Queridos diocesanos:

Los acontecimientos se agolpan en estas fechas y resulta difícil no referirse no sólo a la caridad de Cristo que alienta en nuestro corazón de cristianos, caridad que es prolongación del amor de Dios por el hombre, sino asimismo a su manifestación en el alimento divino que nutre esta caridad: el pan y el vino de la Eucaristía, verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo entregado por nosotros y ahora glorioso junto a la derecha de Dios Padre.

Acabamos de celebrar en Toledo el X Congreso Eucarístico Nacional, en jornadas de estudio, reflexión, oración y mística contemplación del misterio admirable de la Eucaristía, reavivando así nuestro amor y agradecimiento a Cristo, que ha querido quedarse en el sacramento del Altar cumpliendo su promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20). Este amor por Cristo así alimentado en el misterio de la Eucaristía, devuelve a nuestra vida la clave y el secreto del amor por el ser humano, único amor probatorio del amor que decimos profesar a Dios.

La Iglesia es señal y sacramento del amor de Dios por el hombre, amor que se hace visible en el amor que nos tengamos unos a los otros haciendo de la comunidad eclesial recinto de amor: “En esto conocerán que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13,35). En verdad, no podría ser de otro modo, porque como dijo el gran teólogo Balthasar, interpretando el alcance probatorio que tiene la caridad, «sólo el amor es digno de fe». Las palabras se suceden unas a otras, se entrelazan y tejen prometedores discursos, pero si les falta la eficacia que acompaña la palabra divina, se quedan en  un flatus vocis, esto es, en el respiro y resuello hueco que alienta la voz sin llegar a plasmarse en realidad declarada.

La solemnidad del Corpus Christi nos devuelve un año más a la verdad profunda del hombre, que no puede vivir si no es del amor divino, y que, en consecuencia, delimita el área de su vida.  Es necesario recordar el núcleo del Evangelio hoy como siempre, pero hoy conscientes de que son millones las víctimas del hambre y de las injusticias; conscientes de que falta el trabajo y peligra la paz social a causa del desorden generado por una crisis económica resultante de la especulación financiera, la voluntad inmoral de enriquecimiento fácil, al margen de todo esfuerzo y proceder de justicia. Factores éstos con tantos otros que hunden sus raíces en la falta de valores morales que rijan la vida humana según la mente de Dios. Hoy, porque un período de crisis repercute, una vez más, con particular fuerza sobre los pobres y los más necesitados.

Para paliar esta situación Caritas ofrece su ayuda y asistencia a cuantos a ella acuden buscando el pan cotidiano, la ayuda que devuelva a los necesitados su protagonismo social desde el respeto a su dignidad. Por eso Caritas necesita de la ayuda de todos, y toda ayuda será poca. Caritas es la obra de la Iglesia de asistencia inmediata a las personas necesitadas que requieren los servicios básicos que les ayuden a mantener la dignidad personal, y a buscar la promoción justa, que descarte cualquier tipo de exclusión social. La Iglesia siempre ha servido a los pobres porque Cristo así se lo dejó por testamento, revelando el misterio del amor de Dios al hombre, con particular predilección por los humildes, pobres y necesitados. La Iglesia lo hace sabiendo que, al servir al pobre y al necesitado, sus miembros se asemejan más a su Señor, recordando siempre que “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos” (Mateo 20,28).

La Iglesia vive de la Eucaristía y la mesa eucarística se convierte en la gran mesa del mundo a la que Dios convoca a todos los pueblos. Esta mesa de salvación es servida por los sacerdotes, “hombres de la caridad”, que sin búsqueda de lucro, olvidándose de sí mismos, han querido hacer de su vida entrega y servicio a sus hermanos partiendo y repartiendo el pan de la Vida, que convierte a los que lo comen en partícipes de la vida divina que llega al mundo por Jesucristo. En este año sacerdotal, agradezcamos a nuestros sacerdotes su vida generosa y el ministerio que desempeñan, por medio del cual nos llega el pan que baja del cielo para que el hombre no muera.

Con mi afecto y bendición.

Corpus Christi

6 de junio de 2010

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                                Obispo de Almería

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