Queridos diocesanos:

La fiesta de San José detiene la mirada de los católicos en el Seminario: una vocación y una tarea sin la cual no es posible contar con los sacerdotes necesarios para el ejercicio del ministerio pastoral en las comunidades cristianas, e impulsar la acción evangelizadora y misionera de la Iglesia.

Todas las vocaciones son necesarias y son dones que el Espíritu Santo suscita para la edificación del Cuerpo de Cristo que es su Iglesia. Sin embargo, entre todas las vocaciones, el ministerio pastoral tiene la misión de hacer presente a Cristo en la persona y el ministerio de los sacerdotes; de ahí lo apasionante de una vocación hoy socialmente poco prestigiada, pero sin la cual el hombre de nuestra sociedad secular carecería de aquella experiencia de Cristo que sólo puede llegar a vivir por el ministerio de los sacerdotes.

Todo parece ponerse en contra del ministerio de los sacerdotes, confiado en la Iglesia latina a varones desprendidos y pobres, obedientes al designio de Dios y célibes por vocación, porque el sacerdote está llamado a configurarse con Cristo existencialmente, para ser sacramento de entrega entera de Cristo a los hombres para la vida del mundo. Este mundo hedonista, que ha hecho del principio del placer criterio de vida y pasión, tropieza con un «estilo de existencia» no asimilable a los patrones de la cultura en vigor. Los casos anómalos de sacerdotes infieles a sus promesas sacerdotales no pueden manchar ni desacreditar la entrega limpia y generosa de todos los demás. La Iglesia no selecciona los candidatos al ministerio sacerdotal entre jóvenes acomplejados o apocados ante las dificultades de la vida, incapaces de equilibrio psíquico y madurez humana. La Iglesia necesita de jóvenes apasionados por Cristo, que pongan sus cualidades, sueños e ilusión de futuro de un corazón joven al servicio del único Pastor de los hombres, para que, por su compromiso de por vida, Cristo siga ejerciendo su ministerio de misericordia y reconciliación, para atraer a los hombres a Dios, garantía de felicidad y de una vida verdaderamente consumada en el amor.

Sin los sacerdotes son un bien necesario, sin ellos no sería posible superar la recaída en la desesperanza que genera la experiencia de los límites y la culpa, que la cultura moderna se empeña en reprimir sin éxito. Con ellos, se hace posible a quien recayó en el sinsentido decir lo mismo que Pablo a los Filipenses: «olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante», a la meta que Dios ofrece en Cristo al que le busca y que consiste en su plena realización como ser humano, como persona que necesita amar y ser amada de manera definitiva. Artesanos de la esperanza, los sacerdotes anuncian la misericordia de Dios y el bien sumo que Dios es para el hombre. Su presencia en las comunidades cristianas sostiene la vida espiritual en un mundo materialista, haciendo presente a Cristo entre los hombres: su palabra es la palabra de Dios que es Cristo para cuantos creen en él; y su ofrenda a Dios es Cristo sacrificado para vida del mundo.

Los sacerdotes ayudan a «nacer de lo alto», ofrecen el alimento de la palabra que da vida eterna, hecha carne en el cuerpo de Cristo y semilla de resurrección. Ellos alientan la esperanza en las penas y consuelan en los fracasos, buscan socorrer a los pobres con la solidaridad de todos, que ellos mismos suscitan y estimulan; acogen a los alejados y orientan a los que se sienten perdidos o buscan hallar las razones del camino. Oran en nombre de toda Iglesia y aún de toda la humanidad; suplican a Dios la salud para los enfermos y perdonan «en la persona de Cristo» los pecados de los hombres; encomiendan a los que parten de este mundo, y ofrecen cada día el sacrificio eucarístico por los vivos y por los muertos.

¿Podemos permitirnos el lujo y el sinsentido de acosar una vocación que es vida de Dios para el mundo? Hay que orar por el sostenimiento de las vocaciones, para que se reitere el milagro de la conversión de la pasión de juventud en pasión de Cristo; para que no falten jóvenes que quieran seguirle y estar con él, para llevar a los hombres a Dios llevando a Dios a los hombres. Se puede ver en ellos benefactores social y culturalmente rentables. Lo han sido y pueden seguir siéndolo, pero no podrán dar lo que sólo ellos pueden ofrecer, si no son hombres de Cristo. No tenemos los suficientes, porque nos falta fe en el futuro de Dios y sólo nos fiamos del nuestro. Las vocaciones crecen en las parroquias, en comunidades y movimientos apostólicos, pero necesitan también la colaboración de los padres, su renuncia a poseer los hijos como bien propio y exclusivo. Requieren la colaboración de la escuela y de los educadores católicos, capaces de transmitir la razón de ser de una vida hecha de generosidad para Dios y para el prójimo por causa del Evangelio de la vida.

Almería, 19 de marzo de 2010

Solemnidad de San José

                                               + Adolfo González Montes

                                                       Obispo de Almería

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