Queridos diocesanos:

En tiempos difíciles la aventura de la vocación al sacerdocio resulta arriesgada. Los muchachos en edad de discernir la llamada tienen hoy que afrontar la hostilidad de una cultura ambiente que adolescentes y jóvenes respiran como atmósfera que los uniforma y asimila a criterios participados por todos ellos. En el caso de los adolescentes el gregarismo de la edad hace difícil la decisión a la hora de distanciarse de patrones de vestido, conducta y gustos que han hecho de los productos destinados a los adolescentes un comercio sustancioso. La iniciación a la promiscuidad sexual, tributo de una cultura que trata de forma banal e irresponsable la sexualidad, contribuye a que el paso a la primera juventud aleje de la moral de la Iglesia a muchachos de primera juventud que, sin embargo, tanto por la educación cristiana que han recibido la mayoría de ellos, al menos hasta la primera Comunión, como por haberse movido durante el crecimiento en los grupos parroquiales, podrían ser terreno abonado para escuchar la llamada de Dios a seguir el camino del apostolado y el sacerdocio.

         Ya me he referido a la resistencia de los padres a que los jóvenes quieran abrirse camino eligiendo el Seminario como apuesta de vida, temerosos de que se equivoquen y el futuro los sorprenda desprotegidos. Este año, quiero insistir en que una dificultad grande con la que tropieza la vocación de los jóvenes procede del modelo de vida que ha generado la cultura ambiente, de la cual no sólo se hacen eco profusamente los medios de comunicación, en particular la música, el cine y la televisión, sino que contribuyen a extenderla convertida en “producto publicitado de uso normal” y medio de homologación de sentido e imagen, que se mira en un alto porcentaje de muchachos en los “reality show” televisivos. Los jóvenes que no se pliegan resultan extraños y sin cabida en el recinto social de este producto subcultural creado para ellos. Tal situación inhibe a los adolescentes y jóvenes que se atreven a romper con estas pautas de conducta agresivamente totalizadoras y a plantearse la pregunta por la razón moral de la vida y la vocación.

         Sin embargo, no se ha de extraer una conclusión pesimista de esta realidad cuya contundencia es imposible negar. En tiempos difíciles Dios trabaja con ahínco el corazón de los jóvenes, y la acción de Dios siempre da resultados en quienes se fían de él. El cultivo de las vocaciones es tarea de una pastoral vocacional que cuente con la frescura e ilusión que alienta en el corazón de los jóvenes, siempre abierto a realidades de futuro por constitución anímica. Estamos empeñados en ello y los seminaristas de hoy son esperanza real de nuestra Iglesia de mañana.

Cuando las comunidades parroquiales se anquilosan y, por todo remedio a la situación presente, el debate se polariza en lograr que la Iglesia cambie de criterio y se olvide de los seminarios, la falta de vocaciones es un signo manifiesto de que la vida de fe se agosta. Las comunidades parroquiales dan a veces la impresión de haber perdido la esperanza de que la palabra de Dios prenda en los grupos juveniles, acostumbrándose a vivir en la resignación conformista. Sin embargo, mientras en Europa, que parece huir de su propio pasado cristiano, las vocaciones se vienen agostando, llega la savia fresca de países en los que el Evangelio produce los frutos que recoge una Iglesia joven. No se trata de sustituir a unos jóvenes por otros, sino de que unos y otros se estimulen, en el empeño común para enfrentar una cultura juvenil alejada de los valores evangélicos, respondiendo juntos a la llamada vocacional.

La vocación viene de Dios y no hay otro camino para seguirla que el trazado por la Iglesia en el Seminario, cauce de maduración en ella. Dios no llama sólo a jóvenes maduros apostólicamente probados, sigue llamando a  adolescentes alimentados desde niños por la fe, capaces de apropiarse de jóvenes del lenguaje de san Pablo: “para mí la vida es Cristo” (Filipenses 1,21). Jóvenes que gracias al Seminario se sienten movidos por la ilusión de llegar a ser “apóstoles por la gracia de Dios” (1ª Corintios 15,9-10).

Para lograrlo, necesitamos de familias y educadores cristianos, de padres y profesores católicos sensibles al despertar de la vocación de los jóvenes. Necesitamos, sobre todo, el empeño apostólico de sacerdotes capaces de contagiar su propia vocación contra el programa de los mentores de una cultura que se ha propuesto amoldar a los jóvenes a los valores de un mundo cerrado a la esperanza trascendente.

         Con mi afecto y bendición.

Almería, 22 de marzo de 2009

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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