Alocución en la Procesión de alabanzas de la Santísima Virgen del Mar

Plaza Circular de Almería

Queridos diocesanos: los que acompañáis la sagrada imagen de la Virgen del Mar en esta procesión de alabanza y cuantos os habéis acercado a verla pasar, para contemplar su belleza y suplicar su poderosa intercesión como Madre del Hijo de Dios.

Todos os sumáis a esta procesión de alabanzas a nuestra Patrona, y en esta tarde ponéis a sus plantas los anhelos de vuestro corazón. No dejéis de confiar plenamente en ella, porque es salud en la enfermedad, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos y socorro en las dificultades de la vida.

María es maestra que nos ayuda a orientarnos según la voluntad de Dios y nos enseña a vivir en Cristo. No dejéis de acudir a ella, porque María siempre os llevará a Cristo Jesús, que es el camino, la verdad y la vida que nos conduce al Padre misericordioso. María nos ayuda a comprender que nadie está excluido del amor que Dios nos tiene y nos ha dado a conocer en la cruz de Jesús, la cruz a cuya vera ella se mantuvo en pie, traspasada por el dolor de ver la inmolación del hijo inocente y justo.

Cuando nos sentimos maltratados por la vida y perdemos el sentido de la fe, María nos ayuda a recobrar la confianza en aquel que murió por nosotros. Cuando creemos que ya no podremos recobrarnos del dolor padecido o de las dificultades que se nos plantean, María nos devuelve la esperanza para seguir adelante sabiendo que nada escapa a los ojos de Dios, porque Dios siempre está a nuestro lado y, aunque quiere que cumplamos los mandamientos, nos perdona cuando pecamos si nos arrepentimos y cambiando de vida le buscamos convencidos de que sólo es nuestra salvación.

María nos enseña a amar a nuestro prójimo, a acoger a los que necesitan de nosotros y en nosotros vienen a nosotros buscando amparo y ayuda. Ella fue presurosa a asistir a su prima Isabel en su embarazo y presentó a Jesús la angustia de los esposos de Caná cuando faltó el vino del banquete de bodas. Por eso, en este difícil trace en que se ven tantas personas y familias forzadas a la emigración y el exilio masivo hacia las zonas seguras de Europa, no podemos ser indiferentes al dolor de cuantos sufren y quieren salvar la vida o buscar una vida mejor, aprendamos a amar en la escuela de María, como nos repetía el santo Papa Juan Pablo II.

Acudamos a María, porque como dice el Papa Francisco, «un cristiano sin la Virgen está huérfano», del mismo modo que «un cristiano sin Iglesia es un huérfano». María es figura de la Iglesia y, como nos recuerda el Papa, «un cristiano necesita de estas dos mujeres, dos mujeres madres, dos mujeres vírgenes: la Iglesia y la Madre de Dios».

Si acudimos a María tendremos siempre el amparo de su protección maternal, y a su lado y con su ayuda aprenderemos a amar y servir a nuestros hermanos.

Hoy llenos de confianza acu dimos a María, para decirle:

 

«Virgen del Mar, Patrona nuestra,

mira a tus hijos que acuden a ti para saludar tu paso

y pedir tus buenos oficios de madre y maestra de la vida en Cristo.

Ayúdanos a ser buenos cristianos, hermanos de todos los hombres;

Ayúdanos a ser solidarios de cuantos en nosotros ponen su confianza,

de cuantos acuden a nosotros y de nosotros necesitan.

Tú que eres la Estrella luminosa del mar de la vida

ilumina nuestro caminar por ella.

No dejes que nos sumerjamos en las aguas de las inquietudes

y tentaciones que agitan nuestro corazón y nos quitan la paz.

Reina y Madre de misericordia,

Abogada nuestra,

vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos

y muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre,

para que seamos dignos de sus promesas. Amén.»

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