El proyecto compartido de un mundo nuevo

Queridos diocesanos:

Llega la campaña de Manos Unidas y no quiero dejar de ofreceros unas reflexiones que glosen el lema de este año: «Un mundo nuevo, proyecto común». Parto ciertamente, del supuesto de que un mundo verdaderamente nuevo es obra de Dios, porque sólo de él, de su poder y de su misericordia depende la irrupción de un mundo nuevo, es decir, de Dios depende el hombre nuevo y la nueva creación, que nos ha mostrado en la resurrección de Cristo, vencidos el mal que infecta el mundo y la muerte. A quienes no les gusta esta afirmación, les basta mirar en su entorno para ver hasta qué punto el mal flagela la vida de los seres humanos. Algunas de estas manifestaciones son crudelísimas como esa forma nueva de esclavitud que es la trata de personas, principalmente mujeres, niños y adolescentes; seres humanos reducidos a fuerza de trabajo, maltratados por la desnutrición y el hambre y huyendo despavoridos de los conflictos bélicos, de la guerra que todo lo reduce a ruinas, diezma y aniquila las poblaciones, causa quebrantos irrecuperables en las sociedades divididas y enfrentadas, dejando en ellas heridas que son estigmas del odio y de la falta de entendimiento por décadas. ¿Para qué mencionar lo que todo el mundo conoce? Ahí están las noticias de cada día.

         Entonces, ¿no podemos hacer nada? En modo alguno. Es mucho lo que se ha hecho y, en su justa comprensión de las cosas, es posible lograr un mundo nuevo, en la misma medida en que ayudemos al desarrollo humano de las sociedades; es decir, en la medida en que contribuyamos a su humanización verdadera mediante la propuesta y el fomento constate de una «civilización del amor». Los papas de nuestro tiempo vienen proponiendo este mensaje incansablemente. Desde los tiempos de Pío XII y la campaña llevada a cabo con su estímulo y el apoyo de su magisterio, la Iglesia viene presentando y ofreciendo esta propuesta: «Por un mundo mejor». Después, Juan XXIII abrió los corazones a la esperanza en la superación definitiva de los enfrentamientos entre las naciones que desencadenaron la segunda guerra mundial, para lo cual proponía el establecimiento de la paz sobre el respeto a la dignidad humana y la defensa de los derechos humanos en la encíclica Pacen in terris (1963).

El Vaticano II que él convocó promovió cuanto une a los cristianos, frente a lo que los divide, para favorecer su servicio a la humanidad mediante el mayor avance hacia una humanidad mejor que resultará de “la unidad en la verdad y en el amor, bajo la virtud poderosa del Espíritu Santo”, de suerte que unidas las fuerzas, “nos esforcemos por cooperar fraternalmente para prestar un servicio a la familia humana, que está llamada en Cristo Jesús a ser la familia de los hijos de Dios” (GS, n.93). El Concilio nos alentó para no confundir la historia de la salvación con la simple historia del progreso, siempre ambigua, que sólo se orienta al hombre cuando tiene en cuenta a Dios. La Iglesia aprecia cuanto de bueno y noble le es posible alcanzar al esfuerzo humano, siempre que se rija por los valores del espíritu que hacen del ser humano infinitamente más que un animal evolucionado, es decir, hijo de Dios. Así, hace equipamiento suyo: «el estudio de las ciencias y la fidelidad exacta a la verdad en las investigaciones científicas, la necesidad de trabajar conjuntamente en equipos técnicos, el sentido de la solidaridad internacional, la conciencia cada vez más viva de la responsabilidad de los expertos para ayudar e incluso proteger a los hombres, la voluntad de hacer más favorables para todos las condiciones de vida, especialmente para aquellos que sufren privación de su responsabilidad o pobreza cultural» (GS, n. 57).

Por esto el Concilio apoya todo proyecto de «humanización» de la vida, destinado a combatir el hambre y la miseria y a promocionar las aptitudes de las personas y de las colectividades para lograr por sí mismas un bienestar necesario para acoger mejor la palabra del Evangelio. Es imposible separar el apoyo a proyectos de esta índole de la predicación evangélica, aunque estos proyectos representen un paso previo a la misma predicación en determinadas circunstancias. El Concilio, en el mismo lugar citado dice refiriéndose a cuanto de bueno acabamos de mencionar: «Todo lo cual puede aportar alguna preparación para recibir el mensaje del Evangelio, que puede ser animada con la caridad divina por Aquel que vino a salvar el mundo». ¡No cabe mayor claridad!

Pablo VI, que aplicó con voluntad grande el Concilio, hablaba de la necesidad de una verdadera «civilización del amor», expresión que acuñada particularmente por él fue después más desarrollada y aplicada por Juan Pablo II a su magisterio social. Benedicto XVI le ha dado una singular validación al poner en relación caridad y verdad en la encíclica Caritas in veritate (Caridad en la verdad, 2009). Por eso dice de él en esta encíclica remitiéndose a Pablo VI, que con sus enseñanzas sociales de gran relevancia, «reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad según libertad y justicia, en la perspectiva ideal e histórica de una civilización animada por el amor» (n.13); concluyendo con la misma claridad que su predecesor: «No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad, alma y cuerpo» (n.76).

Manos Unidas nos lanza un mensaje también claro: es posible un mundo nuevo como proyecto común, pero no olvidemos desde dónde lo dice: desde la fe que anima a sus militantes, particularmente a las mujeres de fe que le han dado cuerpo a una organización como Manos Unidas, imprescindible hoy en la lucha contra el hambre. Manos Unidas cree en la imbricación de Dios en toda acción en favor del hombre, donde se deja sentir ya la novedad del mundo nuevo que esperamos de Dios. También el Papa Francisco se apoya en Pablo VI, para recordarnos, con su estimulante magisterio, que la propuesta es el Reino de Dios, y que «se trata de amar a Dios que reina en el mundo», por eso asegura: «En la medida en que él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales» (Evangelii gaudium, n.181). También muy claro: la novedad del mundo viene de Dios y, mientras llega su plenitud, se nos pide que vayamos hacia ella cambiando todo lo que no entra en el proyecto de Dios para el mundo, como el hambre y la miseria de los pobres, que el amor fraterno puede remediar.

Almería, 9 de febrero de 2014

Día de la Campaña contra el hambre en el mundo

                                  

                                                + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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