«Santidad como programa»

Queridos diocesanos:

Envueltos en la preocupante situación de la crisis social que padecemos, no debemos dejar que la atmósfera ambiente neutralice la vida cristiana, porque en ella reside la fuerza espiritual de renovación e impulso de la misma sociedad para superar sus propias dificultades.  

La transformación interior, el hombre nuevo, es fruto de la gracia que regenera y sana las heridas que el pecado inflige en el alma, abriendo a la acción santificadora del Espíritu Santo, que mora en el cristiano como en un templo, como enseña san Pablo (1 Cor 6,19). La santidad es el programa del cristiano, la vocación que lleva al hombre a participar de la vida de Dios, el único santo, que ordena a los miembros del pueblo elegido ser santos, forma única de vida que puede acercarlos a Él (cf. Levítico  19,2). San Pedro retoma el mandato divino y llama a la santidad a los cristianos de primera (1 Pedro 1,16).

La crisis nos está haciendo descubrir que estamos asfixiados por la polución del ambiente materialista que respiramos, que una vida apoyada tan sólo sobre la riqueza y el bienestar es frágil, que sólo la fortaleza del espíritu resiste los embates del sinsentido que nos acobardan. El antídoto y defensa es  la santidad, y ¿qué mejor ilustración de ello que la vida de los santos? Su existencia fue una respuesta sin reservas a la llamada de Dios; y, aún en las peores circunstancias de su vida, perseguidos o admirados por sus contemporáneos, la fidelidad a Dios les hizo libres. Entregados a la voluntad divina, fueron grandemente útiles a sus conciudadanos.

Es el caso de  Manuel Lozano Garrido, conocido “Lolo” (1920-1971), periodista y escritor que, aquejado de la enfermedad que le llevó a la parálisis, más de 25 años en silla de ruedas, estaba habitado interiormente por una energía espiritual que le mantuvo activo como profesional, gozoso en el sufrimiento, convertido en «sacramento del dolor», como le llamó el monje Robert de Taizé, y estímulo de fe para cuantos le rodearon. Fue beatificado en Linares (Jaén) el pasado 12 de junio. Como es el caso del bondadoso Francisco Tomás Márquez Sánchez, en religión Fray Leopoldo de Alpandeire (1864-1956), limosnero del convento capuchino de Granada, que recorría las poblaciones de las provincias orientales andaluzas suplicando por amor de Dios la limosna; y dando al mismo tiempo un ejemplo de caridad con los pobres y necesitados, declarando de sí mismo ser un campesino y trabajador más al que Cristo había llamado a seguirle de cerca para mejor amar a los hombres. Fray Leopoldo se ganó así el respeto de indiferentes y enemigos de la religión. Su beatificación el domingo 12 de este septiembre, congreaba una multitud de miles de fieles que ven en él la imagen viva de Cristo pobre por nuestro amor.

Este mismo domingo, 19 de septiembre, Benedicto XVI beatifica al Cardenal John Henry Newman (1801-1890), renovador de la vida cristiana en el Reino Unido, nacido anglicano y mentor intelectual y religioso del Movimiento de Oxford, se convirtió al catolicismo en la mitad de la vida, resultado de una apasionada búsqueda de la verdad que le impulsaba a obrar en conciencia. León XIII creó cardenal a este sacerdote inglés, universitario y educador de vocación, publicista sin miedo a la apología legítima de la fe, e introductor de la congregación del Oratorio de san Felipe Neri en Birmingham, donde será beatificado por el Papa. Sus sermones y escritos atestiguan que el diálogo entre la fe y la razón que hace fecunda la indagación de la inteligencia; y que la fe devuelve al hombre al diálogo con Dios que caldea el corazón. Fue un precursor del Vaticano II.

Se añaden a estos varones santos dos nombres de mujer: María Isabel Salvat Romero, en religión María de la Purísima (1926-1998), de las monjas sevillanas de santa Ángela de la Cruz. La Madre María fue amada como lo fue la fundadora de las hermanas de la Cruz, a cuya obra ella se sumó y fue superiora general, durante veintidós años, de una congregación dedicada a los pobres y a los enfermos. Las monjas de la Cruz han sido y son amadísimas por el pueblo, respetadas incluso por quienes fueron en los oscuros años treinta del siglo XX perseguidores de la religión. Dicen de Madre María que era culta y distinguida, adornada de una honda piedad y tanta pasión de amor por Cristo como para querer consagrar su vida a los más humildes y sin amor; y así se abajó, despojándose de sí misma, siguiendo el ejemplo de aquel que se abajó hasta la Cruz. Es beatificada en Sevilla este 18 de septiembre por el Delegado del Papa.

También la guipuzcoana Juana  Josefa  Cipitria y Barriola, en religión Madre Cándida María de Jesús (1845-1912), cuya aventura fundacional, en compañía de otras cinco mujeres, daría por fruto la Congregación de las Hijas de Jesús, con la educación de la infancia y de la juventud femenina por objetivo. Esta hija mayor de una familia numerosa humilde, que se desplaza a Castilla para trabajar y ayudar a los de su casa, tiene una idea clara en su alma de mujer llena de fuerza interior: hacer la voluntad de Dios emprendiendo lo que Él quiera de ella para ayudar a los necesitados, porque “donde no hay sitio para  los pobres no hay  sitio  para mí”. En la universitaria ciudad de Salamanca comprenderá que la promoción de la mujer pasa por la educación, y a ella quiere consagrar sus monjas. Benedicto XVI la canonizará en Roma el próximo 17 de octubre, ordenando inscribir su nombre en el libro de los santos.

La secularización de la sociedad de hoy no logra ocultar la luz que emana de la fe ni el sentido de plenitud que ilumina la existencia de hombres y mujeres, distintos por su origen y ambiente social y cultural, pero unidos por el amor a Cristo, que transformó su existencia. Ellos comprendieron y estuvieron ciertos de que la vida humana sólo halla plenitud en Dios, a cuyo margen el ser humano no tiene ni ciudad ni futuro.

Con mi afecto y bendición

Almería, a 19 de septiembre de 2010

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                                   Obispo de Almería

 

 

 

        

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