Queridos diocesanos:

La Iglesia existe para la misión. Lo dejó dicho el Vaticano II, siguiendo la tradición de fe eclesial: «La Iglesia peregrinante es, por su misma naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre» (Vaticano II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, n. 2). Décadas atrás se quiso neutralizar la acción misionera de la Iglesia, invocando el respeto que merecen las religiones no cristianas; y argumentando, además, con una teología de las religiones que pretendía justificar la neutralización de la acción misionera de la Iglesia. Lo sustancial de esta teología se resume en una visión de las religiones como expresión del sentimiento religioso de la humanidad, plasmado en lo podemos considerar un «cuerpo de símbolos y ritos» que obedecerían a lo mismo: una genérica revelación de Dios, obra del Verbo divino presente en todas las religiones.

La Declaración de la Congregación de la Fe Dominus Iesus marcó la entrada del nuevo milenio con un recordatorio de la fe eclesial irrenunciable: la Encarnación del Hijo eterno de Dios no es un mito, sino una realidad trascendente e histórica, fundamento de la divinidad de Cristo y de su mediación universal como redentor de todos los hombres. Naturalmente, con la inevitable consecuencia de esta afirmación central de la fe cristiana: que la Iglesia, por voluntad de Cristo prolonga la acción mediadora de la salvación en el tiempo, medio de acceso a la gracia de la redención y a la santificación.

La Declaración mencionada no sólo recordaba la fe irrenunciable de la Iglesia en la mediación de la salvación universal en Cristo, también contribuía de manera decisiva, a pesar de ciertas resistencias y debate, a la plena recepción de la encíclica del santo papa Juan Pablo II sobre el mandato misionero de Jesucristo Redemptoris missio, publicada una década anterior (7 diciembre 1990), encíclica de la cual extrae la Congregación parte importante de la argumentación de la declaración, actualizando el magisterio eclesiástico anterior.

Al llegar el Domingo Mundial de las Misiones, me parece muy necesario volver sobre el mandato de Jesús resucitado de llevar el evangelio de la salvación a todas las gentes. En este mandato se fundamenta, ante la crisis del cristianismo occidental, la llamada de los papas a la nueva evangelización de las sociedades históricamente cristianas, porque sin el cristianismo que ha inspirado su historia, han quedado sin la referencia trascendente que da razón cumplida de su visión del mundo. El cristianismo permite entender la génesis histórica, que es a un mismo tiempo religiosa y cultural, de la proclamación de los derechos fundamentales de la persona. Estos derechos están asentados sobre una concepción trascendente de la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y, por eso, mismo en cuanto creada en libertad sujeto de responsabilidad moral.

Los papas nos han llamado a volver a evangelizar y, al mismo tiempo, a no sucumbir a la tentación de dejar de anunciar a Cristo como Redentor del hombre de todos los tiempos y, por eso mismo, verdadero y único Salvador del mundo. Los obispos han secundado como misión propia esta llamada del magisterio universal de la Iglesia, poniendo las Iglesias diocesanas “en estado de misión”, y al mismo tiempo de cooperación con otras Iglesias más necesitadas. Una forma de realizar la comunión de todas las Iglesias que exige compartir los agentes de la acción apostólica y pastoral, proveer de «misioneros» y al mismo tiempo pedirlos, cuando una Iglesia se halla en la necesidad de pedir a otras Iglesias, antes receptoras, los sacerdotes que necesita. Una forma de cumplimentar la comunión eclesial que pone de manifiesto la naturaleza católica de la Iglesia, su universalidad y su unidad.

El lema de esta Jornada mundial de las Misiones invita a la valentía, porque “la misión te espera”, porque «el amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14) y está en juego la salvación. Hemos compartido, cuando hemos podido nuestros bienes y los recursos humanos de que disponemos con las Iglesias necesitadas. La presencia de sacerdotes diocesanos en Hispanoamérica ha sido un compromiso sostenido durante décadas. Sacerdotes originarios de la diócesis y miembros de comunidades y movimientos apostólicos se han venido a sumar a la presencia de religiosos y religiosas en otros países de Europa de áreas culturales diferentes de la cultura de los países que nos son próximos. Presencia en países de América, África e incluso Asia, donde la misión cristiana se abre camino con grandes dificultades. Nuestros laicos, no sólo personas individuales, sino también familias enteras, han afrontado el traslado a ambientes y a situaciones laborales nuevas, en el contexto de culturas alejadas de nuestra escala de valores, para llevar el mensaje de Cristo; y para hacerlo sin renunciar a tareas humanitarias y de cooperación humana en el campo de salud, la educación y la promoción de la justicia social, como la particular promoción de la mujer y la atención a la infancia.

Todo para que sea conocido Cristo Jesús y el Evangelio se abra camino, para conferirle al hombre y a la sociedad aquella visión del mundo y del ser humano revelado en la historia de nuestra salvación por el Creador. Sí, se requiere valentía porque la misión nos urge y es Cristo mismo el que nos llama a ser sus testigos en un mundo que necesita la luz poderosa del Redentor resucitado. Luz que le ayude a superar las contradicciones en las que el hombre de nuestro tiempo vive, las oposiciones y los conflictos que le envuelven y que tienen honda raíz en la condición pecadora de todos los humanos, en su apartamiento de Dios.

La misión espera a cada cristiano, es empresa común de cada comunidad, y sin ella pierde su razón de ser la Iglesia que, «enviada por Dios a las gentes para ser “sacramento universal de salvación”, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador, se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres» (Decreto Ad gentes, n.1).

Con mi afecto y bendición.

Almería, Domingo Mundial de las Misiones (Domund)

22 de octubre de 2017

                                   Adolfo González Montes

                                          Obispo de Almería

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