Carta a los diocesanos ante la fiesta de la Patrona de Almería

Queridos diocesanos:

Con la fiesta de la Virgen del Mar culminan las ferias en su honor en la ciudad que la invoca como Patrona. Todos miramos a la Virgen y del corazón, los labios y los ojos de todos nosotros brotan los anhelos y las lágrimas convertidos en plegaria suplicante. La Virgen resplandece de hermosura en su camarín en espera de su bajada al trono sobre el que sale a la ciudad para ser alabada por sus hijos.

La imagen bendita de nuestra Patrona nos es profundamente amada y, en ella, se sucede y aúna el amor de las generaciones que la invocan desde hace más de quinientos años. En la veneración de la sagrada imagen de la Virgen los fieles cristianos no nos detenemos en la realidad material de la imagen en sí misma, sino que por medio de ella elevamos nuestra plegaria a la que está coronada de gloria junto al Hijo resucitado en el cielo. Algunos no llegan, ciertamente, a trascender la realidad material de la imagen y capturados por su belleza se detienen en la talla de la Virgen. Aun con poca fe, también es verdad que hay otros que no dejan de seguir el instinto de esa fe que les hace descubrir en la imagen de la Virgen una cierta presencia sobrenatural, no por la materialidad de la representación en sí misma sino por aquello que la imagen avoca y representa. Aun siendo poca, es la fe la que penetra en la realidad exterior para alcanzar la verdad interior, llevando los anhelos del corazón de las realidades terrenas a las celestiales.

El culto a las imágenes tiene plena legitimidad en la Iglesia y así lo determinó el II Concilio de Nicea (787 d. C.) contra los llamados iconoclastas o enemigos de las imágenes, celosos de la trascendencia de Dios y de las realidades divinas, que no querían se confundieran con las realidades terrenas. El II Concilio del Vaticano, siguiendo de cerca las enseñanzas de aquel concilio, reiteradas por el Concilio de Trento, ha recordado la legitimidad del culto a las imágenes y ha advertido sobre las deviaciones a que puede estar llevar, las cuales es preciso evitar en todas sus formas.

El culto a las imágenes no puede separarse de la práctica litúrgica, de suerte que todo cuanto rodea este culto debe estar orientado por la acción litúrgica de la Iglesia y a ella debe tender. Por eso no se han de separar la misa de la Virgen y la procesión de alabanzas. Colocamos una ofrenda floral ante la imagen de la Virgen como homenaje de nuestro amor a la madre del Redentor del mundo y madre espiritual de todos los discípulos de Jesús y, aunque no lo sepan, de todos los hombres, porque en ella puso su tienda el Verbo hecho carne para redimir al mundo. Sin embargo, ese y otros actos devocionales de la piedad popular no se han de separar de la celebración de la Eucaristía y recepción regular de los sacramentos, siempre precedida de la proclamación de la Palabra de Dios.

El fundamento del culto cristiano a las imágenes hay que verlo en la misma carne de Cristo, que ha hecho suya el Hijo de Dios en indisoluble unión con ella. Llegamos a Dios por medio de Jesucristo Dios y hombre verdadero. Ciertamente que al hacerse hombre Dios se ha hecho interlocutor de los humanos en nuestro propio lenguaje, pero esto mismo hace que muchos tropiecen en él y no vean sino sólo al hombre Jesús. Sólo la fe penetra el misterio de este hombre y llega a descubrir en él aquello que Dios mismo nos ha dado a conocer, es decir, la divinidad del Hijo de Dios que nos salva por su sacrificio, el mismo que se hace presente en el altar.

Cuando contemplamos la imagen de nuestra Patrona, por medio de ella entramos en amoroso diálogo con la Madre del Señor. Los hay que se emocionan al ver la imagen y se sienten impactados por la belleza del trono mariano que envuelve en nardos de penetrante olor la sagrada imagen de la Virgen en el desfile procesional del domingo que sigue a la fiesta de la Patrona. Tal vez les evoca etapas de la vida que fueron de verdad cristianas y fervorosas, tornadas ahora en escepticismo y sentimiento estético, evaporado ya lo que fue verdadero amor a la Virgen María y por ella súplica e invocación confiada a Cristo Jesús, “imagen visible del Dios invisible” (Col 1,15).

Cuánto desearía, queridos diocesanos, que los que tienden a quedarse en las realidades materiales y afectivas de la fiesta de la Patrona, con el riesgo de confundir la fe en Dios con sólo los sentimientos religiosos, tan extendidos como la misma humanidad, descubrieran en los sacramentos de la Iglesia el lugar propio del encuentro con Dios, y le suplicaran a la Virgen ser de verdad consecuentes con su condición de bautizados. Cuánto desearía también que los que han reducido la piedad popular a mera cultura estética, los que ya no pueden rezar porque han perdido la fe, volvieran a invocar a la Virgen al contemplar su imagen y por medio de ella, volvieran a dirigirse a Cristo para descubrir en su humanidad la presencia del Hijo de Dios que nos salva, la carne que el Redentor del mundo recibió de las entrañas de la Virgen, que nos sigue aconsejando hoy como en Caná de Galilea que vayamos a él y hagamos lo que él nos dice.

Con todo afecto y bendición.

Almería, 29 de agosto de 2015

Solemnidad de la Virgen del Mar

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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