«La vida, signo siempre de esperanza»

         Queridos diocesanos:

Con la fiesta de la Anunciación del Señor llega la «Jornada por la Vida», cada vez con mayor fuerza entre los millones de personas que van engrosando el movimiento pro vida en países de latitudes muy diversas, pero unidos por la misma experiencia de una herida que aflige profundamente la conciencia moral de nuestras sociedades. La herida infligida por tantos atentados contra la vida humana, todos ellos contrarios a la razón y a la revelación cristiana: el aborto y las manipulaciones de embriones, que destruyen y desechan vidas humanas concebidas y en desarrollo; eutanasia de diverso género, que ya alcanza en algunas legislaciones incluso la vida de los niños discapacitados o caídos en enfermedades irreversibles; el terrorismo criminal, que se ha convertido gracias al desarrollo tecnológico contemporáneo en medio de agresión inconcebible en tiempos todavía recientes; la aplicación de sofisticadas torturas físicas y psíquicas, que degradan a quienes las ejecutan; la pena de muerte como punición y medio de represión sin posible retorno. Estos y otros atentados envilecen la vida de los ejecutores de tantos males.

         En el caso del aborto procurado, los atentados por millones a la vida adquieren una particular gravedad por la extensión de los mismos y su aceptación o tolerancia social; y hallarse amparados estos atentados en tan gran medida por la ley y legitimados como por el ordenamiento jurídico de sociedades que han puesto entre paréntesis su enjuiciamiento moral para llegar, incluso, a convertirlo en un derecho social de la mujer. De este hecho contrario a la razón y a la fe, nadie duda que la mujer que aborta es también víctima, porque es un hecho que le sobreviene y tiene que padecer, presionada de formas diversas y en circunstancias de extraordinaria dificultad.  

Por eso siempre es preciso asegurar la ayuda a la mujer embarazada, para que pueda afrontar las dificultades que presionan sobre ella con el amparo y el afecto de todos, particularmente de las personas que le son más cercanas, y el apoyo de la legislación. Es preciso que se la proteja social y económicamente con la ley, para garantizar el desarrollo de la vida concebida y no nacida; y que la maternidad encuentre una conveniente salvaguarda que permita a la mujer cumplir con su trabajo y ejercer de verdad como madre.

Con el fin de ayudar a reflexionar sobre la gravedad del aborto y las posibles salidas que ayuden a desterrarlo de la sociedad, la Subcomisión Episcopal de Familia y Vida ha hecho públicos unos materiales para esta Jornada por la Vida: subsidios litúrgicos y cartelería que informan y proponen su defensa eficaz como solución real a los problemas que plantean los atentados contra la vida. Siguiendo el lema de la Jornada, el cartel de este año quiere transmitir un mensaje muy positivo: decir sí a la vida es ofrecer esperanza fundada ante la crisis, un mensaje que se transmite con la foto de un recién nacido en un contexto de malas noticias entresacadas realmente de los periódicos. Un mensaje que quiere salir al paso de una estadística escalofriante: en España se han producido más de un millón ochocientos mil abortos desde que se aprobó la ley vigente de aborto, que lo incluye entre los derechos de la mujer. Estadística que impresionó vivamente al Papa Francisco en la reciente visita “ad limina” de los obispos españoles.

Para favorecer una reflexión lo más amplia posible, el Secretariado diocesano de Pastoral de Familia y Vida organiza en estas fechas (del 25 al 29 del mes en curso) la primera Semana de la Familia, que invito a secundar a todos los diocesanos que sientan interés por el bien común, acudiendo a las conferencias y encuentros sobre un tema de tanta actualidad y urgencia, de verdadera importancia para el futuro de la sociedad y el de la Iglesia. Las predicciones catastrofistas sobre la multiplicación de la población mundial de tiempos pasados, presentadas como supuesto resultado científico y pretexto para hacer del aborto sencillamente un método drástico de control de natalidad, hace mucho tiempo que dejaron de ser creíbles; aunque los intereses de los Estados y de la producción mundial sigan explotando el miedo a la superpoblación.

El envejecimiento de las sociedades modernas y prósperas del primer mundo afecta a España de una manera alarmante. Tienen razón sobrada los obispos cuando afirman: “Para España, para Europa y para el mundo la apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica. Grandes naciones han podido salir de la miseria gracias también al gran número y a la capacidad de sus habitantes”. ¿Cómo podemos permanecer de espaldas algo tan palmario? España, uno de los países de la Unión Europea que menos protege la familia, necesita una política familiar decidida y un programa de protección real de la maternidad. Protección moral y social de la mujer embarazada, que se ha de garantizar al mismo tiempo que se promueve con leyes justas la dignidad y bienestar de la familia como célula básica de la sociedad, pieza fundamental del tejido social.

Para ello será necesario comenzar a desenredar lo que se ha tejido con tanta frivolidad mediante una propaganda publicitariamente sostenida, destinada a crear una opinión amparada institucionalmente que reduce a común denominador todo tipo de convivencia entre personas, olvidando que la familia se asienta sobre la identidad que le da la naturaleza creada del ser humano como varón y mujer, cuya unión funda el verdadero matrimonio. El respeto que todas las personas merecen no puede ser, de forma incomprensible, pretexto para desamparar la realidad natural del matrimonio e incluso desfigurarla jurídicamente, llegando al absurdo de ignorar lo que a todas luces es una institución universal presente en todas las culturas, aun cuando tenga formas diversas de regulación legal. Como dicen los obispos de la Subcomisión, se ha convertido en “una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y el matrimonio”.

La familia —todos lo estamos pudiendo constatar— ha sido un recurso fundamental para afrontar la crisis económica y social, porque la unión de la familia potencia la respuesta a las dificultades como ninguna otra institución social, acreditándose así como garantía del futuro de la especie y célula de una sociedad verdaderamente humana. La familia es el ámbito natural donde acontece el desarrollo personal y la apertura a la dimensión social de la vida, que procede del amor y tiende al amor, porque la familia es reflejo de cómo el hombre es imagen e Dios.

A la luz del evangelio de la vida, no podemos silenciar que Dios ha querido hacer de la familia un signo de esperanza para la vida humana. Defendiendo la familia defendemos la vida. Los obispos, a pesar de las descalificaciones gratuitas, justificadas por interés ideológico unas veces, y otras por otro género menos claro de intereses, ofrecen buenos argumentos en defensa de la familia y de la vida, al llamar a los católicos y a cuantos quieran parar mientes en su palabra y argumentos. Se trata de proponer y proteger “la grandeza del don y sentido de la maternidad”, contra la absurda y nada progresista pretensión ideológica, aun cuando se disfrace de lo contrario, de “igualar lo diferente”, abocando, en efecto, a la “ruina demográfica, económica y sobre todo moral de la sociedad”. Decir sí a la vida es ofrecer un signo de esperanza a una sociedad que parece haberla perdido.

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 25 de marzo de 2014

                                                           X Adolfo González Montes

                                                                  Obispo de Almería

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