Queridos diocesanos:

La Cuaresma es tiempo para la conversión, y llega propicia invitándonos, un año más, al examen de vida; y a retomar, con arrepentimiento del pecado, los propósitos bautismales. Es difícil hoy hablar del pecado, sin ser tildado de participar de una concepción del mundo superada. La culpa, sin embargo, es un sentimiento que emerge de la realidad contundente del pecado. Juan evangelista hace esta dura y certera afirmación: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1ª Juan 1,8). El sentimiento de culpa, en efecto, resulta de la realidad objetiva del pecado y, por eso, supone conciencia clara del bien y del mal.

Sin admitir el pecado como violación de la norma de moralidad, que hace del bien criterio de su actuación, el hombre está inexorablemente abocado a su propia degradación como ser de responsabilidades, capaz de discernir lo bueno de lo malo, de elegir el bien desechando el mal. La cultura ambiente de nuestro tiempo tiende a desdibujar  la frontera entre el bien y el mal, más aún, a considerar que no existe una norma objetiva de bondad, y a considerar por ello que todo es relativo. Es lo que el Papa Benedicto XVI viene calificando de dictadura del relativismo de nuestros días. Sin embargo, si no hay posibilidad de discernir el bien para poder desechar el mal, el ser humano está abocado a destrucción como ser moral. Esto acontece cuando se desecha la norma objetiva de moralidad como referente de la conducta, para dejar que sea lo útil y placentero, el interés, la conveniencia o el simple consenso el criterio de actuación.

La normal de moralidad se orienta por la voz de la conciencia, lugar interior donde reside la capacidad de discernimiento moral que es inseparable del uso recto de la razón. Todos los seres humanos han sido dotados por Dios de conciencia moral, y aun así, el hombre tiende al mal, marcado como está por el lastre del pecado, que condiciona y afecta al ejercicio de las facultades humanas, y el ejercicio de la libertad. Con todo, Dios no ha abandonado al hombre a su suerte, y en Cristo le muestra el camino de la salvación. La luz de la revelación divina que ha brillado en Jesucristo abre al hombre a su propia consumación en Dios. Jesús se presenta ante el hombre como camino, verdad y vida que lleva al Dios de la vida, de la misericordia y del perdón.

En el misterio pascual de Cristo se nos ha dado la posibilidad de un comienzo nuevo, arrancados del pecado por la redención realizada en la muerte y resurrección de Jesús. Por eso, la Cuaresma es, ante todo, configuración con Cristo muerto y resucitado, de suerte que el pecado que habita en nosotros y es manifestación del hombre viejo quede crucificado con él, y el pecador renazca al hombre nuevo resucitando ya con Cristo a la vida según Dios que el Apóstol san Pablo llama “vida según el Espíritu”. Esta configuración comenzó con nuestro bautismo y no deja de crecer, rehaciéndose una y otra vez en la tensión que atenaza nuestra vida entre la inclinación al pecado y el poder de la resurrección, que atrae al hombre a la vida nueva.

Se entiende que la Cuaresma sea por esto mismo un tiempo para retomar los propósitos bautismales de vivir de Dios y para Dios en Cristo Jesús. Los catecúmenos se preparan a lo largo de los domingos de Cuaresma con una particular intensidad para recibir el bautismo en la Vigilia pascual y en los domingos de Pascua. El Papa recuerda, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, los tradicionales evangelios dominicales de las semanas cuaresmales. Conviene retenerlos y meditar estos evangelios que nos colocan ante las tentaciones de Jesús, que resulta victorioso del Maligno (Domingo 1º), para ser revelado ante sus apóstoles como el Hijo amado de Dios en la montaña santa de la transfiguración (Domingo 2º); como el agua que sacia definitivamente la sed de la samaritana pecadora (Domingo 3º), la luz que abre los ojos del ciego de nacimiento (Domingo 4º) y la resurrección que se deja contemplar en la devolución de Lázaro a la vida mortal (Domingo 5º). Acciones de salvación que anuncian el destino del hombre amado por Dios y llamado a la misericordia divina, donde se le ofrece la posibilidad definitiva de no perderse para siempre.

La Cuaresma, institución apostólica, que toma su paradigma de los cuarenta días de ayuno de Jesús ante de comenzar su ministerio público, es una llamada a la lucha contra el mal que atenaza la vida del hombre y al arrepentimiento del pecado. Es necesario vivir la Cuaresma con espíritu de penitencia, practicando la ascesis que supone la renuncia a los vicios y el cultivo decidido de las virtudes cristianas, para llegar purificados a la fiesta pascual. El camino de la Cuaresma nos coloca ante la tríada de la tradición cristiana para lograr la meta de la conversión: ayuno, que es afirmación de Dios y del prójimo; limosna, que es fraternidad; y oración, que es súplica del perdón y experiencia gozosa de la misericordia divina. Ojalá que las privaciones voluntarias nos devuelvan al amor del prójimo, compartiendo lo que tenemos con los necesitados, máxime en un tiempo de carencia y crisis social que han acrecentado el número de los  pobres.

Con mi afecto y bendición.

                                                        + Adolfo González Montes

                                                                                  Obispo de Almería

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