Cartas a los Diocesanos

Con la fiesta de san José, patrono de la Iglesia universal y de las vocaciones sacerdotales, la campaña del Seminario, que siempre está en acción, llega cada año a su temporada de mayor intensidad. De las comunidades parroquiales le llegan al Obispo permanentemente solicitudes de los fieles pidiendo se les envíe un sacerdote que resida en la comunidad, tal como lo manda la ley de la Iglesia; y además, que no les falte nunca la posibilidad de pedirle al Obispo que les retire un sacerdote que no les gusta para que les llegue otro mejor, con el que se sientan más a gusto, cuando algunas de las actuaciones del párroco o del sacerdote administrador parroquial les complacen menos.

 Que suceda así es para dar constantemente gracias a Dios, no por la estima del ministerio pastoral que estas solicitudes dejan ver tras la inquietud de los fieles, sino porque en esta querencia de tener cura propio, y a ser posible el mejor, para cada comunidad, se manifiesta el hondo deseo espiritual de la gente, que a veces suponemos demasiado secularizada como para apetecer los servicios pastorales.

Conviene tener en cuenta que, si es verdad que esto sucede más en las zonas rurales que en las urbanas, también las parroquias de las ciudades se resienten de la carencia de sacerdotes para todas. En algunos lugares se han implantado las llamadas «unidades pastorales», que agrupan algunas parroquias, al frente de las cuales el Obispo envía un solo sacerdote; y ya raras veces a un equipo sacerdotal, porque la experiencia ha hecho ver que el pueblo de Dios quiere tener un sacerdote capaz de ser el cura de almas que la comunidad necesita, y ante el cual los fieles se consideran puestos bajo su cuidado y caridad pastoral, sin la inquietud de qué cura les va a tocar este domingo o quién vendrá cuando llaman al Obispado para los servicios pastorales más demandados como la misa dominical, las exequias y las fiestas patronales.

Sin embargo, no es fácil contar con los sacerdotes necesarios; en primer lugar, porque los cambios en la distribución de la población han modificado la geografía de las comunidades parroquiales; y después, y es lo importante, porque las vocaciones no son sólo el resultado de una «ordenación racional de los recursos», sino de que los haya de modo suficiente. La campaña del Seminario no basta para lograrlo, si no va acompañada de una intensidad de vida cristiana suficiente como dar las vocaciones necesarias.

Cuando piden sacerdotes, cualesquiera fieles cristianos que sienten la necesidad de contar ellos han de plantearse seriamente si las comunidades parroquiales a las que pertenecen tienen verdadera vida cristiana, la que da como resultado el don de las vocaciones sacerdotales. Como tienen que preguntarse si piden estas vocaciones a Dios y de él las esperan. ¿Pedimos al Señor las vocaciones necesarias y estamos dispuestos a recibirlas como un don inmerecido? Tal vez sea más fácil pensar que es un servicio al que se tiene derecho y que la administración central de la Iglesia, al modo de las administraciones civiles, tiene que prestar y además a su tiempo.

Que haya sacerdotes que prediquen la palabra de Dios, instruyan y eduquen en la fe a los niños y a los jóvenes, lleven a los matrimonios y familias la cercanía de Dios, creador de toda vida; sacerdotes que orienten la vida moral de los cristianos, con claridad y sin ambigüedades, y al mismo tiempo con la suavidad de la caridad pastoral, no depende de la voluntad del Obispo. Es algo que depende de Dios, porque depende de que se susciten divinamente las vocaciones que pedimos, y las comunidades arropen y sostengan con la oración y el apoyo humano necesario el don de la vocación incipiente de adolescentes y jóvenes dispuestos a seguir a Jesús por el camino del apostolado. Que haya sacerdotes que administren los sacramentos a los fieles cristianos, proporcionándoles las aguas regeneradoras del bautismo, el perdón de la absolución y la mesa de la Eucaristía, pan de vida y comunión con Dios en el Cuerpo y Sangre de Jesús, esto es algo que depende de que cultivemos y acompañemos las vocaciones como aquella perla inestimable que encuentra en el campo quien está dispuesto a venderlo todo para comprar el campo.

Que tengamos sacerdotes que, llenos de amor por los necesitados, muevan el corazón de los cristianos para acudir en su ayuda, que haya sacerdotes que acompañen a los que enferman llevándoles el alivio de los sacramentos de la Penitencia y de la Unción, confortándolos en el sufrimiento y trance final de la vida al proporcionarles el viático, alimento para salir al encuentro del Creador y Juez de los hombres, pero Padre que nos ama y espera, depende también de las vocaciones que “vienen de lo alto”, y sólo Dios las “produce “ donde hay vida cristiana verdadera.

No vale echarle la culpa a la cultura de nuestro tiempo, que ya sabemos que es contraria la lógica del Evangelio, pero que también tiene valores que sí son evangélicos, y de la que hemos de tomar todo aquello que en la cultura y la sociedad de nuestro tiempo es valioso, tal como les dice san Pablo a los Filipenses: «todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor, tenedlo en aprecio» (Fil 4,8).

El problema no es, ciertamente, que haya obstáculos que vienen del mundo, pues Jesús «está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y como signo de contradicción» (Lc 2,34). La mayor de las dificultades está en nosotros mismos, en nuestras comunidades, que languidecen con una vida espiritual débil, en las que no surge una sola vocación y las que surgen son a veces obstaculizadas empezando por la propia familia del muchacho que dice que quiere venir al Seminario. No es que ahora se haya de echar la culpa a las comunidades parroquiales, que ya tienen bastante con sostenerse como comunidades cristianas, dirán algunos­, pero sí es necesario que sacerdotes y comunidades nos examinemos sobre qué responsabilidad tenemos en la carencia de vocaciones suficientes.

Sin sacerdotes a la Iglesia le falta la estructura-eje y la articulación que le permiten ser Iglesia sin derrumbarse, como un cuerpo sin el esqueleto, que sostiene la cabeza que lo rige, y las articulaciones que traban y unen los miembros del cuerpo. Por eso los sacerdotes y los  fieles cristianos, todos en la comunión eclesial de quienes comparten fe y vida en Cristo, tenemos que examinarnos y preguntarnos si nuestro compromiso con la pastoral familiar es suficientemente explícito y comprometido; y si estamos empeñados en que la transmisión de la fe sea una realidad consistente como iniciación cristiana de los niños y de los adolescentes, de los jóvenes y de cuantos adultos reciben el mensaje de Jesús después de haberse apartado de la vida de la Iglesia o no haber tenido nunca vida cristiana.

De nosotros principalmente depende un asunto que a nosotros nos toca afrontar, pero cuya solución viene de Dios y a él se lo hemos de suplicar noche y día, sabiendo que las vocaciones las hemos de recibir como lo que en realidad son: inestimable don de Dios. Que nos ayuden la Virgen María y san José, artífices del primer seminario de la historia de nuestra fe.

X Adolfo González Montes

    Obispo de Almería

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ES MUCHO MÁS LO QUE NOS UNE A LOS CRISTIANOS QUE LO QUE NOS SEPARA

 

Queridos diocesanos:

1       El año que hemos comenzado trae consigo el cumplimiento del 500 aniversario de los comienzos de la Reforma protestante. Tradicionalmente se considera que el movimiento religioso que dio lugar a la Reforma comenzó con la fijación de las 95 tesis sobre las indulgencias del fraile agustino Martín Lutero en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg el 31 de octubre de 1517. De entonces ahora ha pasado medio millar de años de historia de la fe cristiana, con dramáticos desencuentros entre los que se mantuvieron católicos y los protestantes. Estos últimos comenzaron a agruparse en las distintas comunidades eclesiales a que dieron origen los reformadores que encabezaron el movimiento reformista del siglo XVI.

Una historia de desencuentros que es preciso superar

2       Los reformadores sostuvieron siempre que no era su intención fundar una Iglesia nueva, pero de hecho la Reforma dio origen a distintas Comunidades eclesiales históricamente agrupadas en las grandes confesiones separadas de la Iglesia del Papa, sin que tampoco llegaran a un pleno acuerdo de fe entre ellas. Así confesionalmente siguen siendo tradiciones confesionales las Iglesias luteranas, hoy agrupadas en la Federación Luterana Mundial, y las distintas Iglesias evangélicas de tradición reformada, muchas de las cuales integran la Alianza Reformada Mundial.

A estas Iglesias o Comunidades eclesiales se suma la Iglesia anglicana, cuya separación de la Iglesia de Roma impuso el rey Enrique VIII, por razón de su divorcio de la reina Catalina, pero desde un punto de vista teológico, el anglicanismo es resultado de la reforma inglesa de la Iglesia, en la que influyeron los mismos reformadores que encabezaron los movimientos reformistas del Continente europeo. El anglicanismo conservó, sin embargo, estructuras y elementos jerárquicos y sacramentales del catolicismo, que lo han diferenciado notablemente de las demás confesiones evangélicas.

         Sin detenerme más en otras comuniones de Iglesias evangélicas, es preciso decir que el diálogo ecuménico de nuestro tiempo ha puesto de manifiesto cuántos e importantes elementos del catolicismo histórico antiguo y medieval han conservado anglicanos, luteranos y reformados. Hoy, después de cincuenta años de diálogo ecuménico impulsado por el Vaticano II, podemos afirmar con toda justicia y seguridad que es mucho más lo que nos une a los cristianos que lo que nos separa. Podemos incluso decirlo también de las comunidades eclesiales más evangelistas, porque con ellas tenemos en común la fe en Dios uno y trino, la común confesión de fe en la divinidad de Cristo, sin la cual no podríamos afirmar la Trinidad de Dios; y fe en la redención realizada por Jesucristo, y el sacramento del bautismo que nos hacen cristianos, aunque no podamos compartir plenamente la misma comprensión de la Iglesia ni de la Eucaristía.

         Los cristianos hemos aprendido a reconocernos mutuamente como cristianos, alejados durante siglos y víctimas en los peores momentos históricos de las guerras de religión que enfrentaron a las naciones cristianas de Europa durante los siglos XVI y XVII.  La llamada Paz de Westfalia (1648) puso fin a los enfrentamientos por causa de la religión, para dar paso a la coexistencia de Iglesias y comunidades cristianas en Occidente, aplicando el principio que dio lugar a la paz: «según la religión del príncipe así la religión de los sus súbditos» («cuius regio eius religió»). Un principio que había comenzado a invocarse para poner fin a las guerras entre católicos y luteranos y otros evangélicos desde la Paz de Augsburgo (1555), firmada por Fernando I de Austria, hermano del Emperador Carlos V, y los príncipes protestantes alemanes.

Debemos, con todo, tener presente que la división a que dio lugar la Reforma protestante no fue la primera separación entre cristianos. El desgarro histórico entre Oriente y Occidente había sucedido quinientos años atrás de la Reforma protestante, en 1054, cuando se hizo inevitable el llamado Cisma de Oriente, enfrentando con recíprocas excomuniones a Roma y Constantinopla. El diálogo entre los católicos y los orientales ortodoxos apela con esperanza a la unidad vivida por la Iglesia indivisa durante el primer milenio del cristianismo.

3       Aun siendo la verdad histórica así, es preciso asimismo reconocer que las separaciones entre cristianos nunca fueron aceptadas sin esperanza de que un día serían superadas, porque en todos los cristianos producía quemaba siempre la voluntad de Jesús manifestada a los apóstoles en la noche de la última Cena: «Como tú, Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

No faltaron los esfuerzos e intentos históricos de reconstruir la unidad visible de la Iglesia, ya después de experimentar las separaciones como un mal real. En el siglo XV, el Concilio de Florencia estuvo cercano a lograr el restablecimiento pleno de unidad entre Oriente y Occidente, fracasada por razones políticas y externas al bien y la paz de la Iglesia. En el siglo XVI, ante lo inevitable del surgimiento de comunidades cristianas separadas de Roma, se pudo establecer un foro de diálogo en busca de la unidad que se perdía. Los coloquios de teólogos y eclesiásticos, en las décadas de los años cuarenta y cincuenta del siglo XVI, celebrados en Augsburgo llevaron a la convicción de que era posible restablecer la unidad, manteniendo las diferencias de pensamiento teológico no lesivas de la unidad dogmática de la fe cristiana compartida. El siglo XVIII también conoció foros y coloquios por la unidad de la Iglesia, y en la segunda mitad del siglo XIX las sociedades misioneras experimentarían su propia carne la necesidad de aunar esfuerzos para llevar adelante la evangelización, las que llegó el fruto granado de la Conferencia Mundial Misionera en 1910 celebrada en Edimburgo (Escocia), que abrió camino al ecumenismo contemporáneo.

La “purificación de la memoria”, condición fundamental del ecumenismo

4       Hoy, después de los logros alcanzados para el logro de la reconciliación de los cristianos, ciertamente no podemos celebrar la ruptura de la Iglesia, pero juntos luteranos y católicos podemos orar y trabajar unidos para que este del 500 aniversario del inicio de la Reforma luterana nos ayude a mirar nuestro pasado con voluntad de conversión, y a afrontar mejor la evangelización del mundo presente y futuro. No podemos celebrar nuestra desunión, pero estamos llamados a aprovechar el V Centenario del inicio de la Reforma para ahondar en sus causas, asumir juntos las consecuencias, reconociendo que la culpa compartida requiere hoy un verdadero programa de “purificación de la memoria” del pasado.

Este importante motivo ha sido incorporado a los diálogos entre las confesiones, porque la reconciliación pasa por el reencuentro de las Iglesias y comunidades eclesiales. El reencuentro es posible si somos capaces de ponernos unos en el lugar de los otros; si tenemos voluntad de comprender qué se pretendía asegurar, de qué se quería huir y con qué finalidad se formuló, incluyendo recíprocas condenas, cuanto se afirma en los escritos confesionales de las Iglesias.

Al intentar comprender a los cristianos separados, los católicos comprendemos mejor también las afirmaciones de nuestra fe, que nos alejan de errores y desviaciones. Esto nos ayuda a mirar a los demás cristianos con sus propios ojos, para ver lo que en nosotros aparece ante ellos como no ajustado al Evangelio y a la fe apostólica que nos ha sido transmitida por la predicación evangélica.

Católicos y luteranos al encuentro

5       La purificación de la memoria de unos y otros nos ayudará a reencontrarnos. En 1983 los luteranos celebraban el V centenario del nacimiento de Lutero. Con este motivo el santo Papa Juan Pablo II afirmaba: «No podemos dejarnos guiar por el deseo de erigirnos en jueces de la historia, sino únicamente por comprender mejor los acontecimientos y llegar a ser portadores de la verdad» [Juan Pablo II, Mensaje al cardenal Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, 31 de octubre de 1983]. Con esta voluntad de comprender, para caminar juntos, el Papa Francisco realizaba el pasado 31 de octubre de 2016 el viaje apostólico a Lund, la ciudad sueca donde en 1947 nació la Federación Luterana Mundial, de la que forman parte 145 Iglesias que suman más de setenta y dos millones de personas.

El Papa viajó para orar junto a los luteranos y expresó esta misma idea de san Juan Pablo II: «No podemos resignarnos a la división y al distanciamiento que la separación ha producido entre nosotros. Tenemos la oportunidad de reparar un momento crucial de nuestra historia, superando controversias y malentendidos, que a menudo han impedido que nos comprendiéramos unos a otros» [Francisco, Homilía (Lund, 31 octubre 2016)]. A Martín Lutero le inquietaba dónde podía hallar un Dios misericordioso, y el Papa comenta en la misma homilía: «La experiencia espiritual de Martín Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios».

6       Defensor de la soberanía de la gracia misericordiosa de Dios, Lutero no siempre fue bien comprendido, y él, a su vez, se radicalizó alejándose de la tradición de fe católica en cuestiones esenciales relativas a la salvación en la Iglesia querida por Jesús. El diálogo teológico contemporáneo ha buscado la convergencia de católicos y luteranos, intentando comprender mejor la intención de fidelidad al Evangelio que movió al reformador, que se expresa en el principio central del Evangelio de la justificación por la sola fe. Al mismo tiempo, ahondando en cuál es la mediación de la salvación en la Iglesia querida por Jesús, y, en consecuencia, cuál es la función del ministerio eclesiástico o pastoral.

En 1999, de nuevo en Augsburgo, católicos y luteranos firmaban un acuerdo sobre la doctrina de la justificación, en el que ambas confesiones reconocían su propia fe. La obra de Lutero alcanzaba su objetivo, pero al mismo tiempo el acuerdo salvaguardaba la vinculación de la fe a la experiencia y mediación de la gracia en los sacramentos de la Iglesia, porque «en el bautismo se otorga el don de la salvación como fundamento de la vida cristiana en su conjunto. El hombre confía en la promesa de la gracia divina por la fe justificadora, que incluye la esperanza en Dios y el amor a él. Dicha fe es activa en el amor y, por eso, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras; pero todo lo que en el ser humano antecede o sigue al don de la fe no es motivo de justificación ni la merece» [Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, n. 25].

Testigo del Evangelio como predicador de la palabra de salvación, que se expresa en el principio de “sola Escritura”, Lutero es hoy mejor comprendido por los católicos. Del mismo modo, gracias a este fructífero diálogo ecuménico, los luteranos nos comprenden también mejor, porque la justificación por la fe integra al bautizado en la Iglesia, ámbito de salvación, en el cual es leída y comprendida la Escritura inseparable de la tradición de fe. Conscientes de lo mucho que nos une, hoy compartimos el mismo desafío, afrontando la difícil tarea de la evangelización para llevar la gracia redentora a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aunque también somos conscientes de lo que aún nos separa.

El Octavario de oración por la unidad

7       La Semana de oración por la unidad visible de la Iglesia, desde que Paul Watson en 1908 la impulsó con éxito, este Octavario de oración, que va del 18 de enero al 25, fiesta de la Conversión de san Pablo, se ha convertido en patrimonio común de las Iglesias y comunidades eclesiales, y con todo derecho es oración compartida. Necesitamos orar con fe y suplicar el don de la unidad visible que aún nos falta, para que el mundo crea. Lo hemos de hacer siempre, pero en esta semana de intensa súplica, no podemos dejar de hacerlo unidos a los cristianos de todas las Iglesias y comunidades eclesiales, conscientes de cuánto sufren y padecen los cristianos perseguidos por su fe para poder mantenerla.

El lema de este año reza así: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5, 14-20)». No quiere ser un lema tan sólo para semana de oración por la unidad, sino para todo el año 2017, que sin duda ha de tener un eco propio en las comunidades católicas y luteranas, sobre todo de aquellas Iglesias particulares donde la convivencia con los luteranos es cotidiana y motivo de oración constante, empresa de evangelización común y relaciones de recíproca estima.

Aun así, junto a los foros de diálogo católico-luterano, el diálogo de la Iglesia Católica con las otras confesiones cristianas sigue adelante y es, como dejó dicho san Juan Pablo II, verdaderamente irreversible. Cristo Jesús así lo pidió al Padre y lo suplicó de él para su Iglesia, que es su cuerpo místico, del cual es Jesús la cabeza.

Con mi afecto y bendición.

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

         Un año más la jornada de la Iglesia diocesana es una llamada a fortalecer la conciencia de pertenencia a la Iglesia particular de la diócesis, por medio de la cual todos los bautizados nos insertamos en la Iglesia universal. Somos cristianos ubicados en un lugar determinado, donde está plantada la Iglesia, en casos como el nuestro desde los tiempos de la predicación apostólica. La Iglesia diocesana forma parte de nuestra identidad personal y comunitaria, y en ella se halla viva y operante toda la Iglesia universal. Esta presencia lo es de modo particular en la celebración de la Eucaristía, el sacramento de la unidad de la Iglesia, y al congregarnos en ella Cristo Jesús nos integra en la unidad de su cuerpo eclesial.

Esto lo sabemos, aunque muchos cristianos viven como si no formaran parte de este cuerpo. Por eso esta jornada pretende estrechar lazos, que alejados vuelvan a sentirse formando conscientemente parte de la Iglesia, donde el Espíritu nos atrae a Jesús y en él nos ofrece la vida divina que nos transforma en hijos de la gran familia del Padre.

Como dice el Papa Francisco, no basta llamar, hay que salir a buscar, invitar atrayendo, fascinando a los demás por Jesús. ¿Cómo hacerlo? Con una vida moralmente coherente con la fe profesada; y atentos a los problemas de los demás, para ayudar, socorrer, consolar, dar sentido ofreciendo el evangelio de Jesús como visión de la vida. Tenemos el reto de predicar con la palabra y las obras, aliviando el dolor y auxiliando a cuantos necesitan de nosotros, para que vengan a estar en comunión con nosotros y con el Señor.

¿Qué falta aún? Colaborar con la acción apostólica y pastoral de la Iglesia, ayudando a sostener la comunidad eclesial. ¿No has pensado en sus gastos obligados? Sé que lo haces y por ello te doy las gracias, pero sigo pidiendo tu oración y tu colaboración para mantener en pie las iglesias, llevar adelante el apostolado y la administración pastoral, y la permanente contribución a la educación de la infancia y la juventud, la atención a los enfermos y el socorro de los pobres y necesitados. Te invito, pues, un año más a estrechar lazos con esta gran familia que somos contigo.

                          X Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

Ante el oscurecimiento que sufren las fiestas de Navidad y la merma de conocimiento de muchos cristianos de la razón de ser de estas celebraciones, me ha parecido oportuno repasar estas fiestas navideñas de tanto contenido en el año litúrgico. Ahora cuando algunos proponen cambiar su lectura y hechura cristiana para dar paso a unos nuevos festejos que nublen su significado religioso sustituyéndolas por las “fiestas del solsticio de invierno”, conviene tener muy claro el recorrido de la Navidad y no dejarlo perder por el neo-paganismo que propicia la propagación de ideas anticristianas y el materialismo que prescinde Dios.

La Navidad llega estos últimos días al final de su primer tramo con la conclusión de la Octava de Navidad el 1 de enero. El origen de la fiesta del nacimiento de Cristo tiene diversas hipótesis, la más conocida y divulgada hoy es la que pretende explicar la Navidad como sustitución por el nacimiento de Cristo del día del Sol invicto, fiesta establecida el año 274 por el emperador Marco Aurelio. Si fuera así, este origen deja intacta la realidad histórica y religiosa de aquel que vino para ser el verdadero y único “sol de justicia”, conforme al evangelio de san Lucas: «nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte» (Lc 1,78-79). Cristo es el verdadero y único sol que alienta la vida del hombre, creado por Dios por medio de su Verbo, de su Palabra encarnada. Las Navidades no disfrazarían las saturnales en honor del astro rey, sencillamente las sustituirían. Pero, ¿es así? En la Navidad convergen otros elementos que determinaron la fecha de la celebración del nacimiento de Cristo.

Ya hacia el año 336 hay constancia de la celebración en Roma de la fiesta del nacimiento de Jesús, que aparece en el documento más antiguo del calendario filocaliano (el Corógrafo de Furio Dionisio Filócalo). Cabe por eso preguntar, entonces ¿por qué el 25 de diciembre? San Agustín es testigo de una antigua tradición que hace coincidir la fecha de la muerte de Jesús (25 de marzo), su dies natalis, con la de su nacimiento (25 de diciembre). Fuerza tiene la explicación de esta fiesta, justo en el contexto histórico de los debates sobre la persona de Cristo durante el siglo IV, como celebración de la humanidad del Hijo de Dios en su nacimiento en nuestra carne. Sin desechar ninguno de los elementos que convergen en la explicación de esta fiesta, lo importante es, en efecto, entender que la Navidad afirma la carne de Jesucristo, defendiendo su humanidad, como verdadero hombre al tiempo que verdadero Hijo de Dios, de cualquier desviación herética y alejándolo de la mitología pagana.

La primera semana va de la Natividad del Señor a la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. La colocación de esta última fiesta se debe a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, que colocó de nuevo esta fiesta de la Virgen el día primero del año, siguiendo una antiquísima tradición. La fiesta de Santa María se celebraba en las Iglesias antiguas de Oriente el 26 de diciembre, después de haber celebrado el 25 la Natividad del Señor; o también antes, como en España donde desde el X Concilio de Toledo (656 d.C.) se celebraba el 18 de diciembre, coincidiendo con la expectación del parto de la Virgen; mientras otros países del Occidente, como en la Galia romana en tiempos de san Gregorio de Tours se celebraba el 18 de enero.

 En Roma se comenzó a celebrar probablemente en el siglo V con motivo de la consagración el 1º de enero de la iglesia de Santa María la Antigua en el Foro Romano, que data del siglo V y posee muy bellas pinturas marianas en frescos de los siglos VI al VIII en los que la fe cristiana plasma maternidad de divina de María.  Esta fecha coincide con el inicio actual del año civil, lo cual trae consigo una reflexión añadida a la fiesta de María que desde el pontificado del beato Pablo VI se hecho ya tradicional, con un importante mensaje de los Papas para esta Jornada Mundial de la Paz. Jesús es así el Príncipe de la Paz que viene a reinar mediante un reinado de transformación interior, don y fruto de la gracia divina.                                                                                                                                                                               

Antes de la reforma conciliar, la Maternidad divina de María se había fijado en el siglo XX el 11 de octubre, con motivo de la celebración en 1931 del XV aniversario del Concilio de Éfeso. Fueron los Padres de este Concilio, capitaneados por san Cirilo de Alejandría los que, siguiendo la fe del pueblo de Dios, proclamaron a la santísima Virgen como Madre de Dios (en griego Theotókos), porque Jesucristo es en verdad el Hijo de Dios encarnado. María, en efecto, es la Madre del Emmanuel (Dios-con-nosotros) profetizado por Isaías, el profeta que abría el futuro de la dinastía de David a la intervención de Dios en la historia de su pueblo, mediante la cual Dios mismo vendría a reinar como pastor de Israel. Un futuro del pueblo de Dios que la fe en Jesucristo resucitado ve como futuro de la humanidad, cuando Dios todo lo someta al dominio de su Hijo, y como les dice san Pablo a los cristianos de Corinto, Dios mismo venga a ser «todo en todas las cosas» (1 Cor 15,28).

El domingo que cae entre la fiesta de Navidad y el 1º de enero se conoce como “domingo de la infraoctava”, es decir, “dentro de la octava de Navidad”; y tradicionalmente este domingo viene siendo la Fiesta de la Sagrada Familia. Cuando no sucede así, porque la Navidad cae en domingo y el 1º de enero también, entonces se celebra la Sagrada Familia el día 30 de diciembre, como sucede este año. Como se puede ver, todo un conjunto de celebraciones cristianas que llenan delimitan y jalonan el primer tramo de la Navidad. Hay otras fiestas dentro de este primer tramo navideño: son las llamadas fiestas del “cortejo del Rey”. El 26 de diciembre, la fiesta del diácono san Esteban protomártir, primer testigo muerto por causa de Cristo, el discípulo que sigue hasta la muerte a su maestro y señor; el 27 de diciembre, la fiesta del apóstol y evangelista san Juan, al que el evangelio ve como modelo de inteligencia de la fe, capaz de penetrar los signos externos que hablan de la encarnación del Hijo de Dios como revelación plena de Dios; y, finalmente, el 28 de diciembre, la fiesta de los santos Inocentes, que antes incluso de discípulo mártir Esteban, sufrieron por causa del Niño Jesús la muerte ejecutada por un rey cruel y celoso de su imperio despótico como Herodes.

Al comienzo del año arranca el segundo tramo de la Navidad, una vez cumplida la Octava. La edición tercera típica del Misal Romano ha reintroducido la memoria del Santísimo Nombre de Jesús, devocionalmente propagada en el siglo XVI por san Bernardino de Siena, para quien «el gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús que hace hijos de Dios». En 1530 el Papa Clemente VII concedió a la Orden franciscana celebrar por primera vez el oficio de la memoria. El contenido bíblico y litúrgico de esta memoria es parte, de hecho, de la fiesta del 1º de enero mientras se vinculó a la circuncisión de Jesús, fiesta introducida en la Galia y en España ya desde el siglo VI.

La Epifanía del Señor, de origen oriental, aparece en Egipto como celebración del nacimiento de Jesús. Litúrgicamente adquiere un contenido propio: es la fiesta de la manifestación (en griego epifanía) de aquel que es la «Luz para alumbrar a las naciones», como Salvador universal. Jesús es adorado por los Magos, convertidos en Reyes cuya personalidad representativa recapitula a los pueblos gentiles. La fiesta tiene los mismos contenidos que la Natividad y en el siglo IV se celebraban ya ambas fiestas en Oriente y Occidente. Con la fiesta del Bautismo del Señor, el domingo que sigue al 6 de enero, se cierra el ciclo navideño: Jesús es consagrado (ungido por el Espíritu Santo), para proclamar el reino de Dios y llevar a cabo la obra de la redención.

Que nadie deje de vivir días tan santos, consciente de aquello que celebra y que al celebrarlo se hace presencia de salvación.

Almería, Navidad del Señor de 2016

                                   X Adolfo González Montes

                                         Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

No es necesario que pondere la importancia de la clase de Religión y Moral católica dentro de un sistema educativo que sea respetuoso con las creencias de los ciudadanos, porque la religión no es sólo una cuestión personal sino también de proyección social legítima, dada la naturaleza societaria del ser humano. Tal vez algunos no lo entiendan así y quisieran reducir el derecho fundamental a la libertad religiosa a mero derecho de opinión y creencias de los individuos. La clase de religión contribuye de manera significativa a que los alumnos que se forman en los saberes y valores que comunica la escuela alcancen una comprensión ajustada a la realidad de la historia del cristianismo, su cuadro de creencias o «dogmática cristiana», el código moral de conducta y la concepción cristiana de la oración y la experiencia sacramental de la fe.

La clase de Religión no es, ciertamente, catequesis, pero la información que proporciona  es imprescindible para comprender la que convenimos en llamar civilización occidental, si bien por efecto de la expansión misionera el cristianismo se halla hoy implantado en todos los continentes en porcentajes diversos porcentajes. Menos, ciertamente, en algunos, como es el caso particular de Asia, pero en los otros continentes el cristianismo tiene una presencia imposible de ignorar. Por lo que se refiere a Europa y Occidente en general, vivimos de una concepción del mundo y de la realidad social cuya génesis se halla determinada por la fe cristiana, incluso a pesar de la secularización tan profunda de la cultura como la que hoy está vigente entre nosotros.

El porcentaje de alumnado que cursa la clase de Religión en la escuela

Es verdad que la clase de Religión en la escuela tropieza hoy con el “espíritu laicista” y a veces incluso anticristiano de la cultura vigente, que mueve a algunos educadores y profesores, cuya influencia en la escuela está a veces mediatizada políticamente por las decisiones que, a veces, no son respetuosas con los derechos de los padres a que sus hijos sean educados según sus convicciones religiosas. Esto es verdad, pero no lo es menos que, a pesar de ello, los padres del 63% de los alumnos de Enseñanza Primaria de los centros públicos del Estado pidieron la enseñanza de la Religión en la escuela para sus hijos. Este porcentaje desciende, ciertamente en Secundaria hasta un 40% en la ESO y un 39% en el Bachillerato. El promedio del alumnado que cursó Religión en los centros estatales alcanzó así el 53% en el pasado curso académico. El porcentaje en los «centros llamados de iniciativa social y de titularidad civil» fue del 60% en la Enseñanza Infantil; el 67% en la Enseñanza Primaria; el 54% en la ESO y el 41% en Bachillerato.

En los colegios de «titularidad eclesial», como es comprensible, dada la elección deliberada que hacen los padres de los colegios católicos para sus hijos, el porcentaje fue aún mayor: el 97% del alumnado cursó algún nivel de Religión católica. La explicación es lógica, ya que son los padres los más interesados en preparar a sus hijos en Religión, habida cuenta de que esta preparación coincide además con la etapa de preparación de los niños para recibir la Primera Comunión, y la clase de Religión complementa la catequesis.

El título de «Declaración Eclesiástica de Competencia Académica» (DECA)

A pesar de los obstáculos, como decía al principio de estas observaciones, el porcentaje del alumnado, por seguir siendo elevado, no cuenta todavía más profesores debidamente cualificados para poder impartirla. ¿De dónde sacarlos? La respuesta es bien clara, en primer lugar de entre los mismos profesores de enseñanza escolar para el caso de la Primaria. Para ello deben tener en cuenta que es preciso que se hallen equipados de la exigida habilitación para impartir Religión. ¿Cómo hacerlo? La respuesta es ya bien conocida. Han de cursar la DECA (Declaración Eclesiástica de Competencia Académica), que es un título propio de la Conferencia Episcopal necesario para poder impartir la clase de Religión. Este título es impartido en Almería por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas (ISCR de Almería), de titularidad del Obispado de Almería. Se trata de un centro superior universitario erigido por la Congregación para la Educación Católica, de la Santa Sede, y puesto bajo el patrocinio de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA), que es la Universidad del Episcopado Español y cuyo profesorado garantiza la competencia del ISCR de Almería y responde de la graduación de los alumnos.

Los títulos de «Grado» y «Máster» en Ciencias Religiosas

Para enseñar Religión en la  Enseñanza Escolar Secundaria (ESO) y Bachillerato, no basta estar en posesión de la DECA. Se requiere estar titulado en Teología o en Ciencias Religiosas. Estos estudios se cursan en las Facultades de Teología y en los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas respectivamente. En Almería los estudios superiores, es decir, de carácter universitario para poder enseñar Religión se puede realizar en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Almería, que no sólo imparte la DECA, sino que tiene como misión principal formar académicamente al alumnado que aspira a las titularidades de Grado y Máster en Ciencias Religiosas.

El Grado es fácil de cursar, y es muy provechoso profesionalmente tenerlo, ya que abre el camino a la enseñanza de la Religión en Secundaria, sobre todo a los maestros y profesores licenciados (o bien para quienes tienen aprobado el acceso universitario de mayores de 25 años). Consta de un currículo de tres años y lleva consigo aparejada la DECA. El título de Máster es una salida profesional mucho más sólida, porque está equiparada por la legislación española, al igual que sucede en toda la Unión Europea, a las demás licenciaturas o Máster dentro de Estado Español.

Una salida profesional que es para pensarla con ilusión por parte de los jóvenes universitarios católicos es cultivar la vocación a la enseñanza de la Religión. Animo, por eso a que sean muchos los que se unan a los maestros y licenciados que se matriculan en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Almería. Un tiempo propicio para ir pensando en esta profesión bien sostenida por una vocación cultivada son los años de estudio del Bachillerato. Animo a los y profesores de enseñanza escolar y bachilleres a contar con esta salida profesional y a no dejarse vencer por la dificultades y obstáculos que padece en algunos momentos la clase de Religión. Los recursos judiciales de la Conferencia Episcopal y de los Obispado interpuestos hasta el presente están produciendo su fruto. Está en juego la garantía constitucional del ejercicio del derecho fundamental de libertad religiosa en un ordenamiento verdaderamente democrático del Estado.

El Máster de capacitación pedagógica

La legislación en materia de Educación tiene además otras exigencias, que es preciso cumplir, porque ayudan a la mejor habilitación de los docentes. Por esto, los profesores de Religión que no tengan cursado el antiguo CAP (Curso de Aptitud Pedagógica) deben hacer el «Máster universitario en formación del profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato». Se trata, en efecto, del título universitario  oficial que habilita para el ejercicio de la docencia mediante la competente provisión pedagógica y didáctica que requiere, en este caso, la docencia de la Religión.

Aunque en realidad este curso es fundamentalmente coincidente con la DECA, hasta que no se produzca la equiparación, aspiración ya planteada por la Conferencia Episcopal Española ante las autoridades competentes, es preciso cursar este Máster, exigido a todos los profesores de Educación Secundaria y Bachillerato. Hasta el presente no se contaba con un máster adecuado para la enseñanza de la Religión, pero algunas Universidades Católicas ofertan  ya la posibilidad de cursar este máster. También lo oferta la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia), que tiene sede en nuestra capital. Una posibilidad para que los profesores de Religión que carezcan de él, completen el currículo de preparación para la docencia que es necesario para poder impartir Religión.

Animo, pues, a todos los profesores interesados en la clases de Religión a obtener la capacitación que les permita la debida habilitación para ejercer su tarea profesional como compromiso de realización de su vocación cristiana. Animo a los alumnos que cursan estudios de Bachillerato, para que incluyan la enseñanza de la Religión entre las opciones profesionales que contemplen como salida profesional y compromiso de testimonio eclesial. Animo también a los padres de los escolares, para que procuraren que sus hijos tengan acceso a la clase de Religión en los currículos escolares, en el Bachillerato y en la formación profesional afectada por la ley.

La Iglesia necesita de esta hermosa tarea docente para lograr la mejor formación religiosa y moral de la conciencia de las jóvenes generaciones. El ISCR de Almería es una oferta profesional y eclesial que no podemos dejar de lado. Su labor es una aportación valiosa para nuestra sociedad.

Almería, a 14 de septiembre de 2016

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

                                            X Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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