Queridos diocesanos: En el calendario del Jubileo de la Misericordia el domingo día 17 está señalado como Jornada jubilar de los emigrantes y refugiados. Desde distintas instancias de la Iglesia se ha alzado la voz en nombre de los que no la tienen, para llamar la atención de toda la sociedad sobre los derechos humanos de cuantos se han visto forzados a emigrar de sus países por razones de trabajo; de cuantos han salido al extranjero para buscar una nueva vida y poder sacar la propia familia adelante, aspirando a un bienestar digno de la persona humana. Particular eco han encontrado en el corazón de la Iglesia los que se han visto forzados a salir de sus países huyendo de la guerra y el hambre y buscando refugio por motivos de religión.

La mayoría de los miles de personas en huida no se hallan particularmente envueltas en los enfrentamientos armados y han visto cómo los combates de las partes enfrentadas y los ataques irracionales del terrorismo más cruel han dejado destruidos sus propios hogares, y barriadas urbanas enteras de ciudades hasta hace poco habitadas reducidas a escombros. En una avalancha de migrantes y prófugos desconocida desde la segunda guerra mundial, han llegando a los países europeos occidentales, y siguen llegando, multitudes procedentes desde el escenario bélico del Oriente Próximo.

Entre estas personas que meses pasados se agolpaban en las fronteras,  miles de cristianos huían el terrorismo islamista radical que los persigue a muerte, expulsándolos de su propia patria; y, en el mejor de los casos, los reduciéndolos a un sometimiento social y espiritual contrario al legítimo ejercicio de los derechos fundamentales de las personas y de los grupos humanos. La persecución de los cristianos comenzó mucho antes de que viéramos llegar a Occidente a la multitud de prófugos agolpados en las fronteras. Víctimas de los enfrentamientos civiles en países mayoritariamente musulmanes, les hemos visto sufrir y padecer no poco, sin que los países cristianos hayan hecho los esfuerzos que caía esperar para defender sus derechos y salvaguardar sus vidas.  Sólo tardíamente han reaccionado y se han producido un cierto apoyo y amparo de las cristianas desde el exterior, sin que el ejercicio de la libertad religiosa en los países enfrentados haya mejorado notablemente todavía.

Los secuestros de sacerdotes y religiosos cristianos se han suman a los secuestros de las mujeres y de las adolescentes, aumentando la presión sobre las poblaciones cristianas que ejercen milicianos y terroristas fanatizados sin piedad, cuyo escenario de acción se ha multiplicado. Los sucesos acecidos en países africanos donde convivían cristianos y musulmanes en el pasado han destruido la paz social, sumándose al escenario de horror en que se ha convertido Oriente Próximo y algunos países del norte de África. Los actos crueles de este terrorismo se han extendido a las sociedades de Occidente sembrando diversos países de actos execrables en los que pierden la vida personas inocentes. La inseguridad y la amenaza planean sobre sociedades sensibilizadas que antes se creían seguras. Recientes atentados que están en la mente de todos han despertado un amplio movimiento de solidaridad ante la gravedad de los hechos y de la amenaza.

La Iglesia ha alzado su voz una y otra vez, ha llevado a cabo acciones humanitarias y ha puesto su autoridad moral al servicio de la paz. El Santo Padre Francisco no ha dejado de denunciar las violaciones de los derechos humanos y llamar a la concordia y a la paz social, en la cual tienen que colaborar con el mayor esfuerzo las confesiones religiosas. Dios no patrocina la violencia terrorista ni la violación de los derechos humanos ni tampoco la fe se puede propagar mediante la imposición violenta de una religión.  Muy por el contrario las religiones están llamadas por su misma naturaleza ser medios de pacificación y fraternidad, pues los creyentes reconocemos en Dios al Creador y Redentor de los hombres.

Los obispos católicos de los países occidentales venimos apoyando la permanencia de los cristianos en Tierra Santa haciéndonos presentes mediante nuestros obispos delegados que anualmente visitan a los obispos y las Iglesias cristianas, particularmente como huéspedes del Patriarcado latino de Jerusalén y de las Iglesias orientales católicas. También los obispos delegados de nuestras respectivas Conferencias episcopales que formamos la Comisión de Obispos de la Unión Europea (COMECE) no hemos dejado de defender el respeto a la libertad religiosa como irrenunciable derecho de las personas y los grupos sociales, sino también como medio óptimo de pacificación social. Sabemos cuánto puede hacer la Unión Europea para que la libertad religiosa sea respetada en Europa y en los países donde su influencia económica y cultural es mayor.

Por todo esto, esta Jornada jubilar de migrantes y refugiados alcanza un significado entre nosotros que no podemos ignorar. Es el momento de preguntarnos los cristianos si podemos hacer algo más de lo que hacemos por los migrantes en tránsito que llegan a nosotros, por los inmigrantes que se quedan entre nosotros y por los refugiados que nos piden asilo. Muchos de los que llegan a nosotros son musulmanes que queremos acoger con respeto por su religión, compartiendo con ellos muchas cosas que tenemos en común por razones religiosas. Otros muchos son cristianos, entre los cuales hay católicos latinos y católicos orientales. Entre los cristianos no católicos, los hay hermanos de las Iglesias ortodoxas y de las Comunidades eclesiales evangélicas.

En esta Jornada Jubilar, católicos latinos y orientales, queremos orar en la misa dominical por el perdón y la paz, por la reconciliación y la convivencia social. Oramos  suplicando con fe del único Señor y Dios de los hombres, que hemos conocido en su Hijo Jesucristo como Padre de todos los hombres, que nos dé su perdón y su gracia, para encontrar unidos caminos de justicia y libertad, de progreso y bienestar, caminos que llevan a la verdadera paz social. Abrimos nuestros brazos a cuantos hermanos de otras confesiones cristianas nos quieran acompañar, justo ahora cuando vamos a empezar el Octavario de oración por la unidad de las Iglesias que empieza el lunes 18 y termina el 25 de enero con la fiesta de la conversión de san Pablo Apóstol de las gentes.

Almería, a 17 de enero de 2016

Jubileo de los Migrantes y Refugiados

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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