La alegría de ser llamado al sacerdocio

Queridos jóvenes:

Escribo a todos los diocesanos, pero especialmente a vosotros en esta solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María, y Patrono de la Iglesia y de las vocaciones sacerdotales. Sabéis bien que el Día del Seminario me ofrece la ocasión anual de volver a hablaros sobre la necesidad y de recordaros que hemos de suplicar con fe al Señor que nos conceda las deseadas vocaciones al ministerio sacerdotal.

Hemos avanzado en la buena dirección durante estos años y los frutos se dejan notar. Hoy somos conscientes de que la secularización del estilo y del tenor de vida de los sacerdotes era un camino equivocado, que no produce otra cosa que más secularización y alejamiento del seguimiento de Cristo.

Los que tenemos la responsabilidad de guiar a la comunidad cristiana hemos hecho experiencia personal de que cuando ha habido una trayectoria de formación en la fe y de introducción en la experiencia de la amistad con Jesucristo, para con él y por medio de él llegar a Dios Padre, un adolescente y un joven pueden alejarse de la Iglesia, pero el conocimiento de Jesús ha calado en su vida; y seguro que en su momento producirá su fruto.

Por eso, al llegar el Día del Seminario, nada me parece más apropiado que insistir en la necesidad de formar a los niños y adolescentes en la fe abriéndoles al conocimiento personal y experiencial de Cristo. Sólo conociendo a Jesús puede un adolescente y un joven que comienza a abrirse a la vida sentir la atracción de la vocación al sacerdocio como forma de vivir —como vosotros decís: “a tope”— la amistad con el Hijo de Dios, amigo y maestro, “Redentor” y “Salvador” del mundo, que llama y quema el alma de quien comienza a amarle y a entregarle su vida hasta estallar de alegría y sentir cómo acelera el corazón de quien empieza a ser discípulo suyo, impaciente por darle a conocer.

Seguir a Jesús es una historia personal de amistad en la que cada adolescente y cada joven, en la medida en que progresa en el conocimiento y experiencia de Cristo, va sintiendo en su corazón tan gran aprecio por él que nada podría entender de lo que pasa sin él, sin su amistad; hasta el punto de relativizar todo cuanto el mundo le ofrece para seguirle mejor y estar con él, para darle a conocer y a amar. La vocación descubre a Jesús como la gran experiencia de amistad con Jesús que de Dios en lleva a Dios.

La vocación resulta de haber conocido a Dios en la persona divina de su Hijo que nos sale al encuentro en la carne humana de Jesús. Es el fruto maduro de un conocimiento personal del Hijo de Dios que llena tanto, y tan hondamente penetra el corazón, que sólo siguiéndole como discípulo cobra sentido pleno la vida de uno. La vocación es por eso una pasión y celo de darle a conocer, de llevarlo a los demás como bien inapreciable, en comparación del cual palidecen todos los demás bienes; y también cobran pleno sentido, como sucede con el amor de un hombre y una mujer que se unen en matrimonio dando lugar a una familia. Sólo cuando este amor responde al paradigma de amor que Dios ha revelado en Jesucristo, se iluminan como un don admirable.

Con la vocación al ministerio sacerdotal todo le parece poco al joven que por Cristo lo da todo, y así incluso bienes tan luminosos como el amor humano quedan supeditados a una amistad más grande y abarcadora, que potencia la entrega del discípulo de Jesús a la comunidad eclesial y a cada uno de sus miembros; y abre a la misión evangelizadora de cuantos están necesitados de Dios y de su amor, aunque no sean conscientes de ello, por estar alejados de la fe y tal vez nunca haber sentido hablar de él.

La «alegría de anunciar el Evangelio» brota de un corazón que ha encontrado en Jesús la razón de la vida. La vocación requiere, es verdad, de la conversión a Cristo, pero enraizada en ella es más que querer vivir a la luz del Evangelio la vida de cada día, algo por lo demás legítimo. Es sentir que es necesario llevara Cristo a los hombres como propuesta de vida, sin mirarse más a sí mismo y buscar rabiosamente la propia felicidad; porque es olvidarse de sí mismo para que en todos sea Jesucristo camino a Dios y verdad de Dios, y apertura al hombre como prójimo y hermano, cuya importancia se la da Dios antes que uno pueda dársela. La alegría de la vocación es alegría de haber encontrado en Jesucristo que cada hombre y cada mujer, cada ser humano, sea cual sea su edad y condición, recibe de Dios una invitación al amor divino que el llamado por Jesús ha sido elegido para llevarla en mano, para que a nadie falte esta invitación.

         ¿Por qué no pensárselo bien, si eres joven y has sentido que Él pasa a tu lado y te llama? ¡Cómo quisiera yo mismo que esta invitación, que Jesús te dirige a ti y a tantos adolescentes y jóvenes que él llama, la sintieras respaldada por nuestra vida cristiana y la te pareciera enteramente fascinante!

Almería, 19 de marzo de 2014

Solemnidad de San José

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                  Obispo de Almería

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