Queridos diocesanos:

La Iglesia diocesana, llamada «Iglesia particular», para distinguirla de la Iglesia universal, es definida por el Vaticano II como «una porción del pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la colaboración de su presbiterio» (Decreto Christus Dominus, n. 11). Esta porción eclesial está inserta en la Iglesia universal, que la precede y es anterior a ella. En la Iglesia diocesana se halla presente todo el misterio de la Iglesia universal: es proclamada la Palabra de Dios y se dispensan los sacramentos de la fe, por medio de los cuales la gracia redentora de Cristo vivifica a sus miembros, y en ella el Espíritu Santo va labrando en el corazón de todos los fieles cristianos la santificación de vida de cada día, que Dios realiza en nosotros.

Todo cuanto la Iglesia particular realiza hace presente a la Iglesia universal, ya cuando anuncia el Evangelio o celebra los sacramentos, ya cuando instruye en la fe a sus miembros o asiste a los pobres y necesitados. En ella es toda la Iglesia la que tiene protagonismo, porque todas las acciones eclesiales de una diócesis son acciones de la Iglesia universal, que se hace presente de un modo singular en la eucaristía que preside el obispo, o que él encomienda celebrar a los presbíteros. Por eso, la comunión de fieles con su obispo y sus presbíteros se fundamenta en la común profesión de fe de la Iglesia universal, a la cual se adhieren todos los fieles, integrados por el bautismo en la comunidad eclesial. La entera Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, y por la celebración de la eucaristía la vida divina recibimos la vida divina por la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, a cuyo servicio está el ministerio de la unidad y de la comunión que es el ministerio del obispo y, con él, el ministerio de los presbíteros. Ni el obispo es un jefe de empresa o negocio humano, ni los presbíteros son delegados del jefe de la empresa; y, por eso mismo, tampoco los fieles son clientes. Todos somos la «entera Iglesia del Cristo entero», el Christus totus del que habló san Agustín: la Cabeza, que es el mismo Cristo, y el Cuerpo místico que formamos los bautizados. Es lo que dice la primera carta de san Juan: «lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros; y nosotros
estamos en comunión con el Padre
y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1, 3).
Por eso, el Concilio ve en esta comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo el origen trinitario del que dimana la comunión eclesial (Constitución sobre la Iglesia,
n. 4), como Jesús pidió al Padre:
«Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que
tú me has enviado» (Jn 17, 21).

Tengamos conciencia de ello, porque la identidad de la Iglesia nos
defiende de los envites del mundo
para romper la unidad de la Iglesia, dividiendo a los cristianos en facciones opuestas y neutralizando la atracción que el testimonio de nuestra comunión, obra de Dios y no solo de la voluntad de los hombres, puede ejercer sobre los que no creen y se sienten interpelados por el testimonio unánime de los cristianos sobre Cristo como revelador del amor de Dios. El compromiso de sostener a la Iglesia es manifestación y testimonio del misterio de amor que alienta nuestra comunión e impulsa la misión de la Iglesia.

Con mi afecto y bendición.

+ Adolfo González Montes.

Obispo de Almería

Pin It

BANNER02

728x90