Cartas Pastorales


Inmaculada y Asunta a los Cielos
«De la imagen tallada en madera al misterio de María»
Carta pastoral del Obispo a los sacerdotes y diáconos, a las personas de vida consagrada y a todos los fieles laicos en la apertura del Año Jubilar de la Virgen del Saliente

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Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, personas de vida consagrada y fieles laicos:

1​       El próximo día 3 de septiembre coronaré canónicamente en nombre del Romano Pontífice la sagrada imagen de la Virgen de Gádor, Patrona de Berja y su comarca. Con ello se verá cumplido “un anhelo de generaciones”, que ha inspirado al pueblo fiel el hondo sentido mariano de la vida cristiana. La piedad popular, en verdad, está transida de un hondo sentido mariano, porque como decía el santo Papa Juan Pablo II, la vida cristiana del pueblo fiel aprende a contemplar el rostro de Cristo en la “escuela de María”, método de grande sencillez y eficaz pedagogía de la fe que se acompasa con el rezo del santo Rosario, «para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje»[1] Esta coronación, largamente anhelada por los fieles, de una imagen tan amada en todo el Poniente, y por tantos diocesanos que se encomiendan a la intercesión de la Virgen de Gádor, exalta una advocación mariana que atrae a su santuario peregrinos y devotos a lo largo de todo el año, como quien acude a la escuela de la Virgen para aprender a Cristo, con el convencimiento arraigado en siglos de vida cristiana.

        La honda veneración de la bienaventurada Virgen María en todas las tierras de España, es viva expresión del arraigo del catolicismo en el pueblo fiel, que históricamente se ha configurado como pueblo cristiano por la predicación del Evangelio y la plantación de la Iglesia en nuestras tierras desde los tiempos apostólicos. Así lo pone de manifiesto el hecho de que en la época hispanorromana la Iglesia estuviera ya organizada en obispados, entre los cuales se cuenta el obispado de Vergi (Berja),  si bien sólo tenemos constancia del mismo desde el siglo III al siglo VI, momento en el que fue extinguido y agregado al obispado de la antigua ciudad costera y portuaria de Abdera (Adra).

La fe católica ha inspirado las páginas más hermosas de nuestra historia y sigue siendo hoy, para un elevado porcentaje de la población, el referente de sentido que ilumina la vida y la orienta hacia Dios. Expresión de esta fe religiosa es la veneración de la Santísima Virgen María, la Madre del Señor, y de los mártires y santos, testigos de la fe y ejemplo de vida cristiana. Entre los mártires hacemos memoria de la beata Josefa Ruano, que dio su vida por Cristo el 8 de septiembre de 1936, festividad de la Virgen de Gádor.

2       ​La normativa eclesiástica establece que es competencia del Obispo diocesano, juntamente con la comunidad local, «juzgar sobre la oportunidad de coronar una imagen de la santísima Virgen María», teniendo siempre en cuenta que «solamente es oportuno coronar aquellas imágenes que, por la gran devoción de los fieles, gocen de cierta popularidad, de tal modo que el lugar donde se veneran haya llegado a ser la sede y como el centro de un genuino culto litúrgico y activo apostolado cristiano»[2]. Condiciones que se cumplen con creces en la Virgen de Gádor, amada a porfía por los fieles de Berja y su comarca, pero también y con amplia extensión por los miles de fieles de la diócesis que acuden al santuario de Berja, al cual peregrinan con ilusionada esperanza de encontrar en la intercesión de la Virgen el amparo que anhelan de la misericordia y el amor infinito de Dios por nosotros. Son muchos los que acuden a los cultos reglados que el pueblo fiel tributa a la Madre del Señor en esta advocación mariana, cuyo nombre llevan con orgullo desde el siglo XVIII tantas hijas de la tierra, habiendo sido inscrito su nombre de pila en el registro canónico y en el civil como «Gádor» y «María de Gádor».

3       ​El santuario parroquial de Nuestra Señora de Gádor es un referente de piedad sincera y acrecida con el tiempo en la diócesis de Almería. En él no falta la celebración de la santa Misa, en días y horarios establecidos por la Parroquia de la Anunciación, a cuyo párroco se halla confiada la rectoría del santuario; ni faltan tampoco los actos de piedad que dan al culto mariano su propia identidad, particularmente el rezo del santo Rosario, que se desarrolla con el generoso cuidado en la custodia de la Virgen por parte de las Religiosas Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios, de fundación tan vinculada a la historia contemporánea de la diócesis, ya que el santuario acogía la primera casa de Madre Trinidad cuando todavía era territorio de la archidiócesis de Granada y Arzobispo el que había sido Obispo de Almería de 1907 a 1921, Mons. Vicente Casanova y Marzol, creado más tarde Cardenal en 1925 por Pío XI, el mismo año de fundación de las religiosas.

Los antecedentes de estos hechos históricos se remontan a finales del siglo XVI, cuando dos ermitaños iniciaron el culto mariano de Gádor, asentándolo sobre las ruinas de una pequeña ermita mozárabe que ellos rehicieron. Comenzó entonces, en los inicios de una cristiandad restaurada tras la dominación musulmana, una historia espiritual, en los años cincuenta del pasado siglo XX transferida de la archidiócesis de Granada a la diócesis de Almería, que había convertido el santuario de la Virgen en lugar permanente de gracia para cuantos se acogen a la intercesión de la Madre del Señor y la invocan con este nombre secular de Gádor. Es el nombre del macizo serrano que da identidad al sur occidental de la provincia de Almería, protegiendo las poblaciones que se asientan en su regazo en la extensa comarca alpujarreña del Poniente almeriense y las que están ubicadas a resguardo de la vertiente que protege su extenso Campo. Todas las poblaciones, altas y bajas, de la comarca invocan a la Virgen de Gádor, cuya bajada estacional a Ciudad de Berja hace saltar a flor de piel los sentimientos religiosos de un pueblo que se adorna con tan pura tradición mariana.

4       ​Apelo a la historia de tan entrañable advocación de la Virgen para llamar a todos los virgitanos y devotos de la Madre del Redentor a arropar con amor la coronación de su sagrada imagen, porque con la Coronación Pontificia que realizaré en nombre el Papa Francisco, se fortalece la comunión de nuestra Iglesia diocesana de Almería con el Sucesor de Pedro. Coronando la imagen de la Virgen venerada por los fieles generación tras generación, afirmamos que no tenemos otro Señor que Cristo, que ha hecho partícipe de su realeza universal a su Madre, figura de la Iglesia y de nuestro destino. Como dice el Apóstol de las gentes: «Si nos mantenemos firmes en la fe, también reinaremos con él» (2 Tim 2,12). Seremos con María partícipes de la realeza de Cristo para siempre, participando de la vida divina que Dios Padre comunica a todo el que cree en Cristo y permanece en él. Es Jesús quien nos dice dirigiéndose a sus apóstoles: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» (Jn 15,7).

Acudimos a la Virgen para pedir su ayuda y su amparo y nada nos negará si permanecemos unidos a su divino Hijo, porque ella lo tiene en sus brazos maternales, para mostrarle al mundo el camino de la salvación. Súplicas y tantas veces lágrimas vertidas ante la sagrada imagen de la Virgen, son recogidas por la que es madre del Redentor y madre espiritual de sus discípulos[3]. Entre ellos nos queremos encontrar, para poder acudir con nuestras cuitas y presentarlas al Señor por medio de ella, la Madre del Amor Hermoso y de la santa esperanza, para y recibir del Hijo la respuesta que a la Virgen confiamos con anhelos, ilusiones y esperanzas que brotan de la fe en el gran poder de la Virgen Madre, porque ella llevó en sus entrañas al Hijo eterno de Dios.

Evocando la enseñanza del Concilio sobre la maternidad espiritual de María, acudimos a la Virgen glorificada junto al Hijo resucitado, porque la maternidad espiritual de María perdura, en efecto, sin cesar en la economía de la gracia, ya que «con su asunción a los cielos no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna. Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz»[4].

Son tantos los fieles que confiesan haber sido agraciados por la Virgen de Gádor, que las gracias recibidas animan a quienes mantienen fe en la intercesión de María y de los santos a acudir con confianza a la que es madre del Mediador único entre Dios y los hombres.  Por eso, al coronar su imagen con la diadema que orla su cabeza, damos gracias a Dios Padre por tantos beneficios, el mayor de los cuales es haber recibido el perdón de su misericordia y haber sido elevados a la gracia de la filiación adoptiva. Hemos sido hechos hijos en el Hijo eterno de Dios, nacido de la Virgen María.

5       ​Coronando su sagrada imagen, reconocemos y confesamos que María, «terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente con su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte»[5]. ¡Qué bellamente han aplicado a la Virgen el título de Reina los doctores de la Iglesia y los teólogos a lo largo de los siglos! Por eso argumentaba Pío XII que a María refieren los padres de la Iglesia antigua y teólogos de la Edad Media y de la Escolástica moderna las palabras del salmista que la describen, en su gloriosa asunción a los cielos, como «la Reina que entra triunfalmente en el palacio celeste y se sienta a la diestra del divino Redentor[6], lo mismo que la Esposa del Cantar de los Cantares, “que sube por el desierto como una columna de humo de los aromas de mirra e incienso” para ser coronada[7].  La una y la otra son propuestas como figuras de aquella Reina y Esposa celeste, que junto a su divino Esposo, fue elevada al reino de los cielos»[8].

Por medio de Cristo Jesús, Rey del universo, confesando que sólo en él reconocemos al Redentor del hombre y Salvador del mundo, también nosotros esperamos recibir «la corona de gloria que no se marchita» (1 Pe 5,4): la corona que la Trinidad santísima ha depositado sobre las sienes de la Virgen María, colaboradora del Redentor, discípula perfecta de Cristo su Hijo, miembro supereminente  de la Iglesia, que la convierte en su propia figura[9].  Se hizo digna de la «corona merecida» (2 Tim 4,8), que es «la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman» (Sant 1,12),  porque, fiel discípulo de su Hijo, fue asociada a la realeza de Cristo[10] resucitado y a su señorío sobre la creación al ser levantada a los cielos en cuerpo y alma, y sentada junto al Rey, el Hijo glorificado que, como recitamos en el Credo, se sienta a la derecha del Padre y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, Jesucristo nuestro Señor.

6       ​Deseo vivamente que esta coronación de la Virgen de Gádor sirva a la comunidad parroquial virgitana y a todo el pueblo fiel para progresar en un conocimiento cada vez mayor de la función de María en la obra de la salvación y de los misterios de Cristo Redentor, a los cuales fue asociada por designio eterno de Dios Padre. Empeñados como estamos en una nueva evangelización de nuestra sociedad histórica y culturalmente cristiana, pero hoy más alejada que tiempo atrás de la vida de la Iglesia, el propósito de cuantos hemos unido nuestras fuerzas en la ilusionada empresa de la coronación de la Virgen, no puede ser otro que esta acción solemne de culto mariano sirva asimismo para una mayor purificación de la piedad mariana, que ha de ser vivida a la luz de la revelación bíblica.

La palabra de Dios ha de ser la que oriente siempre y nutra la piedad cristiana, y, por ello mismo la piedad mariana; porque, como enseñaba el beato Pablo VI, el culto a la Virgen debe inspirarse en la Sagrada Escritura tal como es leída e interpretada por la Iglesia. Por eso el gran pontífice advertía que la inspiración bíblica del culto mariano «requiere que de la Biblia tomen sus términos y su inspiración las fórmulas de oración y las composiciones destinadas al canto; y exige sobre todo que el culto a la Virgen esté impregnado de los grandes temas del mensaje cristiano». El Papa añadía —citando la enseñanza del Vaticano II sobre el culto a la Virgen— que todos los ejercicios del culto a la Virgen se realicen «teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, se ordenen de manera que estén en armonía con la sagrada liturgia; se inspiren de algún modo en ella, y, dada su naturaleza superior, conduzcan a ella al pueblo cristiano».

7       ​La coronación de la Virgen de Gádor es una ocasión privilegiada para que los cofrades de la Virgen y los demás colaboradores del ministerio pastoral parroquial, y los fieles devotos y peregrinos que acuden a las plantas de Nuestra Señora y se postran ante su sagrada imagen, orientados por las enseñanzas de la Iglesia y, comprometidos con la propia formación espiritual y maduración de vida cristiana, acrecienten la comunión eclesial, y se empeñen por ello con mayor compromiso en el testimonio de la fe en la sociedad de nuestros días.

Que Nuestra Señora de Gádor así lo conceda a todo el pueblo fiel que la venera con amor y a ella acude, con la confianza puesta en su intercesión, invocándola como Madre del Señor y Madre de la Iglesia.

Almería, a 6 de agosto de 2016

Fiesta de la Transfiguración del Señor

​​​​​                                                             X Adolfo González Montes

​​​​​                                                                               Obispo de Almería


[1] San Juan Pablo II, Carta apostólica sobre el santo Rosario Rosarium Virginis Mariae (16 octubre 2002), n. 14.

[2] Pontifical Romano: Ritual de la coronación de una imagen de Santa María Virgen [25 marzo 1981 / 14 de febrero 1983]: Prenotandos, n. 6.

[3] Vaticano II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 61.

[4] Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 62; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 969.

[5] Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 59.

[6] Cf. Salm 44,10.14-16.

[7] Cf. Ct 3,6; cf. 4,8; 6,9.

[8] Pío XII, Constitución apostólica en la que se define como dogma de fe que la Virgen María fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste Munificentissimus Deus (1 noviembre 1950), n. 26.

[9] Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 63; cf. Ritual de la coronación, n. 5d.

[10] Ritual de la coronación: Prenotandos, n. 5c.

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Evangelización y Acción pastoral

Programa para una Iglesia diocesana renovada

Carta pastoral del Obispo a los sacerdotes, diáconos, a las personas de vida consagrada y a todos los fieles laicos

Índice

Pág.    Núm.

Introducción ………………………………………………..

I. La propuesta evangelizadora de la Exhortación apostólica «Evangelii gaudium» del Papa Francisco ..

II. El recorrido de los planes pastorales diocesanos y su contexto eclesial …………………………………

1. El marco eclesial de los planes pastorales y referencias del magisterio como criterio de su elaboración y objetivos ………………………………..

2. La defensa del domingo

3. La Eucaristía como gran objetivo y meta de la evangelización

III. El programa de la Nueva Evangelización a los cincuenta años de la apertura del Vaticano II

1. El programa de la evangelización «ad gentes» y la nueva evangelización de sociedades de tradición cristiana

2. Precedencia del kérygma, que suscita la fe y da paso al itinerario de la iniciación cristiana

3. Necesaria preparación de la homilía, insistencia del magisterio pontificio

4. Perduración del kérygma como tarea de conocimiento y adhesión de la fe a la Palabra

a) El primer anuncio y su prolongación como contenido y método de la evangelización

b) El anuncio de la salvación y la libertad del corazón humano

5. El modo de hacer del evangelizador, obra de Cristo que le cambia el corazón y le asocia a su propio ministerio

IV. La nueva evangelización emerge de las raíces históricas de la fe y propone el compromiso personal y social con los principios morales evangélicos

V. Un desafío que reclama nuevas acciones para un Plan pastoral en un nuevo clima eclesial

1. La proyección universal de la evangelización como misión de la Iglesia

2. Llamados a proclamar y transmitir la fe cristiana en la comunión eclesial de la Iglesia diocesana para la evangelización del mundo en la hora presente

a) El contexto eclesial del plan diocesano vigente y su necesaria apertura a las exigencias de la evangelización según la mente del Papa Francisco

b) La acción evangelizadora se lleva a cabo en plena comunión eclesial, en respuesta «orgánica» a la Palabra de Dios que resuena en la Iglesia

VI. Centralidad del conocimiento de Cristo como móvil de la evangelización

1. Centralidad de la formación en la fe, para alcanzar el conocimiento de Cristo, para y lograr los objetivos de la evangelización

2. En la evangelización la instrucción en la fe mediante la catequesis y la introducción y participación en la acción litúrgica se hallan referidas recíprocamente la una a la otra

 

Conclusión

Introducción                                

1  LA

FE INSPIRA la historia de la Iglesia y la historia personal de cada uno de los discípulos de Cristo, sosteniendo la peregrinación del pueblo de Dios camino de la nueva Jerusalén, imagen de resonancias proféticas y de revelación escatológica, llena de belleza y suscitadora de esperanza por ser anuncio y símbolo de la recapitulación en Cristo de la humanidad redimida. El Papa Benedicto XVI quiso proclamar el Año de la fe, que ya es historia de la Iglesia contemporánea, para celebrar los cincuenta años de la apertura del II Concilio del Vaticano y los veinte años de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, uno de sus frutos más granados. Ahora, cuando ya hemos recorrido la mitad del camino apostólico y pastoral que nos propusimos bajo la inspiración de aquel año de gracia, es obligado tener en cuenta que el Plan pastoral diocesano «Evangelizar para que crean»[1], que comenzamos en 2012 se prolongará hasta 2016.

Se impone, por ello, hacer un alto en la andadura y tomar impulso refrescando los motivos y la argumentación teológica y pastoral que motivan nuestras acciones evangelizadoras y pastorales; y reflexionar sobre el camino recorrido que arrancó en el año de gracia de 2012, rico en motivaciones. Nos propuso vivir con espíritu de conversión y honda renovación espiritual la etapa eclesial que se abría ante nosotros, guiados primero por Benedicto XVI y después por el Papa Francisco, que quiso asumirlo como propio. El nuevo Papa, al inaugurar su servicio eclesial como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, hizo del Año de la fe programa propio desde el inicio de su pontificado romano. Se trata de un programa de renovación de la vida de fe de la Iglesia en su conjunto como realidad universal y de cada una de las Iglesias particulares, con la mira puesta en la más honda transformación de la vida cristiana, para que se convierta cada vez más en verdadera «vida en Cristo» en cada uno de los bautizados.

El vigente Plan pastoral, después del tiempo de preparación que lo precedió, se ponía en marcha con la intención de apoyar la acción evangelizadora de la Iglesia con el impulso renovador del Año de la fe, promulgado por Benedicto XVI mediante la Carta apostólica Porta fidei[2]. Un nuevo impulso para el Plan pastoral venía de la celebración de la XIII Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos de octubre de 2012, cuyo instrumentum laboris hacía objeto de reflexión el debate de los padres sinodales sobre la «nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana»[3]. Fue de este modo como el texto resultante como programación pastoral de los diversos organismos diocesanos veía la luz a comienzos del año 2013.

Para ayudar a su mejor puesta en práctica, el 30 de diciembre de 2012, domingo de la Sagrada Familia, firmaba como Obispo diocesano la presentación de la nueva programación de acciones pastorales con el título «Pautas para un Plan pastoral». Con unas breves reflexiones, con el fin de poner en contexto eclesial el nuevo Plan pastoral, quise facilitar su lectura ofreciendo una visión del conjunto que sirviera para lograr una acción convergente por parte de los distintos agentes de pastoral y apostolado en la diócesis, de forma que la aplicación del nuevo programa resultara de verdad ser un plan pastoral de conjunto.

I. La propuesta evangelizadora de la Exhortación apostólica «Evangelii gaudium» del Papa Francisco

           

2    P

OCO después de la clausura de la asamblea sinodal de octubre de 2012, Benedicto XVI anunciaba su renuncia al ejercicio del ministerio del Papa, dando lugar a la sucesión en el pontificado romano del Papa Francisco. El nuevo Obispo de Roma que asumía como propio el programa del Año de la fe, lo clausuraba meses después con la Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual Evangelii gaudium en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. La exhortación, que el nuevo Papa no quiso fuera publicada como «exhortación postsinodal» en cuanto tal, recogía la reflexión y el debate sinodal dándole al tema de la evangelización la forma propia de un programa papal, ofrecido a la Iglesia a modo de gran marco de la actuación evangelizadora y pastoral de la Iglesia para el momento actual.

Las reflexiones que ahora ofrezco quieren ayudar a retomar en el nuevo contexto eclesial, a la luz de la exhortación del Papa, el programa del Plan pastoral de evangelización, acción pastoral y apostolado. El Papa Francisco se ha propuesto como objetivo ayudarnos a fortalecer la voluntad y estimular el empeño evangelizador de todos los cristianos, pero particularmente de los agentes en primer plano de la evangelización que son los agentes pastorales, a los que el Papa invita a superar las tentaciones que les son propias. A ello dedica sugerentes reflexiones en el capítulo segundo de su exhortación[4]. Este esfuerzo evangelizador, que lo es de todo el pueblo de Dios[5], se ha de llevar a cabo, según la mente del Papa, dándole toda la importancia que tiene al «primer anuncio» del Evangelio, que permanece aun cuando la evangelización se haya ya llevado a cabo en la historia de un país cristiano. Se trata de profundizar en el contenido del kérygma cristiano[6], sin renunciar a la repercusión social y de promoción humana que lleva consigo la evangelización[7], en razón del contenido mismo del Evangelio como buena noticia para los pobres y al lugar privilegiado que éstos han de tener en el pueblo de Dios[8].

A esto agrega el Papa Francisco la necesidad de tener presente la dimensión ecuménica de la evangelización, a fin de que se haga realidad la oración de Cristo en el discurso del adiós: “que todos sean uno (…) para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21)[9], con miras a la eficacia de la misión como encomienda y mandato de Cristo a la Iglesia. El Papa concluye así su visión ecuménica de la evangelización en la hora presente: «Por tanto, el empeño de una unidad que facilite la acogida de Jesucristo deja de ser mera diplomacia o cumplimiento forzado, para convertirse en un camino ineludible de evangelización»[10].

Al mismo tiempo que afirma la dimensión ecuménica de la evangelización con la mira puesta en la acción misionera de la Iglesia, el Santo Padre propone proseguir con empeño el diálogo interreligioso, porque «la evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente»[11]. El Papa indica además que, en este diálogo interreligioso, las relaciones con el Judaísmo requieren una atención especial, porque «el diálogo y la amistad con los hijos de Israel son parte de la vida de los discípulos de Jesús»[12]. Después, por razones de contenido de fe y de presencia de tantos millones de musulmanes en los países cristianos como fenómeno de la sociología actual de la mayor importancia, el Papa llama la atención sobre el ineludible y necesario diálogo con el islam, difícil en el contexto actual de radicalización de numerosos movimientos políticos motivados por razones religiosas que han convulsionado las sociedades islámicas. El Papa sostiene que no por esto, sin embargo, se ha de dar por perdido un diálogo interreligioso que tiene en la Declaración del Vaticano II sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas Nostra aetate su propio valor y peso religioso.

II. El recorrido de los planes pastorales diocesanos y su contexto eclesial

1. El marco eclesial de los planes pastorales y referencias del magisterio como criterio de su elaboración y objetivos

3  D

ESPUÉS de un largo período de preparación, el Plan pastoral para el cuatrienio en curso se ponía en marcha al comienzo del mismo en otoño de 2012. Desde los primeros pasos se trataba de secundar los objetivos del plan propuestos por los distintos organismos de acción pastoral de la diócesis, ofrecidos en avances impresos provisionales resultado de las reuniones pastorales, y adelantándose con ello a su publicación impresa definitiva a comienzos de 2013. Se quiso desde el principio cumplimentar el plan siguiendo las orientaciones aprobadas, después de un largo período de meses de duración, como resultado de las reuniones y reflexión de los arciprestazgos y los organismos de Curia. Como el plan es de duración cuatrienal estará en vigor hasta finales del curso pastoral de 2016, por eso es oportuno hacer ahora un alto en la trayectoria y prestar la mayor atención a las orientaciones que el Santo Padre Francisco nos propone, para cubrir con plena sintonía con la Iglesia universal el período temporal que aún nos falta para llevar a término el plan.

Quiero poner el énfasis necesario en hacer notar las líneas directrices que orientaron el Plan pastoral en vigor, y también en aquellos acentos que dan identidad a la nueva programación pastoral de la diócesis para el cuatrienio. Recordemos que se trata del tercer plan de acción pastoral que con la colaboración de las distintas realidades pastorales y organismos diocesanos he aprobado e impulsado, procurando situar la acción pastoral en el contexto de los objetivos de la nueva evangelización, afrontando el reto de los nuevos tiempos que estamos viviendo. Los tres planes que he aprobado han querido tener muy en cuenta las grandes exhortaciones apostólicas postsinodales, que recogen la reflexión y propuestas de las asambleas ordinarias del Sínodo de los Obispos y han orientado la historia evangelizadora y pastoral de la Iglesia en las últimas décadas, mediante la aplicación de los principios de la eclesiología conciliar a los cinco continentes.

Conviene tener presente que las exhortaciones postsinodales que jalonaron el pontificado del santo papa Juan Pablo II desarrollaron, explicitándola ampliamente, la eclesiología postconciliar. Ésta toma su punto de partida de la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, configurando el contexto eclesiológico propio del desarrollo por parte del magisterio pontificio de la teología conciliar sobre la Iglesia. Si se han de interpretar correctamente los planes pastorales diocesanos puestos en marcha, es preciso tener como referente constante la doctrina conciliar sobre la Iglesia. Se trata, pues, de una eclesiología que ha ido explicitando los contenidos doctrinales y el alcance pastoral de la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium como «eclesiología de comunión». La eclesiología postconciliar, o mejor su desarrollo progresivo es resultado de la profundización en la identidad de los diversos ministerios y estados en la Iglesia; y por tanto en la contribución de todos ellos a la edificación del cuerpo de Cristo a partir de la doctrina conciliar sobre la Iglesia. No sólo, obviamente, de la teología de la Iglesia conceptualmente apropiada, sino asimismo, por lógica concluyente, de la renovación de la presencia de la Iglesia en el mundo actual que se sigue de la comprensión conciliar de su misterio y misión. La reflexión de la Constitución dogmática sobre la Iglesia deja en gran medida abierta su prosecución a cuanto el Concilio dice en la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, tal como he puesto de relieve en un trabajo presentado con motivo del reciente congreso de teología celebrado en la Universidad Pontificia de Salamanca, en conmemoración del cincuentenario de la apertura del Vaticano II[13].

2. Los objetivos principales de los planes pastorales

4          Sin olvidar los diversos objetivos específicos que los planes han querido tener presentes, hay tres núcleos de particular importancia: 1) la renovación de la iniciación cristiana y de su ordenación pastoral, más ajustada a la doctrina de la fe y a la urgencia de su puesta en práctica; 2) la pastoral del matrimonio y de la familia, y defensa de la vida; y 3) el apostolado laical y compromiso de los fieles cristianos en general de lograr una presencia pública de la Iglesia en la sociedad, dentro del contexto cultural de nuestro tiempo, que haga realidad la evangelización de amplios sectores sociales que se han alejado notablemente de la Iglesia.

No es difícil ver que, con relación al primer núcleo temático, los planes pastorales hayan puesto su acento propio en la formación cristiana de la infancia y de la juventud, ya que en ello la Iglesia, fiel a su misión, se propone la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Con relación al segundo núcleo temático, los planes han prestado atención a la necesidad y urgencia de preparar el compromiso matrimonial de quienes se “casan en el Señor”, es decir, en lenguaje coloquial quienes “se casan por la Iglesia” y en un lenguaje teológicamente más apropiado quienes “por casarse en el Señor se casan en la Iglesia” y están llamados a crear una familia cristiana, santuario de la vida. Por lo que se refiere al apostolado laical, los planes han puesto el acento en los asuntos temporales como lugar propio del laicado, conforme a la enseñanza del Vaticano II; sin dejar, naturalmente, de valorar la participación que corresponde a los laicos en la vida interna de la Iglesia. Esto responde a la doctrina del Concilio, aún no suficientemente recibida. La promoción del laicado no se produce por su asimilación clerical a las funciones supletorias que puedan realizar los laicos por falta de ministros, porque un laico no puede realizar las acciones propias del ministerio ordenado. La carencia de ministros suficientes no puede constituir el motivo de la promoción del laicado, que según una eclesiología correctamente concebida tiene su propio estado y misión.

Las funciones pastorales con las que los laicos colaboran con los ministros son, más bien, encomiendas y cometidos de necesidad que han de entenderse como «colaboración de los laicos con el ministerio pastoral». Ciertamente, en la promoción del laicado no se ha de excluir la participación que corresponde a los laicos en la vida interna de la Iglesia con voz propia, y en aquellas acciones eclesiales que pueden desempeñar como expresión y modo de participación en determinadas acciones apostólicas e incluso litúrgicas, y naturalmente en la gestión de los asuntos económicos de la Iglesia. Muy por el contrario, todo ello contribuye a una más plena participación de los bautizados en la vida de la Iglesia. Sin embargo, los laicos no pueden dejar de desempeñar la misión apostólica que les es propia y tiene su lugar en el ámbito específico de las realidades temporales. El lugar de los laicos es la familia, la sociedad y la política, la cultura y otras realidades temporales en las cuales los laicos tienen su lugar y cometido específico señalado por el Concilio[14] como forma de participación en la misión de la Iglesia en el mundo.

5         Con estos tres importantes núcleos, atendidos por los planes pastorales como objetivos de la acción eclesial se tuvieron en cuenta desde el primer plan (Plan pastoral 2003-2006) la importancia de revisar y renovar la pastoral de la Eucaristía, tanto la celebración de la Misa como el culto eucarístico fuera de la Misa; y el ministerio sacerdotal, que está a su servicio. Los planes han insistido en la necesaria renovación de la vida y ministerio de los sacerdotes, llamados a revisar las celebraciones eucarísticas y el número de misas, así como el ministerio de la Palabra, sobre todo teniendo bien presentes los objetivos de renovación de la vida de los presbíteros durante el Año sacerdotal (2009/2010). Justamente con la entrada en vigor del plan pastoral de 2012 a 2016, a ello dedicaba la Carta pastoral Dar el plan de la Palabra y de la Eucaristía (2008), teniendo presente las orientaciones y disposiciones llenas de actualidad de Benedicto XVI sobre al ministerio eucarístico en la Iglesia expuestas en la Exhortación Sacramentum caritatis (2007). Dedicaré a ello renovada atención con detenimiento mayor más adelante.

Así, pues, de acuerdo con lo dicho, se puede comprender que en la programación de los planes pastorales se haya prestado también particular atención en estos últimos diez años a las exhortaciones postsinodales sobre la catequesis en nuestro tiempo (Catechesi tradendae, 1979), sobre la familia cristiana en el mundo actual (Familiaris consortio, 1981), sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (Christi fideles laici, 1988), sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual (Pastores dabo vobis, 1992), y sobre Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa (Ecclesia in Europa, 2003).

Hay que decir también, que si se han tenido muy en cuenta en la elaboración de los anteriores planes pastorales estas exhortaciones, ya que tanto la atención a la transmisión de la fe como la preocupación por la pastoral del matrimonio y de la familia son contenido de dichos planes, también se ha prestado en ellos la debida atención a las orientaciones de algunas cartas apostólicas y encíclicas de Juan Pablo II con particular proyección programática. Es el caso de la carta apostólica al comienzo del tercer milenio Novo milenio ineunte (2001), que por su luminosa visión del tiempo nuevo sigue siendo particularmente orientadora a la hora de programar las acciones pastorales de la Iglesia diocesana.

3. La defensa del domingo

6         Asimismo, dado el compromiso evangelizador que hemos querido sostener mediante la aplicación de los planes pastorales, para responder al reto que tiene que afrontar la transmisión de la fe en un el clima de secularización como el que caracteriza a nuestro tiempo, hemos querido tener también muy presentes las orientaciones de san Juan Pablo II sobre la santificación del domingo expuestas en la Carta apostólica Dies Domini (1998). Tras la publicación de tan importante documento magisterial del santo Papa, algunos obispos españoles dedicamos diversas catequesis, a modo de comentarios a la carta del Papa, con motivo del IX Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en Santiago de Compostela como preparación al Gran Jubileo del Año 2000. Las catequesis giraron en torno a la Instrucción pastoral de los obispos españoles «La Eucaristía, alimento del pueblo peregrino» publicada con motivo del congreso[15].

Sobre la carta Dies Domini hay que volver una y otra vez, y es particularmente oportuno repetirlo justo ahora, cuando el peligro que se cierne sobre el descanso dominical está a la vista de todos. La total liberación de los tiempos horarios y laborales que se extiende de un país a otro en la Unión Europea modificando la legislación laboral como exigencia del mercado, particularmente en el sector del comercio, perturba el significado humano y religioso del descanso laboral. Tan radical liberación de horarios laborales que afectan al domingo impiden la convivencia festiva de la familia y el disfrute social del día del Señor como día común de descanso, ocio y tiempo de gracia; El descanso dominical, que venía siendo considerado como un elemento positivo en la regulación del reposo que ha de seguir al trabajo de la semana, ayuda asimismo al cumplimiento de los deberes sociales y religiosos de las personas, cuya vigencia caracteriza la tradición cristiana y la cultura occidental. No es extremado decir que las nuevas legislaciones que pretenden implantar la total liberalización laboral del domingo afectan gravemente a nuestra identidad histórica, al arriesgar el significado social, cultural y religioso del descanso dominical, un tiempo para la recuperación física, la práctica religiosa y el cultivo de la cultura y el goce y disfrute de la vida familiar y de la amistad.

7         En 2009, el Secretariado de la Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE) apoyó con determinación la iniciativa de cinco parlamentarios europeos que presentaron una declaración el 2 de febrero, solicitando del Parlamento Europeo la reelaboración de la Directiva de regulación de los tiempos de trabajo (2003/88/UE), con el objetivo de dar cabida al reconocimiento explícito del valor del «reposo dominical como parte del patrimonio cultural y del modelo social europeo». El 24 de marzo de 2010 más de 70 organizaciones sindicales y sociales, entre las que se encontraban trece Iglesias cristianas de la Unión Europea asistieron a la «Primera Conferencia Europea sobre Descanso Dominical en el Comercio», realizada en el Parlamento Europeo. Como resultado de esta Conferencia, los más de 400 participantes acordaron hacer un llamamiento a los Jefes de Estado y de Gobierno en defensa del descanso dominical.

Poco después, el 20 de junio de 2011 se fundaba en Bruselas la Alianza Europea por el Domingo, la ESA (European Sunday Alliance), que tiene como objetivo promover una legislación europea en la cual se garantice el derecho de todos los ciudadanos de Europa a tener los domingos libres del trabajo obligado, según reza la carta fundacional de esta alianza, la cual se configura como una red de alianzas nacionales formadas por sindicatos, organizaciones de la sociedad civil y comunidades religiosas, entre las cuales también se encuentran la Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), formada por los Episcopados católicos de la Unión Europea, y la Conferencia de las Iglesias Europeas (Konferenz Europeischer Kirchen), en la cual se agrupan las Iglesias cristianas no católicas de Europa.

8         El magisterio de los obispos españoles, que también han apoyado la defensa del domingo en el ordenamiento laboral europeo, tiene en su haber reiteradas intervenciones sobre el significado religioso del domingo, valorando la importancia que en la vivencia y práctica de la fe tiene el día del Señor como día memorial de la resurrección del Señor, día para el descanso, la convivencia familiar y la asamblea litúrgica. A modo de breve recordatorio, entre otros documentos emanados por los obispos españoles, conviene tener muy presentes al menos la importante Instrucción pastoral Sentido evangelizador del domingo y de las fiestas, de 1992[16], seguida de la Nota Domingo y sociedad, de 1995[17]. En la Instrucción pastoral los obispos españoles advertían sobre las fáciles distracciones que traen consigo las múltiples ocupaciones que ha generado la sociedad industrial y del bienestar en los fines de semana, resultando de ello que, en lugar del descanso, se produce una sobrecarga laboral para muchas personas. Es el caso de cuantos tienen a su cargo el funcionamiento y mantenimiento de los servicios públicos y de la protección civil, de los servicios sanitarios y de la hostelería, a cuya situación laboral ya extremada en ocasiones, ha venido a sumarse «una liberalización de las legislaciones que afectan a los horarios y a las limitaciones sobre el tiempo de trabajo en la industria y en el comercio, por motivos económicos y de competencia a escala mundial»[18].

¿Qué hacer ante esta modificación por razones económicas de la legislación laboral y de la regulación de los tiempos de descanso? Los obispos consideran necesario no ceder a la tentación de eliminar poco a poco el descanso dominical, que se pretende justificar por la mayor producción y ampliación del tiempo libre durante la semana. La Iglesia, en verdad, no puede ver lo que está sucediendo en la sociedad actual manteniéndose al margen con indiferencia, motivo por el cual los obispos invitan a tener muy en cuenta que la fácil inclinación a la práctica religiosa de otros tiempos ha quedado ahora relegada por la descristianización de la sociedad y la falta de una instrucción suficiente sobre los valores de la vida cristiana. Por ello urgen a la evangelización y a la catequesis sobre el domingo, al mismo tiempo que es preciso afrontar el desafío de la nueva ordenación laboral. Se hace necesario tener muy en cuenta que San Juan Pablo II, en la Exhortación Ecclesia in Europa, describía en su día la extensión y propagación de una mentalidad anticristiana y secularista, «marcada por un fuerte agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno»[19]. Se trata de una pérdida de la esperanza acompasada por una “cultura de la muerte” dice el santo Papa en el mismo lugar, que aleja a la sociedad de la tradición cultural inspirada por la predicación evangélica y desarrollada secularmente en Europa, de donde partió la expansión evangelizadora de la fe en los otros continentes, particularmente en América y África.

Así, pues, no se debe olvidar que las prioridades pastorales del Plan pastoral 2003-2006 respondían al deseo de hacer realidad concreta un importante objetivo general: «Avivar la esperanza de una Iglesia que anuncia a Jesucristo hoy, para fortalecer la fe y la misión del pueblo cristiano en el mundo»[20]. Este objetivo general estaba en sintonía con la propuesta realizada por el Plan pastoral aprobado por la LXXVIII Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española para el trienio 2002-2005, cuyo título resultaba enteramente programático: Una Iglesia esperanzada «¡Mar adentro!» (2001).

3. La Eucaristía como gran objetivo y meta de la evangelización, bellamente celebrada el día del Señor

9         Volvamos sobre la Eucaristía, como gran objetivo de la acción pastoral. La preocupación por la celebración de la Eucarística y su proyección sobre la totalidad de la vida cristiana, se corresponden con el hecho de ser la Eucaristía la meta de la evangelización, que motiva el objetivo de lograr una mejor celebración de la Misa, motor de nuestras acciones en este campo de permanente preocupación pastoral. Benedicto XVI, al comienzo de su pontificado romano en 2005, quiso estimular esta preocupación por la Eucaristía, confirmando la convocatoria de una nueva asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, que había quedado pendiente de realización al morir el santo pontífice Juan Pablo II. Fruto de la nueva asamblea sinodal serían las Propositiones que servirían a Benedicto XVI para elaborar la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis.

La Eucaristía aparecía, una vez más, en un documento del magisterio pontificio como el gran programa de la Iglesia. Así lo hice notar al presentar el segundo Plan pastoral diocesano, vigente de 2008 a 2011. Por esto, a tal propósito, al proponer a todos los diocesanos, particularmente a los sacerdotes, este importante objetivo pastoral de retornar a la vida eucarística intensa, condición y medio de cualquier apostolado y programa de evangelización, decía que, al hacerlo así, «seguimos el decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los presbíteros, que afirma cómo la sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da a los hombres por medio del Espíritu Santo; de este modo, la Eucaristía aparece como la fuente y la cumbre de toda evangelización. Se trata de un imperativo hoy como siempre ineludible para toda comunidad cristiana y para cada uno de sus miembros. No hay acción apostólica ni caritativa que no se alimente de la Eucaristía»[21].

Benedicto XVI recordaba en esta exhortación apostólica cómo la Eucaristía ha estado siempre presente en la conciencia cristiana desde los comienzos apostólicos, observando que el influjo que la Eucaristía ejerce sobre la vida cristiana, sobre el estilo de vida de los fieles fue calificado por san Ignacio de Antioquía como “estilo dominical”, es decir, de aquellos que viven “según el domingo” (iuxta dominicam viventes), fórmula que «ilumina claramente la relación entre la realidad eucarística cotidiana y la vida cristiana en su cotidianidad»[22]. El Papa explicaba cómo el valor de esta fórmula es su carácter paradigmático que el domingo posee como día santo y añadía:

«Así, pues, el domingo es el día en que el cristiano encuentra esa fórmula eucarística de su existencia y a la que está llamado a vivir constantemente. Vivir “según el domingo” quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismo a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente»[23].

Precisamente porque la celebración de la Eucaristía en domingo es la clave del reposo dominical, no podemos perder de vista su carácter religioso, aun cuando para lograr que el reposo dominical encuentre la regulación laboral adecuada tengamos que hacer valer las importantes razones laborales y sociales que asisten al reposo semanal, a las cuales se añade el hecho de la preferencia que la ley viene otorgando al domingo como día feriado en los países de tradición cristiana. Hemos de tener bien presente el hecho de que los deberes religiosos del domingo no se pueden satisfacer plenamente sin el reposo dominical, es decir, sin la condición reglamentada del carácter feriado del domingo.

Se hace obvia la diligencia que los pastores inmediatos de las comunidades cristianas, es decir, todos los sacerdotes pero particularmente los párrocos, han de poner en la celebración dominical de la Eucaristía; y con qué dedicación y esmero han de prepararla. Sin embargo, no es posible actualmente multiplicar las celebraciones de la Misa como en el pasado, dada la dificultad para acudir a todas las comunidades que tienen los sacerdotes, muchos menos en cantidad que en el pasado, pero también por las modificaciones de la sociología de las poblaciones tras los cambios sociales que ha traído consigo la transformación de la producción. De todos es sabido que estos cambios son socialmente tan significativos que condicionan sustancialmente la movilidad de las poblaciones; razón por la cual se hace precisa una mejor distribución del número de celebraciones eucarísticas y una ordenación de los lugares de la celebración. Lo cual se ha de hacer teniendo en cuenta tanto el número de sacerdotes como la norma eclesial sobre la celebración eucarística. De aquí la importancia que en nuestros dos últimos planes pastorales han tenido los textos magisteriales sobre materia tan determinante de la vida cristiana.

Con las exhortaciones apostólicas postsinodales tuvimos siempre presentes con relación a la celebración eucarística, alimentada por la vivencia cristiana de la fe en el misterio eucarístico, y a la práctica litúrgica y pastoral de la Misa, la Carta encíclica sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia Ecclesia de Eucharistia (2003). No podía ser de otro modo, si se consideran algunos de los problemas pastorales que vienen siendo objeto de mayor atención y mejor tratamiento pastoral; como es el caso de una equilibrada distribución de las celebraciones eucarísticas, siguiendo los criterios y normas que acompañan la Ordenación del Misal Romano, con relación al menos de estas referencias que ayudan a proceder con corrección: 1ª) el lugar donde se ha de celebrar la Eucaristía, teniendo presente tanto el número de fieles como la práctica religiosa de la comunidad; 2ª) la frecuencia con que se tiene la celebración eucarística; y 3ª) la oportunidad de la circunstancia para celebrarla con relación a la dispensación de los otros sacramentos, la dispensación del santo bautismo, la celebración cristiana del matrimonio, las exequias de los fieles difuntos y algunos sacramentales; y, finalmente, 4ª) la obligación de todos los sacerdotes de cumplir la disciplina litúrgica y la acotación o limitación de la celebración, ateniéndose la normativa canónica y a la legislación particular diocesana.

10       Con lo que acabamos de decir se podrá comprender por qué, en el Plan pastoral de 2008 a 2011, a la prolongación de los objetivos concretos que lleva consigo el objetivo general de la transmisión de la fe, como son la reorganización de la catequesis y la formación de los diversos estamentos de la comunidad cristiana (clérigos, religiosos y laicos), se agregó el objetivo pastoral de lograr una mejor celebración de la Eucaristía, haciendo de la exposición de la estructura, partes y bienes de la Eucaristía contenido de la catequesis y revisando su práctica litúrgica. Al hacerlo así, el segundo plan pastoral pretendía secundar la exhortación Sacramentum caritatis, entonces recién publicada por Benedicto XVI. Con la propuestas de ambos objetivos para este Plan pastoral diocesano (la transmisión de la fe y la Eucaristía), tuve presente el ya entonces vigente nuevo Plan pastoral de la Conferencia Episcopal para el cuatrienio de 2006 a 2010 «Yo soy el pan de vida (Jn 6,35): Vivir de la Eucaristía», que había sido aprobado en 2006 por la LXXXVI Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española.

Ciertamente, los planes pastorales de la Conferencia no son planes para ser llevados a cabo por las Iglesias diocesanas de España, sino para su cumplimiento y desarrollo por la propia Conferencia y sus organismos. Es muy oportuno, sin embargo, que cada obispo y su presbiterio se propongan en la propia Iglesia diocesana aquellos objetivos que respondan en cada momento a la necesidad o urgencia pastoral de las comunidades parroquiales y de la comunidad diocesana en su conjunto. Así, con el fin de orientar la aplicación del nuevo Plan pastoral diocesano escribí la Carta pastoral Dar el pan de la Palabra y de la Eucaristía (2008). En ella traté de describir la mentalidad cultural de una sociedad fuertemente afectada por la impronta del laicismo y del relativismo religioso, a los cuales conducían movimientos neo-religiosos como el de Nueva Era (New Age), al cual venían prestando atención analistas religiosos y también instancias y organismos de la Iglesia[24].

III. El programa de la Nueva Evangelización a los cincuenta años de la apertura del Vaticano II

1. El programa de la evangelización «ad gentes» y la nueva evangelización de sociedades de tradición cristiana

11  E

N ESTOS ÚLTIMOS AÑOS se ha producido una notable modificación del horizonte de la vida eclesial, dentro de la continuidad de objetivos que Benedicto XVI quiso compartir con sus predecesores, el beato Pablo VI y san Juan Pablo II, al hacer tanto del concilio como del compromiso ecuménico programa de su pontificado. Con este fin, Benedicto XVI invitaba a profundizar en las enseñanzas del Vaticano II y a ponerlas en práctica, prolongando así el magisterio de sus santos predecesores, cuyo ministerio como sucesores de Pedro contribuyó decisivamente a la reforma de la Iglesia mediante la puesta en práctica de las decisiones conciliares. Fue lo que en los primeros doce años del postconcilio, de 1965 hasta su muerte en 1978, llevó a cabo Pablo VI y, de manera propia y con una impronta evangelizadora vigorosa san Juan Pablo II. Ambos propiciaron con su magisterio el desarrollo de la eclesiología de comunión con las exhortaciones postconciliares destinadas a la aplicación de las enseñanzas conciliares. Lo que no dejó de tropezar con escollos en la comprensión de la comunión universal de la Iglesia, que hubieron de ser doctrinalmente matizados por Carta Communionis notio de la Congregación para la Doctrina de la Fe[25].

La reflexión programática sobre la necesidad de evangelizar, porque tal es la misión de la Iglesia, fue propuesta como tema de particular y urgente reflexión por el beato Pablo VI al Sínodo de 1974, al cual siguió la Exhortación apostólica del Papa acerca de la evangelización del mundo contemporáneo Evangelii nuntiandi (1975). Esta exhortación se ha convertido desde su publicación en lugar magisterial común para el tratamiento del tema, igual que en obligada programación de acciones evangelizadoras con miras a atraer a Cristo al hombre de la sociedad actual. Han pasado cuatro décadas desde que viera la luz este texto magisterial de Pablo VI, y justamente, cuando se cumplían los cincuenta años de la apertura del Vaticano II por san Juan XXIII, Benedicto XVI creaba un nuevo dicasterio en la Curia romana, con la finalidad de afrontar la evangelización de la sociedad en el contexto cultural de nuestros días, «tanto estimulando la reflexión sobre los temas de la nueva evangelización, como descubriendo y promoviendo las formas y los instrumentos adecuados para realizarla»[26]. Poco después el Papa le asignaba el cometido de ocuparse de la catequesis, pieza fundamental para la transmisión de la fe y la formación cristiana como elementos determinantes del esfuerzo y del éxito esperado de la nueva evangelización[27].

Benedicto XVI propugna y prolonga en su magisterio la propuesta de la «nueva evangelización», siguiendo el camino abierto por Pablo VI y Juan Pablo II. Como he tenido ocasión de exponerlo con mayor detención[28], fue este último Papa quien, saliendo al paso de la mentalidad secularizada imperante y teniendo muy en cuenta el estado de las sociedades cristianas en las cuales se ha hecho presente el fenómeno de la secularización dando lugar a un proceso cada vez más marcado de descristianización, insistió durante su pontificado en la necesidad de la «nueva evangelización»[29]; si bien fue Juan Pablo II el Papa que propuso en 1983 los trazos fundamentales de la misma a la Asamblea general del Celam, presentando a los obispos iberoamericanos un programa evangelizador. Se trata, según la mente del santo Papa, de dar “un impulso nuevo y un nuevo fervor” a la proclamación de la fe con miras al tercer milenio del cristianismo. No es cuestión, según explicaba el Papa, de ignorar el legado histórico de las naciones evangelizadas, sino revitalizar, en la línea de la advertencia del ángel a la Iglesia de Éfeso, la fe debilitada y sin contornos de las sociedades actuales de tradición cristiana; es decir, se trata de alentar una evangelización «nueva en ardor, en sus métodos y expresión»[30].

Al tema de la nueva evangelización se viene dedicando amplia reflexión y es muy necesario tener conceptos claros, ya que si bien la evangelización constituye la obra misma de la Iglesia, se impone, en efecto, saber qué decimos cuando hablamos de nueva evangelización. Comencemos por observar que el movimiento secularizador viene de largo en el pasado y hay que remitirlo ideológicamente al movimiento filosófico crítico al que dio origen la Ilustración. Naturalmente, no podemos detenernos en ello aquí, sino que hemos de centrarnos en la situación actual de las sociedades históricamente cristianas.

Es necesario, a este respecto, tener presente que la claridad de conceptos viene exigida, en primer lugar, por la circunstancia social en que los bautizados, conscientes de su fe y misión, han de anunciar a Jesucristo en los ambientes donde de hecho no es conocido. Justamente, para poder alcanzar esta claridad conceptual, se ha de tener conciencia de que no se entiende el lenguaje ni el marco cultural en que hoy viven los destinatarios de la evangelización de los países de historia cristiana, si no es por referencia al desarrollo histórico del cristianismo. En segundo lugar, para lograr esta claridad se impone asimismo tener presente la circunstancia eclesial en que viven aquellos que, siendo incluso conscientemente cristianos, necesitan del impulso y de la revitalización de la fe que les convierta a ellos mismos, por obra del Evangelio y de los sacramentos de Cristo que reciben, en verdaderos testigos del Señor en la sociedad actual.

2. Precedencia del kérygma, que suscita la fe y da paso al itinerario de la iniciación cristiana

12         Es cierto que, en el orden de la génesis y desarrollo de la fe, a la proclamación del Evangelio ha de seguir el acto de fe, respuesta del hombre a la revelación de Dios y auto-comunicación de Dios. La fe se realiza como opción y decisión de vida fundada en la palabra de Dios, proclamada y acogida como obediencia a Dios. La fe viene de la audición del Evangelio, como dice san Pablo: “¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?” (Rom 10,14). Así, pues, la catequesis e instrucción en la fe sigue a la acogida del kérygma acompañada de la introducción mistagógica en la experiencia de la fe, en la plegaria y la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana, que, por eso, son y se llaman sacramentos de la fe.

No es difícil entender que la participación en la vida litúrgica, en un orden teológico conceptual, debe seguir al kérygma y a la confesión de fe, y por tanto el proceso de la iniciación cristiana sacramental ha de seguir a la iniciación catequística, sin que la secuencia temporal excluya la simultánea y progresiva introducción en la asamblea litúrgica de quien se inicia en el conocimiento de la fe. Esto supuesto, teniendo bien presente que el paradigma del proceso de conversión a Cristo e integración sacramental en la Iglesia se da en el catecumenado de adultos, en las sociedades cristianas, la catequesis e instrucción en la fe nunca dejan de tener su cauce propio en la misma celebración litúrgica. Más aún, si se tiene en cuenta el proceso de descristianización y la pérdida de participación de los fieles en la liturgia y la celebración de los sacramentos.

Se comprende por ello que la animación pastoral de la comunidad cristiana lleva consigo una animación catequística de la celebración litúrgica debidamente entendida; es decir, sin caer en el didactismo catequístico que hace de la acción litúrgica pretexto pedagógico para la catequesis. Cuando esto ocurre, se vacía la acción litúrgica de su propia naturaleza como acción del culto cristiano. Vengo insistiendo en que, en demasiadas ocasiones la liturgia se transforma en un desventurado happening teatral y meramente simbólico, en el cual prima la proyección de sentimientos y sensaciones, cuya finalidad es hacer sentirse felices a los que toman parte en los mismos, a fin de evitar el rechazo de la celebración cristiana de la fe profesada. Nada más desacertado y pedagógicamente más equivocado en la educación cristiana y litúrgica de los fieles, pero en particular de los niños y adolescentes, y naturalmente de los jóvenes, porque a unos y a otros se les solapa la realidad mistérica, es decir, sacramental y mistagógica, de la fe y de la liturgia en la escenificación puesta en tablas que supuestamente evita el aburrimiento. La verdad es que tan equivocada pastoral de la liturgia no ayuda a integrarse progresivamente en la comunidad eclesial. Desaparecido el agrado del teatro y del “divertimento” litúrgico, los supuestamente atraídos a la iglesia dejan de ir a ella. Por lo demás, la acción litúrgica, cuando es genuinamente sostenida por su propio dinamismo, encierra siempre en su propia confección y desarrollo celebrativo un contenido catequístico.

Benedicto XVI observó que el mal que aqueja a muchas celebraciones litúrgicas consiste en que dejan de ser celebración de los misterios de la fe, de nuestra redención por medio de Cristo, muerto y resucitado, para ser celebración de aquellos que acuden a la misma. La razón de ser de la ordenación litúrgica estriba en el hecho de que no es resultado de la creatividad comunitaria: «Justamente, la liturgia no es ningún show, no es un teatro, un espectáculo, sino que viene desde el Otro (…) Como he dicho, no se trata de la producción de uno mismo. Se trata de salir de sí mismo e ir más allá de sí mismo, entregarse a Él y dejarse tocar por Él»[31]. Pensamiento que prolonga la evaluación del curso de la desviación litúrgica de décadas que Benedicto XVI quiso reorientar, para devolver a las comunidades cristianas al gran espíritu de renovación de la liturgia que precedió al Concilio y condujo a la renovación conciliar de la liturgia católica.

Justamente ahora, a los cincuenta años de la apertura del Vaticano II, el concilio que trajo consigo como fruto granado la renovación litúrgica, tenemos la convicción, avalada por los hechos, de que la acción litúrgica se ha cargado de didactismo escénico y pretensión moralista, lo que ha conducido con demasiada frecuencia a la instrumentalización de la acción sagrada. Ha sido así, porque tanto el didactismo como la motivación ética que tomaban pie de la liturgia para adoctrinar a los fieles han estado fuertemente marcados por presupuestos ideológicos. Se ha querido hacer de la liturgia expresión simbólica del pensamiento y sentimientos de los quienes participaban en ella proyectándose a sí mismos en la “representación” o el “discurso” litúrgico. Como dice Benedicto XVI, la liturgia se ha convertido, en efecto, con demasiada frecuencia, en una fiesta que la comunidad se ofrece a sí misma, y en la que se confirma a sí misma. ¿Por qué sucede así? Siendo todavía cardenal y a propósito de la fiesta del becerro de oro del desierto, lo explicaba de este modo:

«La adoración de Dios se convierte en un girar sobre uno mismo: comida, bebida, diversión. El baile alrededor del becerro de oro es la imagen de un culto que se busca a sí mismo, convirtiéndose en una especie de autosatisfacción insustancial. La historia del becerro de oro es la advertencia de un culto arbitrario y egoísta, en el que, en el fondo, ya no se trata de Dios, sino de fabricarse, partiendo de lo propio, un pequeño mundo alternativo. En ese caso, la liturgia realmente se convierte, no cabe duda, en un jugueteo vacío. O, lo que es peor, en un abandono del Dios vivo camuflado bajo un manto de sacralidad. Pero al final lo que queda es la frustración, el sentimiento de vacío. No tenemos ya esa experiencia de liberación convertida en acontecimiento allí donde tiene lugar un encuentro con el Dios vivo»[32].

3. Necesaria preparación de la homilía, constante del magisterio pontificio

13     Por otra parte, pasadas estas cinco décadas desde el Vaticano II, se constata que el enriquecimiento de la liturgia de la Palabra en la celebración de la Misa no ha sido seguido consecuentemente por una mejor y más esmerada predicación homilética. La predicación ha perdido también con demasiada frecuencia su propio carácter kerigmático, y la exhortación moral su específico contenido parenético. Las homilías y predicaciones han pretendido con reiteración ser medio de transmisión de una determinada concepción ideológica del mundo y de la ordenación de la sociedad, miméticamente plagiada de la cultura ambiente y del proyecto social progresista en boga, como si se tratara de lograr una predicación supuestamente avanzada y de estar «a la altura de los tiempos». La predicación cristiana, que tiene su lugar litúrgico en la homilía, se ha vaciado con ello de su identidad verdadera, y de este modo ha perdido la acción litúrgica su propia identidad de proclamación kerigmática. Tenemos hoy la experiencia de lo que trae consigo este vaciamiento de la predicación de la explanación de la Sagrada Escritura, cuando se sustituye por concepciones de la vida que derivan de visiones sociales y políticas, legítimas en la mayoría de los casos pero contingentes en su misma condición de propuestas limitadas a su propia eficacia y no deducibles en su contingencia del Evangelio.

La homilía como parte que es de la acción litúrgica «tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles»[33]. Lo que no significa que la homilía se convierta en un discurso especializado y, en cuanto análisis de la Escritura, resulte ajeno al «hoy» (hodie) de la liturgia, es decir a su vivencia litúrgica y a su aplicación a la vida de los fieles. Todo lo contrario, el Papa añadiría no mucho después en la exhortación Verbum Domini (2010): «La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy en la propia vida»[34]. En este mismo lugar el Papa, teniendo presentes las dificultades con las que tropieza una buena preparación de la homilía pedía a las «autoridades competentes» la elaboración de un directorio homilético. Este directorio es ya realidad, obra de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y en la presentación del mismo el Prefecto de este dicasterio vaticano manifestaba: «A menudo, para muchos fieles el momento de la homilía, considerada buena o mala, interesante o aburrida, decide la importancia de la celebración. Efectivamente, la Misa no es la homilía, pero ésta constituye un momento importante para la participación en los santos misterios, es decir, la escucha de la Palabra de Dios y la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor»[35].

La homilía sigue siendo preocupación prioritaria del Papa Francisco, que ha recogido cuanto han dicho sus predecesores inmediatos sobre la materia y ha puesto un énfasis necesario en conseguir la renovación de la predicación cristiana. Con tal fin ha dedicado a la homilía, en su todavía reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium, once números de tratamiento específico del tema [135-144], y otros catorce [145-159] a la preparación de la predicación. Vale citar, en este contexto en el que estamos situados, es decir, en el propio contexto de la celebración litúrgica las siguientes observaciones del Papa:

«Cuando al predicación se realiza dentro del contexto de la liturgia, se incorpora como parte de la ofrenda que se entrega al Padre y como mediación de la gracia que Cristo derrama en la celebración. Este mismo contexto exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida»[36].

No entro aquí en la cuestión de la duración de la homilía o de los recursos pedagógicos con que debe contar. A todos estos puntos he dedicado una reciente Carta a los sacerdotes y diáconos, en cuanto les atañe la predicación autorizada de la Iglesia[37]. Remito a cuanto digo en esta carta que quiere servir de presentación del Directorio homilético recién editado[38], cumpliendo el encargo que la mencionada Congregación recibió del Santo Padre Benedicto XVI, al respaldar la conveniencia de contar con las pautas para la homilía que podría ofrecer un directorio[39]. Nuestra reflexión en este lugar se centra en la naturaleza o condición litúrgica de la predicación homilética, que no puede sustituirse por concepciones personales o sectoriales de la vida, ni por los programas sociales o políticos de la sociedad; concepciones y programas imbuidos de ideología tantas veces cuando no inspirados por la cultura laicista que genera un hondo distanciamiento social de la tradición cristiana y que no tiene en consideración el respeto debido a la comunidad cristiana que celebra los misterios de la fe.

14     La homilía ha servido en muchas ocasiones para la autoafirmación del grupo parroquial en torno al predicador o, en el sentido antes aludido por el Papa Benedicto XVI, de la comunidad que se comprende a sí misma como sujeto y objeto de la acción litúrgica. A este respecto, conviene recordar que, poco antes de su elección como Romano Pontífice, el Cardenal Ratzinger decía a su entrevistador:

«He aquí un punto de vista muy importante. La liturgia nunca es la mera reunión de un grupo para celebrarse y después en realidad encontrarse en lo posible a sí mismos. En lugar de eso, la participación en la presentación de Cristo ante el Padre nos permite siempre entrar, tanto en comunión universal con toda la Iglesia, como en la communio sanctorum, en la ‘comunión de todos los santos’. Sí, en cierto modo es la liturgia celestial. Aquí radica realmente su grandeza, en que de repente se abre el cielo y nos adentramos en el coro de la adoración»[40].

La liturgia es, ciertamente, el culmen y el término del proceso de evangelización e instrucción en la fe, toda la iniciación cristiana tiende a la plena integración del que viene a Cristo en la asamblea litúrgica, que alcanza su culmen y plena realización en la celebración eucarística. La liturgia, si bien supone el kérygma acogido en la fe, no pierde nunca ni su carácter kerigmático, porque siempre es proclamación de las acciones divinas de salvación, ni deja de acrecentar el conocimiento del misterio de Cristo en quien participa en ella habiendo sido iniciado en su experiencia sacramental.

En ocasiones diversas he tratado de explicar que la lectura del evangelio en la liturgia no se convierte en proclamación por el hecho de evitar la expresión inicial de «lectura del santo Evangelio según…» cambiando esta expresión por la de «proclamación del santo Evangelio según…», porque lo que da carácter de proclamación a la lectura del Evangelio es la «pro-ferencia» como tal de la Palabra de Dios cuando es leída en la acción litúrgica. Se trata de una lectura que en sí es proclamación, y que alcanza el zenit oracional de singular belleza y eficacia sacramental en la anáfora eucarística. La plegaria anafórica recapitula y hace memoria (anámnesis) de la historia de la salvación y misterio pascual de Cristo. Algunos modos de proceder en la liturgia aparentemente progresistas son, en realidad, moda pasajera y sin otro contenido objetivo que la intención del celebrante, a veces alejada de la mente de la Iglesia e incluso de la mayor parte de los miembros de la asamblea litúrgica, que tienen que sufrir la disidencia litúrgica del celebrante.

Como tampoco hace más kerigmático el relato evangélico la representación teatral con intención catequética en la misa de la asamblea, cuando en realidad lo que sucede es que se infantiliza la lectura del evangelio y se termina por no introducir a los niños en la asamblea cristiana, siendo así que lo más importante, como hemos observado, es la integración de los que son iniciados y educados en la fe en la comunidad litúrgica. El objetivo del celebrante con la ayuda de cuantos con él colaboran en la catequesis y en la introducción de los niños en la fe es su progresiva introducción mistagógica, es decir, su introducción en la experiencia oracional y sacramental en la asamblea litúrgica. No son los niños en proceso de formación de la fe los “ministros de la acción litúrgica”.

Sin embargo, algunas de estas cosas que se pretenden hacer en la Misa podrían ser buena práctica catequística y medio adecuado para la mejor explanación a la altura mental de los niños de aquello que se trata de transmitir: el misterio de Cristo. Algunas de estas adaptaciones incluso, sobre todo por lo que se refiere a la predicación en las misas para niños, podrían ayudar a su introducción en la liturgia de la Misa siguiendo, por lo demás, la norma de la Iglesia. Por otra parte, no es buena práctica catequística considerar a los niños incapaces de una penetración en la inteligencia de la fe a su nivel que va creciendo y desarrollándose, para lo cual es necesario que oigan el mensaje sin hipotecas pedagógicas que lo ocultan. La pedagogía está al servicio de la manifestación y comprensión de la fe, no para su ocultamiento o disimulo.

Por eso es conveniente no proceder en la homilía a rebajar el grado de explicación de la Sagrada Escritura asimilando el lenguaje de la misma al lenguaje infantil o al lenguaje vulgar. La sencillez del lenguaje no significa su conversión en habla vulgar ni siquiera en mero lenguaje coloquial, tras el cual con frecuencia se esconde la ignorancia y la pereza del predicador. Por eso concluyo este epígrafe apelando a la enseñanza del Papa Francisco, que sigue tan de cerca las enseñanzas de sus predecesores, particularmente de Benedicto XVI, sobre la importancia que tiene que los ministros de la Palabra, particularmente los sacerdotes preparen bien la homilía, que sin ser una lección tiene que ayudar a comprender el texto sagrado; sin ser una catequesis propiamente tal, tiene que ayudar a profundizar en la fe del kérygma; y sin ser, en fin, una exhortación moral, tiene que aplicar la palabra de Dios a la vida de los fieles y tener presente el estilo de vida en que hoy se ve inmersa la vida de los fieles cristianos. En este sentido, se ha de entender bien cuanto el Papa Francisco dice sobre la necesidad de poner un oído que acoja la palabra de Dios y «un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar»[41].

4. Perduración del kérygma como medio de conocimiento y adhesión de la fe a la Palabra

a) El primer anuncio y su prolongación como contenido y método de la evangelización

15     De lo dicho hasta aquí se deduce que el kérygma, una vez acogido en la fe, no deja nunca de ser objeto de la inteligencia de la comunidad de fe, requiere de ella y de cada uno de sus miembros reflexión constante y ahondamiento progresivo en la revelación divina que Dios ha dado a conocer al hombre mediante la historia y salvación. El primer anuncio es el “motor” de la evangelización, pero si el motor dejara de funcionar la locomoción de un vehículo se interrumpiría inevitablemente. El Papa Francisco ha puesto particular énfasis en este hecho sin el cual fracasa la evangelización. Por eso, aun cuando la catequesis sigue al kérygma, éste no deja de tener un papel directivo en la catequesis igual que en la predicación a la comunidad cristiana, y por esto mismo en la formación de los bautizados. De aquí que el Papa observe:

«Cuando al primer anuncio se le llama “primero”, eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma u otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos»[42].

Esto obliga a precisar bien qué se ha de entender por evangelización como proclamación de Cristo como redentor y salvador de la humanidad, cuando el concepto se quiere aplicar a la misión de la Iglesia «ad gentes», es decir, con miras a la conversión a Cristo de los no cristianos, igual que cuando se aplica a la revitalización y renovación de la fe en los bautizados.

4.1. En el primer caso es fácil convenir en que se ha de respetar el proceso acorde con la misma noción teológica de evangelización, que va de la predicación a la iniciación cristiana. Su aplicación en una diócesis como la nuestra, que cuenta con un importante contingente de población inmigrante de origen no cristiano, la acción evangelizadora se viene ateniendo al programa del catecumenado, sin el cual no es posible proceder a la iniciación cristiana sacramental. Después de algunos años de aplicación los resultados son en conjunto buenos. Será muy conveniente, no obstante, intensificar la tarea de transmisión catequética de la doctrina de la fe y de la moral católica, con el fin de obtener una firme convicción de los catecúmenos de su fe cristiana.

Para lograr los objetivos deseados es necesario distinguir bien los itinerarios en los cuales se concreta el itinerario general del catecumenado, según se trate de adultos o de niños y adolescentes en edad escolar, como hemos propuesto los Obispos del Sur de España en nuestra reciente Instrucción pastoral sobre la iniciación cristiana «Renacidos del agua y del Espíritu» (2013). En ella hemos llamado la atención sobre el carácter unitario de la iniciación cristiana y la necesaria reordenación de la misma, tanto por lo que se refiere a la edad de los sacramentos como con relación a su orden, según se trate de adultos o de niños y adolescentes. Nos hemos ocupado de la iniciación catequística como inseparable de la iniciación sacramental y hemos propuesto asimismo que el paradigma del catecumenado de adultos, tal como es presentado por el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos (RICA) sirva de orientación para todo el proceso de iniciación cristiana, siguiendo las Orientaciones pastorales para el Catecumenado de la Conferencia Episcopal Española (2002). Del mismo modo, nos hemos ocupado de forma especial de la renovación de la catequesis como medio de renovar toda la iniciación cristiana. Es un importante objetivo que la Conferencia Episcopal viene persiguiendo desde hace décadas, y que tiene un referente de primer orden en la Instrucción pastoral La iniciación cristiana de 1998. Conforme a estas orientaciones, la diversificación de itinerarios debe tener presente tanto los recursos humanos posibles como la diversidad de personas que participan en el proceso unitario y gradual de la iniciación cristiana[43].

          4.2. Hay, pues, que tener presente que el kérygma conserva primacía tanto en este proceso de iniciación cristiana como en la ampliación de su conocimiento y experiencia mistagógica, en la catequesis y vida cristiana que sigue al bautismo. Una y otra cosa son objetivo particular de la formación cristiana de todos los bautizados. Diría incluso más, el primer anuncio, es decir, la propuesta del kérygma sigue siendo medio necesario de re-evangelización de los alejados, al servicio de la memoria de Cristo, mediante la cual los que fueron iniciados sacramentalmente en la fe pueden volver a la experiencia de la vivencia de aquella marca indeleble que el sacramento dejó en sus almas. Lo resumía bien, a propósito del carácter kerigmático que tiene que acompañar siempre la acción de la comunidad parroquial, el subsidio pastoral preparado para el Año de la Fe por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización:

«Una comunidad parroquial es kerigmática en la medida en que con su presencia en ese determinado territorio sabe transfigurar el corazón, es decir, sabe compartir las situaciones de la vida poniendo en ellas una Palabra que provoca, consuela y genera adhesión. El primer anuncio es eficaz cuando cae como semilla en toda clase de terreno y sabe suscitar interés porque encuentra la vida. El corazón del anuncio cristiano, en cualquier caso, concierne también a aquellos que ya tienen una fe que consideran adulta. Es importante, en efecto, volver siempre a la fuente, al origen, para renovar la juventud, la fecundidad y la frescura de la fe»[44].

16       El documento prosigue aludiendo al hecho de que ya no hay situaciones unitarias, sino diversas en las cuales se encuentran las personas incluso bautizadas. En el primer caso se encuentran las personas no bautizadas que atraídas por Cristo piden entrar en la Iglesia y mediante el bautismo ser cristianas, y a ellas ha de ir en verdad dirigido el trabajo kerigmático y catequístico del catecumenado, puesto en práctica con la dedicación necesaria que exige cada itinerario. En el segundo caso, se trata de «bautizados cuyo bautismo no ha obtenido respuesta; en bautizados cuya fe se ha quedado en el estadio de la primera formación cristiana y que, después de experiencias particulares, sienten el deseo de volver a empezar… En una palabra, ya no basta una pastoral parroquial que sólo tienda a la conservación de la fe y al cuidado de la comunidad cristiana. Es necesaria una pastoral kerigmática y misionera, que anuncie de nuevo y si cansarse el Evangelio, mantenga su transmisión de generación en generación y salga al encuentro de las personas de nuestro tiempo testimoniando que también hoy es posible, bello, bueno y justo vivir la existencia humana en conformidad con el Evangelio y, en su nombre, contribuir a hacer nueva toda la sociedad»[45].

Hay que considerar con el mayor interés pastoral el caso de aquellos bautizados que requieren de la memoria del kérygma, que les ayude a recuperar aquel tono vital cristiano que los convierta en verdaderos testigos de Cristo en el mundo. En tales casos, es necesario tener muy en cuenta la integración, mayor o menor, de estas personas en la práctica religiosa de la comunidad de los bautizados, para las cuales se desea una verdadera coherencia entre práctica y conducta de vida cristiana.

En este sentido es adecuado considerar un doble modo de proceder con las personas bautizadas: con aquellas que tienen una práctica religiosa habitual pero tienen poca conciencia refleja de su propia fe y carecen de la necesaria formación religiosa, se hace necesario intensificar su formación cristiana, siempre mucho más exigente —en el sentido de más reglada y orgánica— en el caso de los más conscientes de su propia fe; y sobre todo, se ha de aprovechar la predicación litúrgica, sin que, como hemos observado antes, se transforme en una catequesis continuada. Me refiero, principalmente, a tener en cuenta la forma y frecuencia en que tantas personas bautizadas se acercan a la práctica religiosa en las distintas circunstancias de la vida, a veces por compromiso social y otras porque la ocasión les es propicia por la situación existencial que viven o a causa de los acontecimientos de vida que motivan su acercamiento a la Iglesia, lo que normalmente hacen sin haber renegado de hecho nunca de su fe cristiana. Es decir, atendiendo a la presencia siempre muy variada de fieles en la Iglesia, salvo de los que practican habitualmente, y a su participación en la asamblea litúrgica. Ésta es a veces poco frecuente o incluso ocasional y lo que suele suceder es que los bautizados que no practican de modo habitual acuden, sin embargo, a algunas celebraciones por lazos de afecto, compromiso social, o sencillamente en razón de la misma concepción cultural de los hechos religiosos en cuanto hechos sociales.

17       Es frecuente asimismo que el sacerdote se vea pastoralmente ante el deseo de los padres de bautizar a los hijos nacidos en situaciones matrimoniales irregulares, o simplemente hijos naturales. Lo mismo sucede con la asistencia de tantos fieles bautizados a enlaces matrimoniales celebrados en la Iglesia, y con la asistencia tan frecuente a las exequias y sepelio de familiares, amigos y conocidos. En todos estos casos, el tratamiento personalizado y maternal de la Iglesia, exige cumplir exigencias que no se deben soslayar y obtener de los fiadores, padres y tutores, el compromiso de que los niños bautizados de infantes sean educados en la fe; en definitiva, que haya quien responda de ello. Es éste un compromiso al que no puede ser ajena la misma comunidad parroquial con la colaboración particular de familiares cercanos como los abuelos, los padrinos y los mismos catequistas.

Es importante tener presente cuanto, a este respecto, dicen los Obispos españoles sobre la acción catequística de la parroquia, lugar sacramental propio de la iniciación cristiana, sobre la colaboración entre la comunidad parroquial y las familias[46]. Con este mismo propósito se han de tener muy en cuenta las observaciones y disposiciones que se incluyen en la Instrucción pastoral Renacidos del agua y del Espíritu con relación al bautismo[47].

Por extensión, naturalmente, resulta lo dicho igualmente válido para el caso de los niños en edad escolar presentados al bautismo con el apoyo de «fiadores» y siguiendo el proceso del catecumenado acomodado a estos niños; pero aquí lo que quisiera destacar es la aproximación que el bautismo de estos niños (y en su caso, los tres sacramentos de la Iniciación cristiana) puede representar para padres y familiares alejados de toda práctica religiosa. Para ellos el primer anuncio sigue siendo reiteración del kérygma en circunstancias personales y sociales que la cultura y la sociedad actuales han convertido, en su misma anomalía, en «sociológicamente normales». Esto, como se puede entender, constituye el desafío pastoral para la Iglesia, tal como estamos comentando, todo un reto para la empresa eclesial de la nueva evangelización.

En este sentido, hay que advertir de la importancia que algunos teólogos pastoralistas han dado al que se conoce en la teología pastoral como «primer anuncio», entendiendo por tal la proclamación de Jesucristo como redentor y salvador no sólo para los que por primera vez se acercan al Evangelio, sino para aquellos cristianos que, como acabamos de decir, no son verdaderos practicantes de la fe que dicen profesar cuando se definen como cristianos y como católicos. El concepto de primer anuncio es un concepto kerigmático, pero no por eso menos aplicable, como acabamos de observar, a las personas bautizadas pero alejadas de las Iglesia en diverso grado. Estas personas son verdaderos destinatarios de la acción evangelizadora de la Iglesia, tal como el Papa Francisco propone en su exhortación apostólica. El concepto de primer anuncio bien puede definirse, por elevación, en estos casos como reiteración de la proclamación de la Buena Noticia; es decir, como renovada propuesta que la Iglesia hace a cada uno de sus miembros que se alejan de la práctica de la fe de retornar al amor de Cristo, principio configurador de la existencia del bautizado hasta su muerte, de convertirse una y otra vez “al amor primero” (Ap 2,4).

Así entendido el primer anuncio, tal como dicen algunos pastoralistas, tiene una «función trasversal» o abarcadora del kérygma, consolidación y crecimiento constante de la fe en Jesucristo y de la amistad personal con él convirtiéndose en «fundamento permanente de la experiencia cristiana»[48], que llama a la conversión a Cristo y al retorno a las fuentes sacramentales de la gracia. Clave determinante del primer anuncio es su propio objetivo: hacer posible el encuentro y el reencuentro con la persona divina de Jesús, único mediador de la salvación, que llama a la puerta de quienes ama, como Él mismo advierte: “Mira que estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

b) El anuncio de la salvación y la libertad del corazón

18       Dios no violenta nunca la libertad del hombre, incluso cuando se evidencia a la conciencia del hombre como su Bien supremo. Por eso es necesario matizar lo que acabamos de considerar, ya que la misericordia de Dios, que se manifiesta en la paciencia de la llamada reiterada a los pecadores, queriendo «que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3,9); la misericordia no obvia la responsabilidad moral de quien rechaza una y otra vez el mensaje de la salvación. Dicho sencillamente, aunque el hombre comprenda el alcance de la llamada, es demasiado frecuente la queja del pecador que se lamenta una y otra vez de la “presión” que representa la voz del predicador llamando al cambio renovador de mente y corazón con el propósito de lograr la conversión del pecador al Evangelio. Por eso, contra el error de creer que se puede atraer a Cristo al pecador sin ayudarle a la conversión, es preciso mostrar la manera de actuar de Cristo, que sin condenar al pecador lo pone ante su propia realidad de pecado al mismo tiempo que le manifiesta la benéfica influencia que sobre su vida personal ha tenido el encuentro con el amor de Dios.

Algunos de los casos narrados por los evangelistas son expresión de este modo continuado de actuación de Jesús, como en el caso de la adúltera (Jn 8, 3-11) y en el de la mujer pecadora que regó sus pies con lágrimas para enjugarlos con sus cabellos (Lc 7,36-50); en el caso de los paralíticos curados: al que cura como expresión visible del acontecimiento interior del perdón de los pecados que Jesús le otorga (Mc 2,5.9-11), y aquel otro al cual Jesús advierte de que no peque más (Jn 5,14); o en el caso de Zaqueo, para quien el encuentro con Jesús representa el cambio definitivo de vida con efectos que comprometerán su propia riqueza injustamente acumulada (Lc 19,8-10).

El enviado a anunciar y llevar la salvación tiene que salir con verdadera comprensión y misericordia al encuentro del pecador y del alejado, con todas las excusas y justificaciones que lleva consigo su apartamiento, entre las cuales no puede excluirse la apelación a la “culpa de los cristianos”. Reconocer esta culpa es siempre necesario, aunque la humilde confesión de sus pecados por parte del cristiano no excusa de los suyos al pecador obstinado, ni que cada uno sea responsable de sus propios actos. Con el anuncio del perdón y la misericordia de Dios, el predicador no puede callar la necesidad y urgencia de conversión del pecador y del alejado de Dios para salvarse. El predicador tiene que mencionar al pecador su condición y desenmascarar con tacto y comprensión la complicidad universal de cada uno de los seres humanos con el pecado. San Pablo ofrece una argumentación incontrovertible por constituir el núcleo teológico de la justificación del pecador: «Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen —pues no hay diferencia; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rom 3,21-24).

De este modo el pregonero del Evangelio pone de manifiesto la bondad y los efectos personales benéficos de la conversión de vida, cosa sólo posible si al mismo tiempo se hacen ver las consecuencias bien contundentes del pecado en el mundo, sacando a la luz sus efectos destructivos. El primer anuncio adquiere aquella cualidad gozosa que cambia la vida del pecador sin horizontes de trascendencia, poniendo en evidencia los efectos dañinos del pecado para la vida presente y la vida eterna, porque a quien los reconoce con humildad Dios le condona toda culpa derramando sobre él la gracia del perdón. Esto no es posible, sin embargo, cuando se excusa el pecado propio apuntando una y otra vez al ajeno. El pecador verdaderamente convertido abandona el enquistamiento en él del pecado, que se manifiesta en la permanente alusión a la maldad de los demás, sobre todo de los creyentes, para vivir la verdadera alegría de quien se ve recobrado de su aprisionamiento en las redes del mundo. Fue así como Zaqueo se llenó de alegría al sentirse llamado por Jesús y fue así como siguiendo el modo de hacer de los Apóstoles de Jesús, el diácono y evangelizador Felipe llevó la buena noticia de la salvación en Cristo hasta que «la ciudad se llenó de alegría» (Hech 8,8). Por lo demás, la memoria de las prohibiciones del Decálogo no es comprensible sin atender al reverso de la memoria de lo que es preciso hacer para cumplir la voluntad de Dios.

Esto queda muy claro en la exhortación del Papa Francisco, al referirse a la «alegría que se renueva y se comunica», porque sin encuentro con Jesucristo, sin dejarse encontrar por él no es posible la nueva evangelización incluso de los que fueron desde el principio cristianos; de suerte que «cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos»[49]. La conversión comienza con pequeños pasos, pero evangelizar y “evangelizar de nuevo” requiere la disposición plena del evangelizador a ayudar a encontrarse con Cristo a quien le busca incluso sin saberlo, acercándose a su situación real, existencialmente concreta y no ajena al pecado, aun cuando el conocimiento de la propia situación también tenga que llegar a ser percepción de sí mismo por el pecador. Esta percepción, por lo general, es paulatina e incluso progresiva y de larga duración es el proceso de conversión que, en últimas instancia gobierna Dios; sin que deje de ser para tantas personas más inmediata de lo que a veces puede esperar el mismo evangelizador.

Es difícil, pero los evangelizadores estamos para seguir las huellas de Jesús, único evangelizador verdadero. ¿Cómo desanimarse cuando Jesús, el pastor que va tras la oveja perdida (Lc 15,4), hubo de afrontar los difíciles y oscuros momentos que estaban reservados a «aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10,36), soportando que le calificaran de blasfemo y, al morir, «ser contado entre los malhechores» (Lc 22,37? Al evangelizador le asusta el “odio del mundo”, pero sin afrontarlo la historia de la Iglesia no hubiera tenido futuro alguno, al no haber sido regada con la sangre de los mártires unida a la de Cristo. Esta sangre es testimonio precioso del mayor amor: el que ha tenido Dios al mundo. El evangelio de san Juan dice que Dios entregó a su propio Hijo porque amaba al mundo (cf. Jn 3,16), y los mártires y cuantos por la fe gastaron generosamente su vida al servicio de la evangelización son los grandes testigos de este amor de Dios por la humanidad.

San Agustín ofrece consideraciones sobre el mayor amor de Cristo por nosotros, poniendo a los mártires como testigos imitables a los que hemos de seguir en su entrega como forma suprema de testimonio de Cristo que ellos imitaron en su martirio. Pregunta san Agustín: ¿cómo preparar una mesa semejante a la mesa en la que Cristo nos entrega su Cuerpo y Sangre? A lo cual contesta poniendo a los mártires como ejemplo de correspondencia al amor de Cristo. Ellos imitaron a Cristo que depuso por nosotros su alma, de modo que nosotros debemos deponer la nuestra por nuestros hermanos: «En efecto, precisamente porque, por haber presentado a los hermanos algo igual a lo que de la mesa del Señor recibieron en el mismo grado, ellos realizaron la caridad respecto a la que el Señor ha dicho que no puede haberla mayor, junto a esa misma mesa los recordamos no como a los otros que descansan en paz, para orar también por ellos, sino, más bien, para que esos mismos oren por nosotros a fin de que nos adhiramos a sus huellas»[50]

20       Por el contrario, la obstinación del pecador orienta el ejercicio de la libertad hacia su propio bloqueo dejando sin respuesta la proclamación de la misericordia divina. A modo de breve elenco que recogen los mismos evangelios, podríamos detenernos en algunas situaciones que provocaron el lamento de Jesús sobre Jerusalén como dura y obstinada experiencia del desprecio padecido por el enviado del Padre en la ciudad santa (Mt 23,37); la manifestación de la fuerza con la que el poder de la riquezas aprisiona la voluntad impidiendo la respuesta a la llamada explícita a seguirle del Maestro, que miró con cariño al joven rico y vio cómo se echó atrás ante las exigencias del seguimiento (Mc 10,21-22); la expresión desolada del Señor que se ofrece como alimento de vida eterna mientras huyen de él aquellos a quienes se ofrece como comida espiritual (Jn 6,66); la pregunta por la duración de la fe cuando retorne el Hijo del hombre (Lc 18,8); la resistencia de los que apelan a los patriarcas pero no acogen la palabra de Jesús y escatiman todo esfuerzo para poder «entrar por la puerta estrecha» (Lc 13,24) que el reino de Dios exige; la dramática parábola de los viñadores homicidas (Mc 12,1-12 y par.); la cerrazón de los fariseos para reconocer la luz que irradia aquel que ha abierto los ojos del ciego de nacimiento haciéndose merecedores de la condena del mismo Jesús (Jn 9,40) y cumpliéndose en ellos la calificación de «ciegos y guías de ciegos» (Mt 15,14); y tantos otros ejemplos que ofrecen los evangelistas y jalonan la oposición con la que tropezó la obra evangelizadora de Jesús.

Se tiende a veces a reducir al pecador al marginado o al alejado por culpa de la Iglesia, y cuántas personas son ciertamente marginadas y alejadas, si bien nadie sale fuera del amor de Dios sin complicidad propia. El concepto teológico de pecador no es sin más reducible al concepto sociológico de marginado, y por eso mismo no puede ser reducible tampoco al concepto de “marginado de la Iglesia por culpa de la Iglesia”, es decir, excluido de la comunidad eclesial por la propia comunidad de Jesús. La exhortación del papa Francisco, si bien pide no soslayar a la hora de comentar un texto bíblico «el acento propio y específico del texto que corresponde predicar», lo hace después de decir con claridad que «para entender el sentido del mensaje central de un texto, es necesario ponerlo en conexión con la enseñanza de toda la Biblia transmitida por la Iglesia»[51]. Es necesario tenerlo en cuenta para evaluar lo posible al evangelizador, lo que depende de él, y lo que no depende de él sino del receptor del anuncio, esto es, aquello que sólo depende de la relación existencial que el anuncio crea entre Dios y el destinatario de la acción de evangelización, aquel a quien se dirige la palabra del kérygma y el testimonio de la Iglesia.

Un teólogo tan leído actualmente como Walter Kasper, no deja de poner el énfasis inevitable en que Dios no puede aplicar los efectos salvíficos de su misericordia a quien la rechaza. El teólogo expone con pedagogía y clara voluntad catequética el infinito alcance de la misericordia de Dios, y explica cómo Dios ha manifestado en Jesucristo toda su compasión por nosotros, hasta aceptar la muerte de su Hijo en el sentido “expiatorio” que san Pablo da a la muerte de Cristo afirmando que Jesús carga con los pecados de todos, porque Dios «lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5,21), venciendo en su resurrección la muerte consecuencia del pecado. Sin embargo, el teólogo concluye afirmando que esta idea de representación que san Pablo aplica a Cristo, colocándolo en lugar nuestro «no es, sin embargo, una acción sustitutoria por medio de la cual Dios, en Jesucristo, opera nuestra salvación pasando por encima de nosotros y sin contar con nosotros»[52].

No es, ciertamente fácil explicar el sentido vicario o sustitutorio de alcance universal de la muerte de Cristo por nosotros, núcleo clásico de la soteriología cristiana, clave y fundamento del valor propiciatorio de la Misa en la teología católica, por eso me parece necesario transcribir completo el texto siguiente del cardenal teólogo donde aclara que esta sustitución no tiene un carácter de automatismo eficaz al margen del hombre mismo, destinatario de sus efectos salvíficos:

«La representación es exclusiva en la medida en que Jesús es el único mediador de la salvación; pero por otra parte, es inclusiva en la medida en que nos incluye a nosotros en la entrega de su propia persona. No es ninguna acción sustitutoria que reemplace lo que en realidad podríamos y deberíamos llevar a cabo nosotros mismos. No sustituye la responsabilidad personal del ser humano, sino que la vuelve a liberar, la restablece después de que ha sido perdida a consecuencia del pecado, la posibilita de nuevo, la interpreta de nuevo»[53].

Después de referirse en el mismo lugar a la mística del amor a Cristo crucificado que ha inspirado la espiritualidad de los grandes santos, incluyendo la teología de la cruz reformadora de Lutero, el teólogo conduce su reflexión hasta la afirmación nuclear del Nuevo Testamento que hace de la compasión de Dios revelada en Cristo la manifestación de alcance universal de la esencia de Dios como amor que se da a conocer por medio del sufrimiento del Redentor. Nada sería entonces tan banal como pasar sobre el dolor y la cruz de Cristo para creerse salvados, apelando a la misericordia divina sin haber sido transformados por el amor misericordioso de Dios. Lo podemos decir con san Bernardo, a quien Kasper cita con acierto: la salvación se hace realidad en nosotros en la misma medida en que somos transformados por la gracia divina que opera en nosotros, en la medida en que somos conformados con el corazón de Dios, como sólo puede serlo Cristo Jesús, el Esposo de la Iglesia mediante el pleno sometimiento a la voluntad del Padre: «El corazón del Esposo es el corazón de su Padre. ¿Y ése cómo es? Sed misericordiosos —dice— como vuestro Padre es misericordioso»[54], lo mismo que el Padre quiere contemplar en la Iglesia, en cada miembro del cuerpo de Cristo, porque sólo en esta conformación se manifiestan los efectos reales de la redención en el hombre convertido, que ha acogido el Evangelio y en él la voluntad de Dios.

5. El modo de hacer del evangelizador, obra de Cristo que le cambia el corazón y le asocia a su propio ministerio

21       El auténtico evangelizador no dejará nada que tenga que hacer al servicio de Cristo y como acción de evangelización de la Iglesia. Es servidor de la Palabra que ha cambiado su propio corazón, al acogerla en la fe y seguir la llamada del que es el enviado del Padre. En él se ha producido aquella transformación que la participación en el Espíritu infunde en los que el Resucitado llama a evangelizar convirtiéndolos en ministros de la salvación. Esta asociación al ministerio de Cristo lleva al evangelizador a un modo de hacer que no puede ser otro que el del mismo Cristo, cuyo modelo Jesús mismo ofrece como buen Pastor que «da su vida por las ovejas» (Jn 10,11.15b.17), alimentándolas con pastos de vida eterna. San Pablo ha dado cuenta de esta mística asociación a Cristo del evangelizador, al afirmar que el alimento del que se allega a Cristo no puede ser otro que el de su conocimiento, fundamento del amor por el Señor. Para el Apóstol de las gentes rige en toda su obra de evangelizador el principio cristológico que le ha conducido, entre peligros inmensos, hasta ofrecer su vida por amor a Jesús y decir: «Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo: Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3,7-8).

Por eso, el ministro del Evangelio de Cristo con ardiente celo pastoral no buscará otra cosa que dar a conocer a Cristo, para que se produzca en el destinatario del anuncio el cambio sin el cual nada podrá lograr la obra de la evangelización, humana y divina al mismo tiempo. Es lo que el Papa invita a hacer a quienes tenemos la responsabilidad de la acción pastoral en la Iglesia y a cuantos colaboran en ella: poner el empeño mayor en una verdadera «conversión pastoral» en los procedimientos de evangelización cuya clave, sin embargo, está en la conversión del corazón del evangelizador a Cristo. Sólo evangeliza verdaderamente quien aspira a la santidad y la propone a quienes acogen el anuncio de la salvación. Al programar este Año Jubilar Teresiano en el que estamos, un año en el que el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús ha traído las gracias jubilares de la gran perdonanza y hondo anhelo de vida cristiana, los obispos españoles decían:

«Los santos de todos los tiempos han sido quienes mejor han sabido responder en cada época a las nuevas exigencias de la evangelización. En tiempos recios, como los presentes, la auténtica respuesta que se espera de los hijos de la Iglesia es el testimonio de una vida santa. Cuando sentimos la urgencia de la nueva evangelización, el quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, puede ser ocasión propicia para renovar nuestro compromiso en favor de una pastoral en la perspectiva de la santidad»[55].

El Papa Francisco describe con una fina y sugestiva figuración de conocedor de almas las «tentaciones de los agentes de pastoral»[56], y de ellas ha de ser muy consciente el evangelizador, porque no podrá justificar cediendo a estas tentaciones el hecho siempre desolador de “no hacer fruto”, para decirlo con san Ignacio, que —como se lee en su Autobiografía— entregado a la acción evangelizadora mientras estaba en Alcalá «se ejercitaba en dar ejercicios espirituales y en declarar la doctrina cristiana; y con esto se hacía fruto, a gloria de Dios»[57].

Se trata de promover y provocar en los destinatarios de la Palabra proclamada, del anuncio del kérygma, la conversión del corazón y la renovación de la mentalidad, y esto no se puede hacer sin un corazón verdaderamente convertido al corazón del Señor, sin las disposiciones de verdadera conversión pastoral a las necesidades del destinatario de la evangelización, de los llamados a la fe. En el corazón del evangelizador han de resonar siempre las palabras del Apóstol de las gentes, que exhorta a los que ya son de Cristo a mantener la fidelidad mediante una constante conversión de la mente al Evangelio, al mismo tiempo que proclama el anuncio del perdón y de la gracia redentora a los pecadores y alejados de Dios. Por eso al tiempo que en la carta a los Romanos proclama cómo Dios justifica a todos mediante la fe en Jesucristo a todos los que creen, puesto que «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rom 3,22b-24), invita con vigor a los que se han bautizado pero corren el riesgo constante de alejarse de la vida en Cristo: «Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).

Tal es el fin de la proclamación evangélica de la misericordia de Dios para con el pecador: lograr la conversión del corazón y la transformación de la vida de quien ha pecado y se aleja de Dios, ya que Dios de ningún modo no se mantiene impasible ante este alejamiento, sino que en Cristo sale al encuentro del pecador, lo busca y lo atrae a sí. Con este fin el Papa Francisco ha anunciado un jubileo extraordinario, que según su misma expresión, será un Año Santo de la Misericordia, añadiendo: «Lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: “Sed misericordiosos como el Padre” (cf. Lc 6,36)»; pero contra cualquier interpretación banal de un anuncio tan gozoso, el Papa introducía el anuncio jubilar extraordinario con estas palabras: «Queridos hermanos y hermanas, he pensado frecuentemente en cómo podría la Iglesia hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que comienza con una conversión espiritual; y debemos hacer este camino». Por esto mismo terminaba exclamando: «¡Y esto especialmente para los confesores! ¡Mucha misericordia!»[58].

Son palabras del Papa Francisco que nos emplazan a un proceso de conversión que ha de comenzar en el interior de la Iglesia con el objetivo de que la evangelización de la sociedad alcance sus propios objetivos, poniendo de manifiesto que es condición teológica de la Iglesia ser testigo de la misericordia. En definitiva, se trata de la naturaleza teológica de la Iglesia como sacramento de salvación, conforme a la teología de la Iglesia de los Padres recordada por el Concilio. La purificación interior de la Iglesia, la conversión de sus miembros al Evangelio de Cristo, la adhesión a Cristo y, por su medio, al «Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo» (2 Cor 1,3) es el camino que abre a la conversión pastoral que necesita la nueva evangelización, en cuanto es medio de gracia y perfección de los discípulos de Cristo; y por esto mismo, de modo particular de los ministros de la Palabra. Es la hora de pensar en la programación que exigirá, en el marco de nuestro plan pastoral, esta convocatoria de un nuevo Año Santo.

IV. La nueva evangelización emerge de las raíces históricas de la fe y propone el compromiso personal y social con los principios morales del Evangelio

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VANZANDO en estas reflexiones hacia conclusiones concretas, podemos resumir lo dicho afirmando que es imposible evangelizar sin transmitir la doctrina de la fe y sin promover la conversión del pecador y de la sociedad; al mismo tiempo, los evangelizadores han de superar las tentaciones que les rondan. Quien anuncia el Evangelio ha de vigilar su propia actitud y examinar críticamente su voluntad de conversión. Sobre lo dicho, es preciso añadir que se ha de tener aquí en cuenta cuantas acciones se han propuesto en los planes pastorales, fieles a la mente de Cristo, sobre el matrimonio y la familia, la promoción y defensa de la vida, la justicia social y la caridad cristiana en toda su amplitud.

Es imposible evangelizar sin tener por objetivo la aspiración a la paz que Cristo ha establecido entre Dios y la humanidad, reconciliándola en la cruz y resurrección del Señor, que se ha de reflejar en una sociedad reconciliada, capaz de estimar los valores evangélicos y practicar las virtudes sobrenaturales y morales. Como no es posible la nueva evangelización de las sociedades herederas de la historia cristiana sin volver con humildad los ojos, la mente y el corazón a la aportación histórica de la predicación evangélica a la construcción de lo mejor de la civilización cristiana, que se ha alimentado siempre de la sabia espiritual de sus propias raíces cristianas. No reconocer las raíces cristianas de nuestra civilización es tanto como dejar sin suelo histórico la construcción actual de una Europa nueva y unida, olvidando que, a pesar de los males de la colonización reconocidos sin ambages, Europa aportó parte de lo mejor de sí misma mediante la predicación del Evangelio en el Nuevo Mundo y la obra de las misiones, que desde el finales del siglo XVI y sobre todo en los siglos XVI y XVII hizo posible la expansión de la fe cristiana en América y Asia, y de modo especial desde el siglo XIX hasta hoy en África.

La nueva evangelización lleva consigo volver a proponer a la sociedad actual aquella «vida en Cristo» que constituyó su modo de hacer y conducirse a la luz del Evangelio de Cristo, que alentó la obra misionera de los países en los que el cristianismo inspiró los valores morales que rigieron una sociedad cristiana, entre cuyos logros más granados se encuentra la obra misionera de España y Portugal en América. Todo lo cual no impide el examen crítico de nuestra historia y el humilde reconocimiento de los errores y el pecado que marcan la historia de las naciones.

23       Sin proyección misionera, cuya meta es la paz de Cristo para las naciones, la evangelización no producirá los frutos de la reconciliación con Dios que anuncia y ofrece por mandato de Cristo la predicación de la Buena Nueva. Es oportuno, por esto mismo, recordar qué ha de entenderse por esta paz que trae la salvación y esta promoción del hombre que es la evangelización, y que va más allá de la siempre loable tarea humanitaria de tantos grupos y asociaciones, cuyo objetivo es la promoción de la justicia y el bienestar de los pueblos más desfavorecidos o marginados de los bienes del desarrollo tecnológico y del progreso social.

Conviene, pues, tener presente que, a la hora de precisar el concepto de evangelización, Pablo VI decía en la Exhortación Evangelii nuntiandi que no hay una definición parcial y fragmentaria que pueda reflejar «la realidad rica compleja y dinámica que comporta la evangelización, si no es con el riesgo de empobrecerla y mutilarla»[59]. La evangelización no es reducible en todos sus elementos esenciales a una propuesta contingente de la ordenación de la sociedad, determinada por una militancia social o política concretas. Ahora bien, de la proclamación de Cristo se deriva una doctrina moral sobre el comportamiento ético, personal y social, insoslayable del discípulo de Cristo, que forma parte de la predicación cristiana y de la catequesis. Esto a pesar de la contingencia de algunas propuestas concretas de esta doctrina moral, siempre sometidas a la evolución de la sociedad y, sobre todo, a la constante profundización en la comprensión de la tradición de fe en la Iglesia y sus consecuencias para la vida en Cristo. Así ha surgido la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), por lo demás no asimilable a una “tercera vía” entre las derechas y las izquierdas del campo sociopolítico de la historia contemporánea. La DSI se mantiene en el terreno de los principios a partir de la concepción de la persona y de la sociedad que dimana de la revelación divina, punto de partida para entender el valor humano y sobrenatural de la acción del cristiano en las diversas realidades temporales. Por eso, la DSI en sí misma no ha querido ser nunca una propuesta media entre capitalismo y socialismo, como si de un proyecto políticamente alternativo a ambos se tratara y fuera aportación social de la Iglesia para ser aplicado como programa político.

La DSI es insoslayable en cualquier proceso de evangelización, ya que sus protagonistas, es decir, los testigos del Evangelio, persiguen como meta de la acción evangelizadora la conformación de la vida personal y la ordenación de las realidades temporales según el designio de Dios. Ahora bien ni la DSI soslaya la acción litúrgica y sacramental como meta de la evangelización ni la celebración litúrgica puede separarse de sus propios efectos, como son la transformación de la vida de quien participa en los misterios de la fe y el testimonio que la experiencia de la gracia sacramental impulsa y alimenta. Por esto, en tiempos de particular crisis económica y social, como los que estamos viviendo, se hace necesario recordar lo que sobre la doctrina social de la Iglesia dice el Compendio que la recoge:

«El cristiano sabe que puede encontrar en al doctrina social de la Iglesia los principios de reflexión, los criterios de juicio y las directrices de acción como base para promover un humanismo integral y solidario. Difundir esta doctrina constituye, por tanto, una verdadera prioridad pastoral, para que las personas, iluminadas por ella, sean capaces de interpretar la realidad de hoy y buscar caminos apropiados para la acción: “La enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia”»[60].

Así lo declaraban los obispos de España en los primeros años de la crisis económica que viene exigiendo sacrificios que se hacen particularmente onerosos para los sectores económicamente más débiles y para los pobres. Los obispos invitaban por ello en su declaración de 2009 a abordar la crisis «desde sus causas y víctimas, y desde un juicio moral que nos permita encontrar el camino adecuado a su solución»; para proseguir diciendo:

«No tenemos soluciones técnicas que ofrecer, pero sí entra dentro de nuestro ministerio iluminar con la doctrina social de la Iglesia el grave problema de la crisis, teniendo presente la verdad sobre el hombre, «porque la cuestión social se ha convertido en una cuestión antropológica»[61]. Sólo de esta manera podemos afrontar su auténtica solución»[62].

Se comprenderá que la evangelización comprende dos niveles de realización: el que corresponde al que puede considerarse su definición esencial, inseparable del que nivel operativo que hacen propio quienes son evangelizados. Así, la observación de Pablo VI sobre sobre el concepto de evangelización que hemos hecho más arriba se quiere ajustar, en efecto, a la compleja realidad del mismo, dando cuenta de sus contenidos esenciales; e indicando, por esto mismo, que la evangelización siempre se ha entendido en nivel teológico fundamental «en términos de anuncio de Cristo a aquellos que lo ignoran, de predicación, de catequesis, de bautismo y de administración de los otros sacramentos»[63].

Con ello la evangelización queda referida tanto a la misión «ad gentes» de la Iglesia como a la revitalización permanente de la fe de los bautizados mediante un conocimiento de Cristo siempre más hondo, personal y vivo, que se ha de obtener por la catequesis y la formación cristiana; y sobre todo, mediante el crecimiento constante de la experiencia de la fe, es decir, la permanente mistagogia de la fe, que se acrecienta por el trato con el Señor y la recepción de la gracia sacramental, a la cual prepara la formación cristiana y el mayor conocimiento de cuanto se confiesa en el símbolo de la fe.

Se trata, pues, de una definición esencial de la evangelización que es, por eso mismo, contenido específico también del concepto de nueva evangelización, que no puede ser otra cosas que anuncio de Cristo y conversión a él, a fin de alcanzar una configuración sacramental con Cristo. De ahí que —lo diremos una vez más—, si se trata de llevar a Cristo a los que ya han oído hablar de él, más aún, han sido bautizados en el nombre de la Santa Trinidad confesando la divinidad de Cristo, aquellos a los que llevaron de infantes al bautismo, este anuncio de Jesucristo no acontece por desconocimiento pleno de él. Se da, sin que pueda ser de otro modo, con el propósito de devolver a Cristo a cuantos ya le pertenecen; y hacerlo hasta obtener de ellos aquel “amor primero” en el que fueron educados y, como decía más arriba, del cual habla el ángel a la Iglesia de Éfeso reprochándole haberlo dejado debilitar hasta perderlo (cf. Ap. 2,4). La nueva evangelización les ayudará a quienes se alejaron de Cristo a redescubrir el amor que arropó su crecimiento de bautizados y alentó su concepción cristiana de la vida, amor que fue enfriándose hasta perderse de hecho; y, atraídos por concepciones antropológicas alternativas y opuestas a la revelación bíblica y al Evangelio, han llegado a vivir «sin Dios y sin Cristo»[64]. Al entender así el compromiso de la nueva evangelización, los agentes de la misma, los evangelizadores, no cejarán en su empeño hasta obtener el logro definitivo de la primera evangelización que la vida malogró en tantos cristianos.

Sin embargo, en el nivel operativo la evangelización no dará frutos de alcance misionero, esto es, de testimonio y propuesta de nueva «vida en Cristo» sin un compromiso con los principios morales del Evangelio, que es preciso aplicar a la persona y a sociedad. La proclamación del Evangelio se acreditará como proyecto de transformación de la sociedad según el designio de Dios y la mente de Cristo mediante el compromiso inequívoco con la defensa de la sacralidad de la vida y de la dignidad de la persona humana, dando por resultado la paz de la salvación (shalom). Esta paz que pacifica los corazones y las relaciones entre los hombres, dando por resultado una sociedad pacificada es fruto de la reconciliación de los humano y lo divino que Dios ha llevado a cabo en la cruz de Cristo y por su resurrección de los muertos, es el gran don de la redención que los cristianos han sido enviados por Cristo a llevar a las naciones. Un don cuya consumación es de carácter escatológico y que se hace presente, a modo de anticipo y prenda del futuro, en los logros humanos en favor de la vida, la dignidad de la persona y de la convivencia.

La nueva evangelización implica, por esto mismo, una propuesta de ordenación de las realidades terrenas orientada por la doctrina social de la Iglesia, sin que por ello se trate en esta propuesta de un proyecto contingente de carácter sociopolítico concreto. Habrá disparidades y convergencias en lograr acuerdos concretos para la aplicación de los principios morales del Evangelio, pero nunca se podrá identificar de forma plena la realización histórica de estos principios con un determinado proyecto histórico social y político que se entienda como deducido necesariamente de dichos principios morales. Todo cuanto un proyecto humano tiene de discrecional y contingente será siempre obra de la razón, aunque sea la fe de las personas que lo sostienen la que pueda inspirar su realización.

V. Un desafío que reclama nuevas acciones para un Plan pastoral en un nuevo clima eclesial

1. La proyección universal de la evangelización como misión de la Iglesia

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OS HALLAMOS ante una tara ciertamente ardua, que encierra sus dificultades objetivas tanto por la innovación que supone en los procedimientos pastorales como por la urgencia que reclama. Al afrontarla nos vemos motivados por la preocupación general, que lo es de toda la Iglesia, por la doble perspectiva que esta tarea presenta. Como nueva evangelización tiene por objetivo volver a proponer el Evangelio a las sociedades históricamente cristianas; y como prolongación de la obra evangelizadora de la Iglesia «ad gentes», se hará posible sólo mediante la cooperación de todas las Iglesias en los nuevos contextos culturales de las naciones, con sociedades en cambio. Sociedades en tantos casos afectadas por conflictos, crisis y acoso de la violencia que amenazan la paz de demasiados lugares, con poblaciones maltratadas por la guerra y las revoluciones armadas, los nuevos radicalismos del fundamentalismo islámico, las persecuciones de cristianos que causan más de 135.000 víctimas al año, asesinadas por causa de su fe en Cristo.

Los procesos migratorios hacia los países del bienestar de Norteamérica y Europa, pero también hacia las monarquías árabes del Golfo Pérsico y los países industrializados del Pacífico, provocados por la búsqueda de nueva vida de tantas personas y familias prófugas y asiladas. Contextos en los que la obra caritativa de la Iglesia acompaña la acción evangelizadora, sobre la cual pesa también la ideología del laicismo exportada desde los países desarrollados y ricos a sociedades en las que esta globalización de la cultura se convierte en una grave amenaza a su propia identidad.

Este mismo año se cumplirán los cincuenta años del Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes divinitus, aprobado por los padres conciliares el día 7 de diciembre de 1965. Esta actividad ha estado siempre presente en la preocupación apostólica y pastoral de la Iglesia en España; y, porque ha sido como nota distintiva de la Iglesia de nuestro país durante siglos, ha orientado también en la situación presente la reflexión de los obispos españoles, que han dado a la luz pública dos documentos de gran interés en estos años últimos. En 2008 publicaban una instrucción pastoral sobre la misión «ad gentes»[65], seguida en 2011 de un nuevo e importante documento sobre la cooperación misionera entre las Iglesias[66], que tiene un notable arraigo en las diócesis españolas. Es muy necesario que los sacerdotes conozcan y reflexionen sobre estos documentos de los obispos junto con los fieles más concienciados de la obra misionera de la Iglesia.

La urgencia de la evangelización ha motivado ampliamente la preocupación misionera de las comunidades cristianas, las cuales proyectan sus acciones de solidaridad y comunión con las Iglesias de los países de misión, sobre todo con aquellas Iglesias de los países donde la cooperación misionera de las diócesis ha llevado a sacerdotes, religiosos y a laicos de vida consagrada, hombres y mujeres que entregan su vida a la misión. Los fenómenos migratorios que acabamos de aludir han trasladado hasta nosotros la misión ad gentes, siendo notable en nuestro caso el número de inmigrantes africanos que, en contacto con el cristianismo (que en muchos casos comenzó en los países de origen), se adhieren a Cristo y comienzan el catecumenado que los conduce al bautismo. Estos catecúmenos son acogidos fraternalmente en las comunidades parroquiales, que los acompañan con la oración y solidaridad mientras se preparan para recibir el bautismo.

Se trata de una nueva situación a la que no estábamos acostumbrados en un país en el que la fe se ha transmitido históricamente de unas generaciones a otras en el marco de la propia tradición social y culturalmente cristiana. En este sentido, parece muy conveniente que el programa del nuevo Plan pastoral incluya las acciones que la Delegación episcopal para las Misiones propone con la finalidad específica que se pretende lograr: que sean mejor conocidas las Obras Misionales Pontificias (O.M.P.), tal como están concebidas por la Iglesia, prestando atención a su realidad eclesial y a su proyección misionera no sólo en las clásicas «jornadas de cuestación» del DOMUND, Santa Infancia y Clero Nativo. Estas jornadas deben prepararse bien y aprovecharlas tanto como sea posible para dar a conocer a las comunidades cristianas la obra misionera de la Iglesia, así como para la catequesis y el conocimiento de la misión universal de la Iglesia en el mundo y en la sociedad de nuestro tiempo. Está en juego el objetivo de la acción de la Iglesia, que no es sino la salvación de todos en Cristo, redentor único de la humanidad. Es del mandato de Cristo a los Apóstoles «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28,20a), fundamento de la misión de la Iglesia, de donde dimana la acción evangelizadora de todos los bautizados y el alcance universal del testimonio cristiano, mediante el cual Cristo se hace presente en la sociedad por medio de su Iglesia, congregación visible de los fieles que hace de la comunidad cristiana sacramento de salvación a los ojos del mundo.

2. Llamados a proclamar y transmitir la fe cristiana en la comunión eclesial de la Iglesia diocesana para la evangelización del mundo en la hora presente

a) El contexto eclesial del plan diocesano vigente y su necesaria apertura a las exigencias de la evangelización según la mente del Papa Francisco

25       Este cometido de la Iglesia constituye la razón de su presencia en el mundo, obligando por ello a los sacerdotes y a las comunidades cristianas a no desentenderse de la misión ad gentes y a contar entre sus acciones aquellas que corresponde a la programación de la misma. De esta suerte cada comunidad se sentirá misionera, sin dejar de tomar como propia la acción de evangelización que parroquias y comunidades emprenden cada curso pastoral, al dar al apostolado y a la acción pastoral la proyección misionera que representa la transmisión de la fe como cometido irrenunciable. Cada comunidad estará comprometida con la evangelización, si tiene como cometido propio el anuncio, la catequesis y la formación en la fe de los bautizados, particularmente la preparación a la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana y del matrimonio.

            Hemos referido ya cómo el clima pastoral que vivía la Iglesia en estos últimos años tenía su propio marco precisamente en las dos últimas exhortaciones postsinodales del Papa Benedicto XVI, Sacramentum caritatis (2007), que siguió a la XI Asamblea del Sínodo en 2005, y Verbum Domini (2010), que a su vez siguió a la XII Asamblea del Sínodo en 2008. Si la primera fue determinante de la orientación del plan pastoral del trienio precedente de la Conferencia Episcopal Española, como queda dicho más arriba, la última exhortación pontificia orientó el plan pastoral de la Conferencia todavía vigente, que hemos querido también tener presente en el nuestro, conscientes del alcance limitado de los planes que la Conferencia Episcopal se pone a sí misma, pero aprovechando las propuestas y recursos que son útiles a la diócesis.

            El último plan de la Conferencia tiene además muy en cuenta la reflexión sobre la nueva evangelización a que han dado lugar tanto el magisterio de los últimos papas, el beato Pablo VI, san Juan Pablo II y Benedicto XVI. Este último creó el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización y propuso el tema de la evangelización aprobando los Lineamenta para la XIII Asamblea del Sínodo de octubre del año 2012[67]. Benedicto XVI quiso poner al servicio de una amplia reflexión y debate sinodal tan importante tema como es el de la nueva evangelización en la hora presente de la Iglesia y del mundo, pensando en el objetivo de la evangelización misma, que tal como reza la formulación que el Papa dio al tema es la evangelización «para la transmisión de la fe cristiana».

Nuestro plan diocesano se inscribía plenamente en el clima eclesial generado por la convergencia del magisterio pontificio y la programación pastoral que los obispos españoles se propusieron a sí mismos para un cuatrienio en el Plan pastoral 2011-2015 («La nueva evangelización desde la Palabra de Dios»), que será sustituido en 2016 por el nuevo plan en preparación, siguiendo el magisterio del Papa Francisco. Bien es verdad que en estos planes —lo recuerdo una vez más— se trata de programar las acciones de la propia Conferencia Episcopal y no de elaborar un plan pastoral para todas las Iglesias diocesanas de España.

           Queremos ahora afrontar las acciones que se derivan del magisterio del Papa Francisco sobre la evangelización y que el Papa resume en su célebre expresión de hacer de la Iglesia una “Iglesia en salida”, lo que sólo logrará la conversión pastoral de nuestra acción evangelizadora. El clima que inspiró el vigente plan diocesano de acción pastoral se ha visto enriquecido por las propuestas y acciones del nuevo pontificado del Papa Francisco y la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, que siguió a la XIII Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos en 2012. Todas las referencias al contexto eclesial y sociocultural que he mencionado tienen por objeto ayudar a que todos los agentes de la evangelización directa y la pastoral podamos aplicar con acierto el plan pastoral actual. Se trata de ver cómo la evangelización desde sus mismos orígenes afronta dificultades y retos que no pueden ignorarse, entre los cuales en nuestros días ha adquirido una relevancia especial la crisis económica y social, afrontada con duras medidas económicas por los países más afectados, entre ellos España. Esta crisis no es la primera que han conocido los países occidentales, pero tiene tan hondas raíces morales que reclama un rearme moral de la sociedad para afrontar tanto sus causas como sus consecuencias. El hombre de hoy necesita como el paralítico escuchar la voz del Señor que le impera con la autoridad divina de sus acciones: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar» (Jn 5,8). Tenemos que estar convencidos, si es que hemos de hacer fruto alguno, de que sólo el Evangelio podrá satisfacer conforme al designio de Dios los anhelos más profundos del ser humano.

26       El reclamo de la palabra del Señor no pasa, sigue invitándonos, igual que a los Apóstoles en aquella hora de cansancio y dificultad en la faena fracasada, al término de la jornada, a no desesperar nunca de alcanzar la meta de la evangelización. Es la alegoría bellamente figurada en la faena de la pesca milagrosa. Pedro y Andrés con los dos hijos de Zebedeo conocían muy bien la brega de la pesca, pero su confianza en la palabra de Jesús abrió sus conocimientos a una realidad insospechada, que les sorprendería con la red repleta de peces de toda especie hasta reventar. Pedro había dicho al Señor al ruego de éste de que lanzara de nuevo la red: “Hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido anda” (Lc 5,5a). La desesperanza puede venir del cansancio y de la falta de fruto, preocupados como estamos por la carencia de suficientes vocaciones, por la falta de presencia social de los católicos con el peso que correspondería en nuestra sociedad al número de bautizados, contrariados por la beligerancia de la ideología laicista que parece haber recogido el testigo de las ideologías ateas anticristianas de la sospecha del siglo XIX y XX.

Los obispos españoles, al aprobar el último plan pastoral, eran ciertamente conscientes del momento social al cual aludían con preocupación, pero sobre todo les inquietaba la dificultad añadida que para la acción pastoral de la Iglesia representaba esta crisis económica y social, cuyos efectos devastadores aún persisten para muchas familias, aun cuando se vaya abriendo el horizonte de la superación, siempre que los signos de la misma se afiancen. Lo tenían muy presente y han seguido reflexionando sobre ello y elaborando un documento de carácter social que verá pronto la luz. Siempre han dicho lo que el plan de la Conferencia recogía: que si no pueden ofrecer soluciones técnicas, pueden proyectar la luz del Evangelio sobre la situación «ayudando a discernir sus causas morales y culturales más profundas, y ofreciendo palabras y, sobre todo, hechos que lleven el consuelo de Dios a quienes padecen sus efectos»[68]. Los obispos aludían y agradecían cuanto la Iglesias diocesanas vienen haciendo a favor de los más necesitados, en particular a través de Caritas, para añadir además, en referencia a la nueva evangelización como programa, que no se puede ignorar el contexto en el que viven tanto los evangelizadores como los destinatarios de la nueva evangelización, señalando a continuación algunas de las principales dificultades y centrando así la respuesta que se ha de dar:

«Desde fuera de la Iglesia, el relativismo y el laicismo aparecen como rasgos de una cierta cultura dominante que declara con orgullo su apostasía de Dios[69]. Desde dentro de la Iglesia, es urgente superar la secularización interna, como hemos recordado en los planes pastorales precedentes, así como el desaliento de muchos cristianos a la hora de transmitir la fe»[70].

           El plan pastoral diocesano presta atención a la orientación que se desprende de la enseñanza de los obispos para la hora actual de la Iglesia en España, ante los retos de la cultura predominante y de la situación de crisis de la sociedad. Tiene además como referente la orientación que el Papa Benedicto XVI de un compromiso sin ambages por la transmisión fiel de la verdad evangélica. Tarea que el Papa sostenía habían de afrontar los evangelizadores «con la certeza de la eficacia de la Palabra divina», a lo cual añadía: «La Iglesia, segura de la fidelidad de su Señor, no se cansa de anunciar la Buena Nueva del Evangelio e invita a todos los cristianos a redescubrir el atractivo del seguimiento de Cristo»[71]. Los Obispos aluden a esta confianza en la Palabra del Señor, impulsando el ánimo de pastores y fieles cristianos, recordando cómo Pedro y los Apóstoles abrieron su corazón a la confianza que les inspiraba Jesús, ganados por su amor como de hecho estaban; y así, aun no habiendo pescado nada en toda la noche Pedro respondió a la invitación de Jesús a volver a lanzar al agua las redes: «…pero por tu palabra, echaré las redes. Y haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse» (Lc 5,5c-6). Los obispos comentaban el pasaje evangélico, añadiendo:

«El cansancio y el desánimo de una noche de trabajo estéril se convierten en brío y estímulo cuando se escucha la Palabra del Señor. Abrazarse a la Palabra con la alegría del Espíritu en medio de la tribulación es la actitud del discípulo de Jesucristo (cf. 1 Ts 1,6)»[72].

           

Nada sería más dañino para la vida en Cristo de los fieles que el aburrido y en cierta medida incrédulo cansancio de los pastores. Se hace preciso contemplar y celebrar la Palabra de Dios en la comunión de la Iglesia, para poder transmitirla con alegría, siendo portadores de amor y de esperanza a los hombres de nuestro tiempo en la situación cultural y social que vivimos. Los obispos remiten por ello a la verdad fundamental que no pueden olvidar quienes quieren comprometerse con la obra de la evangelización: que ésta emana de la proclamación de la Palabra divina acogida y celebrada en al Iglesia. Al margen de la comunión eclesial no es posible programar la evangelización. Citan palabras esenciales de la exhortación Verbum Domini:

«Nunca hemos de olvidar que el fundamento de toda espiritualidad cristiana auténtica y viva es la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia. Esta relación con la divina Palabra será tanto más intensa cuanto más conscientes seamos de encontrarnos ante la Palabra definitiva de Dios sobre el cosmos y sobre la historia, tanto en la Sagrada Escritura como en la Tradición viva de la Iglesia»[73].

b) La acción evangelizadora se lleva a cabo en plena comunión eclesial, en respuesta «orgánica» a la Palabra de Dios que resuena en la Iglesia

           

27       Para que un plan pastoral resulte eficaz las acciones que se incluyen en la programación deben ser llevadas a cabo por todas las comunidades parroquiales y secundadas por los movimientos y comunidades de carácter asociativo apostólico seglar; igual que por las comunidades religiosas, con un mismo espíritu de colaboración orgánica con los pastores inmediatos de las mismas. Es decir, en comunión eclesial y, por esto mismo, en colaboración apostólica y pastoral con los sacerdotes responsables de las comunidades parroquiales, responsables con la autoridad de Cristo de la acción pastoral que el Obispo les ha confiado[74]. Por lo demás, los presbíteros y los diáconos cooperan con el Obispo, como sucesor de los Apóstoles en la acción pastoral, que corresponde al Obispo orientar en toda su Iglesia diocesana.

Por esto mismo, de acuerdo con las líneas generales del que también podemos considerar con legitimidad instrumentum laboris preparado por la Comisión permanente del Consejo diocesano de Pastoral y aprobado por el Obispo, y ofrecido a todos los arciprestazgos y sectores de acción apostólica y pastoral, hay que reafirmar este principio fundamental: es preciso actuar siempre de forma orgánica en las acciones del plan pastoral, de suerte que su aplicación resulte simultánea en toda la diócesis y pretenda lograr los mismos objetivos.

Tal como se indica en estas pautas o líneas generales, tanto la catequesis de la infancia como la preparación al matrimonio, la acción apostólica con los jóvenes y los diversos sectores de adultos, la colaboración de los laicos y de las religiosas que cooperan con la acción pastoral de los sacerdotes, auxiliados en algunos casos por los diáconos, si han de ser acciones eficaces necesitan coordinación y organicidad. Sin pretender aludir a ningún grupo en concreto, si se busca la eficacia tan sólo del propio grupo o sector de apostolado y, además se hace sin coordinación alguna con la acción pastoral diocesana, se puede dar la impresión de actuar en paralelo a la acción pastoral de la Iglesia diocesana. Cuando se hace así, se pierde también la referencia al fundamento visible de la comunión en la Iglesia particular que es la persona y el ministerio del Obispo diocesano.

Justamente, en este Año Jubilar Teresiano que estamos celebrando, un año que Papa Francisco ha querido dedicar a la Vida religiosa y de consagración, es de gran importancia y utilidad pastoral buscar la mejor coordinación de cuanto aportan las comunidades de vida religiosa y las sociedades de vida apostólica y consagrada a la acción apostólica y pastoral de la diócesis. Esta coordinación y convergencia adquiere en la iniciación cristiana de niños y adolescentes, y en su educación en la fe, un interés pastoral propio, ya que de la acción parroquial y de escuela católica dependerá la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Ciertamente no se podrá hacer sin la familia, pero ésta requiere hoy, como hemos ya indicado, un apoyo necesario en la parroquia y en la escuela.

28       La elaboración del plan partía del nuevo clima que se vive en la Iglesia, en el cual converge el desarrollo postconciliar de la eclesiología de comunión y una conciencia viva de la urgencia de la evangelización. Nada ha cambiado al respecto y todo ello tiene la misma vigencia. Lo más novedoso son los énfasis y los acentos que el Papa Francisco ha querido poner en un programa de evangelización en marcha, llamando a la acción misionera mediante una renovada preocupación por la primacía de la gracia y la particular atención a los marginados y alejados, las «periferias» que son sociales, culturales y espirituales, porque todas ellas son «periferias existenciales».

Para obtener una mejor concreción a las acciones pastorales que exigían prioridad en el momento presente y para ponerlas en marcha de modo consecuente, pedí en su momento el parecer y las propuestas de las diversas instancias diocesanas; y, ayudado por los colaboradores más inmediatos, he solicitado y estimulado la contribución de los diversos consejos consultivos y los organismos de la Curia que orientan las acciones pastorales y apostólicas en la comunidad diocesana, comprometiendo así a las vicarías territoriales, las delegaciones episcopales y los secretariados y oficinas propiamente pastorales.

El 5 de marzo de 2011 la Comisión Permanente del Consejo diocesano de Pastoral aprobaba el documento «Líneas generales inspiradoras de la ordenación de objetivos y acciones pastorales» para un nuevo cuatrienio, es decir, de 2012 a 2016. La Comisión cumplía con ello el cometido que le asignó el Consejo diocesano de Pastoral en la sesión del 19 de febrero de 2011, respondiendo a la encomienda del Obispo de trazar algunas orientaciones más obligadas para la actuación pastoral, exigidas por la situación presente de la Iglesia y de su presencia en la sociedad. El documento elaborado por la Comisión Permanente del Consejo se facilitó, a modo de documento de trabajo (instrumentum laboris) a los arciprestazgos y a los distintos organismos de la Curia diocesana que orientan la acción apostólica y pastoral.

Al ofrecer este documento, se trataba de abrir el cauce para las propuestas y sugerencias que, fruto de la reflexión de clérigos, religiosos y laicos fuera oportuno ofrecer al Obispo diocesano, para la elaboración del nuevo plan pastoral. Todos los organismos afectados pudieron no sólo presentar sus propuestas de acción, sino debatir, a la luz de cuanto se ha presentado a la consideración del Obispo, los núcleos de las acciones y de los temas que merecían la atención de unos y otros. Se llegó con este trabajo cumplido a la sesión del 8 de noviembre de 2011, donde todos los organismos de acción pastoral de la Curia diocesana pudieron conocer y considerar las propuestas de los arciprestazgos, comentarlas de manera convergente o proponer alternativas, respetando siempre las líneas o pautas de acción que, estudiadas por el Consejo de Pastoral y aprobadas por el Obispo debían orientar las propuestas de objetivos generales y específicos, y las acciones de aplicación que los acompañan y concretan. A partir de lo hecho entonces el plan pastoral se abriría a lo que determinara la ya cercana XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos de octubre de 2013, cuya expresión magisterial llegaría con la nueva Exhortación apostólica Evangeliii gaudium.

La intención de esta carta pastoral ha sido la de poner bajo la luz de esta nueva exhortación cuanto el plan pastoral diocesano se proponía, pero en continuidad con la labor realizada y las acciones puestas en marcha por los planes anteriores. He tenido además presente la reflexión que en la diócesis se ha llevado a cabo al servicio de la III Asamblea general extraordinaria que el Papa Francisco convocó para el mes de octubre de 2014, que supuso la respuesta diocesana, en su momento en tiempo y forma, enviada a la Conferencia Episcopal Española, para la elaboración de la síntesis que la Conferencia Episcopal envió a la Secretaría del Sínodo. Un trabajo centrado en la pastoral del matrimonio y de la familia en las circunstancias de la sociedad actual.

Los grupos y sectores pastorales que se ocuparon de ofrecer al Obispo los resultados de la reflexión han ayudado mucho al impulso que hemos venido dando en la diócesis a la pastoral del matrimonio, la familia y la defensa de la vida. Este es un trabajo que no ha terminado, porque los mismos grupos y sectores del apostolado y de la acción pastoral se han ocupado del instrumentum laboris de la III Asamblea general extraordinaria del Sínodo[75], y también de la Relatio Synodi o Lineamenta de dicha asamblea[76]. A partir de este último documento hemos trabajado en una nueva encuesta para contribuir a la síntesis de las aportaciones de las Iglesias diocesanas de España, enviada desde la Conferencia Episcopal a la Secretaría general del Sínodo, con miras a la labor de la XIV Asamblea general ordinaria del Sínodo convocada para el mes de octubre de 2015.

De nuevo nuestra modesta aportación a las tareas de la nueva Asamblea sinodal ha sido enviada a la Secretaría de la Conferencia Episcopal para contribuir a la síntesis de las aportaciones de las diócesis españolas, enviada en el plazo prefijado a la Secretaría general del Sínodo de los Obispos. El trabajo pastoral realizado por nuestro Centro de Orientación Pastoral de la Familia «Virgen del Mar» produce sus frutos, y su colaboración con el Tribunal Eclesiástico contribuye a poner en práctica una pastoral de la familia que quiere secundar las orientaciones del Papa Francisco sobre materia tan importante, que siempre tendrán por marco la antropología revelada y la traditio fidei de la Iglesia.

VI. Centralidad del conocimiento de Cristo como móvil de la evangelización

1. Centralidad de la formación en la fe, para alcanzar el conocimiento de Cristo, para y lograr los objetivos de la evangelización

29 E

STA LLAMADA a la actuación coordinada y simultánea de todos los agentes de la acción pastoral unidos por un mismo propósito tiene por objetivo general, en continuidad con los planes anteriores, la transmisión de la fe. Ahora ante la celebración del próximo Sínodo de los Obispos sobre la evangelización adquiere nueva relevancia como contenido de la acción misionera y evangelizadora de la Iglesia. Se entenderá que en las pautas o líneas generales del documento de trabajo propuesto a los arciprestazgos y otros sectores pastorales diocesanos, además de postular la coordinación necesaria en la ejecución del plan, se afirme la necesidad sentida de destacar la centralidad de los procesos de formación en la fe, “al modo catecumenal”. Se entiende que la afirmación se hace sin separar el compromiso público del cristiano del conocimiento de la Palabra de Dios que lo motiva.

Esto significa no oponer la coherencia del testimonio al conocimiento de la doctrina de la fe, cosa que se hace a veces de forma obsesiva y falta de objetividad en los análisis que se divulgan en los medios de comunicación sobre la actuación de la Iglesia. Por lo demás, la coherencia del testimonio con la doctrina profesada que sólo se logra mediante la lectura e interiorización de la sagrada Escritura; y la apropiación personal y comunitaria de la antropología bíblica como criterio revelado. Es decir, esta coherencia se logra atendiendo a la imagen del hombre ofrecida por Dios en la revelación, y el seguimiento y recepción sin reservas del magisterio de la Iglesia. La predicación del Evangelio, dice san Pablo, tiene por finalidad «suscitar la obediencia de la fe” (Rom 1,5; cf. 16,26). Por esto mismo, si se desconoce el contenido de la fe creída no hay posibilidad alguna de dar un testimonio coherente del Evangelio. Una acción apostólica que no tienda a considerar la centralidad de la transmisión objetiva de la doctrina no alcanza su propio fin. No porque la evangelización tenga que concebirse como adoctrinamiento, que también lo es rectamente entendido éste, sino porque el conocimiento de la fe se ha de entender como conocimiento de Cristo y de su obra redentora.

Si no sé quién es Jesucristo y qué ha hecho por mí, y si ignoro que por medio de él me han sido perdonados los pecados y he sido hecho hijo de Dios; y si me es desconocido que he sido hecho partícipe de la vida divina por la muerte y resurrección de Jesús, ¿cómo puedo llegar a la fe que es respuesta a la revelación del Evangelio? Si no soy consciente de que por el agua bautismal y la unción del Espíritu Santo, fruto de la redención, Dios ha hecho de mí una nueva criatura; si soy ajeno al hecho de que por la fe y el bautismo he sido configurado con la suerte y el destino de Cristo Jesús y, por la gracia misericordiosa de nuestro Redentor, he sido puesto en camino de la gloria de Dios, al que puedo invocar confiadamente como Padre; si de nada de esto tengo clara conciencia, no puedo en modo alguno dar a conocer a aquél en quien he encontrado la salvación. No podré decirle a nadie lo que Andrés y Juan dijeron a Simón Pedro: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). No podré decir lo que mismo que Felipe dijo a Natanael: “Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret” (Jn 1,45)

El conocimiento de Cristo, por el cual Pablo todo lo estimaba pérdida y sin valor alguno (cf. Fil 3,8), no se diluye en las formulaciones doctrinales, pero aquello mismo que las formulaciones de la doctrina sobre la persona y el misterio de Cristo dan a conocer sirve hace de las formulaciones de la fe medio de acceso al encuentro con la persona de Cristo. Dicho de otra manera, las formulaciones de la fe expresan el contenido creído que sustenta el encuentro con el Señor y da cauce a la experiencia mística de comunión con él. Es lo que quiere decir san Pablo cuando manifiesta que todo lo estima pérdida «para conocerlo a él y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Fil 3,10-11).

Sin el conocimiento de esta verdades de la fe que me salva, contenido de la predicación, del kérygma proclamado por el evangelizador, que conduce a la confesión cristiana de Dios, que pronuncian mis labios no podré ser testigo ante los hombres de Cristo muerto y resucitado; y nada podré aportar al cambio del mundo para que «Dios sea todo en todos» (1 Cor 15,28). Toda obra de evangelización se resume en dar a conocer a Cristo y llevar a los hombres a la fe en él como revelación definitiva de Dios por ser el Hijo de Dios hecho carne, cuyo conocimiento viene de la predicación de su nombre, para que por medio de la «fe en su nombre» (Hech 3,16) el que oye el mensaje alcance el conocimiento del designio de salvación de Dios. Este designio se expresa de forma radical, verdadera y cierta en el hecho de dar a conocer que «no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” (Hech 4,12). Estas palabras de san Pedro ante el sanedrín judío justificando la predicación de Cristo y la curación del paralítico de la puerta «Hermosa» del templo, encierran la razón de ser de la angustia paulina ante la falta de evangelizadores: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; ¿cómo oirán hablar de él sin que nadie anuncie? Y ¿cómo anunciarán si no los envían?” (Rom 10,15).

Este es el objetivo que Benedicto XVI proponía a la tarea apostólica de la nueva evangelización y que el Papa quiso reforzar mediante la promulgación del Año de la fe: dar a conocer a Cristo mediante la confesión de la fe. Tal como el Papa lo decía: «Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre»[77].

Este conocimiento de Cristo no debe entenderse como mero conocimiento material de las fórmulas de la fe, sino experiencia real de Cristo y conocimiento de su persona en aquella relación de amor sobrenatural que es alimentado por la fe que la confesión de fe transmite. Por eso, el Papa escribía en su primera encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[78].

30        La evangelización da a conocer a Cristo para que por la fe en él lleguen los hombres a comprender el sentido de la vida humana y su destinación en Cristo, que es la plena participación de la vida divina; en definitiva, para que lleguen a comprenderse a sí mismos:

«En él [Jesucristo] encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación»[79].

La mente del Papa sobre la nueva evangelización era bien clara, declarando que detrás de la evangelización no hay un proyecto humano de expansión, mediante el cual pueda autoafirmarse la Iglesia frente a otros grupos, religiones y poderes, «sino el deseo de compartir el don inestimable que Dios ha querido darnos, haciéndonos partícipes de su propia vida»[80]. Esta participación la ha hecho posible el misterio pascual de Cristo, contenido del anuncio evangélico, entregado como objeto de la fe a cuantos siguen a Jesús por el Dios Padre que revela que es amor en la humanidad de su Hijo. No entenderlo así es no haber comprendido qué es la fe que el Evangelio de Cristo pide del creyente. El Papa Francisco, siguiendo el magisterio de Benedicto XVI, que hace plenamente suyo, lo resume de forma admirable:

«La luz de la fe es la de un Rostro en el que se ve al Padre (…) Esto significa que el conocimiento de la fe no invita a mirar una verdad puramente interior. La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia. En este sentido, santo Tomás de Aquino habla de la oculata fides de los Apóstoles —la fe que ve— ante la visión corporal del Resucitado. Vieron a Jesús resucitado con sus propios ojos y creyeron, es decir, pudieron penetrar en la profundidad de aquello que veían para confesar al Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre»[81].

De ahí que, al fijar objetivos concretos al nuevo Pontificio Consejo creado para la promoción la nueva evangelización, Benedicto XVI le encomiende los siguientes cometidos: 1) «profundizar el significado teológico y pastoral de la nueva evangelización»; 2) promover y favorecer, en colaboración estrecha con los obispos, «el estudio, la difusión y la puesta en práctica del Magisterio pontificio relativo a las temáticas relacionadas con la evangelización»; 3) dar a conocer las iniciativas organizadas en las Iglesias particulares con tal objetivo promoviendo al mismo tiempo otras nuevas, involucrando en ellas a las personas de vida consagrada y apostólica igual que a las asociaciones de files y nueva comunidades surgidas en al Iglesia; 4) sirviéndose para ello de «las formas modernas de comunicación, como instrumentos para la nueva evangelización»; y 5) promover el uso del Catecismo de la Iglesia Católica, como «formulación esencial y completa del contenido de la fe para los hombres de nuestro tiempo»[82].

Se trata, por tanto, de operar con conceptos ajustados a la realidad de las cosas y, en consecuencia, de ahondar en la noción misma de evangelización, superando antinomias y oposiciones indeseadas, que producen el efecto contrario a la obra de la evangelización en la Iglesia. Ciertamente que con catecismos no se quita el hambre, pero en la crisis social de finales del siglo XIX y principios del XX se hizo célebre el lema programático de la cristianización de la sociedad de los alejados de la Iglesia por la pobreza y la miseria de una sociedad falta de justicia: «pan y catecismo». Es decir, la preparación evangélica implica la acción humanitaria, pero esta se sigue asimismo y muy principalmente del conocimiento de la fe. Lo decía sin dejar lugar a dudas el beato Pablo VI, cuando afirmaba la recíproca relación de ambas realidades, evangelización y promoción humana, indicando que entre ellas existen lazos muy fuertes: vínculos de orden antropológico, en razón de la unidad espiritual y material del ser humano, que es concreto, no un ser abstracto y requiere tener presentes tantos sus necesidades espirituales como sociales y económicas; vínculos teológicos, ya que no es posible disociar creación y redención; vínculos de orden evangélico, que establece el precepto recapitulador de la caridad; y por ello se preguntaba: «en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero y auténtico crecimiento del hombre?»[83].

La oposición de justicia y religión que caracterizó la crítica de la religión desde el siglo XIX, proyectando su trágica sombra sobre casi todo el siglo XX y que sólo la crisis final del marxismo y la caída de los regímenes totalitarios del humanismo ateo pudo definitivamente disolver, es una oposición que parece ciertamente superada. Es verdad que no en todos los sectores sociales, ni siquiera en algunos grupos cristianos minoritarios, pero ha sido sustituida por una oposición no menos dramática en sus consecuencias devastadoras para la fe como es la oposición entre un progresismo laicista y un reclamo de la tradición a veces fijada en paradigmas culturales y sociales del pasado. No dejan algunos grupos cristianos de secundar esta oposición y quisieran que la Iglesia suscribiera las tesis del progresismo, dando por sentado que toda resistencia crítica frente a los movimientos culturales de nuestro tiempo es sólo fruto del conservadurismo social de una Iglesia dominada por una jerarquía impenitentemente resistente al cambio. Un cliché no sólo injusto, sino que prueba lo contrario, la esclerosis del criticismo ideológico a la Iglesia y a la religión.

Estos grupos cristianos, alimentados por algunos planteamientos teológicos, corren el riesgo de nivelar la revelación, sometiendo su interpretación a criterios racionalistas y, de este modo, suprimiendo el permanente desnivel que existe entre la revelación divina y la indagación racionalista de la razón, siempre necesitada de la liberación de sí misma por la gracia. Sucede, por esto, que en este esfuerzo por hacer creíble el mensaje cristiano, sin duda con la mejor voluntad de cooperar en la proclamación del Evangelio para que sea aceptado por la mentalidad de nuestro tiempo, se cae en el subjetivismo relativista denunciado por Benedicto XVI con tanta fuerza; e incluso en un neo-fideísmo, una vez se han descartado por supuesta coherencia con la razón, los signos sobrenaturales que acompañan la historia de la salvación y la vida de la Iglesia.

Conviene, por tanto, recordar que las fórmulas de la fe, siendo contingentes como lo es el lenguaje humano, transmiten la fe y garantizan el acceso a la verdad creída. En este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica ha de ser evaluado desde la concepción que del mismo tiene la Iglesia, y que corresponde a la verdadera naturaleza de su texto, explícitamente calificada en la Constitución apostólica por la cual Juan Pablo II lo promulgaba como objetiva formulación de la fe de la Iglesia. En efecto, en dicha Constitución dice el Papa que el Catecismo por él aprobado y cuya publicación ordena en virtud de su autoridad apostólica como Sucesor de Pedro «es la exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas e iluminadas por la sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia. Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»[84].

Esta declaración significa que, más allá de la contingencia de la reflexión teológica que acompaña la exposición de la fe que hace el Catecismo, éste expresa la verdad de la fe objetivamente y no es eludible como mero lenguaje catequético, si por tal se quisiera entender que el lenguaje catequético adolece de simbolismo y figuración, sin capacidad objetiva para expresar la verdad de la fe transmitida por la Tradición y creída por la Iglesia, y en cuanto tal propuesta para ser creída como condición de pertenencia la comunión de los fieles.

La fe, pues, de la Iglesia precede a la fe del que se integra en ella y se halla contenida en el símbolo de la fe, explanado en la guía segura del Catecismo que la expresa. Por ser así, el Catecismo es, en expresión de san Juan Pablo II, «regla segura para la enseñanza de la fe», al margen de la cual no se hace verdadera catequesis cuando se prepara a los catecúmenos y a los fieles para la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana y de los demás sacramentos de la Iglesia. Por esto, antes de la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana se hace preciso el catecumenado de los candidatos al bautismo, y la responsable formación de la fe de los padres y de quienes son “fiadores” del bautismo de los niños que ellos apadrinan o presentan al bautismo[85].

2. La instrucción en la fe mediante la catequesis y la introducción y participación en la acción litúrgica se hallan recíprocamente referidas

a) Una catequesis renovada al servicio del conocimiento experiencial de Cristo en la transmisión de la fe

31              El conocimiento de la verdad de la fe no es sólo apropiación intelectual porque el conocimiento de Cristo es adhesión plena a su divina Persona. Por ser así este conocimiento resulta del encuentro interpersonal entre Cristo y el creyente, fruto de la gracia de Dios que le atrae a él mediante la conversión. Este encuentro se hace experiencia bajo la figura de los signos sensibles de la gracia en los sacramentos de la Iglesia. En este sentido, todo cuanto propone el plan pastoral, a tenor de los objetivos que se han trazado las delegaciones episcopales y secretariados, está orientado a continuar las tareas permanentes de toda acción pastoral, que ya fueron objeto de anteriores planes, pero que han de serlo siempre como:

1º. La siempre difícil tarea evangelizadora y pastoral de la iniciación cristiana, que ha de llevarse a cabo mediante la renovación e intensificación de la catequesis que acompaña al tiempo dispone y prepara la iniciación sacramental.

2º. La también difícil y necesitada de imaginación, y al mismo tiempo de método y sistema, tarea de formación de los fieles cristianos, que ha de realizarse en fidelidad plena a la enseñanza de la Iglesia. Esta formación es permanente y está orientada a hacer crecer a los fieles cristianos en el conocimiento de Cristo y, por su medio, en el conocimiento del Dios que es Trinidad de Personas en la unicidad del único Dios verdadero.

3º. El aprendizaje y apropiación del trato personal con Dios que acontece en la oración y es consecuencia del acceso al misterio de Dios como conocimiento y experiencia en la fe de la comunión trinitaria de las divinas Personas. Este conocimiento y sabiduría de Dios que va adquiriendo progresivamente el creyente dimanan de la revelación del misterio de Cristo, que corresponde a su condición de Hijo de Dios transmitida por la fe apostólica, y de nuestra incorporación adoptiva a la filiación divina por la fe en Cristo y el bautismo. Por lo que se ha de introducir a los que se inician en la fe cristiana y a los que en ella profundizan procurando su configuración con los sentimientos de Cristo, con su vivencia de la filiación divina de la cual nos ha hecho partícipes. En esto consiste el dinamismo propio de la mistagogía de la fe, que caracteriza la oración cristiana como relación interpersonal entre Dios y quien se sabe hijo de Dios en Cristo. Este concepto cristiano de la oración evita su asimilación a la práctica oracional de otras religiones, acerca de la cual la Iglesia advierte del riesgo que representa, ya que aleja al cristiano de la experiencia fundamental de la oración en la cual hemos sido introducidos por Cristo invocando a Dios habiendo recibido «un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: “¡Abbá, Padre!» (Rom 8,15)[86]. El paradigma de la oración cristiana está dado el «Padre nuestro», con toda verdad llamada «oración del Señor», o lo que es lo mismo, «oración dominical» que nos han transmitido los evangelistas (Mt 6,9-13; Lc 11,2-4).

4º. Se podrá comprender con facilidad la importancia que se ha de conceder al catecumenado en el caso de los adultos que vienen a la fe en Cristo. Siendo como es el catecumenado del paradigma de la iniciación cristiana mediante la catequesis y la progresiva iniciación en la experiencia de la fe y práctica de la vida cristiana, se entenderá, en efecto, que la Instrucción Renacidos del agua y del Espíritu ponga el énfasis necesario sobre el catecumenado, su desarrollo y etapas[87]; así como sobre el carácter de institución eclesial que el catecumenado ha de tener en la Iglesia diocesana[88]. Del mismo como lo que se afirma en particular sobre la diversidad de itinerarios y, de manera propia, cuanto se dispone sobre el catecumenado de los niños no bautizados que se hallan en edad escolar hasta la adolescencia, y cuyos padres o tutores piden para ellos el bautismo a la Iglesia.

De estas tareas irrenunciables de transmisión de la fe cristiana se abre el conocimiento del catequizando a una mejor comprensión y vivencia personal de la obra redentora de Cristo y de la acción divina de recreación y santificación del Espíritu Santo. Lo mismo se ha de decir de quien se afianza en la fe recibida, tras haberse alejado de ella, mostrando sincero interés en retornar a ella.

b) La evangelización culmina siempre en la acción litúrgica         

32         De modo consecuente con lo que se ha dicho más arriba sobre la perduración del kérygma, es oportuno poner de relieve que la constante y renovada exposición del misterio de cada sacramento y de su confección litúrgica es inseparable de la práctica sacramental. En la exposición de la colación de la Misa y de los sacramentos es necesario atender a las orientaciones de la Iglesia recogidas en la Ordenación general del Misal Romano y en las introducciones (praenotanda) de los libros rituales. Estas orientaciones tienen, por lo general, fuerza normativa, salvo en los casos en que se indica su carácter discrecional u homologable a lo que se propone. Son, pues, orientaciones que se han de tener presentes en la celebración de la sagrada liturgia por su mismo carácter normativo, garantía de la identidad eclesial de la celebración y derecho de los fieles a la misma. Es al Obispo como primer oficiante (protoleiturgós) de su Iglesia particular, ayudado por sus presbíteros, en razón del sacramento del Orden sacerdotal que han recibido, aun con diferente participación, a quienes corresponde formar e instruir a los catequistas —ayudados en su caso por los diáconos— en las orientaciones y normativas que ofrecen estos libros. A ellos se asocia la colaboración, cuando son necesarios, de los ministros extraordinarios de la sagrada Comunión; y el auxilio también de quienes son autorizados por el Obispo diocesano a convocar la asamblea litúrgica y dirigir la oración en las comunidades en ausencia de presbítero o diácono.

¿Cómo podrán vivir la Misa los neófitos recién bautizados, y los niños que fueron bautizados al nacer y se hallan en etapa de educación en la fe, si no se explica convenientemente en sus partes rituales y los contenidos de su colación y estructura sacramental? ¿Cómo podrán participar los fieles fructuosamente en los ritos sacramentales, en general, si no se exponen con pedagogía y buen método didáctico por parte de los sacerdotes? ¿Cómo podrán apropiarse del significado de los signos sacramentales sin la necesaria catequesis e introducción en su vivencia?

Sin introducción en la liturgia de la Iglesia no hay posibilidad alguna de experiencia mistagógica de la fe, de integrar al catequizando en la comunión eclesial que adora a Dios y se encuentra con él en el memorial sacramental de Cristo, que se realiza bajo la acción del Espíritu Santo. Sin esta introducción necesaria, parte de una catequesis renovada, tampoco se podrá atraer a la comunión de gracia a quien se ha alejado de una práctica litúrgica de la fe que ya no entiende. Lo recuerdan los obispos españoles, advirtiendo que la acción litúrgica «es el lugar privilegiado donde la Palabra de Dios resuena con toda su vitalidad», y porque es así, de la liturgia «brota y a ella tiende toda la vida de la Iglesia, también su tarea evangelizadora, catequética y docente»[89]. Es lo que dice el Vaticano II cuando afirma que por medio de la liturgia se ejerce la obra de nuestra redención[90], y si bien no agota toda la actividad de la Iglesia[91], ninguna otra acción de la Iglesia puede igualar a la acción litúrgica[92], porque la liturgia constituye la cumbre a la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y la fuente de donde dimana toda su fuerza[93].

Es en la liturgia donde se realiza la experiencia del carácter sacramental de la fe, en la acción litúrgica se vive místicamente en la mediación del sacramento la relación del hombre con las tres divinas Personas de la santa e indivisa Trinidad de Dios. Es Cristo quien ora al Padre y asocia en la súplica y la alabanza a su Esposa la Iglesia, que participa del sacerdocio eterno del único Mediador y ejerce el culto de la nueva Alianza en el Espíritu Santo. La estructura trinitaria de la experiencia sacramental es la misma que sustenta las misiones de las divinas Personas: del Padre que envía al Hijo, engendrado en su seno antes de los siglos; del Hijo amado del Padre y entregado por la salvación del mundo; y del Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, por cuyo medio el Padre atrae a la fe en Cristo y sustenta, asiste e ilumina la vivencia sacramental a la que tiende la evangelización. Tal es la enseñanza del Vaticano II, propuesta con reiteración en sus documentos, al hablar del misterio de la Iglesia y de su misión apostólica, inserta en las misiones divinas que en ella se prolongan[94]. El Concilio concluye de la acción salvífica del Padre, que da origen a las misiones del Hijo y del Espíritu Santo, su prolongación en la vida espiritual de la Iglesia: «Así Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos la palabra de Cristo (cf. Col 3,16)»[95].

Conclusión

33 C

ONCLUIMOS esta carta pastoral con la mirada puesta en el misterio de la Iglesia como lugar de la presencia del Señor que redime y salva, porque en ella se prolonga la misión de mediación de la salvación del Mediador único Jesucristo. Pablo VI recordaba, refiriéndose a las misiones que sustentan la evangelización, que la Iglesia nace de la misión de Cristo como enviado del Padre y la misión de los Apóstoles, enviados de Cristo; y que la misión de la Iglesia prolonga la misión apostólica, ya que tiene su origen histórico en la acción evangelizadora de Jesús y los Doce. En efecto, nacida de la misión de Jesucristo, la Iglesia es a su vez enviada por él y como tal la Iglesia «permanece en el mundo como un signo opaco y luminoso al mismo tiempo de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia»[96]. En esta su condición de Iglesia peregrina de la historia, en la sucesión de las generaciones, su presencia sirve instrumentalmente a Cristo para que continúe en el mundo la misión de evangelización que le encomendó el Padre y que él, resucitado de entre los muertos, confió a los Apóstoles hasta que él vuelva.

Esta misión evangelizadora consiste en dar a conocer a Dios y su designio de salvación, convirtiéndose por ello en portadora de la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia, al proclamar al noticia de la salvación y ofrecerla al mundo, se evangeliza a sí misma y se libera de las tentaciones de hacer de sí misma objetivo de la evangelización. De este modo, porque es portadora de la salvación que anuncia gracias a su realidad sacramental, la Iglesia es acontecimiento de gracia y medio necesario para la salvación del mundo. Así lo ha querido Cristo conforme al designio de Dios, de suerte que a pesar de estar formada por los pecadores a los que Cristo redime y salva mediante la fe y la gracia de los sacramentos, es y permanece siempre en la comunión de santos.

Concluyo estas reflexiones y orientaciones sobre la evangelización encomendando su aplicación a la acción pastoral y apostólica en la Iglesia diocesana a la intercesión de la Virgen Madre de Dios, Señora nuestra y Estrella de la evangelización, que se alegró con la resurrección de Cristo y con su alegría llenó de gozo a los discípulos, y suplicándole con amor filial:

Madre y Señora nuestra, Santa María,

que te alegraste en la resurrección de tu Hijo

entregado por nuestra salvación a una muerte de cruz,

intercede por nosotros, tus hijos, ante Él,

que es la resurrección y la vida,

la luz que brilla en la oscuridad,

para iluminar el mundo

y hacerlo pasar de las tinieblas

a la luz admirable del reino de Dios,

que es reino de la alegría.

Tú, que eres la Estrella de la evangelización,

no dejes de brillar en nuestra vida,

para que seamos fieles al conocimiento de Cristo,

camino verdad y vida;

para que el testimonio de Cristo

que podamos ofrecer a los demás

los atraiga a su amistad,

amor que nos da la vida

y vida que nos colma de alegría,

imagen visible del Dios y revelación de su misericordia.

Madre del amor hermoso

y de la santa esperanza,

ayúdanos con tu maternal ternura

a llevar a los hombres nuestros hermanos

a tu divino Hijo Jesús,

verdad que nos hace libres

plenitud de Dios en nuestra carne,

Señor y hermano nuestro Jesucristo.

A Él sea la gloria y la alabanza

por los siglos de los siglos. Amén.

En Almería, a 5 de abril de 2015

Pascua de Resurrección

                                                  X Adolfo, Obispo de Almería

                                                     Obispo de Almería

Siglas

AA                    Vaticano II: Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem (18 noviembre 1965).

AAS                  Acta Apostolicae Sedis.

BOCEE             Boletín de la Conferencia Episcopal Española.

CEE                  Conferencia Episcopal Española.

DV                    Vaticano II: Constitución dogmática sobre la divina revelación Dei Verbum (18 noviembre 1965).

EG                     Francisco, Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual Evangelii gaudium (11 de octubre de 2013).

EEu                   San Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal sobre Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa Ecclesia in Europa (28 junio 2003).

EN                     Beato Pablo VI, Exhortación apostólica acerca de la evangelización del mundo contemporáneo Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975).

GS                     Vaticano II: Constitución pastoral sobre la presencia de la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes (7 diciembre 1965).

LG                     Vaticano II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium (21 noviembre 1964).

PF                      Benedicto XVI, Carta apostólica en forma motu proprio con la que se convoca el Año de la fe Porta fidei (11 octubre 2011).

RAE                  Obispos de las Diócesis del Sur de España, Renacidos del agua y del Espíritu. Instrucción pastoral sobre la iniciación cristiana (Córdoba, 8 de septiembre de 2013), ed. BAC-Documentos 48 (Madrid 2013).

SC                     Vaticano II: Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (4 diciembre 1963).

SCa                   Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal sobre la Eucaristía fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia Sacramentum caritatis (22 febrero 2017).

US                     Benedicto XVI, Carta apostólica en forma motu proprio con la cual se instituye el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización Ubicumque et semper (21 septiembre 2010).

VD                    Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia Verbum Domini (30 septiembre 2010).                    

 


[1] Cf. Obispado de Almería, Evangelizar para que crean. Plan pastoral de la Iglesia diocesana de Almería 2012-2016. Objetivos y acciones (Almería 2013).

[2] Benedicto XVI, Carta apostólica en forma motu proprio con la que se convoca el Año de la fe Porta fidei [PF] (11 de octubre de 2011).

[3]

[4] Francisco, Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual Evangelii gaudium (11 de octubre de 2013) [EG], nn. 81-86.

[5] EG, nn. 112-121.

[6] EG, nn. 160-175.

[7] EG, nn. 177-185.

[8] EG, nn. 197-201.

[9] EG, nn. 244-245.

[10] EG, n.246.

[11] EG, n. 251.

[12] EG, n. 248.

[13] Cf. A. González Montes, «Una lectura en contexto de la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la presencia de la Iglesia en el mundo actual», en V. Vide - J. R. Villar (eds.), El Concilio Vaticano II. Una perspectiva teológica (Madrid 2013) 437-472.

[14] Cf. Vaticano II: Constitución pastoral sobre la presencia de la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes [GS], nn. 31-34. Por lo demás, el Concilio dedicó el Decreto Apostolicam Actuositatem [AA] al apostolado de los laicos, donde establece: «El apostolado en el ambiente social, es decir, el afán por informar con espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive, es hasta tal punto un deber y una obligación propia de los laicos que nunca podrá ser realizada convenientemente por otros» (AA, n. 13].

[15] Cf. las catequesis de los obispos en las actas del congreso editadas por Edice: Mons. J. López Martín, “«Dies Domini». Celebración de la obra del Creador”, en La Eucaristía, alimento del pueblo peregrino. IX Congreso Eucarístico nacional (Madrid 2000) 201-218; Mons. E. Romero Pose, “«Dies Christi». El domingo, día del Señor resucitado: don del Espíritu”, en ibid., 219-224; Mons. A. González Montes, “Dies Ecclesiae”, en ibid., 225-230. Esta última, del autor, fue también incluida con algunas modificaciones documentales en Id., Sentir con la Iglesia (Ávila 2000) 87-91 y en Id., Imagen de Iglesia. Eclesiología en perspectiva ecuménica (Madrid 2008) 591-596.

[16] Esta Instrucción fue aprobada por LVI Asamblea plenaria de la CEE (23 mayo 1992): BOCEE 9 (1992) 35, 211-226; también en Documentos de la Conferencia episcopal Española (1983-2000) II. 1990-1995, ed. de J. C. García Domene (Madrid 2004), doc. n.24, (pp.578- 613).

[17] Esta Nota fue aprobada por la LXIII Asamblea plenaria de la CEE (28 abril 1995): BOCEE 12 (1995) 47,92-95; también en Documentos de la Conferencia episcopal Española (1983-2000) III. 1995-2000, ed. de J. C. García Domene (Madrid 2004), doc.4 (pp. 13-19).

[18] Instrucción pastoral Sentido evangelizador del domingo y de las fiestas, n.9.

[19] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal sobre Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa Ecclesia in Europa [EEu] (28 junio 2003), n. 9b.

[20] Diócesis de Almería, Plan pastoral 2003-2006 «Caminar desde Cristo» (Almería 2004), n.6.

[21] Mons. A. González Montes, Plan pastoral de la Iglesia diocesana de Almería 2008-2011. Objetivos y acciones (Almería 2008) 16-17.

[22] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal sobre la Eucaristía fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia Sacramentum caritatis [SCa] (22 febrero 2017), n. 72.

[23] Ibid.

[24] Cf. Mons. A. González Montes, Dar el pan de la Palabra y de la Eucaristía. Carta pastoral con motivo del nuevo Plan pastoral diocesano (2 de febrero de 2008), nn. 3-9.

[25] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión «Communionis notio» (Roma 28 de mayo de 1992): AAS 85 (1993-II) 838-850.

[26] Benedicto XVI, Carta apostólica en forma de «motu proprio» con la cual se instituye el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización Ubicumque et semper [US] (21 de septiembre de 2010), art. 1 §2.

[27] Cf. Benedicto XVI, Carta apostólica en forma de «motu proprio» Fides per doctrinam, con la que se modifica la Constitución apostólica Pastor bonus y se traspasa la competencia sobre la catequesis de la Congregación para el Clero al Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización (16 de enero de 2013).

[28] Cf. mi ponencia: A. González Montes, “Ser misionero en la nueva evangelización: ámbitos del primer anuncio”, en Ser misionero en la nueva evangelización. 65 Semana Española de Misionología (Burgos 9-12 de julio de 2012) (Burgos 2012) 87-130; y también las intervenciones en la Universidad Católica de Portugal (Sede de Oporto) recogidas en Id., “La nueva evangelización. Reto de la Iglesia en la sociedad actual”, Humanistica e Teologia 33/1 (2012) 79-89.

[29] Cf. la compilación de textos sobre el tema de Juan Pablo II y Benedicto XVI en J. A. Martínez Puche, OP, La nueva evangelización. Enseñanzas del beato Juan Pablo II. Aportaciones de Benedicto XVI (Madrid 2012).

[30] Juan Pablo II, Discurso a la XIX Asamblea del CELAM (9 marzo 1983), n.3: AAS 75 (1983) 778.

[31] Benedicto XVI, Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald (Barcelona 2010) 164.

[32] J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia. Una introducción (Madrid 22002) 43; también en el mismo lugar el entrecomillado previo.

[33] SCa, n. 46.

[34] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia Verbum Domini [VD] (30 de septiembre de 2010), n. 59.

[35] Cardenal Robert Sarah, en: http://www.zenit.org/es/articles/vaticano-presentan-un-manual-contra-las-homilias-vacias (Ciudad del Vaticano, 10 de febrero de 2015) (Zenit.org) Redacción | 1038 hits [acceso: 12.2.2015].

[36] EG, n. 138.

[37] Mons. A. González Montes, La predicación litúrgica. Carta pastoral a los sacerdotes y diáconos con motivo de la publicación del «Directorio homilético» (Almería, 22 marzo 2015).

[38] Congregación para el Culto divino y Disciplina de los Sacramentos, Directorio homilético (29 junio 2014), vers. española ed. BAC (Madrid 2015).

[39] VD, n. 60.

[40] Card. J. Ratzinger, Dios y el mundo. Creer en nuestra época. Una conversación con Peter Seewald (Barcelona 2002) 390.

[41] EG, n. 154.

[42] EG, n. 164.

[43] Obispos de las Diócesis del Sur de España, Renacidos del agua y del Espíritu. Instrucción pastoral sobre la iniciación cristiana [RAE] (Córdoba, 8 de septiembre de 2013), ed. BAC-Documentos 48 (Madrid 2013), n. 7 (pp. 47-49).

[44] Pontificio Consejo para la Promoción de la Nuevas Evangelización, Vivir el Año de la Fe (Madrid 2012) 182-183.

[45] Ibid., 183-184.

[46] Cf. XCVII Asamblea Plenaria de la CEE, Orientaciones pastorales para la coordinación de la familia, la parroquia y la escuela en la transmisión de la fe (Madrid, 25 febrero 20013).

[47] RAE, nn. 29-33 («El Bautismo, sacramento de la fe»); y 92-106 («Los padres en el itinerario de los niños presentados al Bautismo»).

[48] X. Morlans, El primer anuncio. El eslabón perdido (Boadilla del Monte-Madrid 2009) 46-48.

[49] EG, n. 3.

[50] San Agustín, Tratados sobre el evangelio de san Juan, Tdo. 84, 1: CCL 36, 536s; versión española Obras completas de San Agustín t. XIV. Tratados sobre el evangelio de san Juan (36-124), ed. bilingüe, ed. BAC. por J. Anoz y otros (Madrid 2009, 3ª ed. actualizada), pp. 564-565.

[51] EG, n. 148.

[52] W. Kasper, La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana (2013, 5ª ed. española) 78.

[53] Ibid., 79.

[54] San Bernardo, Obras completas V. Sermones sobre el Cantar de los Cantares: Sermón 62 IV,6: ed. bilingüe BAC (Madrid 2014) 727. Cf. W. Kasper, cit., 79s.

[55] Cf. Plan pastoral aprobado por la XCIX Asamblea plenaria de la CEE, La nueva evangelización desde la Palabra de Dios: “Por tu Palabra echaré las redes” (Lc 5,5). Plan pastoral 2011-2015 (Madrid, 26 de abril de 2012), n. 19; en adelante Plan pastoral 2011-2015: BOCEE 89 (2012) 12-24.

[56] EG, nn. 76-109.

[57] San Ignacio de Loyola, Autobiografía VI, 57: Obras (Madrid 2013, 1ª ed. en BAC Maior) 61.

[58] Ambas citas: Francisco, Homilía penitencial (Basílica de San Pedro, viernes 13 de marzo de 2015), según traducción de la versión italiana del sitio de la Santa Sede (acceso: 16.3.2014): http://w2.vatican.va/content/francesco/it/homilies/2015/documents/papa-francesco_20150313_omelia-liturgia-penitenziale.html. Apenas dada a la imprenta esta Carta pastoral ha sido dada a conocer la Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia «Misericordiae vultus» (11 abril 2015).

[59] EN, n.17b.

[60] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la doctrina social de la Iglesia (Madrid 2005) 5, n.7.

[61] Benedicto XVI, Carta encíclica sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad Caritas in veritate (Ciudad del Vaticano, 29 de junio de 2009), n.75.

[62] XCIV Asamblea plenaria de la CEE, Declaración ante la crisis moral y económica (Madrid, 27 de noviembre de 2009), n.1.

[63] EN, n.17a.

[64] EEu, n. 9a.

[65] XCII Asamblea plenaria de la CEE, Actualidad de la misión «ad gentes» en España. Instrucción pastoral (Madrid 27 de noviembre de 2008): BOCEE 31 (2008) 74-87.

[66] XCVII Asamblea plenaria de la CEE, Orientaciones sobre la cooperación misionera entre las Iglesias para las diócesis de España (Madrid, 3 de marzo de 2011): BOCEE 87 (2011) 21-51.

[67] Sínodo de los Obispos / XIII Asamblea general ordinaria, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Lineamenta (Ciudad del Vaticano 2011). Los Lineamenta fueron seguidos, una vez estudiados y complementados por la Secretaría general del Sínodo con las aportaciones que llegaron a la misma de las Conferencias episcopales, de los Obispos y de otras instancias eclesiales, por el documento del mismo título presentado para el debate del Sínodo o Instrumentum laboris (Ciudad del Vaticano 2012).

[68] Plan pastoral 2011-2015, n.16.

[69] Los obispos remiten a la instrucción pastoral de la LXXXVIII Asamblea plenaria de la CEE, Orientaciones morales ante la situación moral de España. Instrucción pastoral (Madrid, 23 de noviembre de 2006): BOCEE 77 (2006) 123-140.

[70] Plan pastoral 2011-2015, n.17.

[71] VD, n. 96.

[72] Plan pastoral 2011-2015, n.23.

[73] VD, n.121a.

[74] Plan pastoral 2011-2015, n. 5.1.

[75] Además de hallarse en la red el sitio de la Santa Sede, se puede ver alguna edición divulgadora del texto como la de BAC-documentos: Sínodo de los Obispos / Tercera Asambleas general extraordinaria, Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización. Instrumentum laboris (Madrid 2014).

[76] Cf. texto en el sitio de la red de la Santa Sede, y editado para divulgación en BAC-documentos: Sínodo extraordinario sobre la familia (2014). Relatio Synodi. Lineamenta. Presentación de Mons. R. Blázquez (Madrid 2014).

[77] PF, n. 8.

[78] Benedicto XVI, Carta encíclica sobre el amor cristiano Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), n. 1.

[79] PF, n. 13.

[80] US, parág.8

[81] Papa Francisco, Carta encíclica sobre la fe Lumen fidei (29 junio 2013), n. 30b.

[82] US, art. 3 §§1-5.

[83] EN, n. 31a.

[84] San Juan Pablo II, Constitución apostólica por la que se promulga y establece, después del Vaticano II, y con carácter de instrumento de derecho público, el Catecismo de la Iglesia Católica Fidei depositum (11 de octubre de 1992), epíg.4 (valor doctrinal del texto).

[85] Cf. RAE, n. 31-32 y 92-96 (situaciones pastorales ante la petición del bautismo); y 97-106 (disposiciones sobre la materia).

[86] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana Orationis formas (Epistula ad totius Catholicae Ecclesiae Episcopos de quibus rationibus christianae meditationis) (15.10.1989), en Id., Documentos 1966-2007, ed. E. Vadillo Romero (Madrid 2008), doc. n.70, pp. 458-477.

[87] Cf. RAE, nn. 10-12 (pp. 55-62).

[88] Cf. RAE, nn.75-76.

[89] Plan pastoral 2011-2015, n.23.

[90] Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium [SC], n.2.

[91] SC, n.9.

[92] SC, n.7.

[93] SC, n.10.

[94] Cf. LG, nn. 2-4; SC, n. 5.

[95] DV, n. 8b.

[96] EN, n. 15c.

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Mons. Adolfo González Montes
Obispo de Almería

LA PREDICACIÓN LITÚRGICA
Carta Pastoral con motivo de la publicación del «Directorio homilético»
Almería 2015

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ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
OBISPO DE ALMERÍA

Sobre la importancia del Seminario Menor en las Vocaciones sacerdotales. Carta pastoral a los Sacerdotes y diáconos, y a todos los diocesanos al concluir las Obras de Rehabilitación del Seminario Conciliar.

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