A los 50 años del Decreto conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia

            Queridos diocesanos:

El penúltimo domingo de octubre celebramos la Jornada Mundial por la Evangelización de los Pueblos, más tradicionalmente conocida como Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND). La evangelización es el gran reto que tenemos delante, tanto la «nueva evangelización» en la que nos vienen insistiendo los últimos papas, como la evangelización que es proclamación del Evangelio y plantación de la Iglesia entre aquellos que no conocen a Cristo. En uno y otro caso, lo que está en juego es dar a conocer a Cristo. En nuestra diócesis hemos hecho programa pastoral de este cometido desde hace años. Es el programa que inspira nuestros planes pastorales y a este programa nos debemos obispo, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y fieles laicos. En ello hemos de estar con todos nuestros proyectos apostólicos y pastorales, conscientes de que en esta empresa es el mandato de Cristo el que nos empuja y alienta.

Sin embargo, si distinguimos bien la obra evangelizadora de la Iglesia que hemos venido denominando obra de las misiones, no podemos menos de dar primero gracias a Dios porque esta obra ingente y santamente ambiciosa de plantar la Iglesia proclamando a Cristo como Salvador del mundo es la gran obra que nos encomendó el Resucitado y ha marcado la razón de ser de la Iglesia, ha producido sus frutos y el cristianismo crece en el mundo hoy en una forma distinta de ayer y crece más en unas latitudes que otras, del mismo modo que se desmotiva la fe en Cristo y retrocede en otras.

Avanza el cristianismo en África, incluso en Asia, continente de más difícil penetración porque es el continente de las grandes religiones superiores e históricas, cuyos fundadores han impulsado la conciencia religiosa y moral de la humanidad antes de Cristo. No en vano uno de los retos y programas de la Iglesia de nuestro tiempo es el diálogo interreligioso. Retrocede el cristianismo en el viejo mundo europeo, cuya trayectoria histórica ha dado, sin embargo, lugar a la civilización cristiana y al desarrollo de los derechos fundamentales de la persona humana y de los pueblos. De Europa partió el cristianismo hacia América y África en los tiempos modernos, una vez extinguidos los territorios cristianos del Norte de África. Esta expansión tiene en la evangelización de América una singular aventura de fe, verdadera epopeya del espíritu cristiano, cuyo desconocimiento lleva a tantos indocumentados de nuestros días a decir tantas cosas sin sentido que sólo son exhibición de ignorancia, una conciencia ideológica indocumentada y beligerantemente anticristiana.

El eclipse de la fe en el corazón y la mente de tantos europeos se viene produciendo desde la Ilustración y tiene una carrera ya larga y vieja. Hoy el peso del pensamiento de los siglos XVIII, XIX y primera mitad del siglo XX es mucho menor, pero es muy superior el materialismo ambiental que devora la conciencia religiosa de tantos cristianos que sucumben al pensamiento débil de nuestro tiempo, al subjetivismo relativista de nuestros días, al cual se han referido los pontífices romanos san Juan Pablo II y Benedicto XVI de un modo especial.

El próximo 7 de diciembre se cumplirán los cincuenta años de la aprobación por los padres conciliares del Vaticano II del Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes divinitus, palabras con las que empieza su versión latina (“La Iglesia enviada por Dios a las gentes…”). Desde entonces la orientación que este decreto ha dado a las misiones ha producido sus frutos: se ha revisado el concepto de salvación de los paganos, se ha reflexionado, con riesgos de diverso género, sobre la relación entre la proclamación del Evangelio y la validez de las vías de acceso al conocimiento del Evangelio, sobre la siempre inseparable relación entre acción evangelizadora y tareas de humanización y asistencia promocionadora de los pobres, enfermos y necesitados en territorios no cristianos donde es proclamado el Evangelio. Se ha tenido presente la colaboración entre las Iglesias cristianas en una obra que les es común y abarcadora de su propia razón de ser; y, como acabo de aludir se ha tenido muy en cuenta el valor del diálogo interreligioso, no sólo del diálogo ecuménico entre las Iglesias cristianas.

En algún momento del postconcilio algunos llegaron a pensar que había pasado el tiempo de las misiones y que la Iglesia debía sustituir la evangelización y proclamación explícita de Jesucristo como camino de salvación, verdad y vida que lleva al Padre, por la obra cultural y humanitaria. Era una salida errónea de una situación nueva planteada a la Iglesia y a las misiones. El beato Pablo VI había salido al paso del error afirmando que «las multitudes tienen derecho a conocer las riquezas del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad. Por eso la Iglesia mantiene vivo su empuje misionero e incluso desea intensificarlo en un momento histórico como el nuestro» (Exhortación apost. Evangelii nuntiandi, n. 42).

El santo Papa Juan Pablo II, en la Carta encíclica Redemptoris missio (“La misión de Cristo Redentor…”) preguntaba: «¿Se puede rechazar a Cristo y todo lo que él ha traido a la historia del hombre? Ciertamente es posible. El hombre es libre. El hombre puede decir no a Dios. El hombre puede decir no a Cristo. Pero sigue en pie la pregunta fundamental. ¿Es lícito hacer esto? ¿Con qué fundamento es lícito?» (n. 7). El Papa confirmaba el magisterio de Pablo VI: «La fe exige la libre adhesión del hombre, pero debe ser propuesta» (n. 8); y ampliaba la reflexión recordando justamente la enseñanza del Concilio sobre la unicidad de la mediación de Cristo y la misión de la Iglesia: «La Iglesia profesa que Dios ha constituido a Cristo como único mediador y que ella misma ha sido constituida como sacramento universal de salvación» (n. 9).

Todavía hoy la opinión pública mantenida por los medios de comunicación insisten en validar a la Iglesia por su labor humanitaria, pero siendo ésta una de sus obras más patentes e inseparable de la evangelización, si la Iglesia dejara de proponer a la fe de cada creyente el misterio del amor y de la misericordia divina revelado en Cristo, en su muerte y resurrección, la Iglesia renunciaría a su identidad y misión, la que Cristo le confío al enviar al mundo a sus apóstoles y que hoy se prolonga en la vida y misión de cada uno de los miembros de la Iglesia.

Con todo afecto y bendición.

 

Almería, a 18 de octubre de 2015

Jornada Mundial por la Evangelización de los Pueblos

 + Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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