Conversión y mejora para vivir la Semana Santa

Queridos cofrades y diocesanos todos:

La Cuaresma nos coloca delante de un recorrido que desemboca en la Pascua, fiesta de luz y esperanza que celebra la resurrección de Jesús. La Vigilia pascual es la meta del largo recorrido cuaresmal, que alimenta la fe en la victoria final y definitiva de la vida frente al sufrimiento y la muerte. Para alcanzar esta meta deseada es necesario emprender la travesía cuaresmal con voluntad y disciplina, con ánimo de domeñar las pasiones desordenadas que nos convierten en una marioneta movida por hilos de ambición desordenada, búsqueda de privilegios, vanidad y otras aspiraciones alimentadas por las concupiscencias; es decir, por las pasiones y deseos mundanos que nos apartan del camino que conduce a la conversión que la Cuaresma propone al cristiano y estimula con sus prácticas de piedad. Entre otras concupiscencias, la pasión por el poder y la autocomplacencia tiene múltiples caras, llegando a revestirse de celosa defensa de la fe y generosa aportación al bien de los demás.

¿Cómo es posible algo así? El demonio (del cual nadie habla o muy poco) reviste de bueno lo malo y oculta el bien. Así, se organizan a veces actos de piedad que son exhibiciones que sería preciso evitar, porque no buscan la gloria de Dios sino satisfacer nuestros deseos, aunque sean deseos revestidos de aparente religiosidad, pero que no dejan de ser apetencias que, en ocasiones, pueden enfrentarse a la misma mente y norma de la Iglesia. Así, las procesiones de Semana Santa tienen su lugar y su hora, porque tienen su día y un contexto propio: la celebración de la pasión, cruz, muerte y sepultura de Cristo y su resurrección gloriosa. Toda la Semana Santa se centra y gira en torno al núcleo de la fe cristiana, es decir, el misterio pascual de Cristo.

Invito, por ello, a no sacar fuera de su contexto litúrgico propio las procesiones penitenciales. Es muy loable que una hermandad o cofradía celebren sus diversos aniversarios, pero observando el orden de las celebraciones. Así un rosario penitencial no puede ser una procesión encubierta de Semana Santa, aunque se haga en Cuaresma. Del mismo modo un viacrucis no puede ser otra cosa que el ejercicio piadoso de meditación y contemplación de la vía dolorosa coronada por la muerte de Cristo en la cruz, que no requiere la escenificación procesional de la pasión y muerte del Señor, porque lo suyo es que las estaciones concentren las escenas de esta vía dolorosa que es el viacrucis sin transformarse en procesión de tronos. Sólo de forma muy excepcional y bien motivada puede accederse a un viacrucis acompañado de tales escenificaciones procesionales. En tales ocasiones excepcionales, el viacrucis puede ir pasando por las escenas evocadas en un lugar fijo, donde un determinado paso procesional reproduce la estación contemplada y meditada por los fieles, pero sin convertirse de hecho en desfile procesional. Si en el viacrucis la dramatización de la escena mediante la plástica termina por eliminar la contemplación y la meditación, el propósito que lleva consigo el arrepentimiento y voluntad de cambiar la vida del pecador, el arte habría sustituido a la piedad.

Las prácticas populares de piedad han ido surgiendo como expresión de las celebraciones litúrgicas y manifestación de las mismas. Si pongo algunos ejemplos como los mencionados, es para orientar la piedad popular y purificarla de adherencias que la desvían. No se trata de hacer muchas cosas, sino de hacer las que se deben hacer y hacerlas conforme a la mente de la Iglesia.

Todos hemos de tener una alta estima de la piedad popular y no manipularla a la carta. Las cosas extraordinarias son no habituales y, por tanto, no son ordinarias. No se puede convertir en efeméride reseñable cualquier aniversario a partir del quinto año. No es para celebrar cada lustro como si de un meritorio centenario de existencia se tratara. Lo extraordinario debe contemplarse a partir de los veinticinco años, un trayecto digno de reseña y celebración, pero con medida.

¿Cómo hacerlo? Lo primero es dar gracias a Dios evaluando en un juicio honrado la trayectoria recorrida, sus aciertos y errores, logros y objetivos pendientes. Con un espíritu de conversión, se examina el estado de la propia asociación de fieles, sus objetivos y metas, el estado real de sus estatutos, la regularidad de sus prácticas de piedad, el curso se Guido por la formación permanente del cofrade, el grado de cumplimiento de los mandamientos de la Iglesia como complemento y garantía del cumplimiento de los mandamientos de Dios. Es preciso que las hermandades y cofradías examinen la colaboración con las comunidades parroquiales, la capacidad de financiación de las propias actividades y la regularidad de sus cuotas, como expresión de una militancia comprometida y orgánica. Sin piedad, formación reglada, colaboración apostólica con la parroquia y financiación adecuada por parte de los mismos cofrades, es difícil sostener una asociación de fieles que pretenda serlo.

Un exponente claro de esta regularidad de conducta que debe marcar la vida de una hermandad o cofradía son sus mismos procesos electorales y la perpetuación en el gobierno o el paso transitorio por el mismo. Hay quienes tienen la pretensión de que sin ellos una hermandad se vendría abajo, pero nadie es imprescindible. Una aspiración que se deslegitima del todo mucho menos cuando, para perpetuarse se crean candidaturas testaferro o de paja para perpetuarse en la dirección de una asociación de fieles, poniendo en juego las relaciones familiares o las amistades de interés que hacen endogámico el poder de algunos fieles en las cofradías. Quienes actúan así no deben engañarse: no los mueve la piedad popular, los mueve, más bien, el deseo de ponerla a su servicio, servirse de ella.

Hemos logrado muchos objetivos en las últimas décadas: sacar adelante con fortaleza cristiana, contra la secularización de la sociedad, la tradición procesional del pueblo cristiano; es decir, poner en valor la piedad popular que muchos abandonaron precipitadamente sin sustituirla por nada y que se expresa en la tradición devocional y procesional de la Semana Santa. Se ha puesto en juego mucho amor a las prácticas de piedad que marcan la historia religiosa de nuestras comunidades parroquiales. Se ha aclarado notablemente el carácter eclesial y el régimen eclesiástico de las asociaciones de fieles, que no son ni pueden ser meras sociedades culturales civiles para mantener fiestas patronales y custodiar un patrimonio artístico. Entre otras razones, porque, en propiedad, el patrimonio religioso es de titularidad eclesiástica y pertenece a la Iglesia Católica, aun cuando constituya un exponente inequívoco de la historia de toda la sociedad, en otro tiempo por entero confesionalmente cristiana, y sea por eso mismo patrimonio histórico cultural de un pueblo.

La Agrupación de Hermandades y Cofradías ha ayudado notablemente a poner orden, pero no basta. No se puede vivir exclusivamente de subvenciones oficiales, si se quiere mantener responsablemente un compromiso sólido con la piedad popular. Se necesitan, ciertamente, algunas subvenciones, y las administraciones han de contribuir a mantener un patrimonio artístico y espiritual que es parte del patrimonio cultural de un pueblo, pero no pueden ser las subvenciones el móvil de determinadas actuaciones cofrades que a veces rayan en el compromiso político.

Es preciso alabar el esfuerzo realizado y la generosa contribución de muchos cofrades al mantenimiento y esplendor de la Semana Santa, pero quedan metas de importancia por alcanzar y hay que lograrlas. Los compromisos eclesiales adquiridos en fundación de becas y asistencia a los necesitados son dignos de toda loa. Hay que conseguir también que la declaración de cuentas y los balances cumplan con lo establecido en la ley de la Iglesia y en la ley civil.

Tengo plena confianza en el compromiso evangelizador de la piedad popular que se manifiesta de forma tan nuestra en los actos de culto y en desfiles procesionales, en las actividades caritativas y en la misma vida cristiana cofrade. Por eso, al apoyar, respaldar y defender el esfuerzo y la pasión con que ponéis en juego, queridos cofrades, todos los resortes de nuestra Semana Santa, os invito al comenzar la Cuaresma a examinar cuanto requiere mejor regulación y clarificación, sabiendo que el camino de conversión al Evangelio es la prueba que da validez a cuanto comprometemos en la piedad popular.

18 de febrero de 2015

Miércoles de Ceniza

                                               + Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería

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