Queridos diocesanos:

Cuando el 13 de noviembre se celebraba en las Iglesias diocesanas de todo el mundo la clausura del Año Santo de la Misericordia, el Papa Francisco vivía en la basílica de San Pedro, en Roma, una memorable “Jornada jubilar de las personas marginadas”. El Papa clausuraría el Año Santo una semana después de las Iglesias particulares, para que todos mirásemos al centro de la cristiandad y al Sucesor de Pedro, fundamento visible de la comunión eclesial.

La jornada soñada por el Papa se ha hecho realidad por su mandato, y estamos celebrando por primera vez esta memorable jornada propuesta por Francisco en favor de las personas que se sienten marginadas de la sociedad: pobres y excluidos por distintas razones de raza, o religión, sin poca ni mucha riqueza o caídos en la miseria. El Papa Francisco manifestó el deseo de que un día así fuese para siempre la Jornada de los pobres y hoy ha comenzado la realidad.

         Esta Jornada introduce una importante novedad, porque, si es verdad que ya tenemos la jornada de Caritas y que Manos Unidas, la nueva jornada llega con su puntual campaña a nuestras conciencia, para impedirnos caer en la tentación de dejar en manos de programas de promoción  política y culturalmente correcta la atención a los excluidos, sin mirar el rostro de los pobres que se nos echan encima en la calle y en la puerta de las iglesia y centros religiosos; sin mirar al pobre que duerme en el cajero de la sucursal bancaria cercana a la propia casa donde uno vive, o cobijado bajo la marquesina de un negocio, cubriéndose con cartones y plásticos, a veces arrimando un colchón desechado bajo el cuerpo.

Vivimos asaltados por pobres que, inmisericordes apartamos, porque son muchos y en tantos lugares son los mismos que han copado la esquina más rentable y el puesto cercano a un edificio público o religioso; muchos de ellos, inmigrantes ilegales caídos en el círculo vicioso de no poder trabajar porque no tienen los papeles en regla, y no tienen papeles porque no han entrado con papeles en el país.  Pobres que a veces nos mienten y siempre son reales desvalidos, sin auxilio alguno del prójimo, sin cobertura legal, despreciados o mal vistos. Pobres víctimas de situaciones que es imposible distinguir en la calle y, sin embargo, detrás de unos y otros pobres la necesidad es ley.

Hay pobres que son personas dignas, sin otra salida que la mendicidad, que soportan por eso mismo con dignidad y humilde corazón: personas necesitadas de ayuda, para volver bajo techo y regresar a la casa que han dejado o que sólo les alberga por la noche. Pobres que ven peligrar sus relaciones matrimoniales y familiares, expuestos a perder a los amigos y quedarse solos con su dolor.

El Papa Francisco llama al corazón de todos para que hagamos realidad la exhortación del evangelista: “Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn 3,18). Palabras convertidas en lema de esta primera la jornada de los pobres. Los pobres nos inquietan y preocupan, porque son el reflejo de la falta de justicia y de misericordia, de falta de humanidad que persiste, aunque se ha hecho mucho y se pretende combatir la pobreza como objetivo del ingreso en el nuevo milenio.

Jesús recriminó la hipocresía de quienes se indignaban porque una mujer arrepentida de sus pecados y movida por amor hacia el Maestro ungió la cabeza de Jesús con un perfume de nardo puro y mucho preciso, y advertía a quienes así criticaban: “Porque pobres tendréis siempre con vosotros; pero a mí no me tendréis siempre” (Mt 26,11; cf. Mc 14,7).

Es una realidad imposible de obviar: que hay pobres, que abundan, que los tenemos siempre con nosotros y no los socorremos, aunque queremos ayudarlos y no cerrar los ojos ante su situación. Gracias al voluntariado activo en tantas parroquias y movimientos, a voluntarios y personas generosas de asociaciones de piedad y solidarias, es posible paliar el sufrimiento de muchos pobres, pero son millones en un mundo sin corazón.  Como se lee en los materiales de la Conferencia Episcopal para la Jornada sobre la celebración de la misma todos los años el domingo anterior a la fiesta de Cristo Rey “es una ocasión especial para poner de manifiesto, como un verdadero signo de evangelización y compromiso, la participación y la aportación de los más pobres en la vida de las comunidades”.

Quiero secundar la intención del Santo Padre, al poner en marcha esta jornada mundial en favor de los pobres, para que nos sirva de estímulo para tomar conciencia de su situación y poner en marcha una contribución concreta, que rehúya un compromiso de mero lenguaje, mera retórica, y ponga manos a la obra. Los pobres así lo esperan de nosotros y Jesús lo espera con ellos, mientras nos recuerda: “En verdad os digo que cada vez que lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 19 de noviembre de 2017

Domingo XXIII del T. O.

                                    Adolfo González Montes

                                        Obispo de Almería

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