Queridos diocesanos:

 El ayuno es una práctica común a las grandes religiones, pero no tiene el mismo valor en todas ellas. Puede ser concebido de manera preponderante como un camino de perfeccionamiento moral, como ejercicio de autodominio y elevación y, en este sentido, un medio de alcanzar la virtud. Jesús quiso dar al ayuno un sentido preciso como apertura a la audición de la palabra divina, única instancia de salvación. Para ello retomó las palabras del libro del Deuteronomio, de la antigua Ley mosaica, sin la cual no se puede entender su discurso religioso; y contra la pretensión del Tentador, que quería que Jesús utilizase en provecho propio su poder divino, le replicó: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4,4). De este modo, Jesús daba un sentido religioso propio al ayuno: sólo la palabra de Dios alimenta de modo sustantivo, porque como dice el salmo, fue por la palabra de Dios como fueron hechos los cielos y la tierra, la palabra de Dios dio origen al universo y a la vida sobre la tierra; la palabra de Dios sostiene el mundo y todo pende de ella. Al margen del imperio de la palabra divina, no hay más que la nada.

         Piensan los hombres que todo se debe a la propia industria y que sólo sorteando la vida, se sobrevive a sus peligros mortales, pero  no es así. El mejor y el más conveniente método de alimentación no salva al cuerpo de la enfermedad, ni tampoco la dietética sortea la muerte. Hoy se ayuna para estar en forma, para dejar el lastre de las grasas; algunos, sobre todo jóvenes, ayunan hasta enfermar de anorexia; y las organizaciones no gubernamentales le sacan al ayuno un rendimiento filantrópico no desdeñable. Con todo, ni el alimento salva de la muerte ni tampoco el ayuno conjura los excesos, mientras el pecado devora la vida del hombre y lo conduciría inexorablemente a la muerte eterna si Dios no viniera en su auxilio, si la palabra de Dios no detuviera la muerte en sus fronteras.

         El Papa Benedicto XVI, en su mensaje para la Cuaresma que comenzamos, recuerda que el ayuno tiene honda tradición cristiana y su legitimación se halla en las Escrituras; es una práctica religiosa que jalona la historia de la salvación con una finalidad específica: prescindir del alimento que nos aparta de Dios, para “comer el alimento verdadero, que es hacer la voluntad del Padre”, tal como enseña Jesús. Por eso mismo Jesús, que ayunó cuarenta días con sus noches, venciendo con ello las insinuaciones del Tentador, rechaza una práctica farisaica del ayuno.

No se trata de una reglamentación ascética por sí misma, por lo demás necesaria para disciplinar la vida, sino de ponerla al servicio del compromiso de vida con la voluntad de Dios. Sólo después, puede ser provechoso el ayuno como expresión de solidaridad con los necesitados, y antídoto contra el despilfarro justo cuando la crisis económica y social amenaza con dejar sin alimento a quienes más drásticamente la padecen, los que carecen de un trabajo seguro o no tienen ninguno, y todos cuantos necesitan emigrar para encontrarlo.

El ayuno verdadero tiene un sentido primordialmente religioso. El que ayuna de verdad busca a Dios y deja que Dios vaya llenando de caridad su vida, mientras se va vaciando del orgullo de sí mismo y de la abundancia de su egoísmo. El verdadero ayuno nunca es un mero recurso de carácter socialmente útil, mediante el cual simula solidaridad mientras no se cambia la mentalidad ergotista y soberbia de quien está lleno de sí mismo. Por eso el ayuno, al cual acompaña la caridad que se hace dádiva en la limosna y medio de compartir con el prójimo los bienes de este mundo para alcanzar los bienes eternos, necesita la motivación que le ofrece la oración como súplica de la luz que ilumine la búsqueda de la voluntad divina, y alabanza a Aquel de quien, como enseña Santiago, “procede toda dádiva buena y todo don perfecto” (Santiago 1,17).

A todos deseo una práctica santa de la Cuaresma.

Con mi afecto y bendición.

Almería, 1 de marzo de 2009

I Domingo de Cuaresma


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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