Queridos diocesanos:

La jornada mundial del enfermo que celebramos este 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes, nos coloca ante el sufrimiento humano contra nuestra pretensión de marginar y olvidar que el dolor forma parte de nuestra existencia histórica. La humanidad se ha resistido siempre a la aceptación pasiva del dolor, luchando contra sus devastadoras consecuencias. La mejora de la alimentación, la prevención diagnóstica y el progreso de los tratamientos médicos y quirúrgicos han contribuido de forma notable a aminorar las consecuencias de la enfermedad, origen de tantos sufrimientos físicos y morales, y a alargar la vida humana.

         La enfermedad y el dolor, sin embargo, son inherentes a la condición histórica del ser humano y, en tanto ponemos nuestro esfuerzo al servicio del mantenimiento de salud de las personas sanas y de su recuperación por los enfermos, hemos de procurar interpretar el dolor en su verdad profunda y sacarle el mejor partido, ganándole al dolor la victoria espiritual. No es humano ocultar el dolor ni banalizar su realidad, porque el dolor nos es consustancial y sin lucha contra el dolor, el nuestro o el de los seres que nos son más queridos, pero del mismo modo el de cualquier ser humano, la maduración humana se resiente de forma esencial.

         El dolor descubre nuestras limitaciones contra nuestra pretensión de eternizar lo contingente y mortal, y nos desvela la verdad de nuestra frágil condición y nos fuerza a la superación y a la solidaridad. El dolor nos devuelve sentimientos de humanidad, arrancándonos a la esclavitud de la soberbia de la vida; y nos hace solidariamente compasivos del sufrimiento de nuestro prójimo. Es en el sufrimiento donde se desvela la sinceridad del amor que decimos profesar a alguien, porque nos da oportunidad para mostrar fidelidad sin fisuras y sostener en la debilidad a las personas que amamos.

Benedicto XVI nos recuerda, en su Mensaje para Jornada del enfermo de este año, lo que escribía en su encíclica sobre la esperanza cristiana: que de hecho, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (Carta Spe salvi, 38).

         La fe nos descubre además el valor del dolor como medio de curación espiritual. Se trata del valor redentor del dolor libremente asumido como aceptación de nuestra humana condición, siempre marcada por la culpa y el pecado. El dolor nos descubre no sólo la fragilidad física que nos constituye, sino el mal moral que la atraviesa y las consecuencias del pecado para toda la humanidad. Es inhumano cerrar los ojos ante las devastadoras consecuencias del pecado, es una ceguera culpable. Por eso, en esta jornada mundial del enfermo, hemos de ayudar a cuantos padecen la enfermedad, con nuestros cuidados y afecto, a soportar el dolor, haciendo cuanto esté en nuestras posibilidades para que puedan vencer la enfermedad; y, si ésta es irremediablemente crónica o mortal, ayudándoles a soportarla con amor, sabiendo que no sufren solos.

Haciéndolo así, nos hacemos imitadores de Dios, cuya solidaridad con nosotros se nos ha revelado en la cruz de Jesús, donde la misericordia de Dios quiso rescatarnos y redimirnos el mal que nos aflige. El Papa nos recuerda también, en el Mensaje para el día del enfermo, aquellas palabras suyas, inspiradas en la experiencia de la fe en el amor de Dios: «Sólo un Dios que nos ama hasta tomar sobre sí nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el inocente, es digno de fe». Son palabras que salen al paso de  quienes encuentran en el sufrimiento humano la piedra de tropiezo que les impide creer en un Dios bueno y misericordioso. Dios existe y es compasivo, y quien lo dude que contemple la cruz de Jesús y se adentre en la hondura del amor redentor que en ella se revela; que se coloque bajo la cruz más injusta de la historia y contemple el corazón traspasado del Redentor del mundo, donde se revela la com-pasión de Dios, su solidario padecimiento con las cruces de todos los seres humanos.

Contra una educación basada en el principio del placer y la banalidad de todo lo liviano, eduquemos a los niños y a los jóvenes enseñándoles a descubrir el valor moral que lleva consigo saber sufrir y soportar el dolor. Justamente, ante la próxima Jornada Mundial de la Juventud que reunirá a cientos de miles de jóvenes en Madrid este verano, es de importancia recordarlo, porque los jóvenes que no son educados para soportar las contrariedades de la vida y el dolor humano, viven bajo la permanente amenaza de una más fácil deshumanización.

En esta Jornada del enfermo recordemos la obligación moral de todos de aliviar el dolor y socorrer la vida afligida de las personas enfermas. Un deber moral que el Papa lo tengan en cuenta sobre todo las autoridades. La sanidad, y el gasto público y privado encaminado a luchar contra la enfermedad y sus consecuencias, es un deber de todos, pero principalmente de los cargos públicos responsables de la sociedad cuente con un sistema sanitario cuyo funcionamiento debe estar libre de todo tipo de discriminaciones, para que también los pobres y los más necesitados encuentren en la sanidad la acogida que reclama su dignidad humana.

Con mi afecto y bendición,

Almería, a 11 de febrero de 2011.

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                             Obispo de Almería

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