Cartas a los Diocesanos

Queridos socios, colaboradores y amigos de Caritas de Almería:

Cuando la caridad es de verdad es expresión de lo mejor de los seres humanos, porque la caridad es amor en permanente comunicación, no es donación de lo sobrante, sino de aquello que uno tiene y es compartido; y, sobre todo, es donación de nosotros mismos. Por eso, la caridad compromete de tal manera que uno termina dando incluso lo que necesita.

Este año la campaña de Caritas reza para todo el año «Llamados a ser comunidad». Es un lema que inspira cuanto venimos haciendo durante todo el año, teniendo en cuanta que la campaña de sensibilización de 2014 a 2017 tiene un lema de fundamentación que une amor y justicia: «Ama y vive la justicia». De ambos lemas propositivos nos alimentamos y alimentamos a nuestros colaboradores, los que han hecho un año más que sigan extendiéndose los contenedores de recogida de ropa para convertirla en tejido industrial creando puestos de trabajo, los que nos es posible crear dentro del programa textil de Koopera, pero también los que cada ejercicio anual constatamos que son resultado de nuestros talleres pre-laborales, que acoge el «Centro de Formación San Francisco de Asís» del barrio de Regiones.

Cuando se pregunta por la identidad de uno de estos talleres que Caritas ha puesto en marcha, la respuesta está en el lema: un taller pre-laboral está al servicio de la integración de la persona marginada y sin el cultivo necesario de las habilidades sobre las que trabaja la formación, para que esté en condición es de sumarse a la comunidad que es obra de todos. Por eso, como reza la publicidad de Caritas: «Un taller pre-laboral o pre-ocupacional es una herramienta formativa destinada a trabajar aptitudes y actitudes en las personas vulnerables y en riesgo de exclusión de cara a mejorar su inclusión social y su empleabilidad».

Estos talleres de Caritas están consiguiendo que un buen número de personas en exclusión se integren mediante el trabajo en la vida comunitaria de la sociedad que pasa por la colaboración en la producción y la creación de bienes y servicios sin los cuales son hay comunidad. Nuestro programa de para la integración en la comunidad mediante el trabajo es modesto, pero incorpora al año a la formación un buen puñado de personas. Cada año pasan por los talleres entre 100 y 200 personas, que siguen cursos de alfabetización, idioma, cocina y hostelería, prevención de riesgos laborales, tecnología, auxilios domésticos, costura.

A los programas formativos para el trabajo que desarrolla el Centro San Francisco de Asís en la capital, se suma la nueva Escuela de Cocina y Hostelería que Caritas de Vera ha puesto en marcha con el amparo y patrocinio de Caritas diocesana, con notables resultados.

Leer la Memoria anual de Caritas es sumergirse en sus programas para personas sin hogar o sin techo, tomar conciencia del riesgo que corren mujeres maltratadas, sin el amparo del trabajo y del hogar o víctimas de la trata. Entrar en la Memoria anual es recorrer las cifras, modestas pero meritorias de la caridad ejercida como compromiso por la justicia en favor de los inmigrantes; como es constatar que las puertas abiertas de las delegaciones parroquiales de Caritas no dejan de atender a quienes se acercan buscan do solución a sus carencias y orientación a su confusión y desamparo.

Es mucho lo que se hace con los fondos limitados de Caritas en la diócesis de Almería. Es cierto que estos fondos siguen siendo limitados, pero la Memoria anual es escaparate argumentado de que, con un presupuesto aproximado de 1.600.000 euros, de los cuales sólo un 18 % de los ingresos tienen origen público y el resto se nutre del sector privado, es decir, de la caridad real de los diocesanos, Caritas atiende alrededor de 35.000 personas mediante sus diversos programas y la atención inmediata a los necesitados. A estos fondos la Conferencia Episcopal aportó 60.000 euros, que no está mal, pero esta información deja ver que todo lo demás salió del corazón de los católicos y colaboradores de Caritas en Almería.

Que estos programas se lleven adelante sólo es posible por la calidad del equipo director de Caritas Diocesana y la colaboración de los 950 voluntarios que lo hacen posible. Por eso, a mí me cumple la tarea de agradecer vivamente cuanto, gracias a ellos, realiza Caritas en Almería, verdadera expresión de la caridad de la Iglesia.

Con todo afecto y los mejores deseos de bendición para cuantos hacen posible esta tarea de fraterna voluntad de servicio y empeño por crear comunidad.

Almería, a 12 de septiembre de 2017

Fiesta del Dulce Nombre de María

                                             Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

Comienza el Adviento, un tiempo de gracia que prepara a la comunidad cristiana a la celebración de la Navidad. Las cuatro semanas del Adviento, más o menos completas, según cada ciclo litúrgico anual, son un tiempo particularmente entrañable. En el Adviento es posible para la humanidad una experiencia del amor de Dios al contemplarle presente en la carne del Niño esperanza de una humanidad herida, que va a nacer de la Virgen Madre para restañar la herida de la que la humanidad que la padece ha dejado, ya hace tiempo, de ser consciente, o al menos de percibirla en toda su honda significación religiosa.

La voz poderosa del profeta Isaías, que abre el Adviento resuena incisivamente en las conciencias adormecidas de los cristianos: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti» (Is 64,5-6a).

Al final del año litúrgico, la palabra de Dios viene a despertarnos del letargo en el que vive la humanidad, encerrada como en una clausula en un paréntesis que, a sabiendas, uno es consciente de que es falso. Si se lo propone, puede descubrir con toda claridad que vive mintiéndose a sí mismo, cuando la sinceridad mueve a uno a mirarse en la propia conciencia, y se descubre ante sí mismo como de verdad es, pensando y haciéndose creer que no hay Dios o creando las imágenes de Dios que más le placen y tranquilizan.

La palabra de Dios despierta al hombre de su ensoñación culpable y lo devuelve a la verdad de su propia existencia. Cuando al cerrar el año litúrgico la Iglesia proclama a Jesús como aquel a quien Dios Padre le ha entregado el juicio sobre todos y cada uno de los seres humanos, la palabra de Dios coloca a cada cual ante las postrimerías de la vida. Con san Juan de la Cruz la Iglesia invita a todos considerar que al final de la vida seremos examinados de amor y es amor lo que nos falta.

Esta invitación de la Iglesia va con el anuncio de la salvación como tarea que Jesús confió a sus apóstoles, y tiene expresión litúrgica especial en los últimos domingos ordinarios del año. Es al acabar el ciclo anual de las celebraciones cristianas cuando adquiere una particular densidad en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del año litúrgico. La llamada a la vigilancia y a la conversión es la bisagra que une los últimos domingos del año que acaba con el Adviento de un nuevo año litúrgico que comienza. Esta llamada sigue siendo invitación a la vigilia y a estar preparados, porque no sabemos cuándo vendrá el dueño de la casa en que habitamos (cf. Mc 13,35). El nuevo ciclo de celebraciones que abre el Adviento gira sobre esta llamada a la vigilia permanente, sostenida por la fe, que distingue y al mismo tiempo ve unidas la llegada de Cristo en nuestra carne hace veinte siglos cumplidos, naciendo de la Virgen María en Belén, y la venida gloriosa de del Señor al final de los tiempos, cuando Dios consumará la historia de la creación redimida por la sangre de su Hijo.

El Adviento lleva, por esto, a la comunidad cristiana, al comienzo del nuevo ciclo litúrgico, a la espera del Señor desde la Navidad a la Pascua, y de ésta a la gloria de Cristo como Hijo del hombre y Señor de la creación y de la historia. La Iglesia llama al cristiano a ser consciente de que Dios cancela las culpas a quien humilde reconoce su condición de pecador, porque Dios ha reconciliado al mundo en Cristo (cf. 2 Cor 5,19). Cuando el pecador acepta el mensaje de salvación, todo se hace nuevo para él, y entonces vivirá el en la fe el tiempo del Adviento como un tiempo de espera y de esperanza, porque «se revelará la gloria del Señor, y toda criatura a una la verá» (Is 40,5).

Al final del Adviento la Iglesia celebra el nacimiento del Señor en nuestra carne y la evocación de aquel acontecimiento, histórico e irrepetible, que fue la encarnación del Hijo y su nacimiento de María, acontecimiento del que da cuenta el evangelista, se hace experiencia de fe y Cristo renace en el interior de cada creyente. Una experiencia que se prolonga en el tiempo, marcando la historia personal de cada bautizado, en la esperanza de que también llegará la revelación final de Cristo; y su última venida traerá consigo la consumación de este mundo que pasa, y entonces se habrá cumplido la esperanza de que «Dios sea todo en todas las cosas» (1 Cor 15,28).

La fe se hace así paciencia con un mundo que no queremos como está y aspiramos a transformarlo con Dios como protagonista. La fe librará a los impacientes de pretender arrasarlo todo y empezar de nuevo, como si nada hubiera nunca cambiado, olvidando como todos los adamitas impacientes la olvidan la infinita paciencia de Dios; olvidando que la novedad la introducido ya Dios mismo en la entraña del mundo con el nacimiento de Cristo en nuestra carne.

El Adviento es, por esto mismo, además de un tiempo de esperanza, un tiempo para la paciencia y, asimismo y sobre todo, un tiempo para la conversión: un tiempo para recibir al que vino ya en nuestra carne y vendrá en su gloria; un tiempo para recibir al que está viniendo permanentemente y llamando a la puerta de nuestro corazón y nos dice: «si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Sí, no los dudemos: Jesús está llamando e invitando a seguirle para cambiar con él las cosas y abrirnos a un futuro de verdadera esperanza.

Con afecto y bendición.

Almería, a 3 de diciembre de 2017

Domingo I de Adviento

                          + Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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         Queridos diocesanos:

Cuando el 13 de noviembre se celebraba en las Iglesias diocesanas de todo el mundo la clausura del Año Santo de la Misericordia, el Papa Francisco vivía en la basílica de San Pedro, en Roma, una memorable “Jornada jubilar de las personas marginadas”. El Papa clausuraría el Año Santo una semana después de las Iglesias particulares, para que todos mirásemos al centro de la cristiandad y al Sucesor de Pedro, fundamento visible de la comunión eclesial.

La jornada soñada por el Papa se ha hecho realidad por su mandato, y estamos celebrando por primera vez esta memorable jornada propuesta por Francisco en favor de las personas que se sienten marginadas de la sociedad: pobres y excluidos por distintas razones de raza, o religión, sin poca ni mucha riqueza o caídos en la miseria. El Papa Francisco manifestó el deseo de que un día así fuese para siempre la Jornada de los pobres y hoy ha comenzado la realidad.

         Esta Jornada introduce una importante novedad, porque, si es verdad que ya tenemos la jornada de Caritas y que Manos Unidas, la nueva jornada llega con su puntual campaña a nuestras conciencia, para impedirnos caer en la tentación de dejar en manos de programas de promoción  política y culturalmente correcta la atención a los excluidos, sin mirar el rostro de los pobres que se nos echan encima en la calle y en la puerta de las iglesia y centros religiosos; sin mirar al pobre que duerme en el cajero de la sucursal bancaria cercana a la propia casa donde uno vive, o cobijado bajo la marquesina de un negocio, cubriéndose con cartones y plásticos, a veces arrimando un colchón desechado bajo el cuerpo.

Vivimos asaltados por pobres que, inmisericordes apartamos, porque son muchos y en tantos lugares son los mismos que han copado la esquina más rentable y el puesto cercano a un edificio público o religioso; muchos de ellos, inmigrantes ilegales caídos en el círculo vicioso de no poder trabajar porque no tienen los papeles en regla, y no tienen papeles porque no han entrado con papeles en el país.  Pobres que a veces nos mienten y siempre son reales desvalidos, sin auxilio alguno del prójimo, sin cobertura legal, despreciados o mal vistos. Pobres víctimas de situaciones que es imposible distinguir en la calle y, sin embargo, detrás de unos y otros pobres la necesidad es ley.

Hay pobres que son personas dignas, sin otra salida que la mendicidad, que soportan por eso mismo con dignidad y humilde corazón: personas necesitadas de ayuda, para volver bajo techo y regresar a la casa que han dejado o que sólo les alberga por la noche. Pobres que ven peligrar sus relaciones matrimoniales y familiares, expuestos a perder a los amigos y quedarse solos con su dolor.

El Papa Francisco llama al corazón de todos para que hagamos realidad la exhortación del evangelista: “Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn 3,18). Palabras convertidas en lema de esta primera la jornada de los pobres. Los pobres nos inquietan y preocupan, porque son el reflejo de la falta de justicia y de misericordia, de falta de humanidad que persiste, aunque se ha hecho mucho y se pretende combatir la pobreza como objetivo del ingreso en el nuevo milenio.

Jesús recriminó la hipocresía de quienes se indignaban porque una mujer arrepentida de sus pecados y movida por amor hacia el Maestro ungió la cabeza de Jesús con un perfume de nardo puro y mucho preciso, y advertía a quienes así criticaban: “Porque pobres tendréis siempre con vosotros; pero a mí no me tendréis siempre” (Mt 26,11; cf. Mc 14,7).

Es una realidad imposible de obviar: que hay pobres, que abundan, que los tenemos siempre con nosotros y no los socorremos, aunque queremos ayudarlos y no cerrar los ojos ante su situación. Gracias al voluntariado activo en tantas parroquias y movimientos, a voluntarios y personas generosas de asociaciones de piedad y solidarias, es posible paliar el sufrimiento de muchos pobres, pero son millones en un mundo sin corazón.  Como se lee en los materiales de la Conferencia Episcopal para la Jornada sobre la celebración de la misma todos los años el domingo anterior a la fiesta de Cristo Rey “es una ocasión especial para poner de manifiesto, como un verdadero signo de evangelización y compromiso, la participación y la aportación de los más pobres en la vida de las comunidades”.

Quiero secundar la intención del Santo Padre, al poner en marcha esta jornada mundial en favor de los pobres, para que nos sirva de estímulo para tomar conciencia de su situación y poner en marcha una contribución concreta, que rehúya un compromiso de mero lenguaje, mera retórica, y ponga manos a la obra. Los pobres así lo esperan de nosotros y Jesús lo espera con ellos, mientras nos recuerda: “En verdad os digo que cada vez que lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 19 de noviembre de 2017

Domingo XXIII del T. O.

                                    Adolfo González Montes

                                        Obispo de Almería

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Queridos diocesanos:

El próximo sábado 25 de noviembre, en la solemne misa de la tarde en honor de la Virgen, bendeciré la imagen de «Nuestra Señora de la Encarnación». Se trata de la nueva imagen de la Virgen que colocaremos en el presbiterio de la Catedral, para que todos los fieles puedan tener ante sí una imagen de la Santísima Virgen, mirando a la cual vean en ella la Madre del Señor glorificada en el cielo junto a Cristo Jesús resucitado, que vive y reina “coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos” (Hb 2,9). En la víspera de la solemnidad de Cristo Rey, alabamos a la por designio del Padre estuvo estrechamente unida a Él, recorriendo el camino de la redención. Ascendido Jesús a la derecha de Dios Padre, quiso el Redentor glorificar a su Madre, llevándola junto a sí en cuerpo y alma.

Desde allí la Virgen María sigue presente espiritualmente en la Iglesia, de la cual es figura y madre. Madre de Cristo y madre de la Iglesia, María es el ejemplo acabado del discípulo, configurada con su Hijo desde la Anunciación al Calvario y de éste a su elevación por encima de los ángeles y su triunfo con Cristo para siempre[1]. El Vaticano II, que quiso hablar de la Virgen María en el marco de la Constitución sobre la Iglesia, dice de ella: «María, exaltada por la gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y hombres, como santa Madre de Dios, que participó en los misterios de Cristo, es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial»[2].

Desde hace algunos años, hemos podido contemplar y venerar amorosamente la imagen de la Asunción de la Virgen colocada en el presbiterio sobre una sencilla pilastra, para poder dirigir nuestra mirada a esta sagrada representación de la glorificación de María, y así poder dirigir a la Madre del Señor nuestra plegaria ante su sagrada imagen. La talla de la Asunción de la María es una pieza muy hermosa que el Obispo Don Alfonso Ródenas García introdujo en la Catedral de Almería al comienzo de los años cincuenta, y para la cual este venerable predecesor mío, benemérito Obispo diocesano, concibió el retablo que encargó a Jesús de Perceval, para que sustituyera al bello retablo que fue destruido en la persecución religiosa del pasado siglo. Por esta razón, la imagen de la Asunción de la Virgen debía volver a su lugar, la hornacina central del retablo que el artista indaliano compuso para la antigua Capilla del Sagrario, recito catedralicio ahora conocido como Capilla de la Asunción.

Colocada en su lugar después de haber sido hermoseada, eliminando la pátina de suciedad que los años de culto acumulaban sobre la policromía de la talla, y una vez rehabilitada la Capilla de la Asunción, finalmente reabrirse al culto, la imagen de la Asunción se encuentra donde debía estar. La capilla luce el nuevo ordenamiento del retablo, y una vez liberada de las humedades que se habían hecho crónicas, su apertura tuvo lugar el pasado día once de los corrientes, con la misa de dedicación que presidí y fue concelebrada por el Cabildo Catedral, en la cual bendije el nuevo ambón y consagré el nuevo altar.

Con ello el presbiterio perdía la imagen de la Asunción, que estos años nos ha acompañado como presencia en imagen de la Santísima Virgen. Por lo cual se hacía necesario contar con una nueva imagen de Nuestra Señora que tuviera su lugar definitivo en el presbiterio de la Catedral. Desde hace algún tiempo, en la medida en que se imponía la conveniencia de devolver la imagen de la Asunción a su retablo propio, fuimos madurando en la comunidad de la Catedral la idea de contar con una nueva imagen para el presbiterio. Tomada la decisión, se hizo preciso estudiar bien la representación de la Virgen que mejor se acomodara a la iglesia Catedral, por hallarse dedicada a la Encarnación del Verbo. Ha sido la propia dedicación de la catedral a la Anunciación del Señor la que motivó la elección realizada de contar con una maternidad de la Virgen María, que vino a ser Madre Dios (Theotókos) por la Encarnación en sus entrañas del Hijo eterno de Dios, “fruto bendito del vientre de Santa María Virgen”. El Concilio nos ha ofrecido amplia legitimación teológica para contemplar a María y acudir a ella en razón de su divina maternidad.

La imagen de la Virgen motivada por el misterio de su Inmaculada Concepción se halla arraigada en nuestra historia, y poseemos bellas ejecuciones pictóricas y escultóricas de la Inmaculada. Entre las representaciones de María que se hallan en la Catedral, se encuentra la Inmaculada de José Antolínez (1635-1675), una pintura de extraordinaria belleza y valor artístico; y la escultura de la del Inmaculada del trascoro, de rostro verdaderamente inefable y autoría anónima.

De este modo tomé la decisión de que la imagen del presbiterio fuera una maternidad de la Virgen que, al estilo de tantas representaciones de la Virgen Madre con las que cuenta la historia de la imaginería mariana, en los distintos estilos que se han ido sucediendo. Era necesario que la nueva imagen mostrara a los fieles a Aquel que nació de su vientre para ser nuestro Redentor. Por eso, la imagen que bendeciré el próximo día 25, Dios mediante, es una hermosa representación de la Virgen María como Madre del Hijo de Dios, que se encarnó en su seno virginal y se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación.

Volviendo al Vaticano II, recordemos uno de los pasajes del capítulo VIII de la Constitución Lumen gentium, en él cual se contiene la razón del culto a la Virgen Madre y el título de su singular lugar en la historia de nuestra salvación. Dice el Concilio que «fue común llamar a la Madre de Dios toda santa, libre de toda mancha de pecado, como si fuera una criatura nueva, creada y formada por el Espíritu Santo», para añadir a continuación: «Enriquecida desde el primer instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular, la Virgen de Nazaret es saludada por el ángel de la Anunciación, por encargo de Dios, como llena de gracia (Lc 1,28). Y ella responde al enviado del cielo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Así, María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra de Dios, se convirtió en Madre de Jesús (…) Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades»[3].

María, al entregarnos a Jesús nos ha dado el don supremo de la salvación, por eso no podemos nunca separarla del Hijo de Dios, porque el Padre de las misericordias quiso que llegara hasta nosotros encarnándose en María, para ser nuestro hermano y Salvador. Por esto me ha parecido propio que el título o advocación que la sagrada imagen de la Virgen que colocamos en el presbiterio de nuestra Catedral sea el de Nuestra Señora de la Encarnación. Es el mismo título que lleva la Catedral, para que así este misterio de Cristo y de María, presente en la preciosa pintura de la Anunciación de Alonso Cano, en las vidrieras del crucero y en los bajorrelieves del expositor del tabernáculo se nos revele en el fruto bendito del seno de la Virgen María: para que se haga visible en esta nueva imagen la maternidad divina de María. Misterio de fe que ha cobrado expresión de gran belleza en la imagen tallada y policromada con todo primor, y ornamentada con hermoso estofado en los Talleres de Arte Sacro Granda, de Madrid. Un trabajo de arte al servicio de la fe que se ha realizado siguiendo las orientaciones de la Iglesia, y después de ver y tomar en consideración algunas imágenes y diversos diseños hasta lograr madurar debidamente la imagen que ahora vamos a contemplar.

Quiera Cristo Jesús, Hijo de Dios, que quiso recibir nuestra humana naturaleza por María, acoger las súplicas que coloquemos ante la imagen de su Madre, Señora y Abogada nuestra, para que como Mediador único entre Dios y los hombres, por María que nos lleva siempre a Él podamos alcanzar lo que no merecen nuestros pecados, pero Dios Padre nos concede por su misericordia, porque todo nos lo ha dado con Él, que es su verbo y su fuerza, nuestro Redentor y Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos.

Invito a cuantos puedan participar en la santa misa de bendición, en la que la acción sagrada será enaltecida por la música coral de los coros de la Ciudad de Almería y la orquesta de la Escuela Municipal de la Ciudad de Roquetas del Mar, para mayor gloria de Dios y alabanza de la Virgen Madre.

Con todo afecto y bendición.

Almería, a 21 de noviembre de 2017

Fiesta de la Presentación de la Virgen

                   + Adolfo González Montes

                          Obispo de Almería

 

[1] Misal Romano: Antífona de entrada de la Misa de la Asunción de María.

[2] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n.66.

[3] LG., nn. 56 y 66.

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El día de la Iglesia diocesana va calando en esa porción de la Iglesia universal que es la diócesis. Cada bautizado se integra en la Iglesia universal perteneciendo a una Iglesia diocesana, en la cual vive su fe y da testimonio de Cristo Jesús. Seguimos creando conciencia de que es así: que la Iglesia universal se hace presente en cada Iglesia diocesana con la entera realidad de su misión y de su misterio. De su misión porque el verdadero protagonista del anuncio de la buena noticia de la salvación es la Iglesia universal presente en la acción evangelizadora de cada Iglesia diocesana. De su misterio, porque la Iglesia una y santa de Cristo es portadora de la gracia que comunica mediante los sacramentos que se administran en cada Iglesia diocesana.

Te preguntarás qué quiere decir esto, aunque tu instinto de fe te está ya dando respuesta: que en tu Iglesia diocesana Cristo sigue ofreciendo la vida divina para regenerar la vida del hombre y crear la fraternidad que formamos, porque somos hijos Dios, Padre común, y por la fe y el bautismo pertenecemos a la comunión eclesial, que el Espíritu Santo construye día a día dando cohesión a cuantos formamos agrupados esta gran familia.

Somos familia contigo, reza el lema de este año, el mismo del año pasado, porque tú te has integrado en la comunión de tu Iglesia mediante el bautismo y vives de la vida divina gracias a la Palabra de Dios y los sacramentos que ella proclama y dispensa. Por esto justamente tu Iglesia diocesana es cosa tuya y mía, de cada uno de los bautizados, que somos familia contigo como hijos de Dios. Ayuda a tu Iglesia a ser y permanecer como familia de Dios, porque sin tu colaboración no podrá serlo.

¿Cómo puedes contribuir a dar cohesión a tu Iglesia? Respondiendo a la vocación a la santidad, a la que Dios te llama, viviendo y participando de la vida de la Iglesia; y sosteniendo su misión, porque hemos sido enviados a anunciar un mensaje de esperanza. La Iglesia realiza muchas obras buenas, a veces no sólo es mal comprendida, sino combatida por ideologías que le son contrarias. Son muchos los que no valoran la religión de forma positiva, víctimas de sus prejuicios antirreligiosos; pero la fe religiosa es fuente de progreso espiritual, sin el cual tampoco hay verdadero progreso humano. Un mundo sin Dios está abocado al fracaso. La Iglesia tiene la misión de darle al mundo a Dios, garantía de un futuro para el hombre.

Sucede así que, en nuestra sociedad, definirse por la Iglesia sin complejos no siempre es bien visto por todos, porque la Iglesia alza su voz para defender los derechos inalienables de la persona y de la familia, la libertad religiosa y esto tiene sus repercusiones sociales y públicas. Algunos, que no son pocos, piensan que lo mejor es que la voz de tu Iglesia no se oiga. Si somos familia contigo, ayuda a tu Iglesia a seguir defendiendo que Dios es la garantía de los derechos fundamentales de las personas y de su dignidad.

Si otras veces te he pedido ayuda para que la Iglesia pueda seguir adelante con sus obras, esta vez te la pido para que pueda seguir siendo, sencillamente, la Iglesia de Jesús. No quiero que la Iglesia se disuelva o se haga perdonar lo que es tan sólo porque hace cosas buenas como otras sociedades filantrópicas. Quiero que siga siendo lo que es como Iglesia de Jesucristo, porque sólo así podrá seguir dándole a Dios al hombre y al mundo; y por eso mismo, extendiendo su caridad y atrayendo a la familia que todos somos, contigo y con los que se incorporen a ella gracias a ti.

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 12 de noviembre de 2017.

                                    Adolfo González Montes

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