Culto eucarístico y amor al prójimo

Con la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor llega la «Jornada de Caritas», motivo para reflexionar sobre el misterio del amor hecho pan de vida eterna, que se sirve en la mesa del sacrificio eucarístico, para que el mundo tenga vida. La celebración de la Eucaristía dispone la mesa, en efecto, que transforma el alimento espiritual en generoso compartir del alimento corporal, para que crezca la fraternidad entre los hombres y el amor revele la vida y el amor que Dios es y comunica a los hombres.

         Es así, porque «la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega», decía el Papa Benedicto XVI en la encíclica Deus caritas est, dando razón de la afirmación: «La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto también hacia la unidad con todos los cristianos» (n.14). No sólo, sino también uniendo mi vida a la de mi prójimo sea éste «cualquiera que tiene necesidad de mí y que yo pueda ayudar», de suerte que «, aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora» (n.15).

         No podemos recibir el Cuerpo y Sangre del Señor y no atraer a la comunión que este alimento divino genera a los hombres nuestros hermanos. Quien comulga no puede ceder al que el Papa Francisco llama el “descarte” de los pobres y los marginados, los excluidos y excluidos, sino que muy por el contrario, la Eucaristía nos ayuda a escuchar el clamor del pobre invitándonos a socorrerlo. No se trata sólo —como añade el Papa— de asegurar la comida o «un ‘decoroso sustento’, sino de que tengan prosperidad sin exceptuar bien alguno», lo cual implica «educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente el trabajo, porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida» (Exhortación Evangelii gaudium, n. 192).

         Pensamos sobre todo en las familias a las que la crisis que aún hemos de superar plenamente ha arrojado al paro laboral y en los jóvenes que no se han podido incorporar al trabajo, para el que tantos de ellos se han preparado con estudios y capacitación profesional. Estamos esperanzados en que el cambio de tendencia económica a mejor llegue a los hogares necesitados y revierta en una mejora real de vida de los pobres, cuya estadística Caritas nos recuerda que se ha incrementado en forma preocupante.

         Es necesario que la fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor nos devuelva el amor que venza nuestro egoísmo y nos ayude a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del prójimo, que espera le ayudemos a superar su situación de carencia y exclusión. La Eucaristía hace presente el sacrificio del Señor por nosotros, la entrega de sí mismo para ser alimento de vida eterna. En la Eucaristía Cristo se da a sí mismo en comunión de vida, para que aprendamos nosotros a darnos a nuestros hermanos.

         El culto eucarístico tiene una gran importancia para quien tiene fe en la presencia real de Cristo en el sacramento del Altar. La fiesta y procesión del Corpus Christi, de tan honda tradición en nuestro pueblo cristiano y son prueba de ellos la influencia que sobre el desarrollo cultural ha tenido la fe eucarística en nuestra historia. La mostración jubilosa del Santísimo Sacramento en la custodia procesional no puede sin embargo convertirse en un hecho meramente cultural, tentación a la que tantos pueden sucumbir, sino que ha de servir para despertar la fe en el misterio pascual de Cristo, en su muerte redentora y en su gloriosa resurrección. Confesamos que Cristo resucitado reina gloriosamente a la derecha del Padre y por medio del Espíritu Santo se hace presente en la Eucaristía con su cuerpo, sangre, alma y divinidad para seguir salvando ofreciendo a cuantos creen en él la vida divina que llega por la comida y bebida espirituales de su Cuerpo y Sangre, alimento de vida eterna para el mundo.

         Justamente por esta fe profesada en forma pública, adorar la presencia eucarística del Señor y alabarle con cantos y bendecir su nombre es reconocerle como Redentor del género humano y Salvador de todos los hombres, por ser el Hijo de Dios encarnado y entregado por nosotros a la muerte, para que nosotros aprendamos a amar a nuestro prójimo. Éste espera de la comunidad cristiana y de cada uno de nosotros el reconocimiento de su dignidad que representa la respuesta a la solicitud de ayuda con la cual nos interpela al salir a nuestro encuentro; porque, como nos recuerda Santiago: “¿De qué sirve que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? La fe si no tiene obras está realmente muerta” (Sant 2,14.17).

         Cuando los apóstoles preguntaron a Jesús cómo hacer para dar de comer a la gente que les seguía en descampado, Jesús repuso: “Dadles vosotros de comer” (Mc 6,37), asociando a sus discípulos a la generosa acción de misericordias que iba a poner en escena para revelar que Dios es vida para el hombre. No podemos separar el culto eucarístico del memorial sacrificial de la Misa, porque el que va en la custodia es el Cordero sacrificado por nuestros pecados, y dando su vida por nosotros nos invita a imitarle para que nosotros amemos como él a nuestros hermanos. No podemos separar la glorificación de la Eucaristía de la atención a la dignidad de los pobres, porque Cristo se hizo pobre para enriquecernos a nosotros con su pobreza.

Almería, 22 de junio de 2014

Corpus Christi

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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