La alegría de anunciar el Evangelio

Queridos diocesanos:

La evangelización es la misión que Jesús confió a los apóstoles y discípulos, por eso es la misión de la Iglesia. La Jornada del Domund es un aldabonazo en la conciencia de todos los católicos y de cuantos simpatizan con la gran obra evangelizadora de la Iglesia y, de una u otra forma, quieren ser parte de su misión porque están convencidos de que el Evangelio de Jesús humaniza y desencadena un dinamismo de solidaridad fraterna que hace mejores a los hombres.

La verdad es que la máxima de Jesús de que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hech 20,35) tiene una particular verificación en la campaña misionera anual, porque la generosidad de los donantes desborda siempre las previsiones, incluso cuando la crisis golpea los bolsillos y la gente se hace precavida y siente especial retraimiento ante el gasto.

Sin embargo, lo más importante —y lo es mucho— no es la cuestación en sí, sino aquello que la cuestación refleja y saca a flote: que llevar a Jesús a quienes no lo conocen es el móvil de la misión, y que ésta no termina en hacer la vida más humana mediante la promoción de la instrucción, la salud y el bienestar de los más desfavorecidos, sino en llevarlos finalmente al conocimiento y al amor de Dios revelados en Jesucristo. Esta es la razón de ser de la misión, que moviliza a los misioneros, sacerdotes, religiosos y laicos: hombres y mujeres que, llevados de una pasión de amor por Dios, están prestos al compromiso que, según sus capacidades y tantas veces por encima de ellas con una entrega heroica, se dan a los demás hasta dejar la vida hecha girones en el surco donde siembran la palabra de Dios.

Es lo que estamos contemplando con verdadera admiración y nos llega mediante noticias diarias en la batalla contra la infección viral del ébola. El sacerdote Miguel Pajares que se contagió en Liberia donde había trabajado como sanitario siete años, después de estar en otros países de África, y Manuel García Viejo, medico director del hospital en Lundsar (Sierra Leona). Los dos eran religiosos hospitalarios que han terminado dejado la vida en su lucha contra esta infección mortal. Dos misioneros que traen al plano de la actualidad la memoria de cuantos han muerto en la historia de la misión contagiados por enfermedades altamente mortales, si no del todo tales, como lo fue en su momento la lepra de la que se contagió curando durante años a leprosos apartados de todo contacto con la civilización el beato padre Damián de Veuster, para mencionar al misionero de Molokai en las islas Hawái, cuya aventura misionera causó décadas atrás tan hondo impacto en el pueblo cristiano.

Del mismo modo que en la historia de la misiones murieron otros muchos misioneros víctimas del cólera, o fueron no sólo siglos atrás, sino en épocas todavía no lejanas sacrificados por los mismos indígenas a los que evangelizaban. Misioneros que arrostraron penalidades que pudieron evitar por llevar el conocimiento de Cristo a lugares inhóspitos o fueron hechos prisioneros y muertos por regímenes refractarios a la presencia de la misión cristiana, santos y mártires que jalonan la historia toda de la evangelización, que es historia de las misiones.

Todo cuanto los misioneros hacen por Cristo se manifiesta en su incondicional amor por los seres humanos objeto de la evangelización, los hermanos necesitados de humanidad y el respeto de su dignidad, por cuya promoción humana trabajan los misioneros a los que quieren servir viendo en ellos destinatarios de una obra de educación y de salud que es civilización y progreso al tiempo que obra de evangelización, porque la calve de explicación y móvil de la acción de los misioneros es sencillamente el amor misericordioso de Dios, que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2,4).

Los misioneros son hoy, juntamente con los sacerdotes, seculares o religiosos, las religiosas que llevan el alma a la misión con tareas de dispensario de alimentación y atención sanitaria de primera urgencia, educación y catequesis, acercando a la iniciación cristiana o instruyendo en la fe a los muchos conversos a Cristo y apoyando la obra de humanidad de las misiones. Con unos y otros van los cooperadores laicos, jóvenes y matrimonios, e incluso familias que han hecho de la expansión respetuosa de la fe causa de vida y cuya labor es hoy tan valiosa en la tarea cotidiana de la evangelización, que ya no se dirige tan sólo a los países del llamado tercer mundo, sino asimismo a las sociedades de tradición cristiana secularizada de la vieja Europa, donde el agnosticismo y el apagamiento de la fe reclaman una «nueva evangelización», como la han pedido los últimos papas.

La evangelización constituye el reto misionero de ayer y de hoy, y todos los cristianos hemos de sentirnos misioneros, testigos de la fe que profesamos, pero todos hemos de apoyar con tesón la obra de las misiones movidos por el contagio del amor de Jesús que da cauce a la mayor de las alegrías: «la alegría de anunciar el Evangelio» y ofrecer el amor de Dios por la humanidad que Jesús nos ha dado a conocer.

                                               + Adolfo González Montes

                                                                    Obispo de Almería

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