Queridos religiosos y religiosas; miembros de los institutos seculares y sociedades de vida apostólica:

Agradezco de verdad la felicitación que habéis querido hacer a vuestro Obispo con motivo de la Navidad. Es un signo de comunión con el Pastor de la Iglesia diocesana que mucho aprecio. Los religiosos y religiosas, y todas las personas de vida consagrada representan y desempeñan el valioso carisma que el Espíritu otorga a la Iglesia por medio del cual  se recuerda a toda la comunidad cristiana, y también a los que están fuera de ella, el destino trascendente de la vida humana, anticipado en el signo de la propia consagración de vida.

La Iglesia siempre ha comprendido la vida en religión como parte sustancial de sí misma y por eso considera la consagración de vida como una de las instituciones que configuran su propio ser eclesial. Ciertamente, la consagración por excelencia que incorpora a Cristo y a su Iglesia, y hace partícipes a todos los cristianos del sacerdocio de Cristo, es el bautismo. Este sacramento de nuestra fe es, en efecto, sacramento de la consagración a Dios de todo el pueblo sacerdotal. La vida religiosa, y de consagración en general que dispone para un mayor compromiso en los institutos seculares y sociedades apostólicas, radicaliza el bautismo y hace de la vida en caridad perfecta de los consejos evangélicos la forma vivendi en la que se expresa la condición de peregrinos de quienes se saben en camino hacia la patria definitiva. En este sentido, la vida de consagración evidencia el carácter escatológico de la vida religiosa, y en él se manifiesta la misma naturaleza escatológica de la Iglesia.

Por otra parte, la vida de consagración da alas a la libertad del corazón indiviso para vivir tan sólo para Cristo; y abre la capacidad de amar a los hermanos, sobre todos a los más necesitados y pobres, para colmar sus vidas del amor de Dios que nunca nos falta a ninguno de los seres humanos, porque nos creó por amor y por amor nos redimió. Vuestra vida ha de ser por esto mismo un ejemplo de caridad perfecta: de generosa entrega al prójimo para mejor amar a Dios sirviendo a Cristo.

Bien sabéis cuánto aprecio vuestra entrega a los demás y los servicios que realizáis en nuestra Iglesia particular. Algunos de ellos, arriesgados y no sin compromisos constantes. Os animo a proseguir en vuestras obras de amor al prójimo expresión de vuestra consagración a Cristo. Hacedlo en comunión con las parroquias en cuya demarcación os halláis, para potenciar así los efectos beneficiosos de vuestra acción apostólica, que se manifiesta en las obras que lleváis adelante, con tanto esfuerzo muchas veces, en el campo social y caritativo, en la educación y en la atención sanitaria.

Desde aquí dirijo también mi saludo y felicitación navideña a nuestras comunidades religiosas de clausura, a las que agradezco su constante súplica por la Iglesia y por las necesidades de los hombres. Su silenciosa presencia en la diócesis representa el oasis de paz que es fruto de la vivida en la presencia de Dios y en oración nunca interrumpida.

Bien sabéis, queridos religiosos y religiosas, que la Iglesia necesita de los carismas que encarnáis y que todos apreciamos como parte sustantiva de la vida cristiana. Os aliento y animo a proseguir en vuestra consagración a su ejercicio y pido al Señor quiera bendecir vuestras órdenes y congregaciones con vocaciones generosas.

Os deseo la bendición del que se hizo obediente y pobre por nosotros, para que nosotros nos enriqueciéramos con su pobreza. ¡Feliz Navidad a todos!

Almería, a 21 de diciembre de 2010


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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