Queridos hermanos y hermanas:

Hemos recorrido nuestras calles en una procesión de alabanzas al Santísimo Sacramento, que retorna a la Catedral de la Encarnación, donde el Sagrario acoge la presencia permanente de Cristo con nosotros en el Sacramento del altar. Se cumplen así las palabras de Jesús resucitado, que envió a sus Apóstoles a anunciar la Buena Noticia de la salvación hasta la consumación del mundo: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20).

La presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento es expresión del amor de Dios por nosotros, porque Cristo, «fue entregado por nuestro pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rom 4,25). Dios nos ha manifestado su amor en la entrega de Jesús por nosotros, y el amor de Dios revelado en el sacrificio de Cristo es el contenido permanente de la Reserva eucarística que guardan todos los tabernáculos de las iglesias donde se celebra la santa Misa, origen de esta presencia permanente del Señor en el Sacramento del altar.

Del mismo modo que hoy hemos acompañado a Jesús sacramentado, hemos de alimentar nuestra vida cristiana en la celebración dominical de la Eucaristía, donde la asamblea que celebra acoge la Palabra de Dios, que ilumina la existencia y las acciones del ser humano. En la misa dominical se nos da el alimento de vida eterna, que es esta misma Palabra de Dios hecha carne en Cristo, que los ministros del Señor nos reparten para sustento nuestro. Os invito a permanecer fieles a la Eucaristía y a vivir de ella, para poder ser discípulos de Jesús y dar testimonio de él ante los hombres, porque Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Es el camino para llegar al conocimiento de la verdad, y más aún, el mismo Jesús es la Verdad a la que se llega por medio de él como camino. Jesús es también el camino para llegar a la vida, y aún más, él mismo en persona es la Vida (Santo Tomás de Aquino, Comentario al evangelio de san Juan, cap. 14, lec. 2).

Jesús es el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11.15), no vive a costa de las ovejas, vive para ellas, entregándoles el alimento espiritual de su Reino, que es la misma vida de Dios ya gustada por anticipado en la mesa eucarística, una mesa que alimenta la caridad de todos cuantos creen en él.

Hoy, Jornada de la Caridad, hemos vuelto a reflexionar sobre el alcance social de la fe cristiana, recordando que la Eucaristía alimenta el amor por el prójimo, porque es inseparable del amor a Dios. Todo cuanto Caritas viene haciendo en estos años de crisis y de dificultad, saliendo al paso de tantas necesidades es fruto del amor de los cristianos, y de cuantos estiman y confían en la labor de la Iglesia en favor de los pobres y necesitados, de las personas sin trabajo, los emigrantes y los que no tienen hogar, pero también de los enfermos y de quienes están solos y son personas dependientes del cuidado de los demás.

Al hablar de personas dependientes, no sólo nos referimos a los ancianos, también los niños son dependientes. No es justificable que un país del primer mundo como el nuestro, se den estas situaciones que tanto perjudican a la infancia. Hemos de contribuir a superar una «economía de la exclusión», como dice el Papa Francisco (Exhortación apost. Evangelii gaudium, n. 53); y a desechar la tentación consumista, para hacernos más solidarios de los necesitados. Pensamos en los niños de los pueblos subdesarrollados, que llegan a nosotros a veces con el peligro de su vida, y también pensamos en los niños que viven entre nosotros en situaciones de pobreza y marginación; situaciones éstas que entre todos hemos de afrontar con decisión, porque es escandalosa la alta cota de pobreza de los niños de familias sin trabajo y sin recursos, y en un número muy alto, hijos de familias muy desestructuradas, niños que están expuestos a traspasar la frontera de la marginación.

La Iglesia siempre agradecerá la ayuda fraterna de los que colaboran con ella en la verdadera caridad, que no suple la acción de la justicia, sino que también la alimenta y la humaniza, porque por sí sola la justicia no da respuesta al corazón del ser humano, que necesita reconocimiento y amor porque está creado a imagen del Dios que es amor, capaz de cargar con todo el dolor del mundo para liberarlo de él. Un ejercicio de la justicia que sólo sea reivindicativo sin voluntad de reconciliación y de restablecer la dignidad que hace el hombre capaz de perdón, no puede lograr plenamente la paz entre las partes. También la justicia requiere la inspiración del amor que es la caridad de Dios revelada en Jesucristo y convertida en alimento de vida eterna.

Queridos diocesanos, estimad la celebración de la santa Misa y, como recomienda la carta a los Hebreos, «no abandonéis las asambleas, como algunos acostumbran a hacerlo; antes bien animaos unos a otros» (Hb 10,25), y manteneos fieles a la misa dominical, tesoro admirable de la fe cristiana, en el que encierra el misterio del amor de Dios, el sacrificio de Jesús por nosotros. Alimentad con la Eucaristía vuestra vida cotidiana y permaneced en la fe en Dios y en Jesucristo su Hijo, para que tengáis vida eterna. Que la Virgen María madre del Hijo de Dios hecho carne interceda por todos para que así sea.

Plaza de la Catedral

7 de junio de 2015

                                   + Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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