Queridos hermanos y hermanas:

En esta fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor la Iglesia quiere mostrar a los fieles el misterio de amor divino que encierra la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento del Altar. La Eucaristía es el signo sacramental del mayor de los amores: el amor que se revela en la muerte y resurrección del Hijo de Dios para vida del mundo. Sólo la fe en la divinidad de Jesús nos descubre el misterio de este amor, porque es la fe la que conoce quién es Jesús y qué ha hecho Dios Padre por medio de Jesucristo su Hijo por nosotros.

Dice san Pablo que “la prueba de que Dios nos ama que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5,8). Así, pues comenta, en término similares san Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10).

La Eucaristía es el sacramento del amor de Dios por nosotros y la prenda de lo que nos aguarda cuando participemos de la vida divina. Sin esta fe en la Eucaristía no seríamos cristianos. Hoy hemos recorrido las calles de nuestra capital para bendecir y alabar el Sacramento del Altar, que encierra todo el amor que Dios nos tiene porque el sacramento que contiene el sacrificio de la cruz, la entrega de Jesús por nosotros a la muerte y su gloriosa resurrección. Si no creyéramos que es así habríamos perdido la fe en que Jesús es el Hijo de Dios enviado por Dios Padre para salvar al mundo. Por eso, si creemos en este misterio de amor, no podremos vivir sin la Eucaristía, meta de toda la acción evangelizadora de la Iglesia y fuente vivificadora de la que mana la vida cristiana.

La Eucaristía es alimento de vida eterna, porque Cristo siembra en quien la come la semilla de la resurrección futura. Con la Eucaristía venceremos un futuro de muerte, porque Dios no puede morir y su Hijo dio su vida mortal por nosotros para darnos a nosotros la inmortalidad. Esta es la esperanza que alimenta nuestra fe y nos inspira el modo de vivir, siguiendo el argumento de san Juan: “Si Dios nos ha amado de esta manera también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,11).

¿Cómo no ver que la Eucaristía es el sacramento del amor de Dios en el cual se nos desvela el misterio de amor humano? Es también san Pablo el dice en el himno a la caridad: “Aunque reparta todos mis bienes (…), si no tengo caridad de nada me aprovecha” (1 Cor 12,3). La caridad ilumina e inspira las mejores acciones de la justicia, porque descubre que Dios amó antes que nosotros a nuestro prójimo. En este día en el que Caritas celebra su jornada, la Iglesia quiere recordar que la caridad no es desprendimiento de las migajas que nos sobran, sino compartir lo que necesitamos, porque el amor se revela en el pan partido por nosotros y compartido que es Cristo. La luz de la fe nos descubre el sentido profundo y religioso de la caridad: es el reconocimiento de la dignidad y los derechos de los seres humanos más necesitados, marginados y pobres.

No basta dar lo que no necesitamos, es necesario incluso darnos a nosotros mismos a los demás, para que a ninguno de los necesitados les falten los bienes básicos que les permitan vivir con dignidad. La distribución de la Eucaristía desborda la mesa del altar, para extenderse más allá de cada iglesia donde es celebrada, convertida en pan de fraternidad llenando la mesa de los que nada tienen. Es necesario afrontar las reformas sociales que sea menester llevar a cabo para que el trabajo, que dignifica la vida de las personas y de las familias, llegue a todos; y para que los bienes básicos compartidos por todos se conviertan en cauce a una paz social duradera.

Una sociedad que hunde sus raíces en una visión cristiana de la vida tiene que dar frutos de fraterna solidaridad. Todo cuanto se haga para lograr superar una crisis social persistente será expresión del compromiso que la Eucaristía exige de nosotros. La fe nos permite tener esperanza en que esta crisis social, que afecta en particular a los jóvenes que no encuentran trabajo y ha dejado sin trabajo a tantos miles de desocupados nacionales y extranjeros, sea finalmente superada con el esfuerzo y la honradez de todos. Así se lo pedimos a Dios por medio de Cristo presente en el sacramento del Altar, para que el Espíritu Santo ilumine a nuestras autoridades y a cuantos tienen la responsabilidad más inmediata de la vida pública.

A todos os agradezco que hayáis querido acompañar la Custodia, para glorificar al Padre de las misericordias, bendiciendo y glorificando a Hijo unigénito de Dios hecho carne por nosotros y realmente presente en este sacramento de amor. No lo olvidéis, porque el amor de Cristo espera la respuesta de nuestro amor. Nos llama a encontrarnos con él en dos lugares de su presencia: en el Sagrario y en el prójimo; porque son inseparables: dos encuentros que son uno solo, donde Cristo sale a nuestro encuentro.

Adorar y glorificar a Cristo en el sacramento del Altar, alimento que bajado del cielo nos da vida, pide ser consecuentes como verdaderos imitadores del Señor, que nos amó hasta dar su vida. Si Dios nos amó así, también nosotros debemos amar a nuestros hermanos.

¡Alabado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar!

Sea por siempre bendito y alabado.

Plaza de la Catedral

22 de junio de 2014

Corpus Christi

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                                 Obispo de Almería

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