Cartas a los Diocesanos

Queridos sacerdotes y educadores de la fe de la infancia y la juventud;

Queridos diocesanos:

Dificultad de encontrar pastores

El IV domingo de Pascua está tradicionalmente vinculado a la estampa del Buen Pastor. La imagen de Jesús, cayado en mano, incluso con un corderillo en brazos, rodeado de las ovejas de su pequeño rebaño entra por los ojos y llega al corazón del creyente. Jesús es el buen pastor, más aún es el único pastor entre tantos que se presentan como tales, pero no lo son porque no dan la vida por sus ovejas. Para ser buen pastor hay que estar dispuesto a darse por entero hasta llegar a ser alimento de las ovejas que se pretende pastorear. Jesús refiriéndose a los malos pastores dijo de ellos que son asalariados que huyen ante el lobo sin defender el rebaño, no dudando en calificar a algunos supuestos pastores del pueblo ladrones y bandidos.

Vivimos tiempos en que es difícil encontrar pastores, porque las nuevas generaciones de jóvenes crecidos en la Iglesia, cuidados entre algodones por los educadores de la fe, sienten la atracción del ejemplo de pastores conocidos, pero cuya vida de generoso sacrificio contrasta con lo que un joven desea hoy para sí mismo. Un joven de hoy se preocupa sobre todo por la propia seguridad de futuro, la ausencia de cualquier contrariedad, la posibilidad de ensayar sin compromiso a la hora de comenzar a andar por un camino sin vuelta atrás, irreversible, que sólo es posible transitar si uno está convencido de que es posible tomar decisiones vinculantes para toda la vida.

No sólo es tentación la huida cuando viene el lobo, la sola idea de que exista el lobo aterra a tantos jóvenes más preocupados de guarecerse ellos mismos y ponerse a buen cobijo que de arriesgar contra el lobo y por las ovejas la vida. Hemos hecho jóvenes débiles, que fácilmente se vienen abajo, aun cuando se hayan entusiasmado con viajar a las jornadas mundiales de la juventud (JMJ’s) con el Papa. Son todavía muchos miles los jóvenes que crecen en el regazo de la parroquia y los que todavía frecuentan los colegios católicos y se enrolan en algún “grupo de fe”, en algún apostolado, dispuestos al voluntariado temporal de alguna buena obra de caridad cristiana, pero siempre reversible, mientras duran las ganas y se siente la emoción de hacerlo.

El error de primar las emocione sobre los contenidos y el lenguaje de la fe

Coinciden los analistas de la educación en compartir la opinión de que las motivaciones de carácter emocional son fundamentales para que los jóvenes permanezcan en el regazo de la Iglesia, por eso, cuando pasan las emociones se van. La fe no ha sido ahondada y apropiada en su verdad, porque ha faltado y falta la transmisión de la fe creída y, en consecuencia, la catequesis que sea algo más que más que descripción de aquello que complace porque motiva emocionalmente; sobre teniendo en cuenta que la mayoría de los jóvenes sólo soportan lo que se puede asimilar, aquella lluvia de ideas que expresa “aquello que a mí me dice” el evangelio. Una “catequesis divertida”, porque una catequesis de verdad es un rollo insoportable, incompatible con una exposición que se pueda aguantar.

Décadas de renovación catequística que han primado más la didáctica que aquello que se ha de aprender a comunicar, es decir, la doctrina de la fe y las pautas morales de la conducta cristiana, la práctica sacramental y la experiencia oracional. De hecho, en la catequesis esta realidad es bastante desconocida en su extensión propia, esto es, la propia extensión del credo, símbolo de la fe. De su contenido se han seleccionado algunas cosas, que, por lo demás, se hallan prendidas con alfileres, muy poco asimiladas en conceptos. El lenguaje, abreviado y simbólico de los jóvenes, digital, es tan precario como la moda de cada instante, estandarizada y uniforme durante un tiempo, de la cual es difícil salirse. Un lenguaje que se esboza en acción y reacción de comunicación mecánica, abreviada en signos que los dedos pulgares trazan veloces, del lenguaje tanto hablado como escrito sobre el móvil siempre encendido, infinitamente recargable.

Sin doctrina es difícil una moral consistente, afianzada en principios determinantes de la práctica de fe; y, sin práctica de fe, no hay experiencia mistagógica, es decir, que introduzca en el misterio de la salvación por medio de la oración y experiencia de gracia a que dan lugar los sacramentos; y sin esta experiencia de gracia no pueden surgir vocaciones porque no hay vida cristiana.

La cultura líquida y la ideología de género

La falta de vocaciones es así el resultado de una compleja convergencia de factores: una educación débil, que da como resultado una personalidad “líquida”, que torna al joven incapaz de decisiones, sin que se afiancen contracorriente las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada e incluso al matrimonio cristiano, imposibles en una cultura adversa no ya a la vocación sino a la concepción cristiana de la vida.

Un elemento determinante de esta cultura adversa a la vida cristiana, que se ha ido afianzando con la pretensión de convertirse en la única visión antropológica del ser humano es la ideología de género, una agresión de alcance al verdadero matrimonio y a la familia, que el Papa Francisco ha calificado de colonización inaceptable, ya que esta ideología no reivindica algo que no excluya la concepción diferente de los sexos, sino que fundamentalmente excluye cuanto no entra en sus parámetros de comprensión de la sexualidad humana, del matrimonio y de la familia.

Colocar a los jóvenes ante la verdad de la fe y la experiencia de la gracia en la acción liturgia

No es un análisis pesimista, sé bien que hay grupos juveniles que ayudan a recomponer la vida cristiana con su buena preparación, yo mismo los aliento en la Iglesia diocesana, pero son minoritarios entre los miles de jóvenes allegados a la Iglesia y que crecen dentro de sus cauces educativos; mientras son mayoría los millones de jóvenes que se encuentran fuera de estos cauces.

Para que un joven pueda hoy decirle al Señor: “¡Aquí esto, envíame!”, se requiere la predicación de la verdad evangélica sin sordina, sin concesiones a la opinión relativista, incluso compartida por educadores de la fe desorientados, de que quizá no sabemos cuál es contenido de la predicación de Jesús, lo cual es grave, pero lo es más haber perdido la fe en el misterio infalible de la Iglesia como receptora, portadora y garante de la verdad de la fe creída y, por eso mismo, del verdadero y único Jesucristo.

Se requiere, asimismo, un esfuerzo en lograr la implantación de una catequesis digna de tal nombre, propósito al que no podemos renunciar quienes tenemos el cometido apostólico por tarea que nos ha confiado el Señor. Se requiere una fidelidad a la lex orandi de la Iglesia que evite el atropello de la liturgia, y que excluya sin ambages la discrecional y arbitraria manera de confundir la liturgia con un happening juvenil.

Si este último se distingue por ser asimilable a una manifestación artística musical, o bien de representación teatral capaz de provocar la participación espontánea de los espectadores que se involucran de este modo en el desarrollo de la acción, nada es más contrario a la acción litúrgica que esta interactuación musical y dramática, porque en la acción litúrgica Dios es el único protagonista de la salvación cuyos efectos llegan a quien participa en la acción litúrgica. Si se ha entendido mal la enseñanza conciliar de que la liturgia requiere una participación activa, su aplicación a la liturgia de los jóvenes ha acumulado mayores errores. Los jóvenes parece que no pueden vivir sin el happening, porque una equivocada educación de la fe así los ha llevado a la liturgia, para atraerlos a ella, a costa de su neutralización y de su misma destrucción.

Así, pues, es urgente educar la fe de los jóvenes para entender y vivir la acción litúrgica, porque sin este entendimiento y vida espiritual no habrá vocaciones ¿Podremos hacer comprender a los jóvenes que a la liturgia somos llevados por la acción interior del Espíritu? ¿Estamos dispuestos a sostener con la tradición de fe de la Iglesia que es la gracia la que introduce en el dinamismo de la acción litúrgica, y que en ella resuena la llamada de Cristo Jesús como fruto de la comunión con él en la Eucaristía y los sacramentos? De nosotros, educadores de la fe, depende en la mayor medida, aunque dependa de ellos superar los obstáculos de una cultura contraria a la naturaleza de la vida espiritual de la Iglesia.

La experiencia de la acción sagrada se realiza cuando se participa activamente con gozo en ella, pero esto no supone su conversión en actuación musical y teatral espontánea, interactuando al alimón sacerdotes y asamblea, actuación múltiple y variada para no aburrir a los jóvenes, sino la vivencia de la acción sagrada a la que asiente la fe confesante de la asamblea. No se debe echar en olvido que la sagrada liturgia introduce y sostiene por sí misma la vida de la Iglesia, y sólo con ella ha logrado sobrevivir en tiempos de especial dificultad, bajo persecuciones totalitarias, salvando la perduración del mensaje y la práctica de la fe en la adversidad durante el convulso siglo XX.

El contexto de la llamada de la vocación

La recomposición de la iniciación cristiana y el compromiso ineludible de los sacerdotes y educadores cristianos con ella, ayudados de los catequistas, condición para que la llamada encuentre terreno abonado en el alma de los jóvenes. Esto se completa con la introducción a la vida cristiana de los jóvenes mediante el apostolado y la prosecución después de la iniciación cristiana de la formación específica religiosa. Es éste el contexto y el clima donde se ha de pantear la propuesta de la vocación sacerdotal y la invitación al seguimiento religioso de una vida de consagración, así como la preparación de los jóvenes al matrimonio cristiano.

Si la llamada al ministerio sacerdotal supone una sana educación de la sexualidad preparando para el celibato sacerdotal, qué no decir de la consagración de la virginidad siguiendo el carisma religioso femenino, tan necesario en la Iglesia. Todo lo cual es tarea apostólica y pastoral que constituye una gran apuesta de evangelización: el gran reto con el que estamos confrontados hoy, y que los educadores de la fe no podemos ignorar o dilatar en el tiempo, porque se nos va en ello la razón de ser de la misión de la Iglesia y del ministerio apostólico. Como en ello se le va tanto su supervivencia como su sustitución por otros de nueva creación a los institutos religiosos y sociedades de vida consagrada, particularmente los institutos y sociedades de religiosas.

El buen pastor pone las ovejas a buen recaudo y sale a buscar la que le falta. El buen pastor llama a las ovejas por su nombre y ellas reconocen y le siguen. Mas, ¿cómo llamar hoy?, y ¿cómo llamar a los jóvenes? Llamar es buscar a quien llamar, salir a buscar a quien proponer el mensaje y la llamada, cuidar los signos que algunos niños y adolescentes ofrecen de estar siendo llamados, y ayudarles a comprender la llamada y a explicitarla como llamada que se dirige a ellos y sólo ellos pueden responder diciendo: “¡Aquí esto, envíame!”.

Almería, 7 de mayo de 2017

IV Domingo de Pascua

Domingo del Buen Pastor

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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Queridos sacerdotes y diocesanos    

Una semana después del sábado memorable de la Beatificación de los Mártires de Almería, siguen llegando los ecos de un acontecimiento eclesial que ha devuelto a muchos la esperanza en el valor del testimonio, justo cuando la tentación es la de silenciarlo, la de no hablar en su nombre, como decía Jeremías asustando por las reacciones que desencadenaba la proclamación profética de la palabra del Señor. La palabra que el pueblo elegido no quería escuchar y cuyo rechazo le llevó al destierro y a la cautividad babilónica. Son muchas las oposiciones a la serena audición del Evangelio, por eso el arrojo de los mártires y su audacia espiritual mueve las cobardías del corazón.

La solemne Misa de Acción de Gracias

         De la solemne Misa de Acción de Gracias del domingo 26, al día siguiente a la Beatificación en el Palacio de Congresos, hablan los hechos por su propia contundencia y la página web de la diócesis ha venido recogiendo ecos y noticias hilvanados en una amplia crónica que ha dado cuenta del acontecimiento. La Misa se celebraba a las 11,30 h., siguiendo el horario de los domingos en la Catedral. Es la misa estacional que celebro como Obispo cuando no celebro en las parroquias o me encuentro en visita pastoral. Como ya se ha hecho notar en distintos medios, la Catedral estaba abarrotada, y con previsión se habían terminado de instalar en el recinto catedralicio pantallas de circuito cerrado que ya quedan instaladas de manera permanente, como se ha hecho ya en algunas catedrales y en iglesias de gran aforo para la asamblea litúrgica, pero donde la arquitectura de tres naves impide la visión, fundamental para la participación en la asamblea, desde todos los espacios del recinto. En las catedrales españolas que conservan el Coro Capitular en el centro del espacio sagrado se produce de hecho una dificultad añadida.

         Más de 1.200 personas pudieron darse cita en la Misa de acción de Gracias, para bendecir al Señor por el don de gracias que está siendo para la Iglesia diocesana esta Beatificación. Los peregrinos de etnia gitana habían partido de mañana para celebrar en Guadix, ciudad donde la población gitana tiene una historia propia en las cuevas que en el pasaron habitaron como recurso último de tener un hogar familias nutridas de hijos y con hondo sentido de los lazos que unen por la sangre y la cultura a los miembros del clan familiar. Esas cuevas fueron objeto de predilección del santo sacerdote mártir en Madrid san Pedro Poveda, apóstol, pedagogo insigne de la fe y fundador de la Institución Teresiana, cuya memoria encabeza entre los santos y beatos mártires la fecha litúrgica del 6 de noviembre, establecida en España para la memoria colectiva de todos los que en la persecución del siglo XX dieron su vida por Cristo.

         Con estas letras se agrega aquí el texto de la homilía que pronuncie en la Misa de Acción de gracias, correspondiente al IV domingo de Cuaresma, el llamado domingo «de caeco nato» por leerse en este domingo. El ciclo cuaresmal que estamos leyendo es el que recoge, dentro del plan catequético y litúrgico de la Cuaresma, la serie de evangelios de la tradición catecumenal de la Cuaresma, colocando en el cuarto domingo el evangelio del ciego de nacimiento. Se trata de una de las narraciones del cuarto evangelio, el conocido como evangelio de san Juan, con claro carácter alegórico del misterio de Cristo, luz de vida eterna que ilumina al que se ha de bautizar, haciéndolo pasar, por medio de la acción del Espíritu Santo, de las tinieblas del pecado a la luz de la gracia: luz que ilumina la existencia redimida del que se sumerge en el rito sacramental del bautismo.

Fecha de la memoria litúrgica y oración colecta de los Mártires de Almería

Esta la memoria general para España tiene sus modulaciones propias en las diócesis, como en el caso de la diócesis de Almería a partir del próximo 6 noviembre de 2017. La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha aprobado para la diócesis de Almería la memoria del «Beato José Álvarez-Benavides y de la Torre y compañeros mártires» con el carácter de memoria obligatoria. En el rescripto de la Congregación enviado al Obispo de Almería no se indica el número de los mismos, para que junto con los 115 mártires de esta Causa puedan incluirse todos los mártires almerienses del siglo XX, como los ya beatificados en Roma y Tarragona; de hecho, ya incluidos en la memoria del 6 de noviembre con la aprobación en su día del Calendario litúrgico particular de la diócesis almeriense.

Es el caso de los beatos Andrés Jiménez Galera, presbítero y mártir; José María de la Virgen Dolorosa Álamo Jiménez y Feliciano (Francisco) Martínez Granero, religiosos y mártires. Quedan fuera de esta memoria aquellos mártires cuya memoria estuviera ya fijada con anterioridad a la determinación de la fecha del 6 de noviembre por la Congregación para los mártires de España en el siglo XX. Es el caso del beato Obispo Diego Ventaja Milán, de especial significación eclesial para la diócesis de Almería, cuya memoria obligatoria se celebra el 30 de agosto, día de su martirio o dies natalis, es decir, su día natal para la vida eterna. También es el caso del beato Cecilio López y López, religioso y mártir, cuya memoria libre se celebra el 30 de julio en el calendario particular de Almería; y el caso de la memoria de la beata Josefa Ruano García, virgen y mártir, fijada en su día para el 22 de septiembre; esta última también memoria libre.

Junto con la fecha de la memoria, la Congregación para el Culto Divino ha aprobado asimismo la oración colecta llamada así por recoger el sacerdote en ella, al comienzo de la Misa, la plegaria que aúna la entera súplica de la asamblea. Para mayor aclaración, se ha de observar que me refiero a la oración que sigue a las invocaciones, una vez terminado el acto penitencial: los Kyrie (Señor, ten piedad) y al Gloria, en el caso de las fiestas y solemnidades. Debe tenerse en cuenta que los Kyrie no forman parte del acto penitencial siempre, sino sólo cuando forman parte de las súplicas penitenciales que los incluyen. Por tanto, estas invocaciones, que por su misma antigüedad son una verdadera joya litúrgica, ya que proceden de los primeros siglos y se han conservado en griego, no deben suprimirse nunca, a no ser que formen, como decimos, parte de dichas súplicas penitenciales, tal como establece la rúbrica del Misa Romano. Esta oración se hará llegar a todas las comunidades parroquiales y conventuales en la doble versión latina y española para su conocimiento, pudiéndose asimismo rezar para pedir la intercesión de los Mártires de Almería; no obstante, me ha parecido oportuno adelantar aquí su versión en lengua española:

«Dios, Padre nuestro,

Que a los beatos José, presbítero,

Y compañeros mártires,

con la ayuda de la Madre de Dios,

los llevaste a la imitación de Cristo

hasta el derramamiento de la sangre,

concédenos, por su ejemplo e intercesión,

confesar la fe con fortaleza de palabra y de obra.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos».

Cualquiera puede ver que ha variado ligeramente en algunos matices, además de la referencia a los nuevos beatos, de modo que se pueda mantener la unidad de una oración colecta igual para la memoria litúrgica de los Mártires del siglo XX en España.

La música en la Misa de Acción de Gracias

         Volviendo a la Misa de Acción de Gracias, no quiero pasar por alto la magnífica interpretación de la orquesta joven y coro de la Escuela Municipal de Música de Roquetas de Mar, dirigida por don Alejandro Torrente Toledano, con la colaboración del organista de la Catedral, don Miguel Ángel Parrón. Fue ésta la orquesta y el coro que estrenaron el Himno a los Mártires en la velada de preparación a la Beatificación en el auditorio de Roquetas de Mar.

Quede para el recuerdo consignado el programa musical de esta Misa estacional y de Acción de Gracias, celebrada en la Catedral de la Encarnación el día 26 de marzo, IV domingo de Cuaresma. Abría la celebración a las 11,30 h. el «Laudamus Te» de Vivaldi (para 2 sopranos solistas y orquesta). Los Kyrie fueron los de la Misa de la Coronación, de Wolfgang A. Mozart (para orquesta, coro, soprano y tenor solistas). Cantó el salmo conforme a la melodía litúrgica Julia López López de Almería. La liturgia eucarística, mientras se oficiaba el ofertorio, la orquesta y el coro interpretaban el «Sancta Mater, istud agas», pieza del «Stabat Mater Dolorosa», de Giovanni Battista Pergolesi (con intervención de soprano y mezzosoprano solistas). El «Sanctus» lo fue de la Misa en do mayor de Charles Gounod, para orquesta y coro. Siguió el «Agnus Dei» de Tomaso Albinoni, para orquesta y coro (con intervención de soprano y mezzosoprano solistas). Siguieron los cantos de comunión, con la muy bella interpretación del «Panis angelicus» de César Auguste Franck. Finalmente, al acabar la celebración eucarística, tras el canto de la antífona mariana de Cuaresma «Ave, Regina caelorum» a la Santísima Virgen, Reina de los Mártires, orquesta y coro, con la intervención de órgano y conjunto instrumental, interpretaron el Himno de los Mártires de Almería, con música coral del sacerdote diocesano Mons. Bernardo Ávila Ortega, y letra del Canónigo Maestro de Capilla de la Catedral Juan Torrecillas Cano.

Ciertamente, no me equivocaré si digo que tanto la Misa de Beatificación como la Misa de Acción de Gracias serán difícil de olvidar. La liturgia tiene por sí misma una poderosa fuerza evangelizadora, porque de ella emana la misión y a ella tiende toda la vida cristiana, por ser, como dejó dicho el Vaticano II, la fuente y el culmen de la vida cristiana. La bella ejecución de la sagrada liturgia introduce en la experiencia de la salvación que nos llega por medio de los sacramentos de la Iglesia. En el desarrollo de la acción litúrgica tanto el canto gregoriano, como «propio de la Iglesia romana», como la polifonía sagrada contribuyen a que la liturgia exprese con mayor delicadeza y bella ejecución los misterios de la fe, de suerte que, tal como el Concilio afirma, «la tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne» (Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 112).

Las acciones que aún esperan su término

         Concluida la Beatificación y la Misa de Acción de Gracias, las tareas siguen y están en marcha aún algunas exhumaciones y tareas de limpieza y consolidación de los retos mortales de los mártires, de los que se han de segregar algunas reliquias. La mayoría serán trasladados a la cripta martirial de la iglesia de San Miguel de las Salinas, en Cabo de Gata. La cripta adaptada y ornamentada al efecto será meta de peregrinación para cuantas personas y grupos parroquiales, apostólicos o de comunidades, para honrar la memoria de los mártires y suplicar su intercesión. La singular belleza del paraje y el acondicionamiento de una cripta tan idónea como la existente en la iglesia de san Miguel, ahora mejor acondicionada, así lo han aconsejado. En algunos casos, cuando se trata de mártires que ya tenían un lugar en las iglesias, los restos serán depositados en ellas.

         Reliquias de los mártires de cuyos restos se dispone serán incluidas en una urna martirial para ser venerados en una capilla dispuesta a tal efecto en la S. A. I. Catedral. El número de mártires identificados y cuyos restos son conocidos no llegan a un tercio de los 115, ya que de muchos de ellos no se conoce su sepultura, porque fueron sepultados en lugares desconocidos y fosas comunes tras el martirio, y algunos fueron trasladados a los columbarios del Valle de los Caídos. Esta colocación de las reliquias en la Catedral se complementará con la entrega de algunas reliquias insignes que, en su momento, se hará a las parroquias de nacimiento y martirio de los beatos, para que puedan ser veneradas por los fieles.

         Quiera el Señor bendecir todos los esfuerzos y la generosa colaboración de cuantos han dado lo mejor de sí mismos con motivo de la Beatificación. A todos el Obispo y el presbiterio, actores de esta Causa martirial debemos agradecimiento y, al tiempo que nos confiamos a su constante oración por los ministros de la Iglesia, los encomendamos a Dios poniendo la intercesión de los nuevos beatos junto a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Reina de los Mártires, para que el Mediador único entre Dios y los hombres, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote incorpore a su mediación cuanto a su sagrada pasión han sumado los mártires uniendo su sacrificio al del Señor y a los dolores de la Virgen Madre del Redentor.

         Con mi afecto y bendición.

                                   X Adolfo González Montes

                                           Obispo de Almería

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ES MUCHO MÁS LO QUE NOS UNE A LOS CRISTIANOS QUE LO QUE NOS SEPARA

 

Queridos diocesanos:

1       El año que hemos comenzado trae consigo el cumplimiento del 500 aniversario de los comienzos de la Reforma protestante. Tradicionalmente se considera que el movimiento religioso que dio lugar a la Reforma comenzó con la fijación de las 95 tesis sobre las indulgencias del fraile agustino Martín Lutero en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg el 31 de octubre de 1517. De entonces ahora ha pasado medio millar de años de historia de la fe cristiana, con dramáticos desencuentros entre los que se mantuvieron católicos y los protestantes. Estos últimos comenzaron a agruparse en las distintas comunidades eclesiales a que dieron origen los reformadores que encabezaron el movimiento reformista del siglo XVI.

Una historia de desencuentros que es preciso superar

2       Los reformadores sostuvieron siempre que no era su intención fundar una Iglesia nueva, pero de hecho la Reforma dio origen a distintas Comunidades eclesiales históricamente agrupadas en las grandes confesiones separadas de la Iglesia del Papa, sin que tampoco llegaran a un pleno acuerdo de fe entre ellas. Así confesionalmente siguen siendo tradiciones confesionales las Iglesias luteranas, hoy agrupadas en la Federación Luterana Mundial, y las distintas Iglesias evangélicas de tradición reformada, muchas de las cuales integran la Alianza Reformada Mundial.

A estas Iglesias o Comunidades eclesiales se suma la Iglesia anglicana, cuya separación de la Iglesia de Roma impuso el rey Enrique VIII, por razón de su divorcio de la reina Catalina, pero desde un punto de vista teológico, el anglicanismo es resultado de la reforma inglesa de la Iglesia, en la que influyeron los mismos reformadores que encabezaron los movimientos reformistas del Continente europeo. El anglicanismo conservó, sin embargo, estructuras y elementos jerárquicos y sacramentales del catolicismo, que lo han diferenciado notablemente de las demás confesiones evangélicas.

         Sin detenerme más en otras comuniones de Iglesias evangélicas, es preciso decir que el diálogo ecuménico de nuestro tiempo ha puesto de manifiesto cuántos e importantes elementos del catolicismo histórico antiguo y medieval han conservado anglicanos, luteranos y reformados. Hoy, después de cincuenta años de diálogo ecuménico impulsado por el Vaticano II, podemos afirmar con toda justicia y seguridad que es mucho más lo que nos une a los cristianos que lo que nos separa. Podemos incluso decirlo también de las comunidades eclesiales más evangelistas, porque con ellas tenemos en común la fe en Dios uno y trino, la común confesión de fe en la divinidad de Cristo, sin la cual no podríamos afirmar la Trinidad de Dios; y fe en la redención realizada por Jesucristo, y el sacramento del bautismo que nos hacen cristianos, aunque no podamos compartir plenamente la misma comprensión de la Iglesia ni de la Eucaristía.

         Los cristianos hemos aprendido a reconocernos mutuamente como cristianos, alejados durante siglos y víctimas en los peores momentos históricos de las guerras de religión que enfrentaron a las naciones cristianas de Europa durante los siglos XVI y XVII.  La llamada Paz de Westfalia (1648) puso fin a los enfrentamientos por causa de la religión, para dar paso a la coexistencia de Iglesias y comunidades cristianas en Occidente, aplicando el principio que dio lugar a la paz: «según la religión del príncipe así la religión de los sus súbditos» («cuius regio eius religió»). Un principio que había comenzado a invocarse para poner fin a las guerras entre católicos y luteranos y otros evangélicos desde la Paz de Augsburgo (1555), firmada por Fernando I de Austria, hermano del Emperador Carlos V, y los príncipes protestantes alemanes.

Debemos, con todo, tener presente que la división a que dio lugar la Reforma protestante no fue la primera separación entre cristianos. El desgarro histórico entre Oriente y Occidente había sucedido quinientos años atrás de la Reforma protestante, en 1054, cuando se hizo inevitable el llamado Cisma de Oriente, enfrentando con recíprocas excomuniones a Roma y Constantinopla. El diálogo entre los católicos y los orientales ortodoxos apela con esperanza a la unidad vivida por la Iglesia indivisa durante el primer milenio del cristianismo.

3       Aun siendo la verdad histórica así, es preciso asimismo reconocer que las separaciones entre cristianos nunca fueron aceptadas sin esperanza de que un día serían superadas, porque en todos los cristianos producía quemaba siempre la voluntad de Jesús manifestada a los apóstoles en la noche de la última Cena: «Como tú, Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

No faltaron los esfuerzos e intentos históricos de reconstruir la unidad visible de la Iglesia, ya después de experimentar las separaciones como un mal real. En el siglo XV, el Concilio de Florencia estuvo cercano a lograr el restablecimiento pleno de unidad entre Oriente y Occidente, fracasada por razones políticas y externas al bien y la paz de la Iglesia. En el siglo XVI, ante lo inevitable del surgimiento de comunidades cristianas separadas de Roma, se pudo establecer un foro de diálogo en busca de la unidad que se perdía. Los coloquios de teólogos y eclesiásticos, en las décadas de los años cuarenta y cincuenta del siglo XVI, celebrados en Augsburgo llevaron a la convicción de que era posible restablecer la unidad, manteniendo las diferencias de pensamiento teológico no lesivas de la unidad dogmática de la fe cristiana compartida. El siglo XVIII también conoció foros y coloquios por la unidad de la Iglesia, y en la segunda mitad del siglo XIX las sociedades misioneras experimentarían su propia carne la necesidad de aunar esfuerzos para llevar adelante la evangelización, las que llegó el fruto granado de la Conferencia Mundial Misionera en 1910 celebrada en Edimburgo (Escocia), que abrió camino al ecumenismo contemporáneo.

La “purificación de la memoria”, condición fundamental del ecumenismo

4       Hoy, después de los logros alcanzados para el logro de la reconciliación de los cristianos, ciertamente no podemos celebrar la ruptura de la Iglesia, pero juntos luteranos y católicos podemos orar y trabajar unidos para que este del 500 aniversario del inicio de la Reforma luterana nos ayude a mirar nuestro pasado con voluntad de conversión, y a afrontar mejor la evangelización del mundo presente y futuro. No podemos celebrar nuestra desunión, pero estamos llamados a aprovechar el V Centenario del inicio de la Reforma para ahondar en sus causas, asumir juntos las consecuencias, reconociendo que la culpa compartida requiere hoy un verdadero programa de “purificación de la memoria” del pasado.

Este importante motivo ha sido incorporado a los diálogos entre las confesiones, porque la reconciliación pasa por el reencuentro de las Iglesias y comunidades eclesiales. El reencuentro es posible si somos capaces de ponernos unos en el lugar de los otros; si tenemos voluntad de comprender qué se pretendía asegurar, de qué se quería huir y con qué finalidad se formuló, incluyendo recíprocas condenas, cuanto se afirma en los escritos confesionales de las Iglesias.

Al intentar comprender a los cristianos separados, los católicos comprendemos mejor también las afirmaciones de nuestra fe, que nos alejan de errores y desviaciones. Esto nos ayuda a mirar a los demás cristianos con sus propios ojos, para ver lo que en nosotros aparece ante ellos como no ajustado al Evangelio y a la fe apostólica que nos ha sido transmitida por la predicación evangélica.

Católicos y luteranos al encuentro

5       La purificación de la memoria de unos y otros nos ayudará a reencontrarnos. En 1983 los luteranos celebraban el V centenario del nacimiento de Lutero. Con este motivo el santo Papa Juan Pablo II afirmaba: «No podemos dejarnos guiar por el deseo de erigirnos en jueces de la historia, sino únicamente por comprender mejor los acontecimientos y llegar a ser portadores de la verdad» [Juan Pablo II, Mensaje al cardenal Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, 31 de octubre de 1983]. Con esta voluntad de comprender, para caminar juntos, el Papa Francisco realizaba el pasado 31 de octubre de 2016 el viaje apostólico a Lund, la ciudad sueca donde en 1947 nació la Federación Luterana Mundial, de la que forman parte 145 Iglesias que suman más de setenta y dos millones de personas.

El Papa viajó para orar junto a los luteranos y expresó esta misma idea de san Juan Pablo II: «No podemos resignarnos a la división y al distanciamiento que la separación ha producido entre nosotros. Tenemos la oportunidad de reparar un momento crucial de nuestra historia, superando controversias y malentendidos, que a menudo han impedido que nos comprendiéramos unos a otros» [Francisco, Homilía (Lund, 31 octubre 2016)]. A Martín Lutero le inquietaba dónde podía hallar un Dios misericordioso, y el Papa comenta en la misma homilía: «La experiencia espiritual de Martín Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios».

6       Defensor de la soberanía de la gracia misericordiosa de Dios, Lutero no siempre fue bien comprendido, y él, a su vez, se radicalizó alejándose de la tradición de fe católica en cuestiones esenciales relativas a la salvación en la Iglesia querida por Jesús. El diálogo teológico contemporáneo ha buscado la convergencia de católicos y luteranos, intentando comprender mejor la intención de fidelidad al Evangelio que movió al reformador, que se expresa en el principio central del Evangelio de la justificación por la sola fe. Al mismo tiempo, ahondando en cuál es la mediación de la salvación en la Iglesia querida por Jesús, y, en consecuencia, cuál es la función del ministerio eclesiástico o pastoral.

En 1999, de nuevo en Augsburgo, católicos y luteranos firmaban un acuerdo sobre la doctrina de la justificación, en el que ambas confesiones reconocían su propia fe. La obra de Lutero alcanzaba su objetivo, pero al mismo tiempo el acuerdo salvaguardaba la vinculación de la fe a la experiencia y mediación de la gracia en los sacramentos de la Iglesia, porque «en el bautismo se otorga el don de la salvación como fundamento de la vida cristiana en su conjunto. El hombre confía en la promesa de la gracia divina por la fe justificadora, que incluye la esperanza en Dios y el amor a él. Dicha fe es activa en el amor y, por eso, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras; pero todo lo que en el ser humano antecede o sigue al don de la fe no es motivo de justificación ni la merece» [Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, n. 25].

Testigo del Evangelio como predicador de la palabra de salvación, que se expresa en el principio de “sola Escritura”, Lutero es hoy mejor comprendido por los católicos. Del mismo modo, gracias a este fructífero diálogo ecuménico, los luteranos nos comprenden también mejor, porque la justificación por la fe integra al bautizado en la Iglesia, ámbito de salvación, en el cual es leída y comprendida la Escritura inseparable de la tradición de fe. Conscientes de lo mucho que nos une, hoy compartimos el mismo desafío, afrontando la difícil tarea de la evangelización para llevar la gracia redentora a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aunque también somos conscientes de lo que aún nos separa.

El Octavario de oración por la unidad

7       La Semana de oración por la unidad visible de la Iglesia, desde que Paul Watson en 1908 la impulsó con éxito, este Octavario de oración, que va del 18 de enero al 25, fiesta de la Conversión de san Pablo, se ha convertido en patrimonio común de las Iglesias y comunidades eclesiales, y con todo derecho es oración compartida. Necesitamos orar con fe y suplicar el don de la unidad visible que aún nos falta, para que el mundo crea. Lo hemos de hacer siempre, pero en esta semana de intensa súplica, no podemos dejar de hacerlo unidos a los cristianos de todas las Iglesias y comunidades eclesiales, conscientes de cuánto sufren y padecen los cristianos perseguidos por su fe para poder mantenerla.

El lema de este año reza así: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5, 14-20)». No quiere ser un lema tan sólo para semana de oración por la unidad, sino para todo el año 2017, que sin duda ha de tener un eco propio en las comunidades católicas y luteranas, sobre todo de aquellas Iglesias particulares donde la convivencia con los luteranos es cotidiana y motivo de oración constante, empresa de evangelización común y relaciones de recíproca estima.

Aun así, junto a los foros de diálogo católico-luterano, el diálogo de la Iglesia Católica con las otras confesiones cristianas sigue adelante y es, como dejó dicho san Juan Pablo II, verdaderamente irreversible. Cristo Jesús así lo pidió al Padre y lo suplicó de él para su Iglesia, que es su cuerpo místico, del cual es Jesús la cabeza.

Con mi afecto y bendición.

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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Con la fiesta de san José, patrono de la Iglesia universal y de las vocaciones sacerdotales, la campaña del Seminario, que siempre está en acción, llega cada año a su temporada de mayor intensidad. De las comunidades parroquiales le llegan al Obispo permanentemente solicitudes de los fieles pidiendo se les envíe un sacerdote que resida en la comunidad, tal como lo manda la ley de la Iglesia; y además, que no les falte nunca la posibilidad de pedirle al Obispo que les retire un sacerdote que no les gusta para que les llegue otro mejor, con el que se sientan más a gusto, cuando algunas de las actuaciones del párroco o del sacerdote administrador parroquial les complacen menos.

 Que suceda así es para dar constantemente gracias a Dios, no por la estima del ministerio pastoral que estas solicitudes dejan ver tras la inquietud de los fieles, sino porque en esta querencia de tener cura propio, y a ser posible el mejor, para cada comunidad, se manifiesta el hondo deseo espiritual de la gente, que a veces suponemos demasiado secularizada como para apetecer los servicios pastorales.

Conviene tener en cuenta que, si es verdad que esto sucede más en las zonas rurales que en las urbanas, también las parroquias de las ciudades se resienten de la carencia de sacerdotes para todas. En algunos lugares se han implantado las llamadas «unidades pastorales», que agrupan algunas parroquias, al frente de las cuales el Obispo envía un solo sacerdote; y ya raras veces a un equipo sacerdotal, porque la experiencia ha hecho ver que el pueblo de Dios quiere tener un sacerdote capaz de ser el cura de almas que la comunidad necesita, y ante el cual los fieles se consideran puestos bajo su cuidado y caridad pastoral, sin la inquietud de qué cura les va a tocar este domingo o quién vendrá cuando llaman al Obispado para los servicios pastorales más demandados como la misa dominical, las exequias y las fiestas patronales.

Sin embargo, no es fácil contar con los sacerdotes necesarios; en primer lugar, porque los cambios en la distribución de la población han modificado la geografía de las comunidades parroquiales; y después, y es lo importante, porque las vocaciones no son sólo el resultado de una «ordenación racional de los recursos», sino de que los haya de modo suficiente. La campaña del Seminario no basta para lograrlo, si no va acompañada de una intensidad de vida cristiana suficiente como dar las vocaciones necesarias.

Cuando piden sacerdotes, cualesquiera fieles cristianos que sienten la necesidad de contar ellos han de plantearse seriamente si las comunidades parroquiales a las que pertenecen tienen verdadera vida cristiana, la que da como resultado el don de las vocaciones sacerdotales. Como tienen que preguntarse si piden estas vocaciones a Dios y de él las esperan. ¿Pedimos al Señor las vocaciones necesarias y estamos dispuestos a recibirlas como un don inmerecido? Tal vez sea más fácil pensar que es un servicio al que se tiene derecho y que la administración central de la Iglesia, al modo de las administraciones civiles, tiene que prestar y además a su tiempo.

Que haya sacerdotes que prediquen la palabra de Dios, instruyan y eduquen en la fe a los niños y a los jóvenes, lleven a los matrimonios y familias la cercanía de Dios, creador de toda vida; sacerdotes que orienten la vida moral de los cristianos, con claridad y sin ambigüedades, y al mismo tiempo con la suavidad de la caridad pastoral, no depende de la voluntad del Obispo. Es algo que depende de Dios, porque depende de que se susciten divinamente las vocaciones que pedimos, y las comunidades arropen y sostengan con la oración y el apoyo humano necesario el don de la vocación incipiente de adolescentes y jóvenes dispuestos a seguir a Jesús por el camino del apostolado. Que haya sacerdotes que administren los sacramentos a los fieles cristianos, proporcionándoles las aguas regeneradoras del bautismo, el perdón de la absolución y la mesa de la Eucaristía, pan de vida y comunión con Dios en el Cuerpo y Sangre de Jesús, esto es algo que depende de que cultivemos y acompañemos las vocaciones como aquella perla inestimable que encuentra en el campo quien está dispuesto a venderlo todo para comprar el campo.

Que tengamos sacerdotes que, llenos de amor por los necesitados, muevan el corazón de los cristianos para acudir en su ayuda, que haya sacerdotes que acompañen a los que enferman llevándoles el alivio de los sacramentos de la Penitencia y de la Unción, confortándolos en el sufrimiento y trance final de la vida al proporcionarles el viático, alimento para salir al encuentro del Creador y Juez de los hombres, pero Padre que nos ama y espera, depende también de las vocaciones que “vienen de lo alto”, y sólo Dios las “produce “ donde hay vida cristiana verdadera.

No vale echarle la culpa a la cultura de nuestro tiempo, que ya sabemos que es contraria la lógica del Evangelio, pero que también tiene valores que sí son evangélicos, y de la que hemos de tomar todo aquello que en la cultura y la sociedad de nuestro tiempo es valioso, tal como les dice san Pablo a los Filipenses: «todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor, tenedlo en aprecio» (Fil 4,8).

El problema no es, ciertamente, que haya obstáculos que vienen del mundo, pues Jesús «está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y como signo de contradicción» (Lc 2,34). La mayor de las dificultades está en nosotros mismos, en nuestras comunidades, que languidecen con una vida espiritual débil, en las que no surge una sola vocación y las que surgen son a veces obstaculizadas empezando por la propia familia del muchacho que dice que quiere venir al Seminario. No es que ahora se haya de echar la culpa a las comunidades parroquiales, que ya tienen bastante con sostenerse como comunidades cristianas, dirán algunos­, pero sí es necesario que sacerdotes y comunidades nos examinemos sobre qué responsabilidad tenemos en la carencia de vocaciones suficientes.

Sin sacerdotes a la Iglesia le falta la estructura-eje y la articulación que le permiten ser Iglesia sin derrumbarse, como un cuerpo sin el esqueleto, que sostiene la cabeza que lo rige, y las articulaciones que traban y unen los miembros del cuerpo. Por eso los sacerdotes y los  fieles cristianos, todos en la comunión eclesial de quienes comparten fe y vida en Cristo, tenemos que examinarnos y preguntarnos si nuestro compromiso con la pastoral familiar es suficientemente explícito y comprometido; y si estamos empeñados en que la transmisión de la fe sea una realidad consistente como iniciación cristiana de los niños y de los adolescentes, de los jóvenes y de cuantos adultos reciben el mensaje de Jesús después de haberse apartado de la vida de la Iglesia o no haber tenido nunca vida cristiana.

De nosotros principalmente depende un asunto que a nosotros nos toca afrontar, pero cuya solución viene de Dios y a él se lo hemos de suplicar noche y día, sabiendo que las vocaciones las hemos de recibir como lo que en realidad son: inestimable don de Dios. Que nos ayuden la Virgen María y san José, artífices del primer seminario de la historia de nuestra fe.

X Adolfo González Montes

    Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

Ante el oscurecimiento que sufren las fiestas de Navidad y la merma de conocimiento de muchos cristianos de la razón de ser de estas celebraciones, me ha parecido oportuno repasar estas fiestas navideñas de tanto contenido en el año litúrgico. Ahora cuando algunos proponen cambiar su lectura y hechura cristiana para dar paso a unos nuevos festejos que nublen su significado religioso sustituyéndolas por las “fiestas del solsticio de invierno”, conviene tener muy claro el recorrido de la Navidad y no dejarlo perder por el neo-paganismo que propicia la propagación de ideas anticristianas y el materialismo que prescinde Dios.

La Navidad llega estos últimos días al final de su primer tramo con la conclusión de la Octava de Navidad el 1 de enero. El origen de la fiesta del nacimiento de Cristo tiene diversas hipótesis, la más conocida y divulgada hoy es la que pretende explicar la Navidad como sustitución por el nacimiento de Cristo del día del Sol invicto, fiesta establecida el año 274 por el emperador Marco Aurelio. Si fuera así, este origen deja intacta la realidad histórica y religiosa de aquel que vino para ser el verdadero y único “sol de justicia”, conforme al evangelio de san Lucas: «nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte» (Lc 1,78-79). Cristo es el verdadero y único sol que alienta la vida del hombre, creado por Dios por medio de su Verbo, de su Palabra encarnada. Las Navidades no disfrazarían las saturnales en honor del astro rey, sencillamente las sustituirían. Pero, ¿es así? En la Navidad convergen otros elementos que determinaron la fecha de la celebración del nacimiento de Cristo.

Ya hacia el año 336 hay constancia de la celebración en Roma de la fiesta del nacimiento de Jesús, que aparece en el documento más antiguo del calendario filocaliano (el Corógrafo de Furio Dionisio Filócalo). Cabe por eso preguntar, entonces ¿por qué el 25 de diciembre? San Agustín es testigo de una antigua tradición que hace coincidir la fecha de la muerte de Jesús (25 de marzo), su dies natalis, con la de su nacimiento (25 de diciembre). Fuerza tiene la explicación de esta fiesta, justo en el contexto histórico de los debates sobre la persona de Cristo durante el siglo IV, como celebración de la humanidad del Hijo de Dios en su nacimiento en nuestra carne. Sin desechar ninguno de los elementos que convergen en la explicación de esta fiesta, lo importante es, en efecto, entender que la Navidad afirma la carne de Jesucristo, defendiendo su humanidad, como verdadero hombre al tiempo que verdadero Hijo de Dios, de cualquier desviación herética y alejándolo de la mitología pagana.

La primera semana va de la Natividad del Señor a la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. La colocación de esta última fiesta se debe a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, que colocó de nuevo esta fiesta de la Virgen el día primero del año, siguiendo una antiquísima tradición. La fiesta de Santa María se celebraba en las Iglesias antiguas de Oriente el 26 de diciembre, después de haber celebrado el 25 la Natividad del Señor; o también antes, como en España donde desde el X Concilio de Toledo (656 d.C.) se celebraba el 18 de diciembre, coincidiendo con la expectación del parto de la Virgen; mientras otros países del Occidente, como en la Galia romana en tiempos de san Gregorio de Tours se celebraba el 18 de enero.

 En Roma se comenzó a celebrar probablemente en el siglo V con motivo de la consagración el 1º de enero de la iglesia de Santa María la Antigua en el Foro Romano, que data del siglo V y posee muy bellas pinturas marianas en frescos de los siglos VI al VIII en los que la fe cristiana plasma maternidad de divina de María.  Esta fecha coincide con el inicio actual del año civil, lo cual trae consigo una reflexión añadida a la fiesta de María que desde el pontificado del beato Pablo VI se hecho ya tradicional, con un importante mensaje de los Papas para esta Jornada Mundial de la Paz. Jesús es así el Príncipe de la Paz que viene a reinar mediante un reinado de transformación interior, don y fruto de la gracia divina.                                                                                                                                                                               

Antes de la reforma conciliar, la Maternidad divina de María se había fijado en el siglo XX el 11 de octubre, con motivo de la celebración en 1931 del XV aniversario del Concilio de Éfeso. Fueron los Padres de este Concilio, capitaneados por san Cirilo de Alejandría los que, siguiendo la fe del pueblo de Dios, proclamaron a la santísima Virgen como Madre de Dios (en griego Theotókos), porque Jesucristo es en verdad el Hijo de Dios encarnado. María, en efecto, es la Madre del Emmanuel (Dios-con-nosotros) profetizado por Isaías, el profeta que abría el futuro de la dinastía de David a la intervención de Dios en la historia de su pueblo, mediante la cual Dios mismo vendría a reinar como pastor de Israel. Un futuro del pueblo de Dios que la fe en Jesucristo resucitado ve como futuro de la humanidad, cuando Dios todo lo someta al dominio de su Hijo, y como les dice san Pablo a los cristianos de Corinto, Dios mismo venga a ser «todo en todas las cosas» (1 Cor 15,28).

El domingo que cae entre la fiesta de Navidad y el 1º de enero se conoce como “domingo de la infraoctava”, es decir, “dentro de la octava de Navidad”; y tradicionalmente este domingo viene siendo la Fiesta de la Sagrada Familia. Cuando no sucede así, porque la Navidad cae en domingo y el 1º de enero también, entonces se celebra la Sagrada Familia el día 30 de diciembre, como sucede este año. Como se puede ver, todo un conjunto de celebraciones cristianas que llenan delimitan y jalonan el primer tramo de la Navidad. Hay otras fiestas dentro de este primer tramo navideño: son las llamadas fiestas del “cortejo del Rey”. El 26 de diciembre, la fiesta del diácono san Esteban protomártir, primer testigo muerto por causa de Cristo, el discípulo que sigue hasta la muerte a su maestro y señor; el 27 de diciembre, la fiesta del apóstol y evangelista san Juan, al que el evangelio ve como modelo de inteligencia de la fe, capaz de penetrar los signos externos que hablan de la encarnación del Hijo de Dios como revelación plena de Dios; y, finalmente, el 28 de diciembre, la fiesta de los santos Inocentes, que antes incluso de discípulo mártir Esteban, sufrieron por causa del Niño Jesús la muerte ejecutada por un rey cruel y celoso de su imperio despótico como Herodes.

Al comienzo del año arranca el segundo tramo de la Navidad, una vez cumplida la Octava. La edición tercera típica del Misal Romano ha reintroducido la memoria del Santísimo Nombre de Jesús, devocionalmente propagada en el siglo XVI por san Bernardino de Siena, para quien «el gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús que hace hijos de Dios». En 1530 el Papa Clemente VII concedió a la Orden franciscana celebrar por primera vez el oficio de la memoria. El contenido bíblico y litúrgico de esta memoria es parte, de hecho, de la fiesta del 1º de enero mientras se vinculó a la circuncisión de Jesús, fiesta introducida en la Galia y en España ya desde el siglo VI.

La Epifanía del Señor, de origen oriental, aparece en Egipto como celebración del nacimiento de Jesús. Litúrgicamente adquiere un contenido propio: es la fiesta de la manifestación (en griego epifanía) de aquel que es la «Luz para alumbrar a las naciones», como Salvador universal. Jesús es adorado por los Magos, convertidos en Reyes cuya personalidad representativa recapitula a los pueblos gentiles. La fiesta tiene los mismos contenidos que la Natividad y en el siglo IV se celebraban ya ambas fiestas en Oriente y Occidente. Con la fiesta del Bautismo del Señor, el domingo que sigue al 6 de enero, se cierra el ciclo navideño: Jesús es consagrado (ungido por el Espíritu Santo), para proclamar el reino de Dios y llevar a cabo la obra de la redención.

Que nadie deje de vivir días tan santos, consciente de aquello que celebra y que al celebrarlo se hace presencia de salvación.

Almería, Navidad del Señor de 2016

                                   X Adolfo González Montes

                                         Obispo de Almería

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