Sr. Director del Centro de Estudios Eclesiásticos de Almería;

Sr. Rector del Seminario Conciliar de San Indalecio;

Profesores y alumnos;

Señoras y señores:

El curso que inauguramos hoy, invocando la asistencia del Espíritu Santo, es un tiempo más de gracia que la divina Providencia nos concede para que podamos alcanzar la meta de nuestra vida, mediante el desarrollo de las capacidades de las cuales el Señor nos ha dotado.

Quiere, en efecto, Dios Creador y Padre de todos los hombres que pongamos en acción nuestras capacidades y aptitudes para gloria de Dios y salvación nuestra. Por lo que a nosotros toca, el curso será un tiempo idóneo para que la comunidad de formación de esta casa no escatime esfuerzos para poner por obra la nueva Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis «El don de la vocación presbiteral», aprobada el pasado 8 de diciembre de 2916.

En efecto, los formadores hemos de proceder con el convencimiento de que su contribución, en la preparación de los candidatos al ministerio pastoral, es don precioso que ofrendan espiritualmente a Dios y a la diócesis. Nuestra Iglesia particular espera recibir del Seminario las nuevas generaciones de pastores, ministros del Evangelio configurados con la mente y el corazón de Cristo Jesús, que nos ha dado a conocer el insondable misterio de Dios.

Refiriéndose a la dimensión intelectual de la formación sacerdotal dice la nueva Ratio:

«La formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida formación en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de un modo creíble y comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en el diálogo con el mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza» (n. 116a).

Lo que significa afirmar que sin preparación cultural no es posible anunciar el Evangelio de modo creíble, porque el mensajero tiene que tener conocimiento cumplido de aquellos a quienes dirige su mensaje, conocer los movimientos sociales y la altura del tiempo y época en que viven; saber qué males aquejan a la sociedad y cuáles son sus mejores logros, cuáles sus proyectos y cuál la situación espiritual de sus contemporáneos. Sin esta capacitación cultural no es posible abrir un diálogo fructífero con el mundo contemporáneo, para sostener con la luz de la razón los buenos motivos que la fe tiene para ser creída y abrazada como programa de vida y sentido de la existencia humana.

Compete a los profesores proponer, inspirar y acompañar el desarrollo de la dimensión intelectual, que se complementa con el cultivo de las otras dimensiones de la formación de los candidatos al sacerdocio: la dimensión humana, la espiritual y la pastoral. Hoy estas dimensiones revisten cada una de ellas un verdadero desafío, no menor que la preparación intelectual de los seminaristas. Colaborar con las familias en la formación humana de los seminaristas menores y mayores resulta imprescindible, con voluntad de contribuir a una tarea, sin duda difícil, de educación de las actitudes y orientación de las aptitudes, adquisición de formas, y pautas de conducta que, además de necesarias para la socialización de los individuos, resultan mucho más necesarias para el desarrollo del ejercicio de los valores y virtudes morales que caracterizan la condición espiritual de las personas. Valores y virtudes que la comunidad cristiana y la misma sociedad esperan ver cultivados de modo especial pen los ministros del Evangelio.

Asegura la Ratio que «la formación humana, fundamento de toda la formación sacerdotal, promoviendo el desarrollo integral de la persona, permite forjar la totalidad de las dimensiones» (n. 94). Esta formación va desde el punto de vista del desarrollo físico al cuidado de la salud, la alimentación, la actividad física y el descanso. En una sociedad que padece de estrés y somete a las personas a un ritmo de actuación que a veces conduce a la pérdida de la libertad, tiene una importancia grande el cultivo de las virtudes morales. No es necesario que enfatice la proyección humanizadora de estas virtudes: acompañan el desarrollo psíquico de las personas y abren el alma a la inspiración espiritual y la experiencia de la gracia, al poner de manifiesto que la práctica de las virtudes es asimismo sostenida por la gracia como es sostenida la libertad que lo es ante Dios y necesita de él para elegir el bien. Ciertamente, el cultivo de las virtudes morales exige ascesis y autodominio, equilibrio en las actuaciones, siempre ajustadas a la realidad, y requiere asimismo el auxilio de la gracia. Ya hace años que Josef Pieper escribía que virtud «significa que el hombre es verdadero, tanto en el sentido natural como en el sobrenatural»; y así virtud «en términos completamente generales, es la elevación del ser en la persona humana. La virtud es, como dice Santo Tomás, “ultimum potentiae”, lo máximo a que puede aspirar el hombre, o sea, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural»[1].

Esta formación, añade la Ratio, «en el campo psicológico se ocupa de la constitución de una personalidad estable, caracterizada por el dominio afectivo, el dominio de sí y una sexualidad bien integrada» (n. 94). Dicho lo cual, el texto de la Ratio pasa a continuación a proponer como formación humana la adquisición de una conciencia moral que haga personas responsables, capaces de tomar decisiones justas y de percibir, en su objetiva realidad, la condición personal de los demás y la verdad de los acontecimientos en sus justas dimensiones.

Finalmente, se alcanza así con éxito la programación razonable de la introducción en la práctica pastoral de los seminaristas mayores y el ejercitarse en los hábitos que han de caracterizar a quien ha de presidir una comunidad cristiana: la disposición para el servicio, que debe caracterizar a quien imita la generosa entrega de Cristo a los hombres; y la ilusionada dedicación a la instrucción en la fe de los niños y adolescentes, de los jóvenes y de fieles en general, con atención los pobres y marginados; y el particular cuidado espiritual de los enfermos.

Hoy esta última atención y cuidado no le resulta fácil a muchos de los ministros del Evangelio, porque requiere una bien dispuesta dedicación, con madurez de la persona capaz de ayudar a bien morir, al mismo tiempo que alentar a los que comienzan a tomar conciencia de que su salud ha sufrido un quebranto irreversible. Metidos como estamos en la vorágine de la vida, el revés que supone el hecho de que la enfermedad a todos recuerda la propia fragilidad. Por eso, es preciso equipar bien al que ha de ser pastor para que en la imitación de Cristo pastor siga el ejemplo de atención compasiva y misericordiosa del médico de las almas y de los cuerpos, en cuyas acciones de sanación prefiguraba y dejaba sentir la irrupción de la regeneración de la vida, abriéndola a la meta escatológica donde quedará definitivamente sanada nuestra frágil existencia. Por esto, en efecto, como dice la última instrucción romana sobre la materia, «los agentes de la salud deben relacionarse con el paciente mediante esta visión integralmente humana»[2].

De todas estas dimensiones la preparación intelectual, a la que se dedican los años preciados del curriculum de estudios del vocacionado al sacerdocio, lleva consigo un esfuerzo que es preciso mantener sin decaimiento ni fuga de la realidad. Sin una sólida preparación intelectual no es posible predicar ni tampoco instruir a nadie. La vida sacerdotal no se puede llevar a cabo sin preparación intelectual, hoy más que nunca, por la confusión reinante en el ambiente cultural, la presión de los medios de comunicación y la vigencia de un pensamiento correcto que se aparta de la fe cristiana, más aún, cuando no la ignora, la cuestiona y somete a una crítica a veces corrosiva. En esta situación una mente bien formada, capaz de analizar los hechos y acontecimientos, interpretar los signos de los tiempos y guiar con pericia a los fieles, es una exigencia y un deber indeclinable.

Quiero hacer ahora una alusión acontecimiento que venimos no tanto celebrando como con humildad conmemorando, porque la ruptura de la Iglesia occidental que comenzó en el siglo XVI no es, ciertamente, un motivo de celebración. Me refiero, como es obvio, al hecho de que el próximo 31 de octubre se cumplen 500 años del inicio de la Reforma protestante. A lo largo de toda la geografía eclesiástica de España, igual que en los países cristianos de Europa, se han programado jornadas de teología e historia de la Iglesia que, sin duda alguna, han contribuido a un mejor conocimiento de los hechos históricos, cuyas consecuencias han sido de trascendencia irreversible para la vida de la Iglesia.

En su encíclica «Ut unum sint» san Juan Pablo II puso de manifiesto que la dimensión ecuménica acompaña de forma irreversible la vida de la Iglesia y, por ende, la dimensión ecuménica ha de caracterizar asimismo el estudio de la teología. No sólo constituye una materia específica la «Teología e historia del ecumenismo», sino que la dimensión ecuménica debe acompañar la exposición magisterial de las materias teológicas. El conocimiento de los diálogos teológicos y del diálogo llamado «de la caridad», diálogos que lleva a cabo la Iglesia católica con las Iglesias y Comunidades eclesiales, y con el Consejo Ecuménico de las Iglesias, ayuda a una mejor inteligencia de los contenidos de la fe católica. Conocer estos diálogos y su avance hacia una comprensión ecuménica de muchas de las materias de estudio exige y al mismo tiempo genera actitudes de fraterna comprensión y vivencia de la fe en común de los cristianos, llamados a responder como tales a los desafíos de la sociedad y cultura contemporáneas.

Finalmente, quiero dar la bienvenida a los nuevos profesores que se incorporan durante este curso académico a la docencia, unos acreditados por su competencia y otros por su reciente preparación y años de estudio especializado. Llevar a cabo la renovación de nuestros profesores ha sido un objetivo que me acompaña desde mi presencia en la diócesis. No es tarea fácil, pero el claustro de profesores está hoy notablemente renovado, aunque algunos profesores, cuya generosa dedicación agradezco, sigan con una carga lectiva que les exija una dedicación estimable.

Queridos profesores y seminaristas, vuestra es la tarea de esta comunidad educativa y académica que es el Seminario Conciliar de San Indalecio, nuestro primer evangelizador y obispo fundador de la Iglesia urcitana. A la Inmaculada Virgen María, patrona de nuestro Seminario Menor y a san Indalecio nos encomendamos, con la esperanza de que el esfuerzo que venimos realizando, para lograr el necesario fomento de vocaciones, sostenimiento del Seminario y elevación de los estudios, encuentre en las vocaciones sacerdotales la razón de ser de todo el esfuerzo que gustosamente venimos realizando.

Queda inaugurado el curso académico 2017 /2018 en el Seminario Conciliar de San Indalecio de Almería. Se levanta la sesión.

Almería, a 2 de octubre de 2017

                                             Adolfo González Montes

                                                   Obispo de Almería

 

[1] J. Pieper, Las virtudes fundamentales (Madrid 21980) 15.

[2] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios (para la Pastoral de la Salud), Nueva carta de los Agentes sanitarios (Santander 2017), n. 73 (p.81).

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