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Queridos diocesanos:

         La Iglesia celebra la Fiesta de la Sagrada Familia el domingo  de octava de la Navidad. Dios ha querido que su Hijo tuviera una familia porque el matrimonio y la familia es creación divina, y cada ser humano es procreado y madura física y espiritualmente en la comunión de amor de hombre y mujer. Dios creó la humanidad de Jesús en el vientre de María, pero quiso que el desarrollo de su vida tuviera lugar en el seno de la convivencia doméstica de José y María, en el hogar familiar de Nazaret.

         El relativismo moral que nos acosa llama «patriarcal» y «tradicional» a la familia que todas las culturas han conocido como realidad natural. Al hablar así se pretende desplazar la noción de matrimonio y de familia a otras formas de convivencia humana. Se descalifica la realidad natural, social y jurídica de la familia como si de una institución atrasada se tratara, a la cual es preciso dibujar siempre como machista y autoritaria. Se ha llegado incluso a decir que el vínculo jurídico que une a los esposos y los compromete para siempre está el origen de la violencia doméstica, que insistentemente se califica de «violencia de género». Esta visión desfigurada de la familia se va interiorizando poco a poco en la conciencia de niños y adolescentes, a los que se transmite un cliché distorsionado de la relación entre los sexos, borrando todos los contornos de la diferencia entre los mismos. Se promueve una visión igualitarista de ambos con perfiles unisexuales, lo que no deja de ser contradictorio con el mensaje constante, que echa mano de todos de todos los recursos al uso para reivindicar con gran beligerancia, contra quien piense lo contrario, que existen diferentes y pormenorizadas clases de sexualidad, a las cuales se las define como todas iguales. Se inculca en la educación que la sexualidad ha de tener la orientación que cada cual elija sin prejuicios.

         Se había dicho que, rompiendo el tabú de la institución del matrimonio como unión indisoluble, se acabaría con la violencia doméstica. Después, ha venido la consideración ante la ley de la igualdad de todas las uniones entre hombre y mujer y las uniones entre personas del mismo sexo. La realidad es que el abuso del divorcio, prácticamente libre, y la exclusión del código civil de la institución del matrimonio como tal, han conducido a la familia a una situación de asfixia. En una carta como esta no puedo entrar a analizar, obviamente, la ideología de fondo de esta visión de las cosas, ni puedo tampoco examinar los principios antropológicos en que esta ideología se sustenta. Me limito por esto a decir que las estadísticas contradicen palmariamente estos principios ideológicos gravemente equivocados sobre la naturaleza del amor humano y de la familia, porque esta visión de las cosas es contraria tanto a la revelación de Dios como a la razón natural. La mentalidad divorcista ha destruido en buena parte la estabilidad del matrimonio en nuestra sociedad, y la violencia doméstica no ha disminuido, sino que, muy al contrario, ha aumentado de un modo alarmante, manifestándose con mayor frecuencia entre las parejas que viven al margen de la institución del matrimonio, ajenas a una visión religiosa y jurídica del matrimonio.

A esto hay que añadir que la educación sexual de los jóvenes para combatir los embarazos no deseados ha consistido tan sólo en invitar al ejercicio irresponsable de la sexualidad, promoviendo el llamado «sexo seguro», sin consecuencias no deseadas, induciendo de hecho a los jóvenes a la peor promiscuidad. Nunca se ha hablado con mayor frivolidad sobre la naturaleza de la sexualidad, soslayando el verdadero objetivo de esta poderosa fuerza unitiva entre el hombre y la mujer,  estructura antropológica que sustenta la identidad espiritual del amor, siempre superior a la mera relación carnal.

Los cristianos no podemos permanecer impasibles ante el avance tan aterrador del aborto. Más de 112.000 abortos en un sólo año; más de tres millones en las últimas tres décadas. ¿Acaso esto no es genocidio? El aborto no puede ser un método de control de la natalidad ni una práctica contra el embarazo no deseado. No se puede encubrir el aborto con derechos inexistentes, porque el único derecho en juego es el derecho a vivir del ser humano concebido y no nacido. ¿Es coherente defender un proyecto ecológico sostenible mientras se promueve una ley de plazos para abortar, y se pacta con las industrias de la muerte que han hecho de práctica abominable del aborto un medio comercial y un negocio?

Si alguien se para a pensar en todo esto, ¿podrá seguir diciendo que familia tradicional es tan sólo un modelo ya superado? La Iglesia ampara y acoge con amor a todos los hijos nacidos fuera del matrimonio, y pide cambios sociales verdaderamente eficaces que eviten la tentación de abortar a las mujeres que de ningún modo quieren ir contra sí mismas. La Iglesia hace esto mientras sostiene con principios coherentes, siguiendo la razón natural y la luz del evangelio, que la familia, basada en el matrimonio y pieza fundamental del orden social, responde al designio de Dios, y a la naturaleza espiritual del ser humano.

Con mi afecto y bendición.

Almería, 28 de diciembre de 2008

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería


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