Tolerancia y diálogo interreligioso

 Sobre el deber de orar por los cristianos perseguidos

Queridos diocesanos:

El Domingo de Pentecostés culmina esta semana de oración intensa por los cristianos perseguidos en el mundo por el nombre de Cristo. Hemos tardado mucho tiempo en hacernos conscientes de las vicisitudes y desgracias a las que se ven sometidos los cristianos perseguidos por causa de su fe. Los medios de comunicación no han contribuido con suficiente dedicación y objetividad a poner de manifiesto hechos contundentes que ofenden la dignidad de las personas y de las comunidades perseguidas por causa de fe. La política de los medios de comunicación se ha tornado muy sensible a algunas causas, pero parecen insensibles en demasiadas ocasiones para percibir la agresión a un derecho fundamental y pieza clave del conjunto de derechos y libertades como es la libertad religiosa.

En los últimos diez años han sido asesinadas más de 100.000 personas por el hecho de ser cristianas. El cristianismo es la religión más perseguida y los cristianos de hoy como tantas personas y comunidades cristianas de ayer acompaña al divino Fundador en el sufrimiento y padecimientos de la persecución que en tantas ocasiones es cruel martirio. Jesús les dijo la noche de la Cena a sus apóstoles: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20).

1. Los sufrimientos de los cristianos en África y Asia

La persecución de los cristianos recorre África desde el Golfo Pérsico y los países del Índico, desde Egipto a Sudán y Somalia, a los países del Atlántico como Nigeria, países del interior como los subsaharianos, donde se refugian y tienen sus bases operativas los terroristas de ideología fundamentalista islámica, desde donde penetraron hace todavía poco en Mali hostigando la vida de las comunidades cristianas hasta la intervención francesa. Justamente estos días hemos recibido con horror las noticias sobre las violaciones y padecimientos sufridos por las adolescentes y mujeres que secuestradas por los terroristas de Boko Haram en Nigeria. Más de 1500 adolescentes y jóvenes han sido secuestradas violentamente por estas milicias de terroristas islámicos dispuestos a erradicar el cristianismo de un país como Nigeria, próspero y llamado a un protagonismo singular en África por sus dimensiones y una población que es cristiana y musulmana al 50% para cada confesión religiosa.

Esta agresión a las comunidades cristianas sigue siendo una constante en Asia, no sólo en países de ideología totalitaria comunista como China continental, cuya evolución económica no ha ido acompasada con el asentamiento de las libertades fundamentales; o Corea del Norte, donde la vulneración de la libertad religiosa es constante del régimen; y, de forma más mitigada en otros países, entre ellos Vietnam, donde se han producido avances en el diálogo del régimen con la Iglesias Católica.

La agresión al ejercicio de la libertad religiosa de las personas y las comunidades se ha enconado de forma insospechada hace unos años, con efectos gravemente nocivos para la convivencia ciudadana en algunos países árabes donde tradicionalmente convivían las minorías cristianas con la mayoría musulmana. Esta agresiva persecución que afecta no sólo a los cristianos, sino también a algunas comunidades religiosas y étnicas más, en el caso de Iraq y Siria se viene produciendo en el contexto bélico de verdadera guerra civil y se ha convertido en una peligrosa amenaza para la paz internacional. En el portal informático de la diócesis hemos reproducidos algunos de los llamamientos del Patriarca de los cristianos caldeos suplicando la intervención de Occidente en defensa de los cristianos de los cristianos perseguidos en Oriente próximo.

Los medios, después de tanto tiempo sin la información que la persecución de cristianos hubiera requerido, después del atentado de París contra los redactores de la revista «Charlie Hebdo», cuyo atentado condenamos sin paliativos, pero cuyo tenor blasfemo continuado, que ofende los sentimientos religiosos de tantos creyentes cristianos y musulmanes no podemos compartir ni justificar en nombre de la libertad de expresión, no dejan de hacerse eco de la barbarie que acompaña las crueldades de los revolucionarios del llamado Estado Islámico. Nos llega la información objetiva y no sesgada que logran transmitir las Iglesias y comunidades objeto de las crueldades que han de padecer, y de las limitaciones y sufrimientos que hacen difícil ser cristiano en países musulmanes como Paquistán, donde esta persecución ha llegado a alcanzar y llevar a la muerte a miembros del Gobierno paquistaní como uno en caso del ministro cristiano de las minorías.

En este país del Oriente Medio la utilización de ley contra la blasfemia sirve con frecuencia de cobertura fácil a imputaciones y denuncias judiciales contra cristianos que, por esta causa y siendo realmente inocentes, están amenazados de muerte o han sido ya condenados a morir y se hallan en espera de la ejecución de la sentencia. Es el caso de Asia Noreen (Asia Bibí), mundialmente conocida gracias a las voces incansables de quienes piden su pronta liberación. Su marido, Ashiq Masih, daba a conocer días atrás el calvario de esta familia cristiana desde el encarcelamiento de su esposa el 16 de junio de 2009, con una suerte pareja de la que corren tantos cristianos en Paquistán[1]. La hija de este matrimonio católico, Eisham Ashiq de 15 años, decía con valentía que es su fe católica la que sostiene a su madre su madre y la alienta a esperar su liberación del corredor de la muerte[2]. Dos días antes de estas declaraciones habían sido recibidos por el Papa Francisco, quien dirigiéndose al marido de Asia le decía: «Rezo por ti, por ella y por los cristianos que sufren»[3]. El pasado mes de abril el periódico de la Santa Sede en lengua española publicaba una fotografía de ambos, padre e hija, con el Papa[4].

No aprobamos ni podemos aprobar la blasfemia ni podemos estar con quienes ofenden los sentimientos religiosos de las personas sometiendo sus creencias al ridículo y a la irrisión de los supuestamente inteligentes librepensadores que hacen de la libertad de expresión la patente de corso para la ofensa y el escarnio, pero la aplicación de una ley como la que se aplica en Paquistán para reprimir la libertad religiosa de las personas sin garantías jurídicas, sólo sirve para suprimir al disidente religioso. Esta ley, contraria a la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales, es una clara muestra del injusto ordenamiento legal que hace imposibles unas relaciones justas y proporcionadas entre mayorías y minorías sociales. Un ordenamiento jurídico que no ampara la libertad religiosa de todos los ciudadanos, tanto de las personas como de las comunidades, siempre que se dé el respeto del orden público que la ley puede exigir, da cauce legal a la intolerancia y la exclusión del que discrepa o es “diferente” por la fe que profesa.

Por eso, no podemos comprender, cuánto menos aprobar, la violencia del fanatismo integrista religioso que no soporta ni tolera la diferencia ni tampoco la conversión, expresión de la búsqueda de la verdad y legítima opción religiosa de las personas[5]. Un país donde la convivencia entre cristianos y musulmanes era tradicional como es el caso de Siria, se ha visto convulsionado por la guerra civil que, al amparo de la primavera árabe se propuso acabar con la dictadura del régimen oficial, pero que ha dado lugar a una confrontación entre facciones islámicas que ha entrizado la vida de los cristianos, grandes perdedores de un conflicto en que todos pierden arruinando la paz social y política. Un conflicto que se no acaba y que ha erosionado la soberanía territorial tanto de Siria como de Iraq, en tierras de en medio que ocupa el Estado Islámico.

La Conferencia Episcopal Española ha venido interesándose y haciendo lo que está a su alcance mediante el envío de un obispo español a las reuniones que los obispos de los países occidentales llevan a cabo en Tierra Santa, con el objeto de respaldar moralmente el derecho a la existencia y los derechos y libertades legítimas de los cristianos. Estos encuentros y reuniones de obispos tienen, asimismo, el propósito de apoyar social y económicamente la permanencia de las Iglesias cristianas en Palestina, escenario del Estado judío actual de Israel, parcialmente del reino de Jordania y de los territorios gobernados por la Autoridad Palestina, a la cual la Santa Sede acaba de reconocer como Estado. Conviene recordar que la Iglesia Católica siempre ha mantenido la importancia que tiene la garantía que para los Santo Lugares supondría un estatuto internacional; sería el mejor aval para la Custodia de Tierra Santa y para el constate flujo de peregrinos que allí acuden desde todas partes del mundo.

La presencia de los cristianos en el próximo Oriente data del siglo I, forzados a expandirse como prófugos desde la primera persecución religiosa desencadenada en Jerusalén tras la lapidación de Esteban[6]. La dispersión llevó la acción evangelizadora de los discípulos primero Siria, donde se los evangelizadores fundaron la comunidad de Antioquía, donde por primera vez los discípulos de Jesús fueron llamados cristianos[7]. La expansión alcanzó después las costas de Asia Menor y la península de Anatolia, antes de alcanzar Macedonia, a donde una visión llevó a san Pablo[8]. Una decisión la del Apóstol de las gentes que le llevaría a culminar sus viajes de evangelización en Roma.

Después a partir del siglo VII la expansión del islam cambiaría el mapa cristiano del Oriente Próximo y la caída de Constantinopla, el 29 de mayo de 1453, dejaría un mosaico de etnias, pueblos y comunidades cristianas de diversos ritos orientales que vendría a caer bajo dominio del islam, la religión del Imperio de los otomanos, que desde finales del siglo XIII hasta su disolución después de la primera guerra mundial dejaría una huella profunda en la cristiandad de Oriente y Occidente.

2. El genocidio de los cristianos armenios

Se cumplen ahora los cien años del Genocidio Armenio que comenzó con la matanza de 600 dirigentes e intelectuales el 24 de abril 1915, a la que siguió el éxodo programado por el sultanato del Imperio otomano de la población armenia, minoría cristiana que formaba parte del mosaico de etnias y pueblos que aglutinó el Imperio de los otomanos y con la que se cometieron atrocidades y vejaciones que llevaron a la muerte desde aquella fecha fatídica de 1915 hasta 1917 en torno a 1.500.000 de personas. Cien años han transcurrido desde una fecha que evoca todo el sufrimiento de un pueblo cristiano, que comenzó mucho antes a padecer el exterminio cuando el Sultán Abdul Hamid II comenzó el exterminio de 300.000 armenios en 1895 y 1896 como forma de solucionar la “Causa Armenia” ocasionada por la “diferencia cristiana” de los armenios que durante seis siglos habían convivido con los musulmanes otomanos. Del genocidio que comenzó la noche del 24 de abril de 1915 sería testigo el heroico sacerdote armenio Grigoris Balakian, que por entonces cursaba estudios de Teología en Berlín y que, al estallar en 1914 la primera guerra mundial en Europa decidió regresar a Estambul. Apresado aquella noche de represión y muerte sobrevivió al terrible éxodo y pudo informar al mundo de tan terribles acontecimientos y sus consecuencias para los cristianos armenios[9].

Con motivo de la reciente visita del Catolicos de los Armenios, el Patriarca Karekin II, a la Santa Sede el pasado 8 de mayo, el Papa Francisco se ha referido a este genocidio sin eufemismos, planteando a la moderna Turquía, con sus palabras inequívocas, la necesidad de reconocer los hechos históricos para poder alcanzar la reconciliación entre cristianos y musulmanes, llamados a sumar fuerzas frente a un mundo secularizado como el nuestro, logrando una convivencia fundada en los derechos de las personas, de etnias y de las religiones. Se requiere sinceridad y valor para reconocer los hechos históricos, pero no hay otro camino para lograr metas duraderas de paz y reconciliación. Por eso todos los que creemos en Dios y le reconocemos como Padre y Creador de todos los hombres hemos de permanecer en oración no sólo, como lo hemos hecho esta semana que ahora culmina, sino siempre, porque la sangre de los mártires fue desde los comienzos semilla de cristianos y sobre esa sangre unida a la de Cristo se ha expandido la Iglesia universal, para llevar a cabo la tarea evangelizadora que le encomendó Cristo resucitado. Hemos de abrir la hospitalidad de mente y corazón a los cristianos que, por serlo, han padecido por el nombre de Cristo en aquellas tierras del Oriente Cercano, tierras que son tan suyas como lo son de cuantos las habitan históricamente, las mayorías musulmanas, los judíos de ascendencia sefardí y las etnias y comunidades religiosas que ocupan el escenario de la que es para todas ellas patria común.

Benedicto XVI recordaba que a pesar de las malas prácticas a que las diferencias doctrinales han dado lugar justificándolas de una u otra manera, los musulmanes y los cristianos han vivido en un mismo escenario dando lugar a una inculturación del cristianismo singular en países de mayorías musulmanas. Por eso, a pesar de constatar estas malas prácticas, «los cristianos comparten con los musulmanes la misma vida cotidiana en Oriente Medio, donde su presencia no es nueva ni accidental, sino histórica. Al formar parte integral de Oriente Medio, han desarrollado a lo largo de los siglos un tipo de relación con su entorno que puede servir de lección. Se han dejado interpelar por la religiosidad de los musulmanes, y han continuado, según sus medios y en la medida de lo posible, viviendo y promoviendo los valores del Evangelio en la cultura circunstante. El resultado es una simbiosis peculiar. Por tanto es justo reconocer la aportación judía, cristiana y musulmana a la formación de una rica cultura, propia del Oriente Medio»[10].

Como creyentes en Cristo, en quien Dios ha querido reconciliarnos, queremos respaldar con la oración y la caridad cristiana el ejercicio de la libertad religiosa y amparar el respeto que se debe a las comunidades cristianas en todo el mundo, en particular en el escenario del Oriente Próximo donde Jesús predicó y llevó a cabo la obra de la redención, donde los Apóstoles anunciaron la buena Nueva de la salvación que Dios realizó en Cristo; escenario en el que hoy los cristianos conviven con judíos y musulmanes. Al hacerlo así entendemos con la mejor voluntad que defendemos el derecho de todos a la libertad religiosa y de conciencia, y al respeto a los derechos fundamentales de la persona y los derechos históricos de los pueblos.

3. Los caldeos y los coptos

Teniendo presentes estas palabras de Benedicto XVI, se hace difícil de comprender la intolerancia que padecen los cristianos en Iraq, si bien no faltan reacciones musulmanas en su favor ante la impotencia del gobierno. Los cristianos caldeos iraquíes, que han permanecido siempre unidos a Roma, y otras minorías religiosas, así como los cristianos ortodoxos sirios y las comunidades orientales católicas de Siria, unidas a Roma, pasan por una de las persecuciones más crueles de su historia dos veces milenaria. El Oriente Próximo se ha convertido en un escenario bélico de intolerancia criminal que no es sólo resultado del error americano al afrontar la intervención en Iraq contra el dictador Sadam Hussein, opinión política que no puede dar razón de todo cuanto acontece en la región. El integrismo islámico, con sus diversas caras, compromete seriamente la visión del islam como una religión de paz, siendo así que no hay alternativa real al diálogo sincero y con voluntad de entendimiento.

Todavía golpean en nuestras retinas escandalizadas por tanto horror las decapitaciones en nombre del islam de cooperantes occidentales a manos del terrorismo del llamado Estado Islámico, y las decapitaciones de los cristianos coptos en Libia, que morían invocando el nombre de Jesús. El Norte de África, que hasta la invasión islámica fue escenario de vida cristiana vive hoy la persecución de las comunidades cristianas minoritarias agobiadas por dificultades y agresiones a las personas y bienes cristianos, continuamente amenazados por el islam salafista, corriente intolerante y que no dudará, si pueden hacerlo, convertir en mezquitas las iglesias cristianas, según manifiestan sus líderes. De hecho en Argelia, un país sacudido por los integristas musulmanes que identifican colonialismo y cristianismo presionando sobre el gobierno del país, hace ya dos años que quedó legalmente prohibida la construcción de nuevas iglesias.

La nueva situación política creada en Egipto tras la caída del régimen islamista surgido de la llama “primavera árabe” parece haber contribuido a la mejoría de las comunidades cristianas coptas, sin que estas palabras quieran legitimar la situación política egipcia, cosa que no nos corresponde hacer. Sólo nos proponemos levantar la voz en defensa de la mayoría ortodoxa y de la minoría católica de esta confesión cristiana oriental. La visita del patriarca copto ortodoxo Tawadros II al Papa Francisco ha creado lazos de comunión entre coptos ortodoxos y católicos que está ayudando a afrontar juntos la situación adversa.

4. El diálogo interreligioso es el único camino transitable y esperanzador

No son soportables, para una conciencia moral natural regida por la razón igual que para una conciencia cristiana, los secuestros de personas por razones de religión, particularmente de muchachas adolescentes y jóvenes mujeres obligadas a renunciar al cristianismo y abrazar el islam bajo amenazas de muerte, obligadas a casarse con sus torturadores; no es tolerable la expropiación forzada de los hogares cristianos, la expulsión de la propia patria y enajenación del ámbito cultural propio, la imposición del exilio. Ni tampoco que estas mismas acciones de violencia se impusieran a las minorías musulmanas o cristianas en países de confesión mayoritaria hinduista o budista.

Los sacerdotes como pastores de las comunidades que se les han confiado han de procurar la educación en la fe asumida en la entera libertad interior de los hijos de Dios, que nos inspira la palabra de Jesús y que acompaña la misión cristiana, lejos de los excesos de siglos pasados. El Evangelio de Jesucristo ha sido siempre una fuerza liberadora frente a las desviaciones históricas de los cristianos. El evangelio por sí mismo, porque es de Dios y no palabra de hombres, ha actuado críticamente sobre las conciencias cristianas dejando ver nuestros errores de otro tiempo.

El cristianismo, ciertamente, ha tenido que reaccionar frente a la crítica de la religión desde el siglo XVIII en adelante hasta nuestro tiempo, pero por su propio dinamismo espiritual es el Evangelio el que ha ayudado a los cristianos a la superación de concepciones teocráticas de la vida social y política, dando cauce a la libertad de conciencia y de religión, que el Vaticano II fundamenta en la dignidad de la persona humana[11]. El Concilio declara que la libertad religiosa lo es tanto de la persona como de las comunidades y a este respecto declara: «Pertenece también a la libertad religiosa el que no se prohíba a las comunidades religiosas manifestar libremente el valor singular de su doctrina para la ordenación de la sociedad y vitalización de toda actividad humana. Finalmente, en la naturaleza social del hombre y en el carácter mismo de la religión se funda el derecho por el que los hombres, movidos por un sentimiento religioso, pueden libremente reunirse o constituir asociaciones educativas, culturales, caritativas, sociales»[12].

Creemos en el diálogo interreligioso es el único camino transitable hacia la paz religiosa, contribución decisiva a la paz social. Por eso, los verdaderos creyentes están obligados a apoyar con su oración este diálogo que recibe de la Declaración sobre las religiones no cristianas Nostra aetate, del Vaticano II, un impulso decisivo, del cual se cumplen este año, igual que en el caso de la Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, los cincuenta años de su aprobación conciliar. Sin duda, el diálogo interreligioso ha de llevarse a cabo por personas expertas y de buena voluntad en nombre de las comunidades religiosas que representan. Los principios de pacífica convivencia son los que han de tenerse presentes en este diálogo, y, como señala el Concilio, estos principios rectores del diálogo interreligioso emergen de su propio fundamento, que no es sino la dignidad de la persona humana.

El Papa Benedicto XVI expresaba coloquialmente esta necesidad de diálogo entre comunidades religiosas declarando que no se trata de disolver nuestra identidad, sino de entenderse: «No podemos disolvernos unos en otros. Pero, por otra parte, hay que hacer también el intento de entenderse (…) En cualquier caso, hemos de procurar, por un lado, vivir y exponer la grandeza de nuestra fe, y, por el otro, entender la herencia de los otros. Lo importante es encontrar lo común y, allí donde sea posible, prestar en este mundo un servicio en común»[13]. Por su parte, el Papa Francisco ha impulsado con fuerza este diálogo, sobre el que se ha expresado en distintas ocasiones, y ha incluido su propuesta en la exhortación sobre la evangelización, manifestando que se trata de un diálogo en la verdad, no en su ocultamiento, a pesar de los «fundamentalismos de ambas partes», porque el diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto es un deber para los cristianos, así como para otras comunidades religiosas»[14].

Algunos han pretendido embridar los conflictos religiosos sencillamente suprimiendo la religión del espacio público, la memoria histórica nos debería preservar de tan grande error. El laicismo beligerante de nuestros días tiene esta propuesta como dogma, pero su victoria sobre la libertad religiosa real, que incluye también el espacio público, traería consigo la peor de las tiranías, ya que la política se convertiría definitivamente en religión como el pasado más ominoso de la historia reciente de Europa.

No hay más vía que el diálogo y la tolerancia, imposibles sin el respeto íntegro a la libertad religiosa. La doctrina católica sobre la conveniencia y necesidad de un verdadero diálogo interreligioso no necesita de patrocinio político, sino de un ordenamiento justo de la sociedad civil, que permita la práctica de la religión y de sus iniciativas legítimas. Sólo un ordenamiento justo de la sociedad civil es marco adecuado para la creación del clima social que genera la buena voluntad de las partes, para que el diálogo pueda darse. El Vaticano II expuso con claridad el fundamento de este diálogo, que no puede ser otro que la dignidad de la persona humana, y el aprecio que de todos merece el fundamental derecho de cada uno a la libertad religiosa, pieza clave en el entramado de los derechos y libertades fundamentales.

Almería, a 22 de mayo de 2015

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

 


[1] Aciprensa (27.4.2015).

[2] Aciprensa (17.4.2015).

[3] Aciprensa (15.4.2015).

[4] Cf. Osservatore Romano (17.4.2015).

[5] Cf. documento de los Obispos de la COMECE (Episcopados de la Unión Europea), La libertad religiosa, fundamento de la política de los derechos del hombre en las relaciones exteriores de la Unión Europea (mayo 2012), n. 3.1.3.

[6] Cf. Hech 8,1.

[7] Hech 11,20-26.

[8] Hech 16,9.

[9] Cf. el testimonio del sacerdote: G. Balkian, Armenian Golgotha: A Memoir of the Armenian Genocide, 1915-1918 (Nueva York 2010); el análisis histórico, político y ético: R. G. Hovannisian, The Armenian Genocide: History, politics, ethics (Houndmills 1992); y el contexto de la primera Guerra mundial y caída del Imperio: E. Rogan, La caída de los otomanos. La Gran Guerra en el Oriente Próximo (Barcelona 2015), esp. 271-308. Una aproximación histórica novelada: G. H. Guarch, El testamento armenio (Almuzara 2008).

[10] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal sobre la Iglesia en Oriente Medio, comunión y testimonio Ecclesia in Medio Oriente (14 septiembre 2012), n. 24.

[11] Vaticano II: Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae [DH], n. 2b.

[12] DH, n. 4e.

[13] Benedicto XVI, Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald (Barcelona 2010) 112-113.

[14] Francisco, Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual Evangeli gaudium (24 noviembre 2013), n. 250; cf. nn. 250-254.

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