Queridos diocesanos:

Hemos vuelto a esta procesión de alabanza para acompañar la imagen sagrada de nuestra Patrona la Virgen del Mar por las calles de la ciudad. En la víspera de su fiesta le rendíamos el homenaje de la ofrenda floral, y los cultos en su honor culminaban en la solemne Misa estacional que presidí en el santuario, abarrotado de fieles. Una multitud de personas y familias que, al igual que hacéis hoy, arropáis a la Patrona manifestando el fervor mariano de vuestra fe cristiana.

Que estas breves palabras sirvan para recordaros, queridos diocesanos, que al venerar a la Virgen María es a Cristo Jesús a quien seguimos y es su Evangelio el que ha de gobernar nuestras vidas. No nos engañemos, podemos ser muy religiosos, pero si no cumplimos los mandamientos no entraremos en el reino de los cielos. Para salvarse es necesario guardar los mandamientos. Nuestra sociedad se aleja de la guarda de los mandamientos a causa del relativismo que se va imponiendo en la conciencia de las personas, un relativismo promovido por los medios de masas, que tantas veces presentan la infidelidad entre los esposos como una conducta dictada por la libertad; y la negativa a recibir responsablemente de Dios los hijos, como afirmación de los derechos individuales de los esposos que se anteponen al deber de procrear y educar a los hijos, dando lugar a una sociedad envejecida y sin la deseable prolongación en la generaciones llamadas a sucederse con holgura y crecimiento.

Nos apartamos de Dios cuando sólo miramos nuestro propio interés, cuando nos desentendemos de los que sufren, de los inmigrantes y de los necesitados, de los ancianos y de los sin techo; cuando no abrimos nuestro corazón ni elevamos nuestra oración por los refugiados, los que son cruelmente perseguidos por motivos étnicos y sus creencias religiosas como está sucediendo con los cristianos en África y en Oriente cercano y medio. Nuestra indiferencia ante el sufrimiento ajeno es expresión de la falta de fe de las personas y de la de cadencia moral de la sociedad.

Nos apartamos de Dios cuando sustituimos el bien común por el bien propio, cuando ponemos las ideologías por encima de las personas y soslayamos el deber de solidaridad fraterna y caridad; cuando disimulamos las conductas inapropiadas e inmorales de los que son ideológicamente los nuestros, mientras denunciamos apasionadamente esas mismas conductas cuando se trata de los adversarios.

Los cristianos, sin embargo, somos personas esperanzadas que creemos en la capacidad de los seres humanos para ser mejores moralmente, ayudados por la gracia. Dios quiere nuestra felicidad y nos ha destinado a la vida eternamente feliz, pero quiere el arrepentimiento del pecado y el cambio de vida; y por medio de Jesús nos dice: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn   15,14).

La Virgen María, Madre de Cristo y madre nuestra, nos recuerda que sólo haciendo la voluntad de Dios hallaremos paz y salvación. Por eso con sus palabras en las bodas de Caná de Galilea, vuelve a repetirnos hoy, en esta procesión en su alabanza: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Por eso, queridos diocesanos, con el propósito de hacer lo que Cristo nos enseña, nos dirigimos hoy, en esta orilla europea del Mediterráneo, a Nuestra Señora la Virgen del Mar, para suplicarle:

«Señora y Madre nuestra, míranos ante tu imagen reunidos en torno a ti.

Venimos a ponernos bajo tu amparo.

Queremos ser protegidos por tu amor de madre y reina de nuestras almas,

flor de las flores y madre de misericordia.

Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre;

y llénanos de la luz gloriosa de Cristo resucitado.

Tú que eres la estrella de la evangelización,

ayúdanos a comunicar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo

el poder de salvación del Evangelio.

Ayuda a la Iglesia a encontrar obreros para el reino de Dios:

vocaciones sacerdotales y religiosas, capaces de alentar la fe del pueblo de Dios

e impulsar la acción evangelizadora de la Iglesia;

apóstoles seglares que lleven el estilo cristiano de vida

a una sociedad que necesita la fe para vivir con sentido.

Tú que eres la Estrella de los Mares

que ilumina la oscuridad de las aguas procelosas,

acompaña la travesía de nuestras vidas hacia Dios,

puerto verdadero y único de salvación.

Ven a socorrer con tu amor de madre nuestra fe débil

y nuestra falta de caridad;

para que por tu favor merezcamos

llegar con Cristo a la patria del cielo.

Amén.

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