Queridos diocesanos:

        Los cincuenta años de Manos Unidas son un signo de esperanza. Son muchos años de generosa colaboración con objetivo tan fundamental del amor fraterno como es lograr la supervivencia de los más necesitados, de aquellos que de no mediar nuestra ayuda se morirán de hambre. Sobre todo, los niños y las mujeres. De las estadísticas que ofrece Manos Unidas tomo estas cifras: 854 millones padecen hambre en el mundo; 2.700 millones viven en la miseria más absoluta; 5 millones de niños menores de 5 años mueren cada año de hambre.

La Tierra es un prodigioso planeta, milagro de la bondad y de la omnipotencia divina, capaz de soportar la población actual y acrecentada. El problema no es, pues, la limitación del escenario que ocupamos en el Universo, el medio de la vida donde Dios nos ha colocado, sino las relaciones humanas marcadas por el egoísmo y la voluntad de dominio; en definitiva, el pecado. Lo que desequilibra y vicia la comunicación de bienes es el desequilibrio de los programas que regulan la producción de materias primas y los injustos procedimientos del comercio internacional; los ingentes presupuestos destinados al armamento y a la promoción de actividades superfluas, con las que se carga con harta frecuencia el erario público; la corrupción organizada y el juego en los países ricos. Pero no se puede cargar toda la responsabilidad del hambre y del subdesarrollo sobre los países ricos, ya que sin la colaboración de las élites dirigentes de los países no desarrollados no es posible que éstos salgan del estado de necesidad y subdesarrollo.

La corrupción de muchos de los dirigentes de estos países, que desvían para enriquecimiento propio las ayudas internacionales, la insolidaridad que en estos países se da de los más favorecidos con los más pobres son causas del hambre de algunos pueblos. Para mayor desgracia de los pobres, algunos países que están en precario no dudan en alimentar guerras sin término y otros se ven implicados a ellas Es necesario denunciar todas las causas de la pobreza, sacar a la luz la situación real de la geografía de la pobreza, y tomar las medidas internacionales necesarias para bloquear la corrupción y la fuga de recursos de todo orden hacia los lugares seguros del primer mundo. No es que no se haya hecho nada en este campo, pero es poco lo que todavía se ha hecho.

Con motivo de la reciente celebración del 40º aniversario de la Encíclica de Pablo VI «Populorum progressio» y del 20º aniversario de la «Sollicitudo rei socialis» de Juan Pablo II, los obispos  llamábamos la atención sobre la necesidad de “estimular la comunión entre las diversas instituciones eclesiales que manifiestan la acción caritativa y social de la comunidad cristiana al servicio de toda la sociedad y, en especial de los pueblos que sufren las consecuencias del subdesarrollo”.

En este sentido, las organizaciones no gubernamentales gestionadas por cristianos y amparadas por la Iglesia, como Manos Unidas, han de contar con una estructura de acción y promoción austera, con los medios imprescindibles de gestión y propaganda. Precisamente por esto, para lograr la eficacia en sus programas y mantener su identidad católica y caritativa, Manos Unidas realizó en su reciente historia una redimensión profunda, que ha producido sus frutos.

Las organizaciones católicas con objetivos sociales tienen que velar para que sus programas no se diluyan en acciones que no atajen directamente el hambre de los más pobres. No pueden derivar  sus acciones hacia programas que de hecho sustituyan a las políticas de desarrollo social y cultural de los países pobres que corresponderían a sus gobiernos. Habrá que forzar con campañas adecuadas a los dirigentes de los países pobres a hacer aquello que les corresponde. Las organizaciones como Manos Unidas tienen que dar de comer, evitar que se mueran los niños y sus madres.

Desde esta carta a los diocesanos, animo a Manos Unidas a seguir adelante con su estilo y acción. Su tarea es la caridad de Cristo sin dejarse arrastrar a acciones, programas y políticas sociales de los países ricos para tratar según criterios ideológicos o de moda la excusión social, a veces incompatibles con la mente cristiana; y en ocasiones marcados por el burocratismo en la gestión y la publicidad. Los cristianos han de gobernarse por criterios eclesiales, consiguiendo con ello que también se vea y entienda que están movidos por la caridad de Dios y por la filantropía divina. Dios es amor y ha amado a los hombres antes que nosotros mismos.

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 8 de febrero de 2009

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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