Señor Director del Centro de Estudios Eclesiásticos;

Señor Rector del Seminario Conciliar de San Indalecio;

Queridos profesores, formadores y estudiantes;

Señoras y señores:

Abrimos el curso académico 2015-2016 cuando nos disponemos a clausurar en la Iglesia el Año Jubilar Teresiano, que tantas gracias ha dejado en la vida de la Iglesia, reanimando las vocaciones a la vida consagrada en tiempos de particular inclemencia. Tiempos recios los de la santa reformadora y tiempos recios los nuestros, tiempos aquellos y los nuestros para la reforma profunda de la santa Iglesia, conforme al adagio «Ecclesia semper reformanda», que marca la vida de los discípulos de Cristo siempre en proceso de permanente conversión.

         Para una verdadera conversión se requiere la honda renovación de la mente, como exhorta san Pablo a los fieles romanos: “Transformaos mediante la renovación de la mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12,2). Es decir, se trata de secundar el designio de Dios que nos ha sido revelado en Jesucristo. Justamente a este conocimiento contribuye la teología, pero no se trata de un conocer sólo teorético, sino de un conocer que es orientado por la fe, la fides qua o fe fiducial mediante la cual el que cree se adhiere a Dios. Esta adhesión se expresa en el seguimiento de Jesús, mediante el discipulado por el cual el que sigue a Cristo pasa a formar parte del grupo de discípulos, de aquellos que han sido llamados para “estar junto a él” (Mc 3,13). Es decir, se trata de un conocimiento sostenido por el amor a Cristo, obra de Dios Padre, que actúa por medio del Espíritu Santo para que el discípulo siga a Jesús y lo ame; porque dice Jesús: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae…” (Jn 6,44).

         Cuando se da este presupuesto que sostiene la vocación, entonces el estudio de la teología se halla motivado por la experiencia vocacional del seguimiento de Cristo, y ocurre de hecho que la disciplina de la mente y de la voluntad que requiere el estudio se acompasa al deseo e inquietud del corazón por encontrar la voluntad de Dios para uno mismo indagando sobre lo bueno, lo agradable, lo perfecto; es decir, lo conforme con la voluntad divina. La vocación sostiene así la disciplina del estudio como búsqueda y explicitación de la verdad, del bien y la belleza que el buscador de Dios ha conocido en Cristo. Tal es, en efecto, el amor de Dios (amor Dei versus amor mundi) que llevó a la conversión a san Agustín haciendo de él el gran doctor de la Iglesia occidental. Es la “atracción de la criatura por Dios” que introdujo a san Buenaventura en la mística experiencia de la iluminación, para contemplar la razón de ser del mundo e introduciéndole gradualmente en la degustación de las cosas divinas. Es la atracción divina que suscitó el encuentro místico con Cristo de santa Teresa de Jesús y de los santos que hicieron de la amistad de Cristo razón de ser de su indagación y experiencia de las cosas divinas.

         Queridos seminaristas, el estudio de la teología se alimenta de esta experiencia de Cristo que lleva a buscar en la luz de la fe, razón formal del conocimiento teológico según santo Tomás, el designio de Dios para el mundo y la voluntad de Dios como opción de vida personal y propia de cada uno de los candidatos al ministerio.

Guiados por el magisterio de la Iglesia, que es elemento intrínseco del método de la teología, el estudioso del designio de Dios busca penetrar las cosas divinas indagando las sagradas Escrituras, cuyo contenido es Jesucristo. San Buenaventura dice, por eso mismo, que junto a las luces que iluminan la realidad exterior de las cosas y la filosofía, la luz que ilumina y deja ver la verdad sobrenatural es la Sagrada Escritura. Una luz “que se llama superior porque conduce a las cosas superiores mostrando lo que está sobre la razón y, además, porque desciende del Padre de las luces no por humana investigación, sino por divina inspiración” (San Buenaventura, Reducción de las ciencias a la teología, n. 5).

         Se comprende que el magisterio de la Iglesia haya visto en la Sagrada Escritura el “alma de la teología”, como recordaba San Juan Pablo II, en su conocido Discurso a los teólogos españoles en la Universidad Pontificia de Salamanca en el primer viaje apostólico a España en1982. Si no es posible hacer teología sin conocimiento de las humanidades y de la filosofía, no lo es en modo alguno sin el conocimiento de la Sagrada Escritura. Porque es así, un curriculum de teología es inviable sin el estudio metódico y orgánico de la Sagrada Escritura, es decir, realizado con la orientación del magisterio de la Iglesia.

Con miras a la preparación de los futuros profesores de nuestro Centro de Estudios Eclesiásticos nos hemos propuesto un programa progresivo de estudios superiores en las ciencias bíblicas de algunos sacerdotes y seglares, en la medida en que vayamos contando con vocaciones al estudio. Hoy contamos con la ayuda de profesores que generosamente han accedido a servir tan importantes materias en nuestro Centro de Estudios Eclesiásticos. Quiero manifestar mi agradecimiento a estos nuevos profesores venidos de fuera de la diócesis para impartir las lecciones de Sagrada Escritura, al mismo tiempo que animo a los profesores domésticos que han asumido la docencia de algunas materias bíblicas con horas extraordinarias de preparación para la misión docente que les confiamos. A unos y otros gracias de verdad por este inapreciable servicio a nuestro Centro de Estudios Eclesiásticos.

         Este curso comienza además bajo el signo del nuevo Año Santo que el Papa nos regala, y que comenzará el próximo 8 de diciembre, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Un año jubilar marcado por el signo de la misericordia, contenido revelado de las Escrituras, porque la misericordia de Dios se ha manifestado en el misterio pascual de Cristo, del cual da testimonio la predicación apostólica que da lugar a la tradición y su fijación en las Escrituras del Nuevo Testamento.

Se trata de aunar formación espiritual y formación intelectual, queridos seminaristas, en el año santo que nos ofrece el Papa como gracia continuada, hoy y mañana presente en la vida de la Iglesia. No han de separarse el conocimiento experiencial de la salvación y su indagación teorética mediante el estudio de la teología. Sobre la necesaria unión de contemplación y reflexión han hablado los grandes teólogos de ayer y de hoy, cuyo magisterio ilumina el proceder de la buena teología: mística contemplación e indagación del entendimiento o en la expresión de Balthasar “teología de rodillas”, bien entendida. Es decir, oración y estudio, como realidades constitutivas de la formación sacerdotal, por cuyo medio el que indaga las cosas divinas se adentra en el misterio de Dios revelado en Cristo. Es inseparable, en efecto, la vida de estudio de la vida espiritual y la disciplina de la vida en comunidad del amor fraterno que sustenta la convivencia, y crea el clima de estudio y aprovechamiento que año tras año conduce a la meta de la vocación.

Con la ayuda de formadores y profesores, queridos seminaristas, comenzad con ilusión un nuevo curso académico, guiados por la vocación a la que habéis sido llamados por el Señor. Si así lo hacéis tendréis éxito y la Iglesia se alegrará de contar con los sacerdotes que necesita, para poderlos enviar a las comunidades que los esperan. Este objetivo lo lograremos, por lo demás, entre todos los que estamos en una tarea que se nos ha encomendado. El Seminario es el empeño diocesano por excelencia, porque sin los ministros necesarios no es posible la vida cristiana. Exhorto, por ello, a los profesores a poner lo mejor de sí mismos en este empeño eclesial que es el Seminario y a cuidar su compromiso docente con el Centro de Estudios Eclesiásticos en estrecha coordinada colaboración con los formadores. Con vuestra ayuda tan estimable, queridos profesores, cuentan los formadores y el Obispo para poder realizar con éxito la orientación y llevar a cabo la tarea de formación que va configurando la personalidad sacerdotal de los candidatos a las sagradas órdenes.

Es verdad que las vocaciones sacerdotales necesitan también de la contribución de las familias cristianas. Esto ha adquirido una especial significación en estos dos años marcados primero por preparación y desarrollo de la asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 2014, y ahora por la asamblea ordinaria que acaba de comenzar bajo la presidencia del Santo Padre. Pedimos al Señor que ilumine a los padres sinodales para que la renovación de la pastoral familiar, que tiene en estas asambleas sinodales una instancia determinante, contribuya de modo decisivo a lograr las vocaciones que nos son necesarias para nutrir nuestro Seminario Diocesano. Así lo esperamos de la misericordia de Dios.

Queda inaugurado el Curso académico 2015-2016 en el Centro de Estudios Eclesiásticos de Almería.

 

Seminario Conciliar de San Indalecio

6 de octubre de 2015

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería y Moderador

del Centro de Estudios Eclesiásticos de Almería

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