Cartas a los Diocesanos

Queridos cofrades y diocesanos:

Con la Cuaresma hemos comenzado la andadura que nos conduce a la Semana Santa y a la celebración del Triduo pascual, centro del culto cristiano. El tiempo cuaresmal es un tiempo de preparación de la conmemoración de los misterios de nuestra salvación, a cuya consumación en la vida eterna nos encaminamos participando ya, en nuestro caminar de peregrinos, mediante la celebración sacramental de aquello que esperamos alcanzar. La plena participación en la resurrección y gloria del Señor. Por esto mismo, la Cuaresma es un tiempo propicio al examen de nuestra situación ante Dios, un tiempo para preguntarnos por el alcance espiritual de la Semana Santa, a la cual nos dispone la Cuaresma.

Es muy comprensible la ilusión, no sin desasosiego en determinados momentos, con la que los cofrades afrontan el recorrido cuaresmal, después de haber esperado con el corazón puesto en la salida procesional que a cada hermandad corresponde en la semana grande de la fe. La inquietud asalta muchos corazones devotos de la pasión y cruz del Señor, que esperan ver representada para instrucción de los fieles, para su mejor acercamiento al enorme sufrimiento que padeció el Redentor por amor al mundo; y para el acompañamiento espiritual de la Madre Dolorosa, que los cofrades desean consolar correspondiendo al amor de la Virgen con el suyo.

Mas, ¿de qué devoción se trata? Sin duda, es devoción sostenida por los sentimientos sinceros de quien se conmueve ante la representación de la pasión de Cristo y el dolor de la Virgen María. La pregunta que de ello se sigue reza como sigue: ¿en qué medida esta empatía con el drama del Calvario transforma la propia vida y la ajena? Cuando uno piensa en los cientos de cofrades que practican su fe un solo día, o unos cuantos días al año, y que acuden al reclamo de la “pulsión” de una religiosidad sentida, pero insuficientemente conocida en sus contenidos y real experiencia de fe, poco reflexionada y no bien acogida, una fe débil que no deja marca alguna en el sujeto que dice profesarla. Una fe a la que le ha faltado catequesis, que no ha sido suficientemente informada y formada, una fe de la cual no es capaz de dar razón el que se dice creyente, pero no ha comprendido que la fe excluye lo absurdo y nada tiene que ver con el mito. El cristianismo es una religión fundada en acontecimientos históricos de significado trascendente.

La Cuaresma es un buen momento para que hermandades y cofradías retomen su propósito de implantar la necesaria formación cristiana, para cuantos piden formar parte de ellas. Es el tiempo para activar el curso cofrade, que cada año ha de contar con un programa de formación, al que los cofrades se obliguen a seguir con disciplinada voluntad de trabajar los temas; de recorrerlo a modo de un catecumenado de adultos, proponiéndose dar los pasos que han de conducir a la gozosa experiencia pascual vivida cada Semana Santa. Todo ello siempre al ritmo litúrgico de la celebración del misterio pascual.

La Cuaresma es asimismo el tiempo propicio para contrastar la propia vida con las exigencias de una fe que, además de pensada, es fe celebrada. Tiempo fuerte, entonces, para celebrar bien, lo cual no es fácil de lograr sin la conciencia de que la Cuaresma tiene su propio significado sacramental. Lo dice con entera claridad el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, al afirmar que, en el ámbito de la piedad popular, con demasiada frecuencia «no se han asimilado algunos de los grandes valores y temas, como la relación entre el “sacramento de los cuarenta días” y los sacramentos de la iniciación cristiana, o el misterio del “éxodo”, presente a lo largo de todo el tiempo cuaresmal» (Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos, Directorio, n. 124).

La Cuaresma tiene el carácter sacramental que le da ser evocación, vivencia y, en definitiva, memorial de una experiencia de purificación y marcha hacia la libertad durante los cuarenta años de travesía, contados a partir del éxodo, de la salida de los israelitas de Egipto camino de la tierra prometida. Una travesía que Jesús recapituló en sí mismo en los cuarenta días en los cuales «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1), para darnos ejemplo de cómo vencer nuestras tentaciones. Con tal fin fue tentado Jesús y la crónica evangélica nos lo presenta venciendo las tentaciones en que le pusieron el hambre a causa del ayuno, el poder por causa de la maliciosa insinuación que el demonio le proponía de hacerse dueño del mundo, si de rodillas le adoraba; y finalmente, por causa de sugestiva de sí mismo dejándose ver como espectáculo de infinita vanidad, algo que tanto subyuga a los humanos.

Sin la palabra de Dios, comprendida y asimilada; sin la gracia sacramental, de la que vivimos, como cristianos que se nutren de la salvación traída por Cristo; sin disciplina de la voluntad para vivir conforme a la fe profesada, con la ayuda de Dios y de su gracia, que nunca permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, no podremos lograrlo. No desaprovechemos la Cuaresma, un tiempo privilegiado para instruirse en la fe, avanzar en el conocimiento de la palabra de Dios y celebrar la salvación: preparándonos para recibir y recibiendo los sacramentos que comunican la gracia y regeneran nuestra existencia, haciéndonos receptores del anticipo de vida eterna que es la gracia sacramental. El tiempo cuaresmal es un tiempo para reflexionar sobre cada uno de los compromisos que lleva consigo ser cofrade y, dicho sencillamente, para responder al test de evaluación de la propia fe y práctica religiosa con la que nos proponemos celebrar la Semana Santa.

En los estatutos de las hermandades y cofradías está reglada en artículos la necesidad de formación en la fe y coherencia entre fe profesada y fe vivida. No basta pagar la cuota de hermano y estar al día en los pagos, hay que adquirir aquel conocimiento de la fe que es conocimiento de Dios y de Cristo. Hay que estar al día en la fe que nos hace miembros de la Iglesia, pues se es cristianos para poder ser cofrade. 

Es la condición eclesial de la fe la que da derecho a la pertenencia cofrade a las asociaciones de fieles que son las hermandades y cofradías, las cuales conceden a sus miembros el derecho a votar para decidir y tomar parte en las actuaciones cofrades que cada año programan y tienen su más conocida expresión en la Semana Santa, pero son programa de todo el año pastoral; y tienen variadas expresiones, que van del culto a la caridad y de la formación a la cultura. Entre ellas, la participación en los desfiles penitenciales que de hecho son las procesiones de Semana Santa, en las cuales la figura humana de cada cofrade desaparece velada por el hábito que oculta la personalidad del penitente, para que se transmita el testimonio no quién hace penitencia, sino de la necesidad de la penitencia en sí misma como respuesta al inmenso amor de Cristo Redentor y du su santísima Madre.

Con mi afecto y bendición

Almería, a 14 de febrero de 2018

Miércoles de Ceniza

                  + Adolfo González Montes

                       Obispo de Almería

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         Queridos diocesanos:

         La fiesta de la Sagrada Familia se celebra como es tradicional el domingo que cae dentro de la octava de la Navidad. Este año coincide con el último día del año, justo en la víspera del Año Nuevo. El lema de esta jornada eclesial reza «La familia, hogar que acoge, acompaña y sana». Es necesario que nos paremos unos minutos a pensar sobre un lema así, que la Iglesia propone no sólo a los fieles cristianos, sino a cuantos quieran acoge su mensaje evangélico.

Hoy algunos voceros de una sociedad pretendidamente nueva opinan contra lo que es evidente en todas las culturas fundadas sobre la familia. Para estos voceros, la familia que llaman “tradicional” sería una institución, si no a extinguir, sí muy relativa, que debe convivir con otras formas de familia nueva y plural.  Sin embargo, la historia de la humanidad acredita la falacia de esta propuesta. La constitución del ser humano en varón y mujer mira a la complementariedad de los sexos y a la procreación de la especie, mediante la cual el hombre se hace cooperador de Dios en la transmisión de la vida. Aunque la biotecnología moderna y, en particular la ingeniería genética, pueda contribuir a sacar adelante la vida humana en condiciones extrauterinas, la verdad es que es imposible prescindir de los dos elementos constitutivos de la diferenciación sexual de la especie, los gametos masculinos y femeninos.

La pretensión de suprimir la diferenciación sexual o dejarla a la voluntad del individuo, según deseo y sentimiento de cada ser humano es algo arbitrario y contrario a la realidad de la especie, y por eso mismo contrario al proyecto creacional de Dios para la humanidad. Por eso, las nuevas leyes de género que se pretenden imponer, aunque intenten salvar algunos principios indudablemente aceptables, es decir, que nadie puede ser excluido ni marginado por su condición sexual e incluso por su inclinación o tendencia sexual, sin embargo, esto no puede significar que la legislación que desarrolle el ordenamiento jurídico de la sociedad haya de decidir sobre la realidad científica constitutiva del ser humano y la concepción antropológica. Esto no es facultad de la política, que se extralimitaría adentrándose por una senda equivocada.

Las leyes no están para objetivar en órdenes y prohibiciones la realidad de la ciencia y la filosofía de la corporeidad humana o el compuesto psico-anímico constitutivo de la personalidad; y por esto mismo, tampoco para imponer una clasificación médica de los estados que se han llamados intersexuales, y que han sido objeto de la labor investigadora y filosófica de eminentes científicos, médicos y pensadores. Mucho menos, para reprimir la libertad de pensamiento, creencias y religión, cuando el ejercicio de esta libertad no “discrimina” ni “excluye” ni “margina”, sino que legítimamente discrepa, en fidelidad al propio pensamiento y conciencia religiosa, de aquello que otros puedan pensar e interpretar.

Más grave es pretender imponer una visión uniforme, con todo el artificio de la ideología de género en la escuela, declarando la guerra a la libertad de los padres para educar a sus hijos en sus propias creencias religiosas y en fidelidad a su conciencia moral. No es esto ciertamente, lo que caracteriza una sociedad democrática y abierta, no represiva y tolerante. Plegarse políticamente a lo que ahora toca, porque presionan colectivos que son votos y, cuando son escasos, se necesitan para seguir en el poder o para acceder a él, es un modo de comportamiento inmoral.

La ética política obliga en conciencia a no proceder contra el bien común, y al bien común pertenece la libertad de pensamiento y creencias, en definitiva, la libertad de afirmar la constitución antropológica que la experiencia de la humanidad acredita con buenas razones y argumentación razonada, a cuyo margen es bien difícil salvar el principio fundamental de reconocer en la constitución del ser humano lo masculino y lo femenino como principios que no son susceptibles de disolución o de homologación arbitraria.

La igualdad de la dignidad no suprime la complementariedad en la diferencia. El Papa Francisco viene clamando contra esta pretensión de diluir la diferencia y habla de “colonización de la mente”, a la cual hay que resistir contra el voluntarismo de algunos grupos sociales bien organizados, tan atrevidos y desafiantes como para que criminalizar la libertad de pensamiento de quienes discrepan de ellos. Sería grave de verdad que la legislación pretendiera configurar la sociedad aplicando una ideología tan destructiva a una sociedad democrática.

La Iglesia no pretende imponer su visión del matrimonio y de la familia, sino proponerlo como un proyecto de convivencia en el amor del varón y de la mujer. Esta propuesta, acreditada por todas las civilizaciones y por las grandes religiones monoteístas, a pesar de las variables históricas, toma en serio la diferencia sexual. El cristianismo afirma que, creando Dios al ser humano como varón y mujer, en el amor humano Dios refleja su propio misterio. 

El evangelio de la luz y de la vida que Jesús ha venido a traer a la tierra ve en la familia la comunidad básica y fundamental de amor que Dios ha querido para la transmisión de la vida. La familia así constituida, ampara y protege la igual y común dignidad de los cónyuges, unidos en la diferencia, origen de la comunidad de amor que trae al mundo a los seres humanos llamados por Dios a la existencia, y que son los hijos. La familia, por ser así, recibe a los que vienen al mundo con la participación de los cónyuges en el acto creador del mismo Dios; y a los que vienen al mundo y son acogidos en ella, la familia, les da albergue y amparo, y acompaña su crecimiento para que puedan desarrollarse en libertad y alcanzar la condición de personas responsables de sus actos, permanentemente referidos a Dios y al prójimo.

En el origen de esta familia está el amor de Dios que creó al ser humano como varón y mujer a su imagen y semejanza. Por eso, Dios hace a los progenitores acreedores del respeto de los hijos y a ellos capaces de dar la vida por éstos. Progenitores que son más que meros guardianes o cuidadores: son padres, es decir, padre y madre de cada uno de sus hijos, que son llamados a ser hijos de Dios en el Hijo que nos ha nacido y se nos ha dado en Belén. El ejemplo que Dios ha querido ofrecernos en José y María nos dice que incluso para su propio Hijo eterno hecho carne Dios en su designio de amor dispuso que viniera al mundo en el regazo materno y paterno de una familia donde creciera en el amor humano para enseñarnos a vivir del amor divino.

La familia, en verdad, da cobertura a la vida de cada uno y, si ha sido concebida conforme a la mente y el designio de Dios, no sólo ampara y protege, alivia y sana el dolor y las heridas, devolviendo la alegría de vivir, de amar y ser amados.

Con todo afecto y bendición, deseando a todos un feliz Año Nuevo del Señor de 2018.

Almería, a 31 de diciembre de 2017

                            Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

Comienza el Adviento, un tiempo de gracia que prepara a la comunidad cristiana a la celebración de la Navidad. Las cuatro semanas del Adviento, más o menos completas, según cada ciclo litúrgico anual, son un tiempo particularmente entrañable. En el Adviento es posible para la humanidad una experiencia del amor de Dios al contemplarle presente en la carne del Niño esperanza de una humanidad herida, que va a nacer de la Virgen Madre para restañar la herida de la que la humanidad que la padece ha dejado, ya hace tiempo, de ser consciente, o al menos de percibirla en toda su honda significación religiosa.

La voz poderosa del profeta Isaías, que abre el Adviento resuena incisivamente en las conciencias adormecidas de los cristianos: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti» (Is 64,5-6a).

Al final del año litúrgico, la palabra de Dios viene a despertarnos del letargo en el que vive la humanidad, encerrada como en una clausula en un paréntesis que, a sabiendas, uno es consciente de que es falso. Si se lo propone, puede descubrir con toda claridad que vive mintiéndose a sí mismo, cuando la sinceridad mueve a uno a mirarse en la propia conciencia, y se descubre ante sí mismo como de verdad es, pensando y haciéndose creer que no hay Dios o creando las imágenes de Dios que más le placen y tranquilizan.

La palabra de Dios despierta al hombre de su ensoñación culpable y lo devuelve a la verdad de su propia existencia. Cuando al cerrar el año litúrgico la Iglesia proclama a Jesús como aquel a quien Dios Padre le ha entregado el juicio sobre todos y cada uno de los seres humanos, la palabra de Dios coloca a cada cual ante las postrimerías de la vida. Con san Juan de la Cruz la Iglesia invita a todos considerar que al final de la vida seremos examinados de amor y es amor lo que nos falta.

Esta invitación de la Iglesia va con el anuncio de la salvación como tarea que Jesús confió a sus apóstoles, y tiene expresión litúrgica especial en los últimos domingos ordinarios del año. Es al acabar el ciclo anual de las celebraciones cristianas cuando adquiere una particular densidad en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del año litúrgico. La llamada a la vigilancia y a la conversión es la bisagra que une los últimos domingos del año que acaba con el Adviento de un nuevo año litúrgico que comienza. Esta llamada sigue siendo invitación a la vigilia y a estar preparados, porque no sabemos cuándo vendrá el dueño de la casa en que habitamos (cf. Mc 13,35). El nuevo ciclo de celebraciones que abre el Adviento gira sobre esta llamada a la vigilia permanente, sostenida por la fe, que distingue y al mismo tiempo ve unidas la llegada de Cristo en nuestra carne hace veinte siglos cumplidos, naciendo de la Virgen María en Belén, y la venida gloriosa de del Señor al final de los tiempos, cuando Dios consumará la historia de la creación redimida por la sangre de su Hijo.

El Adviento lleva, por esto, a la comunidad cristiana, al comienzo del nuevo ciclo litúrgico, a la espera del Señor desde la Navidad a la Pascua, y de ésta a la gloria de Cristo como Hijo del hombre y Señor de la creación y de la historia. La Iglesia llama al cristiano a ser consciente de que Dios cancela las culpas a quien humilde reconoce su condición de pecador, porque Dios ha reconciliado al mundo en Cristo (cf. 2 Cor 5,19). Cuando el pecador acepta el mensaje de salvación, todo se hace nuevo para él, y entonces vivirá el en la fe el tiempo del Adviento como un tiempo de espera y de esperanza, porque «se revelará la gloria del Señor, y toda criatura a una la verá» (Is 40,5).

Al final del Adviento la Iglesia celebra el nacimiento del Señor en nuestra carne y la evocación de aquel acontecimiento, histórico e irrepetible, que fue la encarnación del Hijo y su nacimiento de María, acontecimiento del que da cuenta el evangelista, se hace experiencia de fe y Cristo renace en el interior de cada creyente. Una experiencia que se prolonga en el tiempo, marcando la historia personal de cada bautizado, en la esperanza de que también llegará la revelación final de Cristo; y su última venida traerá consigo la consumación de este mundo que pasa, y entonces se habrá cumplido la esperanza de que «Dios sea todo en todas las cosas» (1 Cor 15,28).

La fe se hace así paciencia con un mundo que no queremos como está y aspiramos a transformarlo con Dios como protagonista. La fe librará a los impacientes de pretender arrasarlo todo y empezar de nuevo, como si nada hubiera nunca cambiado, olvidando como todos los adamitas impacientes la olvidan la infinita paciencia de Dios; olvidando que la novedad la introducido ya Dios mismo en la entraña del mundo con el nacimiento de Cristo en nuestra carne.

El Adviento es, por esto mismo, además de un tiempo de esperanza, un tiempo para la paciencia y, asimismo y sobre todo, un tiempo para la conversión: un tiempo para recibir al que vino ya en nuestra carne y vendrá en su gloria; un tiempo para recibir al que está viniendo permanentemente y llamando a la puerta de nuestro corazón y nos dice: «si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Sí, no los dudemos: Jesús está llamando e invitando a seguirle para cambiar con él las cosas y abrirnos a un futuro de verdadera esperanza.

Con afecto y bendición.

Almería, a 3 de diciembre de 2017

Domingo I de Adviento

                          + Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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Queridos socios, colaboradores y amigos de Caritas de Almería:

Cuando la caridad es de verdad es expresión de lo mejor de los seres humanos, porque la caridad es amor en permanente comunicación, no es donación de lo sobrante, sino de aquello que uno tiene y es compartido; y, sobre todo, es donación de nosotros mismos. Por eso, la caridad compromete de tal manera que uno termina dando incluso lo que necesita.

Este año la campaña de Caritas reza para todo el año «Llamados a ser comunidad». Es un lema que inspira cuanto venimos haciendo durante todo el año, teniendo en cuanta que la campaña de sensibilización de 2014 a 2017 tiene un lema de fundamentación que une amor y justicia: «Ama y vive la justicia». De ambos lemas propositivos nos alimentamos y alimentamos a nuestros colaboradores, los que han hecho un año más que sigan extendiéndose los contenedores de recogida de ropa para convertirla en tejido industrial creando puestos de trabajo, los que nos es posible crear dentro del programa textil de Koopera, pero también los que cada ejercicio anual constatamos que son resultado de nuestros talleres pre-laborales, que acoge el «Centro de Formación San Francisco de Asís» del barrio de Regiones.

Cuando se pregunta por la identidad de uno de estos talleres que Caritas ha puesto en marcha, la respuesta está en el lema: un taller pre-laboral está al servicio de la integración de la persona marginada y sin el cultivo necesario de las habilidades sobre las que trabaja la formación, para que esté en condición es de sumarse a la comunidad que es obra de todos. Por eso, como reza la publicidad de Caritas: «Un taller pre-laboral o pre-ocupacional es una herramienta formativa destinada a trabajar aptitudes y actitudes en las personas vulnerables y en riesgo de exclusión de cara a mejorar su inclusión social y su empleabilidad».

Estos talleres de Caritas están consiguiendo que un buen número de personas en exclusión se integren mediante el trabajo en la vida comunitaria de la sociedad que pasa por la colaboración en la producción y la creación de bienes y servicios sin los cuales son hay comunidad. Nuestro programa de para la integración en la comunidad mediante el trabajo es modesto, pero incorpora al año a la formación un buen puñado de personas. Cada año pasan por los talleres entre 100 y 200 personas, que siguen cursos de alfabetización, idioma, cocina y hostelería, prevención de riesgos laborales, tecnología, auxilios domésticos, costura.

A los programas formativos para el trabajo que desarrolla el Centro San Francisco de Asís en la capital, se suma la nueva Escuela de Cocina y Hostelería que Caritas de Vera ha puesto en marcha con el amparo y patrocinio de Caritas diocesana, con notables resultados.

Leer la Memoria anual de Caritas es sumergirse en sus programas para personas sin hogar o sin techo, tomar conciencia del riesgo que corren mujeres maltratadas, sin el amparo del trabajo y del hogar o víctimas de la trata. Entrar en la Memoria anual es recorrer las cifras, modestas pero meritorias de la caridad ejercida como compromiso por la justicia en favor de los inmigrantes; como es constatar que las puertas abiertas de las delegaciones parroquiales de Caritas no dejan de atender a quienes se acercan buscan do solución a sus carencias y orientación a su confusión y desamparo.

Es mucho lo que se hace con los fondos limitados de Caritas en la diócesis de Almería. Es cierto que estos fondos siguen siendo limitados, pero la Memoria anual es escaparate argumentado de que, con un presupuesto aproximado de 1.600.000 euros, de los cuales sólo un 18 % de los ingresos tienen origen público y el resto se nutre del sector privado, es decir, de la caridad real de los diocesanos, Caritas atiende alrededor de 35.000 personas mediante sus diversos programas y la atención inmediata a los necesitados. A estos fondos la Conferencia Episcopal aportó 60.000 euros, que no está mal, pero esta información deja ver que todo lo demás salió del corazón de los católicos y colaboradores de Caritas en Almería.

Que estos programas se lleven adelante sólo es posible por la calidad del equipo director de Caritas Diocesana y la colaboración de los 950 voluntarios que lo hacen posible. Por eso, a mí me cumple la tarea de agradecer vivamente cuanto, gracias a ellos, realiza Caritas en Almería, verdadera expresión de la caridad de la Iglesia.

Con todo afecto y los mejores deseos de bendición para cuantos hacen posible esta tarea de fraterna voluntad de servicio y empeño por crear comunidad.

Almería, a 12 de septiembre de 2017

Fiesta del Dulce Nombre de María

                                             Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

El próximo sábado 25 de noviembre, en la solemne misa de la tarde en honor de la Virgen, bendeciré la imagen de «Nuestra Señora de la Encarnación». Se trata de la nueva imagen de la Virgen que colocaremos en el presbiterio de la Catedral, para que todos los fieles puedan tener ante sí una imagen de la Santísima Virgen, mirando a la cual vean en ella la Madre del Señor glorificada en el cielo junto a Cristo Jesús resucitado, que vive y reina “coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos” (Hb 2,9). En la víspera de la solemnidad de Cristo Rey, alabamos a la por designio del Padre estuvo estrechamente unida a Él, recorriendo el camino de la redención. Ascendido Jesús a la derecha de Dios Padre, quiso el Redentor glorificar a su Madre, llevándola junto a sí en cuerpo y alma.

Desde allí la Virgen María sigue presente espiritualmente en la Iglesia, de la cual es figura y madre. Madre de Cristo y madre de la Iglesia, María es el ejemplo acabado del discípulo, configurada con su Hijo desde la Anunciación al Calvario y de éste a su elevación por encima de los ángeles y su triunfo con Cristo para siempre[1]. El Vaticano II, que quiso hablar de la Virgen María en el marco de la Constitución sobre la Iglesia, dice de ella: «María, exaltada por la gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y hombres, como santa Madre de Dios, que participó en los misterios de Cristo, es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial»[2].

Desde hace algunos años, hemos podido contemplar y venerar amorosamente la imagen de la Asunción de la Virgen colocada en el presbiterio sobre una sencilla pilastra, para poder dirigir nuestra mirada a esta sagrada representación de la glorificación de María, y así poder dirigir a la Madre del Señor nuestra plegaria ante su sagrada imagen. La talla de la Asunción de la María es una pieza muy hermosa que el Obispo Don Alfonso Ródenas García introdujo en la Catedral de Almería al comienzo de los años cincuenta, y para la cual este venerable predecesor mío, benemérito Obispo diocesano, concibió el retablo que encargó a Jesús de Perceval, para que sustituyera al bello retablo que fue destruido en la persecución religiosa del pasado siglo. Por esta razón, la imagen de la Asunción de la Virgen debía volver a su lugar, la hornacina central del retablo que el artista indaliano compuso para la antigua Capilla del Sagrario, recito catedralicio ahora conocido como Capilla de la Asunción.

Colocada en su lugar después de haber sido hermoseada, eliminando la pátina de suciedad que los años de culto acumulaban sobre la policromía de la talla, y una vez rehabilitada la Capilla de la Asunción, finalmente reabrirse al culto, la imagen de la Asunción se encuentra donde debía estar. La capilla luce el nuevo ordenamiento del retablo, y una vez liberada de las humedades que se habían hecho crónicas, su apertura tuvo lugar el pasado día once de los corrientes, con la misa de dedicación que presidí y fue concelebrada por el Cabildo Catedral, en la cual bendije el nuevo ambón y consagré el nuevo altar.

Con ello el presbiterio perdía la imagen de la Asunción, que estos años nos ha acompañado como presencia en imagen de la Santísima Virgen. Por lo cual se hacía necesario contar con una nueva imagen de Nuestra Señora que tuviera su lugar definitivo en el presbiterio de la Catedral. Desde hace algún tiempo, en la medida en que se imponía la conveniencia de devolver la imagen de la Asunción a su retablo propio, fuimos madurando en la comunidad de la Catedral la idea de contar con una nueva imagen para el presbiterio. Tomada la decisión, se hizo preciso estudiar bien la representación de la Virgen que mejor se acomodara a la iglesia Catedral, por hallarse dedicada a la Encarnación del Verbo. Ha sido la propia dedicación de la catedral a la Anunciación del Señor la que motivó la elección realizada de contar con una maternidad de la Virgen María, que vino a ser Madre Dios (Theotókos) por la Encarnación en sus entrañas del Hijo eterno de Dios, “fruto bendito del vientre de Santa María Virgen”. El Concilio nos ha ofrecido amplia legitimación teológica para contemplar a María y acudir a ella en razón de su divina maternidad.

La imagen de la Virgen motivada por el misterio de su Inmaculada Concepción se halla arraigada en nuestra historia, y poseemos bellas ejecuciones pictóricas y escultóricas de la Inmaculada. Entre las representaciones de María que se hallan en la Catedral, se encuentra la Inmaculada de José Antolínez (1635-1675), una pintura de extraordinaria belleza y valor artístico; y la escultura de la del Inmaculada del trascoro, de rostro verdaderamente inefable y autoría anónima.

De este modo tomé la decisión de que la imagen del presbiterio fuera una maternidad de la Virgen que, al estilo de tantas representaciones de la Virgen Madre con las que cuenta la historia de la imaginería mariana, en los distintos estilos que se han ido sucediendo. Era necesario que la nueva imagen mostrara a los fieles a Aquel que nació de su vientre para ser nuestro Redentor. Por eso, la imagen que bendeciré el próximo día 25, Dios mediante, es una hermosa representación de la Virgen María como Madre del Hijo de Dios, que se encarnó en su seno virginal y se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación.

Volviendo al Vaticano II, recordemos uno de los pasajes del capítulo VIII de la Constitución Lumen gentium, en él cual se contiene la razón del culto a la Virgen Madre y el título de su singular lugar en la historia de nuestra salvación. Dice el Concilio que «fue común llamar a la Madre de Dios toda santa, libre de toda mancha de pecado, como si fuera una criatura nueva, creada y formada por el Espíritu Santo», para añadir a continuación: «Enriquecida desde el primer instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular, la Virgen de Nazaret es saludada por el ángel de la Anunciación, por encargo de Dios, como llena de gracia (Lc 1,28). Y ella responde al enviado del cielo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Así, María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra de Dios, se convirtió en Madre de Jesús (…) Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades»[3].

María, al entregarnos a Jesús nos ha dado el don supremo de la salvación, por eso no podemos nunca separarla del Hijo de Dios, porque el Padre de las misericordias quiso que llegara hasta nosotros encarnándose en María, para ser nuestro hermano y Salvador. Por esto me ha parecido propio que el título o advocación que la sagrada imagen de la Virgen que colocamos en el presbiterio de nuestra Catedral sea el de Nuestra Señora de la Encarnación. Es el mismo título que lleva la Catedral, para que así este misterio de Cristo y de María, presente en la preciosa pintura de la Anunciación de Alonso Cano, en las vidrieras del crucero y en los bajorrelieves del expositor del tabernáculo se nos revele en el fruto bendito del seno de la Virgen María: para que se haga visible en esta nueva imagen la maternidad divina de María. Misterio de fe que ha cobrado expresión de gran belleza en la imagen tallada y policromada con todo primor, y ornamentada con hermoso estofado en los Talleres de Arte Sacro Granda, de Madrid. Un trabajo de arte al servicio de la fe que se ha realizado siguiendo las orientaciones de la Iglesia, y después de ver y tomar en consideración algunas imágenes y diversos diseños hasta lograr madurar debidamente la imagen que ahora vamos a contemplar.

Quiera Cristo Jesús, Hijo de Dios, que quiso recibir nuestra humana naturaleza por María, acoger las súplicas que coloquemos ante la imagen de su Madre, Señora y Abogada nuestra, para que como Mediador único entre Dios y los hombres, por María que nos lleva siempre a Él podamos alcanzar lo que no merecen nuestros pecados, pero Dios Padre nos concede por su misericordia, porque todo nos lo ha dado con Él, que es su verbo y su fuerza, nuestro Redentor y Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos.

Invito a cuantos puedan participar en la santa misa de bendición, en la que la acción sagrada será enaltecida por la música coral de los coros de la Ciudad de Almería y la orquesta de la Escuela Municipal de la Ciudad de Roquetas del Mar, para mayor gloria de Dios y alabanza de la Virgen Madre.

Con todo afecto y bendición.

Almería, a 21 de noviembre de 2017

Fiesta de la Presentación de la Virgen

                   + Adolfo González Montes

                          Obispo de Almería

 

[1] Misal Romano: Antífona de entrada de la Misa de la Asunción de María.

[2] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n.66.

[3] LG., nn. 56 y 66.

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