Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, personas de vida consagrada y fieles laicos:

1​       El próximo día 3 de septiembre coronaré canónicamente en nombre del Romano Pontífice la sagrada imagen de la Virgen de Gádor, Patrona de Berja y su comarca. Con ello se verá cumplido “un anhelo de generaciones”, que ha inspirado al pueblo fiel el hondo sentido mariano de la vida cristiana. La piedad popular, en verdad, está transida de un hondo sentido mariano, porque como decía el santo Papa Juan Pablo II, la vida cristiana del pueblo fiel aprende a contemplar el rostro de Cristo en la “escuela de María”, método de grande sencillez y eficaz pedagogía de la fe que se acompasa con el rezo del santo Rosario, «para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje»[1] Esta coronación, largamente anhelada por los fieles, de una imagen tan amada en todo el Poniente, y por tantos diocesanos que se encomiendan a la intercesión de la Virgen de Gádor, exalta una advocación mariana que atrae a su santuario peregrinos y devotos a lo largo de todo el año, como quien acude a la escuela de la Virgen para aprender a Cristo, con el convencimiento arraigado en siglos de vida cristiana.

        La honda veneración de la bienaventurada Virgen María en todas las tierras de España, es viva expresión del arraigo del catolicismo en el pueblo fiel, que históricamente se ha configurado como pueblo cristiano por la predicación del Evangelio y la plantación de la Iglesia en nuestras tierras desde los tiempos apostólicos. Así lo pone de manifiesto el hecho de que en la época hispanorromana la Iglesia estuviera ya organizada en obispados, entre los cuales se cuenta el obispado de Vergi (Berja),  si bien sólo tenemos constancia del mismo desde el siglo III al siglo VI, momento en el que fue extinguido y agregado al obispado de la antigua ciudad costera y portuaria de Abdera (Adra).

La fe católica ha inspirado las páginas más hermosas de nuestra historia y sigue siendo hoy, para un elevado porcentaje de la población, el referente de sentido que ilumina la vida y la orienta hacia Dios. Expresión de esta fe religiosa es la veneración de la Santísima Virgen María, la Madre del Señor, y de los mártires y santos, testigos de la fe y ejemplo de vida cristiana. Entre los mártires hacemos memoria de la beata Josefa Ruano, que dio su vida por Cristo el 8 de septiembre de 1936, festividad de la Virgen de Gádor.

2       ​La normativa eclesiástica establece que es competencia del Obispo diocesano, juntamente con la comunidad local, «juzgar sobre la oportunidad de coronar una imagen de la santísima Virgen María», teniendo siempre en cuenta que «solamente es oportuno coronar aquellas imágenes que, por la gran devoción de los fieles, gocen de cierta popularidad, de tal modo que el lugar donde se veneran haya llegado a ser la sede y como el centro de un genuino culto litúrgico y activo apostolado cristiano»[2]. Condiciones que se cumplen con creces en la Virgen de Gádor, amada a porfía por los fieles de Berja y su comarca, pero también y con amplia extensión por los miles de fieles de la diócesis que acuden al santuario de Berja, al cual peregrinan con ilusionada esperanza de encontrar en la intercesión de la Virgen el amparo que anhelan de la misericordia y el amor infinito de Dios por nosotros. Son muchos los que acuden a los cultos reglados que el pueblo fiel tributa a la Madre del Señor en esta advocación mariana, cuyo nombre llevan con orgullo desde el siglo XVIII tantas hijas de la tierra, habiendo sido inscrito su nombre de pila en el registro canónico y en el civil como «Gádor» y «María de Gádor».

3       ​El santuario parroquial de Nuestra Señora de Gádor es un referente de piedad sincera y acrecida con el tiempo en la diócesis de Almería. En él no falta la celebración de la santa Misa, en días y horarios establecidos por la Parroquia de la Anunciación, a cuyo párroco se halla confiada la rectoría del santuario; ni faltan tampoco los actos de piedad que dan al culto mariano su propia identidad, particularmente el rezo del santo Rosario, que se desarrolla con el generoso cuidado en la custodia de la Virgen por parte de las Religiosas Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios, de fundación tan vinculada a la historia contemporánea de la diócesis, ya que el santuario acogía la primera casa de Madre Trinidad cuando todavía era territorio de la archidiócesis de Granada y Arzobispo el que había sido Obispo de Almería de 1907 a 1921, Mons. Vicente Casanova y Marzol, creado más tarde Cardenal en 1925 por Pío XI, el mismo año de fundación de las religiosas.

Los antecedentes de estos hechos históricos se remontan a finales del siglo XVI, cuando dos ermitaños iniciaron el culto mariano de Gádor, asentándolo sobre las ruinas de una pequeña ermita mozárabe que ellos rehicieron. Comenzó entonces, en los inicios de una cristiandad restaurada tras la dominación musulmana, una historia espiritual, en los años cincuenta del pasado siglo XX transferida de la archidiócesis de Granada a la diócesis de Almería, que había convertido el santuario de la Virgen en lugar permanente de gracia para cuantos se acogen a la intercesión de la Madre del Señor y la invocan con este nombre secular de Gádor. Es el nombre del macizo serrano que da identidad al sur occidental de la provincia de Almería, protegiendo las poblaciones que se asientan en su regazo en la extensa comarca alpujarreña del Poniente almeriense y las que están ubicadas a resguardo de la vertiente que protege su extenso Campo. Todas las poblaciones, altas y bajas, de la comarca invocan a la Virgen de Gádor, cuya bajada estacional a Ciudad de Berja hace saltar a flor de piel los sentimientos religiosos de un pueblo que se adorna con tan pura tradición mariana.

4       ​Apelo a la historia de tan entrañable advocación de la Virgen para llamar a todos los virgitanos y devotos de la Madre del Redentor a arropar con amor la coronación de su sagrada imagen, porque con la Coronación Pontificia que realizaré en nombre el Papa Francisco, se fortalece la comunión de nuestra Iglesia diocesana de Almería con el Sucesor de Pedro. Coronando la imagen de la Virgen venerada por los fieles generación tras generación, afirmamos que no tenemos otro Señor que Cristo, que ha hecho partícipe de su realeza universal a su Madre, figura de la Iglesia y de nuestro destino. Como dice el Apóstol de las gentes: «Si nos mantenemos firmes en la fe, también reinaremos con él» (2 Tim 2,12). Seremos con María partícipes de la realeza de Cristo para siempre, participando de la vida divina que Dios Padre comunica a todo el que cree en Cristo y permanece en él. Es Jesús quien nos dice dirigiéndose a sus apóstoles: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» (Jn 15,7).

Acudimos a la Virgen para pedir su ayuda y su amparo y nada nos negará si permanecemos unidos a su divino Hijo, porque ella lo tiene en sus brazos maternales, para mostrarle al mundo el camino de la salvación. Súplicas y tantas veces lágrimas vertidas ante la sagrada imagen de la Virgen, son recogidas por la que es madre del Redentor y madre espiritual de sus discípulos[3]. Entre ellos nos queremos encontrar, para poder acudir con nuestras cuitas y presentarlas al Señor por medio de ella, la Madre del Amor Hermoso y de la santa esperanza, para y recibir del Hijo la respuesta que a la Virgen confiamos con anhelos, ilusiones y esperanzas que brotan de la fe en el gran poder de la Virgen Madre, porque ella llevó en sus entrañas al Hijo eterno de Dios.

Evocando la enseñanza del Concilio sobre la maternidad espiritual de María, acudimos a la Virgen glorificada junto al Hijo resucitado, porque la maternidad espiritual de María perdura, en efecto, sin cesar en la economía de la gracia, ya que «con su asunción a los cielos no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna. Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz»[4].

Son tantos los fieles que confiesan haber sido agraciados por la Virgen de Gádor, que las gracias recibidas animan a quienes mantienen fe en la intercesión de María y de los santos a acudir con confianza a la que es madre del Mediador único entre Dios y los hombres.  Por eso, al coronar su imagen con la diadema que orla su cabeza, damos gracias a Dios Padre por tantos beneficios, el mayor de los cuales es haber recibido el perdón de su misericordia y haber sido elevados a la gracia de la filiación adoptiva. Hemos sido hechos hijos en el Hijo eterno de Dios, nacido de la Virgen María.

5       ​Coronando su sagrada imagen, reconocemos y confesamos que María, «terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente con su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte»[5]. ¡Qué bellamente han aplicado a la Virgen el título de Reina los doctores de la Iglesia y los teólogos a lo largo de los siglos! Por eso argumentaba Pío XII que a María refieren los padres de la Iglesia antigua y teólogos de la Edad Media y de la Escolástica moderna las palabras del salmista que la describen, en su gloriosa asunción a los cielos, como «la Reina que entra triunfalmente en el palacio celeste y se sienta a la diestra del divino Redentor[6], lo mismo que la Esposa del Cantar de los Cantares, “que sube por el desierto como una columna de humo de los aromas de mirra e incienso” para ser coronada[7].  La una y la otra son propuestas como figuras de aquella Reina y Esposa celeste, que junto a su divino Esposo, fue elevada al reino de los cielos»[8].

Por medio de Cristo Jesús, Rey del universo, confesando que sólo en él reconocemos al Redentor del hombre y Salvador del mundo, también nosotros esperamos recibir «la corona de gloria que no se marchita» (1 Pe 5,4): la corona que la Trinidad santísima ha depositado sobre las sienes de la Virgen María, colaboradora del Redentor, discípula perfecta de Cristo su Hijo, miembro supereminente  de la Iglesia, que la convierte en su propia figura[9].  Se hizo digna de la «corona merecida» (2 Tim 4,8), que es «la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman» (Sant 1,12),  porque, fiel discípulo de su Hijo, fue asociada a la realeza de Cristo[10] resucitado y a su señorío sobre la creación al ser levantada a los cielos en cuerpo y alma, y sentada junto al Rey, el Hijo glorificado que, como recitamos en el Credo, se sienta a la derecha del Padre y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, Jesucristo nuestro Señor.

6       ​Deseo vivamente que esta coronación de la Virgen de Gádor sirva a la comunidad parroquial virgitana y a todo el pueblo fiel para progresar en un conocimiento cada vez mayor de la función de María en la obra de la salvación y de los misterios de Cristo Redentor, a los cuales fue asociada por designio eterno de Dios Padre. Empeñados como estamos en una nueva evangelización de nuestra sociedad histórica y culturalmente cristiana, pero hoy más alejada que tiempo atrás de la vida de la Iglesia, el propósito de cuantos hemos unido nuestras fuerzas en la ilusionada empresa de la coronación de la Virgen, no puede ser otro que esta acción solemne de culto mariano sirva asimismo para una mayor purificación de la piedad mariana, que ha de ser vivida a la luz de la revelación bíblica.

La palabra de Dios ha de ser la que oriente siempre y nutra la piedad cristiana, y, por ello mismo la piedad mariana; porque, como enseñaba el beato Pablo VI, el culto a la Virgen debe inspirarse en la Sagrada Escritura tal como es leída e interpretada por la Iglesia. Por eso el gran pontífice advertía que la inspiración bíblica del culto mariano «requiere que de la Biblia tomen sus términos y su inspiración las fórmulas de oración y las composiciones destinadas al canto; y exige sobre todo que el culto a la Virgen esté impregnado de los grandes temas del mensaje cristiano». El Papa añadía —citando la enseñanza del Vaticano II sobre el culto a la Virgen— que todos los ejercicios del culto a la Virgen se realicen «teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, se ordenen de manera que estén en armonía con la sagrada liturgia; se inspiren de algún modo en ella, y, dada su naturaleza superior, conduzcan a ella al pueblo cristiano».

7       ​La coronación de la Virgen de Gádor es una ocasión privilegiada para que los cofrades de la Virgen y los demás colaboradores del ministerio pastoral parroquial, y los fieles devotos y peregrinos que acuden a las plantas de Nuestra Señora y se postran ante su sagrada imagen, orientados por las enseñanzas de la Iglesia y, comprometidos con la propia formación espiritual y maduración de vida cristiana, acrecienten la comunión eclesial, y se empeñen por ello con mayor compromiso en el testimonio de la fe en la sociedad de nuestros días.

Que Nuestra Señora de Gádor así lo conceda a todo el pueblo fiel que la venera con amor y a ella acude, con la confianza puesta en su intercesión, invocándola como Madre del Señor y Madre de la Iglesia.

Almería, a 6 de agosto de 2016

Fiesta de la Transfiguración del Señor

​​​​​                                                             X Adolfo González Montes

​​​​​                                                                               Obispo de Almería


[1] San Juan Pablo II, Carta apostólica sobre el santo Rosario Rosarium Virginis Mariae (16 octubre 2002), n. 14.

[2] Pontifical Romano: Ritual de la coronación de una imagen de Santa María Virgen [25 marzo 1981 / 14 de febrero 1983]: Prenotandos, n. 6.

[3] Vaticano II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 61.

[4] Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 62; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 969.

[5] Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 59.

[6] Cf. Salm 44,10.14-16.

[7] Cf. Ct 3,6; cf. 4,8; 6,9.

[8] Pío XII, Constitución apostólica en la que se define como dogma de fe que la Virgen María fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste Munificentissimus Deus (1 noviembre 1950), n. 26.

[9] Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 63; cf. Ritual de la coronación, n. 5d.

[10] Ritual de la coronación: Prenotandos, n. 5c.

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