ES MUCHO MÁS LO QUE NOS UNE A LOS CRISTIANOS QUE LO QUE NOS SEPARA

 

Queridos diocesanos:

1       El año que hemos comenzado trae consigo el cumplimiento del 500 aniversario de los comienzos de la Reforma protestante. Tradicionalmente se considera que el movimiento religioso que dio lugar a la Reforma comenzó con la fijación de las 95 tesis sobre las indulgencias del fraile agustino Martín Lutero en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg el 31 de octubre de 1517. De entonces ahora ha pasado medio millar de años de historia de la fe cristiana, con dramáticos desencuentros entre los que se mantuvieron católicos y los protestantes. Estos últimos comenzaron a agruparse en las distintas comunidades eclesiales a que dieron origen los reformadores que encabezaron el movimiento reformista del siglo XVI.

Una historia de desencuentros que es preciso superar

2       Los reformadores sostuvieron siempre que no era su intención fundar una Iglesia nueva, pero de hecho la Reforma dio origen a distintas Comunidades eclesiales históricamente agrupadas en las grandes confesiones separadas de la Iglesia del Papa, sin que tampoco llegaran a un pleno acuerdo de fe entre ellas. Así confesionalmente siguen siendo tradiciones confesionales las Iglesias luteranas, hoy agrupadas en la Federación Luterana Mundial, y las distintas Iglesias evangélicas de tradición reformada, muchas de las cuales integran la Alianza Reformada Mundial.

A estas Iglesias o Comunidades eclesiales se suma la Iglesia anglicana, cuya separación de la Iglesia de Roma impuso el rey Enrique VIII, por razón de su divorcio de la reina Catalina, pero desde un punto de vista teológico, el anglicanismo es resultado de la reforma inglesa de la Iglesia, en la que influyeron los mismos reformadores que encabezaron los movimientos reformistas del Continente europeo. El anglicanismo conservó, sin embargo, estructuras y elementos jerárquicos y sacramentales del catolicismo, que lo han diferenciado notablemente de las demás confesiones evangélicas.

         Sin detenerme más en otras comuniones de Iglesias evangélicas, es preciso decir que el diálogo ecuménico de nuestro tiempo ha puesto de manifiesto cuántos e importantes elementos del catolicismo histórico antiguo y medieval han conservado anglicanos, luteranos y reformados. Hoy, después de cincuenta años de diálogo ecuménico impulsado por el Vaticano II, podemos afirmar con toda justicia y seguridad que es mucho más lo que nos une a los cristianos que lo que nos separa. Podemos incluso decirlo también de las comunidades eclesiales más evangelistas, porque con ellas tenemos en común la fe en Dios uno y trino, la común confesión de fe en la divinidad de Cristo, sin la cual no podríamos afirmar la Trinidad de Dios; y fe en la redención realizada por Jesucristo, y el sacramento del bautismo que nos hacen cristianos, aunque no podamos compartir plenamente la misma comprensión de la Iglesia ni de la Eucaristía.

         Los cristianos hemos aprendido a reconocernos mutuamente como cristianos, alejados durante siglos y víctimas en los peores momentos históricos de las guerras de religión que enfrentaron a las naciones cristianas de Europa durante los siglos XVI y XVII.  La llamada Paz de Westfalia (1648) puso fin a los enfrentamientos por causa de la religión, para dar paso a la coexistencia de Iglesias y comunidades cristianas en Occidente, aplicando el principio que dio lugar a la paz: «según la religión del príncipe así la religión de los sus súbditos» («cuius regio eius religió»). Un principio que había comenzado a invocarse para poner fin a las guerras entre católicos y luteranos y otros evangélicos desde la Paz de Augsburgo (1555), firmada por Fernando I de Austria, hermano del Emperador Carlos V, y los príncipes protestantes alemanes.

Debemos, con todo, tener presente que la división a que dio lugar la Reforma protestante no fue la primera separación entre cristianos. El desgarro histórico entre Oriente y Occidente había sucedido quinientos años atrás de la Reforma protestante, en 1054, cuando se hizo inevitable el llamado Cisma de Oriente, enfrentando con recíprocas excomuniones a Roma y Constantinopla. El diálogo entre los católicos y los orientales ortodoxos apela con esperanza a la unidad vivida por la Iglesia indivisa durante el primer milenio del cristianismo.

3       Aun siendo la verdad histórica así, es preciso asimismo reconocer que las separaciones entre cristianos nunca fueron aceptadas sin esperanza de que un día serían superadas, porque en todos los cristianos producía quemaba siempre la voluntad de Jesús manifestada a los apóstoles en la noche de la última Cena: «Como tú, Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

No faltaron los esfuerzos e intentos históricos de reconstruir la unidad visible de la Iglesia, ya después de experimentar las separaciones como un mal real. En el siglo XV, el Concilio de Florencia estuvo cercano a lograr el restablecimiento pleno de unidad entre Oriente y Occidente, fracasada por razones políticas y externas al bien y la paz de la Iglesia. En el siglo XVI, ante lo inevitable del surgimiento de comunidades cristianas separadas de Roma, se pudo establecer un foro de diálogo en busca de la unidad que se perdía. Los coloquios de teólogos y eclesiásticos, en las décadas de los años cuarenta y cincuenta del siglo XVI, celebrados en Augsburgo llevaron a la convicción de que era posible restablecer la unidad, manteniendo las diferencias de pensamiento teológico no lesivas de la unidad dogmática de la fe cristiana compartida. El siglo XVIII también conoció foros y coloquios por la unidad de la Iglesia, y en la segunda mitad del siglo XIX las sociedades misioneras experimentarían su propia carne la necesidad de aunar esfuerzos para llevar adelante la evangelización, las que llegó el fruto granado de la Conferencia Mundial Misionera en 1910 celebrada en Edimburgo (Escocia), que abrió camino al ecumenismo contemporáneo.

La “purificación de la memoria”, condición fundamental del ecumenismo

4       Hoy, después de los logros alcanzados para el logro de la reconciliación de los cristianos, ciertamente no podemos celebrar la ruptura de la Iglesia, pero juntos luteranos y católicos podemos orar y trabajar unidos para que este del 500 aniversario del inicio de la Reforma luterana nos ayude a mirar nuestro pasado con voluntad de conversión, y a afrontar mejor la evangelización del mundo presente y futuro. No podemos celebrar nuestra desunión, pero estamos llamados a aprovechar el V Centenario del inicio de la Reforma para ahondar en sus causas, asumir juntos las consecuencias, reconociendo que la culpa compartida requiere hoy un verdadero programa de “purificación de la memoria” del pasado.

Este importante motivo ha sido incorporado a los diálogos entre las confesiones, porque la reconciliación pasa por el reencuentro de las Iglesias y comunidades eclesiales. El reencuentro es posible si somos capaces de ponernos unos en el lugar de los otros; si tenemos voluntad de comprender qué se pretendía asegurar, de qué se quería huir y con qué finalidad se formuló, incluyendo recíprocas condenas, cuanto se afirma en los escritos confesionales de las Iglesias.

Al intentar comprender a los cristianos separados, los católicos comprendemos mejor también las afirmaciones de nuestra fe, que nos alejan de errores y desviaciones. Esto nos ayuda a mirar a los demás cristianos con sus propios ojos, para ver lo que en nosotros aparece ante ellos como no ajustado al Evangelio y a la fe apostólica que nos ha sido transmitida por la predicación evangélica.

Católicos y luteranos al encuentro

5       La purificación de la memoria de unos y otros nos ayudará a reencontrarnos. En 1983 los luteranos celebraban el V centenario del nacimiento de Lutero. Con este motivo el santo Papa Juan Pablo II afirmaba: «No podemos dejarnos guiar por el deseo de erigirnos en jueces de la historia, sino únicamente por comprender mejor los acontecimientos y llegar a ser portadores de la verdad» [Juan Pablo II, Mensaje al cardenal Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, 31 de octubre de 1983]. Con esta voluntad de comprender, para caminar juntos, el Papa Francisco realizaba el pasado 31 de octubre de 2016 el viaje apostólico a Lund, la ciudad sueca donde en 1947 nació la Federación Luterana Mundial, de la que forman parte 145 Iglesias que suman más de setenta y dos millones de personas.

El Papa viajó para orar junto a los luteranos y expresó esta misma idea de san Juan Pablo II: «No podemos resignarnos a la división y al distanciamiento que la separación ha producido entre nosotros. Tenemos la oportunidad de reparar un momento crucial de nuestra historia, superando controversias y malentendidos, que a menudo han impedido que nos comprendiéramos unos a otros» [Francisco, Homilía (Lund, 31 octubre 2016)]. A Martín Lutero le inquietaba dónde podía hallar un Dios misericordioso, y el Papa comenta en la misma homilía: «La experiencia espiritual de Martín Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios».

6       Defensor de la soberanía de la gracia misericordiosa de Dios, Lutero no siempre fue bien comprendido, y él, a su vez, se radicalizó alejándose de la tradición de fe católica en cuestiones esenciales relativas a la salvación en la Iglesia querida por Jesús. El diálogo teológico contemporáneo ha buscado la convergencia de católicos y luteranos, intentando comprender mejor la intención de fidelidad al Evangelio que movió al reformador, que se expresa en el principio central del Evangelio de la justificación por la sola fe. Al mismo tiempo, ahondando en cuál es la mediación de la salvación en la Iglesia querida por Jesús, y, en consecuencia, cuál es la función del ministerio eclesiástico o pastoral.

En 1999, de nuevo en Augsburgo, católicos y luteranos firmaban un acuerdo sobre la doctrina de la justificación, en el que ambas confesiones reconocían su propia fe. La obra de Lutero alcanzaba su objetivo, pero al mismo tiempo el acuerdo salvaguardaba la vinculación de la fe a la experiencia y mediación de la gracia en los sacramentos de la Iglesia, porque «en el bautismo se otorga el don de la salvación como fundamento de la vida cristiana en su conjunto. El hombre confía en la promesa de la gracia divina por la fe justificadora, que incluye la esperanza en Dios y el amor a él. Dicha fe es activa en el amor y, por eso, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras; pero todo lo que en el ser humano antecede o sigue al don de la fe no es motivo de justificación ni la merece» [Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, n. 25].

Testigo del Evangelio como predicador de la palabra de salvación, que se expresa en el principio de “sola Escritura”, Lutero es hoy mejor comprendido por los católicos. Del mismo modo, gracias a este fructífero diálogo ecuménico, los luteranos nos comprenden también mejor, porque la justificación por la fe integra al bautizado en la Iglesia, ámbito de salvación, en el cual es leída y comprendida la Escritura inseparable de la tradición de fe. Conscientes de lo mucho que nos une, hoy compartimos el mismo desafío, afrontando la difícil tarea de la evangelización para llevar la gracia redentora a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aunque también somos conscientes de lo que aún nos separa.

El Octavario de oración por la unidad

7       La Semana de oración por la unidad visible de la Iglesia, desde que Paul Watson en 1908 la impulsó con éxito, este Octavario de oración, que va del 18 de enero al 25, fiesta de la Conversión de san Pablo, se ha convertido en patrimonio común de las Iglesias y comunidades eclesiales, y con todo derecho es oración compartida. Necesitamos orar con fe y suplicar el don de la unidad visible que aún nos falta, para que el mundo crea. Lo hemos de hacer siempre, pero en esta semana de intensa súplica, no podemos dejar de hacerlo unidos a los cristianos de todas las Iglesias y comunidades eclesiales, conscientes de cuánto sufren y padecen los cristianos perseguidos por su fe para poder mantenerla.

El lema de este año reza así: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5, 14-20)». No quiere ser un lema tan sólo para semana de oración por la unidad, sino para todo el año 2017, que sin duda ha de tener un eco propio en las comunidades católicas y luteranas, sobre todo de aquellas Iglesias particulares donde la convivencia con los luteranos es cotidiana y motivo de oración constante, empresa de evangelización común y relaciones de recíproca estima.

Aun así, junto a los foros de diálogo católico-luterano, el diálogo de la Iglesia Católica con las otras confesiones cristianas sigue adelante y es, como dejó dicho san Juan Pablo II, verdaderamente irreversible. Cristo Jesús así lo pidió al Padre y lo suplicó de él para su Iglesia, que es su cuerpo místico, del cual es Jesús la cabeza.

Con mi afecto y bendición.

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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