Carta a los diocesanos en el día de la Patrona

Queridos diocesanos:

  Este año la solemnidad de la Virgen del Mar se celebra en su día propio. Siempre hemos venido celebrando la misa de la Virgen en dicha fecha: el sábado anterior al último domingo de agosto, pero no la misa estacional del Obispo diocesano, que de hecho se trasladaba al domingo, aunque con oraciones y lecturas de la misa del domingo. Con la aprobación por la Santa Sede del nuevo calendario litúrgico de la diócesis de Almería, la misa estacional del Obispo se celebrará en el día de la Virgen.

Es para estar contentos que sea así, porque con ello hacemos justicia al día de la Virgen, excluyendo otros intereses que aparentemente pueden ser loables e incluso pueden tener la buena intención de hacer más vistoso el día de  la Virgen, pero que dejan en segundo plano lo más importante. Recordemos la escena que nos transmite el evangelio: “Mientras Jesús hablaba una mujer de entre el gentío, levantó la voz para decirle: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen»” (Lc 11,27-28).

No desairó Jesús a su madre, sencillamente les explicó que la bienaventuranza de su madre tenía razón suficiente, que ellos no podían ignorar, si querían ser discípulos suyos, de Jesús. Lo había puesto en evidencia Isabel, cuando estando de seis meses recibió la visita de María, después que el ángel le anunciara a ella que iba a ser madre del Hijo del Altísimo. Al ver llegar a María, le dijo Isabel: “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45).

María es bienaventurada porque ha tenido fe para acoger la palabra que Dios le ha dirigido, y hacer suyo el designio de Dios sobre ella en obediencia de fe, convirtiendo la palabra divina vida propia. No hay otra forma de imitar a María ni de honrarla mejor, porque María se goza en Dios y en su divina voluntad, fiándose plenamente del designio de Dios. La “obediencia de la fe” es el distintivo de la bienaventuranza, de la dicha de confiar plenamente en Dios cumpliendo su palabra.

Ciertamente, la gloria de María es su divina maternidad, que constituye su grandeza, pero Dios la preparó para ser la madre de su Hijo eterno haciendo de ella el modelo de la obediencia de la fe. Que María sea la creyente por excelencia, hija de Abrahán, el padre de la fe; y que ella sea la recapitulación de la historia de fe de su pueblo, pone ante el mundo de manifiesto, como dice san Agustín, que María, la “hija de Sión” concibió la palabra de Dios en su mente antes que en su vientre. Oyó la palabra de Dios y la acogió como tal, haciendo de ella razón de su existencia; y porque acogió en la mente la palabra divina, la concibió en sí misma guardándola en su corazón; y al hacerlo así, Dios la encontró preparada para acoger a su Hijo en su vientre.

¿Por qué los cristianos, discípulos de Jesús que invocamos a María como madre, olvidamos con tanta facilidad el orden de las cosas? Para obedecer a Dios es preciso acoger la palabra evangélica y acoge la proclamación de la palabra que Jesús confió a sus apóstoles haciendo de ellos heraldos del Evangelio. No vale la excusa repetida hasta la saciedad, vacía de todo contenido y pretexto para aparentar fe pero careciendo de ella: “Yo sí creo en Dios, pero no en la Iglesia”. Nadie pide a nadie creer en la Iglesia en cuanto realidad humana, sino en la palabra de Dios que proclama y en el misterio de gracia y santidad de que es portadora, en el tesoro que ella lleva en vasijas de barro, según la expresión de san Pablo, y que la Iglesia ofrece a los hombres de todos los tiempos para salvarse. En este sentido, sí hay que creer a la Iglesia y en el misterio de gracia que en ella acontece.

Contra los que denigran una y otra vez a la Iglesia para justificarse a sí mismos o quitarse de en medio “la molestia de la Iglesia”, los hay que pretenden servirla, pero como ellos quieren, no como la Iglesia quiere ser servida. No faltan quienes identifican los intereses de la Iglesia con sus propios intereses y encuentran en la Iglesia un modo de hacer para sí mismos. Lejos de unos y otros, los verdaderos cristianos han de estar dispuestos a imitar a la Virgen María obedeciendo la palabra divina, agradeciendo a Dios el designio de salvación que pasa por la Iglesia y ha querido hacer de ella sacramento de salvación, lugar de encuentro con el Dios vivo y verdadero, cuyo Hijo se encarnó en las entrañas de la Virgen, modelo de obediencia de la fe, en cuya humildad nos gloriamos nosotros como hijos suyos, y la honramos y proclamamos bienaventurada porque ha creído, uniendo nuestra alabanza a la de Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1,42).

Con mi afecto y bendición, os deseo un feliz día de la Patrona.

Almería, 24 de agosto de 2013

Solemnidad de la Virgen del Mar

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                   Obispo de Almería

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