Amor por la piedad popular y la veneración de las imágenes

Queridos cofrades y diocesanos todos:

1 Las pocas semanas del tiempo ordinario que transcurren tras el tiempo de Navidad dan paso a la Cuaresma, que nos prepara cada año a una nueva subida espiritual a Jerusalén, para revivir el misterio pascual de Jesucristo. Él “murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las Escrituras” (1 Cor 15,3b-4).

Toda la vida cristiana gira en torno al misterio pascual, que se hace presente cada domingo, día que hizo el Señor, pascua de cuya hoguera brilla toda la semana, como dice el himno de la liturgia de las Horas. La celebración dominical de la Eucaristía alimenta la fe del pueblo de Dios y la nutre con la vida divina, que llega a los fieles por la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El misterio pascual es, asimismo, el contenido de la espiritualidad que inspira la vida de las hermandades y cofradías de penitencia de la Semana Santa en nuestro país, en el que la fe católica ha orientado nuestra historia y es el referente de la piedad popular.

En las décadas anteriores al Concilio, desde los años cuarenta y cincuenta, la reconstrucción de la vida cristiana después de la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX, supuso un crecimiento del fervor y devoción populares por los misterios de la pasión y muerte de Cristo. Se crearon nuevas hermandades y cofradías y comenzó a celebrarse con el impulso de la Acción Católica el Viacrucis de diversos recorridos por las ciudades de España, llevando en procesión durante el recorrido de las estaciones alguna cristo de talla significativa y devocionalmente venerada por los fieles. Algunas tallas de nuevo creación artística sustituyeron a las desaparecidas durante la persecución y pronto fueron patrimonio de la fervorosa devoción de los fieles.

2 El culto a la Cruz del Señor, unido a la práctica del Viacrucis, tiene un lugar propio en los viernes de Cuaresma, alcanzando su expresión litúrgica singular en la adoración de la Cruz del Viernes Santo. Singular expresión de este culto son las cruces de mayo, cuyo origen en la invención de la Cruz por santa Elena en el siglo IV se funde con el florecimiento de la vegetación que hace verdear al árbol de la cruz enflorecido, para que “el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido”[1]. El culto a la cruz es inseparable del Crucificado y así la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz da marco litúrgico a la veneración devocional de multitud de advocaciones ligadas a las imágenes de Cristo crucificado.

La Cruz está en el centro de la piedad popular de la Semana Santa, protagonista de las escenas que componen el relato de la pasión vertida en la plástica de la imaginería de toda España. La centralidad del Crucificado es escoltada por las escenas de la Oración del Huerto, los cristos la Flagelación y Coronación de espinas, la Crucifixión y el levantamiento de la Cruz, el Descendimiento y la escena materna de las Angustias de la Madre del Redentor.

La devoción de “las Angustias de la Virgen” en Andalucía tiene múltiples manifestaciones almerienses, dando lugar a la contemplación de la escena de la Piedad o Compassio Matris (“Compasión de la Madre”) que protagoniza la Virgen María, cuyo dolor no logra consumir el llanto que recorre sus mejillas. La imagen de la Virgen con Cristo muerto sobre su regazo es sólo comparable a la soledad esperanzada de la Madre que sigue al Hijo por la vía dolorosa del Vienes Santo, o ya sola convertida en “la Soledad”, cuando la noche ha caído cerrando los desfiles procesionales del Santo Entierro, y la Virgen camina acompañada por la devoción popular de que llora con ella y se consuela en la Esperanza de la resurrección.

3 Tan bellas expresiones de la fe no pueden ser alternativas a la liturgia del Triduo pascual, sino su prolongación piadosa y devocional expresada en la veneración de las imágenes del Señor y de la Virgen. Tampoco pueden ser mero pretexto de promoción turística de diverso interés, si no responden a la motivación religiosa que le da sentido; mucho menos sin son despojadas las imágenes de su condición sagrada y veneración litúrgica, como si sólo se tratara de piezas artísticas, cuyo valor primero y principal fuera el estético. En las representaciones plásticas de los misterios de la fe, el estilo artístico está al servicio de la piedad. Resulta, por eso, incomprensible pretender aplicar a las imágenes sagradas objeto de culto un criterio puramente arqueológico de conservación y restauración. La exhibición estética de las imágenes como obra de arte no está reñida con la piedad, siempre que la muestra resulte respetuosa y se ofrezcan aquellas claves religiosas que permiten comprender su misma ejecución artística de las imágenes.

Desearía, por todo ello, que la piedad popular no fuera en modo alguno coartada, pretexto o motivo de otros intereses que los de la fe y la devoción cristiana, acompañada de la proyección catequística y misionera, privada y pública que acompaña a la piedad popular. Mucho menos, campo de afirmación social de personas y grupos que de otra manera no tendrían el relieve público que les proporciona la sociedad cofrade. Quienes se sirven de la piedad popular, no sirven a la Iglesia, sino a sí mismos. No se debería perder de vista la enseñanza de la Iglesia que ve en la piedad popular una realidad viva en la Iglesia y de la Iglesia, cuya fuente es la acción del Espíritu de Dios en el organismo de la Iglesia, y sólo como tal, según el beato Juan Pablo II, representa un “feliz encuentro entre la obra de evangelización y la cultura”[2].

4 Durante estos diez años últimos, mi propósito como Obispo diocesano, en este campo tan significativo de la vida cristiana, ha sido la de promover la expresión litúrgica de la fe orientando y fortaleciendo el verdadero sentido devocional de la piedad popular, en continuidad con la tradición de fe y en fidelidad a las enseñanzas del II Concilio del Vaticano, del cual celebramos los cincuenta años de su apertura. Tal como dije en su día, siguiendo las orientaciones de la Congregación para el Culto Divino, no podemos renunciar a la “genuina purificación de las mediaciones culturales, que sólo la fe confesante puede realizar”, para que la religiosidad no sucumba “ante el poder de elementos estéticos y folclóricos, tradiciones que han dado cauce a desviaciones religiosas en ocasiones o, al menos, deformaciones de la fe cristiana, llegándose así a la mezcla del sincretismo religioso”[3].

Hay que tener en cuenta, por lo demás, que la piedad popular es más amplia que la piedad penitencial de Semana Santa, e incluye las prácticas devocionales marianas a que da lugar la veneración de la Virgen Santísima y de los Santos, con sus diversas manifestaciones, así como los ejercicios de piedad que constituyen un rico patrimonio oracional del pueblo de Dios y prácticas piadosas, que preparan, acompañan y prolongan la vida litúrgica de la Iglesia y son alimento de la espiritualidad de los fieles.

5 Por todo ello, teniendo muy presente la piedad popular unida u orientada a la celebración de la Semana Santa, y considerando tanto su proyección catequística como el bien pastoral que la piedad popular se sigue para los fieles, formulamos y aprobamos en su día las Normas para la elaboración y renovación de Estatutos de Hermandades y Cofradías (3 de junio de 2004). Estas nuevas Normas sustituían las entonces vigentes y se han completado con algunos decretos posteriores, que es preciso tener en cuenta para mejor aplicarlas. Como expresión de la labor realizada en este campo, baste decir que hasta el presente han servido para renovar los Estatutos de 40 hermandades y cofradías constituidas, algunas muy antiguas, acomodando sus constituciones y reglamentos a las exigencias normativas del nuevo Código de Derecho Canónico de 1983.

A estos nuevos Estatutos aprobados, hemos de añadir otros 19 más, que se han compuesto para otras tantas nuevas hermandades y cofradías constituidas en estos años con pleno apoyo y amparo episcopal. En algunos casos se trata de reglamentos aplicables a mayordomías, de régimen más sencillo que el de las asociaciones de fieles que de hecho son las hermandades y cofradías, que requieren un régimen estatutario conforme lo establece la ley de la Iglesia.

Para facilitar un régimen de agrupación de las cofradías de las distintas villas de entidad de la diócesis que cuentan con varias de estas asociaciones, las nuevas Normas incluyen la reforma de los artículos que impedían dicha agrupación de estas asociaciones de fieles; y aquellos otros artículos que, por el contrario, obligaban a las cofradías contra su voluntad a formar parte de una determinada agrupación. Por otra parte, en razón de las facultades del Obispo y con ánimo de normalizar situaciones conflictivas que existían en su momento, levanté las sanciones que pesaban sobre algunas cofradías y que, aunque yo no  había impuesto, tenían plena vigencia.

Estos diez años de ministerio episcopal en la diócesis se han caracterizado por un contacto particular y permanente entre el Obispo y la «Agrupación de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Almería», que ha visto asimismo renovados sus Estatutos en 2007. La Agrupación me invitó a pregonar la Semana Santa de la Capital de la diócesis en 2008, y publicó el pregón en una esmerada edición[4], obsequiándome en una comida de amable recuerdo con una reproducción muy lograda del Resucitado del cual es titular la Agrupación. El pregón fue, en verdad, un acto lleno de emoción para mí y que lleva aparejada la concesión del escudo de oro de la Ciudad, por la cual siento honda gratitud. Este pregón siguió al que tuve el honor de hacer de la Semana Santa de Huércal-Overa en la iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora de la villa huercalense[5].

6 En este tiempo se han celebrado con mi apoyo y aprobación dos encuentros cofrades: el XX «Encuentro Nacional de Cofradías Penitenciales de Semana Santa» llegadas de toda España, en 2007; y el «Encuentro de Hermandades de Misericordia de Andalucía» en 2010. Con voluntad de favorecer la veneración de las sagradas imágenes con motivos justificados por la ocasión, he aprobado también en estos años distintas procesiones extraordinarias, entre otras las siguientes:

Procesión magna: Viernes Santo de 25 de marzo de 2005 en Almería, con motivo del 150 aniversario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción.

Nuestra Señora del Consuelo de Almería (vulgo Cofradía «del Silencio»), con motivo del mencionado XX Encuentro Nacional de Cofradías Penitenciales de Semana Santa (2007).

Nuestra Señora de la Piedad de Vera, con motivo del 10º aniversario de la Virgen (2009).

Santísimo Cristo de la Misericordia, de la Cofradía de «los Morados» de Huércal-Overa, con motivo del 150 aniversario de la bendición de la imagen y celebración del «Encuentro de Hermandades de Misericordia de Andalucía» (2010).

María Santísima de la Esperanza Macarena de Almería, con motivo del 25º aniversario de la creación de la Hermandad (2011).

Nuestra Señora del Rocío, de la Hermandad del Rocío de Almería, con motivo de los 25º aniversario de la creación de esta Hermandad filial (2011).

Nuestra Señora del Carmen, de la Hermandad homónima de Pescadería, con  25º aniversario de la creación de esta Hermandad  (2011).

Nuestra Señora de las Angustias de Almería, con motivo del Centenario de la hermandad de las Angustias y la Buena Muerte (2012)

7 A las procesiones extraordinarias hay que sumar la organización por diversas hermandades y cofradías del Viacrucis que tradicionalmente celebran cada año, o que han organizado con motivos de los diversos aniversarios de cada hermandad y cofradía que así lo ha solicitado. Tengo que decir que prácticamente todas las hermandades que han celebrado estos aniversarios me han pedido con sincera insistencia que presidiera la misa de apertura o clausura de los mismos, y a pesar de las razones de agenda he celebrado casi todas estas misas. Lo mismo en lo que se refiere a la bendición de nuevas sedes, entre las cuales no ofende a nadie que destaque las casas sociales de las hermandades de la Santa Cena y del Prendimiento, ambas en la capital de la diócesis.

Tradicional es ya cada Miércoles Santo la impartición de la bendición como respuesta a la «petición de venia» para el desfile procesional de las hermandades del Prendimiento y de Estudiantes, abriéndose el balcón principal del Palacio Episcopal desde donde asisto a la salida de la Catedral de los pasos procesionales y bendigo a los costaleros y cofrades de estas hermandades. Como es ya tradicional la cesión del llamador que me hace el capataz del paso del Resucitado  para la “levantá” del paso con la que despido cada año la procesión que cierra los desfiles de Semana Santa.

No he dudado, cuando así lo requería el caso y había razones para ello, en recabar el consentimiento de los consejos consultivos canónicos, conforme al derecho de la Iglesia, para los préstamos que han sido necesarios para las inversiones realizadas por diversas hermandades, gracias a los cuales ha sido posible la construcción de sedes sociales o remodelación de las mismas; entre las nuevas sedes de reciente construcción se ha de mencionar la de la Casa de Hermandad y Capilla del Santo Sepulcro de “los Negros” de Huércal-Overa.

La piedad popular, sin embargo, no queda delimitada por el espacio temporal de la Semana Santa, ni siquiera por los cultos tradicionales que en determinadas ocasiones del año cada cofradía penitencial rinde a sus imágenes. El Obispo alienta las legítimas prácticas de piedad popular y sus manifestaciones públicas en toda la diócesis, concediendo un gran valor de culto, catequesis y devoción a estas manifestaciones, que preparan y prolongan la celebración de los misterios de la fe en la sagrada Liturgia, y que, como es comprensible, dejo para otra ocasión, con un objetivo más amplio que el e esta carta.

8 La finalidad de las intervenciones del Obispo, al regular unas u otras manifestaciones de Semana Santa, no puede ser otra que ayudar a los fieles a mejor celebrar y vivir el Triduo pascual, que ha de encontrar en los oficios litúrgicos su centro y razón: la misa en la pasión del Señor del domingo de Ramos; la misa crismal y la misa en la Cena del Señor del Jueves Santo, seguidas de la adoración eucarística en el Monumento; la Conmemoración de la muerte del Señor del Viernes Santo; y la liturgia de la luz, bautismal y eucarística de la Vigilia Pascual.

Vivir estas celebraciones con fe y corazón convertido es la condición de una nueva vida para quien se ha configurado en el bautismo con Cristo muerto y resucitado. Si así las vivimos, cada Semana Santa será ocasión privilegiada de gracia, de la que dimana la luz que ilumina la vida cotidiana y da sentido a nuestra existencia.

9 Señalo, para terminar esta carta, un logro alcanzado en estos años, colofón de la liturgia y expresión devocional que recapitula los sentimientos de fe y esperanza de la Semana Santa. Me refiero a la misa de Pascua de Resurrección, a la que vengo invitando a acudir a todos los cofrades, para celebrar la presencia del misterio redentor de Cristo en la Eucaristía de Pascua en torno al Obispo, “principio y fundamento visible de la unidad de su Iglesia particular”[6]. Al término de esta misa de Pascua imparto la bendición papal y doy la venia, a la que acabo de referirme, para que proceda la procesión del Resucitado.

Que el Señor, que por nosotros murió y resucit, nos conceda un año más vivir el misterio pascual con gran provecho espiritual, con una intensidad acrecentada en este Año de la Fe. Que su Madre Santísima interceda ante su Hijo para que obtengamos la gracia del perdón y de la renovación de vida, cancelando en nosotros toda deuda con la aplicación de la Indulgencia plenaria que el Santo Padre Benedicta XVI nos ha concedido obtener. A Cristo y a su Madre encomendamos a nuestro Papa, al cual despedimos en estos días con emoción y agradecimiento por su ministerio de Sucesor de Pedro, que tanto bien ha hecho a la Iglesia.

Almería, 13 de febrero de 2013

Miércoles de Ceniza

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 



[1] Misal Romano: Prefacio de la fiesta de la Exaltación de la Cruz.

[2] Congregación para el Culto divino, Directorio sobre la piedad popular, n.61 (con la correspondiente cita de las palabras del beato Papa).

[3] Mons. A. González Montes, «La piedad popular. Discurso de clausura del Curso de verano sobre religiosidad popular», organizado por la Universidad de Almería (Aguadulce, 15 de julio de 2005), en Boletín Oficial del Obispado de Almería [BOOA] XIII/nn.7-9 (2005) 458.

[4] Cf. Mons. A. González Montes, Pregón de la Semana Santa de Almería. Año 2008 (Almería 2009).

[5] Cf. Mons. A. González Montes, «Pregón y crónica en tres actos de la Semana Santa en Huércal-Overa», en BOOA XII/1-3 (2004) 58-66.

[6] Vaticano II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 23.

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