Queridos diocesanos:

La Jornada de las migraciones nos obliga este año a enfrentar con tanta objetividad como generosidad de corazón la situación a la cual nos ha abocado la crisis económica y social que padecemos. Los Obispos españoles hemos dicho, con motivo de nuestra última asamblea plenaria el pasado noviembre, que la reflexión que se impone ante la crisis no es sólo el examen de los fallos del sistema financiero y económico, sino también y de modo muy principal el análisis en conciencia de las causas morales que están en el origen de la crisis. No insistiré en lo que ya he hecho notar y todo el mundo que reflexiona con honradez percibe. Si hemos de salvaguardar la conciencia ética de la humanidad, una cosa es clara: una visión de la vida basada en el dinero, el poder y el disfrute sin freno no es el camino.

Por este motivo es urgente que desechemos actitudes contrarias a ese valor humano tan fundamental para la supervivencia de la especie como es la solidaridad, pero es asimismo más urgente descubrir que la solidaridad tiene unas raíces más profundas, no consiste sólo el resultado de una afirmación de uno mismo apoyándose en la colectividad. Esto puede ser incluso egoísta, un modo de sobrevivir a costa de los otros. La solidaridad, para ser auténtico valor humano, tiene que surgir de la común conciencia de su razón ética. Lo que sólo se puede sostener sin impugnación de ningún orden, si esta razón ética se apoya en el sentido trascendente de la vida y en la existencia de Dios como fundamento de la dignidad humana y de su vocación trascendente y, por eso mismo, de su dignidad y valor eterno.

La fe cristiana descubre es el valor del ser humano por sí mismo. La fe que obra por la caridad es respuesta a la revelación de la inmensa  dignidad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios y, por eso, digno de ser amado por sí mismo. Cuando Jesús hace suya la regla de oro de tratar al otro como uno quisiera ser tratado, Jesús apunta a la razón última de por qué uno quiere ser bien tratado por los demás: porque cada ser humano es hijo de Dios y hermano de todos los demás. Por eso, la verdadera solidaridad es para la fe cristiana «fraternidad». Cuando la Revolución Francesa convirtió en el lema propio la proclama «libertad, fraternidad, igualdad», no hizo otra cosa que secularizar la visión cristiana de la común procedencia de todos los seres humanos de Dios, la radical y recíproca equiparación de todos los seres humanos ante Dios, que es el Padre común.

Esta reflexión quiere hacer caer en la cuenta de que, ante la crisis económica y social que se nos ha echado encima, estamos moralmente obligados a no aplicar el remedio egoísta del «¡Sálvese quien pueda!». ¿Cómo podríamos dejar de lado a los inmigrantes que nos han ayudado a mantener activa la máquina de la producción económica y sus beneficios? ¿Cómo olvidar que son los inmigrantes los más desfavorecidos cuando escasea el trabajo y el subsidio no llega para todos? Con un país que ronda los tres millones de parados, la recuperación del bienestar perdido podrá lograrse si no pensamos sólo en el bien propio y sí en el bien de todos.

La inmigración ha hecho crecer la población. En su mensaje de Año Nuevo, el Papa recordaba que los hechos demuestran que el crecimiento razonable de la población no aumenta el hambre, más bien ha ayudado a sacar a algunos países de su pobreza. Lo que aumenta el hambre es el egoísmo y la exclusión social, la insolidaridad de quienes viven blindados y con tendencia a mejorar ingresos, mientras los pobres aumentan. La mano de obra extranjera ha dado un notable impulso al dinamismo económico de nuestro país y ha contribuido a sostener el fondo de la seguridad social. La vida eclesial también se ha beneficiado de la presencia en nuestras comunidades de católicos hispanos y orientales. La inmigración de cristianos ortodoxos ha ayudado a muchos a tomar conciencia de la existencia de las Iglesias orientales hermanas.

Las Jornadas diocesanas que este año hemos dedicado  al problema humano y social de la inmigración, y a la atención pastoral de los católicos orientales y hospitalidad de los ortodoxos nos han ayudado a todos. Los inmigrantes no son una amenaza. Está en juego su dignidad y la de sus familias. Ni los brotes de violencia esporádicos ni la delincuencia, ni las mafias que trafican con seres humanos pueden ser pretexto para abandonar la solidaridad verdadera. Contra la crisis sólo hay un remedio: fraternidad.

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 18 de enero de 2009.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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