Cartas a los Diocesanos

Queridos diocesanos:

La Iglesia existe para la misión. Lo dejó dicho el Vaticano II, siguiendo la tradición de fe eclesial: «La Iglesia peregrinante es, por su misma naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre» (Vaticano II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, n. 2). Décadas atrás se quiso neutralizar la acción misionera de la Iglesia, invocando el respeto que merecen las religiones no cristianas; y argumentando, además, con una teología de las religiones que pretendía justificar la neutralización de la acción misionera de la Iglesia. Lo sustancial de esta teología se resume en una visión de las religiones como expresión del sentimiento religioso de la humanidad, plasmado en lo podemos considerar un «cuerpo de símbolos y ritos» que obedecerían a lo mismo: una genérica revelación de Dios, obra del Verbo divino presente en todas las religiones.

La Declaración de la Congregación de la Fe Dominus Iesus marcó la entrada del nuevo milenio con un recordatorio de la fe eclesial irrenunciable: la Encarnación del Hijo eterno de Dios no es un mito, sino una realidad trascendente e histórica, fundamento de la divinidad de Cristo y de su mediación universal como redentor de todos los hombres. Naturalmente, con la inevitable consecuencia de esta afirmación central de la fe cristiana: que la Iglesia, por voluntad de Cristo prolonga la acción mediadora de la salvación en el tiempo, medio de acceso a la gracia de la redención y a la santificación.

La Declaración mencionada no sólo recordaba la fe irrenunciable de la Iglesia en la mediación de la salvación universal en Cristo, también contribuía de manera decisiva, a pesar de ciertas resistencias y debate, a la plena recepción de la encíclica del santo papa Juan Pablo II sobre el mandato misionero de Jesucristo Redemptoris missio, publicada una década anterior (7 diciembre 1990), encíclica de la cual extrae la Congregación parte importante de la argumentación de la declaración, actualizando el magisterio eclesiástico anterior.

Al llegar el Domingo Mundial de las Misiones, me parece muy necesario volver sobre el mandato de Jesús resucitado de llevar el evangelio de la salvación a todas las gentes. En este mandato se fundamenta, ante la crisis del cristianismo occidental, la llamada de los papas a la nueva evangelización de las sociedades históricamente cristianas, porque sin el cristianismo que ha inspirado su historia, han quedado sin la referencia trascendente que da razón cumplida de su visión del mundo. El cristianismo permite entender la génesis histórica, que es a un mismo tiempo religiosa y cultural, de la proclamación de los derechos fundamentales de la persona. Estos derechos están asentados sobre una concepción trascendente de la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y, por eso, mismo en cuanto creada en libertad sujeto de responsabilidad moral.

Los papas nos han llamado a volver a evangelizar y, al mismo tiempo, a no sucumbir a la tentación de dejar de anunciar a Cristo como Redentor del hombre de todos los tiempos y, por eso mismo, verdadero y único Salvador del mundo. Los obispos han secundado como misión propia esta llamada del magisterio universal de la Iglesia, poniendo las Iglesias diocesanas “en estado de misión”, y al mismo tiempo de cooperación con otras Iglesias más necesitadas. Una forma de realizar la comunión de todas las Iglesias que exige compartir los agentes de la acción apostólica y pastoral, proveer de «misioneros» y al mismo tiempo pedirlos, cuando una Iglesia se halla en la necesidad de pedir a otras Iglesias, antes receptoras, los sacerdotes que necesita. Una forma de cumplimentar la comunión eclesial que pone de manifiesto la naturaleza católica de la Iglesia, su universalidad y su unidad.

El lema de esta Jornada mundial de las Misiones invita a la valentía, porque “la misión te espera”, porque «el amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14) y está en juego la salvación. Hemos compartido, cuando hemos podido nuestros bienes y los recursos humanos de que disponemos con las Iglesias necesitadas. La presencia de sacerdotes diocesanos en Hispanoamérica ha sido un compromiso sostenido durante décadas. Sacerdotes originarios de la diócesis y miembros de comunidades y movimientos apostólicos se han venido a sumar a la presencia de religiosos y religiosas en otros países de Europa de áreas culturales diferentes de la cultura de los países que nos son próximos. Presencia en países de América, África e incluso Asia, donde la misión cristiana se abre camino con grandes dificultades. Nuestros laicos, no sólo personas individuales, sino también familias enteras, han afrontado el traslado a ambientes y a situaciones laborales nuevas, en el contexto de culturas alejadas de nuestra escala de valores, para llevar el mensaje de Cristo; y para hacerlo sin renunciar a tareas humanitarias y de cooperación humana en el campo de salud, la educación y la promoción de la justicia social, como la particular promoción de la mujer y la atención a la infancia.

Todo para que sea conocido Cristo Jesús y el Evangelio se abra camino, para conferirle al hombre y a la sociedad aquella visión del mundo y del ser humano revelado en la historia de nuestra salvación por el Creador. Sí, se requiere valentía porque la misión nos urge y es Cristo mismo el que nos llama a ser sus testigos en un mundo que necesita la luz poderosa del Redentor resucitado. Luz que le ayude a superar las contradicciones en las que el hombre de nuestro tiempo vive, las oposiciones y los conflictos que le envuelven y que tienen honda raíz en la condición pecadora de todos los humanos, en su apartamiento de Dios.

La misión espera a cada cristiano, es empresa común de cada comunidad, y sin ella pierde su razón de ser la Iglesia que, «enviada por Dios a las gentes para ser “sacramento universal de salvación”, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador, se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres» (Decreto Ad gentes, n.1).

Con mi afecto y bendición.

Almería, Domingo Mundial de las Misiones (Domund)

22 de octubre de 2017

                                   Adolfo González Montes

                                          Obispo de Almería

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Llega a su término el Año jubilar del Saliente, que la Penitenciaría Apostólica del Santo Padre concedió al Santuario de Nuestra Señora de los Desamparados y del Buen Retiro, con motivo del cumplimiento de los trescientos años desde que la sagrada imagen de la Virgen llegara a su casa de Monte Roel, en la Sierra de las Estancias. La fiesta de la Natividad de la Virgen abría el Año jubilar y esta misma fiesta mariana lo cierras con la misa estacional que el Obispo diocesano y la impartición de la bendición apostólica.

Hasta las plantas de la Virgen han llegado peregrinos de las parroquias de todas las comarcas de la diócesis almeriense y son muchos los peregrinos venidos de lugares cercanos y lejanos al santuario de la Señora. Aquí han llorado de emoción y han suplicado a la Madre del Redentor les conceda vivir con el gozo de tener salud o recobrarla, para sí y para sus seres queridos. Le han pedido fidelidad conyugal y que los hijos crezcan sin la perturbación del mal moral que aqueja a una sociedad permisiva y violenta, donde todo parece valer lo mismo y el pensamiento y los hábitos de los que se impone como correcto y necesario para estar al día, socaban la fe y desvían la conducta cristiana a la peligrosa zona donde se pierde el criterio. Le han suplicado maternal ayuda para recobrar la paz de conciencia, cuando las tormentas de la vida azotan la conciencia y arrastran las convicciones de fe a la insegura zona de la duda y el escepticismo.

Han acudido grupos de fieles de las comunidades parroquiales acompañados de sus sacerdotes, y éstos y los fieles le han pedido a la Virgen vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada, encomendándole la salud espiritual de los jóvenes, amenazados por la ideología de género y por la promiscuidad, destinatarios de una visión de la fe cristiana sectaria y laicista, fruto de los prejuicios históricos que perduran y de la proclividad del ser humano a repetir los mismos errores que sus antepasados.

Los cristianos no podemos confiar tan sólo en los sentimientos religiosos, sino aprender en la escuela de María que la fe debe iluminar estos sentimientos. Debemos examinar cada día qué intereses orientan nuestra oración y nuestra relación con Dios, fundamento de una vida recta y de una convivencia fundada sobre la voluntad de Dios. Hemos de examinar si nuestra súplica a la Virgen está separada de una vida recta y en justicia ante Dios. El Año jubilar concluye, pero si no hemos revisado la vida para ajustarla a la voluntad de Dios y cumplir los mandamientos, no habremos alcanzado el objetivo del Año jubilar, es decir, la renovación de vida.

Vivimos bajo la presión de una cultura de la diversidad impuesta dogmáticamente como más provechosa y benéfica que una cultura homogénea, pero para que sea provechosa no puede ser impuesta a costa de relativizar la visión cristiana de la vida, mayoritaria entre nosotros, por eso los cristianos corremos el peligro de acomplejarnos ante la incitación al relativismo como alternativa a la concepción cristiana de las cosas, si no reaccionamos. El año jubilar ha puesto de manifiesto que las raíces cristianas de nuestra cultura son hondas y siguen siendo mayoritarias, aunque el indiferentismo inducido desde los medios de comunicación por élites y sectores culturales y políticos beligerantemente anticristianas plantea no pocos obstáculos y dificultades a quien quiera vivir conforme al espíritu y la letra del Evangelio. La falta de formación religiosa no la vamos a suplir con los sentimientos religiosos, es necesaria la acogida con apertura de corazón de las enseñanza de la Iglesia y sincera voluntad de vivir según las exigencias de la fe que profesamos.

La Virgen María es el modelo y la figura de fiel cristiano, porque es figura y madre de la Iglesia, ejemplo vivo de apertura a la palabra de Dios y a la acción del Espíritu en nuestro interior. Ojalá que el Año jubilar que ahora clausuramos deje como fruto el compromiso de cada peregrino al Saliente de obtener mediante la conversión a Dios una mayor apertura de alma y corazón a la palabra del Evangelio, para que sea Dios el que guíe siempre nuestro camino hacia él y sostenga una relación con nuestro prójimo ajustada a la voluntad divina. Es cierto que es costoso vivir contracorriente, pero en este Año jubilar hemos vivido la beatificación de los Mártires del siglo XX en Almería, que estimulan con su ejemplo y la ayuda espiritual de la Reina de los Mártires nuestro compromiso. Sacerdotes y religiosos, fieles laicos, hombres y mujeres que dieron testimonio de Cristo en circunstancias adversas infinitamente más arriesgadas que las nuestras, por eso han sido asociados al triunfo de Cristo: “Ellos le vencieron (al Maligno) gracias a la sangre del Cordero y a la palabra del testimonio que dieron, porque no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12,11).

La Virgen nos acoge bajo su regazo, como Madre de los Desamparados, para arropar nuestras vidas cuando la inclemencia de las dificultades amenace son enfriar la fe y dejar gélida el alma. Acudamos a ella y dejémonos guiar por ella, que una vez y otra nos recordará que hemos de ir a Jesús y hacer lo que él nos ha dicho ayer y nos dice hoy y nos dirá siempre: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en é, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.” (Jn,15,5). Así, pues, María no puede menos de llevarnos a su Hijo, pues lo llevó en su vientre y lo dio a luz para que nosotros tengamos vida por él.

Almería, 8 de septiembre de 2017

Natividad de la Bienaventurada Virgen María

                                            † Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

Llega la fiesta patronal de nuestra nación y conviene recordar que España ha tenido en su historia la dicha de haber recibido la predicación evangélica desde los tiempos apostólicos. La trayectoria histórica de nuestro país no se puede comprender sin la fe cristiana. Nuestra historia ha estado marcada por vicisitudes que han exigido grandes sacrificios, como la historia de todos los pueblos que han tomado parte de modo singular en la historia de la humanidad, y España ha contribuido a la creación de la que conocemos como civilización occidental con pasión y cuño de identidad.

La fe cristiana ha dado históricamente configuración propia a la historia de nuestra nación, contribuyendo de modo decisivo a la unificación de sus gentes haciendo que fraguara en un mismo sentir religioso el proyecto de convivencia de pueblos y gentes diversas que se han sentido inspiradas por la misma fe y los valores morales del Evangelio durante siglos.

Es verdad que, superada la invasión musulmana y, después de los siglos dorados de España, de su expansión política y cultural, después de la obra asombrosa de la evangelización, sin entrar ahora en otros análisis, el espíritu de la modernidad introdujo diferencias importantes entre nosotros, que se fueron gestando desde finales del siglo XVII hasta las confrontaciones y las guerras últimas, sobre todo la guerra civil del pasado siglo. Superadas no sin dolor compartido por los todos los españoles las vicisitudes peores, nuestro país ha emprendido un camino de convivencia lleno de esperanza.

Sería, por eso, de lamentar que las diferencias existentes hoy entre nosotros dieran lugar a una dialéctica de la confrontación que pudiera conducir a males mayores. La legítima diferencia de maneras de pensar y sentir la vida entre los ciudadanos de un país moderno no puede tener como horizonte la descalificación del adversario visceral y sistemática, sin apreciar en él más que errores y vicios que sólo se subsanarían excluyéndolo del ejercicio democrático y legítimo del poder público. Hacerlo así sería volver a los peores errores del pasado y, a ves, uno tiene la impresión de que las generaciones están abocadas a repetir estos errores.

La tenacidad con que algunos se empeñan en excluir la religión del ámbito público resulta inaceptable en una sociedad abierta y verdaderamente democrática. No es posible imponer en la vida pública un silenciamiento de la fe cristiana que tan intrínseca ha sido a la historia de nuestro país, y sigue siéndolo para amplias mayorías. Además, el profesar la fe cristiana y poder reclamar la legitimidad de su moral es y sigue siendo derecho legítimo de las personas, que sólo en cuanto son tales, es decir sujetos de responsabilidad moral, pueden ser capaces de convivencia ordenada por la ley y portadores, por esto mismo, de ciudadanía.

La aspiración obsesiva y, al parecer programada, a eliminar los signos cristianos de la vida pública y las acciones religiosas, sobre todo cuando son acciones legítimas de la mayoría, es una aspiración totalitaria, además de ser contradictoria con el espíritu democrático que se invoca. No se puede practicar intolerancia so pretexto de tolerancia ni se puede someter la sociedad a una ideología con pretensión de hacerla más tolerante. Es contradictorio reclamar tolerancia prohibiendo sostener y defender su propio mensaje a las confesiones religiosas y, sobre todo, actuando contra la fe mayoritaria de los españoles. No vale el pretexto engañoso de no molestar o herir los sentimientos religiosos de otros ofendiendo e hiriendo los sentimientos religiosos de los cristianos, que se ha convertido en la fe religiosa más perseguida en el mundo.

La libertad religiosa es la pieza clave del arco de libertades, porque de la fe religiosa emerge tanto la consideración decisiva de la dignidad de la persona humana como el concepto global del mundo, y la misma forma de entender la convivencia social. Sin reciprocidad no hay verdadera libertad religiosa. No es posible en buena ley democrática impedir abrazar una religión o salir de ella. No es compatible con la libertad de pensamiento y religión impedir que alguien proponga razonablemente la concepción cristiana de la sexualidad y del amor humano, y tratar de imponer con la ayuda de la normativa imperada en la escuela y en las instituciones la ideología de género, propiciando un cambio de lenguaje que obligue a comulgar con la ideología que se pretende imponer. Este es contrario a la libertad religiosa que, como ha advertido el Papa Francisco, representa una verdadera colonización de la mente y del alma humana.

Hoy, el sepulcro del Apóstol vuelve a irrumpir en la actualidad de la noticia como meta de miles de peregrinos que no cesan a lo largo del año, y siguen llegando a Compostela por los distintos caminos de Europa y de España, aunando los pasos de todos hacia los restos del amigo del Señor, primero entre los Apóstoles en verter su sangre como testimonio de fe. Los caminos que llevan hasta Santiago se han convertido en acontecimiento continuado del testimonio del Apóstol sellado con su sangre. Estos caminos que tejen el Camino de Santiago han prolongado en la historia de España aquella primera predicación evangélica que sembró la palabra de Dios en los habitantes de la península Ibérica, y que dio por resultado la primera gran síntesis de cristianismo y cultura hispanorromana. Después se alargaría esta síntesis, y no sin divisiones, en el cristianismo visigótico y perviviría en los mozárabes.

La fe evangélica así acrisolada en nuestras tierras sería trasplantada al Nuevo Mundo como lo que de verdad es, noticia de salvación y humanidad, para que pudiera crecer en una nueva síntesis en un proceso de mestizaje complejo, que si no estuvo exento de violencia, fue al mismo tiempo capaz de fructificar en las mejores formas de humanidad como expresión de fe cristiana.

Los españoles necesitamos hacer memoria de nuestra historia, incluso si no nos gustan algunos de sus capítulos, para poder avanzar hacia un futuro que no puede construirse despreciando el pasado o soterrándolo con violencia. La memoria nos puede avisar de que este intento marcó un pasado fratricida que forma parte de la memoria histórica de todos los españoles y que no es compatible con el sectarismo. Una lectura sectorial y engañosa de nuestro pasado ha causado ya y causará males no deseables.

Los proyectos de futuro que aspiran a levantarse al margen de Dios como referencia trascendente de la vida humana no son proyectos de futuro. Son quimeras que han llevado en la historia a verter mucha más sangre que la se pretende atribuir a la historia de las naciones cristianas, a la que a veces se apela con manifiesta injusticia y falta de objetividad histórica. Los proyectos de futuro de verdad abiertos, como pueden llevarlos adelante las naciones de tradición cristiana, tienen que contar con la inestimable aportación de la fe que ha inspirado su historia. ¿Por qué han de renunciar las naciones de historia cristiana a la propia identidad aventurándose por el camino de un suicidio histórico y cultural?

El respeto a la diversidad no puede suponer como programa la agresión a la fe mayoritaria, es decir, a la fe y la moral de las mayorías históricamente consolidadas, ni éstas pueden renunciar a hacerlas valer con legitimidad democrática. La multiculturalidad es hasta hoy un programa no resuelto, porque no puede ser la mera yuxtaposición de colectivos que tienen sus propias fronteras infranqueables dentro de una misma sociedad. Para preservar la diversidad dentro de una misma sociedad se requiere concordar en un horizonte cultural común suficientemente desarrollado, con alma para perdurar y un ordenamiento jurídico que garantice la paz social sin menoscabar la cultura mayoritaria y los derechos de la religión más participada por las personas, que son los sujetos reales de derechos ciudadanos.

La fiesta del Apóstol Santiago, Patrón de España viene a reclamar de nosotros voluntad sincera de construir un futuro plenamente reconciliado, que requiere ciertamente de las mejores condiciones económicas y sociales, pero también de los mejores y más altores valores morales. Sin estos valores y la práctica de las virtudes la vida social y cultural será devorada por el relativismo que nos hace amorales las conductas y puede inclinar con facilidad a la falta de ética en nuestras acciones.

Aun siendo día laboral en tantas regiones, que no pase desapercibida la fiesta patronal del Apóstol. Tal como reza la oración de la misa de esta solemnidad apostólica. Pidamos por intercesión de Santiago que «la Iglesia, reconfortada por su patrocinio, sea fortalecida por su testimonio y que los pueblos de España se mantengan fieles a Cristo hasta el final de los tiempos».

Almería, a 25 de julio de 2017

                                    Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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EL TEMPLO CRISTIANO, CASA DE DIOS
Y CASA DE LA ASAMBLEA QUE CELEBRA

 Jornada diocesana «pro templos»

 

Queridos diocesanos:

El templo cristiano es la casa de Dios y la casa que la comunidad cristiana necesita. La construcción de templos es una necesidad que no es fácil diferir en el tiempo cuando una comunidad cristiana carece de la iglesia parroquial para reunir la asamblea litúrgica, proclamar la Palabra de Dios y celebrar los sacramentos, en especial la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana. La Iglesia siempre ha construido templos para acoger la asamblea eclesial, en la cual se hace presente cuando se celebra la sagrada liturgia toda la Iglesia como comunidad de salvación. Por eso, en tanto no es posible levantar la «casa de Dios», la asamblea de los fieles se acoge a la hospitalidad de un humilde local, suficiente para dar cabida a los bautizados que celebran su fe.

Sin embargo, esta última es una solución provisional, y la construcción de la iglesia parroquial es meta irrenunciable de cualquier parroquia nueva, objetivo que se intenta alcanzar con verdadera ilusión y no pequeño esfuerzo. Como se convierte en objetivo de cumplimiento anhelado, cuando es el caso, levantar una catedral como primer templo de la Iglesia diocesana; y no son pocas cuyo acabamiento ha sido siempre, no sólo en la Edad Media, referente histórico de las sociedades cristianas, sino también en los tiempos modernos y en nuestros días.

En las naciones de historia cristiana, como es el caso de la nuestra, igual que en las nuevas cristiandades surgidas de la acción misionera de la Iglesia, la construcción de iglesias ha incluido siempre levantar en su lugar, el más idóneo posible para el fin que se pretende, la iglesia Catedral de una diócesis. Así fue noticia en el pasado siglo la construcción de un buen número de catedrales en los cinco continentes: Brasilia (1958-1970); Abiyán, Costa de Marfil, 1980-1985; Liverpool, Reino Unido (1962-1967); Los Ángeles, EE. UU. (1998-2012). Todas ellas son obra de arquitectura moderna que sorprende por su creatividad y su obra de gran ingeniería. Menciono estos edificios desmienten la idea que algunos propagan de que ha pasado el tiempo de las catedrales y que ya no merece construir iglesias. No dejo de mencionar también la catedral de Santa maría de la Almudena, de Madrid; y, aunque no es una catedral, pero se le equipara por su significación religiosa y belleza modernista y por ser obra de Antonio Gaudí, la iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona.

Ciertamente, el alcance de la noticia es menor, siempre lo es para la Iglesia diocesana y, sobre todo, para los parroquianos que proponen su construcción, levantar la iglesia de una nueva parroquia, un empeño de los más esforzados para una comunidad cristiana. Es una verdadera aventura, sacar adelante la financiación de un proyecto, primero ideado por los responsables del Obispado con la colaboración preciosa del párroco y de los fieles, elaborado por el arquitecto con verdadera ilusión, examinado y finalmente aprobado, para comenzar a hacerlo realidad.

Una comunidad cristiana necesita un «complejo parroquial», sin el cual no es posible organizar la acción apostólica y pastoral, instalar la administración pastoral que requiere el despacho del sacerdote y  de los colaboradores; y organizar la catequesis por aulas, la formación permanente de los catequistas, las reuniones con los padres de los niños que reciben los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, confirmación y Eucaristía); promover el apostolado de los seglares, el encuentro de matrimonios y familias, y otras muchas actividades, entre las cuales son de importancia los encuentros de juventud y la programación de la pastoral juvenil.

Todo esto lo ve cualquiera, y cada vez se valora más que una parroquia cuente con un complejo parroquial adecuado a las necesidades de la evangelización de hoy en día, y teniendo en cuenta el estilo de organización de vida de nuestra sociedad. Sin embargo, ninguna necesidad es de mayor urgencia que la comunidad pueda contar con la iglesia parroquial.

La iglesia, un edificio singular que se ha de diseñar conforme a las orientaciones litúrgicas de la Iglesia, es la pieza clave del complejo parroquial. Su nave ha de capacidad suficiente para acoger la asamblea de los fieles, y la disposición de sus espacios debe ser tal que ofrezcan el marco propio a la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios y la instrucción en la fe. En la iglesia parroquial se celebra en ámbito propio la Eucaristía y los demás sacramentos de la comunidad cristiana; y, en ella, en fin, encuentran acogida unas y otras representaciones sagradas de la historia de la fe y de la santidad. Todo en el templo cristiano tiene una dimensión «sacramental», porque en ella el conjunto de sus representaciones hace presente el misterio de nuestra redención, la muerte y resurrección del Señor, la glorificación de María, Virgen inmaculada y Madre del redentor, y de los santos que con su ayuda maternal siguieron el camino de la vocación cristiana y llegaron a la meta.

En el baptisterio está la fuente en la que fuimos regenerados, el presbiterio delimita el ámbito en el que el ministro sagrado confecciona el sacrificio eucarístico, y en la capilla del Santísimo, la lámpara de la luz eterna avisa de la presencia sacramental de Cristo en el tabernáculo, que sostiene la fe de los que acuden a recibirle y de cuantos le adoran como a Dios y Señor. El confesonario, ubicado en la capilla penitencial o en lugar idóneo dentro de la nave de la iglesia, es reclamo continuado de misericordia divina.

Todos estos elementos de singular significación sagrada adquieren una densidad intensa en la iglesia catedral, el primer templo de una Iglesia diocesana, donde la cátedra del Obispo da nombre a esta iglesia mayor. En ella, la sede episcopal es inseparable del altar donde el Obispo celebra la Eucaristía, celebración que por su mandato se extiende a todas las iglesias diocesanas. La catedral recapitula en sí misma la permanente dispensación de la gracia de la redención, que nos hace justos y nos santifica; y nos llega por medio de la sucesión de los obispos en el ministerio de los apóstoles que ellos y los sacerdotes ejercen para nuestra salvación.

Necesitamos construir iglesias y mantener en buen estado las que hemos recibido como herencia de fe y prodigio de arte sacro, parte del patrimonio histórico-artístico y cultural de la Iglesia. Nuestros templos son testigos en piedra y materiales de construcción de la fe que profesamos y ámbito sin el cual no es posible ni celebrar ni tampoco instruir en la fe mediante la proclamación de la Palabra de Dios.

La dificultad estriba en que hoy una iglesia parroquial cuesta el dinero que los fieles sólo con mucho esfuerzo pueden poner en juego, aun contando con la ayuda del Obispado. Los préstamos son los que pueden dar lugar a poner en juego una financiación razonable, pero, aun así, sin la capacidad financiera de la comunidad parroquial para afrontar el vencimiento mensual de los plazos, la construcción de un templo se demora sin que se vea cómo podrá hacerse realidad.

Por eso, los templos diocesanos inacabados y los que es preciso construir requieren el generoso compromiso de los fieles para llevar adelante el proyecto que permitirá a la comunidad que celebra la fe contar con la «casa de Dios» que es la «ecclesía», la iglesia-congregación de los fieles acogida al cobijo de sus muros. La iglesia que es matriz de vida nueva y casa de puertas abiertas a cuantos el Señor llama a recibir la vida que en ella generan los sacramentos. Es, pues, urgencia de la fe, y necesidad que lleva consigo la evangelización granada de frutos, estimular la generosidad de cada uno de los fieles, a fin de lograr juntos la construcción de las iglesias que necesitamos y mantener las que hemos recibido como patrimonio del pueblo cristiano.

Con mi afecto y bendición

Almería, a 13 de agosto de 2017

Domingo XIX del Tiempo Ordinario

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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Queridos sacerdotes y educadores de la fe de la infancia y la juventud;

Queridos diocesanos:

Dificultad de encontrar pastores

El IV domingo de Pascua está tradicionalmente vinculado a la estampa del Buen Pastor. La imagen de Jesús, cayado en mano, incluso con un corderillo en brazos, rodeado de las ovejas de su pequeño rebaño entra por los ojos y llega al corazón del creyente. Jesús es el buen pastor, más aún es el único pastor entre tantos que se presentan como tales, pero no lo son porque no dan la vida por sus ovejas. Para ser buen pastor hay que estar dispuesto a darse por entero hasta llegar a ser alimento de las ovejas que se pretende pastorear. Jesús refiriéndose a los malos pastores dijo de ellos que son asalariados que huyen ante el lobo sin defender el rebaño, no dudando en calificar a algunos supuestos pastores del pueblo ladrones y bandidos.

Vivimos tiempos en que es difícil encontrar pastores, porque las nuevas generaciones de jóvenes crecidos en la Iglesia, cuidados entre algodones por los educadores de la fe, sienten la atracción del ejemplo de pastores conocidos, pero cuya vida de generoso sacrificio contrasta con lo que un joven desea hoy para sí mismo. Un joven de hoy se preocupa sobre todo por la propia seguridad de futuro, la ausencia de cualquier contrariedad, la posibilidad de ensayar sin compromiso a la hora de comenzar a andar por un camino sin vuelta atrás, irreversible, que sólo es posible transitar si uno está convencido de que es posible tomar decisiones vinculantes para toda la vida.

No sólo es tentación la huida cuando viene el lobo, la sola idea de que exista el lobo aterra a tantos jóvenes más preocupados de guarecerse ellos mismos y ponerse a buen cobijo que de arriesgar contra el lobo y por las ovejas la vida. Hemos hecho jóvenes débiles, que fácilmente se vienen abajo, aun cuando se hayan entusiasmado con viajar a las jornadas mundiales de la juventud (JMJ’s) con el Papa. Son todavía muchos miles los jóvenes que crecen en el regazo de la parroquia y los que todavía frecuentan los colegios católicos y se enrolan en algún “grupo de fe”, en algún apostolado, dispuestos al voluntariado temporal de alguna buena obra de caridad cristiana, pero siempre reversible, mientras duran las ganas y se siente la emoción de hacerlo.

El error de primar las emocione sobre los contenidos y el lenguaje de la fe

Coinciden los analistas de la educación en compartir la opinión de que las motivaciones de carácter emocional son fundamentales para que los jóvenes permanezcan en el regazo de la Iglesia, por eso, cuando pasan las emociones se van. La fe no ha sido ahondada y apropiada en su verdad, porque ha faltado y falta la transmisión de la fe creída y, en consecuencia, la catequesis que sea algo más que más que descripción de aquello que complace porque motiva emocionalmente; sobre teniendo en cuenta que la mayoría de los jóvenes sólo soportan lo que se puede asimilar, aquella lluvia de ideas que expresa “aquello que a mí me dice” el evangelio. Una “catequesis divertida”, porque una catequesis de verdad es un rollo insoportable, incompatible con una exposición que se pueda aguantar.

Décadas de renovación catequística que han primado más la didáctica que aquello que se ha de aprender a comunicar, es decir, la doctrina de la fe y las pautas morales de la conducta cristiana, la práctica sacramental y la experiencia oracional. De hecho, en la catequesis esta realidad es bastante desconocida en su extensión propia, esto es, la propia extensión del credo, símbolo de la fe. De su contenido se han seleccionado algunas cosas, que, por lo demás, se hallan prendidas con alfileres, muy poco asimiladas en conceptos. El lenguaje, abreviado y simbólico de los jóvenes, digital, es tan precario como la moda de cada instante, estandarizada y uniforme durante un tiempo, de la cual es difícil salirse. Un lenguaje que se esboza en acción y reacción de comunicación mecánica, abreviada en signos que los dedos pulgares trazan veloces, del lenguaje tanto hablado como escrito sobre el móvil siempre encendido, infinitamente recargable.

Sin doctrina es difícil una moral consistente, afianzada en principios determinantes de la práctica de fe; y, sin práctica de fe, no hay experiencia mistagógica, es decir, que introduzca en el misterio de la salvación por medio de la oración y experiencia de gracia a que dan lugar los sacramentos; y sin esta experiencia de gracia no pueden surgir vocaciones porque no hay vida cristiana.

La cultura líquida y la ideología de género

La falta de vocaciones es así el resultado de una compleja convergencia de factores: una educación débil, que da como resultado una personalidad “líquida”, que torna al joven incapaz de decisiones, sin que se afiancen contracorriente las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada e incluso al matrimonio cristiano, imposibles en una cultura adversa no ya a la vocación sino a la concepción cristiana de la vida.

Un elemento determinante de esta cultura adversa a la vida cristiana, que se ha ido afianzando con la pretensión de convertirse en la única visión antropológica del ser humano es la ideología de género, una agresión de alcance al verdadero matrimonio y a la familia, que el Papa Francisco ha calificado de colonización inaceptable, ya que esta ideología no reivindica algo que no excluya la concepción diferente de los sexos, sino que fundamentalmente excluye cuanto no entra en sus parámetros de comprensión de la sexualidad humana, del matrimonio y de la familia.

Colocar a los jóvenes ante la verdad de la fe y la experiencia de la gracia en la acción liturgia

No es un análisis pesimista, sé bien que hay grupos juveniles que ayudan a recomponer la vida cristiana con su buena preparación, yo mismo los aliento en la Iglesia diocesana, pero son minoritarios entre los miles de jóvenes allegados a la Iglesia y que crecen dentro de sus cauces educativos; mientras son mayoría los millones de jóvenes que se encuentran fuera de estos cauces.

Para que un joven pueda hoy decirle al Señor: “¡Aquí esto, envíame!”, se requiere la predicación de la verdad evangélica sin sordina, sin concesiones a la opinión relativista, incluso compartida por educadores de la fe desorientados, de que quizá no sabemos cuál es contenido de la predicación de Jesús, lo cual es grave, pero lo es más haber perdido la fe en el misterio infalible de la Iglesia como receptora, portadora y garante de la verdad de la fe creída y, por eso mismo, del verdadero y único Jesucristo.

Se requiere, asimismo, un esfuerzo en lograr la implantación de una catequesis digna de tal nombre, propósito al que no podemos renunciar quienes tenemos el cometido apostólico por tarea que nos ha confiado el Señor. Se requiere una fidelidad a la lex orandi de la Iglesia que evite el atropello de la liturgia, y que excluya sin ambages la discrecional y arbitraria manera de confundir la liturgia con un happening juvenil.

Si este último se distingue por ser asimilable a una manifestación artística musical, o bien de representación teatral capaz de provocar la participación espontánea de los espectadores que se involucran de este modo en el desarrollo de la acción, nada es más contrario a la acción litúrgica que esta interactuación musical y dramática, porque en la acción litúrgica Dios es el único protagonista de la salvación cuyos efectos llegan a quien participa en la acción litúrgica. Si se ha entendido mal la enseñanza conciliar de que la liturgia requiere una participación activa, su aplicación a la liturgia de los jóvenes ha acumulado mayores errores. Los jóvenes parece que no pueden vivir sin el happening, porque una equivocada educación de la fe así los ha llevado a la liturgia, para atraerlos a ella, a costa de su neutralización y de su misma destrucción.

Así, pues, es urgente educar la fe de los jóvenes para entender y vivir la acción litúrgica, porque sin este entendimiento y vida espiritual no habrá vocaciones ¿Podremos hacer comprender a los jóvenes que a la liturgia somos llevados por la acción interior del Espíritu? ¿Estamos dispuestos a sostener con la tradición de fe de la Iglesia que es la gracia la que introduce en el dinamismo de la acción litúrgica, y que en ella resuena la llamada de Cristo Jesús como fruto de la comunión con él en la Eucaristía y los sacramentos? De nosotros, educadores de la fe, depende en la mayor medida, aunque dependa de ellos superar los obstáculos de una cultura contraria a la naturaleza de la vida espiritual de la Iglesia.

La experiencia de la acción sagrada se realiza cuando se participa activamente con gozo en ella, pero esto no supone su conversión en actuación musical y teatral espontánea, interactuando al alimón sacerdotes y asamblea, actuación múltiple y variada para no aburrir a los jóvenes, sino la vivencia de la acción sagrada a la que asiente la fe confesante de la asamblea. No se debe echar en olvido que la sagrada liturgia introduce y sostiene por sí misma la vida de la Iglesia, y sólo con ella ha logrado sobrevivir en tiempos de especial dificultad, bajo persecuciones totalitarias, salvando la perduración del mensaje y la práctica de la fe en la adversidad durante el convulso siglo XX.

El contexto de la llamada de la vocación

La recomposición de la iniciación cristiana y el compromiso ineludible de los sacerdotes y educadores cristianos con ella, ayudados de los catequistas, condición para que la llamada encuentre terreno abonado en el alma de los jóvenes. Esto se completa con la introducción a la vida cristiana de los jóvenes mediante el apostolado y la prosecución después de la iniciación cristiana de la formación específica religiosa. Es éste el contexto y el clima donde se ha de pantear la propuesta de la vocación sacerdotal y la invitación al seguimiento religioso de una vida de consagración, así como la preparación de los jóvenes al matrimonio cristiano.

Si la llamada al ministerio sacerdotal supone una sana educación de la sexualidad preparando para el celibato sacerdotal, qué no decir de la consagración de la virginidad siguiendo el carisma religioso femenino, tan necesario en la Iglesia. Todo lo cual es tarea apostólica y pastoral que constituye una gran apuesta de evangelización: el gran reto con el que estamos confrontados hoy, y que los educadores de la fe no podemos ignorar o dilatar en el tiempo, porque se nos va en ello la razón de ser de la misión de la Iglesia y del ministerio apostólico. Como en ello se le va tanto su supervivencia como su sustitución por otros de nueva creación a los institutos religiosos y sociedades de vida consagrada, particularmente los institutos y sociedades de religiosas.

El buen pastor pone las ovejas a buen recaudo y sale a buscar la que le falta. El buen pastor llama a las ovejas por su nombre y ellas reconocen y le siguen. Mas, ¿cómo llamar hoy?, y ¿cómo llamar a los jóvenes? Llamar es buscar a quien llamar, salir a buscar a quien proponer el mensaje y la llamada, cuidar los signos que algunos niños y adolescentes ofrecen de estar siendo llamados, y ayudarles a comprender la llamada y a explicitarla como llamada que se dirige a ellos y sólo ellos pueden responder diciendo: “¡Aquí esto, envíame!”.

Almería, 7 de mayo de 2017

IV Domingo de Pascua

Domingo del Buen Pastor

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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