Queridos diocesanos:

Bien sabéis que la Semana Santa alcanza su celebración mayor en la Vigilia del Sábado Santo, que cierra el Triduo pascual. En esta vigilia mayor de la fe, Cristo resucitado se hace presente en los grandes signos sacramentales y símbolos de la liturgia: la luz, el agua bautismal y la ofrenda eucarística. Todos ellos encuentran en la larga y prolongada lectura de la Escritura la explicación que ofrece la historia de la salvación en sus etapas: de la creación del mundo a la elección de Abrahán, padre del pueblo elegido; y de la liberación de los israelitas de Egipto acaudillados por Moisés a las promesas de redención de los profetas y del agua viva; para llegar a la instrucción de san Pablo sobre el bautismo y las narraciones evangélicas de la resurrección.

Hemos de agradecer al Señor que la vigilia pascual haya ido ganando significación y espacio en la vida espiritual de los fieles, cada vez más numerosos en la iglesia Catedral y en las iglesias parroquiales para asistir al pregón pascual y a la celebración del triunfo de Cristo sobre la muerte. En esta vigilia el agua bautismal es bendecida y a ella llegan los catecúmenos que en esa noche reciben los tres sacramentos de la «iniciación cristiana»: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Muchos bautizados se alejan de la fe cristiana en la que fueron bautizados y educados, muchos también de éstos vuelven después; y muchos llegan cada año a la fe y reciben los sacramentos que los hacen cristianos. Se habla poco de esta realidad esperanzadora, preocupados como estamos por la secularización de la sociedad y de la cultura de nuestro tiempo, por sus imperativos paganos en tantas cosas y por la agresividad con la que se impone y se publicita esta cultura, también en muchas cosas, beligerantemente anticristiana.

La Iglesia afronta con decisión la nueva evangelización de sociedades que tradicionalmente han sido cristianas y se mueven dentro de un horizonte cristiano incluso en su versión secularizada. Es verdad que ha envejecido el tejido social de la Iglesia en España y en toda Europa, pero también han envejecido las sociedades del primer mundo, víctimas de un control restrictivo de la natalidad que, por ser enemigo de la vida, terminará disolviéndolas si no reaccionan a tiempo. Es preciso reconocer que en algunos países esta reacción a tiempo ha comenzado hace algún tiempo, pero en conjunto tenemos en Europa unas sociedades estancadas en su propio envejecimiento y España se ha convertido en un país enemigo de la vida que se está segando la hierba bajo los pies.

La celebración de la resurrección de Cristo es un grito pro la vida que emerge de corazones convertidos a la verdad de un anuncio basado en los hechos históricos, contra los que no es fácil arremeter sin topar de frente contra su contundencia. Lo vieron resucitado los mismos que sucumbieron al desánimo, ante la frustración que supuso para sus aspiraciones la cruz de Jesús y su sepultura. Si la tradición evangélica del sepulcro vacío surgió en Jerusalén y vino a corroborar la experiencia de las apariciones del Resucitado, no surgió como mero adorno de estas últimas, hasta convertirlas en un relato legendario para legitimar un bulo o una propaganda inicial cristiana contra los hechos que la desmentían: la perduración del cadáver de Jesús y el sepulcro sellado y custodiado por los soldados.

Sólo la verdad de la resurrección y los signos y las huellas objetivas e históricamente fehacientes de un hecho que trasciende el orden natural, y por eso mismo el ocurrir de los hechos históricos ordinarios y extraordinarios, pudo dar cauce a la predicación apostólica y la expansión de la fe cristiana. La resurrección, ciertamente, no es una revivificación o reanimación de un cadáver que devuelve al sujeto del mismo al orden de los mortales, destinándolo de nuevo a la muerte; pero la resurrección no es tampoco una experiencia de fe sin experiencia histórica de aquello mismo que se afirma al decir que Jesús ha resucitado. Los discípulos tuvieron experiencia real del Resucitado y fue posible porque la resurrección de Jesús no aconteció al margen de su cuerpo sacrificado, cuya perduración en el sepulcro hubiera hecho imposible de todo punto una fe que se levantaba contra la evidencia de la realidad de un cadáver sepultado y bien sepultado para siempre. Una fe así hubiera carecido de la pedagogía divina que acompaña toda la historia de la salvación, pero, sobre todo, habría surgido como un grito desarticulado, fruto de la desesperación o del entusiasmo por una «causa» que tropezaba con la evidencia de la muerte de quien la propuso y sostuvo sin éxito como la más contundente realidad que se nos impone.

Verdaderamente ha resucitado el Señor y, porque está vivo, los que convierten a él su mente y su corazón son sorprendidos generación tras generación por el que está vivo para siempre y les sale al encuentro portador de la vida nueva que les comunica. El mundo devora a creyentes incapaces para seguir creyendo, que acompañan su alejamiento, cuando lo hacen o son capaces de ello, con justificaciones de diverso género, pero el desfallecimiento de los que ya no pueden creer no detiene la acción del Resucitado para darse a conocer a cuantos, escuchando que llama a su puerta, le abren para que entre y comparte el alimento de la vida con ellos.

Almería, 20 de abril de 2014

Pascua de Resurrección

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                      Obispo de Almería

                                     

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