Manos Unidas está de cumpleaños y hemos felicitado ya a esta organización no gubernamental promovida por las mujeres católicas que desde hace cincuenta años viene luchando contra el hambre en el mundo. Manos Unidas ha alcanzado cotas de aceptación social que se miden por la respuesta, siempre generosa, de las cristianos y personas de buena voluntad que, aun no siendo muy religiosas, reconocen la labor de Manos Unidas y apoyan su esfuerzo por mitigar el hambre de millones de personas que la padecen a causa de factores de diverso orden, sin duda, pero sobre todo por el egoísmo de unos y la falta de responsabilidad moral de otros a la hora de compartir los bienes de la tierra.

Metidos ya en la Cuaresma, acojamos la llamada de la Iglesia al ayuno, que afirma la soberanía de Dios por encima de nuestras apetencias y la fraterna solidaridad con los que no comen. Para poner remedio, sigue siendo urgente tomar conciencia de los males estructurales que afligen a los excluidos del beneficio del desarrollo y de la producción de riqueza. Detrás del hambre hay políticas no bien programadas de industrialización, crecimiento económico y de explotación de los recursos de la tierra, cuyos efectos nocivos y a veces devastadores se dejan sentir ahora sobre la agricultura, la fauna terrestre y marina, y los daños irreparables causados por la contaminación de las aguas y la tala de superficies forestadas del planeta, la expulsión a la atmósfera de dióxido de carbono y otros gases (CO2) que afectan gravemente a la capa de ozono y producen el llamado efecto invernadero, provocando además las lluvias acidas que lentamente van afectando la vegetación. Uno de los efectos más negativos de la combinación de estos factores es la desertización de zonas enteras de geografía agrícola hasta ahora cultivable, coincidentes en gran parte con países más atrasados o en vías de desarrollo que afecta a los países más explotados o marginados, agravando los malos resultados de un desarrollo agrícola precario.

Todos estos elementos han conducido a hablar del «cambio climático», un factor de riesgo para la tierra que barajan los científicos y que es hoy objeto de debate entre los políticos, por las repercusiones que tiene sobre la población mundial y la cuestión del de un desarrollo equilibrado que los técnicos llaman «desarrollo sostenible». La mayoría de las personas no somos expertas en el análisis de estos factores científicos y nos encontramos ante la propaganda y los programas de actuación de los políticos sin otro recurso de análisis que el sentido común y la luz de la revelación divina.

La fe nos recuerda que Dios entregó la tierra al hombre para que la dominara como ámbito vital de su existencia terrena, pero no para que la destruyera. Cuanto afecta a la tierra también afecta a la población mundial, que tiene en ella su hogar común, aun cuando sea transitorio camino del encuentro definitivo con Dios y el hogar permanente.

Por esta razón conviene tener en cuenta que todo cuanto hagamos será poco para lograr un uso del medio ambiental que tenga en cuenta el  milagro prodigioso que es nuestro planeta. Nuestro medio ambiente es el don del Creador, que nos ha llamado a la vida y al hogar común donde hemos de ensayar aquella fraterna comunión que anticipe la comunión divina, que será nuestra participación de la vida de Dios. El amor al prójimo que la circunstancia presente reclama de nosotros pasa por la lucha contra el hambre defendiendo los recursos del planeta. Los católicos hemos de hacer de este programa  tarea y compromiso. Un programa que forma parte del cuerpo de Doctrina Social de la Iglesia, reiterado por el magisterio de los papas en sus encíclicas y por el magisterio de los obispos. Benedicto XVI ha vuelto a pedir eliminar las causas estructurales que provocan la inseguridad alimentaria (Encíclica Caritas in Veritate, n. 27), y al comienzo de 2009 hacía una llamada a los responsables de las naciones ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, a la responsabilidad ante la crisis alimenticia padecida por poblaciones enteras, afectadas gravemente por factores que pudieran derivarse de algunos efectos del cambio climático, que dificultan todavía más el acceso a los alimentos y al agua a los habitantes de las regiones más pobres  del planeta. Decía el Papa: “Desde ahora, es más urgente adoptar una estrategia eficaz para combatir el hambre y favorecer el desarrollo agrícola local, más aún cuando el porcentaje de pobres aumenta incluso en los países ricos”. Poco después volvía a hablar sobre este objetivo de primer orden, en la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria celebrada en la sede de la FAO, Roma en noviembre del año pasado; y de nuevo, en la última Jornada Mundial de la Paz a comienzo del presente año.

Sabemos poco todavía sobre el cambio climático y de su repercusión sobre el acceso a los recursos alimenticios de millones de personas. Sabemos que hay manipulaciones de datos por interés político, y sabemos también que un desarrollo desordenado es inmoral por los devastadores efectos que arrastra consigo. Entre ellos el hambre, que hemos de paliar con el mayor empeño y con la esperanza puesta en la completa redención por Cristo de todos los males que causa el pecado y la perversión de la libertad humana en el uso de los recursos de la tierra, que son don divino destinado a todos.

 

                                               + Adolfo González Montes

                                                       Obispo de Almería

 

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