Queridos cofrades y diocesanos:

 

Llega la Cuaresma y todos nos disponemos a recorrer con Cristo el itinerario del desierto a la mañana de gloria de la resurrección. El Triduo pascual se convierte en el foco del que dimana la luz que ilumina nuestra vida cristiana. En este tiempo santo se nos da oportunidad de gracia para abrir los ojos de la fe al conocimiento del misterio de Dios, que es amor, esperando confiadamente el perdón de los pecados y la plena regeneración de nuestra vida; y estimulando la caridad, que abre los brazos al prójimo necesitado de nuestro amor.

 

Con la Cuaresma, la vida teologal del cristiano, iluminada por la luz pascual, desencadena actividades de piedad acendrada con los ojos puestos en la Semana Santa, a la cual se llega mediante la purificación cuaresmal. Toda la vida del cristiano se rejuvenece y se fortalece el testimonio de Cristo en el mundo. Los cuarenta días cuaresmales nos preparan para la Pascua, evocando aquellos cuarenta días de desierto que vivió Jesús antes de acudir a ser bautizado por Juan en el Jordán y presentarse ante Israel como el Enviado del Padre. La Cuaresma nos hace conscientes de la necesidad de purificación constante que requiere la vida del cristiano, llamado a conversión permanente, para que abandone el pecado y renuncie a vivir como si Dios no existiera. El tiempo cuaresmal nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios, que no es arbitraria, sino camino abierto al bien y la felicidad del hombre. Su recorrido nos acerca a la bienaventuranza eterna, porque la conversión y purificación cuaresmal nos hace gratos a Dios y aparta el peligro de arruinar nuestra propia vida alejados definitivamente de Dios y de su amor, verdadera meta y fin del hombre, para el cual ha sido creado.

 

La Cuaresma llega este año de grave crisis social con un aldabonazo en el alma, que nos despierta a la necesidad de pan y trabajo de cuantos hermanos nuestros han perdido empleo y bienestar, poniendo en riesgo su vida personal y familiar, y dejando al descubierto el mal de una sociedad insegura, fiada de sí misma en la prosperidad. Un aldabonazo que nos hace caer en la cuenta de que sin valores morales, que tienen su fundamento trascendente en Dios, el hombre y la sociedad ponen en peligro sus mejores logros. El ocultamiento de Dios deja la vida humana sin horizonte, ciego para descubrir que, cuando el hombre hace de sí mismo la medida de todas las cosas, corre gravemente el riesgo de confundir el mundo con sus fantasías y quimeras. El hombre sin  Dios sólo se proyecta a sí mismo sobre las cosas, culpablemente equivocado confunde sus deseos víctima de las concupiscencias, y pierde la libertad de elegir el bien. La ceguera del hombre sin Dios le lleva a creer que posee algo, cuando en realidad sólo tiene carencias y una deforme visión de Dios, del hombre y de la sociedad  que ha creado a su medida.

 

El Papa Benedicto XVI nos propone en su carta para la Cuaresma las palabras de san Pablo: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (Romanos 3,22). Con ellas nos recuerda que hay una justicia de Dios que es distinta de la justicia de los hombres. Nosotros creemos ser justos cuando somos capaces de practicar una justicia distributiva que iguala a todos cubriendo las necesidades de cada cual, pero sólo Dios conoce de qué tiene cada ser humano necesidad. Por eso la Cuaresma viene a recordarnos que la invitación cuaresmal a practicar la justicia distributiva, que es imperativo moral inexcusable para gradar a Dios, debe llevar consigo la apertura de nuestra justicia a la justicia de Dios, revelada en la fe en Jesucristo. En la fe se comprende que la misericordia de Dios manifiesta su amor por nosotros al entregarnos a su Hijo, a quien hizo “instrumento de propiciación por su sangre” (Rom 3,25). Dios pasa por alto nuestro pecado y se muestra propicio a la misericordia con el pecador. Esta es su justicia, bien alejada de nuestro deseo de desquite.

 

El ayuno cuaresmal, para ser grato a Dios, tiene que ser ayuno de toda injusticia contra Dios y contra el prójimo, y tiene que ir acompañado de un hondo y sincero deseo de cumplir la voluntad de Dios, porque sólo Dios nos puede hacer justicia. ¿Quién podía hacer justicia al Crucificado, sino Dios su Padre que lo resucitó del sepulcro? Los pasos de Semana Santa narran la historia de justicia divina, que es la historia de la misericordia de Dios con nosotros.

 

Lo saben bien los cofrades de las hermandades penitenciales, que se aprestan a reproducir en imaginería de inigualable belleza la semejanza de Cristo, poniéndose de su lado cuando pasa bajo el peso de la injusticia de la cruz, y llorando con María Santísima el destino de dolor del mejor hijo de los hombres para que no impere la injusticia. Quiera Dios misericordioso que esta Cuaresma nos ayude a llegar a los misterios del Triduo pascual más justos y consecuentes con la justicia de Dios.

 

Almería, a 17 de febrero

Miércoles de Ceniza

 

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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