Queridos diocesanos:

Comienza el Adviento, un tiempo de gracia que prepara a la comunidad cristiana a la celebración de la Navidad. Las cuatro semanas del Adviento, más o menos completas, según cada ciclo litúrgico anual, son un tiempo particularmente entrañable. En el Adviento es posible para la humanidad una experiencia del amor de Dios al contemplarle presente en la carne del Niño esperanza de una humanidad herida, que va a nacer de la Virgen Madre para restañar la herida de la que la humanidad que la padece ha dejado, ya hace tiempo, de ser consciente, o al menos de percibirla en toda su honda significación religiosa.

La voz poderosa del profeta Isaías, que abre el Adviento resuena incisivamente en las conciencias adormecidas de los cristianos: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti» (Is 64,5-6a).

Al final del año litúrgico, la palabra de Dios viene a despertarnos del letargo en el que vive la humanidad, encerrada como en una clausula en un paréntesis que, a sabiendas, uno es consciente de que es falso. Si se lo propone, puede descubrir con toda claridad que vive mintiéndose a sí mismo, cuando la sinceridad mueve a uno a mirarse en la propia conciencia, y se descubre ante sí mismo como de verdad es, pensando y haciéndose creer que no hay Dios o creando las imágenes de Dios que más le placen y tranquilizan.

La palabra de Dios despierta al hombre de su ensoñación culpable y lo devuelve a la verdad de su propia existencia. Cuando al cerrar el año litúrgico la Iglesia proclama a Jesús como aquel a quien Dios Padre le ha entregado el juicio sobre todos y cada uno de los seres humanos, la palabra de Dios coloca a cada cual ante las postrimerías de la vida. Con san Juan de la Cruz la Iglesia invita a todos considerar que al final de la vida seremos examinados de amor y es amor lo que nos falta.

Esta invitación de la Iglesia va con el anuncio de la salvación como tarea que Jesús confió a sus apóstoles, y tiene expresión litúrgica especial en los últimos domingos ordinarios del año. Es al acabar el ciclo anual de las celebraciones cristianas cuando adquiere una particular densidad en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del año litúrgico. La llamada a la vigilancia y a la conversión es la bisagra que une los últimos domingos del año que acaba con el Adviento de un nuevo año litúrgico que comienza. Esta llamada sigue siendo invitación a la vigilia y a estar preparados, porque no sabemos cuándo vendrá el dueño de la casa en que habitamos (cf. Mc 13,35). El nuevo ciclo de celebraciones que abre el Adviento gira sobre esta llamada a la vigilia permanente, sostenida por la fe, que distingue y al mismo tiempo ve unidas la llegada de Cristo en nuestra carne hace veinte siglos cumplidos, naciendo de la Virgen María en Belén, y la venida gloriosa de del Señor al final de los tiempos, cuando Dios consumará la historia de la creación redimida por la sangre de su Hijo.

El Adviento lleva, por esto, a la comunidad cristiana, al comienzo del nuevo ciclo litúrgico, a la espera del Señor desde la Navidad a la Pascua, y de ésta a la gloria de Cristo como Hijo del hombre y Señor de la creación y de la historia. La Iglesia llama al cristiano a ser consciente de que Dios cancela las culpas a quien humilde reconoce su condición de pecador, porque Dios ha reconciliado al mundo en Cristo (cf. 2 Cor 5,19). Cuando el pecador acepta el mensaje de salvación, todo se hace nuevo para él, y entonces vivirá el en la fe el tiempo del Adviento como un tiempo de espera y de esperanza, porque «se revelará la gloria del Señor, y toda criatura a una la verá» (Is 40,5).

Al final del Adviento la Iglesia celebra el nacimiento del Señor en nuestra carne y la evocación de aquel acontecimiento, histórico e irrepetible, que fue la encarnación del Hijo y su nacimiento de María, acontecimiento del que da cuenta el evangelista, se hace experiencia de fe y Cristo renace en el interior de cada creyente. Una experiencia que se prolonga en el tiempo, marcando la historia personal de cada bautizado, en la esperanza de que también llegará la revelación final de Cristo; y su última venida traerá consigo la consumación de este mundo que pasa, y entonces se habrá cumplido la esperanza de que «Dios sea todo en todas las cosas» (1 Cor 15,28).

La fe se hace así paciencia con un mundo que no queremos como está y aspiramos a transformarlo con Dios como protagonista. La fe librará a los impacientes de pretender arrasarlo todo y empezar de nuevo, como si nada hubiera nunca cambiado, olvidando como todos los adamitas impacientes la olvidan la infinita paciencia de Dios; olvidando que la novedad la introducido ya Dios mismo en la entraña del mundo con el nacimiento de Cristo en nuestra carne.

El Adviento es, por esto mismo, además de un tiempo de esperanza, un tiempo para la paciencia y, asimismo y sobre todo, un tiempo para la conversión: un tiempo para recibir al que vino ya en nuestra carne y vendrá en su gloria; un tiempo para recibir al que está viniendo permanentemente y llamando a la puerta de nuestro corazón y nos dice: «si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Sí, no los dudemos: Jesús está llamando e invitando a seguirle para cambiar con él las cosas y abrirnos a un futuro de verdadera esperanza.

Con afecto y bendición.

Almería, a 3 de diciembre de 2017

Domingo I de Adviento

                          + Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

Pin It

BANNER02

728x90