Queridos diocesanos:

         La fiesta de la Sagrada Familia se celebra como es tradicional el domingo que cae dentro de la octava de la Navidad. Este año coincide con el último día del año, justo en la víspera del Año Nuevo. El lema de esta jornada eclesial reza «La familia, hogar que acoge, acompaña y sana». Es necesario que nos paremos unos minutos a pensar sobre un lema así, que la Iglesia propone no sólo a los fieles cristianos, sino a cuantos quieran acoge su mensaje evangélico.

Hoy algunos voceros de una sociedad pretendidamente nueva opinan contra lo que es evidente en todas las culturas fundadas sobre la familia. Para estos voceros, la familia que llaman “tradicional” sería una institución, si no a extinguir, sí muy relativa, que debe convivir con otras formas de familia nueva y plural.  Sin embargo, la historia de la humanidad acredita la falacia de esta propuesta. La constitución del ser humano en varón y mujer mira a la complementariedad de los sexos y a la procreación de la especie, mediante la cual el hombre se hace cooperador de Dios en la transmisión de la vida. Aunque la biotecnología moderna y, en particular la ingeniería genética, pueda contribuir a sacar adelante la vida humana en condiciones extrauterinas, la verdad es que es imposible prescindir de los dos elementos constitutivos de la diferenciación sexual de la especie, los gametos masculinos y femeninos.

La pretensión de suprimir la diferenciación sexual o dejarla a la voluntad del individuo, según deseo y sentimiento de cada ser humano es algo arbitrario y contrario a la realidad de la especie, y por eso mismo contrario al proyecto creacional de Dios para la humanidad. Por eso, las nuevas leyes de género que se pretenden imponer, aunque intenten salvar algunos principios indudablemente aceptables, es decir, que nadie puede ser excluido ni marginado por su condición sexual e incluso por su inclinación o tendencia sexual, sin embargo, esto no puede significar que la legislación que desarrolle el ordenamiento jurídico de la sociedad haya de decidir sobre la realidad científica constitutiva del ser humano y la concepción antropológica. Esto no es facultad de la política, que se extralimitaría adentrándose por una senda equivocada.

Las leyes no están para objetivar en órdenes y prohibiciones la realidad de la ciencia y la filosofía de la corporeidad humana o el compuesto psico-anímico constitutivo de la personalidad; y por esto mismo, tampoco para imponer una clasificación médica de los estados que se han llamados intersexuales, y que han sido objeto de la labor investigadora y filosófica de eminentes científicos, médicos y pensadores. Mucho menos, para reprimir la libertad de pensamiento, creencias y religión, cuando el ejercicio de esta libertad no “discrimina” ni “excluye” ni “margina”, sino que legítimamente discrepa, en fidelidad al propio pensamiento y conciencia religiosa, de aquello que otros puedan pensar e interpretar.

Más grave es pretender imponer una visión uniforme, con todo el artificio de la ideología de género en la escuela, declarando la guerra a la libertad de los padres para educar a sus hijos en sus propias creencias religiosas y en fidelidad a su conciencia moral. No es esto ciertamente, lo que caracteriza una sociedad democrática y abierta, no represiva y tolerante. Plegarse políticamente a lo que ahora toca, porque presionan colectivos que son votos y, cuando son escasos, se necesitan para seguir en el poder o para acceder a él, es un modo de comportamiento inmoral.

La ética política obliga en conciencia a no proceder contra el bien común, y al bien común pertenece la libertad de pensamiento y creencias, en definitiva, la libertad de afirmar la constitución antropológica que la experiencia de la humanidad acredita con buenas razones y argumentación razonada, a cuyo margen es bien difícil salvar el principio fundamental de reconocer en la constitución del ser humano lo masculino y lo femenino como principios que no son susceptibles de disolución o de homologación arbitraria.

La igualdad de la dignidad no suprime la complementariedad en la diferencia. El Papa Francisco viene clamando contra esta pretensión de diluir la diferencia y habla de “colonización de la mente”, a la cual hay que resistir contra el voluntarismo de algunos grupos sociales bien organizados, tan atrevidos y desafiantes como para que criminalizar la libertad de pensamiento de quienes discrepan de ellos. Sería grave de verdad que la legislación pretendiera configurar la sociedad aplicando una ideología tan destructiva a una sociedad democrática.

La Iglesia no pretende imponer su visión del matrimonio y de la familia, sino proponerlo como un proyecto de convivencia en el amor del varón y de la mujer. Esta propuesta, acreditada por todas las civilizaciones y por las grandes religiones monoteístas, a pesar de las variables históricas, toma en serio la diferencia sexual. El cristianismo afirma que, creando Dios al ser humano como varón y mujer, en el amor humano Dios refleja su propio misterio. 

El evangelio de la luz y de la vida que Jesús ha venido a traer a la tierra ve en la familia la comunidad básica y fundamental de amor que Dios ha querido para la transmisión de la vida. La familia así constituida, ampara y protege la igual y común dignidad de los cónyuges, unidos en la diferencia, origen de la comunidad de amor que trae al mundo a los seres humanos llamados por Dios a la existencia, y que son los hijos. La familia, por ser así, recibe a los que vienen al mundo con la participación de los cónyuges en el acto creador del mismo Dios; y a los que vienen al mundo y son acogidos en ella, la familia, les da albergue y amparo, y acompaña su crecimiento para que puedan desarrollarse en libertad y alcanzar la condición de personas responsables de sus actos, permanentemente referidos a Dios y al prójimo.

En el origen de esta familia está el amor de Dios que creó al ser humano como varón y mujer a su imagen y semejanza. Por eso, Dios hace a los progenitores acreedores del respeto de los hijos y a ellos capaces de dar la vida por éstos. Progenitores que son más que meros guardianes o cuidadores: son padres, es decir, padre y madre de cada uno de sus hijos, que son llamados a ser hijos de Dios en el Hijo que nos ha nacido y se nos ha dado en Belén. El ejemplo que Dios ha querido ofrecernos en José y María nos dice que incluso para su propio Hijo eterno hecho carne Dios en su designio de amor dispuso que viniera al mundo en el regazo materno y paterno de una familia donde creciera en el amor humano para enseñarnos a vivir del amor divino.

La familia, en verdad, da cobertura a la vida de cada uno y, si ha sido concebida conforme a la mente y el designio de Dios, no sólo ampara y protege, alivia y sana el dolor y las heridas, devolviendo la alegría de vivir, de amar y ser amados.

Con todo afecto y bendición, deseando a todos un feliz Año Nuevo del Señor de 2018.

Almería, a 31 de diciembre de 2017

                            Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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