EL TEMPLO CRISTIANO, CASA DE DIOS
Y CASA DE LA ASAMBLEA QUE CELEBRA

 Jornada diocesana «pro templos»

 

Queridos diocesanos:

El templo cristiano es la casa de Dios y la casa que la comunidad cristiana necesita. La construcción de templos es una necesidad que no es fácil diferir en el tiempo cuando una comunidad cristiana carece de la iglesia parroquial para reunir la asamblea litúrgica, proclamar la Palabra de Dios y celebrar los sacramentos, en especial la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana. La Iglesia siempre ha construido templos para acoger la asamblea eclesial, en la cual se hace presente cuando se celebra la sagrada liturgia toda la Iglesia como comunidad de salvación. Por eso, en tanto no es posible levantar la «casa de Dios», la asamblea de los fieles se acoge a la hospitalidad de un humilde local, suficiente para dar cabida a los bautizados que celebran su fe.

Sin embargo, esta última es una solución provisional, y la construcción de la iglesia parroquial es meta irrenunciable de cualquier parroquia nueva, objetivo que se intenta alcanzar con verdadera ilusión y no pequeño esfuerzo. Como se convierte en objetivo de cumplimiento anhelado, cuando es el caso, levantar una catedral como primer templo de la Iglesia diocesana; y no son pocas cuyo acabamiento ha sido siempre, no sólo en la Edad Media, referente histórico de las sociedades cristianas, sino también en los tiempos modernos y en nuestros días.

En las naciones de historia cristiana, como es el caso de la nuestra, igual que en las nuevas cristiandades surgidas de la acción misionera de la Iglesia, la construcción de iglesias ha incluido siempre levantar en su lugar, el más idóneo posible para el fin que se pretende, la iglesia Catedral de una diócesis. Así fue noticia en el pasado siglo la construcción de un buen número de catedrales en los cinco continentes: Brasilia (1958-1970); Abiyán, Costa de Marfil, 1980-1985; Liverpool, Reino Unido (1962-1967); Los Ángeles, EE. UU. (1998-2012). Todas ellas son obra de arquitectura moderna que sorprende por su creatividad y su obra de gran ingeniería. Menciono estos edificios desmienten la idea que algunos propagan de que ha pasado el tiempo de las catedrales y que ya no merece construir iglesias. No dejo de mencionar también la catedral de Santa maría de la Almudena, de Madrid; y, aunque no es una catedral, pero se le equipara por su significación religiosa y belleza modernista y por ser obra de Antonio Gaudí, la iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona.

Ciertamente, el alcance de la noticia es menor, siempre lo es para la Iglesia diocesana y, sobre todo, para los parroquianos que proponen su construcción, levantar la iglesia de una nueva parroquia, un empeño de los más esforzados para una comunidad cristiana. Es una verdadera aventura, sacar adelante la financiación de un proyecto, primero ideado por los responsables del Obispado con la colaboración preciosa del párroco y de los fieles, elaborado por el arquitecto con verdadera ilusión, examinado y finalmente aprobado, para comenzar a hacerlo realidad.

Una comunidad cristiana necesita un «complejo parroquial», sin el cual no es posible organizar la acción apostólica y pastoral, instalar la administración pastoral que requiere el despacho del sacerdote y  de los colaboradores; y organizar la catequesis por aulas, la formación permanente de los catequistas, las reuniones con los padres de los niños que reciben los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, confirmación y Eucaristía); promover el apostolado de los seglares, el encuentro de matrimonios y familias, y otras muchas actividades, entre las cuales son de importancia los encuentros de juventud y la programación de la pastoral juvenil.

Todo esto lo ve cualquiera, y cada vez se valora más que una parroquia cuente con un complejo parroquial adecuado a las necesidades de la evangelización de hoy en día, y teniendo en cuenta el estilo de organización de vida de nuestra sociedad. Sin embargo, ninguna necesidad es de mayor urgencia que la comunidad pueda contar con la iglesia parroquial.

La iglesia, un edificio singular que se ha de diseñar conforme a las orientaciones litúrgicas de la Iglesia, es la pieza clave del complejo parroquial. Su nave ha de capacidad suficiente para acoger la asamblea de los fieles, y la disposición de sus espacios debe ser tal que ofrezcan el marco propio a la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios y la instrucción en la fe. En la iglesia parroquial se celebra en ámbito propio la Eucaristía y los demás sacramentos de la comunidad cristiana; y, en ella, en fin, encuentran acogida unas y otras representaciones sagradas de la historia de la fe y de la santidad. Todo en el templo cristiano tiene una dimensión «sacramental», porque en ella el conjunto de sus representaciones hace presente el misterio de nuestra redención, la muerte y resurrección del Señor, la glorificación de María, Virgen inmaculada y Madre del redentor, y de los santos que con su ayuda maternal siguieron el camino de la vocación cristiana y llegaron a la meta.

En el baptisterio está la fuente en la que fuimos regenerados, el presbiterio delimita el ámbito en el que el ministro sagrado confecciona el sacrificio eucarístico, y en la capilla del Santísimo, la lámpara de la luz eterna avisa de la presencia sacramental de Cristo en el tabernáculo, que sostiene la fe de los que acuden a recibirle y de cuantos le adoran como a Dios y Señor. El confesonario, ubicado en la capilla penitencial o en lugar idóneo dentro de la nave de la iglesia, es reclamo continuado de misericordia divina.

Todos estos elementos de singular significación sagrada adquieren una densidad intensa en la iglesia catedral, el primer templo de una Iglesia diocesana, donde la cátedra del Obispo da nombre a esta iglesia mayor. En ella, la sede episcopal es inseparable del altar donde el Obispo celebra la Eucaristía, celebración que por su mandato se extiende a todas las iglesias diocesanas. La catedral recapitula en sí misma la permanente dispensación de la gracia de la redención, que nos hace justos y nos santifica; y nos llega por medio de la sucesión de los obispos en el ministerio de los apóstoles que ellos y los sacerdotes ejercen para nuestra salvación.

Necesitamos construir iglesias y mantener en buen estado las que hemos recibido como herencia de fe y prodigio de arte sacro, parte del patrimonio histórico-artístico y cultural de la Iglesia. Nuestros templos son testigos en piedra y materiales de construcción de la fe que profesamos y ámbito sin el cual no es posible ni celebrar ni tampoco instruir en la fe mediante la proclamación de la Palabra de Dios.

La dificultad estriba en que hoy una iglesia parroquial cuesta el dinero que los fieles sólo con mucho esfuerzo pueden poner en juego, aun contando con la ayuda del Obispado. Los préstamos son los que pueden dar lugar a poner en juego una financiación razonable, pero, aun así, sin la capacidad financiera de la comunidad parroquial para afrontar el vencimiento mensual de los plazos, la construcción de un templo se demora sin que se vea cómo podrá hacerse realidad.

Por eso, los templos diocesanos inacabados y los que es preciso construir requieren el generoso compromiso de los fieles para llevar adelante el proyecto que permitirá a la comunidad que celebra la fe contar con la «casa de Dios» que es la «ecclesía», la iglesia-congregación de los fieles acogida al cobijo de sus muros. La iglesia que es matriz de vida nueva y casa de puertas abiertas a cuantos el Señor llama a recibir la vida que en ella generan los sacramentos. Es, pues, urgencia de la fe, y necesidad que lleva consigo la evangelización granada de frutos, estimular la generosidad de cada uno de los fieles, a fin de lograr juntos la construcción de las iglesias que necesitamos y mantener las que hemos recibido como patrimonio del pueblo cristiano.

Con mi afecto y bendición

Almería, a 13 de agosto de 2017

Domingo XIX del Tiempo Ordinario

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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