Queridos diocesanos:

         La fiesta del Corpus vuelve a descubrirnos el amor divino ofrecido como pan de vida para el hombre mortal. Vuelve la custodia a mostrar el Cuerpo del Señor entregado como manjar que calma el hambre de Dios insaciable del corazón del ser humano, infeliz a pesar de colmarse de bienes terrenos. Dios es el manjar, en verdad, que la Iglesia ofrece al mundo. Con la carne de Dios para vida del mundo, Jesucristo ofrece el amor divino como remedio de todos nuestros males.

La fe capta la fuerza plástica e interpelante de este sacramento admirable y teme no acertar con la respuesta de un amor defectuoso y de tantos modos herido por el pecado. La mesa eucarística está dispuesta y si el corazón del hombre se abre a la invitación de Dios, ¿qué otra respuesta podrá esperar Cristo del hombre si no es la  caridad que inspira, más allá de la misma justicia, un trato amoroso hacia el prójimo? Sólo por la caridad podrá soportar el hombre la respuesta del Señor: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25,40). 

La crisis económica que padecemos es una situación propicia para que revisar el estado de cosas y examinar las causas reales, siempre de orden moral, que se esconden detrás del fracaso de la economía. Detrás de cada crisis financiera y económica no hay sólo errores de carácter técnico. Hay además causas hondas, menos perceptibles para algunos, pero contundentes por ser reales. Si el desarrollo social adolece de desorden, es porque no se ha primado el bien común y la razón social de la producción de riqueza. Cuando se prima el lucro y se olvida la razón humana y social de la producción, se vicia el sistema productivo, aun cuando de momento produzca resultados tangibles de bienestar.

         La palabra de la Iglesia está inspirada por la visión religiosa de la vida social que dimana del Evangelio. Está en juego la dignidad del ser humano y la fraternidad que tiene su fundamento en la paternidad de Dios. En el sacrificio de Cristo, Dios se nos ha revelado como Padre suyo y Padre nuestro, el Dios de la vida que llama a todos a la existencia y es amor incondicional. Este Dios que en Cristo ha manifestado al mundo la verdadera «filantropía», llegando hasta la cruz de su Hijo como medio de revelación en el límite, por la cual hemos conocido que sólo el amor hasta la muerte es digno de fe: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por aquellos a quienes ama” (Juan 15,13). Por eso el amor es el distintivo de los discípulos verdaderos de este Maestro que es Señor y se hace siervo, que es Hijo de Dios y no desdeña la figura del ser humano y la carne mortal que le reviste y le hace hombre entre los hombres.

         La fiesta del Cuerpo y de la Sangre del Señor pone la custodia, engalanada con la belleza de las artes propiciadas por la fe, para hacer patente en la vía pública que Cristo se hizo alimento nuestro para que el hombre no muera, tentado como está a alimentarse de la muerte, de alimentos que no alimentan aunque aparentemente pueden producir hartura. La Eucaristía revela el amor de Dios y pone al descubierto los egoísmos humanos, y los antagonismos que estos egoísmos generan mediante la confrontación que quiebra la paz entre los hombres y las naciones. La Eucaristía nos dice qué es amor verdadero y cuál su limite y medida, al mostrar a Cristo Jesús convertido en alimento de la grey que le dio el Padre. No vive el Pastor bueno de la carne de sus ovejas, sino que les entrega su propia carne.

         Quiera Dios que este Sacramento de Amor suscite en cuantos lo adoran entrañas de misericordia y fraternidad. Que el impacto público de la Eucaristía interpele a cuantos contemplan la verdad trascendente y divina del sacrificio que encierra, y se vean llevados a compartir sus bienes con los que carecen de ellos, a auxiliar a los menos favorecidos y a defender los derechos de los otros, de los que no son «de los nuestros» y sufren por ello. Para que la Iglesia pueda seguir ayudando a todos ellos, Caritas diocesana necesita los recursos que hagan posible preparar la mesa fraterna que acoja a todos los necesitados de ayuda, y prolongue así sobre el mundo la mesa de la Eucaristía.

         Con mi afecto y bendición

 Almería, a 14 de junio de 2009

Corpus Christi

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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