Discursos, Alocuciones y otros escritos

Sr. Director del Centro de Estudios Eclesiásticos de Almería;

Sr. Rector del Seminario Conciliar de San Indalecio;

Profesores y alumnos;

Señoras y señores:

El curso que inauguramos hoy, invocando la asistencia del Espíritu Santo, es un tiempo más de gracia que la divina Providencia nos concede para que podamos alcanzar la meta de nuestra vida, mediante el desarrollo de las capacidades de las cuales el Señor nos ha dotado.

Quiere, en efecto, Dios Creador y Padre de todos los hombres que pongamos en acción nuestras capacidades y aptitudes para gloria de Dios y salvación nuestra. Por lo que a nosotros toca, el curso será un tiempo idóneo para que la comunidad de formación de esta casa no escatime esfuerzos para poner por obra la nueva Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis «El don de la vocación presbiteral», aprobada el pasado 8 de diciembre de 2916.

En efecto, los formadores hemos de proceder con el convencimiento de que su contribución, en la preparación de los candidatos al ministerio pastoral, es don precioso que ofrendan espiritualmente a Dios y a la diócesis. Nuestra Iglesia particular espera recibir del Seminario las nuevas generaciones de pastores, ministros del Evangelio configurados con la mente y el corazón de Cristo Jesús, que nos ha dado a conocer el insondable misterio de Dios.

Refiriéndose a la dimensión intelectual de la formación sacerdotal dice la nueva Ratio:

«La formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida formación en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de un modo creíble y comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en el diálogo con el mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza» (n. 116a).

Lo que significa afirmar que sin preparación cultural no es posible anunciar el Evangelio de modo creíble, porque el mensajero tiene que tener conocimiento cumplido de aquellos a quienes dirige su mensaje, conocer los movimientos sociales y la altura del tiempo y época en que viven; saber qué males aquejan a la sociedad y cuáles son sus mejores logros, cuáles sus proyectos y cuál la situación espiritual de sus contemporáneos. Sin esta capacitación cultural no es posible abrir un diálogo fructífero con el mundo contemporáneo, para sostener con la luz de la razón los buenos motivos que la fe tiene para ser creída y abrazada como programa de vida y sentido de la existencia humana.

Compete a los profesores proponer, inspirar y acompañar el desarrollo de la dimensión intelectual, que se complementa con el cultivo de las otras dimensiones de la formación de los candidatos al sacerdocio: la dimensión humana, la espiritual y la pastoral. Hoy estas dimensiones revisten cada una de ellas un verdadero desafío, no menor que la preparación intelectual de los seminaristas. Colaborar con las familias en la formación humana de los seminaristas menores y mayores resulta imprescindible, con voluntad de contribuir a una tarea, sin duda difícil, de educación de las actitudes y orientación de las aptitudes, adquisición de formas, y pautas de conducta que, además de necesarias para la socialización de los individuos, resultan mucho más necesarias para el desarrollo del ejercicio de los valores y virtudes morales que caracterizan la condición espiritual de las personas. Valores y virtudes que la comunidad cristiana y la misma sociedad esperan ver cultivados de modo especial pen los ministros del Evangelio.

Asegura la Ratio que «la formación humana, fundamento de toda la formación sacerdotal, promoviendo el desarrollo integral de la persona, permite forjar la totalidad de las dimensiones» (n. 94). Esta formación va desde el punto de vista del desarrollo físico al cuidado de la salud, la alimentación, la actividad física y el descanso. En una sociedad que padece de estrés y somete a las personas a un ritmo de actuación que a veces conduce a la pérdida de la libertad, tiene una importancia grande el cultivo de las virtudes morales. No es necesario que enfatice la proyección humanizadora de estas virtudes: acompañan el desarrollo psíquico de las personas y abren el alma a la inspiración espiritual y la experiencia de la gracia, al poner de manifiesto que la práctica de las virtudes es asimismo sostenida por la gracia como es sostenida la libertad que lo es ante Dios y necesita de él para elegir el bien. Ciertamente, el cultivo de las virtudes morales exige ascesis y autodominio, equilibrio en las actuaciones, siempre ajustadas a la realidad, y requiere asimismo el auxilio de la gracia. Ya hace años que Josef Pieper escribía que virtud «significa que el hombre es verdadero, tanto en el sentido natural como en el sobrenatural»; y así virtud «en términos completamente generales, es la elevación del ser en la persona humana. La virtud es, como dice Santo Tomás, “ultimum potentiae”, lo máximo a que puede aspirar el hombre, o sea, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural»[1].

Esta formación, añade la Ratio, «en el campo psicológico se ocupa de la constitución de una personalidad estable, caracterizada por el dominio afectivo, el dominio de sí y una sexualidad bien integrada» (n. 94). Dicho lo cual, el texto de la Ratio pasa a continuación a proponer como formación humana la adquisición de una conciencia moral que haga personas responsables, capaces de tomar decisiones justas y de percibir, en su objetiva realidad, la condición personal de los demás y la verdad de los acontecimientos en sus justas dimensiones.

Finalmente, se alcanza así con éxito la programación razonable de la introducción en la práctica pastoral de los seminaristas mayores y el ejercitarse en los hábitos que han de caracterizar a quien ha de presidir una comunidad cristiana: la disposición para el servicio, que debe caracterizar a quien imita la generosa entrega de Cristo a los hombres; y la ilusionada dedicación a la instrucción en la fe de los niños y adolescentes, de los jóvenes y de fieles en general, con atención los pobres y marginados; y el particular cuidado espiritual de los enfermos.

Hoy esta última atención y cuidado no le resulta fácil a muchos de los ministros del Evangelio, porque requiere una bien dispuesta dedicación, con madurez de la persona capaz de ayudar a bien morir, al mismo tiempo que alentar a los que comienzan a tomar conciencia de que su salud ha sufrido un quebranto irreversible. Metidos como estamos en la vorágine de la vida, el revés que supone el hecho de que la enfermedad a todos recuerda la propia fragilidad. Por eso, es preciso equipar bien al que ha de ser pastor para que en la imitación de Cristo pastor siga el ejemplo de atención compasiva y misericordiosa del médico de las almas y de los cuerpos, en cuyas acciones de sanación prefiguraba y dejaba sentir la irrupción de la regeneración de la vida, abriéndola a la meta escatológica donde quedará definitivamente sanada nuestra frágil existencia. Por esto, en efecto, como dice la última instrucción romana sobre la materia, «los agentes de la salud deben relacionarse con el paciente mediante esta visión integralmente humana»[2].

De todas estas dimensiones la preparación intelectual, a la que se dedican los años preciados del curriculum de estudios del vocacionado al sacerdocio, lleva consigo un esfuerzo que es preciso mantener sin decaimiento ni fuga de la realidad. Sin una sólida preparación intelectual no es posible predicar ni tampoco instruir a nadie. La vida sacerdotal no se puede llevar a cabo sin preparación intelectual, hoy más que nunca, por la confusión reinante en el ambiente cultural, la presión de los medios de comunicación y la vigencia de un pensamiento correcto que se aparta de la fe cristiana, más aún, cuando no la ignora, la cuestiona y somete a una crítica a veces corrosiva. En esta situación una mente bien formada, capaz de analizar los hechos y acontecimientos, interpretar los signos de los tiempos y guiar con pericia a los fieles, es una exigencia y un deber indeclinable.

Quiero hacer ahora una alusión acontecimiento que venimos no tanto celebrando como con humildad conmemorando, porque la ruptura de la Iglesia occidental que comenzó en el siglo XVI no es, ciertamente, un motivo de celebración. Me refiero, como es obvio, al hecho de que el próximo 31 de octubre se cumplen 500 años del inicio de la Reforma protestante. A lo largo de toda la geografía eclesiástica de España, igual que en los países cristianos de Europa, se han programado jornadas de teología e historia de la Iglesia que, sin duda alguna, han contribuido a un mejor conocimiento de los hechos históricos, cuyas consecuencias han sido de trascendencia irreversible para la vida de la Iglesia.

En su encíclica «Ut unum sint» san Juan Pablo II puso de manifiesto que la dimensión ecuménica acompaña de forma irreversible la vida de la Iglesia y, por ende, la dimensión ecuménica ha de caracterizar asimismo el estudio de la teología. No sólo constituye una materia específica la «Teología e historia del ecumenismo», sino que la dimensión ecuménica debe acompañar la exposición magisterial de las materias teológicas. El conocimiento de los diálogos teológicos y del diálogo llamado «de la caridad», diálogos que lleva a cabo la Iglesia católica con las Iglesias y Comunidades eclesiales, y con el Consejo Ecuménico de las Iglesias, ayuda a una mejor inteligencia de los contenidos de la fe católica. Conocer estos diálogos y su avance hacia una comprensión ecuménica de muchas de las materias de estudio exige y al mismo tiempo genera actitudes de fraterna comprensión y vivencia de la fe en común de los cristianos, llamados a responder como tales a los desafíos de la sociedad y cultura contemporáneas.

Finalmente, quiero dar la bienvenida a los nuevos profesores que se incorporan durante este curso académico a la docencia, unos acreditados por su competencia y otros por su reciente preparación y años de estudio especializado. Llevar a cabo la renovación de nuestros profesores ha sido un objetivo que me acompaña desde mi presencia en la diócesis. No es tarea fácil, pero el claustro de profesores está hoy notablemente renovado, aunque algunos profesores, cuya generosa dedicación agradezco, sigan con una carga lectiva que les exija una dedicación estimable.

Queridos profesores y seminaristas, vuestra es la tarea de esta comunidad educativa y académica que es el Seminario Conciliar de San Indalecio, nuestro primer evangelizador y obispo fundador de la Iglesia urcitana. A la Inmaculada Virgen María, patrona de nuestro Seminario Menor y a san Indalecio nos encomendamos, con la esperanza de que el esfuerzo que venimos realizando, para lograr el necesario fomento de vocaciones, sostenimiento del Seminario y elevación de los estudios, encuentre en las vocaciones sacerdotales la razón de ser de todo el esfuerzo que gustosamente venimos realizando.

Queda inaugurado el curso académico 2017 /2018 en el Seminario Conciliar de San Indalecio de Almería. Se levanta la sesión.

Almería, a 2 de octubre de 2017

                                             Adolfo González Montes

                                                   Obispo de Almería

 

[1] J. Pieper, Las virtudes fundamentales (Madrid 21980) 15.

[2] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios (para la Pastoral de la Salud), Nueva carta de los Agentes sanitarios (Santander 2017), n. 73 (p.81).

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Queridos diocesanos:

La Virgen del Mar nos congrega de nuevo en esta procesión de alabanzas en su honor portando con gozo su sagrada imagen, que llegó hasta nosotros por las aguas del Mediterráneo. Si el nombre de María significa Estrella del Mar, como nos recuerda san Bernardo es porque Dios la eligió para guiarnos al puerto de salvación que es Cristo nuestro Señor, que quiso nacer de su vientre para ser Salvador universal de los hombres.
El evangelio de su fiesta nos recordaba ayer que Dios declara bienaventurados a los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 11,28). María es el modelo del modo de actuar que a Dios agrada, de llevar una vida iluminada por la fe, que arroja su luz sobre nuestra existencia en los momentos difíciles y oscuros. Isabel, que se alegró sobremanera de la visita de María cuando ya estaba encinta, la proclamó dichosa por haber creído en la palabra del ángel de la Anunciación.
Necesitamos la luz de la fe que nos ayude a cumplir la palabra de Dios y nos abra así la puerta de las bienaventuranzas. Hoy hemos salido a la calle con la imagen de la santísima Virgen, y vueltos hacia el mar que nos la trajo caminando sobre sus olas, queremos suplicar a Dios que, por intercesión de la Virgen, nos conceda la fortaleza de la fe que necesitamos para acoger y cumplir la palabra de Cristo, revelador del Padre, redentor del hombre y salvador del mundo.
Por eso hoy, ante su imagen, venimos a alabar y bendecir a la Madre de Dios, unidos a todas las generaciones, mientras le suplicamos:

«Virgen del Mar, Señora y Madre nuestra, Patrona de nuestra ciudad:
Míranos a tus plantas llevando sobre nuestros hombros tu bendita imagen embellecida de nardos y luz, adornada con la corona de nuestro amor y nuestros mejores deseos. Hemos salido a las calles de la ciudad con tu imagen para dar testimonio de nuestra fe, para manifestar ante cuantos nos contemplan que el Hijo nacido de tus entrañas es la esperanza de la humanidad, aunque muchos no lo conozcan; y otros, que nacieron bajo el signo de su nombre y de su cruz, lo hayan abandonado por los ídolos de nuestro tiempo.
Sin la fe cristiana que ha iluminado nuestra historia y es distintivo de una sociedad verdaderamente humana no podemos afrontar con esperanza el futuro. Por eso queremos conservar el don de la fe, que sólo Dios puede darnos. La fe nos ayuda a descubrir que somos hermanos de todos los hombres, sin distinción de raza, cultura o religión, porque somos hijos del mismo Padre.
Porque somos hermanos, rechazamos y con todas nuestras fuerzas condenamos la violencia que algunos quieren imponer sobre los demás, cercenando su libertad blasfemando contra Dios y su santo nombre. Nos sentimos cerca de cuantos han sufrido las heridas físicas y morales del terrorismo que, al golpearlos a ellos, nos golpea todos.
Ayúdanos a socorrer a los que necesitan de nosotros y a cuantos con nuestra ayuda y consuelo pueden seguir afrontando la vida con esperanza, a pesar de la enfermedad y de las dificultades morales por las que pueden pasar.
Ante tu sagrada imagen depositamos nuestras súplicas más íntimas y pedimos la gracia del perdón de nuestros pecados, que recibimos con alegría de tu amado Hijo, que por nosotros se hizo ser humano en tus entrañas, y nos ha reconciliado en su cruz.
Bendice a nuestras familias y acuantos vivimos en esta ciudad; a cuantos vienen a ella buscando trabajo y vivienda, pero también descanso, ocio y recuperación vacacional.
Que, por tu intercesión, se curen las enfermedades o se vean aliviados los que las padecen; se levanten los corazones afligidos y recobren la alegría de vivir; se amen cada día más los esposos, sea protegida la maternidad y los padres pongan su gozo en los hijos; se proteja a los niños, se fortalezcan los jóvenes, y se acompañe a los ancianos y a cuantos viven en soledad.
Virgen sagrada María, Estrella del Mar, recibe la alabanza de tus hijos, que te saludan con las palabras del ángel:
R/. Dios te salve María,
Llena eres de gracia,
el Señor es contigo
y bendita tú eres entre todas las mujeres.
R/. Santa María.

Plaza Circular de Almería
27 de agosto de 2017

Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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Hemos llegado al término de la procesión de la fiesta del Corpus Christi volviendo a esta plaza de la Catedral, de donde partimos para que el Señor presente en la custodia recibiera el tributo de alabanza de nuestras calles llenas de fieles. Agradezco la presencia con nosotros en esta procesión eucarística de las autoridades, junto a tantos miles de fieles esta tarde. Gracias a los sacerdotes, que han acompañado a la custodia haciendo presentes a las parroquias de la ciudad con muchos sus feligreses; gracias a los religiosos y religiosas que no han faltado en la procesión; a los cofrades que con los báculos de sus hermandades y cofradías han escoltado al Santísimo; y la gratitud del Obispo diocesano a todos los fieles reunidos en adoración y cantos de alabanzas al Santísimo.

Hemos recorrido las calles de la ciudad y concluimos esta procesión de alabanzas a Jesús Sacramentado con la proclamación del evangelio de hoy y la bendición solemne con el Santísimo. Hacemos una reflexión última antes de devolver al Señor sacramentado al Sagrario de nuestra Catedral. Jesús, glorificado por su resurrección de los muertos, cumple su promesa y, después de «haber vencido al mundo» (Jn 16,33) y haber sido «coronado de gloria por haber padecido la muerte» (Hb 2,9), no nos ha dejado solos: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

La presencia del Señor en el pan y vino consagrados es una realidad gozosa: el Resucitado está con nosotros y nos acompaña en el camino de la vida, en nuestra peregrinación hacia la nueva creación, ciudad celestial inaugurada en su cuerpo glorioso. En este camino hacia la nueva humanidad nos ofrece su cuerpo y sangre como alimento de vida eterna, para transformar el mundo y santificarlo con nuestra presencia. Hemos sido enviados al mundo para proclamar que lo nuevo ha comenzado en la resurrección de Cristo y que en su cuerpo y sangre Dios ofrece al mundo el alimento de la vida. La comunión nos transforma asimilando nuestra vida a la suya. Hemos de recibir el cuerpo del Señor para poder llevar al mundo el mensaje de salvación, pero hemos de hacerlo confesando que sólo él es el Redentor y el Salvador del mundo, que no hay otro camino hacia Dios, porque sólo él tiene palabras de vida eterna, como confesó Pedro, respondiendo a la pregunta de Jesús, viendo la reacción de quienes le abandonaban porque no podían soportar las palabras de Jesús sobre el alimento de su carne. Vuelto a sus apóstoles les dijo Jesús: «¿También vosotros queréis marcharon? Pedro respondió: ¿A dónde iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,67-68).

Muchos de los que sienten emoción ante la belleza del Corpus Christi han dejado de creen que Cristo pueda darnos su cuerpo y sangre como alimento de vida eterna. La solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor es la gozosa afirmación de la fe en esta verdad fundamental del cristianismo: que el Cristo resucitado y glorioso está presente con su sacrificio redentor de la cruz en el pan de la Eucaristía, que sólo tiene las apariencias de pan y es verdaderamente Cristo sacramentado. Los que así se han alejado de la fe de la Iglesia, y siguen estremeciéndose ante la belleza de la custodia y el desfile procesional, piensan que ésta es una fiesta llena de belleza y simbolismo; que el Corpus es una realidad inmaterial que bien merece el turismo como mercancía. El Corpus es mucho más es la celebración festiva de la fe que siente la verdad de las palabras de Cristo y confiesa que estamos en la presencia del Señor de la gloria, de aquel que vendrá a juzgar a vivos y muertos, de aquel que resucitado de entre los muertos ya no muere más y vive para siempre y se nos da como manjar celestial.

Es por tanto preciso gritar a la sociedad agnóstica de nuestros días que Jesús es alimento verdadero porque es la palabra de Dios hecha carne y el hombre sólo puede vivir de verdad si se alimenta de la palabra de Dios, si trata de remediar el pan material de cada día, para que a nadie le falte, sabiendo que este pan de cada día no garantiza la inmortalidad y que es preciso tener la vida de Dios para superar la muerte y saciar definitivamente el hambre de la humanidad.

Vivimos en un mundo materialista, que experimenta grandes contradicciones a diario: mientras en los países ricos el alimento material se multiplica y malgasta, hay millones de seres humanos que mueren de hambre. A todos nos impresionan los documentales de las hambrunas en algunos países pobres o sometidos a regímenes que deshumanizan y ponen en peligro la vida de sus habitantes. Se da sobreabundancia en la elaboración y el preparado de alimentos, con frecuencia sofisticados, que hacen del paladar un objetivo obsesivo de la comida, explorando novedades que satisfagan el placer de la degustación más esmerada, mientras el derroche de alimentos y el lujo de muchos se mantienen ajenos a la falta de alimentación de muchos más.

La lucha contra el hambre es un problema complejo y difícil, que no resulta sólo de las relaciones entre las personas, sino de las relaciones de injusticia que se dan tantas veces entre las naciones y los estados; relaciones de injusticia que se agravan con los conflictos bélicos, que vienen a sumarse a los procesos atmosféricos y catástrofes de la naturaleza. De ahí la importancia del compromiso en la promoción de la paz social en los pueblos y, al mismo tiempo, compromiso en la búsqueda común y solidaria de una vida más acorde y respetuosa con la naturaleza.

Jesús nos exhorta y nos llama a compartir lo que tenemos con los necesitados y limitar el derroche de alimentos, buscar el equilibrio, y nos pide tomar en serio que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Cristo Jesús nos ofrece su propia vida dándonos a comer su carne como alimento, que incorpora nuestra vida a la suya, llamándonos en esta cena eucarística que celebramos con fe a la adoración de aquel que es Hijo eterno de Dios, que quien por ser Dios nos llama a la comunión con él para que podamos vivir para siempre. Por eso, le hemos acompañado esta tarde en una procesión de alabanzas, profesando la fe en que Jesús glorificado está presente en el sacramento de su amor.

Ahora terminamos la procesión y devolvemos las sagradas especies eucarísticas al Sagrario de nuestra Catedral, tabernáculo que contiene la presencia de aquel que no pueden contener los cielos y la tierra, de quien es el Señor de la creación y de la historia, aunque lo ignoren los hombres. La catedral, toda ella es el sagrario que guarda con amor el pan eucarístico, tesoro de una ciudad cristiana. Una ciudad que se enorgullece de sus cofradías, que gustan que las llamen sacramentales y hacen protestas de fe eucarística y quiere permanecer como comunidad de fe cristiana ha de reconocer en la Eucaristía no sólo un signo de su historia pasada, sino la presencia viva de la Palabra encarnada de la cual sigue alimentándose como comunidad de fe: la Palabra que salió de Dios y nació en nuestra carne de la Virgen María, para entregarse como alimento que sacia las aspiraciones más profundas de amor de quienes hemos sido creados por amor y esperamos llegar a gozar del amor eterno.

Plaza de la Catedral de la Encarnación

18 de junio de 2017

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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A Su Eminencia
El Sr. Cardenal Arzobispo de Barcelona
Mons. Juan José Omella Omella
Barcelona

Eminencia, querido hermano D. Juan José:

Ante el terrible atentado del terrorismo islámico ocurrido en la tarde de ayer en la ciudad de Barcelona y la población de Cambrils, que ha causado la muerte de tantas personas y ha dejado heridas a otras en elevado número, provocando pánico, terror y miedo, quiero hacerle llegar mi sentido pésame por los fallecidos y la fraterna cercanía de la Iglesia diocesana de Almería a las personas heridas y afectadas por este acto criminal.

Encomendamos a la misericordia de Dios el alma de las personas fallecidas y pedimos al Señor Jesús y a su santísima Madre la Virgen María que recuperen la salud los heridos, y reciban ellos y sus familiares el consuelo de la fe que les fortalezca y ayude a cuantos han sufrido las heridas del atentado a recuperar la salud, la paz y la alegría de vivir.

Condenamos este terrible acto criminal y el odio inhumano y contrario al sentimiento religioso que lo ha inspirado, destruyendo la paz social y violando los derechos fundamentales de las personas. Hacemos nuestro el contenido de la Nota de la Secretaría general de la Conferencia Episcopal Española, y nos unimos a la Iglesia de Barcelona, ciudad con la que tantos almerienses tienen estrechos lazos de familiaridad y amistad.

Reciba, Sr. Cardenal, el humilde apoyo de nuestra oración y sentimiento fraterno.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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Abrimos hoy, en la presencia de Dios, la causa de canonización del P. Joaquín Reina Castrillón, de la Compañía de Jesús, a quien la Congregación de las Religiosas «Siervas de los Pobres, Hijas del Sagrado Corazón de Jesús» tienen por fundador. Así lo creen porque el P. Joaquín Reina Castrillón, movido por el celo apostólico que marcó toda su vida el ejercicio de su ministerio sacerdotal, durante su estancia en Almería, ciudad en la que sus hijas sitúan los comienzos de la congregación, «dio una sólida formación a un grupo de jóvenes, a quienes orientó y entusiasmó hacia una consagración total al Sagrado Corazón de Jesús y a sus predilectos, los pobres» (Carta de la Postuladora al Sr. Obispo de Almería, solicitando instrucción de la Causa, 5 de abril de 2016).

         Según afirman quienes le conocieron y los datos que se pueden obtener de la investigación histórica, Dios se sirvió del P. Joaquín Reina, destinado por sus superiores a la casa de la Compañía de Jesús en Almería, para dar comienzo a la nueva congregación religiosa. Dios movió el corazón del Siervo de Dios, inspirando en él la docilidad plena a la acción del Espíritu Santo, y así –como se puede leer en el portal de la Congregación en la red, medio de divulgación de su identidad y apostolado­­- el día 24 de mayo de 1942, solemnidad de Pentecostés, el P. Joaquín Reina siente, durante la celebración de la Eucaristía, que el Señor le orienta a la fundación de una congregación religiosa dedicada a llevar a los más pobres el conocimiento del Corazón de Jesús. Hace ahora 75 años que esta experiencia religiosa del P. Reina dio comienzo a la congregación. Fue una experiencia de singular intensidad religiosa que el Siervo de Dios comunicaría a un grupo reducido de jóvenes dirigidas espiritualmente por él, que acogieron la moción de gracia del fundador como gracia dirigida a ellas mismas. De esas jóvenes saldrán las siete primeras hermanas de la Congregación.

Nuestro venerado predecesor en la sede de san Indalecio Mons. Enrique Delgado Gómez publicará el decreto de aprobación de la Pía Unión con la que da comienzo la historia de la Congregación, el 28 de julio del año 1944. Menos de una década bastó para que el 24 de mayo de 1953, el nuevo obispo, el venerable Prelado Don Alfonso Ródenas García, de feliz memoria firma el decreto episcopal que reconoce como instituto religioso de derecho diocesano a la hasta entonces Pía Unión.  Una década después, el 26 de junio de 1965, la Sagrada Congregación de Religiosos emite el decretum laudis que reconoce el carácter pontificio del nuevo instituto religioso.

El P. Francisco Cuenca, superior suyo en la Compañía durante algunos años deja en su justo lugar la afirmación de ser el P. Reina fundador de la Congregación: «Aunque no tuviera el Padre poderes oficiales de Fundador, ni siquiera él mismo conscientemente pretendiera serlo, de hecho lo fue, pues el Señor se valió de él, como instrumento de predilección, para que la Congregación naciera, y se desarrollara: lo que hoy día vemos, admiramos y por ello bendecimos a al Señor» (Testimonio del P. Francisco Cuenca, SJ,  aducido por la Postuladora en la súplica de introducción de la Causa).

El P. Joaquín Reina Castrillón, que había nacido en Chiclana de la Frontera (Cádiz) el 27 de noviembre de 1902, moría en olor de santidad el 1 de septiembre de 1975. La semblanza que la postulación, siguiendo el testimonio de quienes conocieron al Siervo de Dios, ha puesto en nuestras manos nos ha acercado a su figura y al perfil de hombre de Dios que le identifica como apóstol del Corazón de Jesús y servidor de los pobres. A éstos en especial dedicó la acción vigorosa de su caridad pastoral, y a ellos, con gran sentido social del reinado de Cristo, se propuso evangelizar como signo de la presencia del Redentor en la acción apostólica y pastoral de la Iglesia.

Así, pues, fiado en los testimonios que avalan la santidad del Siervo de Dios P. Joaquín Reina, que vivió como sacerdote celoso de la salvación de las almas y religioso jesuita, de recia espiritualidad ignaciana, verdadero hijo fiel de la Iglesia, he decidido aceptar el libellus que presenta la postulación. Esta aceptación llega después de haber consultado el parecer de los obispos de las provincias eclesiásticas de Sevilla y Granada, y haber recibido la aprobación colegiada de la Asamblea de Obispos del Sur; y contando con el aparecer de otros obispos españoles. De todos ellos he recabado el parecer, dando curso además a las gestiones ante la Congregación para las Causas de los Santos, de la cual he recabado el preceptivo «Nihil obstat» a que obliga la normativa vigente de la Iglesia, para poder abrir el proceso que lleva consigo la instrucción de la Causa.

Con la invocación al Espíritu Santo, sostenida nuestra esperanza por la fe que la alimenta, damos curso hoy a la apertura del proceso diocesano de esta Causa. La ponemos en manos de la divina Providencia, para que, si es voluntad suya, muestre en la forma y el tiempo que el designio divino quiera establecer, la santidad del Siervo de Dios y el valor ejemplar de su vida para la Congregación actora de la Causa, las Religiosas Siervas de los Pobres, Hijas del Sagrado Corazón de Jesús; para la Compañía de Jesús; también para nuestra Iglesia diocesana y, en la medida que el Señor disponga, para toda la Iglesia.

Que todo en el proceso de esta Causa sea para mayor gloria de Dios y salvación nuestra. Amén.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

10 de junio de 2017

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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