Queridos hermanos y hermanas:

Termina la procesión de Corpus en esta plaza de la Catedral que la Eucaristía convierte en prolongación de la Iglesia Catedral y templo abierto al palio eucarístico que conforman las palmeras. En este marco de gran belleza, contemplamos al final de la procesión el misterio de amor de la Eucaristía, donde Cristo ha querido quedarse hasta la consumación de los siglos, para estar siempre con nosotros que somos miembros e su cuerpo, del cual él mismo es la cabeza que lo rige.

Adoramos este misterio de amor, porque Cristo es el Hijo de Dios hecho carne, comida celestial que nos vivifica. Este alimento espiritual nos fortalece para ser testigos de la resurrección del Señor y portadores del Evangelio a los diversos ambientes de nuestra sociedad. No es fácil esta misión en una sociedad alimentada por una cultura alejada de la inspiración del Evangelio y de la tradición de fe cristiana, pero este es el cometido de la Iglesia: llevar la buena Noticia, revelada en Jesús, del amor de Dios a todos los hombres, pero en especial a los que más necesidades humanas y espirituales tienen. Dios se ha hecho nuestro hermano en su Hijo Jesucristo convertido en alimento de vida eterna, ejemplo de amor que Dios nos ofrece para que nosotros  amemos del mismo modo a nuestros hermanos. Resuenan con fuerza las palabras de Jesús a los apóstoles, que hemos escuchado en el evangelio de la Misa; palabras pronunciadas por Jesús en un momento en que la multitud se hallaba sin comer y en descampado. Jesús les dice: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13).

La Eucaristía es mesa abierta al mundo, mesa que se alarga y hacer un sitio a los necesitados, a los hambrientos de pan y de Dios, a cuantos son atraídos al manjar de vida eterna que es el Cuerpo y Sangre del Señor mediante la fe en Jesús como alimento capaz de transformar la vida de quien lo come. La  Eucaristía, mesa de acogida, nos revela el misterio del amor creador y redentor que ha llevado al Hijo de Dios a darse en alimento a los hombres: “para que los que viven ya no vivan sí mismos, sino para aquel que por nosotros murió y resucitó” (2 Cor 5,15).

Nuestra adoración del Santísimo Sacramento quiere ser confesión de fe en la presencia divina de Cristo glorioso y resucitado, que presenta a Dios el sacrificio de su pasión y muerte e intercede por nosotros. Quiere ser reconocimiento público de la divinidad de Cristo como Hijo de Dios, al que adoramos presente en la Eucaristía. Quiere ser alabanza y humilde acción de gracias por haber conocido su amor redentor y su presencia en el altar, y haberse quedado en el sacramento del Altar.

Si seguimos este ejemplo y vivimos del amor de Jesús Eucaristía seremos capaces de ofrecer a la sociedad sólido fundamento para la regeneración y transformación moral que necesita; y seremos capaces de  cooperar generosamente con el bien común, buscando la justicia, fundamento de la paz social, que impida la pobreza y la marginación de los pobres y necesitados.

Que la adoración que hoy tributamos a Cristo en el Santísimo Sacramento del Altar nos impulse a servirlo en cuantos necesitan de nuestra solidaria fraternidad. Que así sea.

Plaza de la Catedral

Corpus Christi

2 junio de 2013

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                       Obispo de Almería

Pin It

BANNER02

728x90