Queridos cofrades:

La inauguración de la Cuaresma nos abre un año más el camino de purificación hacia las celebraciones de la Semana Santa, cuya cima es el triduo pascual. Se trata de un camino penitencial que ha de ayudarnos a una más honda conversión de vida a Cristo, evangelio vivo de Dios Padre, con el cual hemos de configurar nuestra vida de cristianos. Sobre todo, si tenemos en cuenta que esta conversión a la que Cristo nos llama ha de transformarnos en signo visible de su presencia en una sociedad ampliamente secularizada.

Es verdad que las manifestaciones públicas de fe que estos días traen consigo suponen la ilusión de tantos miles de cofrades, que a lo largo de todo el año han seguido la disciplina del esfuerzo por mejorar la organización de sus hermandades y cofradías, creando con ello un clima de verdadera fraternidad en las hermandades; compartiendo metas y objetivos anuales que llevan consigo la mejora también de tejidos, enseres y pasos procesionales. Estos cofrades están dispuestos a sacrificar tiempo, dedicación y renuncias, pequeñas y grandes, para que tanto los actos devocionales como los desfiles redunden en la mayor gloria de Cristo y de su Santísima Madre.

También es verdad que durante los últimos años se ha realizado un mayor esfuerzo por una mejor formación de los miembros de estas asociaciones de fieles que son las hermandades y cofradías; y lo es también que la sensibilidad social de las mismas ha crecido en compromisos de caridad y promoción de empresas muy laudables. Las cofradías se han hecho particularmente sensibles a las necesidades de la misión de la Iglesia ad gentes, a la acción caritativa y social de Caritas diocesana y de sus delegaciones parroquiales, a las necesidades de enfermos y discapacitados, a los programas de ayuda a los necesitados de las  organizaciones no gubernamentales de inspiración cristiana, como Manos Unidas y algunas obras de alcance educativo y hospitalario.

Sin embargo, la tarea que está aún por delante es muy grande, porque la palabra de Cristo es exigente urgiéndonos la conversión, y se trata de “hacer esto sin de cuidar lo otro” (Mt 23,23). Es decir, es preciso proponerse como objetivo el culto en su esplendor y sostener su consistente verdad como “culto en el espíritu” (Jn 4,24) purificado las manifestaciones del culto en el crisol del amor divino que es la caridad para con el prójimo. Es preciso, asimismo, cuidar la fidelidad a la tradición devocional y a la piedad popular sin abandonar las celebraciones litúrgicas sin las cuales quedaría preterido el culto del Nuevo Testamento. Es preciso caer una y otra vez en la cuenta de que la formación cristiana es la forma permanente de catequesis continuada, sin la cual resulta inviable la inteligencia de la fe capaz de penetrar los misterios de la salvación.

Si la caridad de Cristo nos urge, conforme a la máxima del Apóstol san Pablo, sucede así porque, en verdad, “el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co5 5,14-15). Es esta urgencia del amor crucificado de Cristo la que nos impulsa hacia adelante abrazados a la cruz nuestra de cada día, que tiene su expresión plástica y devota en el bello recorrido de la carrera oficial de los pasos procesionales que representan la pasión de amor de Jesucristo, entregado a la muerte por nosotros. No podemos desvincular las representaciones procesionales de la magna procesión de la vida como discípulos de Cristo, no porque no tengan que capitalizar con toda justicia nuestro esfuerzo y cuidados los desfiles procesionales de penitencia, que se celebran a lo largo y ancho de nuestra geografía diocesana, más aún, de nuestra geografía patria, sino porque al entregarnos con cuerpo y alma a la representación de la pasión de Cristo y del misterio de su muerte y resurrección, estamos haciendo visible el impulso secreto de nuestro corazón, movido por el amor de Cristo crucificado y que, por eso, llega hasta pobres y necesitados, a las familias sin otro apoyo económico que la dádiva bienintencionada como forma de compartir educación y cultura, salud y bienestar con quienes carecen de estos bienes, sobre todo cuando, en tiempos de crisis y falta el trabajo.

Quiero, pues, animar a todas las hermandades y cofradías a que pongan el mayor tesón en lograr la coherencia de actuación que hace creíble la sinceridad de nuestra devoción a la cruz del Señor y a los dolores de su santísima Madre. Esta coherencia se ha de traducir en cumplimiento esmerado de los objetivos de cada hermandad y cofradía, lo que sólo será posible aunando esfuerzos y empujando todos en la misma dirección. Para ello es necesario suprimir los personalismos del capillismo y someterse todos a la disciplina de la humildad, pues se trata de contemplar la humillación de Dios en Cristo sentenciado a muerte, apresado, juzgado, flagelado y coronado de espinas, cargado con la cruz a cuestas, abatido por el peso de la cruz y clavado al fin en ella, exhausto y exánime.

Los objetivos de cada hermandad y cofradía están plasmados en sus estatutos, cuya observancia es garantía de fidelidad a la mente de la Iglesia, de ahí la importancia que tiene la acomodación de los estatutos cofrades a la ley de la Iglesia y la normativa diocesana, en la cual tanto empeño vienen poniendo muchas cofradías, ejemplares en su deseo y compromiso de plasmar en los propios estatutos las orientaciones que la autoridad eclesiástica les ofrece. Año tras año se van produciendo acomodaciones estatutarias y aquella renovación espiritual deseada por la Iglesia, cosa que honra altamente a los miles de cofrades que se distinguen por su fidelidad a la Iglesia. A lo que hay que sumar el hecho laudable de que cada vez sean más los que asisten a las sesiones ordinarias de sus hermandades y cofradías, pero sobre todo a la asamblea de elecciones. Hemos de conseguir que se acreciente todavía más este espíritu de participación, que hace de las hermandades y cofradías como asociaciones de fieles una manifestación  bien visible y dinámica de la participación del laicado en la vida de la Iglesia.

Deseo vivamente que los días de Cuaresma, tiempo de gracia para la transformación interior, redunden en el crecimiento espiritual de los cofrades y de todo el pueblo de Dios, que se dispone a celebrar los misterios de la redención, fiel oyente de la palabra de Dios que los evangelios cuaresmales proclaman. Es esta divina palabra la que puede, en efecto, introducirnos en el esplendor de la Semana Santa, cuyo contenido es el misterio pascual por el cual hemos recibido nueva vida.

Os bendice y os desea una fervorosa Semana Santa

                                                                       

                                                        +Adolfo González Montes

                                                                              Obispo de Almería

 

Almería, a 13 de marzo de 2011

Domingo I de Cuaresma

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