Cartas a los Diocesanos

 

EL TEMPLO CRISTIANO, CASA DE DIOS
Y CASA DE LA ASAMBLEA QUE CELEBRA

 Jornada diocesana «pro templos»

 

Queridos diocesanos:

El templo cristiano es la casa de Dios y la casa que la comunidad cristiana necesita. La construcción de templos es una necesidad que no es fácil diferir en el tiempo cuando una comunidad cristiana carece de la iglesia parroquial para reunir la asamblea litúrgica, proclamar la Palabra de Dios y celebrar los sacramentos, en especial la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana. La Iglesia siempre ha construido templos para acoger la asamblea eclesial, en la cual se hace presente cuando se celebra la sagrada liturgia toda la Iglesia como comunidad de salvación. Por eso, en tanto no es posible levantar la «casa de Dios», la asamblea de los fieles se acoge a la hospitalidad de un humilde local, suficiente para dar cabida a los bautizados que celebran su fe.

Sin embargo, esta última es una solución provisional, y la construcción de la iglesia parroquial es meta irrenunciable de cualquier parroquia nueva, objetivo que se intenta alcanzar con verdadera ilusión y no pequeño esfuerzo. Como se convierte en objetivo de cumplimiento anhelado, cuando es el caso, levantar una catedral como primer templo de la Iglesia diocesana; y no son pocas cuyo acabamiento ha sido siempre, no sólo en la Edad Media, referente histórico de las sociedades cristianas, sino también en los tiempos modernos y en nuestros días.

En las naciones de historia cristiana, como es el caso de la nuestra, igual que en las nuevas cristiandades surgidas de la acción misionera de la Iglesia, la construcción de iglesias ha incluido siempre levantar en su lugar, el más idóneo posible para el fin que se pretende, la iglesia Catedral de una diócesis. Así fue noticia en el pasado siglo la construcción de un buen número de catedrales en los cinco continentes: Brasilia (1958-1970); Abiyán, Costa de Marfil, 1980-1985; Liverpool, Reino Unido (1962-1967); Los Ángeles, EE. UU. (1998-2012). Todas ellas son obra de arquitectura moderna que sorprende por su creatividad y su obra de gran ingeniería. Menciono estos edificios desmienten la idea que algunos propagan de que ha pasado el tiempo de las catedrales y que ya no merece construir iglesias. No dejo de mencionar también la catedral de Santa maría de la Almudena, de Madrid; y, aunque no es una catedral, pero se le equipara por su significación religiosa y belleza modernista y por ser obra de Antonio Gaudí, la iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona.

Ciertamente, el alcance de la noticia es menor, siempre lo es para la Iglesia diocesana y, sobre todo, para los parroquianos que proponen su construcción, levantar la iglesia de una nueva parroquia, un empeño de los más esforzados para una comunidad cristiana. Es una verdadera aventura, sacar adelante la financiación de un proyecto, primero ideado por los responsables del Obispado con la colaboración preciosa del párroco y de los fieles, elaborado por el arquitecto con verdadera ilusión, examinado y finalmente aprobado, para comenzar a hacerlo realidad.

Una comunidad cristiana necesita un «complejo parroquial», sin el cual no es posible organizar la acción apostólica y pastoral, instalar la administración pastoral que requiere el despacho del sacerdote y  de los colaboradores; y organizar la catequesis por aulas, la formación permanente de los catequistas, las reuniones con los padres de los niños que reciben los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, confirmación y Eucaristía); promover el apostolado de los seglares, el encuentro de matrimonios y familias, y otras muchas actividades, entre las cuales son de importancia los encuentros de juventud y la programación de la pastoral juvenil.

Todo esto lo ve cualquiera, y cada vez se valora más que una parroquia cuente con un complejo parroquial adecuado a las necesidades de la evangelización de hoy en día, y teniendo en cuenta el estilo de organización de vida de nuestra sociedad. Sin embargo, ninguna necesidad es de mayor urgencia que la comunidad pueda contar con la iglesia parroquial.

La iglesia, un edificio singular que se ha de diseñar conforme a las orientaciones litúrgicas de la Iglesia, es la pieza clave del complejo parroquial. Su nave ha de capacidad suficiente para acoger la asamblea de los fieles, y la disposición de sus espacios debe ser tal que ofrezcan el marco propio a la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios y la instrucción en la fe. En la iglesia parroquial se celebra en ámbito propio la Eucaristía y los demás sacramentos de la comunidad cristiana; y, en ella, en fin, encuentran acogida unas y otras representaciones sagradas de la historia de la fe y de la santidad. Todo en el templo cristiano tiene una dimensión «sacramental», porque en ella el conjunto de sus representaciones hace presente el misterio de nuestra redención, la muerte y resurrección del Señor, la glorificación de María, Virgen inmaculada y Madre del redentor, y de los santos que con su ayuda maternal siguieron el camino de la vocación cristiana y llegaron a la meta.

En el baptisterio está la fuente en la que fuimos regenerados, el presbiterio delimita el ámbito en el que el ministro sagrado confecciona el sacrificio eucarístico, y en la capilla del Santísimo, la lámpara de la luz eterna avisa de la presencia sacramental de Cristo en el tabernáculo, que sostiene la fe de los que acuden a recibirle y de cuantos le adoran como a Dios y Señor. El confesonario, ubicado en la capilla penitencial o en lugar idóneo dentro de la nave de la iglesia, es reclamo continuado de misericordia divina.

Todos estos elementos de singular significación sagrada adquieren una densidad intensa en la iglesia catedral, el primer templo de una Iglesia diocesana, donde la cátedra del Obispo da nombre a esta iglesia mayor. En ella, la sede episcopal es inseparable del altar donde el Obispo celebra la Eucaristía, celebración que por su mandato se extiende a todas las iglesias diocesanas. La catedral recapitula en sí misma la permanente dispensación de la gracia de la redención, que nos hace justos y nos santifica; y nos llega por medio de la sucesión de los obispos en el ministerio de los apóstoles que ellos y los sacerdotes ejercen para nuestra salvación.

Necesitamos construir iglesias y mantener en buen estado las que hemos recibido como herencia de fe y prodigio de arte sacro, parte del patrimonio histórico-artístico y cultural de la Iglesia. Nuestros templos son testigos en piedra y materiales de construcción de la fe que profesamos y ámbito sin el cual no es posible ni celebrar ni tampoco instruir en la fe mediante la proclamación de la Palabra de Dios.

La dificultad estriba en que hoy una iglesia parroquial cuesta el dinero que los fieles sólo con mucho esfuerzo pueden poner en juego, aun contando con la ayuda del Obispado. Los préstamos son los que pueden dar lugar a poner en juego una financiación razonable, pero, aun así, sin la capacidad financiera de la comunidad parroquial para afrontar el vencimiento mensual de los plazos, la construcción de un templo se demora sin que se vea cómo podrá hacerse realidad.

Por eso, los templos diocesanos inacabados y los que es preciso construir requieren el generoso compromiso de los fieles para llevar adelante el proyecto que permitirá a la comunidad que celebra la fe contar con la «casa de Dios» que es la «ecclesía», la iglesia-congregación de los fieles acogida al cobijo de sus muros. La iglesia que es matriz de vida nueva y casa de puertas abiertas a cuantos el Señor llama a recibir la vida que en ella generan los sacramentos. Es, pues, urgencia de la fe, y necesidad que lleva consigo la evangelización granada de frutos, estimular la generosidad de cada uno de los fieles, a fin de lograr juntos la construcción de las iglesias que necesitamos y mantener las que hemos recibido como patrimonio del pueblo cristiano.

Con mi afecto y bendición

Almería, a 13 de agosto de 2017

Domingo XIX del Tiempo Ordinario

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

Llega la fiesta patronal de nuestra nación y conviene recordar que España ha tenido en su historia la dicha de haber recibido la predicación evangélica desde los tiempos apostólicos. La trayectoria histórica de nuestro país no se puede comprender sin la fe cristiana. Nuestra historia ha estado marcada por vicisitudes que han exigido grandes sacrificios, como la historia de todos los pueblos que han tomado parte de modo singular en la historia de la humanidad, y España ha contribuido a la creación de la que conocemos como civilización occidental con pasión y cuño de identidad.

La fe cristiana ha dado históricamente configuración propia a la historia de nuestra nación, contribuyendo de modo decisivo a la unificación de sus gentes haciendo que fraguara en un mismo sentir religioso el proyecto de convivencia de pueblos y gentes diversas que se han sentido inspiradas por la misma fe y los valores morales del Evangelio durante siglos.

Es verdad que, superada la invasión musulmana y, después de los siglos dorados de España, de su expansión política y cultural, después de la obra asombrosa de la evangelización, sin entrar ahora en otros análisis, el espíritu de la modernidad introdujo diferencias importantes entre nosotros, que se fueron gestando desde finales del siglo XVII hasta las confrontaciones y las guerras últimas, sobre todo la guerra civil del pasado siglo. Superadas no sin dolor compartido por los todos los españoles las vicisitudes peores, nuestro país ha emprendido un camino de convivencia lleno de esperanza.

Sería, por eso, de lamentar que las diferencias existentes hoy entre nosotros dieran lugar a una dialéctica de la confrontación que pudiera conducir a males mayores. La legítima diferencia de maneras de pensar y sentir la vida entre los ciudadanos de un país moderno no puede tener como horizonte la descalificación del adversario visceral y sistemática, sin apreciar en él más que errores y vicios que sólo se subsanarían excluyéndolo del ejercicio democrático y legítimo del poder público. Hacerlo así sería volver a los peores errores del pasado y, a ves, uno tiene la impresión de que las generaciones están abocadas a repetir estos errores.

La tenacidad con que algunos se empeñan en excluir la religión del ámbito público resulta inaceptable en una sociedad abierta y verdaderamente democrática. No es posible imponer en la vida pública un silenciamiento de la fe cristiana que tan intrínseca ha sido a la historia de nuestro país, y sigue siéndolo para amplias mayorías. Además, el profesar la fe cristiana y poder reclamar la legitimidad de su moral es y sigue siendo derecho legítimo de las personas, que sólo en cuanto son tales, es decir sujetos de responsabilidad moral, pueden ser capaces de convivencia ordenada por la ley y portadores, por esto mismo, de ciudadanía.

La aspiración obsesiva y, al parecer programada, a eliminar los signos cristianos de la vida pública y las acciones religiosas, sobre todo cuando son acciones legítimas de la mayoría, es una aspiración totalitaria, además de ser contradictoria con el espíritu democrático que se invoca. No se puede practicar intolerancia so pretexto de tolerancia ni se puede someter la sociedad a una ideología con pretensión de hacerla más tolerante. Es contradictorio reclamar tolerancia prohibiendo sostener y defender su propio mensaje a las confesiones religiosas y, sobre todo, actuando contra la fe mayoritaria de los españoles. No vale el pretexto engañoso de no molestar o herir los sentimientos religiosos de otros ofendiendo e hiriendo los sentimientos religiosos de los cristianos, que se ha convertido en la fe religiosa más perseguida en el mundo.

La libertad religiosa es la pieza clave del arco de libertades, porque de la fe religiosa emerge tanto la consideración decisiva de la dignidad de la persona humana como el concepto global del mundo, y la misma forma de entender la convivencia social. Sin reciprocidad no hay verdadera libertad religiosa. No es posible en buena ley democrática impedir abrazar una religión o salir de ella. No es compatible con la libertad de pensamiento y religión impedir que alguien proponga razonablemente la concepción cristiana de la sexualidad y del amor humano, y tratar de imponer con la ayuda de la normativa imperada en la escuela y en las instituciones la ideología de género, propiciando un cambio de lenguaje que obligue a comulgar con la ideología que se pretende imponer. Este es contrario a la libertad religiosa que, como ha advertido el Papa Francisco, representa una verdadera colonización de la mente y del alma humana.

Hoy, el sepulcro del Apóstol vuelve a irrumpir en la actualidad de la noticia como meta de miles de peregrinos que no cesan a lo largo del año, y siguen llegando a Compostela por los distintos caminos de Europa y de España, aunando los pasos de todos hacia los restos del amigo del Señor, primero entre los Apóstoles en verter su sangre como testimonio de fe. Los caminos que llevan hasta Santiago se han convertido en acontecimiento continuado del testimonio del Apóstol sellado con su sangre. Estos caminos que tejen el Camino de Santiago han prolongado en la historia de España aquella primera predicación evangélica que sembró la palabra de Dios en los habitantes de la península Ibérica, y que dio por resultado la primera gran síntesis de cristianismo y cultura hispanorromana. Después se alargaría esta síntesis, y no sin divisiones, en el cristianismo visigótico y perviviría en los mozárabes.

La fe evangélica así acrisolada en nuestras tierras sería trasplantada al Nuevo Mundo como lo que de verdad es, noticia de salvación y humanidad, para que pudiera crecer en una nueva síntesis en un proceso de mestizaje complejo, que si no estuvo exento de violencia, fue al mismo tiempo capaz de fructificar en las mejores formas de humanidad como expresión de fe cristiana.

Los españoles necesitamos hacer memoria de nuestra historia, incluso si no nos gustan algunos de sus capítulos, para poder avanzar hacia un futuro que no puede construirse despreciando el pasado o soterrándolo con violencia. La memoria nos puede avisar de que este intento marcó un pasado fratricida que forma parte de la memoria histórica de todos los españoles y que no es compatible con el sectarismo. Una lectura sectorial y engañosa de nuestro pasado ha causado ya y causará males no deseables.

Los proyectos de futuro que aspiran a levantarse al margen de Dios como referencia trascendente de la vida humana no son proyectos de futuro. Son quimeras que han llevado en la historia a verter mucha más sangre que la se pretende atribuir a la historia de las naciones cristianas, a la que a veces se apela con manifiesta injusticia y falta de objetividad histórica. Los proyectos de futuro de verdad abiertos, como pueden llevarlos adelante las naciones de tradición cristiana, tienen que contar con la inestimable aportación de la fe que ha inspirado su historia. ¿Por qué han de renunciar las naciones de historia cristiana a la propia identidad aventurándose por el camino de un suicidio histórico y cultural?

El respeto a la diversidad no puede suponer como programa la agresión a la fe mayoritaria, es decir, a la fe y la moral de las mayorías históricamente consolidadas, ni éstas pueden renunciar a hacerlas valer con legitimidad democrática. La multiculturalidad es hasta hoy un programa no resuelto, porque no puede ser la mera yuxtaposición de colectivos que tienen sus propias fronteras infranqueables dentro de una misma sociedad. Para preservar la diversidad dentro de una misma sociedad se requiere concordar en un horizonte cultural común suficientemente desarrollado, con alma para perdurar y un ordenamiento jurídico que garantice la paz social sin menoscabar la cultura mayoritaria y los derechos de la religión más participada por las personas, que son los sujetos reales de derechos ciudadanos.

La fiesta del Apóstol Santiago, Patrón de España viene a reclamar de nosotros voluntad sincera de construir un futuro plenamente reconciliado, que requiere ciertamente de las mejores condiciones económicas y sociales, pero también de los mejores y más altores valores morales. Sin estos valores y la práctica de las virtudes la vida social y cultural será devorada por el relativismo que nos hace amorales las conductas y puede inclinar con facilidad a la falta de ética en nuestras acciones.

Aun siendo día laboral en tantas regiones, que no pase desapercibida la fiesta patronal del Apóstol. Tal como reza la oración de la misa de esta solemnidad apostólica. Pidamos por intercesión de Santiago que «la Iglesia, reconfortada por su patrocinio, sea fortalecida por su testimonio y que los pueblos de España se mantengan fieles a Cristo hasta el final de los tiempos».

Almería, a 25 de julio de 2017

                                    Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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Queridos sacerdotes y diocesanos    

Una semana después del sábado memorable de la Beatificación de los Mártires de Almería, siguen llegando los ecos de un acontecimiento eclesial que ha devuelto a muchos la esperanza en el valor del testimonio, justo cuando la tentación es la de silenciarlo, la de no hablar en su nombre, como decía Jeremías asustando por las reacciones que desencadenaba la proclamación profética de la palabra del Señor. La palabra que el pueblo elegido no quería escuchar y cuyo rechazo le llevó al destierro y a la cautividad babilónica. Son muchas las oposiciones a la serena audición del Evangelio, por eso el arrojo de los mártires y su audacia espiritual mueve las cobardías del corazón.

La solemne Misa de Acción de Gracias

         De la solemne Misa de Acción de Gracias del domingo 26, al día siguiente a la Beatificación en el Palacio de Congresos, hablan los hechos por su propia contundencia y la página web de la diócesis ha venido recogiendo ecos y noticias hilvanados en una amplia crónica que ha dado cuenta del acontecimiento. La Misa se celebraba a las 11,30 h., siguiendo el horario de los domingos en la Catedral. Es la misa estacional que celebro como Obispo cuando no celebro en las parroquias o me encuentro en visita pastoral. Como ya se ha hecho notar en distintos medios, la Catedral estaba abarrotada, y con previsión se habían terminado de instalar en el recinto catedralicio pantallas de circuito cerrado que ya quedan instaladas de manera permanente, como se ha hecho ya en algunas catedrales y en iglesias de gran aforo para la asamblea litúrgica, pero donde la arquitectura de tres naves impide la visión, fundamental para la participación en la asamblea, desde todos los espacios del recinto. En las catedrales españolas que conservan el Coro Capitular en el centro del espacio sagrado se produce de hecho una dificultad añadida.

         Más de 1.200 personas pudieron darse cita en la Misa de acción de Gracias, para bendecir al Señor por el don de gracias que está siendo para la Iglesia diocesana esta Beatificación. Los peregrinos de etnia gitana habían partido de mañana para celebrar en Guadix, ciudad donde la población gitana tiene una historia propia en las cuevas que en el pasaron habitaron como recurso último de tener un hogar familias nutridas de hijos y con hondo sentido de los lazos que unen por la sangre y la cultura a los miembros del clan familiar. Esas cuevas fueron objeto de predilección del santo sacerdote mártir en Madrid san Pedro Poveda, apóstol, pedagogo insigne de la fe y fundador de la Institución Teresiana, cuya memoria encabeza entre los santos y beatos mártires la fecha litúrgica del 6 de noviembre, establecida en España para la memoria colectiva de todos los que en la persecución del siglo XX dieron su vida por Cristo.

         Con estas letras se agrega aquí el texto de la homilía que pronuncie en la Misa de Acción de gracias, correspondiente al IV domingo de Cuaresma, el llamado domingo «de caeco nato» por leerse en este domingo. El ciclo cuaresmal que estamos leyendo es el que recoge, dentro del plan catequético y litúrgico de la Cuaresma, la serie de evangelios de la tradición catecumenal de la Cuaresma, colocando en el cuarto domingo el evangelio del ciego de nacimiento. Se trata de una de las narraciones del cuarto evangelio, el conocido como evangelio de san Juan, con claro carácter alegórico del misterio de Cristo, luz de vida eterna que ilumina al que se ha de bautizar, haciéndolo pasar, por medio de la acción del Espíritu Santo, de las tinieblas del pecado a la luz de la gracia: luz que ilumina la existencia redimida del que se sumerge en el rito sacramental del bautismo.

Fecha de la memoria litúrgica y oración colecta de los Mártires de Almería

Esta la memoria general para España tiene sus modulaciones propias en las diócesis, como en el caso de la diócesis de Almería a partir del próximo 6 noviembre de 2017. La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha aprobado para la diócesis de Almería la memoria del «Beato José Álvarez-Benavides y de la Torre y compañeros mártires» con el carácter de memoria obligatoria. En el rescripto de la Congregación enviado al Obispo de Almería no se indica el número de los mismos, para que junto con los 115 mártires de esta Causa puedan incluirse todos los mártires almerienses del siglo XX, como los ya beatificados en Roma y Tarragona; de hecho, ya incluidos en la memoria del 6 de noviembre con la aprobación en su día del Calendario litúrgico particular de la diócesis almeriense.

Es el caso de los beatos Andrés Jiménez Galera, presbítero y mártir; José María de la Virgen Dolorosa Álamo Jiménez y Feliciano (Francisco) Martínez Granero, religiosos y mártires. Quedan fuera de esta memoria aquellos mártires cuya memoria estuviera ya fijada con anterioridad a la determinación de la fecha del 6 de noviembre por la Congregación para los mártires de España en el siglo XX. Es el caso del beato Obispo Diego Ventaja Milán, de especial significación eclesial para la diócesis de Almería, cuya memoria obligatoria se celebra el 30 de agosto, día de su martirio o dies natalis, es decir, su día natal para la vida eterna. También es el caso del beato Cecilio López y López, religioso y mártir, cuya memoria libre se celebra el 30 de julio en el calendario particular de Almería; y el caso de la memoria de la beata Josefa Ruano García, virgen y mártir, fijada en su día para el 22 de septiembre; esta última también memoria libre.

Junto con la fecha de la memoria, la Congregación para el Culto Divino ha aprobado asimismo la oración colecta llamada así por recoger el sacerdote en ella, al comienzo de la Misa, la plegaria que aúna la entera súplica de la asamblea. Para mayor aclaración, se ha de observar que me refiero a la oración que sigue a las invocaciones, una vez terminado el acto penitencial: los Kyrie (Señor, ten piedad) y al Gloria, en el caso de las fiestas y solemnidades. Debe tenerse en cuenta que los Kyrie no forman parte del acto penitencial siempre, sino sólo cuando forman parte de las súplicas penitenciales que los incluyen. Por tanto, estas invocaciones, que por su misma antigüedad son una verdadera joya litúrgica, ya que proceden de los primeros siglos y se han conservado en griego, no deben suprimirse nunca, a no ser que formen, como decimos, parte de dichas súplicas penitenciales, tal como establece la rúbrica del Misa Romano. Esta oración se hará llegar a todas las comunidades parroquiales y conventuales en la doble versión latina y española para su conocimiento, pudiéndose asimismo rezar para pedir la intercesión de los Mártires de Almería; no obstante, me ha parecido oportuno adelantar aquí su versión en lengua española:

«Dios, Padre nuestro,

Que a los beatos José, presbítero,

Y compañeros mártires,

con la ayuda de la Madre de Dios,

los llevaste a la imitación de Cristo

hasta el derramamiento de la sangre,

concédenos, por su ejemplo e intercesión,

confesar la fe con fortaleza de palabra y de obra.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos».

Cualquiera puede ver que ha variado ligeramente en algunos matices, además de la referencia a los nuevos beatos, de modo que se pueda mantener la unidad de una oración colecta igual para la memoria litúrgica de los Mártires del siglo XX en España.

La música en la Misa de Acción de Gracias

         Volviendo a la Misa de Acción de Gracias, no quiero pasar por alto la magnífica interpretación de la orquesta joven y coro de la Escuela Municipal de Música de Roquetas de Mar, dirigida por don Alejandro Torrente Toledano, con la colaboración del organista de la Catedral, don Miguel Ángel Parrón. Fue ésta la orquesta y el coro que estrenaron el Himno a los Mártires en la velada de preparación a la Beatificación en el auditorio de Roquetas de Mar.

Quede para el recuerdo consignado el programa musical de esta Misa estacional y de Acción de Gracias, celebrada en la Catedral de la Encarnación el día 26 de marzo, IV domingo de Cuaresma. Abría la celebración a las 11,30 h. el «Laudamus Te» de Vivaldi (para 2 sopranos solistas y orquesta). Los Kyrie fueron los de la Misa de la Coronación, de Wolfgang A. Mozart (para orquesta, coro, soprano y tenor solistas). Cantó el salmo conforme a la melodía litúrgica Julia López López de Almería. La liturgia eucarística, mientras se oficiaba el ofertorio, la orquesta y el coro interpretaban el «Sancta Mater, istud agas», pieza del «Stabat Mater Dolorosa», de Giovanni Battista Pergolesi (con intervención de soprano y mezzosoprano solistas). El «Sanctus» lo fue de la Misa en do mayor de Charles Gounod, para orquesta y coro. Siguió el «Agnus Dei» de Tomaso Albinoni, para orquesta y coro (con intervención de soprano y mezzosoprano solistas). Siguieron los cantos de comunión, con la muy bella interpretación del «Panis angelicus» de César Auguste Franck. Finalmente, al acabar la celebración eucarística, tras el canto de la antífona mariana de Cuaresma «Ave, Regina caelorum» a la Santísima Virgen, Reina de los Mártires, orquesta y coro, con la intervención de órgano y conjunto instrumental, interpretaron el Himno de los Mártires de Almería, con música coral del sacerdote diocesano Mons. Bernardo Ávila Ortega, y letra del Canónigo Maestro de Capilla de la Catedral Juan Torrecillas Cano.

Ciertamente, no me equivocaré si digo que tanto la Misa de Beatificación como la Misa de Acción de Gracias serán difícil de olvidar. La liturgia tiene por sí misma una poderosa fuerza evangelizadora, porque de ella emana la misión y a ella tiende toda la vida cristiana, por ser, como dejó dicho el Vaticano II, la fuente y el culmen de la vida cristiana. La bella ejecución de la sagrada liturgia introduce en la experiencia de la salvación que nos llega por medio de los sacramentos de la Iglesia. En el desarrollo de la acción litúrgica tanto el canto gregoriano, como «propio de la Iglesia romana», como la polifonía sagrada contribuyen a que la liturgia exprese con mayor delicadeza y bella ejecución los misterios de la fe, de suerte que, tal como el Concilio afirma, «la tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne» (Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 112).

Las acciones que aún esperan su término

         Concluida la Beatificación y la Misa de Acción de Gracias, las tareas siguen y están en marcha aún algunas exhumaciones y tareas de limpieza y consolidación de los retos mortales de los mártires, de los que se han de segregar algunas reliquias. La mayoría serán trasladados a la cripta martirial de la iglesia de San Miguel de las Salinas, en Cabo de Gata. La cripta adaptada y ornamentada al efecto será meta de peregrinación para cuantas personas y grupos parroquiales, apostólicos o de comunidades, para honrar la memoria de los mártires y suplicar su intercesión. La singular belleza del paraje y el acondicionamiento de una cripta tan idónea como la existente en la iglesia de san Miguel, ahora mejor acondicionada, así lo han aconsejado. En algunos casos, cuando se trata de mártires que ya tenían un lugar en las iglesias, los restos serán depositados en ellas.

         Reliquias de los mártires de cuyos restos se dispone serán incluidas en una urna martirial para ser venerados en una capilla dispuesta a tal efecto en la S. A. I. Catedral. El número de mártires identificados y cuyos restos son conocidos no llegan a un tercio de los 115, ya que de muchos de ellos no se conoce su sepultura, porque fueron sepultados en lugares desconocidos y fosas comunes tras el martirio, y algunos fueron trasladados a los columbarios del Valle de los Caídos. Esta colocación de las reliquias en la Catedral se complementará con la entrega de algunas reliquias insignes que, en su momento, se hará a las parroquias de nacimiento y martirio de los beatos, para que puedan ser veneradas por los fieles.

         Quiera el Señor bendecir todos los esfuerzos y la generosa colaboración de cuantos han dado lo mejor de sí mismos con motivo de la Beatificación. A todos el Obispo y el presbiterio, actores de esta Causa martirial debemos agradecimiento y, al tiempo que nos confiamos a su constante oración por los ministros de la Iglesia, los encomendamos a Dios poniendo la intercesión de los nuevos beatos junto a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Reina de los Mártires, para que el Mediador único entre Dios y los hombres, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote incorpore a su mediación cuanto a su sagrada pasión han sumado los mártires uniendo su sacrificio al del Señor y a los dolores de la Virgen Madre del Redentor.

         Con mi afecto y bendición.

                                   X Adolfo González Montes

                                           Obispo de Almería

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Queridos sacerdotes y educadores de la fe de la infancia y la juventud;

Queridos diocesanos:

Dificultad de encontrar pastores

El IV domingo de Pascua está tradicionalmente vinculado a la estampa del Buen Pastor. La imagen de Jesús, cayado en mano, incluso con un corderillo en brazos, rodeado de las ovejas de su pequeño rebaño entra por los ojos y llega al corazón del creyente. Jesús es el buen pastor, más aún es el único pastor entre tantos que se presentan como tales, pero no lo son porque no dan la vida por sus ovejas. Para ser buen pastor hay que estar dispuesto a darse por entero hasta llegar a ser alimento de las ovejas que se pretende pastorear. Jesús refiriéndose a los malos pastores dijo de ellos que son asalariados que huyen ante el lobo sin defender el rebaño, no dudando en calificar a algunos supuestos pastores del pueblo ladrones y bandidos.

Vivimos tiempos en que es difícil encontrar pastores, porque las nuevas generaciones de jóvenes crecidos en la Iglesia, cuidados entre algodones por los educadores de la fe, sienten la atracción del ejemplo de pastores conocidos, pero cuya vida de generoso sacrificio contrasta con lo que un joven desea hoy para sí mismo. Un joven de hoy se preocupa sobre todo por la propia seguridad de futuro, la ausencia de cualquier contrariedad, la posibilidad de ensayar sin compromiso a la hora de comenzar a andar por un camino sin vuelta atrás, irreversible, que sólo es posible transitar si uno está convencido de que es posible tomar decisiones vinculantes para toda la vida.

No sólo es tentación la huida cuando viene el lobo, la sola idea de que exista el lobo aterra a tantos jóvenes más preocupados de guarecerse ellos mismos y ponerse a buen cobijo que de arriesgar contra el lobo y por las ovejas la vida. Hemos hecho jóvenes débiles, que fácilmente se vienen abajo, aun cuando se hayan entusiasmado con viajar a las jornadas mundiales de la juventud (JMJ’s) con el Papa. Son todavía muchos miles los jóvenes que crecen en el regazo de la parroquia y los que todavía frecuentan los colegios católicos y se enrolan en algún “grupo de fe”, en algún apostolado, dispuestos al voluntariado temporal de alguna buena obra de caridad cristiana, pero siempre reversible, mientras duran las ganas y se siente la emoción de hacerlo.

El error de primar las emocione sobre los contenidos y el lenguaje de la fe

Coinciden los analistas de la educación en compartir la opinión de que las motivaciones de carácter emocional son fundamentales para que los jóvenes permanezcan en el regazo de la Iglesia, por eso, cuando pasan las emociones se van. La fe no ha sido ahondada y apropiada en su verdad, porque ha faltado y falta la transmisión de la fe creída y, en consecuencia, la catequesis que sea algo más que más que descripción de aquello que complace porque motiva emocionalmente; sobre teniendo en cuenta que la mayoría de los jóvenes sólo soportan lo que se puede asimilar, aquella lluvia de ideas que expresa “aquello que a mí me dice” el evangelio. Una “catequesis divertida”, porque una catequesis de verdad es un rollo insoportable, incompatible con una exposición que se pueda aguantar.

Décadas de renovación catequística que han primado más la didáctica que aquello que se ha de aprender a comunicar, es decir, la doctrina de la fe y las pautas morales de la conducta cristiana, la práctica sacramental y la experiencia oracional. De hecho, en la catequesis esta realidad es bastante desconocida en su extensión propia, esto es, la propia extensión del credo, símbolo de la fe. De su contenido se han seleccionado algunas cosas, que, por lo demás, se hallan prendidas con alfileres, muy poco asimiladas en conceptos. El lenguaje, abreviado y simbólico de los jóvenes, digital, es tan precario como la moda de cada instante, estandarizada y uniforme durante un tiempo, de la cual es difícil salirse. Un lenguaje que se esboza en acción y reacción de comunicación mecánica, abreviada en signos que los dedos pulgares trazan veloces, del lenguaje tanto hablado como escrito sobre el móvil siempre encendido, infinitamente recargable.

Sin doctrina es difícil una moral consistente, afianzada en principios determinantes de la práctica de fe; y, sin práctica de fe, no hay experiencia mistagógica, es decir, que introduzca en el misterio de la salvación por medio de la oración y experiencia de gracia a que dan lugar los sacramentos; y sin esta experiencia de gracia no pueden surgir vocaciones porque no hay vida cristiana.

La cultura líquida y la ideología de género

La falta de vocaciones es así el resultado de una compleja convergencia de factores: una educación débil, que da como resultado una personalidad “líquida”, que torna al joven incapaz de decisiones, sin que se afiancen contracorriente las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada e incluso al matrimonio cristiano, imposibles en una cultura adversa no ya a la vocación sino a la concepción cristiana de la vida.

Un elemento determinante de esta cultura adversa a la vida cristiana, que se ha ido afianzando con la pretensión de convertirse en la única visión antropológica del ser humano es la ideología de género, una agresión de alcance al verdadero matrimonio y a la familia, que el Papa Francisco ha calificado de colonización inaceptable, ya que esta ideología no reivindica algo que no excluya la concepción diferente de los sexos, sino que fundamentalmente excluye cuanto no entra en sus parámetros de comprensión de la sexualidad humana, del matrimonio y de la familia.

Colocar a los jóvenes ante la verdad de la fe y la experiencia de la gracia en la acción liturgia

No es un análisis pesimista, sé bien que hay grupos juveniles que ayudan a recomponer la vida cristiana con su buena preparación, yo mismo los aliento en la Iglesia diocesana, pero son minoritarios entre los miles de jóvenes allegados a la Iglesia y que crecen dentro de sus cauces educativos; mientras son mayoría los millones de jóvenes que se encuentran fuera de estos cauces.

Para que un joven pueda hoy decirle al Señor: “¡Aquí esto, envíame!”, se requiere la predicación de la verdad evangélica sin sordina, sin concesiones a la opinión relativista, incluso compartida por educadores de la fe desorientados, de que quizá no sabemos cuál es contenido de la predicación de Jesús, lo cual es grave, pero lo es más haber perdido la fe en el misterio infalible de la Iglesia como receptora, portadora y garante de la verdad de la fe creída y, por eso mismo, del verdadero y único Jesucristo.

Se requiere, asimismo, un esfuerzo en lograr la implantación de una catequesis digna de tal nombre, propósito al que no podemos renunciar quienes tenemos el cometido apostólico por tarea que nos ha confiado el Señor. Se requiere una fidelidad a la lex orandi de la Iglesia que evite el atropello de la liturgia, y que excluya sin ambages la discrecional y arbitraria manera de confundir la liturgia con un happening juvenil.

Si este último se distingue por ser asimilable a una manifestación artística musical, o bien de representación teatral capaz de provocar la participación espontánea de los espectadores que se involucran de este modo en el desarrollo de la acción, nada es más contrario a la acción litúrgica que esta interactuación musical y dramática, porque en la acción litúrgica Dios es el único protagonista de la salvación cuyos efectos llegan a quien participa en la acción litúrgica. Si se ha entendido mal la enseñanza conciliar de que la liturgia requiere una participación activa, su aplicación a la liturgia de los jóvenes ha acumulado mayores errores. Los jóvenes parece que no pueden vivir sin el happening, porque una equivocada educación de la fe así los ha llevado a la liturgia, para atraerlos a ella, a costa de su neutralización y de su misma destrucción.

Así, pues, es urgente educar la fe de los jóvenes para entender y vivir la acción litúrgica, porque sin este entendimiento y vida espiritual no habrá vocaciones ¿Podremos hacer comprender a los jóvenes que a la liturgia somos llevados por la acción interior del Espíritu? ¿Estamos dispuestos a sostener con la tradición de fe de la Iglesia que es la gracia la que introduce en el dinamismo de la acción litúrgica, y que en ella resuena la llamada de Cristo Jesús como fruto de la comunión con él en la Eucaristía y los sacramentos? De nosotros, educadores de la fe, depende en la mayor medida, aunque dependa de ellos superar los obstáculos de una cultura contraria a la naturaleza de la vida espiritual de la Iglesia.

La experiencia de la acción sagrada se realiza cuando se participa activamente con gozo en ella, pero esto no supone su conversión en actuación musical y teatral espontánea, interactuando al alimón sacerdotes y asamblea, actuación múltiple y variada para no aburrir a los jóvenes, sino la vivencia de la acción sagrada a la que asiente la fe confesante de la asamblea. No se debe echar en olvido que la sagrada liturgia introduce y sostiene por sí misma la vida de la Iglesia, y sólo con ella ha logrado sobrevivir en tiempos de especial dificultad, bajo persecuciones totalitarias, salvando la perduración del mensaje y la práctica de la fe en la adversidad durante el convulso siglo XX.

El contexto de la llamada de la vocación

La recomposición de la iniciación cristiana y el compromiso ineludible de los sacerdotes y educadores cristianos con ella, ayudados de los catequistas, condición para que la llamada encuentre terreno abonado en el alma de los jóvenes. Esto se completa con la introducción a la vida cristiana de los jóvenes mediante el apostolado y la prosecución después de la iniciación cristiana de la formación específica religiosa. Es éste el contexto y el clima donde se ha de pantear la propuesta de la vocación sacerdotal y la invitación al seguimiento religioso de una vida de consagración, así como la preparación de los jóvenes al matrimonio cristiano.

Si la llamada al ministerio sacerdotal supone una sana educación de la sexualidad preparando para el celibato sacerdotal, qué no decir de la consagración de la virginidad siguiendo el carisma religioso femenino, tan necesario en la Iglesia. Todo lo cual es tarea apostólica y pastoral que constituye una gran apuesta de evangelización: el gran reto con el que estamos confrontados hoy, y que los educadores de la fe no podemos ignorar o dilatar en el tiempo, porque se nos va en ello la razón de ser de la misión de la Iglesia y del ministerio apostólico. Como en ello se le va tanto su supervivencia como su sustitución por otros de nueva creación a los institutos religiosos y sociedades de vida consagrada, particularmente los institutos y sociedades de religiosas.

El buen pastor pone las ovejas a buen recaudo y sale a buscar la que le falta. El buen pastor llama a las ovejas por su nombre y ellas reconocen y le siguen. Mas, ¿cómo llamar hoy?, y ¿cómo llamar a los jóvenes? Llamar es buscar a quien llamar, salir a buscar a quien proponer el mensaje y la llamada, cuidar los signos que algunos niños y adolescentes ofrecen de estar siendo llamados, y ayudarles a comprender la llamada y a explicitarla como llamada que se dirige a ellos y sólo ellos pueden responder diciendo: “¡Aquí esto, envíame!”.

Almería, 7 de mayo de 2017

IV Domingo de Pascua

Domingo del Buen Pastor

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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Con la fiesta de san José, patrono de la Iglesia universal y de las vocaciones sacerdotales, la campaña del Seminario, que siempre está en acción, llega cada año a su temporada de mayor intensidad. De las comunidades parroquiales le llegan al Obispo permanentemente solicitudes de los fieles pidiendo se les envíe un sacerdote que resida en la comunidad, tal como lo manda la ley de la Iglesia; y además, que no les falte nunca la posibilidad de pedirle al Obispo que les retire un sacerdote que no les gusta para que les llegue otro mejor, con el que se sientan más a gusto, cuando algunas de las actuaciones del párroco o del sacerdote administrador parroquial les complacen menos.

 Que suceda así es para dar constantemente gracias a Dios, no por la estima del ministerio pastoral que estas solicitudes dejan ver tras la inquietud de los fieles, sino porque en esta querencia de tener cura propio, y a ser posible el mejor, para cada comunidad, se manifiesta el hondo deseo espiritual de la gente, que a veces suponemos demasiado secularizada como para apetecer los servicios pastorales.

Conviene tener en cuenta que, si es verdad que esto sucede más en las zonas rurales que en las urbanas, también las parroquias de las ciudades se resienten de la carencia de sacerdotes para todas. En algunos lugares se han implantado las llamadas «unidades pastorales», que agrupan algunas parroquias, al frente de las cuales el Obispo envía un solo sacerdote; y ya raras veces a un equipo sacerdotal, porque la experiencia ha hecho ver que el pueblo de Dios quiere tener un sacerdote capaz de ser el cura de almas que la comunidad necesita, y ante el cual los fieles se consideran puestos bajo su cuidado y caridad pastoral, sin la inquietud de qué cura les va a tocar este domingo o quién vendrá cuando llaman al Obispado para los servicios pastorales más demandados como la misa dominical, las exequias y las fiestas patronales.

Sin embargo, no es fácil contar con los sacerdotes necesarios; en primer lugar, porque los cambios en la distribución de la población han modificado la geografía de las comunidades parroquiales; y después, y es lo importante, porque las vocaciones no son sólo el resultado de una «ordenación racional de los recursos», sino de que los haya de modo suficiente. La campaña del Seminario no basta para lograrlo, si no va acompañada de una intensidad de vida cristiana suficiente como dar las vocaciones necesarias.

Cuando piden sacerdotes, cualesquiera fieles cristianos que sienten la necesidad de contar ellos han de plantearse seriamente si las comunidades parroquiales a las que pertenecen tienen verdadera vida cristiana, la que da como resultado el don de las vocaciones sacerdotales. Como tienen que preguntarse si piden estas vocaciones a Dios y de él las esperan. ¿Pedimos al Señor las vocaciones necesarias y estamos dispuestos a recibirlas como un don inmerecido? Tal vez sea más fácil pensar que es un servicio al que se tiene derecho y que la administración central de la Iglesia, al modo de las administraciones civiles, tiene que prestar y además a su tiempo.

Que haya sacerdotes que prediquen la palabra de Dios, instruyan y eduquen en la fe a los niños y a los jóvenes, lleven a los matrimonios y familias la cercanía de Dios, creador de toda vida; sacerdotes que orienten la vida moral de los cristianos, con claridad y sin ambigüedades, y al mismo tiempo con la suavidad de la caridad pastoral, no depende de la voluntad del Obispo. Es algo que depende de Dios, porque depende de que se susciten divinamente las vocaciones que pedimos, y las comunidades arropen y sostengan con la oración y el apoyo humano necesario el don de la vocación incipiente de adolescentes y jóvenes dispuestos a seguir a Jesús por el camino del apostolado. Que haya sacerdotes que administren los sacramentos a los fieles cristianos, proporcionándoles las aguas regeneradoras del bautismo, el perdón de la absolución y la mesa de la Eucaristía, pan de vida y comunión con Dios en el Cuerpo y Sangre de Jesús, esto es algo que depende de que cultivemos y acompañemos las vocaciones como aquella perla inestimable que encuentra en el campo quien está dispuesto a venderlo todo para comprar el campo.

Que tengamos sacerdotes que, llenos de amor por los necesitados, muevan el corazón de los cristianos para acudir en su ayuda, que haya sacerdotes que acompañen a los que enferman llevándoles el alivio de los sacramentos de la Penitencia y de la Unción, confortándolos en el sufrimiento y trance final de la vida al proporcionarles el viático, alimento para salir al encuentro del Creador y Juez de los hombres, pero Padre que nos ama y espera, depende también de las vocaciones que “vienen de lo alto”, y sólo Dios las “produce “ donde hay vida cristiana verdadera.

No vale echarle la culpa a la cultura de nuestro tiempo, que ya sabemos que es contraria la lógica del Evangelio, pero que también tiene valores que sí son evangélicos, y de la que hemos de tomar todo aquello que en la cultura y la sociedad de nuestro tiempo es valioso, tal como les dice san Pablo a los Filipenses: «todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor, tenedlo en aprecio» (Fil 4,8).

El problema no es, ciertamente, que haya obstáculos que vienen del mundo, pues Jesús «está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y como signo de contradicción» (Lc 2,34). La mayor de las dificultades está en nosotros mismos, en nuestras comunidades, que languidecen con una vida espiritual débil, en las que no surge una sola vocación y las que surgen son a veces obstaculizadas empezando por la propia familia del muchacho que dice que quiere venir al Seminario. No es que ahora se haya de echar la culpa a las comunidades parroquiales, que ya tienen bastante con sostenerse como comunidades cristianas, dirán algunos­, pero sí es necesario que sacerdotes y comunidades nos examinemos sobre qué responsabilidad tenemos en la carencia de vocaciones suficientes.

Sin sacerdotes a la Iglesia le falta la estructura-eje y la articulación que le permiten ser Iglesia sin derrumbarse, como un cuerpo sin el esqueleto, que sostiene la cabeza que lo rige, y las articulaciones que traban y unen los miembros del cuerpo. Por eso los sacerdotes y los  fieles cristianos, todos en la comunión eclesial de quienes comparten fe y vida en Cristo, tenemos que examinarnos y preguntarnos si nuestro compromiso con la pastoral familiar es suficientemente explícito y comprometido; y si estamos empeñados en que la transmisión de la fe sea una realidad consistente como iniciación cristiana de los niños y de los adolescentes, de los jóvenes y de cuantos adultos reciben el mensaje de Jesús después de haberse apartado de la vida de la Iglesia o no haber tenido nunca vida cristiana.

De nosotros principalmente depende un asunto que a nosotros nos toca afrontar, pero cuya solución viene de Dios y a él se lo hemos de suplicar noche y día, sabiendo que las vocaciones las hemos de recibir como lo que en realidad son: inestimable don de Dios. Que nos ayuden la Virgen María y san José, artífices del primer seminario de la historia de nuestra fe.

X Adolfo González Montes

    Obispo de Almería

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