Queridos diocesanos:

La Iglesia diocesana de Almería celebra hoy a su Patrono san Indalecio, que también lo es de la ciudad y capital de la diócesis y provincia. Sin duda, es instructivo y útil para la empresa de la nueva evangelización, hacer memoria en este día de los orígenes de la fe cristiana en las tierras de la antigua Bética romana que recibió la predicación de las llamadas primeras generaciones “subapostólicas”. ¿Qué generaciones son éstas? Aquellas primeras generaciones misioneras que empezaron a dar forma social y figura a las comunidades cristianas surgidas de la predicación del Evangelio, y que la tradición jacobea atribuye a la predicación de los discípulos de Santiago, a los varones apostólicos y los discípulos que pudo hacer el nada improbable viaje de san Pablo a las costas tarraconenses.

La tradición de los Varones apostólicos hace discípulo de Santiago a san Indalecio, obispo fundador de la Iglesia urcitana, primera Iglesia almeriense; y, por si fuera poco ser discípulo del Patrón de España, la tradición legendaria, sin que se excluyan de ella los elementos históricos que contiene, a partir de los cuales se generó esta tradición, narra el hecho de que, una vez sepultado el cuerpo de Santiago, los varones apostólicos, emprendieron viaje a Roma, donde habrían sido ordenados por San Pedro, para volver a España convertidos en evangelizadores y continuadores de la predicación de Santiago. Con estas y otras mimbres teje en el siglo XVIII la vida legendaria de san Indalecio Dom Bernardino Antonio Echeverz, monje benedictino del Real Monasterio de San Juan de la Peña[1], donde fueron trasladadas sus reliquias desde su sepulcro en Pasquena (Pechina) en la iglesia de su título durante la dominación musulmana. Este monje benemérito siguió puntualmente la Historia latina de la traslación de san Indalecio, que como testigo presencial escribió en 1084 el monje cluniacense Ebretno; y de cuya traducción al castellano informa el canónigo Bartolomé Carpente en la obrita de divulgación de la vida de san Indalecio[2].

La investigación histórica y arqueológica nos permite confirmar, con mayor fundamento del que algunos suponen, la presencia en Compostela de las reliquias de Santiago; y también colocar entre los primeros obispos que evangelizaron y plantaron la Iglesia en la Hispania romana a los santos obispos que, si no llevaron a cabo su obra en el tránsito del siglo I al siglo II, la historia confirma su presencia en Hispania en el tránsito del siglo II al siglo III. San Pablo escribe a la comunidad cristiana de Roma para anunciarle su intención de visitarlos con motivo del viaje que piensa realizar a España (cf. Rom 15,24.29); y es un hecho que menos de cinco décadas después de su muerte, en el curso del siglo II se lleva a cabo la expansión de la predicación del Evangelio en el norte de África, las Galias y la España romana, aunque no se conocen los nombres de los evangelizadores, por ser fundamentalmente las comunidades las que propagan la fe[3].

El padre de la Iglesia antigua Tertuliano (160-220) da cuenta de la obra evangelizadora de las Iglesias filiales de las apostólicas: los Apóstoles fundaron las Iglesias apostólicas, que a su vez dieron lugar a nuevas Iglesias: «de manera que las Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas»[4].

Que haya sido así con las Iglesias de la Bética que recibieron la predicación de las Iglesias apostólicas, particularmente de la Iglesia de Roma, convierte a la Iglesia urcitana y almeriense en «Iglesia apostólica», y tal es el título tradicional de su «Santa y Apostólica Iglesia Catedral».

 San Indalecio es, sin duda, uno de los obispos evangelizadores y aquel al que se remite la fe de la Iglesia urcitana y almeriense, al que la tradición legendaria identifica con uno de los varones apostólicos. Por eso mismo, san Indalecio es su protector e intercesor en el cielo, que, unido a Cristo único mediador, eleva constantemente a Dios Padre súplicas por esta Iglesia y su ciudad. Los documentos más antiguos de la tradición le hacen español convertido por Santiago en Zaragoza, pues habría nacido en tierras aragonesas; y no han faltado especulaciones sobre su origen judío y su pertenencia los muchos discípulos del Señor, entre los cuales habría acompañado a Santiago en su viaje apostólico a España antes de que, vuelto a Jerusalén, el patrono de nuestra nación sucumbiera a la espada por mandato del rey Herodes Agripa (cf. Hch 12,2).

La leyenda hagiográfica de los varones apostólicos es críticamente matizada por el Martirologio Romano y, fiel a la verdad histórica que le da curso, fija la predicación en la Bética de estos evangelizadores y los identifica como obispos que se establecieron en las ciudades de la Hispania meridional, en el tránsito del siglo II al III[5]. El Martirologio se refiere así a san Indalecio como primer obispo de la Iglesia de Urci, actual Iglesia de Almería. Son datos históricos avalados por el informe de san Cipriano de Cartago, martirizado en el siglo III, el cual habla de la existencia en España de Iglesias presididas por un obispo en León, Astorga, Mérida y Zaragoza[6]. Hay que mencionar el testimonio documental de las Actas de los mártires, que confirman la existencia de comunidades cristianas importantes en Tarragona, Córdoba, Calahorra y Complutum (Alcalá de Henares). A principios del siglo IV se convoca el célebre concilio de Elvira, que tuvo lugar en la Bética poco después del 300 d. C., al que asisten 23 obispos, cuyas Iglesias se hallan consolidadas en el territorio de la Bética; más representante de otras 14 Iglesias de la Tarraconense, 8 de los cuales eran de Iglesias limítrofes con la Bética y 2 venidos de Lusitania[7].

La reliquia que se venera en la Catedral de la Encarnación y que, al término de la santa Misa, es llevada en procesión claustral el día de su fiesta, nos vincula a una historia de fe que se remonta a la predicación evangélica entre nosotros, que dio origen a la plantación y primer desarrollo de nuestra Iglesia en la Urci hispanorromana. Al venerar esta santa reliquia del obispo fundador y patrono de la ciudad y diócesis de Almería, se reaviva alcanza un eco especial el mensaje de la cruz, que por sí mismo «es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación –para nosotros– es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18).

Como informa la crónica de Almería del deán Gabriel Pascual Orbaneja, en su Vida de San Indalecio, y Almería ilustrada en su antigüedad, etc. (Almería 1699) y el monje Echeverz, y así lo recoge el canónigo Carpente, esta reliquia que hoy veneramos fue solicitada al monasterio de san Juan de la Peña por el gran obispo franciscano Fray Juan de Portocarrero, y fue concedida con otra con destino al Cabildo del Sacro Monte de Granada, a donde ambas reliquias llegaron el 11 de enero, y trasladada a Almería la destinada a la Catedral el 21 de enero de 1620. Desde entonces hasta hoy las generaciones de fieles cristianos de estas tierras han venerado esta reliquia de san Indalecio, obispo fundador y mártir de Cristo, y al venerar tan preciada reliquia han reafirmado la fe que recibieron del ministerio apostólico y pastoral de su primer obispo. Con el ejercicio del ministerio de la palabra y la cura pastoral de la naciente Iglesia urcitana, san Indalecio coronó en el martirio la generosa entrega con la que engendró a los hijos de esta Iglesia para la fe en Cristo; y su memoria e intercesión por nosotros sigue hoy alentando nuestra fe y nuestra esperanza, e inspirando la caridad por la que reconocerán cuantos sean testigos de nuestra vida que somos discípulos del Señor. Durante el pontificado del Obispo Rosendo Álvarez Gastón (1989-2014), que había sido primero Obispo de Jaca, se pudieron trasladar a la Catedral de Almería parte de las reliquias de San Indalecio que hoy se hallan depositadas en el edículo bajo el altar de la Capilla Mayor de la Catedral de la Encarnación.

La presencia de las reliquias del Fundador y primer Obispo de la Iglesia diocesana de Almería son permanente memorial del acontecimiento de gracia que supuso para la historia cristiana de España de la predicación evangélica. De la tradición legendaria, que adorna con piedad los datos de la historia, nos llegan cada día realidades de fe que alimentan el cotidiano vivir cristiano: que la Iglesia tiene en el sucesor de Pedro y en los Apóstoles, por voluntad expresa de Cristo y fundación suya, la cimentación de su propia plantación histórica, permanente referente de su fidelidad a Cristo, a pesar de los fallos humanos; y que, por eso mismo, la sucesión de los obispos prolonga mediante la cadena trasversal de la sucesión apostólica la fe apostólica de toda la Iglesia ofrecida a las generaciones que se suceden en los cambiantes tiempos de la historia.

Con mi afecto y bendición,

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

Almería, a 15 de mayo de 2018

                   

 

[1] Fr.  B. A. Echeverz, Índice de alegría sagrada. Epítome de la vida, y traslación de San Indalecio, uno de los principales discípulos de San-Tiago el Mayor, llamados comúnmente «Los Siete Convertidos», etc. (Zaragoza 1735).

[2] B. Carpente Rabanillo, Compendio de la vida del glorioso Obispo y Mártir San Indalecio, Patrono de la Ciudad y Diócesis de Almería e historia breve de la invención y traslación de su sagrado cuerpo (Almería 1907).

[3] Cf.  H. Jedin, Manual de Historia de la Iglesia I (Barcelona 1966) 319.

[4] Tertulinao, Sobre la prescripción de los herejes, cf. 20-22: CCL 1, 201-204.

[5] Martirologio romano (Coeditores Litúrgicos 2007) 285 (Día 1 de mayo, 4).

[6] H. Jedin, cit., 334-335.

[7] Ibid., 542-543.

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