Queridos diocesanos:

En la calurosa trayectoria de agosto las festividades marianas vienen a poner una suave brisa espiritual en el alma distraída de los cristianos. El ocio del verano es esperado con inquietud antes de la pausa de julio y agosto, que para algunos sólo llega en septiembre, cuando ya se anuncia el otoño. El trimestre de verano tiene en las fiestas de la Virgen un referente de identidad cristiana que obliga a reflexionar a los bautizados sobre el valor humano y religioso del descanso y el destino de la existencia, cuya meta está más allá del mundo visible de los sentidos.

A mediados de agosto, la Asunción de Santa María nos abre a la meta gloriosa de la vida anticipada en la resurrección de Cristo, como recuerda san Pablo: “Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida” (1ª Corintios 15,23). Sucede, sin embargo, que algunos se desentienden de su propio destino y, distraídos de la meta trascendente de la vida, olvidan que son transeúntes camino de la gloria de María; o bien, alternativamente, camino de la muerte eterna. Si la Asunción de María ilumina un futuro de esperanza, la superación de dificultades y obstáculos del presente pasa por anticipar ahora en esta vida aquello mismo que esperamos: un mundo digno del hombre.

A comienzos de septiembre, la fiesta de la Natividad de María vuelve a recordarnos que por la Virgen nos vino el Autor de la vida: Cristo nuestro Señor. Predestinada a ser la Madre del Redentor, María viene al mundo para abrir las puertas de la salvación al género humano. De la contemplación de su elevación a la gloria, pasamos al descubrimiento de la clave de su glorificación. María, un ser humano como nosotros, ha abierto al Hijo de Dios las puertas de nuestra humanidad, haciendo suya por entero la voluntad de Dios, y descubriendo así que el designio de Dios para el hombre es siempre un plan de vida y gloria. Mediante su aceptación sin reservas de la palabra esperanzadora del ángel, María hizo posible que el Hijo de Dios pusiera su tienda entre las nuestras y, compartiendo la vida humana sin ahorrar sufrimientos y pruebas, venciera nuestro destino de corrupción y muerte.

La tentación de hoy es acostumbrarse a un mundo sin esperanza, haciendo propios formas y modos de pensar y de vivir sin otro horizonte que el que pueden ofrecer los sentidos, una práctica hábil para sortear obstáculos y aquellas operaciones de compraventa que pueden producir dinero, condición de cualquier género de vida que hoy pueda imaginar como apetecible una sociedad cada día más controlada por el poder político, y cada día más envilecida por su alejamiento de los principios morales concordes con la dignidad de la persona.

Entre una y otra fiesta mariana, la solemnidad patronal de la Virgen del Mar en el último sábado de agosto coloca a la ciudad de Almería ante su propia verdad como ciudad cristiana: o vivir de la Vida que ofrece el Hijo de María, e Hijo eterno de Dios hecho carne, o hacer tabla rasa de su propia historia de fe. Después de la fiesta de la Asunción de la Virgen, el calendario litúrgico ha colocado en la última semana del mes de agosto, en torno a la fiesta de María Virgen Reina, Almería pasea por sus calles la imagen de su Virgen amada, Patrona de la ciudad nacida del Portus Magnus que abrió la península a la predicación del Evangelio.

¿Cómo entender la historia de Almería sin su Virgen Patrona? Cuando se pretende igualar las religiones, como si todas tuvieran el mismo significado histórico y social en la génesis y desarrollo de un pueblo, se olvida la razón de ser de una fiesta religiosa de trascendencia social como la fiesta de la Patrona. Se evidencia la falacia de un igualitarismo de falso cuño democrático, que, con pretexto de un trato igualitario, en realidad ofende a los más y desplaza el significado histórico y social de la religión hacia el limbo de una sociedad sin historia y sin cultura, como supuestamente habría de ser la sociedad de Almería. Un modo de ver que no repara en los signos y realidades que evidencian lo contrario.

La regulación de la libertad religiosa, no será nunca justa ni democrática si, de hecho, va dirigida contra la identidad mayoritariamente cristiana de la sociedad. He comentado ya la crisis que padecemos, apuntando las causas morales que están tras los desajustes económicos que han llevado al paro a más de cuatro millones de españoles y extranjeros que conviven con nosotros, y que ha dejado en situación de desesperanza a tantas personas y familias que deambulan por los centros de asistencia social. El Papa Benedicto XVI, en la reciente Encíclica «Caridad en la verdad», acaba de hacer un análisis clarividente de la situación a la luz de la doctrina social de la Iglesia.

Entre las causas morales de la crisis está la ausencia de motivaciones trascendentes, que puedan dar razón del comportamiento de individuos y sociedades. Motivaciones que frenen la avaricia y la especulación y ayuden a reformar las empresas para generar trabajo con voluntad de contribuir a una civilización del respeto a la dignidad de la persona, que fundamenta el amor al prójimo. Motivaciones que ajusten la función política a principios morales que impidan su reducción a mero ejercicio declamatorio, mientras el sistema conculca algunos de los principios fundamentales como la primacía de la persona y el carácter social de la riqueza, sin los cuales el derecho al trabajo es meramente declamatorio.

El respeto a la libertad religiosa permite que la fe religiosa, sin reducirla a mera libertad de creencias sujetivas, inspire todos los ámbitos de la vida, también la economía. Por esto, la libertad religiosa requiere un tratamiento de la conducta religiosa privada y pública de los individuos y de los pueblos que haga justicia a su realidad social e histórica. Por todo ello, que la Ciudad ponga en la Virgen del Mar el amor que nos identifica como discípulos de su Hijo es expresión de un modo de ser y obrar que se alimenta de la fe en Jesucristo y tiene verdadero alcance social y público. Con ello a nadie excluimos ni dejamos de respetar la conciencia religiosa de otras personas y colectividades, pero somos claramente sabedores de que nosotros no nos entendemos a nosotros mismos sin el cristianismo como referencia de nuestra historia e inspiración de la sociedad solidariamente fraterna que promueve la fe cristiana.

Con mi afecto y bendición, y los mejores deseos de un feliz día de la Patrona.

Almería, a 29 de agosto de 2009.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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