tal como el oráculo del profeta dice: «Lo veo, pero no ahora, / lo diviso, pero no de cerca; de Jacob avanza una estrella, / un cetro surge de Israel» (Núm 24,17).

La estrella prometida avanza en Jesús para iluminar el mundo y atraer a los pueblos y las naciones a la luz del Señor, al resplandor de su aurora. San Pablo, que se comprende a sí mismo como evangelizador de los pueblos gentiles, de los paganos, dirá acerca de su ministerio, como hemos escuchado en la carta a los Efesios, que Dios le ha dado a conocer un misterio escondido durante los siglos y «que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (Ef 3,6).

Por esto mismo la fiesta de la Epifanía es una fiesta de proyección misionera. No importa que los enemigos de la fe, como Herodes, que los representa a todos, se opongan al reinado del Hijo del Altísimo, porque Jesús es el Salvador del mundo, pero es, por eso mismo, “piedra de tropezar”; porque Jesús, como le dijo Simeón a María cuando lo encontró en el templo: «Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones» (Lc 2,34). No podemos renunciar a anunciar sin temor que Jesús es el Redentor y el Salvador de los hombres, aunque algunos se escandalicen o se muestren desconfiados e indiferentes ante el anuncio de que el Hijo de Dios se hizo hombre, adquiriendo nuestra humana condición.

No podemos renunciar a educar a la infancia y la juventud en la fe de la Iglesia, para que generación tras generación Jesús sea conocido y amado, porque sólo por medio de él llegaremos al conocimiento de Dios y a la vida eterna. Frente a una sociedad que ahoga la vida de los niños en el vientre materno, como Herodes acabó con la vida de los inocentes, hemos de ser testigos de la vida; y frente a cuantos apartan a los niños del conocimiento de Cristo Jesús, pretextando una supuesta y acrítica neutralidad imposible, hemos de ayudar a las familias a dar a conocer a los niños y adolescentes el misterio de amor de Dios manifestado en Jesús. En Jesús brilla la estrella de Jacob, la luz que ha brillado para disipar las tinieblas de los corazones iluminando una sociedad ensimismada en su propia autonomía de decisión, que no se rige por los mandamientos de Dios. Cada uno de nosotros ha de ser testigo de la manifestación de Dios en Jesús.

Que nos lo concedan la santísima Virgen María y san José, que acogieron en su la casa refugio de Belén a los Magos y les mostraron el amor de Dios hecho carne y admirados contemplaron la adoración de las naciones en la humilde postración de estos sabios del Oriente, que se sumaron a la adoración de los pastores.

Almería, 6 de enero de 2018

                    + Adolfo González Montes

                        Obispo de Almería

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Lecturas bíblicas: Hb 6,8-10; 7,54-59; Sal 30,3-4. 6-8.17.20; Mt 10,17-22

         Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Esteban Protomártir nos trae la conmemoración histórica de la entrega de la Ciudad de Almería a los Reyes Católicos, cercana ya la completa capitulación del poder musulmán en la península con la conquista de Granada. Conmemorar esta fecha no tiene hoy voluntad alguna de herir los sentimientos de la comunidad musulmana, a la que acogemos y estimamos de verdad, sino de evocar los acontecimientos históricos que dieron origen a la restauración de la sociedad cristiana tras la dominación del islam en España. Los acontecimientos del pasado no se hicieron realidad con los criterios de hoy, pero hicieron posible la definitiva liberación del sometimiento musulmán, que había comenzado ocho siglos atrás, y por eso estamos hoy aquí. Nuestros antepasados vivieron la recuperación de las tierras sometidas como el retorno a la libertad de la fe cristiana y la posibilidad de un modo de vida nuevo capaz de configurar la sociedad sobre principios cristianos.

En aquellos acontecimientos hubo aciertos y errores, como en toda obra humana, pero fueron resultado de la aspiración a la libertad de los reinos cristianos de la península, proyecto ideal perseguido con tenacidad en el que todos estaban de acuerdo y al que todos reinos cristianos de la península ibérica aspiraban. Este proyecto ideal era incompatible con el sometimiento a una visión del mundo impuesta y un credo religioso no compartido e imposible de aceptar para quienes habían recibido la predicación del evangelio desde los tiempos apostólicos que dieron lugar a las comunidades cristianas de la Hispania romana. Después, asentados los visigodos en la península, en el III Concilio de Toledo, celebrado en 589, el reino hispano de los godos abrazaría la fe católica que había sido la de profesada por la Iglesias hispanorromanas, siguiendo a los concilios de la Iglesia antigua y el Credo o símbolo niceno-constantinopolitano. Es el Credo que recitamos en la Misa y, a veces, alternamos con el credo del bautismo, conocido como Credo de los Apóstoles.

Lo importante es que ambos credos confiesan la divinidad de Jesucristo, que los godos venidos de la Europa central negaban, aunque eran cristianos. Con el asentamiento del reino visigótico, la fe de los godos experimentó un cambio radical, al imponerse la fe católica de los hispanorromanos, con los cuales crearon la unidad católica de la nación. Hago mención de estos datos bien conocidos de la historia de nuestra nación, porque el catolicismo configuró en tal manera la mente religiosa de España que la restauración de la fe católica constituyó un proyecto ideal. Fue un ideal de futuro que en los momentos más duros de la dominación islámica los mozárabes vieron desvanecerse en las tierras del sur, viéndose obligados a huir a los reinos del norte en la medida que éstos fueron adquiriendo configuración histórica con el avance de la Reconquista.

Por eso estamos hoy aquí, celebrando la Misa de san Esteban, en el día de la entrega de la Ciudad a los Reyes Católicos, y hemos entonado el Te Deum de acción de gracias en esta Catedral que, por afirmar la divinidad de Cristo, como otras catedrales e iglesias parroquiales de estas tierras fue consagrada con el título mariano de la Encarnación. El año que termina hemos bendecido la imagen titular de Nuestra Señora de la Encarnación, que acoge las súplicas de los fieles que oren ante esta imagen suya, colocada en el lugar preeminente del presbiterio, en la capilla mayor de esta Catedral de Nuestra Señora de la Encarnación.

Volviendo a la fiesta de esta fecha memorable, san Esteban, el primer mártir de Cristo, pagó con su vida confesar la divinidad de Cristo, al que el Nuevo Testamento da el título de Señor a Jesús, que sólo a Dios corresponde en la fe de la antigua alianza. Jesús que se refirió tantas veces a sí mismo como el «Hijo del hombre», fue, en efecto, contemplado por su resurrección de entre los muertos como el Hijo del hombre del que habla la profecía de Daniel, para referirse al ser divino que recibe de Dios el poder y el reino sobre la humanidad.

En el juicio el que el sanedrín judío sometió a Jesús, el sumo sacerdote preguntó a Jesús: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito»? Jesús respondió: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo» (Mc 14,61-62). Esta respuesta sirvió al sanedrín para condenar a Jesús por blasfemo. El sanedrín había percibido con claridad que Jesús se equiparaba a Dios al identificarse con el ser divino que vendría sobre las nubes del cielo como juez plenipotenciario de Dios.

Queridos hermanos, la divinidad de Jesús es la clave y el fundamento de la salvación de la humanidad en él. Sólo Dios puede salvar al hombre de sus pecados, y en la aparición del ángel del Señor en sueños a José, el ángel le dice: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21).

Esteban da fe de la divinidad de Jesús y hace suyas las palabras de Jesús sobre su triunfo definitivo sobre la muerte y su glorificación a la derecha de Dios por su resurrección de entre los muertos. La palabra de Esteban es avasalladora, llena de fuego apostólico. Esteban no teme disputar con los judíos sobre la verdad profunda y la identidad divina de Jesús y, por eso, será odiado quien entre los judíos con su predicación atraía a la fe de forma irresistible. Contra Esteban sólo queda la calumnia y la mentira, como había sucedido con Jesús, contra el cual dieron falso testimonio en los mismos términos que harán con Esteban, afirmando que blasfema. Esteban no cede, no se amilana y todavía en el tormento al que será sometido, la muerte por lapidación, se yergue afirmando las palabras proféticas de Daniel, de las cuales se había servido Jesús para anunciar su glorificación como Juez de vivos y muertos. Dice el libro de los Hechos que Esteban, extasiado por la visión de los cielos abiertos, exclama: «Estoy viendo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (Hch 7,56).

El cronista del libro de los Hechos recoge el odio a la fe que condujo a la muerte de Esteban, y se manifiesta en cómo, ante las palabras irresistibles de Esteban, sus enemigos «se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia» (Hch 7,54), dando origen a la persecución de los cristianos de aquella primera hora, dando lugar a la primera muerte cristiana que convierte a Esteban en Protomártir. En el año que termina hemos vivido el gran acontecimiento de la beatificación de los mártires de Almería del siglo XX. Este magno acontecimiento marcará la historia de nuestra Iglesia diocesana y la muerte de los mártires en odio a la fe impulsará siempre la prolongación en la historia de la proclamación del evangelio de la luz y de la vida.

Jesús había preparado a sus apóstoles para lo que se les echaba encima con su crucifixión y muerte: «Todos os odiarán por mi nombre: el que persevere hasta el final, se salvará» (Mt 10,22).  La persecución forma parte de la vida cristiana, a veces de forma incruenta y otras de forma cruenta, porque el evangelio de Cristo no deja a nadie indiferente. La proclamación del evangelio se ha tornado hoy incluso difícil, ante la actitud intolerante de cuantos reivindican su propia visión del mundo, del hombre y de la vida humana, pero pretenden hacerlo intentando silenciar la visión de los demás, negándole a la fe cristiana legitimidad para sostener su propia visión del mundo y del hombre, de la vida y la sociedad.

Es la intolerancia de los que pretenden arrancar los signos cristianos de la vida pública, e incluso celebrar la Navidad sin su propia razón de ser, sin Jesús, y así disolverla en unas fiestas vacías de fin de año, vengo diciendo en las homilías de estos días, apoyando mis palabras en las del papa Francisco, invitando a no dejarnos vaciar la Navidad de su verdadero contenido, para convertirla en una fiesta vacía.

         La liturgia, sin embargo, canta estos días la antífona de la Navidad: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Canta el cielo con la tierra la salvación de nuestro Dios». Jesús es el Príncipe de la paz y en su cruz hemos sido reconciliados. Nació para devolver la paz que la humanidad perdió por el pecado y haciéndose hombre llevar al hombre a la participación de su divinidad. Lo expresa san León Magno con gran hondura en un sermón de la Navidad, al decir que Dios nos amó y, por este amor que Dios nos ha tenido, el Hijo de Dios «asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido» (San León Magno, Sermón 1 en la Natividad del Señor, 1-3: PL 54, 190-193). A lo cual el santo pontífice añade, invitándonos a la acción de gracias a Dios, «puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación» (ibid.).

         El sacrificio de Cristo es la gran expresión sacramental de este amor que Dios nos tiene, que la participación en él nos colme de su misericordia y nos renueve plenamente.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Fiesta de San Esteban

                                     Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

        

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Lecturas bíblicas: Núm 6,22-27; Sal 66,2-3.5-6.8; Gál 4,4-7; Aleluya: Hb 1,1-2; Lc 2,16-21

Queridos hermanos y hermanas:

¡Salve, Madre Santa!, Virgen Madre del Rey, que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos.

Son las palabras de salutación de la comunidad congregada para celebrar la Palabra y la Eucaristía en este día festivo en honor de la Virgen Madre del Señor, esta antigua fiesta, tal vez la primera, en honor de la santísima Virgen. En este día, primero de cada nuevo año, se celebra la Jornada Mundial de la Paz, desde que la instituyó el beato papa Pablo VI, vinculándola al mensaje de paz de los ángeles que invitan a la adoración del recién nacido en Belén, el Mesías, el Señor. Jesú,s como lo anunciara el profeta Isaías, es el «niño que nos ha nacido, el hijo que se nos ha dado, que lleva a hombros el principado y es su nombre: “Mensajero del designio divino”, “Dios fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de la Paz”. Grande es su señorío, y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia» (Is 9,5-6a).

Estas palabras del profeta Isaías recogen los títulos que se le daban a los reyes orientales como el faraón, a quienes se consideraba presencia de Dios en la tierra y, por esto mismo en estos títulos se expresaba el carácter divino de la realeza. En el caso de la monarquía hebrea, se funden en estos títulos la sabiduría que Dios otorgó a Salomón para regir el reino fundado por su padre David con la fortaleza y la pacificación mediante la victoria sobre sus enemigos del mismo David. Con la sabiduría y la fortaleza del Rey-Mesías que había de venir, y a quien los israelitas esperaban como heredero de la dinastía davídica, Dios había de consolidar su reinado sobre el pueblo elegido.

La profecía del Emmanuel que leemos en Isaías le anuncia al rey Ajaz un descendiente que nacerá de una virgen. Si el profeta se refirió al hijo del propio rey Ajaz que habría de nacer, bien pronto se vería que el piadoso rey que fue Ezequías, descendiente de Ajaz, no llegó a cumplir las esperanzas puesta en él, y desde entonces las expectativas del profeta y del pueblo israelita se proyectarían al futuro, en la esperanza del Rey y Mesías que traería la restauración final de Israel. 

Para nosotros, Jesús está en el centro del tiempo, en el que había de venir estaban puestas las esperanzas de la humanidad anterior a su nacimiento, y desde su nacimiento hasta hoy los cristianos vivimos de la esperanza puesta en él, sabiendo que a Jesús resucitado de entre los muertos Dios lo ha acreditado como Cristo, el Ungido de Dios que gobierna y conduce la historia humana hacia su consumación final en Dios, cuando Cristo venga a consumar el reino de su Padre. El tiempo que transcurre para nosotros año tras año tiene un origen y una orientación hacia el final de gloria que Dios ha querido para la creación, liberada de la esclavitud del pecado por medio de su Hijo.

Nosotros contemplamos en la Navidad cumplidas las promesas proféticas en el Niño que nos ha nacido y se nos ha dado, abriendo nuestra esperanza a su venida de Jesús en gloria. Reconocemos en Jesús al Cristo de Dios, al Mesías y Salvador de la humanidad, y le confesamos como el verdadero Emmanuel (Dios-con-nosotros) y Príncipe de la Paz. Es el mensaje de la liturgia navideña y la fe de la comunidad celebrante[1]. Dice san Juan Crisóstomo, a propósito del nacimiento de Jesús como Príncipe de la Paz: «Ningún hombre desde el comienzo de los tiempos, ha sido llamado “Dios fuerte”, ni “Príncipe de paz semejante”». El mismo padre de la Iglesia aclara a continuación por qué no existe límite alguno a la paz que Jesús vino a traer a la tierra, añadiendo: «Porque la paz que procede de los hombres es fácilmente destruible y está sujeta a muchos cambios, mientras que su paz es segura, inamovible, firme, estable, inmortal y no tiene fin»[2]. Esta paz es aquella de la que habló Jesús a los apóstoles la noche de su despedida: «Mi paz o dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da os la doy yo» (Jn 14,27). Esta paz es fruto de la reconciliación de Dios con el mundo acontecida en Cristo. Por eso, los títulos que se dan a Jesús como Príncipe de la Paz son los títulos que se dan al rey futuro que había de venir y que sólo son títulos que corresponden a Dios, y se aplican a Cristo como Hijo de Dios a quien el Padre ha entregado el ejercicio de gobierno y del ministerio propio del verdadero Rey de Paz[3].

María es la Madre del Rey mesiánico, y como tal reina con su Hijo, coronada de gloria, porque la que quiso Dios asociar al sufrimiento redentor de su Hijo, ha sido asociada a la victoria de la resurrección de Cristo Jesús. Al comienzo del año, coincidente con el cumplimiento de la octava del nacimiento de Jesús, la Iglesia contempla a María como la principal destinataria de las bendiciones divinas, que Dios encomendó a los levitas, entregándole la fórmula con la cual había de bendecir al pueblo. Lo hemos escuchado en la lectura del libro de los Números. El contenido más preciado de estas bendiciones divinas que recaen sobre Maria hay que verlo en su divina maternidad, acontecida ­–dice san Pablo­– cuando llegó la plenitud de los tiempos y el Hijo de Dios nació de una mujer ( 4,4). El mismo san Pablo agrega que este nacimiento de mujer del Cristo de Dios aconteció viniendo Jesucristo «del linaje de David según la carne» (Rom 1,3; cf. 2 Tim 2,8).

La liturgia de la Navidad nos conduce suavemente de la adoración del Niño nacido por nosotros en Belén, celebrado por los ángeles y adorado por los pastores, a la contemplación de María, la Virgen Madre que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). La Navidad nos coloca ante el niño y ante su madre, de la cual ha nacido el Príncipe de la Paz. María es inseparable de Jesús, porque de ella ha nacido el que trae la paz al mundo. Cuando los pastores acudieron a Belén, «encontraron a María y a José acostado en el pesebre» (Lc 2,16), porque Dios quiso que su hijo viniera al mundo en el hogar de amor de una familia, regazo materno y fortaleza paterna que amparan el nacimiento y la protección de una nueva vida. El niño venía de Dios y el misterio de su concepción virginal nos es ofrecido como revelación de aquel que es nacido de Dios (cf. Jn 1,13) y llega al hogar en el que nacemos los hombres, la familia que acoge a cada vida humana que llega al mundo, el regazo y la protección que el evangelio personifica en María y en José. Ellos son los testigos y protagonistas de la encarnación del Hijo de Dios; y a ellos acude la súplica de la Iglesia para recibir a Jesús como ellos lo acogieron para que morara entre los hombres.

En esta Jornada de la Paz, el Papa Francisco nos invita a la fraterna solidaridad con cuantos necesitan de la paz estable y duradera que Dios da, poniendo fin a las guerras y a la pobreza que ahoga la vida de los pueblos más necesitados. Nos exhorta el Papa en su mensaje para esta Jornada a ser solidarios de manera particular con los migrantes a causa de las guerras regionales que asolan la paz y el bienestar de naciones enteras, y pone un énfasis especial en que sepamos acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados que buscan verse libres de la persecución y buscan una vida mejor, a la que todos los seres humanos tienen derecho. No se podrá hacer sin la colaboración de los responsables de los gobiernos y la ayuda internacional, para que todo suceda conforme a los derechos de todos.

Pidamos a la Virgen María y a San José la intercesión en favor de todos los emigrantes y refugiados, porque la sagrada Familia hubo de emigrar a Egipto para salvar la vida del Niño y conocieron en sí mismos las penas de la huida y de la búsqueda de un refugio. Que por su intercesión El Príncipe de la Paz, que dio su vida para reconciliar al mundo con Dios ilumine la mente de cuantos rigen los destinos de los pueblos, para que la paz se asiente sobre un orden de justicia que respete y proteja los derechos de todos los pueblos.

Almería, 1 de enero de 2018

          + Adolfo González Montes      

            Obispo de Almería

        

 

[1] Cf. Biblia de Jerusalén: Nota a Is 9,5-6.

[2] San Juan Crisóstomo, Demostración contra los paganos 2, 8-10.

[3] R. E. Brown /J. A. Fitzmyer / R. E. Murphy (eds.), Nuevo comentario bíblico San Jerónimo. Antiguo Testamento, n. 15: 23-24.

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Lecturas bíblicas: Is 52,7-10; Sal 97,1-6; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18

Queridos hermanos y hermanas:

«A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle». Con esta invitación comienza la liturgia de las horas, la alabanza del día de Navidad. Como los pastores, que presurosos corren a Belén, también nosotros hemos adorado al Niño esta noche santa de la Navidad. Una noche que anuncia la noche gozosa de la resurrección. En la vigilia del Sábado Santo, el pregón pascual exclama: ¡Qué noche tan dichosa en que se une lo humano y lo divino! El diácono que canta el pregón pascual bendice a Dios por el triunfo de Cristo sobre la muerte, y la naturaleza humana del Resucitado asciende victoriosa del sepulcro unida a la divinidad del Verbo para siempre.

San Pablo dice en la carta a los Efesios, refiriéndose a Cristo resucitado, que el que bajó, llegando incluso a las profundidades del abismo «es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenar el universo» (Ef 4,10). Como comentábamos hace tan sólo unas horas, en la homilía de la misa de medianoche, no podemos separar el canto de los ángeles que glorifican a Dios por el nacimiento de Cristo en Belén, en la noche de Navidad, del canto de la Iglesia en la vigilia pascual por la luz poderosa que ha brillado en la noche pascual, iluminada por la resurrección de Cristo.

La luz que ha brillado en las tinieblas es el gran contenido del anuncio cristiano, el evangelio de la luz y de la vida es el evangelio de la salvación. Anunciamos al mundo lo que los ángeles anunciaron a los pastores y los apóstoles, enviados por el Resucitado, anunciaron al mundo: que Dios consuela a su pueblo y cancela las deudas de la humanidad, que han sido perdonados los pecados. Con el nacimiento de Cristo se ilumina el mundo, porque Dios consuela a su pueblo.

El libro de la consolación, incluido en el libro de profecías de Isaías, describe, en la primera lectura de esta misa del día de Navidad, el retorno jubiloso de los israelitas de la cautividad asiria a la ciudad santa de Jerusalén. El profeta anuncia este retorno a Jerusalén porque Dios libera a su pueblo y anuncia un reino eterno y universal. Se van a cumplir las palabras proféticas de Natán a David: Dios asegura la dinastía de David y Jerusalén tendrá rey, y este rey será el mismo Dios, que reinará para siempre. El retorno de los exiliados a la patria es contemplado el profeta como la figura de humanidad jubilosa en camino hacia la patria definitiva simbolizada en la ciudad santa de Jerusalén.

Este retorno es visto como un nuevo Éxodo que evoca el éxodo o salida de los judíos de la esclavitud egipcia, pero ahora el camino hacia la tierra prometida tiene como meta el templo de Jerusalén, porque el profeta concibe esta marcha de los israelitas que retornan como una gigantesca procesión litúrgica hacia la casa de Dios, el templo que quiso construir David, pero Dios determinó que fuera su hijo Salomón, “rey de paz”, el que lo construyera. Hacia este templo van los israelitas llevando en sus manos no el botín arrancado a los egipcios la noche en que salieron de Egipto, sino los vasos sagrados del templo restituidos por Ciro (Biblia de Jerusalén: Nota a Is 52,12).

El nacimiento de Jesucristo nos revela que este templo y morada definitiva de Dios es la carne de Jesús nacido virginalmente de María. El Hijo de Dios no fue creado como lo hemos sido nosotros, sino que fue engendrado en el seno eterno de Dios antes del tiempo y desde toda la eternidad, pero su cuerpo humano fue creado en las entrañas purísimas de la Virgen para que, unido al Verbo, el Hijo de Dios se uniera definitivamente a la humanidad para siempre. Hemos escuchado las palabras del prólogo o introducción al evangelio de san Juan: «El Verbo [la Palabra eterna de Dios] se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Por eso, como nadie ha subido hasta Dios, sino el mismo que bajo a nosotros haciéndose hombre, sólo por medio de Él podemos llegar a Dios. Él dijo de sí mismo: «Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).

El gran padre de la Iglesia antigua y teólogo de gran hondura Orígenes comenta que cuando el profeta Isaías afirma como nosotros hemos escuchado: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!» (Is 52,7) lo hace con gran acierto, porque «ha comprendido el sentido profundo, la hermosura y la conveniencia de la predicación de los apóstoles que caminan en aquel que dijo: “Yo soy el camino”» (Orígenes, Com. al evangelio de Juan 1, 8,51: SC 120,86).

Orígenes ve en el anuncio del profeta una figura del anuncio evangélico confiado por Jesús a los apóstoles y prolongado en la sucesión apostólica y, en definitiva, en la misión de la Iglesia, que está llamada a anunciar a Jesús en su entera composición como comunidad de redimidos. Orígenes continúa en el mismo lugar diciendo que, por eso mismo, Isaías alaba, «bajo el término simbólico de pies, a los que caminan por el camino inteligible de Jesucristo y acceden a Dios a través de la puerta». Es decir, llegamos a Dios por medio del conocimiento de Cristo Jesús. Conociendo a Jesús conocemos a Dios, porque el Dios al que no podemos ver, como dice el prólogo de san Juan, se nos ha revelado en el rostro de Cristo: «A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).

Orígenes concluye: «Ellos [los apóstoles], cuyos pies son hermosos, anuncian el bien, es decir, a Jesús». El Hijo de Dios hecho carne es nuestro sumo bien, porque es Emmanuel, es Dios-con-nosotros, y Dios nos habla por eso por medio de él. Lo hizo en otro tiempo, en las etapas de la historia de nuestra salvación, tal como dice el autor de la carta a los Hebreos, por medio de los profetas, pero «ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo (…) Él es resplandor de su gloria, impronta de su ser» (Hb 1,3). Entendemos que dijera a Felipe la noche de la última cena: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?» (Jn 14,9).

San Pablo dice con el mismo propósito que los otros autores del Nuevo Testamento que «Jesús es Imagen del Dios invisible» (Col 1,15) y, por esto mismo, a Dios se va por el camino que es Jesucristo. Conocer a Jesús es conocer a Dios, y dar a conocer a Jesús es el contenido de toda evangelización. Los pastores que acudieron presurosos a ver qué había sucedido en Belén, siguiendo el anuncio de los ángeles, se convirtieron en los primeros apóstoles de Cristo, pregonando el anuncio angélico. Dice el evangelista san Lucas que «los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho» (Lc 2,20).

También nosotros como los pastores hemos de hacernos con los pies hermosos de los que anuncian la gloria de Dios reflejada en el resplandor de Jesús, el Hijo de Dios en nuestra misma carne. Dios ha venido a morar con nosotros haciéndose hombre, y el gozo inunda el corazón del hombre que ha conocido a Cristo Jesús. Cuanto más se aleja el mundo de Cristo más se acerca a su perdición, porque la libertad de los liberados del pecado es el don de Cristo, camino para llegar a Dios. Ciertamente, no es posible celebrar la Navidad sin Jesús, renunciando así al contenido verdadero del anuncio de la Navidad: «Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es Cristo Señor» (Lc 2,11).

Con María y con José contemplemos, hermanos, el misterio del amor de Dios por los hombres, porque el amor se ha hecho carne y en la debilidad de un niño se ha acercado a nosotros, para levantar lo caído y hacernos partícipes de su vida divina.

S.A. I. Catedral de la Encarnación

Navidad 2017

                            Adolfo González Montes

                                  Obispo de Almería

 

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