Llega a su término el Año jubilar del Saliente, que la Penitenciaría Apostólica del Santo Padre concedió al Santuario de Nuestra Señora de los Desamparados y del Buen Retiro, con motivo del cumplimiento de los trescientos años desde que la sagrada imagen de la Virgen llegara a su casa de Monte Roel, en la Sierra de las Estancias. La fiesta de la Natividad de la Virgen abría el Año jubilar y esta misma fiesta mariana lo cierras con la misa estacional que el Obispo diocesano y la impartición de la bendición apostólica.

Hasta las plantas de la Virgen han llegado peregrinos de las parroquias de todas las comarcas de la diócesis almeriense y son muchos los peregrinos venidos de lugares cercanos y lejanos al santuario de la Señora. Aquí han llorado de emoción y han suplicado a la Madre del Redentor les conceda vivir con el gozo de tener salud o recobrarla, para sí y para sus seres queridos. Le han pedido fidelidad conyugal y que los hijos crezcan sin la perturbación del mal moral que aqueja a una sociedad permisiva y violenta, donde todo parece valer lo mismo y el pensamiento y los hábitos de los que se impone como correcto y necesario para estar al día, socaban la fe y desvían la conducta cristiana a la peligrosa zona donde se pierde el criterio. Le han suplicado maternal ayuda para recobrar la paz de conciencia, cuando las tormentas de la vida azotan la conciencia y arrastran las convicciones de fe a la insegura zona de la duda y el escepticismo.

Han acudido grupos de fieles de las comunidades parroquiales acompañados de sus sacerdotes, y éstos y los fieles le han pedido a la Virgen vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada, encomendándole la salud espiritual de los jóvenes, amenazados por la ideología de género y por la promiscuidad, destinatarios de una visión de la fe cristiana sectaria y laicista, fruto de los prejuicios históricos que perduran y de la proclividad del ser humano a repetir los mismos errores que sus antepasados.

Los cristianos no podemos confiar tan sólo en los sentimientos religiosos, sino aprender en la escuela de María que la fe debe iluminar estos sentimientos. Debemos examinar cada día qué intereses orientan nuestra oración y nuestra relación con Dios, fundamento de una vida recta y de una convivencia fundada sobre la voluntad de Dios. Hemos de examinar si nuestra súplica a la Virgen está separada de una vida recta y en justicia ante Dios. El Año jubilar concluye, pero si no hemos revisado la vida para ajustarla a la voluntad de Dios y cumplir los mandamientos, no habremos alcanzado el objetivo del Año jubilar, es decir, la renovación de vida.

Vivimos bajo la presión de una cultura de la diversidad impuesta dogmáticamente como más provechosa y benéfica que una cultura homogénea, pero para que sea provechosa no puede ser impuesta a costa de relativizar la visión cristiana de la vida, mayoritaria entre nosotros, por eso los cristianos corremos el peligro de acomplejarnos ante la incitación al relativismo como alternativa a la concepción cristiana de las cosas, si no reaccionamos. El año jubilar ha puesto de manifiesto que las raíces cristianas de nuestra cultura son hondas y siguen siendo mayoritarias, aunque el indiferentismo inducido desde los medios de comunicación por élites y sectores culturales y políticos beligerantemente anticristianas plantea no pocos obstáculos y dificultades a quien quiera vivir conforme al espíritu y la letra del Evangelio. La falta de formación religiosa no la vamos a suplir con los sentimientos religiosos, es necesaria la acogida con apertura de corazón de las enseñanza de la Iglesia y sincera voluntad de vivir según las exigencias de la fe que profesamos.

La Virgen María es el modelo y la figura de fiel cristiano, porque es figura y madre de la Iglesia, ejemplo vivo de apertura a la palabra de Dios y a la acción del Espíritu en nuestro interior. Ojalá que el Año jubilar que ahora clausuramos deje como fruto el compromiso de cada peregrino al Saliente de obtener mediante la conversión a Dios una mayor apertura de alma y corazón a la palabra del Evangelio, para que sea Dios el que guíe siempre nuestro camino hacia él y sostenga una relación con nuestro prójimo ajustada a la voluntad divina. Es cierto que es costoso vivir contracorriente, pero en este Año jubilar hemos vivido la beatificación de los Mártires del siglo XX en Almería, que estimulan con su ejemplo y la ayuda espiritual de la Reina de los Mártires nuestro compromiso. Sacerdotes y religiosos, fieles laicos, hombres y mujeres que dieron testimonio de Cristo en circunstancias adversas infinitamente más arriesgadas que las nuestras, por eso han sido asociados al triunfo de Cristo: “Ellos le vencieron (al Maligno) gracias a la sangre del Cordero y a la palabra del testimonio que dieron, porque no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12,11).

La Virgen nos acoge bajo su regazo, como Madre de los Desamparados, para arropar nuestras vidas cuando la inclemencia de las dificultades amenace son enfriar la fe y dejar gélida el alma. Acudamos a ella y dejémonos guiar por ella, que una vez y otra nos recordará que hemos de ir a Jesús y hacer lo que él nos ha dicho ayer y nos dice hoy y nos dirá siempre: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en é, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.” (Jn,15,5). Así, pues, María no puede menos de llevarnos a su Hijo, pues lo llevó en su vientre y lo dio a luz para que nosotros tengamos vida por él.

Almería, 8 de septiembre de 2017

Natividad de la Bienaventurada Virgen María

                                            † Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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